Sabores

Autora: Fina García Marruz

Es una trattoria
de callecita apartada
en nuestra primera noche
de Roma. Barre el portal
un niño de Amicis.
Anota el padre la orden,
la madre, al fondo, cocina.
Consuela la minestrona
de frío y fiebre.
Entramos al corazón
de la familia.

Refugio

Autora: Matilde Alba Swann

 

Entonces,
ciega y sorda, me abrazo a la poesía.

La aprieto contra el pecho,
la muerdo, la trituro,
me prendo a sus dos manos,
hundo en ella mi grito,
me aniño en su regazo,
sollozo en sus rodillas,
y encuentro que me acoge
piadosa a su ternura,
se adhiere a mi tristeza,
me entrega
gota a gota, su sangre, me amamanta,
me acuna, me adormece,
y en sueños,
poesía madre, le elevo mi plegaria.

«Sé lecho a mi cansancio,
sé sombra en este páramo amargo
en que transito
volcando ya mis pasos.

Sé el camino que busco, transvásame
tu esencia, conviérteme a tu imagen,
haz de mí, la elevada
poesía de poesía».

Y caigo ya sin fuerzas
de nuevo entre los hombres
que aplastan mis cenizas,
en tanto me perdonan
la culpa
de ser mártir.

La noche en las ciudades

Autor: Vicente Gallego

(Looking for the heart of saturday night)
Tom Waits

A Luis Antonio de Villena

A lo largo del tiempo
y en diversas ciudades, he observado a esa gente
que transita en la noche: bebedores anónimos,
muchachitas de un día, cuarentones
que regresan vencidos del amor, todos ellos
buscadores sin mapa de un tesoro.

Por calmar otra sed beben sin ganas,
y en sus ojos he visto esas preguntas
que a veces el amor supo acallar,
pero muerto el amor, de regreso en la noche,
en sus ojos seguían las preguntas,
esas mismas preguntas que se hicieron
los poetas románticos al contemplar la luna,
pero también los griegos y los árabes
y tantos otros cuya historia
desconoce esa gente que se hace
esas mismas preguntas, esas tristes preguntas
que a mí me asaltan hoy ante esta copa:
en la falsa moneda de la noche
¿he buscado su brillo o he buscado su sombra?
¿Qué queda de la dicha que algún sábado
he creído sentir, o es que sólo
existe fingimiento en la alegría?
¿Qué ciudades, qué noches, qué luces o qué sombras,
qué palabras, qué cuerpos,
o qué extraño cansancio calmarán
este afán de vivir que la vida no sacia?

Para expresar lo que en las noches siento,
lo que en tantas ciudades y a través de los años
he sentido al volver los sábados a casa,
derrotado y dichoso, solitario,
debería quizá recurrir a la imagen
de esos vasos vacíos que la noche abandona
y en los que brilla el sol
por un instante al despuntar el día,
o haber sido un buen músico quizá,
escuchad a Tom Waits y dejad de leerme:
ahora
sólo a un blues se parece mi alma.

Los siete capítulos olvidados de ‘Cien años de soledad’

García Márquez publicó episodios sueltos para sondear al público antes de terminar la novela

Publicado en El País de Madrid, 27 de mayo 2017

García Márquez, en octubre de 1965 cuando escribía 'Cien años de soledad'.
García Márquez, en octubre de 1965 cuando escribía ‘Cien años de soledad’. GUILLERMO ANGULO (HARRY RANSOM CENTER)

Meses antes de terminar Cien años de soledad, Gabriel García Márquez arrastraba serias dudas sobre la calidad de una novela que acabaría convertida en un clásico de la literatura. “Cuando leí lo que llevaba escrito”, confesó por carta a un amigo, “tuve la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podía ser afortunada que catastrófica”. Algo poco conocido es que García Márquez publicó siete capítulos de Cien años de soledadpara aplacar esas dudas. Y lo hizo cuando aún no había acabado la novela (la concluyó en agosto de 1966) ni había firmado el contrato con la Editorial Sudamericana, que rubricó el 10 de septiembre del mismo año. La novela salió el 30 de mayo de 1967. El próximo martes se cumplirán 50 años.

Los siete capítulos se publicaron en periódicos y revistas que circulaban en más de 20 países. Representan más de un tercio de la novela, que en total tiene 20 capítulos. Ni siquiera hay copias de los mismos en el archivo personal de García Márquez en el Harry Ransom Center en Texas, que guarda su legado. Para encontrar su rastro hay que recorrer bibliotecas en Francia, Estados Unidos, Colombia y España.

Los capítulos cayeron en el olvido porque se creía que eran idénticos a los publicados en la primera edición de 1967 de la novela. Pero la comparación de las versiones descubre una realidad diferente. Desde la primera página hay cambios en el lenguaje, la estructura, la ambientación y la descripción de los personajes. De ahí que estos capítulos olvidados sean de un gran valor literario para entender cómo fue escrita la novela. García Márquez afirmó haber quemado las notas y los manuscritos preparatorios tras recibir la primera copia del libro.

Hasta 42 cambios

El primer capítulo salió el 1 de mayo de 1966 en El Espectador de Bogotá, cuando aún le quedaban tres meses para finalizar la obra. Entre esa versión y la edición final de 1967 hay hasta 42 cambios significativos que aparecen desde la primera página. Las casas de Macondo, por ejemplo, no eran “de barro y cañabrava” como en la edición final, sino simplemente de “adobe”. El escritor buscaba un lenguaje más preciso.

También hay modificaciones importantes en la estructura general de la novela. Por ejemplo, en la edición de 1967, la acción destructora de las termitas que anuncia el declive de la casa de la familia Buendía se describe hacia el final de la novela. Pero en la versión de El Espectador, “el comején socavaba los cimientos de la casa” desde el primer capítulo. Referencias tan iniciales a las termitas restaban dramatismo a la futura decadencia de la casa.

En la edición definitiva, Macondo es un pueblo aislado de la civilización, cuyo emplazamiento exacto se desconoce. Por el contrario, en el capítulo de ElEspectador, Macondo se localiza con facilidad, pues limitaba “al occidente con los médanos del río de La Magdalena” de Colombia. García Márquez suprimió este y otros detalles sobre la ubicación concreta de la población para crear en el lector la impresión de que podía ser un pueblo típico de cualquier país latinoamericano.

El llanto de Aureliano

Otro cambio sorprendente tiene que ver con el nacimiento del coronel Aureliano Buendía. En la edición final, el coronel “había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos”, mientras que en el capítulo de El Espectador, el héroe recibía un trato poco heroico y hasta prosaico: la comadrona le daba “tres nalgadas enérgicas” para hacerle llorar.

El siguiente capítulo que García Márquez probó con los lectores salió en la revista Mundo nuevo en agosto de 1966. Publicada en París, esa revista se convirtió en el principal escaparate de la literatura del boom latinoamericano. Sus 6.000 ejemplares mensuales se vendían en 22 países, incluidos Estados Unidos, Holanda, España, Portugal y casi toda América Latina. En este capítulo localicé hasta 51 diferencias con respecto a la edición final. Por ejemplo, José Arcadio, cuya madre Úrsula temía que naciese con una cola de cerdo, vino al mundo como “un hijo saludable”, mientras que en la edición final, el autor aumentó el dramatismo al escribir: “Dio a luz un hijo con todas sus partes humanas”.

Primer capítulo de 'Cien años de soledad' publicado en 'El Espectador', de Bogotá.
Primer capítulo de ‘Cien años de soledad’ publicado en ‘El Espectador’, de Bogotá.

La alquimia, tan importante en los capítulos iniciales, se mencionaba en el del Mundo nuevo con el término experto “la Opera Magna”. El escritor simplificó la lectura y optó solo por alquimia.

Tras la publicación del segundo capítulo, pasaron cinco meses hasta la salida del siguiente. García Márquez debió emplear ese tiempo para revisar la novela, porque el nuevo capítulo era el más arriesgado: el ascenso al cielo de Remedios la bella. El escritor eligió para su divulgación Amaru, una revista peruana dedicada a la literatura de vanguardia internacional. Sus lectores eran exigentes escritores y críticos literarios. García Márquez no solo comprobó la solidez literaria de ese capítulo con ellos, sino que también se lo leyó en voz alta a su círculo de amistades en su casa de la Ciudad de México. “Convoqué aquí a la gente más exigente, experta y franca”, escribió en una carta dirigida a su amigo Mendoza en el verano de 1966. “El resultado fue formidable, sobre todo porque el capítulo leído era el más peligroso: la subida al cielo, en cuerpo y alma, de Remedios Buendía”.

En la revista literaria colombiana Eco apareció otro capítulo “peligroso”: la muerte de Úrsula tras vivir entre 115 y 122 años. Entre los cambios más reseñables destaca la eliminación de una frase, ausente en la edición de 1967, de Fernanda del Carpio tras la marcha de Amaranta Úrsula a Europa: “Dios mío —murmuraba Fernanda—, se me olvidó decirle que mirara a todos los lados antes de atravesar la calle”.

En marzo de 1967, salió en la revista Mundo nuevo el capítulo de la peste del insomnio que azotó a Macondo. Como García Márquez explicó en varias entrevistas, su intención era que el lenguaje de Cien años de soledad fuese más anticuado en la primera parte (por ejemplo, usó el arcaico “instrumentos músicos” en vez del moderno “instrumentos musicales” o “grande alboroto” en vez de “gran alboroto”). Y luego, afirmaba el escritor, el lenguaje se iría modernizando hacia el final de la novela.

Último cartucho

García Márquez disparó su último cartucho en abril de 1967, cuando la revista mexicana Diálogos imprimió el capítulo de la lluvia que cayó sobre Macondo durante cuatro años. Entre los cambios importantes figura uno que revela cómo el autor no solo suprimía frases o cambiaba palabras, sino también su técnica para añadir nuevos contenidos. Cuando Fernanda del Carpio termina de abroncar a su marido Aureliano Segundo después de un monólogo que ocupa varias páginas, en la versión de Diálogos ella concluye que su marido estaba “acostumbrado a vivir de las mujeres”. Pero en la edición de 1967, Fernanda culmina su bronca monumental con una frase pletórica, cargada de fuerza mitológica y religiosa. Afirmó que su marido estaba “acostumbrado a vivir de las mujeres, y convencido de que se había casado con la esposa de Jonás, que se quedó tan tranquila con el cuento de la ballena”.

Por último, la semana previa al lanzamiento de la novela, el magacín argentino Primera Plana publicó un fragmento del capítulo sobre las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía. Primera Plana estaba diseñada para el gran público, y sus 60.000 ejemplares semanales circulaban dentro y fuera de Argentina. Aunque ya no tenía tiempo de añadir cambios, García Márquez envió un capítulo que debía cautivar al público de un continente que seguía marcado por las guerrillas insurgentes contra el poder, como la guerrilla del propio coronel Aureliano Buendía.

Como revela la correspondencia de García Márquez, al publicar los capítulos más novedosos y “peligrosos”, el escritor tomó buena nota de las sugerencias hechas por sus amistades y lectores. La historia detrás de estos capítulos olvidados de Cien años de soledad descubre el arduo trabajo de edición que García Márquez desplegó, en especial para aplacar esa “desmoralizante impresión” que tuvo al leer lo que llevaba escrito de una novela que a partir del 30 de mayo de 1967 había de cambiar el rumbo de la literatura.

Álvaro Santana-Acuña es investigador y profesor asistente de Whitman College

‘El prisionero del cielo’ (Fragmento)

Autor: Carlos Ruiz Zafón

Siempre he sabido que algún día volvería a estas calles para contar la historia del hombre que perdió el alma y el nombre entre las sombras de aquella Barcelona sumergida en el turbio sueño de un tiempo de cenizas y silencio. Son páginas escritas con fuego al amparo de la ciudad de los malditos, palabras grabadas en la memoria de aquel que regresó de entre los muertos con una promesa clavada en el corazón y el precio de una maldición. El telón se alza, el público se silencia y, antes de que la sombra que habita sobre su destino descienda de la tramoya, un reparto de espíritus blancos entra en escena con una comedia en los labios y esa bendita inocencia de quien, creyendo que el tercer acto es el último, nos viene a narrar un cuento de Navidad sin saber que, al pasar la última página, la tinta de su aliento lo arrastrará lenta e inexorablemente al corazón de las tinieblas.

Julián Carax, El Prisionero del Cielo
(Editions de la Lumière, París, 1992)

 

1

Barcelona, diciembre de 1957

Aquel año a la Navidad le dio por amanecer todos los días de plomo y escarcha. Una penumbra azulada teñía la ciudad, y la gente pasaba de largo abrigada hasta las orejas y dibujando con el aliento trazos de vapor en el frío. Eran pocos los que en aquellos días se detenían a contemplar el escaparate de Sempere e Hijos y menos todavía quienes se aventuraban a entrar y preguntar por aquel libro perdido que les había estado esperando toda la vida y cuya venta, poesías al margen, hubiera contribuido a remendar las precarias finanzas de la librería.

-Yo creo que hoy será el día. Hoy cambiará nuestra suerte -proclamé en alas del primer café del día, puro optimismo en estado líquido.

Mi padre, que llevaba desde las ocho de aquella mañana batallando con el libro de contabilidad y haciendo malabarismos con lápiz y goma, alzó la vista del mostrador y observó el desfile de clientes escurridizos perderse calle abajo.

-El cielo te oiga, Daniel, porque a este paso, si perdemos la campaña de Navidad, en enero no vamos a tener ni para pagar el recibo de la luz. Algo vamos a tener que hacer.

-Ayer Fermín tuvo una idea -ofrecí-. Según él es un plan magistral para salvar la librería de la bancarrota inminente.

-Dios nos coja confesados.

Cité textualmente:

A lo mejor si me pusiera yo a decorar el escaparate en calzoncillos conseguiríamos que alguna fémina ávida de literatura y emociones fuertes entrase a hacer gasto, porque dicen los entendidos que el futuro de la literatura depende de las mujeres, y vive Dios que está por nacer fámula capaz de resistirse al tirón agreste de este cuerpo serrano -enuncié.

Oí a mi espalda cómo el lápiz de mi padre caía al suelo y me volví.

-Fermín dixit-añadí.

Había pensado que mi padre iba a sonreír ante la ocurrencia de Fermín, pero al comprobar que no parecía despertar de su silencio le miré de reojo. Sempere sénior no sólo no parecía encontrarle gracia alguna a semejante disparate sino que había adoptado un semblante meditabundo, como si se planteara tomárselo en serio.

-Pues mira por dónde, a lo mejor Fermín ha dado en el clavo -murmuró.

Le observé con incredulidad. Tal vez la sequía comercial que nos había azotado en las últimas semanas había terminado por afectar el sano juicio de mi progenitor.

-No me digas que le vas a permitir pasearse en gayumbos por la librería.

-No, no es eso. Es lo del escaparate. Ahora que lo has dicho, me has dado una idea… Quizá aún estemos a tiempo de salvar la Navidad.

Le vi desaparecer en la trastienda y al poco regresó pertrechado de su uniforme oficial de invierno: el mismo abrigo, bufanda y sombrero que le recordaba desde niño. Bea solía decir que sospechaba que mi padre no se había comprado ropa desde 1942 y todos los indicios apuntaban a que mi mujer estaba en lo cierto. Mientras se enfundaba los guantes, mi padre sonreía vagamente y en sus ojos se percibía aquel brillo casi infantil que sólo conseguían arrancarle las grandes empresas.

-Te dejo solo un rato -anunció-. Voy a salir a hacer un recado.

-¿Puedo preguntar adónde vas?

Mi padre me guiñó el ojo.

-Es una sorpresa. Ya verás.

Lo seguí hasta la puerta y lo vi partir rumbo a la Puerta del Ángel a paso firme, una figura más en la marea gris de caminantes navegando por otro largo invierno de sombra y ceniza.

“Underground” (Fragmento)

Autor: Haruki Murakami

El 20 de marzo de 1995, lunes, era un día tranquilo de principios de primavera. El elegido por la secta Aum Shinrikyo (Verdad Suprema) para desencadenar el Apocalipsis en Japón. Ese lunes el metro de Tokio sufrió cinco ataques coordinados que liberaron gas sarín en varios vagones. Hubo trece muertos, más de 2000 heridos y unos 6000 afectados. Ese día, Haruki Murakami (Kioto, 1949), el autor japonés más celebrado y leído en el mundo, que entonces vivía en Massachusetts, se encontraba de vacaciones en su casa japonesa de Ooiso. Años después, una carta al director le hizo sentir “el deseo de conocer a todas las víctimas” y de profundizar en la doble violencia que habían padecido sus compatriotas, la terrorista y “esa colectiva y cotidiana que lo invade todo en Japón” y que se tradujo en un ambiente laboral hostil y una tensión crecientes hacia los convalencientes a medida que los efectos secundarios del ataque se hacían evidentes y les impedían producir al nivel de antes.

Murakami quería contar su historia. Entrevistó a lo largo de un año y medio, en 1996, a casi un centenar de víctimas, a viudas y hermanos de quienes hoy no tienen voz, o no se atreven a ser señalados como débiles por vecinos y compañeros de trabajo. El resultado es un libro demoledor, este Underground (Tusquets) que hoy anticipa El Cultural y que recorre todas las estaciones del miedo, la rabia y el dolor.

“No soy una víctima, soy un superviviente”

Toshiaki Toyoda (52). Nacido en la prefactura de Yamagata, al nordeste de Japón, el señor Toyoda entró a trabajar para la Autoridad del Metro el 20 de marzo de 1964, 34 años antes del mismo día en el que se produjo el atentado. “Después de graduarme no había trabajo en el campo. Me vine a Tokio con un futón bajo el brazo para al menos poder echarme a dormir en alguna parte”. No estaba especialmente interesado en el metro, pero siguió los consejos de un familiar y encontró el que a día de hoy continúa siendo su trabajo. En la actualidad es encargado de estación.

“En primer lugar, quisiera decir que preferiría no hablar de aquel asunto. La noche anterior al atentado trabajé con Takahashi [una de las víctimas mortales] en el turno de noche. Cuando ocurrió, yo estaba a cargo del servicio de monitores de la línea Chiyoda. Dos compañeros murieron siendo yo responsable del turno, dos hombres con los que compartía comedor. Entiendo que es importante saber lo que pasó, pero no puedo obviar mis sentimientos. Cuando empiezo a olvidar, sucede algo que me lo trae todo de vuelta. No puedo seguir así eternamente. En fin, trataré de contárselo lo mejor que pueda…

Aquel día tenía turno de veinticuatro horas. Me pasé la noche en la estación y trabajé aproximadamente hasta las 8 de la mañana. A eso de las 7:40 le transferí el mando a Okazawa, el asistente del jefe de estación.

Le informé de que todo estaba en orden. Antes de volver a la oficina fui a comprobar los torniquetes y demás elementos de la estación. Takahashi estaba allí. Cuando yo me encontraba en los andenes, Takahashi tenía que quedarse en la oficina y al revés. Nos alternábamos. Antes de las 8, Hishinuma [otra víctima mortal] salió para comprobar un tren que se hallaba fuera de servicio. Estaba en el departamento de transporte a cargo de la supervisión de maquinistas y revisores. Hacía buen tiempo aquel día. Bromeábamos y bebíamos té: “Los trenes nunca se retrasan en mi turno”, dije yo. Todos estábamos de buen humor.

Takahashi subió al andén. Yo me quedé en la oficina para terminar los informes del día. Okazawa volvió, descolgó el interfono y dijo: “Ha habido una explosión en la estación de Tsukiji. El tren está detenido”. Poco después nos llamaron del centro de control: “Objeto sospechoso a bordo. Verifíquenlo, por favor”. Okazawa atendió la llamada, pero yo me adelanté: “Iré a echar un vistazo. Tú espera aquí”. Me dirigí al andén inmediatamente. […]

Las puertas del tren estaban cerradas. Era el número A725K, un convoy de diez vagones. Parecía a punto de partir. Me di cuenta de que había manchas en el suelo por todas partes. Parecía parafina o algo así. Vi aquella cosa derramada junto a la segunda puerta de uno de los vagones de la parte delantera. Había un montón de papel de periódico que cubría un paquete. Takahashi estaba en el andén y trataba de limpiar aquella cosa con los papeles. Era obvio que con un simple recogedor no bastaría para retirar todo aquel montón de papeles. Le dije a Takahashi que iba a buscar bolsas de plástico y regresé a la oficina. “Hay algo derramado en el andén que parece parafina. Necesito una fregona. Vengan a ayudar todos los que estén libres.” Okazawa le pidió a alguien que le relevara y me siguió. Por megafonía de la línea Hibiya anunciaron que el servicio había quedado suspendido.

El gas sarín me afectó, así que mis recuerdos son imprecisos en cuanto al orden en el que se sucedieron los acontecimientos. Como ya he dicho antes, había un montón de papeles de periódico que cubrían un paquete. Me agaché, lo recogí y lo metí en la bolsa de plástico que sujetaba Okazawa. No tenía ni idea de qué era aquel líquido que lo impregnaba todo. Era pegajoso, una sustancia aceitosa. La corriente de aire que produjo el tren al entrar en la estación no llegó a mover los papeles debido al peso. Hishinuma vino a ayudarnos. No olía a parafina ni a ningún otro derivado del petróleo. ¿Cómo podría describirlo? Es difícil de explicar. El olor le provocaba náuseas a Okazawa. A mí también me resultaba muy desagradable. Me recordó una ocasión en la que asistí a una incineración en mi tierra natal. Era muy fuerte, parecido al hedor que desprende una rata muerta. […]

Tenía ganas de vomitar. Apenas me entraba aire en los pulmones. Hishinuma y yo nos desmayamos más o menos en el mismo momento. Nos quejábamos de los mismos síntomas. Su voz aún resuena en mi in-terior: “¡Ay, ay! ¡Duele! ¡Duele mucho!”. También oigo las voces de los que estaban a nuestro alrededor: “¡Aguantad! La ambulancia viene de camino”. Después de eso, ya no recuerdo nada más.

En ningún momento pensé que fuera a morirme. Creo que Takahashi tampoco. Al fin y al cabo, iba a venir una ambulancia para llevarnos al hospital y allí se harían cargo de nosotros. Estaba más preocupado por el trabajo, por lo que tenía que hacer, que por cualquier otra cosa. Me salía espuma por la boca.


“El día después del atentado le pedí el divorcio a mi mujer”

Mitsuteru Izutsu (38). El señor Izutsu importa langostinos para una gran empresa alimentaria con sede en Tokio.

“Resulta extraño, sabe. Cuando estaba de viaje en Sudamérica, unas personas de la embajada japonesa en Colombia me invitaron a un karaoke. Íbamos a volver al día siguiente pero en el último momento les propuse cambiar de lugar. Ese mismo día una bomba hizo saltar el local por los aires. Cuando volví a casa, respiré aliviado: “Al menos Japón es un país seguro”, pensé. Al día siguiente ocurrió el atentado. (Risas.) ¡Qué ironía! No, hablando en serio, en Sudamérica, en el sudeste asiático, la muerte siempre anda cerca. Para ellos es algo cotidiano, no como en Japón.

Le digo honestamente que el día después del atentado le pedí el divorcio a mi mujer. Estábamos mal desde hacía tiempo y durante el viaje le había ido dando vueltas al asunto. Había tomado la decisión de decírselo nada más regresar y, justo en ese momento, me pilló el atentado. A pesar de la gravedad de lo sucedido, ella apenas me hablaba. Llamé a casa para explicarle lo ocurrido, cómo me encontraba, en fin, todos los detalles. Casi no reaccionó. Es posible que no lograse hacerse una idea exacta de lo que había pasado pero en ese momento me di cuenta de que habíamos llegado a un punto de no retorno. O quizás el estado en el que yo me encontraba me hacía verlo así. Sí, es probable que más bien se tratara de eso. Abordé el asunto sin más dilación y le pedí el divorcio. Si no hubiera ocurrido el atentado, no lo habría hecho tan de improviso. Puede incluso que no le hubiera dicho nada”.


“Pensé que no podía faltar a clase”

Yasuke Takeda (15). Takeda acaba de empezar segundo de bachillerato. Acudió a la entrevista con su madre.

“Siempre subo al vagón por la puerta de atrás porque está más cerca de la salida para el transbordo. Pero aquel día no llegué a tiempo y lo hice por la de en medio. Me quedé de pie, distraído. No sé por qué, pero de pronto sentí sofocos y no por respirar mal. “¿Qué me pasa?”, me pregunté. Era una cosa rara, tenía dificultad para respirar pero a la vez podía hacerlo con normalidad. No, no recuerdo que oliese a nada especial. Miré el plano del metro y de repente mi vista se oscureció, aunque en ese momento no hice mucho caso. Mientras me planteaba qué hacer, hubo otro anuncio: “Algunas personas se han desmayado en la parte de delante del andén. Hay un objeto sopechoso a bordo. Diríjanse a la salida, por favor”.

-¿Qué pensaste cuando oíste “objeto sospechoso”? Pensé: “¿Qué será eso?”, aunque en realidad no hice mucho caso. Soy optimista por naturaleza (Risas). Lo primero que pensé fue que no podía faltar a clase a pesar de que la interrupción de la circulación en el metro era una excusa más que justificable. […] Pasé el torniquete y salí a la calle para llamar a casa. Mientras subía la escalera, vi a mucha gente agachada que se tapaba la boca con un pañuelo. Pensé que era a causa del “objeto sospechoso”. Yo también respiraba con dificultad, pero pronto me olvidé porque lo más importante para mí en ese momento era que no iba a ir a clase (Risas.)”


“Siempre fue muy cariñoso. Incluso lo parecía más antes de morir”

Yoshiko Wada (31). Viuda de Ijii Wada. La señora Wada estaba embarazada cuando murió su marido. Su hija, Asuka, nació poco después. Salimos a cenar. Se moría de ganas de ir a trabajar al día siguiente. Se había tomado libre el viernes, pero se acercaba el 1 de abril, la fecha en la que debía finalizar la obra y tenerlo todo preparado, y que ocupaba sus pensamientos. Aquel lunes iban a celebrar algo. Estaba impaciente.

Creo que tuvo una premonición. Después de desayunar me dijo: “Si alguna vez me ocurre algo, ya sabes que tienes que resistir y luchar”. Lo dijo como si nada, me pilló completamente desprevenida. Le pregunté: “¿Por qué dices eso?”. Resulta que en la nueva oficina iban a instaurar un sistema de turnos de trabajo y tendría que dormir fuera de casa dos noches. Algunos días ya no podría volver y quería estar seguro de que era capaz de arreglármelas yo sola. De todos modos, si tenía que pasar dos noches fuera, eso quería decir que tendría tres días libres que podría aprovechar para estar con el bebé. Era una perspectiva maravillosa.

Salió de casa a las 7:30. Me despedí de él, fregué las cosas del desayuno, me entretuve un rato con esto y aquello y me senté a ver un programa matutino. En la tele aparecieron unos subtítulos en los que informaban de un incidente en la estación de Tsukiji. No me preocupé, porque creía recordar que me había dicho que iba a tomar la línea Marunouchi. A las 9:30 me llamaron de la empresa: “Al parecer se ha visto atrapado en todo ese lío”, me dijeron. Al cabo de un rato llamaron de nuevo: “Le han llevado al Hospital de Nakajima. Le daremos todos los detalles para que pueda ponerse en contacto con él directamente”. Llamé de inmediato, pero en el hospital reinaba una confusión total: “Ni siquiera podemos decirle quiénes están aquí ingresados”, me dijeron antes de colgar.

Justo antes de las 10 volvieron a llamar: “Su marido está grave. Venga al hospital lo antes posible”. Estaba a punto de salir de casa cuando sonó de nuevo el teléfono: “Lamento comunicarle que su marido acaba de fallecer”. Creo que fue su jefe el que llamó. No dejaba de repetir: “Mantenga la calma señora Wada, mantenga la calma”.

Aquella hora en el taxi fue una auténtica tortura. El corazón me latía tan fuerte que pensaba que se me iba a salir por la boca. Pensé: “¿Qué hago si el bebé nace ahora?”. Pero también pensé: “No puedo estar segura hasta que vea su cara. No lo creeré hasta que lo vea con mis propios ojos. Es imposible que haya sucedido una cosa así.


“Era como un experimento con seres humanos”

Hajime Masutani (1969). Masutani nació en 1969, en la prefectura de Kanagawa. Su familia era “de lo más normal”, pero él empezó a sentirse extraño y acabó casi sin hablar. No le gustaban los deportes ni la escuela pero sí dibujar. estudió arquitectura. Miembros de algunas nuevas religiones se pusieron en contacto con él. Aum Shinrikyo era la más atractiva y se adhirió. Después del atentado criticó algunas decisiones de Aum y lo encerraron incomunicado. Se sentía en peligro y huyó. Por eso lo expulsó Aum.

“Otra nueva práctica de aprendizaje era colgar a la gente boca abajo. Todo el que violaba los mandamientos era atado por los pies con cadenas y colgado boca abajo. Dicho así no parece muy grave, pero era tortura, ni más ni menos. La sangre le chorreaba a uno piernas abajo y parecía que te las fueran a arrancar. Violar los mandamientos abarcaba desde romper el voto de castidad teniendo relaciones con una chica hasta que sospecharan que éramos espías o teníamos tebeos… El cuarto en el que yo trabajaba entonces estaba justo debajo del dojo de Fuji y oía los gritos de la gente, verdaderos alaridos de dolor, gente gritando: “¡Matadme! ¡Evitadme este sufrimiento…!” Eran gritos casi inhumanos, como los que daría alguien sometido a un dolor atroz. “¡Maestro, maestro, ayúdame! ¡No lo haré más!” Cuando oía esto, se me ponían los pelos de punta. No me explicaba qué sentido tenía aquellos. Pero lo más extraño es que muchas de las personas que fueron tratadas así siguen en Aum. Los torturaron, estuvieron a punto de morir, y pensaron: “Fui capaz de superar las pruebas que me pusieron. ¡Gracias, oh, gurú!”

“El arte de perder” (Fragmento)

Autor:  Francis Scott Fitzgerald

 

La editorial Círculo de Tiza compila ahora en el libro El arte de perder parte de la correspondencia personal que mantuvo desde 1920, en los inicios de su fama, hasta su muerte a los 43 años, en la que se puede hacer un seguimiento de, entre otras cosas, a dónde iban a parar las considerables sumas de dinero que ganaba por sus cuentos y novelas, sus viajes por Europa, las malas condiciones de salud que padecía y, ante todo, las angustias que le planteaban la vida, la literatura y el trabajo.

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A Thomas Boyd

Hyères, Francia Mayo de 1924

Querido Tom:

Tu carta ha sido la primera que recibí desde que llegué. Estoy en el sitio más bonito que he visto, sin exceptuar Oxford o Venecia o Princeton o cualquier otro. Zelda y yo estamos sentados en el café L’Univers escribiendo cartas (son las 10.30 de la noche) y la luna es una luna completamente mediterránea, nimbada de plata y estamos los dos un poco achispados y muy felizmente borrachos, si el término se puede usar para las reacciones menos nerviosas y menos violentas de por aquí.

En París contratamos a una maravillosa niñera inglesa por 26 dólares al mes (¡Dios mío! Pagábamos 90 en Nueva York) y mañana iremos a ver una villa con mayordomo y cocinero para pasar allí el verano y el otoño. Tengo cien metros de mosquitero (trajimos 17 maletas) y en general creo que será un magnífico verano de trabajo.

Nos perdimos a Edith Wharton por un día. Ayer se marchó a París y no regresará hasta la temporada próxima. No es que me importe, aunque la conocí en Nueva York y es una gran dama muy distinguida que luchó por lo que se debía luchar con armas de la edad de bronce cuando había muy poca gente que lo hacía.

Hasta que no termine la novela, no leeré nada, salvo a Homero y literatura homérica e historia desde el año 540 al 1200. Y ruego a Dios no ver un alma durante seis meses. Mi novela es cada vez más extraordinaria; me siento completamente dueño de mí mismo y por fin podré satisfacer mi deseo de soledad, que ha ido aumentando a lo largo de tres años en una progresión aritmética.

Coincido en cuanto a Bunny y Mencken, aunque con matices en ambos casos. Bunny aprecia los sentimientos que han sido filtrados por el carácter, pero su alma es un poco seca y, al comenzar el culto a Joyce a semejante escala, probablemente ha corrompido el gusto de mucha gente (que de todas maneras no importa); pero ¡esas admiraciones rotundas! ¡Pobre Waldo Frank!

¡Dios mío! ¿Sabías que antes (hace un año) creías que Middleton Murry era un hombre importante?

Paul Rosenfeld es una persona de carácter (¡aunque admira a Sandburg!), y su libro Port of New York es toda una aventura para nuestro nervioso entusiasmo crítico; es más agradable estar sentado aquí, sin embargo, mirando los perros aletargados que olisquean los postes. (No me engaño a mí mismo; me he alejado de todo excepto de la gente en el más pleno sentido corpóreo).

Bueno, escribiré una novela mejor que cualquier otra escrita en Estados Unidos y me convertiré por definición en el mejor segundón del mundo.

Buenos noches, mi viejo

F. Scott Fitz.

P. D.: Parece que Brentano (en París) tenía algunos ejemplares de Through the Wheat, pero los vendió todos: Max está entusiasmado con The Dark Cloud 1 y prometió enviármela. Le hice una sugerencia sobre una cubierta más llamativa. Entre tú y yo, el fondo de las primeras pruebas de imprenta sugería una historia sobre metalurgia. Debería ser algo más llamativo, creo, como la cubierta del Moby Dick de Melville. Esto es entre nous.

¡«El Gominola» es una bazofia! He escrito un buen cuento, «La fiesta del bebé» (un poco blando pero bueno), que se publicará en Heart’s en julio o agosto. F. S. F

 

De cómo los personajes se convirtieron en maestros y el autor en su aprendiz

(Discurso de aceptación del Premio Nobel 1998)
José Saramago

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de nuestra aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: “José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera”. Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: “¿Y después?” Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: “No hagas caso, en sueños no hay firmeza”. Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: “El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”. No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. “Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas”. Y terminaba: “Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?”

Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada “Manual de pintura y caligrafía”, que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.

Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mal-Tiempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de Alzado del suelo y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos. No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.

¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las “Rimas” y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de Os Lusíadas, que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Súper-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos. Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de Sôbolos rios. Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada Que farei con este livro? (¿Qué haré con este libro?), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: “¿Qué harás con este libro?”. Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.

Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. Él se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra. Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Son tres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del Memorial del convento, un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: “Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo”. Que así sea.

De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde El año de la muerte de Ricardo Reis comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista –Atena era el título- en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis (“Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes”), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: “Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo”. Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las “Odas” algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: “He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría”.

El año de la muerte de Ricardo Reis terminaba con unas palabras melancólicas: “Aquí donde el mar acabó y la tierra espera”. Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro. Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí -La balsa de piedra– separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, “masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales”, camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes. Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir Europa finalmente como ética. Los personajes de La balsa de piedra -dos mujeres, tres hombres y un perro- viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta.

Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en La balsa de piedra hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría História do Cerco de Lisboa, en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un “sí” un “no”, subvirtiendo la autoridad de las “verdades históricas”. Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: “Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida. Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura. La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era. Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación, profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas. Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí. Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor”. Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.

Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir El Evangelio según Jesucristo. Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del Nuevo Testamento a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones. Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia. Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo. El Evangelio del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: “Hombres, perdónenlo, porque él no sabe lo que hizo”, refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en esa última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró. Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: “La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que te devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba”.

Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló In Nomine Dei. Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en Él creían. La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo…

Ciegos. El aprendiz pensó “Estamos ciegos”, y se sentó a escribir el Ensayo sobre la ceguera para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama Todos los nombres. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.

Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdónenme si les pareció poco esto que para mí es todo.

La partida del tren

Autora: Clarice Lispector

La partida era en la Central con su reloj enorme, el más grande del mundo. Marcaba las seis de la mañana. Ángela Pralini pagó el taxi y cogió su pequeña valija. Doña María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo descendió del Opel de la hija y se encaminaron hacia las vías. La vieja iba bien vestida y con joyas. De las arrugas que la ocultaban salía la forma pura de una nariz perdida en la edad, y de una boca que en otros tiempos debía haber sido llena y sensible. Pero qué importa. Se llega a un cierto punto y lo que fue no importa. Comienza una nueva raza. Una vieja no puede comunicarse. Recibió el beso helado que su hija le dio antes de que el tren partiera. Antes la ayudó a subir al vagón. Aunque en éste no había un centro, ella se colocó de lado. Cuando la locomotora se puso en movimiento, se sorprendió un poco: no esperaba que el tren siguiera en esa dirección y se encontró sentada de espaldas al camino.

Ángela Pralini advirtió el movimiento y preguntó:

-¿Quiere cambiar de lugar conmigo?

Doña María lo rechazó con delicadeza, dijo que no, muchas gracias, a ella le daba lo mismo. Pero parecía haberse perturbado. Se pasó la mano sobre el camafeo afiligranado de oro, pinchado en el pecho, paseó la mano por el broche, la quitó, la llevó hasta el sombrero de fieltro con una rosa de paño, la retiró. Seca. ¿Ofendida? Al final, le preguntó a Ángela Pralini:

-¿Es por mí que desea cambiar de lugar?

Ángela Pralini dijo que no, se sorprendió, la vieja se sorprendió por el mismo motivo: no se reciben atenciones de una viejita. Ella sonrió un poco demasiado y los labios cubiertos de talco se partieron en surcos secos: estaba encantada. Y un poco agitada:

-Qué amabilidad la suya -le dijo-, qué gentileza.

Hubo un movimiento de perturbación porque Ángela Pralini rió también, y la vieja continuaba riendo, mostrando una dentadura bien arenada. Dio discretamente un tirón al cinturón que la apretaba demasiado.

-Qué amable- repitió.

Se recompuso un tanto deprisa, cruzó las manos sobre el bolso que contenía todo lo que se podía imaginar. Las arrugas, mientras reía, habían tomado un sentido, pensó Ángela. Ahora eran otra vez incomprensibles, superpuestas en un rostro otra vez inmodelable. Pero Ángela le quitaba la tranquilidad. Ya conocía a muchas jóvenes nerviosas que se decían: si me río un poco lo arruino todo, va a ser ridículo, tengo que parar, y era imposible, la situación era muy triste. Con inmensa piedad, Ángela vio la cruel verruga en la mandíbula, verruga de la cual salía un pelo negro y tieso. Pero Ángela le quitaba la tranquilidad. Se daba cuenta de que sonreiría en cualquier momento: Ángela la ponía en ascuas. Ahora era una de esas viejitas que parecen pensar que están siempre atrasadas, que se pasaron de hora. No se contuvo un segundo más, se irguió y espió por su ventana, como si fuera imposible mantenerse sentada.

-¿Quiere levantar el cristal? -le dijo un chico que oía a Haendel en una radio a pilas.

-¡Ah! -exclamó ella, aterrorizada.

¡Oh, no!, pensó Ángela, se estaba arruinando todo, el chico no debía haber dicho eso, era demasiado, no había que tocarla otra vez. Porque la vieja, casi a punto de perder la actitud de la que vivía, casi a punto de perder cierta amargura, temblaba como música de clave entre la sonrisa y el extremo encanto.

-No, no, no -dijo ella con falsa autoridad-, de ningún modo, gracias, sólo quería mirar.

Se sentó inmediatamente como si la delicadeza del chico y de la muchacha la vigilaran. La vieja, antes de subir al tren, se persignó con tres cruces en el corazón, besando discretamente las puntas de los dedos. Llevaba un vestido oscuro con cuello de encaje verdadero y un camafeo de oro puro. En la oscura mano izquierda las dos alianzas gruesas de viuda, gruesas como ya no se hacían. Del otro vagón se oía a un grupo de bandeirantes que cantaban Brasil agudamente. Felizmente, era en el otro vagón. La música de la radio del chico se entrecruzaba con la música de otro, que estaba escuchando a Edith Piaf cantando J´attendrai.

Fue entonces cuando el tren de pronto dio una sacudida y las ruedas se pusieron en movimiento. Comenzó la partida. La vieja murmuró bajo: “¡Ay, Jesús!”. Ella se bañaba en la terma de Jesús. Amén. Por la radio a pilas de una mujer se supo que eran las seis y treinta de la mañana, mañana fría, la vieja pensó: Brasil mejora la señalización de sus calles. Un tal Kissinger parecía mandar en el mundo.

Nadie sabe dónde estoy, pensó Ángela Pralini, y eso la asustaba un poco, ella era una fugitiva.

-Mi nombre es María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo, Alvarenga Chagas era el apellido de mi padre -dijo, agregando una petición de disculpas por tener que decir tantas palabras sólo para pronunciar su nombre-. Chagas -añadió con modestia- eran las llagas de Cristo. Pero me puede llamar doña María Rita. ¿Y su nombre? Su gracia, ¿cuál es?

-Mi nombre es Ángela Pralini. Voy a pasar seis meses en la hacienda de mis tías. ¿Y usted?

-¡Ah! Yo voy a la hacienda de mi hijo, me voy a quedar allí el resto de mi vida, mi hija me trajo hasta el tren y mi hijo me espera con el auto en la estación. Soy como un paquete que se entrega de mano en mano.

Los tíos de Ángela no tenían hijos y la trataban como a una hija. Ángela se acordó de la nota que dejó para Eduardo: “No me busques. Voy a desaparecer de tu vida para siempre. Te amo como nunca. Tu Ángela no fue más tuya porque tú no quisiste”.

Quedaron en silencio. Ángela Pralini se entregó al ruido cadencioso del tren. Doña María Rita miró de nuevo su anillo de brillantes y perla en su dedo, alisó el camafeo de oro: “Soy vieja pero soy rica, más rica que todos aquí en el vagón. Soy rica, soy rica”. Espió el reloj, más para ver la gruesa placa de oro que para ver la hora. “Soy muy rica, no soy una vieja cualquiera.” Pero sabía, ah, sabía bien que era una viejita cualquiera, una viejita asustada por las menores cosas. Se acordó de sí misma, el día entero sola en su mecedora, sola con los criados, mientras la hija, relacionista pública, pasaba el día afuera, no llegaba hasta las ocho de la noche, y ni siquiera le daba un beso. Se acordó ese día a las cinco de la mañana, todavía oscuro y hacía frío.

Después de la delicadeza del chico estaba extraordinariamente agitada y sonriente. Parecía más delgada. Cuando se reía, se revelaba como una de esas viejas llenas de dientes. La crueldad dislocada de los dientes. El chico ya se había alejado. Ella abría y cerraba los párpados. De pronto golpeó con los dedos la pierna de Ángela, con extrema rapidez y suavidad:

-Hoy todos están verdaderamente, pero verdaderamente amables, qué gentileza, qué gentileza.

Ángela sonrió. La vieja permaneció sonriendo sin quitar los ojos profundos y vacíos de los ojos de la muchacha. Vamos, vamos, la fustigaban de todos lados, y ella espiaba para acá y para allá como si fuera a escoger. ¡Vamos, vamos!, la empujaban riendo de todos lados y ella se sacudía, sonriente, delicada.

-Qué amables son todos en este tren -dijo.

Súbitamente intentó recomponerse, carraspeó falsamente, se contuvo. Debía ser difícil. Temía haber llegado a un punto donde no podía interrumpirse. Se mantuvo en severidad y temor, cerró los labios sobre los innumerables dientes. Pero no podía engañar a nadie. Su rostro tenía tal esperanza que perturbaba los ojos de quienes la veían. Ella ya no dependía de nadie: una vez que la habían tocado, podían irse, ahora ella sola se irradiaba, magra, alta. Pero todavía quería decir algo y ya preparaba un gesto social de cabeza, llena de gracia previa. Ángela se preguntaba si ella sabría expresarse. Ella pareció pensar, pensar y encontrar con ternura un pensamiento ya todo hecho donde mal y mal podía acoger su sentimiento. Dijo con cuidado y sabiduría de anciana, como si precisara tomar ese aire para hablar como vieja:

-La juventud. La juventud amable.

Rió un poco fingidamente. ¿Iba a tener una crisis de nervios?, pensó Ángela Pralini. Porque estaba tan maravillosa. Pero carraspeó otra vez con austeridad, dio unos golpecitos con las puntas de los dedos como si ordenara con urgencia a la orquesta una nueva partitura. Abrió el bolso, lo revisó hasta encontrar un diario grande y normal, fechado tres días atrás, observó Ángela. Se puso a leer.

Ángela había perdido siete kilos. En la hacienda iba a comer lo que nunca en la vida: guiso de habas y repollo de Minas Gerais, para recuperar los preciosos kilos perdidos.

Estaba tan delgada por intentar acompañar el raciocinio brillante e interrumpido de Eduardo: bebía café sin azúcar sin parar para mantenerse despierta. Ángela Pralini tenía los senos muy bonitos, eran su punto fuerte. Tenía los ojos con ojeras profundas. Ella aprovechaba el silbido aullante del tren para que fuese su propio grito. Era un berrido agudo, el suyo, sólo que vuelto hacia adentro. Era la mujer que bebía más whisky en el grupo de Eduardo. Aguantaba de seis a siete de una vez, manteniendo una lucidez de terror. En la hacienda iba a beber leche grasa de vaca. Una cosa unía a la vieja y a Ángela: ambas iban a ser recibidas con los brazos abiertos, pero una no sabía eso de la otra. Ángela se estremeció súbitamente: quién daría el último día de vermicida al cachorro. Ah, Ulises, pensó ella del perro, no te abandoné porque quisiera, lo que necesitaba era huir de Eduardo, antes que él me arruinase totalmente con su lucidez: lucidez que iluminaba demasiado y lo quemaba todo. Ángela sabía que los tíos tenían remedio contra la picadura de cobra: pretendía entrar de lleno en la floresta espesa y verde, con botas altas y untada con remedio contra la picadura de mosquito. Como si saliera de la carretera Transamazónica, la exploradora. ¿Qué bichos encontraría? Era mejor llevar una espingarda, comida y agua. Y una brújula. Desde que descubrió -pero lo descubrió realmente con espanto- que iba a morir un día, desde entonces no tuvo más miedo a la vida, y a causa de la muerte, tenía derechos totales: lo arriesgaba todo. Después de haber tenido dos uniones que habían terminado en nada, esta tercera que terminaba en amor-adoración, cortada por la fatalidad del deseo de sobrevivir. Eduardo la había transformado: la hizo volver los ojos hacia adentro. Pero ahora miraba hacia afuera. Veía a través de la ventana los senos de la tierra, en las montañas. ¡Existen pajaritos, Eduardo! ¡Existen nubes, Eduardo!, y cuando yo era una niña cabalgaba a la carrera en un caballo desnudo, sin silla. Y estoy huyendo de mi suicidio, Eduardo. Disculpa, Eduardo, pero no quiero morir. Quiero ser fresca y rara como una granada.

Y la vieja fingía que leía el periódico. Pero pensaba: su mundo era un suspiro. No quería que los otros la consideraran abandonada. Dios me dio salud para viajar, sólo. Ttambién soy buena de cabeza, no hablo sola y yo misma me baño todos los días. Olía a agua de rosas mustias y maceradas, era su perfume añejo y enmohecido. Tener un ritmo respiratorio, pensó Ángela de la vieja, era la cosa más bella que quedó desde que doña María Rita naciera. Era la vida.

Doña María Rita pensaba: cuando se hizo vieja comenzó a desaparecer para los otros, sólo la veían por casualidad. Ella ya era el futuro.

Ángela pensó: creo que si encontrara la verdad, no podría pensarla. Sería impronunciable mentalmente.

La vieja siempre fue un poco vacía; bien, un poquito. ¿Muerte? Era raro, no formaba parte de los días. Y aun “no existir” ni existía, era imposible no existir. No existir no cabía en nuestra vida diaria. La hija no era cariñosa. En compensación, el hijo era tan cariñoso, bonachón, medio gordo. La hija era seca, con sus besos rápidos, la relacionista pública. La vieja tenía cierta holganza de vivir. La monotonía, sin embargo, era lo que la sostenía.

Eduardo escuchaba música con el pensamiento. Y entendía la disonancia de la música moderna, sólo sabía entender. Su inteligencia la ahogaba. “Tú eres una temperamental, Ángela”, le dijo una vez. ¿Y qué? ¿Qué mal había en eso? Soy lo que soy y no lo que piensas que soy. La prueba de quien soy es esta partida del tren. Mi prueba también es doña María Rita, ahí enfrente. ¿Prueba de qué? Sí. Ella ya tuvo plenitud. Cuando ella y Eduardo estaban tan apasionados uno por el otro que estando juntos en una cama, con las manos unidas, ella sentía la vida completa. Poca gente conocía la plenitud. Y, porque la plenitud es también una explosión, ella y Eduardo cobardemente pasaron a vivir “normalmente”. Porque no se puede prolongar el éxtasis sin morir. Se separaron por un motivo fútil casi inventado: no querían morir de pasión. La plenitud es una de las verdades encontradas. Pero el rompimiento necesario fue para ella una ablación, como ocurre a las mujeres a quienes les extraen el útero y los ovarios: vacía por dentro.

Doña María Rita era tan antigua que en la casa de la hija estaban habituados a ella como a un mueble viejo. Ella no era novedad para nadie. Pero nunca le pasó por la cabeza que era una solitaria. Sólo que no tenía nada que hacer. Era un ocio forzado que en ciertos momentos se tornaba doloroso: no tenía nada que hacer en el mundo. Salvo vivir como un gato, como un cachorro. Su ideal era ser dama de compañía de alguna señora, pero eso ya no se usaba y además nadie la creería fuerte a los setenta y siete años, pensarían que era floja. No hacía nada, sólo eso: ser vieja. A veces se deprimía: pensaba que no servía para nada, no servía siquiera a Dios: doña María Rita no tenía infierno dentro de ella. ¿Por qué los viejos, aun los que no tiemblan, sugieren algo delicadamente trémulo? Doña María Rita tenía un temblor quebradizo de música de acordeón.

Pero cuando se trata de la vida, ¿quién nos ampara? Pues cada uno es uno. Y cada vida tiene que ser amparada por esa propia vida de cada uno. Cada uno de nosotros: es con lo que contamos. Como doña María Rita siempre fue una persona común, le parecía que morir no era cosa normal. Morir era sorprendente. Era como si ella no estuviera a la altura del acto de la muerte, pues nunca le había ocurrido hasta ahora nada de extraordinario en la vida que justificara de pronto otro hecho extraordinario. Hablaba y hasta pensaba en la muerte, pero en el fondo era escéptica e incrédula. Pensaba que se moría cuando ocurría un accidente o alguien mataba a alguien. La vieja tenía poca experiencia. A veces tenía taquicardia: bacanal del corazón. Pero sólo eso, y le sucedía desde joven. En su primer beso, por ejemplo, el corazón se desgobernó. Y fue una cosa buena, en el límite con lo malo. Algo que recordaba su pasado, no como hechos sino como vida: una sensación de vegetación en sombra, hierbas, samambayas, culandrillos, frescor verde. Cuando sentía eso otra vez, sonreía. Una de las palabras más eruditas que usaba era “pintoresco”. Era bueno. Era como oír el murmullo de una fuente y no saber dónde nacía.

Un diálogo que sostenía consigo misma:

-¿Estás haciendo algo?

-Sí, estoy: estoy siendo triste.

-¿No te molesta estar sola?

-No; pienso

A veces no pensaba. A veces se quedaba sólo siendo. No necesitaba hacer. Ser era ya un hacer. Podía ser lentamente o un poco de prisa.

En el asiento de atrás, dos mujeres hablaban y hablaban sin parar. Sus voces constantes se fundían con el ruido de las ruedas del tren y de las vías.

Doña María Rita había esperado que la hija permaneciera en la plataforma del tren para decirle adiós, pero esto no sucedió. El tren inmóvil. Hasta que arrancó.

-Ángela -dijo-, una mujer nunca dice la edad, por eso sólo puedo decirte que es mucha. Pero a ti (¿puedo tutearte, verdad?) voy a hacerte una confidencia: tengo setenta y siete años.

-Yo tengo treinta y siete -dijo Ángela Pralini.

Eran las siete de la mañana.

-Cuando era joven era muy mentirosa. Mentía muchísimo.

Después, como si se hubiera desencantado de la magia de la mentira, dejó de mentir.

Ángela, mirando a la vieja doña María Rita, tuvo miedo de envejecer y de morir.

Sostén mi mano, Eduardo, para no tener miedo de morir. Pero él no sostenía nada. Lo único que hacía era: pensar, pensar y pensar. Ah, Eduardo, ¡quiero la dulzura de Schumann! Su vida era una vida deshecha, evanescente. Le faltaba un hueso duro, áspero y fuerte, contra el cual nadie pudiera nada. ¿Quién sería ese hueso esencial? Para alejar esa sensación de enorme carencia, pensó: ¿cómo se las arreglaban en la Edad Media sin teléfono y sin avión? Misterio. Edad Media, yo te adoro y tus nubes oscuras y cargadas que desembocaron en el Renacimiento luminoso y fresco.

En cuanto a la vieja, estaba ida. Miraba hacia la nada.

Ángela se miró en el pequeño espejo del bolso. Me parezco a un desmayo. Cuidado con el abismo, le digo a aquella que se parece a un desmayo. Cuando me muera, voy a sentir tanta nostalgia de ti, Eduardo. La frase no resistía la lógica, sin embargo tenía en sí misma un imponderable sentido. Era como si ella quisiera expresar una cosa y expresara otra.

La vieja ya era el futuro. Parecía tener vergüenza. ¿Vergüenza de ser vieja? En algún punto de su vida debería con certeza haber habido un error, y el resultado era ese extraño estado de vida. Que sin embargo no la llevaba a la muerte. La muerte era siempre una sorpresa para quien moría. Tenía, a pesar de todo, el orgullo de no babear ni hacer pipí en la cama, como si esa forma de salud bravía hubiera sido meritoriamente el resultado de un acto de su voluntad. Sólo no era una dama, una señora de edad, por no tener arrogancia: era una viejita digna que de repente tomaba un aire asustadizo. Ella, bueno, ella se elogiaba a sí misma, considerábase una vieja llena de precocidad como una niña precoz. Pero la verdadera intención de su vida, no la sabía.

Ángela soñaba con la hacienda: allí se escuchaban gritos, latidos y aullidos, de noche. “Eduardo -pensó ella para él-, yo estaba cansada de intentar ser lo que tú creías que soy. Tengo un lado malo (el más fuerte y el que predominaba ahora, el que había intentado esconder por ti), y en ese lado fuerte yo soy una vaca, soy una yegua libre que patea en el suelo, soy una mujer de la calle, soy vagabunda, y no una “letrada”. Sé que soy inteligente y que a veces escondo eso para no ofender a los otros con mi inteligencia, y que soy una inconsciente. Huí de ti, Eduardo, porque tú me estabas matando con tu cabeza de genio que me obligaba casi a taparme los oídos con las manos y casi a gritar de horror y de cansancio. Y ahora me voy a quedar seis meses en la hacienda, tú no sabes dónde estaré, y todos los días tomaré un baño en el río mezclando con el barro mi propio barro. Soy vulgar, Eduardo, y tienes que saber que me gusta leer historias de folletín, mi amor, oh, mi amor, cómo te amo y cómo amo tus terribles maleficios, ah, cómo te adoro, soy tu esclava. Pero yo soy física, mi amor, yo soy física y tuve que esconder de ti la gloria de ser física. Y tú, que eres el mismo fulgor del raciocinio, entonces no sabía, eras alimentado por mí. Tú, superintelectual y brillante y dejando a todos admirados y boquiabiertos.”

-Me parece -se dijo en voz baja la vieja-, me parece que esa joven bonita no tiene interés en conversar conmigo. No sé por qué, pero nadie conversa más conmigo. Aun cuando estoy junto a la gente, nadie parece pensar en mí. A fin de cuentas, no tengo la culpa de ser vieja. Pero no hago daño, y me hago compañía. Y también tengo a Nandino, mi hijo querido que me adora.

“¡El placer sufrido de rascarse!”, pensó Ángela. Yo, yo que no voy en esa dirección ni en la otra, ¡soy libre! Estoy quedando más saludable, tengo deseos de decir un desafuero en voz alta para asustar a todos. ¿La vieja no entendería? No sé, ella debe haber parido varias veces. Yo no estoy de acuerdo en eso de que lo cierto es ser infeliz, Eduardo. Quiero gozar de todo y después morir y que me dañe, que me dañe, que me dañe. Sé bien que la vieja es capaz de ser infeliz sin saberlo. Pasividad. Y no entro en eso tampoco, nada de pasividad, quiero tomar un baño desnuda en el río barroso que se parece a mí, ¡desnuda y libre! ¡Viva! ¡Tres vivas! ¡Lo abandono todo! ¡Todo! Y así no soy abandonada, no quiero depender sino de unas tres personas, y el resto es: Buenos días, ¿todo bien? Todo bien. Edu, ¿sabes? Te abandono. Tú, en el fondo de tu intelectualismo, no vales la vida de un perro. Te abandono, entonces. Y abandono el grupo falsamente intelectual que exigía de mí un vano y nervioso ejercicio continuo de inteligencia falsa y apresurada. Fue preciso que Dios me abandonara para que yo sintiera su presencia. Necesito matar a alguien dentro de mí. Tú arruinaste mi inteligencia con la tuya que es de genio. Y me obligaste a saber, a saber, a saber. Ah, Eduardo, no te preocupes, llevo conmigo los libros que tú me diste para “seguir un curso en casa”, como querías. Estudiaré filosofía cerca del río, por el amor que te tengo.

Ángela Pralini tenía pensamientos tan hondos que no había palabras para expresarlos. Era mentira decir que sólo se podía tener un pensamiento a la vez: tenía muchos pensamientos que se entrecruzaban y eran diferentes. Sin hablar del “subconsciente” que explota en mí, quiera o no quiera. Soy una fuente, pensó Ángela, pensando al mismo tiempo dónde habría puesto el pañuelo de cabeza, pensando si el cachorro habría tomado la leche que le había dejado, en las camisas de Eduardo, y su extremado agotamiento físico y mental. Y en la vieja doña María Rita. “Nunca voy a olvidar tu rostro, Eduardo.” Era un rostro un poco asustado, asustado de su propia inteligencia. Él era un ingenuo. Y amaba sin saber que estaba amando. Iba a quedarse tonto cuando descubriera que ella se había ido, dejando al cachorro y a él. Abandono por falta de nutrición, pensó. Al mismo tiempo pensaba en la vieja sentada enfrente. No era verdad que sólo se pensaba en una sola cosa. Era, por ejemplo, capaz de escribir un talón perfecto, sin un error, pensando en su vida. Que no era buena, pero, en definitiva, era suya. Suya otra vez. La coherencia, no la quiero más. La coherencia es mutilación. Quiero el desorden. Sólo adivino a través de una vehemente incoherencia. Para meditar saqué demasiadas cosas de mí y siento el vacío. Es en el vacío donde se pasa el tiempo. Ella que adoraba una buena playa, con sol, arena y sol. Él está abandonado, perdió el contacto con la tierra, con el cielo. Él ya no vive, existe. El aire entre ella y Eduardo Gomes era de emergencia. Ella se había transformado en una mujer urgente. Es que, para mantener despierta la urgencia, tomaba drogas excitantes que la adelgazaban cada vez más y le quitaban el hambre. Quiero comer, Eduardo, tengo hambre, Eduardo, hambre de mucha comida. ¡Soy orgánica!

“Conozca hoy el supertrén de mañana.” Selecciones del Reader´s Digest que ella a veces leía a escondidas de Eduardo. Era como las Selecciones que decían: conozca hoy el supertrén de mañana. Positivamente no estaba conociendo hoy. Pero Eduardo era el supertrén. Súper todo. Ella conocía hoy el súper de mañana. Y no lo soportaba. No soportaba el movimiento perpetuo. Tú eres el desierto, y yo voy a Oceanía, a los mares del Sur, a la isla de Tahití. Aunque estén estragadas por los turistas. Tú no eres más que un turista, Eduardo. Voy hacia mi propia vida, Edu. Y digo como Fellini: en la oscuridad y en la ignorancia creo más. La vida que llevaba con Eduardo tenía olor a farmacia nueva recién pintada. Ella prefería el olor vivo del estiércol por más repugnante que fuera. Él era correcto como una pista de tenis. Además, practicaba el tenis para mantener la forma. En fin, él era un trasto que ella amaba y casi no amaba más. Estaba recobrando en el tren mismo su salud mental. Continuaba apasionada por Eduardo. Y él, sin saber, también lo estaba por ella. Yo que no consigo hacer nada bien, excepto las tortillas. Con una sola mano rompía huevos con una rapidez increíble, y los volcaba en la vasija sin derramar ni una gota. Eduardo moría de envidia de tanta elegancia y eficiencia. Él a veces daba charlas en las universidades y lo adoraban. Ella también asistía, ella también lo adoraba. ¿Cómo empezaba? “No me siento a gusto cuando veo algunas personas que se levantan cuando oyen anunciar que voy a hablar.” Ángela siempre tenía miedo que la gente se retirara y lo dejaran solo.

La vieja, como si hubiera recibido una transmisión de pensamiento, pensaba: que no me dejen sola. ¿Qué edad tengo? Ya ni lo sé.

Después, enseguida, vació su pensamiento. Y era tranquilamente nada. Mal existía. Era bueno así, muy bueno. Inmersiones en la nada.

Ángela Pralini, para calmarse, se contó una historia muy calmante, muy tranquila: era una vez un hombre a quien le gustaban mucho las frutas del jabuticabas. Entonces fue hacia un bosque donde había árboles cargados de protuberancias negras, lisas y lustrosas, que le caían en las manos blandamente y que de las manos le caían a los pies. Era tal la abundancia de jabuticabas que se daba el lujo de pisarlas. Y ellas hacían un ruidito muy gracioso. Hacían así: cloc-cloc-cloc, etc. Ángela se calmó con el hombre de las jabuticabas.

En la hacienda había jabuticabas y ella iba a hacer con los pies desnudos el cloc-cloc, suave y húmedo. Nunca sabía si debía o no tragar los carozos. ¿Quién le iba a contestar esa pregunta? Nadie. Sólo tal vez un hombre que, como Ulises, el perro, y contra Eduardo, respondiera: “Mangia, bella, que ti fa bene”. Sabía un poquito de italiano pero nunca estaba segura de su sentido. Y después de lo que ese hombre dijera, ella tragaría los carozos. Otro árbol que le gustaba era uno cuyo nombre científico había olvidado pero que en la infancia todos habían conocido directamente, sin ciencia, era uno que en el Jardín Botánico de Río hacía un cloc-cloc sequito. ¿Ves? ¿Ves cómo estás renaciendo? Siete vidas de gato. El número siete la acompañaba, era su secreto, su fuerza. Se sentía linda. No lo era. Pero se sentía. Se sentía también bondadosa. Con ternura hacia la vieja María Rita que se había puesto las gafas para leer el diario. Todo era vagaroso en la vieja María Rita. ¿Cerca del fin? Ay, cómo duele morir. En la vida se sufre más si se tiene algo en la mano: la inefable vida. Pero, ¿y la pregunta sobre la muerte? Era preciso no tener miedo: ir hacia el frente, siempre.

Siempre.

Como el tren.

Y en algún lugar existe una cosa escrita en el muro. Y es para mí, pensó Ángela. De las llamas del Infierno llegará un telegrama fresco para mí. Y nunca más mi esperanza será decepcionada. Nunca. Nunca más.

La vieja era anónima como una gallina, como había dicho una tal Clarice hablando de una vieja desvergonzada, enamorada de Roberto Carlos. Esa Clarice incomodaba. Hacía gritar a la vieja: ¡tiene! ¡que! ¡haber! ¡una! ¡puerta! ¡de saliiiiida! y la había. Por ejemplo, la puerta de salida de esa vieja era el marido que volvería al día siguiente, eran personas conocidas, era su empleada, era la plegaria intensa y fructífera frente a la desesperación. Ángela se dijo como si se mordiera rabiosamente: tiene que haber una puerta de salida. Tanto para mí como para doña María Rita.

Yo no puedo detener el tiempo, pensó María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo. Fracasé. Estoy vieja. Y fingió leer el diario sólo para recuperar la compostura.

Quiero sombra, gimió Ángela, quiero sombra y anonimato.

La vieja pensó: su hijo era tan bondadoso, tan cálido de corazón, tan cariñoso. La llamaba “madrecita”. Sí, tal vez pase el resto de mi vida en la hacienda, lejos de la relacionista pública que no me necesita. Y mi vida será muy larga, a juzgar por mis padres y abuelos. Podía alcanzar, fácil, fácil, los cien años, pensó confortablemente. Y morir de repente para no tener tiempo de sentir miedo. Se persignó discretamente y pidió a Dios una buena muerte.

Ulises, si tu cara fuera vista bajo el punto de vista humano, serías monstruoso y feo. Era lindo desde el punto de vista perro. Era vigoroso como un caballo blanco y libre, sólo que era castaño suave, anaranjado, color whisky. Pero su pelo es lindo como el de un enérgico y empinado caballo. Los músculos del pescuezo eran vigorosos y se podían tocar con manos de dedos sabios. Ulises era un hombre. Sin dejar de ser un perro. Era delicado como un hombre. Una mujer debe tratar bien al hombre.

El tren entrando en el campo: los grillos gritaban agudos y ásperos.

Eduardo, una vez, sin gracia, como quien se ve forzado a cumplir una función, le dio de regalo un gélido diamante. Ella hubiera preferido brillantes. En fin, suspiró ella, las cosas son como son. A veces, cuando miraba desde lo alto de su apartamento, tenía deseos de suicidarse. Ah, no por Eduardo, sino por una especie de fatal curiosidad. No se lo contaba a nadie, por miedo de influir en un suicida latente. Ella quería la vida, la vida plana y plena, bonita, leyendo los artículos de Selecciones. Quería morir sólo a los noventa años, en medio de un acto de vida, sin sentir. El fantasma de la locura nos ronda. ¿Qué es lo que haces? Estoy esperando el futuro.

Cuando finalmente el tren se puso en movimiento, Ángela Pralini encendió el cigarrillo en aleluya: tenía miedo de que cuando el tren partiera, no tuviera el coraje de irse y terminara por bajar del vagón. Pero ya estaban sujetos los amortiguadores y las ruedas daban repentinos sobresaltos. El tren marchaba. Y la vieja María Rita suspiraba: estaba más cerca del hijo amado. Con él podría ser madre, ella que era castrada por su hija.

Una vez que Ángela tuvo dolores menstruales, Eduardo intentó, sin mucha gracia, ser cariñoso. Y le dijo una cosa horrorosa: estás enferma, ¿no? Se ruborizaba de vergüenza.

El tren corría cuanto podía. El maquinista feliz: así era bueno, y pitaba a cada curva del camino. Era un largo y grueso silbido de tren en marcha, ganando terreno. La mañana era fresca y llena de hierbas altas y verdes. Así, sí, vamos hacia adelante, dijo el maquinista a la máquina. La máquina respondió con alegría.

La vieja era nada. Y miraba hacia el aire como se mira a Dios. Estaba hecha de Dios. Es decir: todo o nada. La vieja, pensó Ángela, era vulnerable. Vulnerable al amor, al amor de su hijo. La madre era franciscana, la hija polución.

Dios, pensó Ángela, si existes, ¡muéstrate! Porque llegó la hora. Es esta hora, este minuto y este segundo.

Y el resultado fue que tuvo que ocultar las lágrimas que le vinieron a los ojos. Dios de algún modo le respondía. Ella estaba satisfecha y se tragó un sollozo ahogado. Vivir dolía. Vivir era una herida abierta. Vivir es ser como mi cachorro. Ulises no tenía nada que ver con el Ulises de Joyce. Intenté leer a Joyce pero no seguí porque era pesado, disculpa, Eduardo. Sé que es un pesado genial. Ángela estaba amando a la vieja que era nada, la madre que le faltaba. Madre dulce, ingenua y sufriente. Su madre que murió cuando ella tenía nueve años; aun enferma, pero viva, servía. Aun paralítica, servía.

Entre ella y Eduardo el aire tenía gusto de sábado. Y de pronto los dos eran raros, la rareza en el aire. Ellos se sentían raros, no formando parte de las mil personas que iban por la calle. Los dos a veces eran cómplices, tenían una vida secreta porque nadie los comprendía. Y también porque los raros son perseguidos por la gente que no toleran la insultante ofensa de los que se diferencian. Escondían su amor para no herir a los otros con la envidia. Para no herirlos con una estrella demasiado luminosa para los ojos.

Au, au, au, ladrará mi cachorro. Mi gran cachorro.

La vieja pensó: soy una persona involuntaria. tanto que, cuando reía -lo que no ocurría a menudo-, nadie sabía si reía o lloraba. Sí. Ella era involuntaria.

Mientras tanto, Ángela Pralini se sentía efervescente como las gotitas de agua mineral Cachambú: de repente. Así: de repente. ¿De repente qué? Sólo de repente. Cero. Nada. Tenía treinta y siete años y pretendía a cada instante comenzar la vida. Como las gotitas efervescentes del agua Cachambú. Las siete letras de Pralini le daban fuerza. Las seis letras de Ángela la volvían anónima.

Con un largo silbido aullante se llegaba a la pequeña estación donde Ángela Pralini descendería. Cogió su valija. En el espacio entre la gorra del empleado y la nariz de una joven, estaba la vieja durmiendo inflexible, con la cabeza tiesa bajo el sombrero de fieltro, una mano cerrada sobre el diario.

Ángela bajó del vagón.

Naturalmente, eso no tenía la menor importancia: hay personas que siempre se arrepienten, es un rasgo de ciertas naturalezas culpables. Pero la dejó perturbada la imagen de la vieja cuando despertara, la visión de su rostro espantado frente al banco vacío de Ángela. Al fin, nadie sabía si se había adormecido por confianza en ella.

Confianza en el mundo.



MÁS CUENTOS DE CLARICE LISPECTOR



“Carta a mi madre”

Poema de Juan Gelman (Escrito en Ginebra/París julio de 1984- París, noviembre de 1987)

a Teodora
recibí tu carta 20 días después de tu muerte y cinco minutos después de saber que habías muerto/
una carta que el cansancio, decías, te interrumpió/ te habían visto bien por entonces/ aguda como siempre/ activa a los85 años de edad pese a las tres operaciones contra el cáncer que finalmente te llevó/
¿te llevó el cancer?/ ¿no mi última carta?/ la leíste, respondiste, moriste/ ¿adivinaste que me preparaba a volver?/ yo entraría a tu cuarto y no lo ibas a admitir/ y nos besábamos/ nos abrazamos y lloramos/ y nos volvemos a besar/ a nombrar/ y estamos juntos/ no en estos fierros duros/

vos/ que contuviste tu muerte tanto tiempo/ ¿por qué no me esperaste un poco más?/ ¿temías por mi vida?/ ¿me habrás cuidado de ese modo?/ ¿jamás crecí para tu ser?/ ¿alguna parte de tu cuerpo siguió vivida de mi infancia?/ ¿por eso me expulsaste de tu vivir?/ ¿como antes de vos?/ ¿por mi carta?/ ¿intuíste?/

nos escribimos poco en estos años de exilio/ también es

cierto que antes nos hablábamos poco/ desde muy chico el creado por vos se rebeló de vos/ de tu amor tan estricto/ así comí rabia y tristeza/ nunca me pusiste la mano encima para pegar/ pegabas con tu alma/ extrañamente éramos juntos/
no sé como es que mueras/ me sos/ estás desordenada en mi memoria/ de cuando yo fui niño y de pronto muy grande/ y no alcanzo a fijar tus rostros en un rostro/ tus rostros es un aire/ una calor/ un aguas/ tengo gestos de vos que son en vos/ ¿o no es así?/ ¿imagino?/ ¿o quiero imaginar?/ ¿recuerdo?/ ¿qué sangre te repito?/ ¿en qué mirada mía vos mirás?/ nos separamos muchas veces/
nací con 5,5 kilos de peso/ estuviste36 horas en la cama dura del hospital hasta sacarme al mundo/ me tuviste todo el tiempo que tu cuerpo me pudo contener/ ¿estabas bien conmigo adentro?/ ¿no te fui dando arrebatos, palpitaciones, golpes, miedos, odios, servidumbres?/
¿estábamos bien, juntos así, yo en vos nadando a ciegas?/ ¿qué entonces me decías con fuerza silenciosa que siempre fue después?/ debo haber sido muy feliz dentro tuyo/ habré querido no salir nunca de vos/ me expulsaste y lo expulsado te expulsó/
¿esos son los fantasmas que me persigo hoy mismo/ a mi edad ya/ como cuando nadaba en tu agua?/¿de ahí me viene esta ceguera, la lentitud con que me entero, como si no quisiera, como si lo importante  que me abajó tu vientre o casa?/ ¿la tiniebla de grande suavidad?/ dónde el lejano brillo no castiga con mundo piedra ni dolor ?/ ¿es vida con los ojos cerrados?/ ¿por eso escribo versos?/ ¿para volver al vientre donde toda palabra va a nacer?/ ¿por hilo tenue?/ la poesía ¿es simulacro de vos?/  ¿tus penas y tus goces?/ ¿te destruís conmigo como palabra en la palabra?/ ¿por eso escribo versos?/ ¿te destruyo así pues?/ ¿nunca me nacerás?/ ¿las palabras son estas cenizas de adunarnos?/
 nos separaste muchas veces/ ¿eran separaciones?/ ¿formas para encontrarse como primera vez?/ ¿ese imposible nos hacía chocar?/ ¿eso me reprochabas en el fondo?/ ¿por eso eras tan triste algunas tardes?/ tu tristeza me era insoportable/ a veces quise morirme de eso todavía/ ¿ya tenía mi pedazo de vida para ocuparme de él?/ ¿como animal cualquiera?/ ¿ya soy triste por eso?/ ¿por tu tristeza ofende la injusticia/ escándalo del mundo?/
siempre supiste lo que hay entre nosotros y nunca me dijiste/ ¿por culpa mía?/ ¿te reproché todo el tiempo que me expulsaras de vos?/ ¿ése es mi exilio verdadero?/ ¿nos reprochamos ese amor que se buscaba por separaciones?/ ¿encendió hogueras para aprender la lejanía?/ ¿cada desencontrarnos fue la prueba del encuentro anterior?/ ¿así marcaste el infinito?/
¿qué olvido es paz?/ ¿por qué de todos tus rostros vivos recuerdo con tanta precisión únicamente una fotografía?/ Odessa, 1915, tenés 18 años, estudias medicina, no hay de comer/ pero a tus mejillas habían subido dos manzanas (así me lo dijiste) (árbol del hambre que da frutas)/ esas manzanas ¿tenían rojos del fuego del pogrom que te tocaba?/ ¿a los 5 años?/ ¿tu madre sacando de la casa en llamas a varios hermanitos?/ ¿y muerta tu hermanita?/ ¿con todo eso/ por todo eso/ contra/ me querés?/ ¿me pedías que fuera tu hermanita?/ ¿así me diste esta mujer, dentro/ fuera de mí?/ ¿qué es esta herencia, madre/ esa fotografía en tus 18 hermosos/ con tu largo cabello negiazul como noche del alma/ partida en dos/ ese vestido acampanado marcándote los pechos/ las dos amigas reclinadas a tus pies/ tu mirada hacia mí para que sepa que te amo irremediablemente?/
¿así viaja el amor/ de ser a antes de ser?/ ¿de ser a sido en tu belleza?/ ¿viajó de vos a mí?/ ¿viajas ahora/ morida?/ nada podemos preguntar sino este amor que todo el tiempo nos golpeó/ con su unidad irrepetible/ ¿para que no olvidemos el dolor?/ ¿los dos niñitos del mercado de Ravelo con una gallinita en los brazos, ofreciendo barato y con gestos de madre, casi recién salidos de sus madres?/ por qué te apareciste en el mercado boliviano?/ ¿en cada pena estás?/ apagaba el sol para dormirme/
  ¿qué cuentas pago todavía?/ ¿qué acreedores desconozco?/  ¿necesito recorrer una a una tus penas para saber quién soy/ quién fui cuando nos separamos por la carne/ dolorosa del animal que diste a luz/ siervarnía/ ciega a mi servidumbre de tu sierva/ pero esas maravillas donde me hijaste y te amadré/ tu cercana distancia ?/
¿me ponías a veces delantales de fierro?/ ¿me besabas a veces con pasión?/ ¿y qué pasión había en tu pasión?/ ¿no podías cesar en tu morir para decirme?/ ¿no te querés interrumpir?/ ¿entraste tanto en tu desaparecer?/ ¿volvés al desamparo de mí?/ ¿tan duro era mi amor?/ ¿te dí un alma y con otra te echaba a mi intemperie?/ ¿no pudiste morivivirme en suave claustro/ no darme de nacer?/ mi nacer, ¿te habrá apagado ganas de matarme?/ ¿eso me perdonabas y no me perdonabas?/ ¿así peleaste con tus sombras?/ ¿así me hiciste sombra tuya de otro cuerpo, me diste tu pezón/ campo violeta/ donde pacía un temblor?/ A techo contra el terror?/ ¿única tela de la paz?/ ¿no la tejíamos los dos?/ ¿en mañanas cayendo sobre el patio donde jamás hubo otra gloria?/ ¿blancuras que de vos subían?/ ¿rocíos de tu sangre al puro sol?/ ¿lluvia de abajo interminable?/ ¿yo fui animal de lluvia?/ ¿te ensucié pechos con mi boca?/ ¿me diste a veces leche amarga?/ ¿te olvidás de las veces que no quise comer de vos?/ ¿qué te venía entonces de la entraña del alma?/ esos jugos, ¿no me atardecen fiero?/ ¿y vos crees que estás muriendo?/ ¿antes que muera yo?/ ¿y se apaguen, los gestos que escribiste en mi cuerpo?/ ¿las dichas que imprimiste?/ ¿en mi querer a las mujeres?/ ¿prolongándote en ellas?/ ¿que de vos me tuvieran y alejaran?/
¿y mi boca cuánta alma te chupó?/ ¿te fue fiesta mi boca alguna vez?/ ¿y mis pies?/ ¿me mirabas los pies para verme el camino?/ ¿y tu ternura entonces?/ ¿era tu viaje hacia mi viaje?/ ¿fuiste rodeada de temor amoroso?/ ¿del caminar por mí?/ ¿por qué nunca supimos arreglar el dentrofuera que nos ata?/ ¿al afuerino de tu cuerpo?/ tu leche seca moja mi alma/ ¿ahora lo soy?/ ¿me es?/ ¿cuáles son los trabajos del pájaro que nunca me nombrás?/ ¿el que nos volaría juntos?/ ¿ala yo/ vuelo vos?/ me obligaste a ser  otro y tu perdón me muerde las cenizas/ ¿acaso yo podía prolongar tu belleza?/ ¿sin convertirme en cuerpo de dolor/ lengua exiliada de tu nuca?/ ¿y cuánto amé la ausencia de tu nuca para que no doliera?/ ¿y que te devolviera?/ ¿a dulzura posible en este mundo?/ ¿conocida que no puedo nombrar?/ ¿vientre que nadie puede repetir?/ ¿lleno de maravilla, de gran desolación?/ ¿pasó a río deshecho por mis pies?/ ¿tan duro tu olvidar?/ poderosa ¿sos el que vos morís?/ ¿ceñido de tu nombre?/ ¿por qué te abrís y te cerrás?/ ¿por qué brilla tu rostro en doble sangre/ todavía?/
pasé por vos a la hermosura del día/ por mi pasas a la honda noche
con los ojos sacados porque ya nada había que ver/ sino este fino ruido que deshace lo que te hice sufrir/ ahora que estás quieta/
¿y cómo es nuestro amor/ éste?/
envolverán con un jacinto la mesa de los panes?/
pero ninguno
me hablará/ estoy atado a tu suavísima/ doy de
comer a tu animal más ciego/
¿a quién das tregua/ vos?/
están ya blancos todos tus vestidos/
las sábanas me aplastan y no puedo dormir/ te odias en mí completamete/ se crecieron la mirra y
el incienso que sembraste en mi vez/ deja que te
perfumen/ acompañen tu gracia/ mi alma calce tu transcurrir a nada/ todavía recojo azucenas que habrás dejado aquí para que mire el doble rostro de tu amor/
mecer tu cuna/ lavar tus pañales/ para que no
me dejes nunca más/
sin avisar/ sin pedirme permiso/
aullabas cuando te separé de mí/
ya no nos perdonemos.-