La falsa locura de Alonso Quijano

Autor: José Saramago

Artículo publicado en El Paìs de Madrid (Mayo 2005)

Oleo original para el libro iIlustrado con láminas cromolitográficas de José Moreno Carbonero y Laureano Barrau

 

 

Démosle la vuelta a la medalla y veamos qué hay detrás.

Dice Cervantes, el famoso y nunca demasiado leído autor de Don Quijote, nada más empezar su cuento, que un cierto hidalgo de La Mancha, de nombre Alonso Quijano, hombre de escasos haberes pese la relativa nobleza de su condición social, había perdido el juicio por efecto del mucho leer y mucho imaginar. Es cierto que las palabras que Cervantes escribió no fueron exactamente ésas, pero unas y otras, como se verá a continuación, acaban en el mismo punto. De hecho, entre el poco dormir y el mucho leer, razón por la que a Quijano se le secó el cerebro, según el autor, y el mucho leer y mucho imaginar, la diferencia no es grande. Quien lee, imagina, y si por mucho leer, duerme poco, parece evidente que tendrá tiempo para imaginar más. Verdaderamente, no creo que conste en los archivos psiquiátricos ningún caso de alguien que se haya vuelto loco por haber leído, aunque mucho, y por haber imaginado, aunque en exceso. Muy al contrario, leer e imaginar son dos de las tres puertas principales (la curiosidad es la tercera) por donde se accede al conocimiento de las cosas. Sin antes haber abierto de par en par las puertas de la imaginación, de la curiosidad y de la lectura (no olvidemos que quien dice lectura dice estudio), no se va muy lejos en la comprensión del mundo y de uno mismo.

Cuando Cervantes afirma tan perentoriamente que Alonso Quijano perdió la razón (así está escrito con todas las letras, no se puede ni negar ni arrancar la página reveladora), está diciendo que Don Quijote de La Mancha, en resumidas cuentas, no es nada más que el loco de Quijano y, por tanto, sin la locura del insignificante hidalgo rural nunca habría existido el caballero andante. Pregunta la inquieta curiosidad: “¿Podría Cervantes haber hecho vivir al sobrio y pacífico Alonso Quijano las atribuladas aventuras que le esperan al justiciero Don Quijote?”. La respuesta sólo puede ser ésta: “Sí y no”. “Sí”, porque, obviamente, tal decisión sería la consecuencia lógica y natural de la libertad que asiste a cualquier autor para hacer con sus personajes lo que mejor entienda, pero, al mismo tiempo, tendrá que ser “no”, ya que los contemporáneos de Cervantes se negarían a admitir, con toda probabilidad, que alguien en su sano juicio anduviera en asuntos de caballerías por esos mundos de Dios y en esos tiempos, dando y recibiendo lanzadas a cada paso (para su infortunio, más recibiendo que dando), haciendo oídos sordos a la sabia prudencia de los consejos de Sancho Panza, su fiel escudero y, como se verá al final del cuento, su único y verdadero amigo. No creo que sea demasiado atrevimiento imaginar a Cervantes sin saber cómo empezar la increíble historia que quería contar, dándole vueltas en la cabeza y llegando por fin a la conclusión de que sólo existía una manera, una sola, de persuadir a los futuros lectores para que acaben aceptando sin exigencias ni desconfianzas los comportamientos delirantes de Quijote, y esa única manera era enloquecer a Quijano. Incluso es posible, si se me permite esta hipótesis adicional, que la obra no hubiera llegado a existir sin la hábil estrategia narrativa de Cervantes, que, al acomodarse a los preconceptos y a las supersticiones de su época, pudo luego extraerles todo el jugo y todo el provecho.

“Don Quijote”, ilustración de Gustave Doré

 

Hay, sin embargo, quien ose defender que Alonso Quijano no se volvió loco. Es cierto que muchos de sus actos nos parecen, a la luz de la simple racionalidad, auténticos dislates, como el risible episodio que siempre nos viene a la memoria, aquel en que Don Quijote se precipita lanza en ristre contra los treinta o cuarenta molinos que laboraban en el Campo de Montiel, creyendo, o haciéndole creer a Sancho, que se trataba de una caterva de malvados gigantes con brazos de dos leguas. Se puede preguntar: “¿Alguna vez se ha visto mayor demostración de locura, un hombre queriendo pelear con molinos de viento jurando que son gigantes?”. Realmente, no hay noticia en la historia de la andante caballería de desvarío semejante, siempre, claro está, que nos limitemos a tomar el episodio al pie de la letra, como parece que era el malicioso deseo de Cervantes. Pero imaginemos durante un momento, al menos durante un momento, que Don Quijote no está loco, que simplemente finge una locura. De ser así, no tuvo otro remedio que obligarse a cometer las acciones más disparatadas que le pasasen por la mente para que los demás no alimentaran ninguna duda acerca de su estado de alienación mental. Sólo fingiéndose loco podría haber atacado a los molinos, sólo atacando a los molinos podría esperar que el resto de la gente lo considerara loco. Ahora bien, de acuerdo con este modo de ver, bastante discordante con las ideas generalmente recibidas, fue en virtud de esa genial simulación de Cervantes como el bueno de Alonso Quijano, convertido en Don Quijote, consiguió abrir la cuarta puerta, la que todavía le estaba faltando, la puerta de la libertad. La curiosidad lo empujó a leer, la lectura le hizo imaginar, y ahora, libre de las ataduras de la costumbre y de la rutina, ya puede recorrer los caminos del mundo, comenzando por estas planicies de La Mancha, porque la aventura, bueno es que se sepa, no elige lugares ni tiempos, por más prosaicos y banales que sean o parezcan. Aventura que en este caso de Don Quijote no es sólo de la acción, sino también, y principalmente, de la palabra. Aun cuando sus larguísimos discursos se nos antojen absurdos, incoherentes, despropositados, quién sabe si colocados ahí por Cervantes para reforzar en el espíritu del lector la convicción de que Don Quijote está loco perdido, aun éstos acabarán presentándose como obras maestras de la buena razón y del buen sentido, la más fina retórica discurriendo en el más expresivo de los lenguajes, una dialéctica que el propio Sócrates no desdeñaría, un esplendor de vocabulario que Shakespeare (que moriría el mismo día que Cervantes, el 23 de abril de 1616) tal vez hubiera envidiado.

Admitido que Alonso Quijano fingió estar loco, habrá que responder ahora a dos preguntas inevitables: “¿Por qué y para qué una sustitución de identidad que sólo le iba a acarrear malos pasos, escarnio, ridículo, desastres, humillaciones?”. Muchos años después de que Don Quijote hubiera perdido la batalla contra los molinos de Montiel, pasado a espada unos cuantos odres de vino, de que hubiera bajado a la cueva de Montesinos y perseguido el sueño de una improbable Dulcinea, un poeta francés llamado Arthur Rimbaud escribió estas palabras tan alborozadoras como la lectura de todos los libros de caballería juntos: La vraie vie est ailleurs, es decir, la vida auténtica está por ahí, en otro lugar, no aquí. Lo que el genio de Rimbaud proclamó, que la auténtica vida no es ésta, sino otra, aunque no se sepa ni dónde está ni cómo llegar, ya la pequeñez provinciana del hidalgo manchego lo había intuido. Sin embargo, Alonso Quijano fue más lejos que Rimbaud en esa comprensión, a él no le bastaba con ir en búsqueda de otros lugares donde quizá le estuviera esperando la vida auténtica, era necesario que se convirtiera en otra persona, que, al ser él mismo otro, fuese también otro el mundo, que las posadas se transformaran en castillos, que los rebaños le aparecieran como ejércitos, que las oscuras aldonzas fuesen luminosas dulcineas, que, en fin, mudado el nombre de todos los seres y cosas, sobrepuesta la realidad del sueño y del deseo a las evidencias de un cotidiano aburrido, pudiese devolver a la tierra la primera y más inocente de sus alboradas. A Alonso Quijano no le bastaría decir como Rimbaud: La vraie vie est ailleurs. Sí, la vida auténtica estará en otro lugar, pero no sólo la vida, también está en otro lugar mi yo verdadero, o, como el poeta pudiera haber dicho, aunque no lo dijo, Le vrai moi est ailleurs. Y fue así como Alonso Quijano, montado en su esquelética cabalgadura, grotescamente armado, comenzó a caminar, ya otro, y, por tanto, en busca de sí mismo. Al otro lado del horizonte le esperaba Don Quijote.

Don Quijote pintado por Salvador Dalí 

 

 

José Saramago es escritor portugués, premio Nobel de Literatura. Traducción de Pilar del Río.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de mayo de 2005

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Cómo Frankenstein surgió de la vida de Mary Shelley

En el verano de 1816, el poeta inglés Lord Byron estaba de vacaciones cerca de Ginebra junto a su médico, John William Polidori, y otros invitados, como el poeta Percy Bysshe Shelley y su esposa, Mary. En una noche de tertulia, Byron propuso un juego, que consistía en que cada uno escribiera una historia de terror. Convertido en libro, “Frankenstein o el moderno Prometeo”, el relato de Mary llegaría a ser un pilar de la ciencia ficción y un gran nido de ideas para la literatura.

“Mezcla elementos de la novela gótica, el terror y lo que ahora se llama ciencia ficción. También hay mucho de narrativa de viajes, hay cartas; ella hace una mezcla muy interesante, un texto muy híbrido”, dice Macarena Areco, profesora de Literatura de la Universidad Católica.

Pero aunque Shelley se inspiró en los estudios del doctor Luigi Galvani y en “El paraíso perdido”, de John Milton, una parte importante de la filosofía e historia de “Frankenstein” se encuentra en su propia vida y en la de sus cercanos.

Mary Shelley (originalmente Godwin) nació en 1797, en el seno de una familia compuesta por intelectuales fuertemente inspirados por la Revolución Francesa. Su madre, la filósofa Mary Wollstonecraft, fue una dedicada escritora que en sus libros abogaba por la igualdad de las mujeres respecto de los hombres. En tanto, su padre, el filósofo William Godwin, afirmaba que la única manera de que el hombre fuese libre era con el rechazo a todas las instituciones que lo oprimen. Gracias a sus ideales, se le considera uno de los precursores del anarquismo filosófico.

Godwin y Wollstonecraft se conocieron en 1796 y aunque ambos estaban en contra del matrimonio, se casaron al año siguiente por el embarazo de Mary y para evitar repercusiones sociales por la primera hija de ella, producto de una relación anterior. Pero Wollstonecraft murió diez días después de dar a luz, lo que afectó a William profundamente y que, con los años, dejó marcada a su hija.

“Hay quienes han querido ver un paralelismo biográfico con la autora en la trágica relación de Frankenstein, un monstruo sin madre, con su padre, el doctor Victor Frankenstein. Así lo afirma Leslie Klinger en ‘Frankenstein anotado’, quien pone de manifiesto que algunas de las opiniones de Wollstonecraft sobre las mujeres aparecen en Elizabeth, la prometida de Victor”, dice Pilar Carceller, editora de Ediciones Akal.

En 1801, William se casó con su vecina y adoptó informalmente a sus dos hijos. Y aunque la relación con su padre fue distante, Mary Godwin tuvo acceso a sus libros y, a diferencia de las mujeres de su época, cultivó su intelectualidad.

Mary conoció a Percy Bysshe Shelley en 1814. Percy estaba casado y tenía hijos, pero se enamoró de Mary y juntos se escaparon a Francia. Tras el suicidio de su esposa, Percy contrajo matrimonio con Mary. Según Andrés Ferrada, profesor de las universidades de Chile y de Playa Ancha, la unión de los Shelley hace que las ideas de ambos se complementen.

“Aunque la obra de Mary Shelley se perfila principalmente a través de la narrativa, con ‘Frankenstein’, Percy lo hace con su poema ‘Prometeo desencadenado’. Estas dos obras entran directamente en diálogo con el problema de la libertad del hombre ante las instituciones, cómo el hombre logra enfrentar su propia autonomía y cómo logra encararla sin perder contacto con la comunidad a la que pertenece”, afirma.

Sin embargo, la muerte fue una constante para Mary. De sus cuatro hijos, solo el menor llegó a la adultez, y Percy moriría ahogado en las costas de Livorno, Italia, en 1822. A partir de entonces, Mary se dedica a velar por la obra de su esposo hasta su muerte, en 1851.

“Se consolidó como una figura prototípica de la viuda, de mantener la memoria de su marido y, al final de su vida, cuando publica la segunda versión de ‘Frankenstein’, en 1831, ella es una persona mucho más conservadora y considera la versión inicial del libro un poco rebelde y brutal”, recalca Macarena Areco.

Areco agrega que el mayor logro de Shelley con “Frankenstein” es la visualización de un otro en forma de diálogo, algo que Shelley hizo con las personas que la inspiraron.

 

 

Fuente: Mariana Poblete, Cultura, El Mercurio. Publicado el 13 de enero de 2018.

El Muralismo Mexicano

El muralismo nació en un momento en el que el marximo estaba en plena ebullición. Los ideales marxistas estaban muy presentes en los países latinoamericanos y en México en particular que había vivido su revolución en 1910.

“SUEÑO DE UNA TARDE DOMINICAL EN LA ALAMEDA CENTRAL” – Artista: Diego Rivera

Comenzó así un proceso en el que se quería acercar el arte al pueblo retomando el arte autóctono, azteca y maya dejando de lado el academicismo europeo que era el que imperaba hasta ese momento.

En Liberación del peón, Rivera desarrolló una narrativa aterradora sobre el castigo corporal. Un labriego, golpeado y abandonado a su muerte, es descendido de un poste por soldados revolucionarios comprensivos, que atienden este cuerpo quebrado.

 

En 1922 se fundó el Sindicato de Pintores, Escultores y Obreros Intelectuales , desde el cual se apoyaba la importancia de la comunidad frente a la individualidad que se había dado en la América precolombina, reivindicando el cambio de las bases de la economía mexicana sobretodo en lo referente a la propiedad de la tierra , tal como preconizaba la revolución de 1910.

 

En Liberación del peón, Rivera desarrolló una narrativa aterradora sobre el castigo corporal. Un labriego, golpeado y abandonado a su muerte, es descendido de un poste por soldados revolucionarios comprensivos, que atienden este cuerpo quebrado. 

Después de un proceso en el que cada vez más desde el gobierno se apoyó la identidad nacional, José Vasconcelos, Secretario de Instrucción Pública, cedió espacios públicos para que los artistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Siqueiros entre otros, pudieran realizar murales que pudieran contemplar todas las personas, incidiendo mucho en las clases trabajadoras que no tenían posibilidad de acceder a la cultura. Así en 1922 se inició la andadura del muralismo mexicano decorando la Secretaría de Educación y la Escuela Nacional Preparatoria.

Emiliano Zapata, defensor de la reforma agraria y protagonista clave de la Revolución mexicana, aparece aquí dirigiendo a huestes de campesinos rebeldes portando armas improvisadas, incluso herramientas agrícolas. Con las riendas de un majestuoso caballo blanco en la mano, Zapata se yergue triunfal al lado del cadáver de un hacendado. No obstante que los periódicos mexicanos y estadounidenses solían vilipendiar al líder revolucionario, tildándolo de bandido taimado, Rivera lo inmortalizó como héroe y glorificó el triunfo de la Revolución con una imagen de venganza violenta pero justificada.

 

Los murales tenían gran tradición en la América precolombina, recordemos los murales de Teotihuacan por lo que no extraña que retomaran este tipo de arte al intentar un renacimiento del arte indígena. Se trataba de aleccionar al pueblo a través de los murales tal y como había ocurrido en el pasado.

La trinchera. Es uno de los 27 murales (entre Maternidad, Cortés, la Malinche, Trinidad revolucionaria y la Huelga) que el artista mexicano pintó en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, ahora Museo del Centro Histórico. La obra, de 1926, resalta el uso de rojos y claroscuros para enfatizar la sangre y el fuego de las armas en guerra. Como dato curioso, la imagen estuvo impresa en el billete de 100 pesos en los años 70.

 

Diego Rivera( 1886-1957), había estudiado en Italia a los muralistas del Renacimiento, especialmente a Giotto, que le influyó en la utilización de tintas planas y en su estilo narrativo. Rivera sugería las formas y volúmenes mediante las aplicaciones de juegos de contrastes entre las luces y las sombras. Como sus compañeros trató de captar en su obra la esencia mexicana.

Omnisciencia. Mural de José Clemente Orozco  En este mural se observa algo más que una manifestación sobre la fecundidad femenina o el saber. Es el único fresco en el que el artista escribió sobre la pared el título: Omni-ciencia (todo el saber). De los murales más vistos en la ciudad, lo puedes visitar en el cubo de la escalera de la Casa de los Azulejos, monumento histórico del siglo XVIII, hoy el más popular de los Sanborns.

 

José Clemente Orozco(1883-1949), estuvo muy comprometido con la revolución mexicana. A Orozco lo podemos relacionar con el movimiento expresionista, en cuanto a que no estaba tan interesado tanto en el color o en la forma como en plasmar el sufrimiento y la opresión del pueblo.

Mural de José de Jesús Alfaro Siqueiros

José David Alfaro Siqueiros (1896-1974), estuvo muy comprometido políticamente, tanto que fue encarcelado en siete ocasiones. Varios movimientos de principios de siglo influyeron en su obra, el expresionismo, al igual que en el caso de Orozco pero también el futurismo y el surrealismo. Sus obras destacaron por el intenso empleo del color y por su utilización de la perspectiva de una manera muy intensa.

 

Polyforum como su nombre lo indica, significa foro múltiple, en el que se realizan actividades de carácter cultural, político o social. Consta de varios espacios autónomos como son: teatro con capacidad para 500 espectadores, galerías, oficinas y el Foro Universal. “Polyforum Siqueiros” es en sí un museo. Los 12 paneles exteriores del edificio y los 2, 400 metros cuadrados de pintura mural “La Marcha de la Humanidad” , suman 8,700 metros cuadrados de una excepcional y única muestra representativa del movimiento denominado
Muralismo Mexicano, que nace en 1920. Así mismo, el Polyforum Siqueiros es una Institución Privada y se sostiene gracias a los recursos que las actividades culturales generan. Los fondos provenientes de donaciones, aportaciones o patrocinios se depositan íntegramente a la Fundación Siqueiros, A.C., para hacer transparente el manejo de esos recursos, cuya finalidad es la conservación y restauración del recinto.

 

Hay que añadir que los muralistas mexicanos contribuyeron al perfeccionamiento de la técnica mural utilizada en el Renacimiento, ya que tuvieron que buscar los medios para adaptar la técnica a la climatología ya que en muchos casos las obras se pintaban en el exterior. Se dieron cuenta que la pintura al óleo o el fresco no podía soportar la intemperie y comenzaron a desarrollar la pintura acrílica que debido a sus componentes permanecía estable ante cambios climáticos y además se secaba rápidamente.

 

 

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Alma Reville: La sombra detrás de la estrella

Durante 54 años fue luz y sombra de Alfred Hitchcock, uno de los demonios más venerados del cine. Pero, mientras en The Big Screen , célebre historia del celuloide escrita por David Thompson, a Hitchcock le dedican 50 páginas, quien fuera su guionista, montadora cinematográfica, madre de su única hija y esposa, solo mereció 25 palabras.

“En 1926, cuando Alfred Hitchcock empezaba a dirigir, se casó con Alma Reville, una experta guionista y montadora que trabajó a su lado durante décadas”. Así paga el diablo… llevándose a quien bien le sirve.

Hitchcock era “un pagado de sí mismo”, petulante, soberbio y un arrogante que solo tenía ojos para su oronda figura, tan voluminosa como su ego. Por eso marginó a Reville, que según Anthony Hopkins fue “la instigadora y la fuerza clave en su vida”.

Desde los 15 años Alma Reville comenzó a trabajar en el cine y aprendió todos los secretos del oficio, emulando el camino de su padre quien fuera ayudante de vestuario en Twickenham, una de las primeras compañías cinematográficas en Londres.

Alma, además de esposa, fue la fiel cómplice de su marido; estuvo un paso atrás de él pero opinaba sobre los montajes, los guiones y era la única persona a la cual el director escuchaba y hacía caso, aunque refunfuñara porque Reville –en la mayoría de las ocasiones– tenía razón.

En una entrevista con Francois Truffautt el cineasta le confesó como Reville le ayudó a superar sus temores e inseguridades y “después de cada toma, miraba a mi prometida y le preguntaba: ¿Va bien, funciona?” A Truffaut le valió un pito Alma y ni siquiera la incluyó en la conversación.

Para justicias el tiempo. En el 2003, Pat Hitchcock O’Connell, hija de Alfred y Alma, escribió La mujer tras del hombre para rescatar la imagen y el aporte de su madre. En el 2012, Julián Jarrold dirigió The Girl , y expuso la tolerancia de Alma en relación con el acoso sexual a que Hitchcock sometió a la rubia Tippi Hedren, durante la filmación de Los pájaros .

En Hitchcock , de Sacha Gervais, la actriz Helen Mirren, plasmó el extraño nexo que unía a la pareja y como ambos formaron una sociedad creativa, donde Alma era la consejera y mejor amiga de un director que consideraba a los actores como “cerdos”.

“Lo que más me gustó descubrir en ella, fue su sentido de la lealtad, de la paciencia y su comodidad con el rol que tenía en la familia y en el proceso creativo” señaló Mirren.

Por el contrario, The New York Times consideró que el filme desacreditó el genio de Hitchcock y lo presentó como un enfermo, cuando en realidad la influencia de Alma fue solo una anécdota.

Otros autores, como Ana Campoy, han rescatado la figura de Reville. Así lo hizo en la serie infantil Las aventuras de Alfred & Agatha , que recreó las aventuras detectivescas de ambos personajes en la niñez, y en la trama del cuento La caja mágica , incluyó a Reville.

Lady Hitchcock

Aunque Alma Lucy Reville nació el 14 de agosto de 1899, en Inglaterra, su vida pública acabó cuando conoció a un acomplejado aspirante a director de películas, que ocupaba dos asientos en el bus: uno para él y otro para su ego.

Los padres de Alma, Mathew y Lucy, eran protestantes y ella renunció a esa creencia para convertirse al catolicismo y casarse, el 2 de diciembre de 1926, con Alfred Hitchcock, con quien vivió 54 años. Alfred murió en 1980 y ella lo siguió dos años después, el 6 de julio de 1982. Tuvieron una hija, Patricia, que incursionó en el cine pero se retiró tras casarse con Joseph O’Connell. Mal de familia por lo que parece.

Eran el perfecto matrimonio inglés. Hitch y Alma se comportaban como esposos devotos; solían vacacionar en St. Moritz o en el Lago Cuomo, donde habían pasado su luna de miel y eran “habitué” de varios restaurantes donde incluso tenían siempre una mesa reservada.

Pese a las diferencias de temperamento que los chismosos querían encontrar, resolvieron con flema inglesa sus divergencias y se concentraron en la única pasión que los unía: el cine.

La relación personal comenzó cuando ambos trabajaban en la compañía Famous Players-Lasky Studio, filial de la Paramount en Londres. Desde aquellos días, a inicios de los años 20, Alma se convirtió en las dos manos derechas del naciente director: escribía los guiones, editaba, doblaba voces, verificaba la continuidad del relato y supervisaba los decorados. También trabajó un tiempo con otros cineastas: Berthold Viertel y Maurice Elvey.

Si bien algunos exégetas del cine descartan la influencia emocional y profesional de Alma en la vida de Alfred, el conspicuo literato irlandés George Bernard Shaw escribió –en uno de sus libros– esta dedicatoria a Hitchcock: “Para el marido de Alma Reville”.

Alma era solidaria, discreta, paciente, reía mucho y sabía desempeñar diferentes papeles como mujer, profesional, esposa, madre, crítica, operaria fílmica y consejera.

Helen Mirren puntualizó: “Sí, era una ama de casa estupenda y una compañera solidaria y madre devota, pero también tenía ideas propias. Era mucho más que la señora Hitchcock y sus aportaciones al trabajo de su marido eran invaluables”.

Hitch nunca aprobaba nada sin el consentimiento de Alma. Ese regordete, capaz de filmar las escenas más crueles; de estrujar a sus actrices para exprimirles las peores emociones; de llevar el suspenso hasta el paro cardíaco era incapaz de tomar una decisión solo.

Cuando recibió un reconocimiento del American Film Institute, por su vasta carrera, dedicó el premio a cuatro personas que le dieron “su cariño, su reconocimiento, sus ánimos y su colaboración constante”. La primera de ellas fue a una excelente montadora cinematográfica; la segunda una guionista excepcional; la tercera la madre de Pat y la cuarta la mejor cocinera.

El anciano director dijo: “El nombre de las cuatro es Alma Reville. Si la hermosa señorita Reville no hubiera aceptado hace 53 años un contrato vitalicio sin opciones para convertirse en la señora de Alfred Hitchcock, es posible que hoy sería uno de los camareros más lentos del salón”.

“Ella estuvo a punto de morir por un derrame cerebral y superó un cáncer de mama y eso acabó con la carrera de Hitchcock”

Aquella mujer diminuta, que nunca apareció en los créditos de las películas del maestro de Hollywood, aceptó vivir a la sombra para no opacar el brillo del marido.

Ella estuvo a punto de morir por un derrame cerebral y superó un cáncer de mama y eso acabó con la carrera deHitchcock, que vivió atemorizado ante la posibilidad de fallecer antes que su mujer: su alma gemela.

Falso culpable

Si bien Hitchcock tenía una fijación morbosa por las rubias, como Kim Novak, Grace Kelly, Ingrid Bergman o Tippi Hedren, su verdadera obsesión fue Alma; ella era la clave para entender el intrincado laberinto emocional del director.

Uno de los biógrafos del cineasta, William Rothman, sostiene en el libro La mirada asesina , que hay por lo menos tres películas en las cuales Alfred refleja su codependencia con Alma: El caso Paradine , de 1947; Yo confieso , de 1953; y Frenesí , de 1972.

También, Stephen Rebello en el libro Alfred Hitchcock y la realización de Psicosis , expone la tesis de que Reville es la verdadera protagonista de la ópera prima del director inglés; no solo porque aceptó hipotecar la casa para financiar el filme, sino porque incluso propuso la música para la escena del apuñalamiento en la bañera, una de las más tensas y estremecedoras del cine.

“Alma era un enigma para todo el mundo” reveló Mirren a The Telegraph . Así como toleró, e incluso pudo propiciar las perversiones sexuales de su marido con varias actrices, algunos biógrafos han insinuado que ella tuvo un affaire con Whitfield Cook, uno de los guionistas de Extraños en un tren y Pánico en la escena .

Se carece de pruebas para vincular a Reville con Cook, por más celosa o furiosa que estuviera, por los avances de su marido con las protagonistas de sus películas.

Del libro de Pat se desprende que sus padres llegaron a un acuerdo tácito, para que ninguno fuera un obstáculo en los planes del otro; además, Alma vivió en un tiempo donde las mujeres no exigían el reconocimiento a su labor.

Enérgica y de fuerte personalidad, Alma podía ser una “mosquita muerta”, pero de alguna manera cuadraba en los gustos de Hitchcock que prefería a las “mujeres que parecen profesoras, pero dentro de un taxi, te pueden destrozar”.

Solo un alma grande pudo vivir medio siglo sin hacerle sombra al sol; pero aún en la penumbra Alma Reville demostró que tenía su propia fuego, sin tener que robarlo del Olimpo.

 

 

Artículo publicado en https://www.nacion.com

El “pobre idiota” que destronó a Picasso: 100 años de la muerte de Klimt

El árbol de la vida/ArtistaGustav Klimt/Fecha de creación1909

Creó un universo de deseo y provocación, intuyó la decadencia del Imperio Austrohúngaro, escandalizó a los nazis… Y se convirtió en 2006 en el artista más caro del mundo

Si nuestro mundo desapareciera mañana, el arte del siglo XX podría recomponerse en espíritu gracias a los cuadros de Gustav Klimt, del mismo modo que un pedazo de escultura puede decirlo todo sobre una civilización extinguida. Las obras de Klimt tienen también el poder de sintetizar (y refutar) una tradición cultural de siglos, la de un arte vienés que en el cambio de centuria comienza a perder su centralidad al tiempo que el propio Imperio Austrohúngaro decae progresivamente como potencia internacional.

«Klimt es el arte vienés», escribía Margarita Nelken al poco de morir el pintor el 6 de febrero de 1918, hace ahora 100 años. No sólo eso, sino que acierta además a entrever el cataclismo de un continente que en pocas décadas iba a dilapidar toda una herencia de progreso y libertad en un aquelarre de guerras y totalitarismo. Zweig añoraba ese mundo de ayer perdido sin remedio y sucedido por otro de contradicciones y congojas que expresarían la música de Mahler (y, poco después, de Schöenberg), el pensamiento de Wittgenstein y las teorías psicoanalíticas de Freud.

Lady with Fan/ArtistaGustav Klimt/MaterialPintura al aceite

En la frontera entre el siglo XIX y el XX, Mahler remataba su Cuarta sinfonía, un remanso de paz entre composiciones más dramáticas, y Freud publicaba La interpretación de los sueños, donde se inaugura un nuevo modo de entender la mente humana. Klimt concluye por entonces las tres pinturas que le han encargado para decorar el techo del Aula Magna de la Universidad de Viena. Sus FilosofíaMedicina Jurisprudencia, rápidamente tildadas de pornográficas, sorprenden a todo el mundo con un lenguaje plástico abiertamente sexual y provocativo.

Mada Primavesi/Pintura de Gustav Klimt

Políticos, personalidades artísticas y fariseos de toda condición se rasgan las vestiduras, por lo que la universidad decide no colocar las obras de Klimt, que acabarán siendo destruidas por los nazis durante su retirada de la capital austriaca en mayo de 1945.

Antes del escándalo, Klimt es el pintor más influyente de Viena. En 1897 ha cofundado el movimiento conocido como la Sezession, que anticipa la aparición de las vanguardias y cuenta con el respaldo de un Estado que ve con buenos ojos el cosmopolitismo de artistas como Olbrich, Otto Wagner y él mismo, en cuyo programa figura una síntesis cultural afín al universalismo que decía defender el Imperio. Lo que éste no alcanzó a predecir es que una corriente que denigraba las pomposas formas académicas vigentes apuntaba de manera indefectible a la rebelión generacional, la irreverencia y la indagación psicológica sin freno, con acentos claros sobre la sexualidad.

Portrait of Emilie Flöge/ArtistaGustav Klimt

En Klimt, sin embargo, convivían dos almas en contraste, la del artista provocador y la del hijo atento a las habilidades de un padre orfebre y grabador. Esta última circunstancia explica la delicadeza dorada y luminosa de sus creaciones, que muy pronto le permiten destacar como decorador de teatros y complejos termales, para los que idea escenas alegóricas de agradable efecto ornamental. En años posteriores realizará obras muy innovadoras como las malhadadas de la Universidad de Viena, el Friso Beethoven para la muestra de la Secesión de 1902 y el extraordinario friso del palacio de Stoclet de Bruselas, convertido en compendio del art nouveau centro’europeo.

Este último trabajo, pintado al temple, muestra uno de los rasgos clave del arte de Klimt: el contraste entre las franjas decorativas, abstractas, y el marcado realismo de las figuras, muchas veces de evidente contenido simbólico. A la derecha del friso, cuyo tema central es el árbol de la vida, se aprecia el abrazo de un hombre y una mujer que recuerda mucho al de su cuadro más célebre, El beso, creado por la misma época.

En la evolución del artista resultaron capitales los bien escogidos viajes que emprendió por media Europa. Uno de ellos lo llevó a Rávena, donde se familiarizó con la técnica y los resultados cromáticos del mosaico, que luego reprodujo en sus pinturas.

Autor Gustav Klimt, 1907-8
Técnica Óleo sobre tela
Estilo Simbolismo
Tamaño 180 cm × 180 cm

La fascinación que ejerce El beso se debe no sólo a

la intensidad del abandono amoroso de la pareja protagonista, sino también a la atmósfera irrepetible que los rodea, con su textura ornamental de teselas de oro que remiten de forma directa a los mosaicos bizantinos.

Klimt no escandalizaba únicamente con desnudos y posturas provocativas. Hasta el uso que hacía del pan de oro, no para ponerlo al servicio de una obra de carácter religioso -como era tradicional desde el arte medieval- sino para celebrar los placeres terrenales, le valió la acusación de blasfemo por parte de los ortodoxos que abundan en toda época y lugar.

Lady with Hat and Feather Boa/ArtistaGustav Klimt/PeríodoModernismo

En lo personal, el pintor era y se tenía por alguien «poco interesante» cuyos hábitos eran de todo menos escandalosos. Vivió siempre en el mismo piso con su madre y dos de sus hermanas, incluso estando con su compañera inseparable, Emilie Flöge, con quien nunca quiso casarse. En lo artístico, admitía su admiración tanto por Durero y los artistas medievales como por la exótica escuela Rinpa japonesa; es innegable en él la influencia de los dibujos eróticos de Ingres y Rodin, y el valor de la línea en su obra le desliza a partir de 1910 hacia el expresionismo, en una aventura en la que le acompañarán sus paisanos Kokoschka y Schiele.

Gustav Klimt – “Esperanza II” (1907-1908, óleo, oro y platino sobre lienzo, 110 x 110 cm, MOMA, Nueva York)

 

Otro cambio de siglo, el del XX al XXI, vio la explosión de las piezas de Klimt en las subastas de arte. Un paisaje del lago Attersee, adonde acudía cada año de vacaciones con Emilie, se vendió en 2003 por 29 millones de dólares. Esa cifra la superó holgadamente tres años más tarde el primero de sus dos retratos de Adele Bloch-Bauer, adquirido por 135 millones por la Neue Galerie de Nueva York, donde se exhibe desde entonces.

Refinamiento, un «lejano orientalismo» que citaba Nelken en su necrológica de hace un siglo, estética inconfundible, cierto aroma decadente… Todo eso se ha mencionado como responsable de la popularidad actual de Klimt, a la que no ha sido ajeno el cine. John Malkovich protagonizó un biopic del artista en 2006 y Helen Mirren encarnó en La dama de oro a Maria Altmann, sobrina y heredera de Adele Bloch-Bauer que consiguió que se le restituyera uno de los retratos de su tía y otras obras de Klimt tras un largo pleito con el Gobierno austriaco.

El Retrato de Adele Bloch-Bauer I, también conocida como La dama dorada o La dama de oro, ​ es una pintura de Gustav Klimt completada en 1907

 

Curiosidades de la vida: Klimt fue a la misma escuela de Viena que rechazó a Hitler; Maria Altmann estuvo representada en el juicio por un nieto de Arnold Schöenberg, y el cuadro de Bloch-Bauer fue robado y rebautizado por los nazis como La dama de oro para ocultar el nombre inequívocamente judío de la retratada.

After the Rain (Garden with Chickens in St. Agatha)/Gustav Klimt/Date: 1899

 

Artículo publicado http://www.elmundo.es/papel/historias

Monte Athos: La llamada de la montaña sagrada

En el norte de Grecia, la ancestral comunidad monástica de Monte Athos sigue atrayendo a hombres que ansían aplacar su hambre espiritual. Atardece y un monje ortodoxo recoge caquis. Su vida apenas difiere de la que llevaban sus hermanos hace mil años.

 

La península santa de Monte Athos se interna 50 kilómetros en el mar Egeo como un apéndice empeñado en desligarse del cuerpo laico de la Grecia nororiental. Durante el último milenio ha estado habitada por una comunidad de monjes ortodoxos, resueltos a vivir alejados de todo cuanto no sea Dios.

Reducto de anacoretas, el monasterio de Simonos Petras se fundó en 1257 a más de 300 metros por encima del mar Egeo. Es uno de los 20 cenobios de la escarpada península, un popular centro de peregrinación que algunos llaman «el Tibet cristiano».

 

Su único propósito en la vida es la comunión con JesucristoSu hogar es la quintaesencia del aislamiento, una tierra batida por las olas, con frondosos bosques de castaños y el espectro de los más de 2.000 metros de altura del monte Athos, veteado de nieve.

Los monjes salmodian «Christos anesti» (Cristo ha resucitado) durante una vigilia pascual que pone fin a siete semanas de ayuno solemne. Los monjes se levantan para orar durante la madrugada, pues creen que es cuando el corazón es más receptivo.

 

Moradores de la veintena de monasterios, la docena de claustros o la centena de celdas que hay en la península, los monjes se aíslan incluso entre sí y dedican la mayor parte del tiempo a orar en soledad. Con sus largas barbas y ropas negras, símbolo de su renuncia al mundo, parecen fundirse con un fresco bizantino, una hermandad atemporal de ritual, máxima sencillez y culto constante, pero también de imperfección. Son conscientes, y así lo expresa uno de los an­­cianos, de que «incluso en Monte Athos somos humanos, caminando siempre en la cuerda floja».

En el abad encuentra a su padre espiritual, aunque trata con reverencia a todos los monjes ancianos.

 

Sólo son hombres, y hombres exclusivamente. Desde que existe como tal, una tradición inflexible prohíbe a las mujeres poner los pies en Monte Athos. La veda responde más a la debilidad que al odio. «Si por aquí apareciesen mujeres, dos de cada tres nos iríamos con ellas para casarnos», asegura un monje.

Camino de Santidad

Durante la Pascua, un monje encabeza una procesión de miembros de la congregación y visitantes laicos y llama a la oración golpeando con un mazo una madera.

 

El monje corta el vínculo con su madre, pero encuentra otra: la Virgen María. Según la leyenda, María navegaba hacia Chipre cuando el viento la desvió de su rumbo, desembarcó en Monte Athos y bendijo a sus moradores paganos, que se convirtieron. También traba una estrecha relación con el abad de su monasterio o con el decano de su celda, quien se convierte en un padre espiritual y, en palabras de un monje, «me ayuda a hallar mi relación personal con Cristo». La jubilación o el fallecimiento de tales eminencias puede ser duro para los monjes más jóvenes. Y que un joven decida volver al mundo puede causar traumas parecidos. «El año pasado se marchó uno –recuerda un anciano–. No me lo consultó –añade en un tono propio de un padre disgustado–, así que hizo bien en marcharse.»

 
El solitario padre Seraphim recorre a pie los kilómetros que separan su ermita de esta cabaña, donde trabaja envasando la miel de un colmenar cercano.

Los monjes cristianos (la palabra monje deriva de la raíz griega monos, «solo») fundaron los pri­meros refugios colectivos, o monasterios, en el desierto egipcio durante el siglo IV. La costumbre se extendió por Oriente Medio hasta alcanzar Europa, y en el siglo IX los eremitas habían llegado a Monte Athos. Desde entonces, y a medida que la civilización ha ido ganando en complejidad, se han multiplicado los motivos que inducen a alejarse de la sociedad y abrazar la vida monástica. Después de que las dos guerras mundiales y la instauración del bloque comunista redujeran el número de monjes (hasta llegar a 1.145 en 1971), en las últimas décadas ha habido un repunte. Un flujo constante de jóvenes (muchos universitarios, y no pocos procedentes del extinto bloque soviético) ha incrementado la población de Monte Athos a casi 2.000 monjes y novicios, al tiempo que la entrada de Grecia en la Unión Europea en 1981 permitió a la península acceder a fondos de conservación.

Estos dos monjes llevan más de 50 años compartiendo celda. El humor ayuda a mantener la armonía, al igual que el respeto por la edad. El padre Nektarios (a la izquierda) dice del padre Christoforos: «Todos estos años ha seguido mi parecer, pues lo supero en edad».

 

«Aquí hay 2.000 historias: cada uno ha seguido su propio camino espiritual», explica el padre Maximos, quien comenzó el suyo en Long Island siendo fan adolescente de músicos como Lou Reed y Leonard Cohen, llegó a pro­fesor de teología en Harvard y al final renunció a todo para «vivir más cerca de Dios». Los inicios de muchas de esas andaduras no fueron nada fáciles. Un muchacho ateniense se escapa de casa, y cuando su hermano se presenta en Monte Athos para llevárselo consigo de vuelta, el chico advierte: «Volveré a escaparme». El hijo de un tendero de Pittsburgh deja a sus padres estupefactos con una decisión (que, reconoce dos años después, tal vez no sea para siempre), diciendo: «¿Quién sabe qué planes tendrá Dios?». Si un aspirante parece no estar preparado, su padre espiritual lo insta a regresar a su vida seglar. De lo contrario, el candidato será tonsurado en una ceremonia a la luz de las velas. El abad le rasura una reducida zona del pelo en forma de cruz y le impone el nombre de un santo: ha nacido un monje.

Custodiada por los 2.033 metros del monte Athos y veteada de sendas que todavía se recorren a pie y en mula, la quietud del lugar atrae a miles de peregrinos: sólo hombres. Consagrada a la Virgen María, la península está vedada a las mujeres y a las tentaciones que podrían representar.

 

Su historia no termina, ni mucho menos, con la llegada a Monte Athos. Un australiano hippy y rebelde de nombre Peter es hoy el padre Ierotheos, avezado barítono del monasterio de Iviron. El padre Anastasios aprendió a pintar en Monte Athos y ahora expone en lugares tan dispares como Helsinki y Granada. El padre Epifanios se propuso restaurar los antiguos viñedos de Mylopotamos, y hoy exporta un caldo excelente a cuatro países, además de haber publicado un libro de recetas monacales en tres idiomas.

Los monjes del monasterio de Esfigmenou recogen aceitunas como siempre han hecho. Pero su clamoroso desprecio hacia los patriarcas ortodoxos decididos a reconciliarse con la Iglesia Católica Romana les ha valido el repudio del órgano de gobierno de Monte Athos.

 

En lo bueno y en lo malo, la hermandad monástica se compone de hombres que en última instancia no son otra cosa que eso, hombres de carne y hueso bajo los hábitos de monje. Algunos, independientes por naturaleza, optan por vivir a su aire en celdas diseminadas por el campo. Otros pecan de mezquindad; de hecho, «la vida monástica puede llegar a consumirse en pequeñas ruindades», asegura un monje. Con todo, los mejores son hombres de buena voluntad. El padre Makarios, de la celda de Marouda, cerca de Karyes, es uno de ellos. Ofrece a unos extraños su abrigo de repuesto, su cuarto de invitados, todo el dinero que lleva en el bolsillo. «La verdadera fe –dice este monje de 58 años– te da libertad. Te da amor.»

El padre Mardarios, antiguo portero de discoteca, limpia el terreno para plantar un jardín. «Demasiadas rocas –gruñe–, como mis pecados.»

Los monasterios no son lugares monolíticos, y no tienen el carácter rígido, severo e inflexible que cabría esperar. El cenobio de Vatopediou, situado junto al mar, atesora verdaderas joyas bizantinas, y también ambición (entre sus monjes hay un director de orquesta), mientras que el de Konstamonitou, decididamente agrario, abraza un modo de vida rústico sin electricidad ni donaciones de la Unión Europea. («Esas comodidades coartan el ascetismo», observa uno de los monjes de más edad.) Los monjes de Monte Athos no renunciaron a su audacia humana, como atestigua la gloriosa ubicación de Simonos Petras, un monasterio suspendido a gran altura sobre una marina infinita, se diría que agarrado a una escalera hacia el cielo. Algunos monjes, no obstante, se recluyen en la aridez eremítica de las cuevas que salpican los barrancos de Karoulia. Otros optan por el fanatismo. Es el caso de los moradores de Esfigmenou, un mo­­nasterio que en sus mil años de historia sufrió el azote de piratas y otomanos represivos, pero que hoy es víctima de su propio radicalismo. Tras abjurar de la política de diálogo con otras confesiones cristianas abogada por los Patriarcas Ecuménicos y exhibir una pancarta con las palabras «Ortodoxia o Muerte», la hermandad de Esfigmenou fue expulsada por el órgano de gobierno de Monte Athos, conocida como la Santa Comunidad. Subsiste alimentándose del desafío del proscrito y de las donaciones de simpatizantes del mundo exterior. «No cejaremos en nuestra lucha –declara su abad renegado–. Ciframos nuestra esperanza en Cristo y en la Santa Madre, en nadie más.»

Una trinidad de sol, cielo y mar conforma el evocador telón de fondo del monasterio de Xenofontos. De acuerdo con la tradición ortodoxa, Noé convocó a los animales al arca golpeando una maza de madera contra una tabla. Hoy otras mazas (en primer plano) llaman a los monjes a la oración.

Salir de Monte Athos es, en el decir de sus mo­­radores, «salir al mundo». Aunque éstos persiguen lo espiritual, la península sigue anclada a la Tierra, y unos 2.000 trabajadores seglares la comparten con el mismo número aproximado de monjes. Monte Athos pertenece a Grecia desde 1924. El gobierno local tiene su sede en Karyes, la capital y la terminal de llegada de los envíos del mundo exterior y de los peregrinos ortodoxos. Para visitar la península hace falta un permiso especial; la Santa Comunidad admite unos 100 hombres en estancias de cuatro días.

El monje abandona a su familia para integrarse en otra. Disfruta de la comunión con sus hermanos a la hora de comer, siempre en silencio, como en el ornado refectorio bizantino del monasterio de Xenofontos.

 

Confluencia de visitantes y monjes residentes, Karyes es un hervidero de incongruencias: un monje que avanza pesadamente por el empedrado con un báculo en una mano y una bolsa Nike en la otra; tiendas que venden tanto velas y rosarios como botellas de ouzo. La policía se ocupa de los esporádicos casos de embriaguez en la vía pública o hurtos en los comercios. La Santa Co­­munidad, el parlamento de funcionamiento ininterrumpido más dilatado del mundo, también reside en Karyes. Sus miembros debaten temas tan enjundiosos como las relaciones con la UE y tan nimios como quién ha de alquilar este o aquel comercio. En Monte Athos, cada cambio constituye un riesgo que se debe sopesar.

Los ojos humedecidos revelan una profunda emoción cuando el padre Agapio asiste a una tonsura, la ceremonia de iniciación que convierte al novicio en monje. En las últimas cuatro décadas un flujo constante de hombres jóvenes ha nutrido enormemente la comunidad religiosa de Monte Atos, reduciendo la media de edad a 45-50 años.

 

Monte Athos ha sobrevivido a base de adaptarse cuando ha sido necesario, pero siempre con recelo. San Athanasios, fundador del monasterio de Megistis Lavras en 963, enfureció a los eremitas al introducir una arquitectura osada en un paisaje hasta entonces rústico. Las carreteras y los autobuses primero, después la electricidad, luego los teléfonos móviles: todo ha inspirado inquietud. La última intrusión es Internet. Algunos monasterios han hecho ya tímidas incursiones en el ciberespacio para comprar repuestos, comunicarse con abogados, acceder a textos de estudio. «Es peligroso estar conectados con el mundo exterior», advierte un monje.

Los monjes siguen unidos en la muerte: sus huesos se lavan en vino tinto, ecos de una ancestral costumbre griega, y se depositan juntos en un osario. Dice el padre Makarios de Simonos Petras: «Para quienes se consideran ya muertos a ojos del mundo y viven para Dios, es fácil dejar este mundo».

 

El mundo exterior se infiltra todavía más. Los monjes más jóvenes tienen títulos universitarios, ordenadores portátiles y escasa experiencia en la cría de gallinas. Casi todas las mulas de antaño han sido reemplazadas por Range Rovers.

Pero la hermandad avanza como siempre ha hecho: a paso de tortuga, siempre ensimismada, deleitándose en lo invisible: «digiriendo la muerte –en palabras de uno de sus más eminentes estudiosos, el padre Vasileios– antes de que ella nos digiera a nosotros».

 

Artículo compartido desde: http://www.nationalgeographic.com.es

Joaquín Torres-García, la geometría del arte

 

“Arte abstracto en cinco tonos y complementario”, 

Si echamos un vistazo a los nombres más destacados de la historia del arte hay una seña de identidad común a todos ellos que, en una primera impresión, nos resultará aparentemente contradictoria. Cada uno de ellos puede adscribirse a una o varias corrientes artísticas fácilmente identificables, es decir, siguen una escuela y se consideran herederos de una tradición, pero al mismo tiempo tienen una profunda individualidad, un sello personal que los hace únicos. Podrían mostrarnos por ejemplo Campo de trigo con cipreses de Vincent van Gogh o Kiss de Prince y distinguiríamos en ella claramente el estilo de sus autores aunque no supiéramos quién las firmaba, como también seríamos capaces de situarlas en una época y lugar bastante aproximados. De manera que el artista absorbe la realidad circundante, se sumerge en las técnicas y modas de su momento y a partir de ahí sigue su propio camino creando algo inequívocamente original y trascendente. Pues bien, esa es exactamente la impresión que provoca en el espectador Joaquín Torres-García: un pintor nacido en Uruguay en 1874, aunque formado en Barcelona, que supo encontrar su propia personalidad artística pese a no dejar ni por un segundo de adscribirse a todas las maneras y manías de su época.

“Hombre constructivo”, 

“Constructivo en Gris y Negro con Centro Rojo” ,  

Una de ellas, probablemente la que peor ha envejecido quizá por su uso y abuso, es la de teorizar en torno al arte. Tradicionalmente un pintor se dedicaba a pintar, un arquitecto ideaba edificios y un músico componía y tocaba. ¿Sencillo, verdad? Pues tuvo que llegar el siglo XX y todos ellos se pusieron además a hablar de lo que hacían, en ocasiones frenéticamente, e incluso más de uno en lugar de hacerlo. Se sucedieron los manifiestos y las proclamas pretendidamente filosóficas, dando instrucciones al receptor acerca de cómo interpretar su obra, arrebatándole así la libertad para interpretar lo que ve y oye. Nuestro protagonista se subió a ese tren me temo que con irreprimible entusiasmo. En uno de los libros que escribió, La tradición del hombre abstracto, comenzaba diciendo: «Al terminar una de mis conferencias de arte, —hará de esto unos cuatro años— se acercó a mí, para hablarme, uno de nuestros mejores poetas, el cual me dijo: “es usted un doctrinario”. Pues bien: hoy veo que caló perfectamente mi espíritu». Doctrinario, así es como se identificaba, para a continuación lanzarse a una divagación en torno a que «la humanidad es una unidad. El cosmos es una unidad: hay que solidarizarse con todo (…) Lo vital y lo abstracto se identifican. El descubrimiento de tal nexo es el conocimiento de lo real profundo: vida y geometría. Hombre y universo». Parece que en el momento de escribirlo su mente estuviera más allá de donde actualmente se encuentra la Pioneer 10, pero más interés tiene por otra parte su visión del arte, cuya historia a su juicio se define por la tensión entre dos extremos: el arte geométrico y el imitativo. «El primer balbuceo del arte es imitativo», afirmaba, mientras que el primero «es el arte verdadero». Encontró en la geometría de las formas el ideal al que quiso consagrarse en su obra artística y es en esta, formada por más de ciento setenta piezas, donde pudo hacer volar su talento y dejar una huella imperecedera, más allá de las en ocasiones erráticas especulaciones en las que cayó como tantos otros de su generación. Por su práctica y no por su teoría lo juzgaremos entonces.

“El Puerto de Barcelona”, 

América Invertida”, 

GéneroArte abstracto

Su primer oleo lo realizó con diecisiete años, justo cuando había regresado a España junto con su familia. Poco después, en 1894, ingresó en la Escuela Oficial de Bellas Artes de Barcelona y desde ese momento mantuvo un estrecho vínculo con las grandes figuras del momento, desde el arquitecto Antonio Gaudí (con el que llegaría a colaborar realizando vitrales para la Sagrada Familia) hasta escritores como Eugenio D’Ors, quien reseñó parte de su obra en exposiciones. De 1911 es La Filosofía presentada por Palas en el Parnaso como décima musa, más próxima a ese arte imitativo que más adelante tanto desdeñaría, aunque en ella ya se percibe su gusto por la pureza de las formas. Hacia 1915 comenzó a sentir atracción por las vanguardias y durante los años siguientes continuaría conociendo a otros grandes artistas de su tiempo como Mondrian y Bourgeois (la autora de la araña gigante del Museo Guggenheim de Bilbao) y viviendo en ciudades como París y Nueva York, donde crearía los juguetes de piezas Aladino.

“Arte constructivo” 

A partir de 1928 comenzaría a centrarse en sus característicos entramados de formas y colores, como el que vemos sobre estas líneas, que continuaría realizando a lo largo de los años treinta ya de regreso a su Montevideo natal. Allí permanecería hasta su muerte en 1949, dedicado al constructivismo o «universalismo constructivo» y la teoría artística, que difundiría mediante la fundación de una revista, Círculo y Cuadrado, y una escuela, Taller Torres García. Pese a gozar de un gran reconocimiento en vida, tras su muerte sería aún mayor, lo que supuso que su obra sería expuesta en museos como el MoMA de Nueva York o el Museo Picasso Málaga.

Figuras a cinco colores
Artículo firmado por , para http://www.jotdown.es/2016/06