Chau 2017…bienvenido 2018!

 

En el último día del año, levantamos nuestra copa, en agradecimiento a otro año que nos deja, con cosas buenas y malas, pero que nos han permitido seguir avanzando.

Y brindamos junto a Uds., dándole la bienvenida al 2018, al cual le pedimos nos colme de “cosas buenas”!

Feliz año nuevo amigos, gracias por seguir eligiendo nuestro blog!! 

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DETRÁS DE AQUELLA PUERTA

Autora: Olga Orozco

En algún lugar del gran muro inconcluso está la puerta,
aquella que no abriste
y que arroja su sombra de guardiana implacable en el revés de todo tu destino.
Es tan sólo una puerta clausurada en nombre del azar,
pero tiene el color de la inclemencia
y semeja una lápida donde se inscribe a cada paso lo imposible.
Acaso ahora cruja con una melodía incomparable contra el oído de tu ayer,
acaso resplandezca como un ídolo de oro bruñido por las cenizas del adiós,
acaso cada noche esté a punto de abrirse en la pared final del mismo sueño
y midas su poder contra tus ligaduras como un desdichado Ulises.
Es tan sólo un engaño,
una fabulación del viento entre los intersticios de una historia baldía
refracciones falaces que surgen del olvido cuando lo roza la nostalgia.
Esa puerta no se abre hacia ningún retorno;
no guarda ningún molde intacto bajo el pálido rayo de la ausencia.
No regreses entonces como quien al final de un viaje erróneo
-cada etapa un espejo equivocado que te sustrajo el mundo-
descubriera el lugar donde perdió la llave y trocó por un nombre confuso la consigna.
¿Acaso cada paso que diste no cambió, como en un ajedrez,
la relación secreta de las piezas que trazaron el mapa de toda la partida?
No te acerques entonces con tu ofrenda de tierras arrasadas,
con tu cofre de brasas convertidas en piedras de expiación;
no transformes tus otros precarios paraísos en páramos y exilios,
porque también, también serán un día el muro y la añoranza.
Esa puerta es sentencia de plomo; no es pregunta.
Si consigues pasar,
encontrarás detrás, una tras otra, las puertas que elegiste.
de “LA NOCHE A LA DERIVA” (1983

PIEDRAS PARA MARÍA

Autor: Pablo Neruda

LAS piedrecitas puras,
olivas ovaladas
fueron antes
población
de las viñas
del océano,
racimos agrupados,
uvas de los panales
sumergidos:
la ola las desgranaba,
caían en el viento,
rodaban al abismo abismo abismo
entre lentos pescados,
sonámbulas medusas,
colas de lacerantes tiburones,
corvinas como balas!
las piedras transparentes,
las suavísimas piedras,
piedrecitas,
resbalaron
hacia el fondo del húmedo reinado,
más abajo, hacia donde
sale otra vez el cielo
y muere el mar sobre sus alcachofas.
Rodaron y rodaron
entre dedos y labios submarinos
hasta la suavidad inacabable,
hasta ser sólo tacto,
curva de copa suave,
pétalo de cadera.
Entonces arreció la marejada
y un golpe de ola dura,
una mano de piedra
aventó los guijarros,
los desgranó en la costa
y allí en silencio desaparecieron:
pequeños dientes de ámbar,
pasas de miel y sal, porotos de agua,
aceitunas azules de la ola,
almendras olvidadas de la arena.

Piedras para María!
Piedras de honor para su laberinto!
Ella, como una araña
de piedra transparente,
tejerá su bordado,
hará de piedra pura su bandera,
fabricará con piedras plateadas
la estructura del día,
con piedras azufradas
la raíz de un relámpago perdido,
y una por una subirá a su muro,
al sistema, al decoro, al movimiento,
la piedra fugitiva,
la uva del mar ha vuelto a los racimos,
trae la luz de su estupenda espuma.

Piedras para María!

Ágatas arrugadas de Isla Negra,
sulfúricos guijarros
de Tocopilla, como estrellas rotas,
caídas del infierno mineral,
piedras de La Serena que el océano
suavizó y luego estableció en la altura,
y de Coquimbo el negro poderío,
el basalto rodante
de Maitencillo, de Toltén, de Niebla,
del vestido mojado
de Chiloé marino,
piedras redondas, piedras como huevos
de pilpilén austral, dedos translúcidos
de la secreta sal, del congelado
cuarzo, o durísima herencia
de Los Andes, naves
y monasterios
de granito.

Alabadas
las piedras
de María,
las que coloca como abeja a clara
en el panal de su sabiduría:
las piedras
de sus muros,
del libro que construye
letra por letra,
hoja por hoja
y piedra a piedra!
Hay que ver y leer esta hermosura
y amar sus manos
de cuya energía
sale, suavísima,
una
lección
de piedra.

El amor duerme en el pecho del poeta

Autor: Federico García Lorca

Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.

Pero sigue durmiendo, vida mía.
Oye mi sangre rota en los violines.
¡Mira que nos acechan todavía!

Las momias de Anubis

Con su inconfundible forma a medio camino entre un perro y un chacal, Anubis fue uno de los dioses más íntimamente relacionados con el mundo de los muertos en el antiguo Egipto. Adorado desde antiguo como guardián y señor de las necrópolis, Anubis terminó desempeñando un destacado papel en el arte de la momificación.

La tumba de Osiris

Abydos fue un importante centro de peregrinación, ya que según la tradición aquí se hallaba la tumba del dios Osiris. Arriba, sala hipóstila del templo erigido por Seti I en Abydos.

 

Anubis, cuyo nombre egipcio era Inpu, surgió en las primeras etapas de la historia egipcia como dios protector del nomo (provincia) XVII del Alto Egipto; los griegos justamente dieron a la capital de este distrito el nombre de Cinópolis, «ciudad de los perros». Su culto pronto se extendió por todo el país, en lugares como Licópolis, Menfis y los santuarios de muchas necrópolis. En los orígenes, Anubis fue identificado asimismo con otra divinidad funeraria arcaica, Imy-wt, «el que está en sus vendas». El fetiche de éste –un poste del que colgaba la piel de un animal sin cabeza, con elementos para el lavado y embalsamamiento de un cadáver– fue adoptado por Anubis.
En la iconografía, a Anubis se le representa con cabeza de chacal y cuerpo humano, o como un perro con pelaje negro recostado y con la cabeza vigilante. El negro se debe a que ése era el color del limo, el oscuro fango arcilloso que el Nilo, al retirarse después de la inundación, dejaba tras de sí en el campo anegado, volviéndolo fértil y listo para ser arado y sembrado. Por ello, el color negro quedó asociado a la resurrección y a la fertilidad, a la vida renovada.

El vigilante de los cementerios

Uno de los epítetos más frecuentes del dios Anubis era el de «Señor de la tierra sagrada», es decir, de la necrópolis, pues se lo adoraba como guardián y vigilante de los cementerios. A los egipcios seguramente les espantaba ver numerosos chacales y perros hambrientos merodeando en torno a las necrópolis mal vigiladas y llenas de tumbas por doquier, pues creían que el cuerpo debía ser preservado para poder sobrevivir en el Más Allá durante toda la eternidad. De ahí que buscaran la protección del dios con cabeza de chacal negro.

Anubis, guia de los difuntos

Estatuilla del dios Anubis en madera y estuco. Siglo I a.C. Museo Roemer-Pelizaeus, Hildesheim.

A lo largo del Imperio Antiguo (2700 a.C.-2200 a.C.), Anubis ocupó un puesto de privilegio en el panteón egipcio, como el gran dios de los difuntos y juez de los muertos. Aunque en su origen, como dios funerario, estuvo principalmente vinculado al faraón, poco a poco se convirtió en el dios universal de los muertos. En las paredes de muchas tumbas del Imperio Antiguo encontramos oraciones escritas para la supervivencia del difunto tras la muerte, todas ellas dirigidas a Anubis en su calidad de dios encargado de guiar el alma del difunto en su viaje al inframundo.

Esta situación cambió durante el Imperio Medio (2200-1800 a.C.), cuando el papel de divinidad principal del inframundo se otorgó a Osiris. Anubis, por su parte, se limitó a figurar como guía de las almas, guardián de las necrópolis y, particularmente, como dios embalsamador de cuerpos. Esta última función tiene mucho que ver con el mito de la muerte y resurrección de Osiris, en el que Anubis juega también un destacado papel que se reflejó en los rituales de momificación.
El mito narra las peripecias del sabio rey Osiris, quien tuvo que enfrentarse a su celoso y malvado hermano Set, que anhelaba apoderarse del trono de Egipto. Uno de los momentos más trágicos de la narración se produce cuando Set despedaza el cuerpo de Osiris en catorce partes y dispersa los fragmentos por todo Egipto a fin de evitar que Isis, la fiel esposa de Osiris, pueda encontrarlos nunca más. Pero Isis, ayudada y acompañada por su hermana Neftis y el dios Anubis, logra recuperar uno por uno los pedazos dispersos de su amado y difunto esposo, excepto uno, el pene, que se pierde, ya que los peces oxirrincos del Nilo se lo han comido. Isis, con sus poderes mágicos, dota a Osiris de una réplica del órgano.

La ascensión de Osiris

El difunto Nanai  realiza ofrendas ante Osiris y Anubis. Dinastía XVIII. Museo Egipcio, Turín.

Una vez reunidos los fragmentos, el dios chacal Anubis los venda uno por uno, juntándolos entre sí y confeccionando una momia; la primera de toda la historia de Egipto. Recompuesto el cuerpo de Osiris, Isis lo hace revivir mágicamente: transformada en un milano, la diosa yace sobre el cuerpo restaurado de su esposo. Fruto de esta unión nacerá un niño llamado Horus que al llegar a la madurez luchará contra su tío Set, vengando la muerte de su padre y apoderándose del trono de Egipto. Por su parte, Osiris, ya renacido, abandona a su familia y se retira al Más Allá, donde a partir de ese momento empezará a gobernar como rey-dios de los muertos.

Anubis, el dios momificador

El importante y destacado papel de Anubis en la momificación mítica de Osiris lo convirtió a ojos de los egipcios en el embalsamador por antonomasia. Uno de sus principales epítetos es «Señor de los secretos del embalsamamiento», ya que él desarrolló los rituales de la momificación para preservar a Osiris. Desde entonces fue el responsable de preocuparse del difunto durante el proceso de embalsamamiento. En la iconografía egipcia se le suele representar de pie junto al lecho del difunto, encorvado sobre la momia y manipulándola.

Anubis, señor de los muertos

Tamutnofret venera a Anubis entronizado. Caja de ushebtis. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Anubis se convirtió, de este modo, en el patrón de los embalsamadores y recibió los títulos de «Jefe del Pabellón Divino» o «Jefe de la Casa de la Purificación» –donde se llevaba a cabo el proceso de momificación de un cadáver– y «El que está sobre las vendas de la momia». Además, en la práctica de la momificación los egipcios atribuyeron al dios una participación simbólica no menos destacada.

Sobre las técnicas y procesos de momificación del antiguo Egipto contamos con la información que nos proporcionan Heródoto, el gran historiador griego del siglo V a.C., y Diodoro de Sicilia, quien cuatro siglos después hizo una descripción de la casta de sacerdotes dedicados a la tarea. Heródoto informa de que había distintos tipos de embalsamamiento en función de la importancia del muerto y de su poder adquisitivo. Cuando fallecía una persona, sus familiares llevaban el cuerpo a la «Casa de la Purificación», donde se le sometía, durante 70 días, a un meticuloso proceso de momificación ajustado a ritos muy bien regulados. Las personas encargadas de dicha tarea eran sacerdotes especializados que procedían a la preparación del cadáver con arreglo al dispendio que la familia del difunto estaba dispuesta a sufragar.

Máscaras de Anubis

Durante el proceso de embalsamamiento, los sacerdotes debían llevar puestas unas máscaras de chacal, con el fin de personificar a Anubis, y repetían invocaciones al dios. Durante la parte final del proceso, que consistía en el vendaje y colocación de amuletos protectores, los sacerdotes de Anubis recitaban unos textos de carácter mágico-religioso. Finalmente, la momia era colocada en el interior de un féretro de madera para proceder a la ceremonia de enterramiento.
Una vez embalsamado el cadáver, familia, amigos y plañideras acompañaban al difunto en su último viaje hacia la tumba por una vía ceremonial. Es muy probable que el sacerdote que oficiara esta ceremonia de enterramiento también personificara al dios Anubis, ya que en distintos papiros funerarios aparece representado mientras sostiene la momia en la entrada de la tumba. El sacerdote sem (sacerdote funerario) purificaba entonces el cadáver y procedía al ritual de la «Apertura de la boca». Pronunciaba unas palabras mágicas e iba tocando, con la ayuda de un instrumento (una azuela), la boca, los ojos, la nariz y los oídos de la momia. El difunto podía así recuperar los sentidos para contemplar el mundo de los vivos y recibir las ofrendas que le estaban destinadas.

Máscara funeraria

La costumbre de momificar a los difuntos continuó en el Egipto ptolemaico (siglos IV-I a.C.). En la página siguiente, máscara funeraria policromada de este período. Museo Egipcio, El Cairo.

El último paso consistía en colocar la momia en el interior de la cámara funeraria y sellar la tumba, donde ya se había dispuesto el ajuar funerario necesario para la otra vida. Así se llegaba al momento definitivo: el juicio final. El alma del difunto era conducida por Anubis hacia la sala del tribunal de Osiris, donde tenía lugar un juicio. El difunto debía pasar la prueba de la «psicostasia» o «pesaje del alma». En el centro de la sala se alzaba una balanza, en uno de cuyos platos Anubis colocaba el corazón del difunto, sede de la conciencia y la memoria, mientras que en el otro depositaba la pluma o una figurilla de Maat, la diosa de la justicia y la verdad. El tribunal estaba compuesto por 42 dioses, ante los cuales el difunto procedía a recitar lo que se conoce como «la confesión negativa», en la que enumeraba, uno a uno, los 42 pecados que no había cometido: «¡Aquí me tenéis! ¡Yo os conozco! Yo no he causado hambre. No he matado. No he maltratado…». Si la balanza se desequilibraba a causa de sus pecados, y el corazón pesaba más que la pluma, el difunto era tragado por la «Devoradora», Ammit, un terrible monstruo mitad cocodrilo mitad hipopótamo que le negaba la deseada eternidad. Si, en cambio, era «justificado», Osiris permitía que esa persona fuera admitida en el Más Allá, el reino del que era indiscutible señor.

 

http://www.nationalgeographic.com.es

Feliz Navidad

Llega la Navidad, tiempo de análisis  y balance…Ojala nos encuentre más unidos, con más ganas, llenos de buenas ideas.

Que sigamos cosechando buenas semillas, para ayudar a construir un mundo mejor, con más paz , respeto y tolerancia!

FELIZ NAVIDAD!!! con todo el cariño para nuestros seguidores y amigos..

 

El equipo de ZONA LIBRE RADIO.

“Cuando me vaya”

Joan Manuel Serrat

Me iré despacio un amanecer
que el sol vendrá a buscarme temprano.
Me iré desnudo, como llegué.
Lo que me diste cabe en mi mano.

Mientras tú duermes deshilaré
en tuyo y mío lo que fue nuestro
y a golpes de uñas en la pared
dejaré escrito mi último verso.

Y a la grupa
del terral, mi chalupa
de blanca vela peinará el mar.
¿Qué soledad te vendrá a buscar…?
Cuando me vaya.
Cuando me vaya.

Luna tras luna, llamándome
bajarás donde el azul se rompe.
El viento te abrazará de pie
hurgando el vientre del horizonte.

Una sonrisa se esfumará
rozando el borde de los aleros.
Tu boca amarga preguntará
¿…para quién brillan hoy los luceros?

Y las olas
sembrarán caracolas
arena y algas entre tus pies.
Los besarán y se irán después
hacia otra playa.
Cuando me vaya.

Me iré silbando aquella canción
que me cantaba cuando era un crío
un marinero lleno de ron
por si en verano sentía frío.

Me iré despacio y sé que quizás
te evoque triste doblando el faro.
Después la aldea quedará atrás,
después el día será más claro.

Y ese día
dulce melancolía,
has de arrugarte junto al hogar.
Sin una astilla para quemar.
Cuando me vaya.
Cuando me vaya.

 

De: “Álbum blanco” – 1970

“La huída”

Autora: Guadalupe Grande

Vivimos como de prestado
vivimos como sin querer
vivimos en vilo y nuestro destino es la espera
vivimos fatigados de tanto sinvivir

Huí, es cierto.

Huir es un naufragio,
un mar en el que buscas tu rostro, inútilmente,
hasta convertirte en náufrago de sal,
cristal en el que brilla la nostalgia.
Huir tiene el olor de la esperanza,
huele a cierto y a traición,
se siente vigilado, está perdido
y no hay ningún imán que guíe
su insensato paso migratorio.
Huir parece alimentarse de tiempo,
respira distancia y mira, desde muy lejos,
un horizonte de escombros.
Huir tiene frío y en la piel de su vientre
resuenan palabras graves valor asombro lluvia.
Huir quisiera ser un pez abisal que ha llegado a la superficie:
despues de tanto oscuro,
de tantos siglos anegado en la profundidad,
brillan las primeras gotas de luz
sobre su lomo albino de criatura castigada.
Pero huir es un naufragio
y tu rostro un puñado de sal
disuelto en el transcurso de las horas.

 

De: “El libro de Lilit”
Ed. Renacimiento – 1996

“En castellano”

Autor: Blas de Otero – 1951

Aquí tenéis mi voz
Alzada contra el cielo de los dioses absurdos,
Mi voz apedreando las puertas de la muerte
Con cantos que son duras verdades como puños.

Él ha muerto hace tiempo, antes de ayer. Ya hiede.
Aquí tenéis mi voz zarpando hacia el futuro.
Adelantando el paso a través de las ruinas,
Hermosa como un viaje alrededor del mundo.

Mucho he sufrido: en este tiempo, todos
Hemos sufrido mucho.
Yo levanto una copa de alegría en las manos,
En pie contra el crepúsculo.

Borradlo. Labraremos la paz, la paz, la paz,
A fuerza de caricias, a puñetazos puros.
Aquí os dejo mi voz escrita en castellano.
España, no te olvides que hemos sufrido juntos.

 

De: “En castellano” – 1951-1959
Recogido en “Blas de Otero – Obra Completa” – 1935 – 1977
Ed. Galaxia Gutenberg – 2013©

“Rayuela” – Capítulo 24

Autor: Julio Cortázar

-Yo no me sé expresar-dijo la Maga secando la cucharita con un trapo nada limpio-. A lo mejor otras podrían explicarlo mejor pero yo siempre he sido igual, es mucho más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres.

-Una ley-dijo Gregorovius-. Perfecto enunciado, verdad profunda. Llevado al plano de la astucia literaria se resuelve en aquello que de los buenos sentimientos nace la mala literatura, y otras cosas por el estilo. La felicidad no se explica, Lucía, probablemente porque es el momento más logrado del velo de Maya.

La maga lo miró, perpleja. Gregorovius suspiró.

-El velo de maya-repitió-. Pero no mezclemos las cosas. Usted ha visto muy bien que la desgracia es, digamos, más tangible, quizá porque de ella nace el desdoblamiento en objeto y sujeto. Por eso se fija tanto en el recuerdo, por eso se pueden contar tan bien las catástrofes.

-Lo que pasa-dijo la Maga, revolviendo la leche sobre el calentador- es que la felicidad es solamente de uno y en cambio la desgracia parecería de todos.

-Justísimo corolario-dijo Gregorovius-. Por lo demás le hago notar que yo no soy preguntón. La otra noche, en la reunión del club…Bueno, Ronald tiene un vodka demasiado destrabalenguas. No me crea una especie de diablo cojuelo, solamente quisiera entender mejor a mis amigos. Usted y Horacio…En fin, tienen algo de inexplicable, una especie de misterio central. Ronald y Babs dicen que ustedes son la pareja perfecta, que se complementan. Yo no veo que se complementen tanto.

-¿Y qué importa?

-No es que importe, pero usted me estaba diciendo que Horacio se ha ido .

-No tiene nada que ver- dijo la Maga. No sé hablar de la felicidad pero eso no quiere decir que no la haya tenido. Si quiere le puedo seguir contando por qué se ha ido Horacio, por qué me podría haber ido yo si no fuera por Rocamadour.-Señaló vagamente las valijas, la enorme confusión de papeles y recipientes y discos que llenaba la pieza.- Todo esto hay que guardarlo, hay que buscar dónde irse…No quiero quedarme aquí, es demasiado triste.

-Etienne puede conseguirle una pieza con buena luz. Cuando Rocamadour vuelva al campo. Una cosa de siete mil francos por mes. Si no tiene inconveniente, en ese caso yo me quedaría con esta pieza. Me gusta, tiene fluido. Aquí se puede pensar, se está bien.

-No crea-dijo la Maga .A eso de las siete la muchacha de abajo empieza a cantar Les Amants du Havre. Es una linda canción, pero a la larga…

Puisque la terre est ronde,

Mon amour t’en fais pas,

Mon amour t’en fais pas.

-Bonito-dijo Gregorovius indiferente.

-Sí, tiene una gran filosofía, como hubiera dicho Ledesma. No, usted no lo conoció. Era antes de Horacio, en el Uruguay.

-¿El negro?

-No, el negro se llamaba Ireneo.

-¿Entonces la historia del negro era verdad?

La Maga lo miró asombrada. Verdaderamente Gregorovius era estúpido. Salvo Horacio (y a veces…) todos los que la habían deseado se portaban siempre como unos cretinos. Revolviendo la leche fue hasta la cama y trató de hacer tomar unas cucharadas a Rocamadour. Rocamadour chilló y se negó, la leche le caía por el pescuezo. “Topitopitopitopi”, decía la Maga con voz de hipnotizadora de reparto de premios. “Topitopitopi”, procurando acertar una cucharada en la boca de Rocamadour que estaba rojo y no quería beber, pero de golpe aflojaba vaya a saber por qué, resbalaba un poco hacia el fondo de la cama y se ponía a tragar una cucharada tras otra, con enorme satisfacción de Gregorovius que llenaba la pipa y se sentía un poco padre.

-Chin chin-dijo la Maga, dejando la cacerola al lado de la cama y arropando a Rocamadour que se aletargaba rápidamente-. Qué fiebre tiene todavía, por lo menos treinta y nueve cinco.

-¿No le pone el termómetro?

-Es muy difícil ponérselo, después llora veinte minutos, Horacio no lo puede aguantar. Me doy cuenta por el calor de la frente. Debe tener más de treinta y nueve, no entiendo cómo no le baja.

-Demasiado empirismo, me temo-dijo Gregorovius -. ¿Y esa leche no le hace mal con tanta fiebre?

-No es tanta para un chico-dijo la Maga encendiendo un Gauloise-. Lo mejor sería apagar la luz para que se duerma enseguida. Ahí, al lado de la puerta.

De la estufa salía un resplandor que se fue afirmando cuando se sentaron frente a frente y fumaron un rato sin hablar. Gregorovius veía subir y bajar el cigarrillo de la Maga, por un segundo su rostro curiosamente plácido se encendía como una brasa, los ojos le brillaban mirándolo, todo se volvía a una penumbra en la que los gemidos y cloqueos de Rocamadour iban disminuyendo hasta caer, seguidos por un leve hipo que se repetía cada tanto. Un reloj dio las once.

-No volverá-dijo la Maga -. En fin, tendrá que venir para buscar sus cosas, pero es lo mismo. Se acabó, kaputt.

-Me pregunto-dijo Gregorovius , cauteloso-. Horacio es tan sensible, se mueve con tanta dificultad en París. El cree que hace lo que quiere, que es muy libre aquí, pero se anda golpeando contra las paredes. No hay más que verlo por la calle, una vez lo seguí un rato desde lejos.

-Espía-dijo casi amablemente la Maga.

-Digamos observador.

-En realidad usted me seguía a mí, aunque yo no estuviera con él.

-Puede ser, en ese momento no se me ocurrió pensarlo. Me interesan mucho las conductas de mis conocidos, es siempre más apasionante que los problemas de ajedrez. He descubierto que Wong se masturba y que Babs practica una especie de caridad jansenista, de cara vuelta a la pared mientras la mano suelta un pedazo de pan con algo adentro. Hubo una época en que me dedicaba a estudiar a mi madre. Era en Herzegovina, hace mucho. Adgalle me fascinaba, insistía en llevar una peluca rubia cuando yo sabía muy bien que tenía el pelo negro. Nadie lo sabía en el castillo, nos habíamos instalado allí después de la muerte del Conde Rossler. Cuando la interrogaba (yo tenía diez años apenas, era una época tan feliz) mi madre reía y me hacía jurar que jamás revelaría la verdad. Me impacientaba esa verdad que había que ocultar y que era más simple y hermosa que la peluca rubia. La peluca era una obra de arte, mi madre podía peinarse con toda naturalidad en presencia de la mucama sin que sospechara nada. Pero cuando se quedaba sola yo hubiera querido, no sabía bien por qué, estar escondido bajo un sofá o detrás de los cortinados violeta. Me decidí a hacer un agujero en la pared de la biblioteca, que daba al tocador de mi madre, trabajé de noche cuando me creían dormido. Así pude ver cómo Adgalle se quitaba la peluca rubia, se soltaba los cabellos negros que le daban un aire tan distinto, tan hermoso, y después se quitaba la otra peluca y aparecía la perfecta bola de billar, algo tan asqueroso que esa noche vomité gran parte del gulash en la almohada.

-Su infancia se parece un poco al prisionero de Zenda- dijo reflexivamente la Maga.

-Era un mundo de pelucas-dijo Gregorovius -. Me pregunto qué hubiera hecho Horacio en mi lugar. En realidad íbamos a hablar de Horacio , usted quería decirme algo.

-Es raro ese hipo- dijo la Maga mirando la cama de Rocamadour -. Primera vez que lo tiene.

-Será la digestión.

-¿Por qué insisten en que lo lleve al hospital? Otra vez esta tarde, el médico con esa cara de hormiga. No lo quiero llevar, a él no le gusta. Yo le hago todo lo que hay que hacerle. Babs vino esta mañana y dijo que no era tan grave. Horacio tampoco creía que fuera tan grave.

-¿Horacio no va a volver?

-No. Horacio se va a ir por ahí, buscando cosas.

-No llore, Lucía.

-Me estoy sonando. Ya se le ha pasado el hipo.

-Cuénteme, Lucía, si le hace bien.

-No me acuerdo de nada, no vale la pena. Sí, me acuerdo. ¿Para qué? Qué nombre tan extraño, Adgalle.

-Sí, quién sabe si era el verdadero. Me han dicho…

-Como la peluca rubia y la peluca negra-dijo la Maga.

-Como todo-dijo Gregorovius -. Es cierto, se le ha pasado el hipo. Ahora va a dormir hasta mañana. ¿Cuándo se conocieron, usted y Horacio?