El idioma de los argentinos

Jorge Luis Borges

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Señoras, señores:

Nunca la equivocación fue tan elocuente como en esa versión apócrifa de mi yo, que el doctor Arturo Capdevila ha pronunciado con benevolente injusticia. Por mi parte, quiero decirle mi gratitud; ya mi ningún merecimiento se encargará, aunque nadie lo quiera, de vuestro desengaño y de una presentación más verídica. Soy hombre acostumbrado a escribir, nunca a perorar, y esa haragana artillería hacia lo invisible, que es la escritura, no es un aprendizaje eficaz de las persuasiones instantáneas del orador. Una multiplicada resignación —vuestra y mía— es, pues, aconsejable.

 

El idioma de los argentinos es mi sujeto. Esa locución, idioma argentino, será, a juicio de muchos, una mera travesura sintáctica, una forzada aproximación de dos voces sin correspondencia objetiva. Algo como decir poesía pura o movimiento continuo o los historiadores más antiguos del porvenir. Un embeleco de que ninguna realidad es sostén. A esa posible observación contestaré luego; básteme señalar que muchos conceptos fueron en su principio meras casualidades verbales y que después el tiempo las confirmó. Sospecho que la palabra infinito fue alguna vez una insípida equivalencia de inacabado; ahora es una de las perfecciones de Dios en la teología y un discutidero en la metafísica y un énfasis popularizado en las letras y una finísima concepción renovada en las matemáticas —Russell explica la adición y multiplicación y potenciación de números cardinales infinitos y el porqué de sus dinastías casi terribles— y una verdadera intuición al mirar al cielo. Parejamente, cuando las atracciones inmediatas de una hermosura o las de su bien cuidado recuerdo están sobre nosotros, ¿quién no ha sentido que las palabras elogiosas que ya preexisten, son como proféticas de ella, como corazonadas ? La palabra linda es previsión de la novia de cada uno y de ella nomás. No me quiero apoyar en otros ejemplos; hay demasiados.

Dos influencias antagónicas entre sí militan contra un habla argentina. Una es la de quienes imaginan que esa habla ya está prefigurada en el arrabalero de los saínetes; otra es la de los casticistas o españolados que creen en lo cabal del idioma y en la impiedad o inutilidad de su refacción.

 

Miremos la primera de esas erratas. El arrabalero, si su nombre no está mintiendo, es dialecto de los arrabales u orillas; es la conversación usual de Liniers, de Saavedra, de San Cristóbal Sur. Esa conjetura es errónea: no hay quien no sienta que nuestra palabra arrabal es de carácter más económico que geográfico. Arrabal es todo conventillo del Centro. Arrabal es la esquina última de Uriburu, con el paredón final de la Recoleta y los compadritos amargos en un portón y ese desvalido almacén y la blanqueada hilera de casas bajas, en calmosa esperanza, ignoro si de la revolución social o de un organito. Arrabal son esos huecos barrios vacíos en que suele desordenarse Buenos Aires por el oeste y donde la bandera colorada de los remates —la de nuestra epopeya civil del horno de ladrillos y de las mensualidades y de las coimas— va descubriendo América. Arrabal es el rencor obrero en Parque Patricios y el razonamiento de ese rencor en diarios impúdicos. Arrabal es el bien plantado corralón, duro para morir, que persiste por Entre Ríos o por Las Heras y la casita que no se anima a la calle y que detrás de un portón de madera oscura nos resplandece, orillada de un corredor y un patio con plantas. Arrabal es el arrinconado bajo de Núñez con las habitaciones de zinc, y con los puentecitos de tabla sobre el agua deleznada de los zanjones, y con el carro de las varas al aire en el callejón. Arrabal es demasiado contraste para que su voz no cambie nunca. No hay un dialecto general de nuestras clases pobres: el arrabalero no lo es. El criollo no lo usa, la mujer lo habla sin ninguna frecuencia, el propio compadrito lo exhibe con evidente y descarada farolería, para gallear. El vocabulario es misérrimo: una veintena de representaciones lo informa y una viciosa turbamulta de sinónimos lo complica. Tan angosto es, que los saineteros que lo frecuentan tienen que inventarle palabras y han recurrido a la harto significativa viveza de invertir las de siempre. Esa indigencia es natural, ya que el arrabalero no es sino una decantación o divulgación del lunfardo, que es jerigonza ocultadiza de los ladrones. El lunfardo es un vocabulario gremial como tantos otros, es la tecnología de la furca y de la ganzúa. Imaginar que esa lengua técnica —lengua especializada en la infamia y sin palabras de intención general— puede arrinconar al castellano, es como trasoñar que el dialecto de las matemáticas o de la cerrajería puede ascender a único idioma. Ni el inglés ha sido arrinconado por elslang ni el español de España por la germanía de ayer o por el caló agitanado de hoy. Y eso que el caló es idioma abundoso, como que deriva del zíngaro y de la adición de una de sus variantes a la germanía o jerigonza delincuente española del mil seiscientos.

 

El arrabalero, por lo demás, es cosa tan sin alma y fortuita que las dos clásicas figuraciones literarias de nuestro suburbio pudieron llevarse a cabo sin él. Ni el entrerriano decidor José Sixto Álvarez ni el entrerriano un poco chacotón y un poco triste que en todos los recuerdos de Palermo sigue colaborando, el ya genial muchacho Carriego, le dieron su favor. Ambos supieron el dialecto lunfardo y lo soslayaron: Álvarez, en sus Memorias de un vigilante, publicadas el año noventa y siete, dilucidó muchas de sus palabras y giros; Carriego se entretuvo en alguna décima en broma y se desentendió de firmarla. Lo cierto es que entre los dos opinaron que ni para las diabluras de la gracia criolla ni para la recatada piedad, el lunfardo es bueno. Tampoco don Francisco A. Sicardi, en ese su infinito y barroso y huracanado Libro extraño, se sirvió de él.

 

Sin embargo, ¿a qué alegar ejemplos ilustres? El pueblo de Buenos Aires —nada sospechoso, como es, de remilgos de casticismo— jamás versificó en esa jerga. Las milongas, que fueron la obradora y díscola voz de los compadritos, nunca la frecuentaron. Eso es natural, puesto que una cosa fueron los compadres de barrio —el cuarteador, obrero o carnicero que apuntalaba esquinas por esas calles de Balvanera o por Monserrat— y otra los forajidos que matreriaban por el bajo de Palermo o hacia la Quema. Los primeros tangos, los antiguos tangos dichosos, nunca sobrellevaron letra lunfarda: afectación que la novelera tilinguería actual hace obligatoria y que los llena de secreteo y de falso énfasis. Cada tango nuevo, redactado en el sedicente idioma popular, es un acertijo, sin que le falten las diversas lecciones, los corolarios, los lugares oscuros y la documentada discusión de comentadores. Esa tiniebla es lógica; el pueblo no precisa añadirse color local; el simulador trasueña que lo precisa y es costumbre que se le vaya la mano en la operación. Alma orillera y vocabulario de todos, hubo en la vivaracha milonga; cursilería internacional y vocabulario forajido hay en el tango.

 

No insistiré. Si la causa es buena y está previamente ganada, la acumulación de pruebas es una costumbre dañina y hace de la adquirida o recuperada verdad, un lugar común. Desertar porque sí de la casi universalidad del idioma, para esconderse en un dialecto chucaro y receloso —jerga aclimatada en la infamia, jerigonza carcelaria y conventillera que nos convertiría en hipócritas al revés, en hipócritas de la malvivencia y de la ruindad— es proyecto de malhumorados y rezongones. Ese programa de trágica pequeñez fue declinado ya por De Vedia, por Miguel Cañé, por Quesada, por Costa Álvarez, por Groussac. ¿Se rechazará la carabela en nombre de la jangada?, hizo como que preguntaba este último, con ejercitada ironía.

 

Ahora quiero olvidarme del arrabalero y paso a comentar una distinta equivocación, la que postula lo perfecto de nuestro idioma y la impía inutilidad de refaccionarlo. Su mayor y solo argumento consta de las sesenta mil palabras que nuestro diccionario, el de los españoles, registra. Yo insinúo que esa superioridad numérica es ventaja aparencial, no esencial, y que el solo idioma infinito —el de las matemáticas— se basta con una docena de signos para no dejarse distanciar por número alguno. Es decir, el diccionario algorítmico de una página —con los guarismos, las rayitas, las crucecitas— es, virtualmente, el más acaudalado de cuantos hay. La numerosidad de representaciones es lo que importa, no la de signos. Ésta es superstición aritmética, pedantería, afán de coleccionista y de filatero. Es sabido que el obispo anglicano Wilkins, el más inteligente utopista en trances de idioma que pensó nunca, planeó un sistema de escritura internacional o simbología que con sólo dos mil cuarenta signos sobre papel pentagramado, sabía inventariar cualquier realidad. Esa su música silenciosa, claro es, no comportaba obligatoriamente ningún sonido. Ésa es ventaja máxima y qué más quisiera yo que hablar de ella, pero la sedicente riqueza del castellano debe, ahora, atarearme.

 

La riqueza del español es el otro nombre eufemístico de su muerte. Abre el patán y el que no es patán nuestro diccionario y se queda maravillado frente al sinfín de voces que están en él y que no están en ninguna boca. No hay un lector, por más lector de otras publicaciones que sea, que no resulte convencido de ignorancia frente a esas páginas. El criterio acumulativo que las dirige —el que sigue cargando sobre el léxico de la Academia los vocabularios enteros de germanía, de heráldica, de arcaísmos— ha reunido esas defunciones. El conjunto es un espectáculo necrológico deliberado y constituye nuestro envidiado tesoro de voces pintorescas, felices y expresivas, según en laGramática de la Academia se puede leer. Pintorescas, felices y expresivas. Esa trinidad de seudo palabras —dichas sin mayor precisión y sólo justificables por el común ambiente vanaglorioso es del más puro estilo indecidor de esos académicos.

 

La sinonimia perfecta es lo que ellos quieren, el sermón hispánico. El máximo desfile verbal, aunque de fantasmas o de ausentes o de difuntos. La falta de expresión nada importa; lo que importa son los arreos, galas y riquezas del español, por otro nombre el fraude. La sueñera mental y la concepción acústica del estilo son las que fomentan sinónimos: palabras que sin la incomodidad de cambiar de idea, cambian de ruido. La Academia los apadrina con entusiasmo. Traslado aquí la recomendación que les da: La abundancia y variedad de palabras (dice) fue tan estimada en nuestros siglos de oro, que los preceptistas no se cansaban de recomendarla. Si cualquier gramático, verbigracia, tenía que autorizarse con el dictado de Nebrija, rara vez hubo de repetir la misma frase, variándola gallardamente de esta o parecida manera: así lo afirma Nebrija, así lo siente, asi lo enseña, asi lo dice, lo advierte así, tal es su opinión, tal su parecer, tal su juicio, según le place a Nebrija, si creemos al Ennio español, o empleando otros giros no menos discretos que oportunos (Gramática de la Academia, parte segunda, capítulo siete). Yo creo de veras que esa retahíla de equivalencias es recurso tan ajeno a la literatura como la posesión o no posesión de una nítida caligrafía. Por lo demás, la falible magnificencia de los sinónimos es tan indiscutida por la Academia que ésta los suele ver hasta donde no están, y así en lugar de decir hacerse ilusiones —frase que declara solecismo, no sé por qué— propone que digamos con metáforas de herrería forjarse ilusiones o quimeras, o si no a lo sonámbulo: alucinarse, soñar despierto.

 

Afirmar una ya conseguida plenitud del habla española, es ilógico y es inmoral. Es ilógico, puesto que la perfección de un idioma postularía un gran pensamiento o un gran sentir, vale decir una gran literatura poética o filosófica, favores que no se domiciliaron nunca en España; es inmoral, en cuanto abandona al ayer, la más íntima posesión de todos nosotros: el porvenir, el gran pasado mañana argentino. Confieso —no de mala voluntad y hasta con presteza y dicha en el ánimo— que algún ejemplo de genialidad española vale por literaturas enteras: don Francisco de Quevedo, Miguel de Cervantes. ¿Quién más? Dicen que don Luis de Góngora, dicen que Gracián, dicen que el Arcipreste. No los escondo, pero tampoco quiero acortarle voz a la observación de que el común de la literatura española fue siempre fastidioso. Su cotidianería, su término medio, su gente, siempre vivió de las descansadas artes del plagio. El que no es genio, es nadie; el único recurso español es genialidad. Tanto es así que el español no sospechoso de genialidad, nunca recabó una página buena. Las que Menéndez y Pelayo escribió, tan festejadas por la claridad pedagógica de su prosa, son evidentes a fuerza de redundancias y límpidas de puro sabidas y consabidas. Sobre las de Unamuno no hablo; hay una seria presunción de genialidad en el caso de él. Si un español sabe escribir bien —eso que llaman escribir bien, eso de la bien plantada sentencia y del verbo no obligatorio— podemos inferir que es inteligente; si un francés, ya no. Difusa y no de oro es la mediocridad española de nuestra lengua.

 

Esa superioridad numérica de que se alaba, es acopio inútil. El procedimiento simplista usado —o abusado— por el conde de Casa Valencia para cotejar el francés con el castellano, indicaría que no es corriente mi parecer. Manejó la estadística el tal señor y averiguó que las palabras registradas por el diccionario de la Academia Española eran casi sesenta mil y que las del diccionario francés eran treinta y un mil solamente. Esa comprobación lo alegró. Sin embargo, ¿quiere decir acaso este censo que un hablista hispánico gobierna veintinueve mil representaciones más que un francés? La inducción nos queda grandísima. Yo interrogo: Si la superioridad numérica de un idioma no es canjeable en superioridad mental, representativa, ¿a qué envalentonarse con ella? En cambio, si el criterio numérico es valedero, todo pensamiento es pobrísimo si no lo piensan en inglés o alemán, cuyos diccionarios acaudalan más de cien mil palabras cada uno. La prueba se efectúa siempre con el francés: prueba en que hay trampa, porque la cortedad léxica de ese idioma es economía y ha sido estimulada por sus retóricos. Servicial o no, el vocabulario chico de Racine es deliberado. Es austeridad, no indigencia. Quiero resumir lo antedicho. Dos conductas de idioma veo en los escritores de aquí: una, la de los saineteros que escriben un lenguaje que ninguno habla y que si a veces gusta, es precisamente por su aire exagerativo y caricatural, por lo forastero que suena; otra, la de los cultos, que mueren de la muerte prestada del español. Ambos divergen del idioma corriente: los unos remedan la dicción de la fechoría; los otros, la del memorioso y problemático español de los diccionarios. Equidistante de sus copias, el no escrito idioma argentino sigue diciéndonos, el de nuestra pasión, el de nuestra casa, el de la confianza, el de la conversada amistad.

 

Mejor lo hicieron nuestros mayores. El tono de su escritura fue el de su voz; su boca no fue la contradicción de su mano. Fueron argentinos con dignidad: su decirse criollos no fue una arrogancia orillera ni un malhumor. Escribieron el dialecto usual de sus días: ni recaer en españoles ni degenerar en malevos fue su apetencia. Pienso en Esteban Echeverría, en Domingo Faustino Sarmiento, en Vicente Fidel López, en Lucio V Mansilla, en Eduardo Wilde. Dijeron bien en argentino: cosa en desuso. No precisaron disfrazarse de otros ni dragonear de recién venidos, para escribir. Hoy, esa naturalidad se gastó. Dos deliberaciones opuestas, la seudo plebeya y la seudo hispánica, dirigen las escrituras de ahora. El que no se aguaranga para escribir y se hace el peón de estancia o el matrero o el valentón, trata de españolarse o asume un español gaseoso, abstraído, internacional, sin posibilidad de patria ninguna. Las singulares excepciones que restan —la de don Eduardo Schiaffino, la de Güiraldes— son de las que honran. El hecho, claro está, es sintomático. Ser argentino en los días peleados de nuestro origen no fue seguramente una felicidad: fue una misión. Fue una necesidad de hacer patria, fue un riesgo hermoso, que comportaba, por ser riesgo, un orgullo. Ahora es ocupación descansadísima la de argentino. Nadie trasueña que tengamos algo que hacer. Pasar desapercibidos, hacernos perdonar esa guarangada del tango, descreer de todos los fervores a lo francés y no entusiasmarse, es opinión de muchos. Hacerse el mazorquero o el quichua, es carnaval de otros. Pero la argentinidad debería ser mucho más que una supresión o que un espectáculo. Debería ser una vocación.

 

Muchos, con intención de desconfianza, interrogarán: ¿Qué zanja insuperable hay entre el español de los españoles y el de nuestra conversación argentina? Yo les respondo que ninguna, venturosamente para la entendibilidad general de nuestro decir. Un matiz de diferenciación si lo hay: matiz que es lo bastante discreto para no entorpecer la circulación total del idioma y lo bastante nítido para que en él oigamos la patria. No pienso aquí en los algunos miles de palabras privativas que intercalamos y que los peninsulares no entienden. Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual. No hemos variado el sentido intrínseco de las palabras, pero sí su connotación. Esa divergencia, nula en la prosa argumentativa o en la didáctica, es grande en lo que mira a las emociones. Nuestra discusión será hispana, pero nuestro verso, nuestro humorismo, ya son de aquí. Lo emotivo —desolador o alegrador— es asunto de ellas y lo rige la atmósfera de las palabras, no su significado. La palabrasúbdito (esta observación me la vuelve a prestar Arturo Costa Álvarez) es decente en España y denigrativa en América. La palabra envidiado es formulación de elogio en España (su envidiado tesoro de voces pintorescas, felices y expresivas, dice la Gramática oficial de los españoles) y aquí, jactarse de la envidia de los demás, nos parece ruin. Nuestras mayores palabras de poesía arrabal y pampano son sentidas por ningún español. Nuestro lindo es palabra que se juega entera para elogiar; el de los españoles no es aprobativo con tantas ganas. Gozar y sobrar miran con intención malévola aquí. La palabra egregio, tan publicada por la Revista de Occidente y aun por don Américo Castro, no sabe impresionarnos. Y así, prolijamente, de muchas.

 

Desde luego la sola diferenciación es norma engañosa. Lo también español no es menos argentino que lo gauchesco y a veces más: tan nuestra es la palabra llovizna como la palabra garúa, más nuestra es la de todos conocida palabra pozo que la dicción campera jagüel. La preferencia sistemática y ciega de las locuciones nativas no dejaría de ser un pedantismo de nueva clase: una diferente equivocación y un otro mal gusto. Así con la palabra macana. Don Miguel de Unamuno —único sentidor español de la metafísica y por eso y por otras inteligencias, gran escritor— ha querido favorecer esa palabreja. Macana, sin embargo, es palabra de negligentes para pensar. El jurista Segovia, en su atropellado Diccionario de argentinismos, escribe de ella: Macana: Disparate, despropósito, tontería. Eso, que ya es demasiado, no es todo. Macana se les dice a las paradojas, macana a las locuras, macana a los contratiempos, macana a las perogrulladas, macana a las hipérboles, macana a las incongruencias, macana a las simplonerías y boberías, macana a lo no usual. Es palabra de haragana generalización y por eso su éxito. Es palabra limítrofe, que sirve para desentenderse de lo que no se entiende y de lo que no se quiere entender. ¡Muerta seas, macana, palabra de nuestra sueñera y de nuestro caos!

 

En resumen, el problema verbal (que es el literario, también) es de tal suerte que ninguna solución general o catolicón puede recetársele. Dentro de la comunidad del idioma (es decir, dentro de lo entendible: límite que está pared por medio de lo infinito y del que no podemos quejamos honestamente) el deber de cada uno es dar con su voz. El de los escritores más que nadie, claro que sí. Nosotros, los que procuramos la paradoja de comunicarnos con los demás por solas palabras —y ésas acostadas en un papel— sabemos bien las vergüenzas de nuestro idioma. Nosotros, los renunciadores a ese gran diálogo auxiliar de miradas, de ademanes y de sonrisas, que es la mitad de una conversación y más de la mitad de su encanto, hemos padecido en pobreza propia lo balbuciente que es. Sabemos que no el desocupado jardinero Adán, sino el Diablo —esa pifiadora culebra, ese inventor de la equivocación y de la aventura, ese carozo del azar, ese eclipse de ángel— fue el que bautizó las cosas del mundo. Sabemos que el lenguaje es como la luna y tiene su hemisferio de sombra. Demasiado bien lo sabemos, pero quisiéramos volverlo tan límpido como ese porvenir que es la posesión mejor de la patria.

 

Vivimos una hora de promisión. Mil novecientos veintisiete: gran víspera argentina. Quisiéramos que el idioma hispano, que fue de incredulidad serena en Cervantes y de chacota dura en Quevedo y de apetencia de felicidad —no de felicidad— en Fray Luis y de nihilismo y prédica siempre, fuera de beneplácito y de pasión en estas repúblicas. Que alguien se afirme venturoso en lengua española, que el pavor metafísico de gran estilo se piense en español, tiene su algo y también su mucho de atrevimiento. Siempre metieron muerte en ese lenguaje, siempre desengaños, consejos, remordimientos, escrúpulos, precauciones, cuando no retruécanos y calembours, que también son muerte. Esa su misma sonoridad (vale decir: ese predominio molesto de las vocales, que por ser pocas, cansan) lo hace sermonero y enfático. Pero nosotros quisiéramos un español dócil y venturoso, que se llevara bien con la apasionada condición de nuestros ponientes y con la infinitud de dulzura de nuestros barrios y con el poderío de nuestros veranos y nuestras lluvias y con nuestra pública fe. Sustancia de las cosas que se esperan, demostración de cosas no vistas, definió San Pablo la fe. Recuerdo que nos viene del porvenir, traduciría yo. La esperanza es amiga nuestra y esa plena entonación argentina del castellano es una de las confirmaciones de que nos habla. Escriba cada uno su intimidad y ya la tendremos. Digan el pecho y la imaginación lo que en ellos hay, que no otra astucia filológica se precisa.

 

Esto es lo que yo quería deciros. El porvenir (cuyo nombre mejor es el de esperanza) tira de nuestros corazones.

En El idioma de los argentinos, 1928
Imagen: Borges firmando ejemplares luego de una conferencia, 1983. Archivo Centro de Arte Moderno

http://borgestodoelanio.blogspot.com/

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La santa doncella, Juana de Arco (1412-1431)

Faltaban aun más de veinte años para que terminara la larga y cruenta guerra entre Inglaterra y Francia que ha pasado a la historia como la Guerra de los Cien Años (1337–1453). En un conflicto que diezmó y empobreció a los pueblos en conflicto, una joven inculta pero piadosa y profundamente religiosa guió a los ejércitos franceses hacia la victoria en Orleans. Abandonada por todos, desde el rey hungido gracias a su valor hasta la iglesia que un día creyó en sus voces divinas, Juana de Arco fue entregada a los enemigos ingleses y quemada en la hoguera. La Doncella de Orleans tendría que esperar muchos siglos para ver recompensada su valentía.

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De campesina a guerrera

 

Jeanne d’Arc nació en un pueblecito de la región de Lorena, Domremý el 6 de enero de 1412. A pesar de la guerra, Juana vivió una infancia feliz al lado de sus padres Jacques Darc e Isabelle Romée y sus cuatro hermanos. A la corta edad de 14 años la joven empezó a tener visiones y a oir voces extrañas, experiencias místicas que en un principio ocultó a sus padres. Juana identificó esas voces con dos santas, Santa Catalina de Alejandría y Santa Margarita de Antioquía, y con el Arcángel San Gabriel. De recibir mensajes confusos Juana pasó a oir con claridad una orden: debía partir con un ejército a Francia para levantar el sitio de Orleans, uno de los últimos reductos de la resistencia francesa frente a los ingleses.

 

La joven campesina se dirigió a Vaucouleurs, una población cercana a Domremý, donde se encontraba Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales. Tras varios intentos fallidos en los que Baudricourt se mofó de la pequeña, una predicción acertada de una derrota hizo cambiar de opinión al escéptico comandante quien la llevó a la corte de Chinon.

 

En 1429 Juana consiguió por fin una entrevista con el delfín, el futuro Carlos VII. Parece ser que el delfín puso a prueba a la joven escondiéndose entre la multitud y colocando a un miembro de la corte en su lugar. Fuera por las descripciones previas del futuro monarca o porque Juana tenía dotes extraordinarias, lo cierto fue que la doncella consiguió reconocer al verdadero delfín. Este hecho y las palabras que tuvieron en una entrevista privada convencieron a Carlos de que Juana no era una farsante.

 

Juana partía hacia Orleans abanderando un ejército francés que saldría victorioso. La joven doncella se había convertido en una guerrera a las órdenes de Dios y de Francia.

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El abandono del rey ungido

El 17 de julio de 1429 el delfín era coronado en la catedral de Reims como Carlos VII. Juana había conseguido vencer a los ingleses y dar a Carlos la corona de Francia.

 

Pero a partir de aquel momento los intereses de ambos empezaron a diverger. A una posición pactista del rey, quien pretendía terminar con el conflicto llegando a acuerdos de paz aún a expensas de perder derechos o territorios se oponía Juana, quien, según sus voces, debía seguir luchando para expulsar a los ejércitos enemigos y sus aliados los borgoñones del territorio francés.

 

A pesar de que el rey continuó enviando contingentes a Juana, estos eran escasos y las victorias fueron dejando paso a las derrotas. La captura de Juana fue el fin de su vida como guerrera. Una vez en manos inglesas, Carlos VII no pudo o no quiso hacer nada por rescatar a quien le había ayudado a subir al trono de Francia. El rey ungido gracias a Juana desoyó las voces de la corte, entre ellas la de su amante Agnes Sorel, que le pedían que mediara en la liberación de la joven doncella.

 

La condena de la traición

Juana había sido capturada en 1430 en Compiègne, ciudad que las tropas francesas intentaban mantener en su poder. A pesar de los esfuerzos de sus compañeros, nada de supo hacer por ella. Tras permanecer en varios castillos en cautividad, Juana fue entregada por los borgoñoses a los ingleses, quienes deseaban condenar a la doncella que un día derrotó a sus ejércitos.

 

El juicio fue largo. A Juana se la acusaba de heregía y de vestir como un hombre, algo totalmente prohibido para una mujer. Tras un cansado y extenso proceso, los defensores de Juana consiguieron que se retractara de todas las acusaciones y que volviera a vestir como mujer. Pero parece ser que estando recluida le quitaron la ropa cambiándola de nuevo por vestidos masculinos. Juana volvió entonces a reafirmarse en sus creencias firmando así su sentencia de muerte.

 

El 30 de mayo de 1431, con tan sólo 19 años, Juana de Arco era quemada en la hoguera acusada de hereje.

 

De hereje a santa

23 años después de la muerte de Juana, su familia pidió una revisión del caso. El papa Calixto III creó una comisión que rehabilitó plenamente a la joven doncella. Más de cuatro siglos después, otro papa, Benedicto XV elevaba a Juana a los altares siendo canonizada. El 30 de mayo, fecha de su muerte, se celebra su festividad.

 

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Reflexiones de un perdedor

Juan Carlos Onetti 

Hoy, 30 de mayo de 2014, se cumplen 20 años de su fallecimiento.

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Cuando la gente habla de la obra genial de Proust, sin el requisito de haberla leído, claro, está pensando que el título En busca del tiempo perdido significa -como es verdad- que el autor quiso rescatar las horas desperdigadas en celar a Albertina o divagar por los salones del fauburg St. Germain. También las horas de su infancia, pubertad y adolescencia: cuando amaba con forzoso y empecinado platonismo la palabra Guermantes, toda la riqueza poética y heráldica que le daba belleza y erotismo y que sustituía con buen éxito a la misma duquesa, compendio enteramente satisfactorio de un estrato social.

Pero Proust, probablemente, no pensaba que su trabajo anhelante, entre vaharadas de vapor y medicinas, encarnado y sudoroso, era también tiempo perdido. Por lo menos para él. Porque si no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor, es irrefutable que siempre fue perdido. Perdido y para siempre para el que lo vivió o lo está viviendo, pues ya todos sabemos que la división entre pasado y presente y futuro sólo es una línea sin espesor.

La última palabra que acabo de escribir ya está en el pasado irrecuperable; como lo estará de inmediato para quien la lea.

Claro es que si todo tiempo es principio de pasado, diversas son las formas de perderlo. Las hay, en su gran mayoría, perfectamente egoístas, simples maneras de distraerse, de estar «haciendo tiempo», como es común decir, aunque se trate en realidad de acelerar su paso por medio del olvido.

El motivo de este artículo es indigno del prólogo que hasta aquí se arrastra. Porque quiero hablar y quejarme en vano de pérdidas personales, semimateriales, que he ido sufriendo a medida que practicaba -con entusiasmo o inercia- este oficio, esta absurda aventura humana que se llama vivir.

Tendría muchas quejas que presentar, muchos reproches que hacerme, larga y melancólica enumeración de tantas cosas perdidas. Pero veo que estoy rodeado de libros -en estantes, sillas, alféizares, parqués y camas-. Por eso recuerdo las cuatro bibliotecas que perdí para siempre; porque cada vez que tuve que irme dejé todo atrás; y hoy, aparte de personas que fueron así y ya son de otra manera, lo que más lamento es la ausencia definitiva de los libros que fui juntando por diversos medios, incluyendo los comprados al contado o a créditos generosos y confiados.

Y no es que haya perdido en mis forzosos desplazamientos libros valiosos, joyas de bibliómanos. En realidad, los que más extraño son aquellos ya sin tapas ni lomos, descuajeringados a fuerza de releerlos y prestarlos. Obras completas de Balzac, Cervantes, Shakespeare, Dostoievski, Proust. Pongo en primer lugar los que me acicateaban con envidia por su extensión y calidad. Después -last but not least- los volúmenes de menor importancia, pero muy queridos por razones difíciles de explicar. Ternura, afinidad, simpatía. Recuerdo -adecuada tarde de invierno y lluvia para rememorar- unos cuantos Faulkner, Cendrars, Hammett, Caspary, Céline, Bradbury (el único cienciaficcionista que me interesa), Saki, Dunsany. Y termino, sin los adecuados puntos suspensivos que detesto, porque a medida que voy agregando nombres surgen otros, tan dignos de ser recordados como aquéllos.

(Un paréntesis: antes de instalarme en Madrid visité varios pisos; muchos tenían su aparato de televisión o, por lo menos, la antena correspondiente; en ninguno vi un mueble biblioteca. Lo que coincide con los resultados de los sondeos sobre lectores y televidentes.)

También se perdieron libros dedicados por autores amigos y desconocidos. Pero me están llegando otros y sus autores se van convirtiendo, poco a poco, página a página, en nuevos amigos.

Fui durante años director de las bibliotecas municipales de Montevideo. Como todas las tareas culturales en los países de Hispanoamérica, la mía fue frenada en gran parte por el universal e invencible argumento: falta de rubros. Comprendo que la misión principal de un Municipio o Ayuntamiento es mantener limpia la ciudad. Pero si dentro del organismo se presupuesta una Dirección de Bibliotecas es lógico que todo ciudadano de buena fe piense que las bibliotecas se fundan para atender con dignidad las necesidades del público. Se requieren locales adecuados -he visitado con asombro y amargura las bibliotecas populares de Washington, personal especializado y, oh, Perogrullo, libros. Es imprescindible que el acervo de una biblioteca se mantenga al día en sus distintas secciones; también lo es, en el continente mencionado, que se conozcan los libros de los paises vecinos, a los que se acostumbra a llamar hermanos y de los que se ignora casi todo, con excepción de su historia -casi común en la mayoría de los aspectos- y de la actualidad que publican (o no) los periódicos.

Ahora, a cambio de las perdidas, hallo consuelo en numerosas bibliotecas populares de esta ciudad. Lástima que se practique el sistema de biblioteca «cerrada», sistema que impide el gozo de revolver libros y seleccionarlos no sólo por títulos y autores, sino por un par de páginas abiertas al azar y conteniendo promesas de horas placenteras que muchas veces se cumplen.

Con respecto a los bibliotecarios, algunos conocí que, en cuanto lograban dominar un método de clasificación -Sistema Decimal, Vaticano, Washington, o cócteles de los mismos-, se otorgaban patentes de intelectuales y eruditos en todas las ramas del saber humano. Pero esta graciosa y leve megalomanía ocurre además en muy diversas actividades, aunque muy poco tengan que ver con la cultura.

En cambio, conocí, ejemplo inmortal, a una chica de trece o catorce años que se ofreció para disponer por nombres de autores varios centenares de libros que acababan de llegar, nueva mudanza, al último domicilio que tuve en Montevideo. Ella sabia leer y escribir, recitaba de memoria el alfabeto. ¿Para qué más? Le di las gracias y le dije que se pusiera al trabajo. Unos días después me anunció que la biblioteca ya estaba ordenada. Para darle gusto fui a pasar revista, y me encontré que la letra J reunía amorosamente, tal como estarán algunos años en el Olimpo, a Joyce, Rulfo, Cocteau, Jiménez, Edwards, Le Carré, Swift, Cortázar, Borges, etcétera.

No pude molestarme, sólo agradecer. Porque aquella niña habla hollado un terreno que los ángeles vacilan en pisar. Desenfadada, segura y orgullosa casi se tuteaba con el ancho mundo literario, usando los familiares nombres de pila en su trato con, para ella, desconocidos autores, viejos y jóvenes mandarines de las letras.

Pero creo que ya es tiempo de volver al tiempo, como ya dije, siempre perdido. ¿Quién no tuvo -él también- el impulso de gritar detente al dichoso momento fugaz?

Y perdido sin remedio porque la reconquista del momento que se hunde en la pérdida, apenas vivido, por medio de la reiteración de hechos y circunstancias, no puede ser más que una segunda experiencia. Se trata, en suma, de otro momento. El cual ya se está hundiendo en el pasado.

La única tímida y tramposa esperanza de salvación la veo en el lema del escudo que creo fue de los San Martín:

Vive tu vida de tal suerte que viva quede en la muerte.

Y en cuanto a mis libros perdidos me pregunto con frecuencia, nerudianamente:

¿Dónde estarán entre qué manos mostrando qué palabras?

 

(Enero de 1979)

Pedro Pablo Rubens

Pedro Pablo Rubens es uno de los grandes pintores flamencos del barroco del siglo XVII.

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Jan Rubens, su padre, era abogado y funcionario municipal en Amberes. Cuando se convirtió del catolicismo al calvinismo tuvo que abandonar Flandes para exiliarse en Siegen (Alemania), donde nació Pablo Rubens. A la muerte de su padre en 1587, su madre regresó con sus hijos a Amberes y volvieron a convertirse al catolicismo

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La escasez económica lo llevó a trabajar como paje para la corte hasta que decidió hacerse pintor. Su primer aprendizaje artístico fue hacía 1591, con Tobias Verhaecht, un pintor flamenco de paisajes. Después, se formó en el taller de Adam van Noort y en el de Otto van Veen. Todos ellos eran pintores flamencos menores, influidos por el manierismo del siglo XVI de la escuela florentino-romana.

En 1598, a los 21 años, concluye su formación superando el examen de maestro ante la Guilda de San Lucas de Amberes y viaja a Italia para ampliar su formación artística estudiando las obras del Renacimiento. En Venecia se sintió atraído por las obras de Tiziano, Veronés y Tintoretto, que tendrán gran influencia en su producción. Allí conoció a un noble que le recomendó para trabajar en la corte del duque de Mantua, Vincenzo Gonzaga, quien lo contrató durante un periodo de nueve años.

En 1608, el delicado estado de salud de su madre le obligó a regresar a Amberes. Allí se casó con Isabella Brant en 1609, fue considerado el pintor más importante de Flandes y requerido como pintor de corte del archiduque austriaco Alberto y de su esposa, la infanta española Isabel, que gobernaban los Países Bajos como virreyes al servicio del rey de España.

La fama de Rubens se extendió a todas las cortes europeas y recibió tantos encargos que tuvo que crear en su casa un gran taller, en el que él sólo realizaba el boceto inicial y los toques finales, mientras que sus aprendices se encargaban de las fases intermedias.

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En 1628 los virreyes de Flandes lo envían a España. Estuvo al servicio de Felipe IV, quien le nombró secretario de su Consejo Privado y fue mentor del joven pintor español Diego Velázquez.

 

Finalmente, falleció el 30 de Mayo de 1640 en su casa de Amberes, a punto de cumplir los 63 años. Su pintura ha ejercido enorme influencia en otros artistas como Jean Antoine Watteau, Delacroix o Auguste Renoir.

 

 

Principales obras de Pedro Pablo Rubens

 

El estilo de Rubens se caracteriza por los contrastes de color, de gran riqueza cromática y los juegos de luces y sombras. Sus composiciones están llenas de dinamismo, sensualidad y sensibilidad emocional.

 

 

El rapto de las hijas de Leucipo (1616)

 

Se trata de un tema mitológico, el rapto de las hijas de Leucipo por Cástor y Pólux.

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Rubens realizó este lienzo durante los primeros años de su trayectoria artística. Se sitúa en la transición entre el clasicismo y el barroco. Mientras la composición es clásica y equilibrada, el sentido de movimiento y dinamismo son característicos del barroco.

 

Las tres Gracias (1638)

Es su obra más conocida. Las Tres Gracias se inspiran en tres personajes de la mitología griega: Eufrosine, Talía y Anglae, hijas de Zeus y Eurymone. Son la representación de la afabilidad, la simpatía y la delicadeza.

El tema había sido representado por Rafael durante el Renacimiento y Rubens lo retomó, ofreciendo un planteamiento distinto. Mientras las Gracias de Rafael son el prototipo de belleza ideal, las de Rubens lo son de una belleza más sensual. Para ello cambia el canon de belleza, sus cuerpos femeninos son blandos y opulentos, caracterizados por la flacidez de sus carnes.

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Aunque la obra mantiene la composición del artista italiano, Rubens cambia la relación entre las tres figuras conectándolas psicológicamente entre sí a través de los brazos, el velo y sus miradas. Sobre el paisaje de fondo se sitúan las tres mujeres, estando la de en medio de espaldas, con la cabeza vuelta y apoyada en sus compañeras.

En la actualidad el cuadro se conserva en el Museo del Prado de Madrid. Se piensa que una de las figuras es la representación de su segunda mujer, Elena Fourment.

 

El jardín del Amor (1630-1638)

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Conocida también como El jardín de las Gracias, representa una fiesta en un parque. Las figuras, unas sentadas y otras de pie, aparecen en actitud relajada, próximas a una fuente dedicada a la diosa Juno, protectora del matrimonio. Alrededor de la escena revolotean los putti disparando flechas.

Se ha dicho que con este cuadro Rubens hace un homenaje a su esposa Elena Fourment, con la que se casó en 1630. Incluso algunos críticos opinan que el caballero de la izquierda es un autorretrato del autor y la dama que apoya su brazo sobre otra dama, en la parte central, es Elena Fourment.

 

Saturno devorando a sus hijos (1636-37)

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Es uno de sus temas más dramáticos. Saturno era uno de los titanes más poderosos y pensaba que la mejor manera de evitar que uno de sus hijos le destronase, era devorándolo al nacer. Será Zeus, su sexto hijo, el que consiga derrocarlo al ser salvado por su madre.

Saturno aparece aquí desgarrando el pecho de uno de sus pequeños. La escena es de gran dramatismo, conseguida gracias al uso de la luz y al color, que se inspira en la escuela veneciana.

 

El Juicio de Paris (1638)

La rivalidad existente entre las diosas Minerva, Venus y Juno por ser la más bella, tenía que ser resuelta por Paris, que entregaría una manzana de oro con la inscripción “a la más bella”, a la diosa más bella.

Rubens plasma el momento en el que Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, toma la manzana que le da Mercurio, mientras que las tres diosas intentan convencerle con diferentes ofrecimientos.

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La elegida fue Venus, que consiguió convencerle entregándole la mujer más hermosa del mundo, Helena (la esposa de Menéalo), provocando así la Guerra de Troya.

Otras obras famosas son El Descendimiento de la cruz, Los cuatro filósofos, el Triunfo de la Iglesia, Danza de aldeanos o El desembarco de María de Médicis en el puerto de Marsella.

http://www.arteespana.com

 

29 de mayo de 1892: nace Alfonsina Storni, escritora Suiza (f. 1938).

Alfonsina era hija de un matrimonio suizo que, como muchos a  finales del siglo XIX, decide emprender un viaje hacia el despegue económico en tierras argentinas. Tras un primer contacto, en 1890, la familia se instala en San Juan, y más tarde en Rosario, donde, alrededor de 1900 establecen su residencia definitiva.

Alfonsina se cría en un hogar marcado por las estrecheces económicas. A medida que los años pasan llega la ruina definitiva de la familia. Y conforme ella va creciendo se agudiza su vergüenza por su fealdad. Dejará sus estudios a la edad de once años para contribuir a la economía familiar, rota en parte debido a la inestabilidad emocional de su padre, que muere en 1906.
Alfonsina comienza a trabajar en una fábrica de gorras y a hacer pequeños papeles teatrales. No abandona su deseo de seguir estudiando y en el año1909 se matricula en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda, donde ocupará también el cargo de celadora

 

 

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 Un año después obtiene el título de maestra rural y comienza sus prácticas en la ciudad de Rosario.
Pero la turbulencia sigue dentro. Una escapatoria sea, quizás, el amor. Pero se trata del hombre equivocado, un hombre casado, veinticuatro años mayor que ella y además, persona influyente.
Con apenas veinte años, asume la maternidad y decide marchar a Buenos Aires, emprender la vida de nuevo, ser otra, pero en otro lugar. Una vez allí comienza a escribir “para no morir” y con el niño apunto de nacer ejerce de maestra o de responsable de un centro de acogida para niños disminuidos. Su situación existencial es conflictiva, y su confrontación con las convenciones sociales, abierta: apuesta en verso y en vida por la emancipación de la mujer.

 

 

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En 1919 se comienza una sección en la revista La Nota y más tarde en el periódico La Nación, en las que escribe sobre las mujeres y sobre el lugar que merecen en la sociedad: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán» (en «Cositas sueltas»). Es habitual que se refiera a la actitud de las mujeres huecas. El poema que sigue habla por sí solo.

 

La Loba

A la memoria de mi desdichada amiga J.C.P. porque éste fue su verbo.
“Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano”.

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
que yo no pude ser como las otras, casta de buey
con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se rien y cómo me señalan
porque lo digo así: (Las ovejitas balan
porque ven que una loba ha entrado en el corral
y saben que las lobas vienen del matorral).

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
¡No temáis a la loba, ella no os hará daño.
Pero tampoco riaís, que sus dientes son finos
y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

¡No os robará; la loba al pastor, no os inquieteís;
yo sé que alguien lo dijo y vosotros lo creéis
pero sin fundamento, que no sabe robar
esa loba; sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta
de ver cómo al llegar el rebaño se asusta,
y cómo disimula con risas su temor
bosquejando en el gesto un extraño escozor…

Id si acaso podéis frente a la loba
¡Y robadle el cachorro! no vayaís en la boba
conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor…
¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!
No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños
por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha
no sabréis defenderos, moriréis en la brecha.

Yo soy como la loba. Ando sola y me río
del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
donde quiera que sea, que yo tengo una mano
que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo,
pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
la vida, y no temo su arrebato fatal
porque tengo en el mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después… ¡lo que sea!
aquello que me llame más pronto a la pelea.
A veces la ilusión de un capullo de amor
que yo sé malograr antes que se haga flor.

Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada de llano”.

Alfonsina Storni

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En esta época escribe artículos sobre la opresión, sobre el derecho de la mujer al voto -las leyes argentinas no aprobarán el voto femenino hasta 1946- con un estilo combativo en el que instaba a las mujeres a cambiar su situación rompiendo con los tópicos, los lugates comunes que la sociedad patriarcal esperaba que ellas ocuparan sin rechistar. Estas ideas en la década de los veinte, en Argentina, eran francamente rompedoras y avanzadas.

 

A partir de aquí el trabajo de Alfonsina gana en calidad y cantidad: publica poesía, dicta conferencias y ejerce de profesora en escuelas públicas, en el colegio Marcos Paz y la Escuela de Niños Débiles del parque Chacabuco y, después, en el Instituto de Teatro Infantil Labardén y la Escuela Normal de Lenguas vivas. En 1926 se le otorga una cátedra en el Conservatorio de Música y Declamación donde imparte clases de Artes Escénicas, al tiempo que por las noches da clases de castellano y aritmética en Escuela de Adultos Bolívar.

Hasta que llega el agotamiento y tanto trabajo le pasa factura. Comienza a descansar, a tomarse períodos de descanso, pero tiene un hijo al que mantener y no puede permitirse estar parada mucho tiempo. En estos momentos es una mujer que se ha hecho a sí misma, una escritora que se ha hecho un hueco en lo más consolidado de la intelectualidad bonaerense  de su época.

 

En 1935 se le diagnosticó un cáncer de pecho y tuvo que someterse a una operación en la que perdió su seno derecho. Esto la marcó profundamente. Durante los dos años siguientes su salud empeora y se va desconsolando. Su amigo Horacio Quiroga, con quien tuvo una intensa relación, la hija de este, Eglé y su enemigo literario, Leopoldo Lugones, habían decidido quitarse la vida: Quiroga en 1937, Eglé y Lugones unos meses antes que ella.

 

Alfonsina creía que el suicidio era una elección concedida por el libre albedrío. En octubre de 1938, se marcha a Mar del Plata, a descansar. Una noche, después de unas horas de intenso dolor, llama a la trabajadora de la pensión donde se hospeda y le dicta una carta para su hijo Alejandro. En la madrugada del 25 de octubre, Alfonsina, con cuarenta y seis años, bajo la lluvia, se arroja al mar desde un espigón dejando como testamento un poema, «Voy a dormir», y la carta de despedida a su hijo.

 
 

Voy a dormir


Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

 

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera;

una constelación; la que te guste;

todas son buenas; bájala un poquito.

 

Déjame sola: oyes romper los brotes…

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

 

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido…

 

Alfonsina Storni

 

 

Tomado de:  http://unmundopropio.blogspot.com

29 de mayo de 1958: fallece Juan Ramón Jiménez, poeta español, Premio Nobel de Literatura en 1956

Breve biografía:

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“Nací en Moguer, la noche de Navidad de 1881. Mi padre era castellano y tenía los ojos azules; y mi madre, andaluza, con los ojos negros. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo que jugaba muy poco, y que era gran amigo de la soledad..” Aquí relata la añoranza de su infancia que él evocará llena de ventanas y puertas desde las que contempla el mundo. Un mundo, el andaluz, tremendamente clasista, visto por un niño, consentido y solitario, como él mismo se ve en una carta dirigida a su prima María. Estos recuerdos se convierten en elementos poéticos, como la luz, el mar… Pero no los ha vivido, sino contemplado. Así se construye la poética de un hombre solitario y apasionado contemplador. En esta tarea, su gran compañera siempre será la soledad, referida en sus poemas de manera recurrente. Soledad introspectiva con la que busca la emoción ante la visión de la belleza.

En la adolescencia parte a Sevilla con la intención de hacerse pintor y abogado. Pero, nunca acabará derecho pues las artes (pintura y poesía) le atrajeron más. La familia del poeta, “culta, tradicionalista y conservadora”, no se opuso; muy al contrario, contó con el apoyo de ellos, en especial de su madre. La economía familiar se lo permitía. En Sevilla, aún adolescente, la lectura de Bécquer le había puesto en contacto con la poesía. Por la poesía, contraviniendo la voluntad de su padre, deja sus estudios.

En el año 1900, con 19 años, se traslada a Madrid, donde entra en contacto con los grandes poetas modernistas. Especial es la admiración que sentirá hacia Rubén Darío. Publica sus dos primeras obras Nínfeas y Almas de Violeta, cuyos títulos son sugeridos por Villaespesa y Rubén Darío.

 

Antes del verano vuelve a Moguer enfermo de neurosis depresiva. Un año después su familia le interna en un sanatorio francés para enfermos mentales, escribe Rimas bajo influencia de los simbolistas y parnasianos franceses. En septiembre es ingresado en el sanatorio del Rosario de Madrid. En la habitación del sanatorio organiza reuniones a las que asisten Machado, Valle-Inclán, Benavente… Allí pasa dos años de grato recuerdo.

 

En 1905, una nueva crisis depresiva le lleva a Moguer. En este viaje pergeña Platero y yo y sigue escribiendo poesía amorosa bajo el signo del simbolismo; así es el poema El viaje definitivo.

Los años siguientes serán duros para el poeta. Se agudiza su crisis depresiva a lo que se une el descalabro económico de la familia.

 

En 1911, animado por Ramón Gómez de la Serna, decide vivir definitivamente en Madrid. Sin embargo, se irá alejando del vanguardismo de éste atraído por el ambiente intelectual de la Residencia de Estudiantes. Allí se instala en 1913, año en que conoce a Zenobia Camprubí Aymar, de quien se enamora profundamente. Tras sus primeras negativas y gracias a la insistencia del poeta, como refleja uno de sus mejores libros de poemas de amor, Estío, conseguirá su propósito, siendo finalmente aceptado por la cultísima Zenobia.

 

En 1916, Juan Ramón viaja a Estados Unidos para casarse con Zenobia. Este acontecimiento será decisivo para la vida y obra del poeta. Había prometido a su amada el libro de poemas más hermoso jamás escrito. Lo cumplirá en parte con Diario de un poeta recién casado. Pero, el redescubrimiento del mar se convierte en uno de sus más importantes símbolos poéticos, hasta el punto de que cambiará luego el título a este libro por Diario de poeta y mar. Esta obra supone la frontera entre las dos grandes etapas en que suele dividirse su obra: la poesía sensitiva (1898-1915) y la intelectual(1916-1936). Es una poesía pura con una lírica muy intelectual, a menudo de difícil comprensión para muchos lectores. Durante este viaje, contacta con la poesía anglosajona, su mujer será la traductora de Rabrindanath Tagore.

Cuando vuelve a Madrid encabeza movimientos de renovación poética, logrando una gran influencia en los inicios de la más prolífica generación del siglo XX; la Generación del 27. Su libro Eternidades (1918) es uno de los más influyentes en la poesía española del siglo pasado. Sin embargo, las nuevas corrientes literarias que llegan a España a finales de los años veinte, especialmente el Surrealismo, harán que los de esta Generación vayan dando la espalda al ideal de poesía pura de Juan Ramón.

 

De 1921 a 1927 publica en revistas parte de su obra en prosa. De 1925 a 1935 publica sus Cuadernos, en los que aparece casi todo lo que escribe en este periodo: poemas, cartas, retratos líricos de escritores y recuerdos literarios.

En 1936 estalla la guerra civil y se mantiene fiel del lado republicano llevando un importante labor de acogida de niños huérfanos. Juan Ramón y Zenobia marchan a Washington, habiendo dejado sus ahorros para atender a los huérfanos; él será el agregado cultural de la Embajada de España. Es invitado a dar conferencias en la Universidad de Miami. Con la victoria de Franco en la guerra, el matrimonio decide mantenerse en América en el exiliado. La tendencia depresiva del poeta hará que el exilio le aleje de la realidad e intensifique su aislamiento social. Durante estos años recibe el reconocimiento literario en toda América.

 

En 1950, se instalan en Puerto Rico, que se convertirá en su segunda patria. Zenobia es operada de cáncer de matriz en1951, en 1954 se agrava la situación de la esposa.

 

Octubre de 1956 tiene para el poeta dos caras: la concesión del Premio Nobel de Literatura el día 25 y la muerte de Zenobia el día 28 en la clínica Mimiya de Santurce (Puerto Rico). Juan Ramón se recluye en su casa, en la más absoluta oscuridad.

 

“…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando,
y se quedará mi huerto con su verde árbol
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las esquilas del campanario.

Se morirán los que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;…”

 

El 29 de mayo de 1958, totalmente desolado, muere en la misma clínica que su esposa. El 6 de junio, su sobrino Francisco Hernández-Pinzón traslada los cuerpos de Zenobia y Juan Ramón a España, cumpliendo el deseo de sus tíos. Tras varios días de celebraciones y homenajes, reciben sepultura definitiva en el Cementerio de Jesús, Moguer.

 

notas culturales, 

 

Carmen Balcells y Andrew Wylie se unen para crear la ‘superagencia literaria’

El acuerdo de intenciones se firmó el 27 de mayo y se llamará Balcells&Wylie

 

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La agente Carmen Balcells en su oficina. / CARMEN SECANELLA (EL PAIS)

 

Carmen Balcells y Andrew Wylie, han dado el primer paso para convertirse en la agencia internacional más potente y con los autores más codiciados del mundo: desde V. S. Naipaul a Philip Roth o Milan Kundera, hasta los autores del boomlatinoamericano, como Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. El 27 de mayo los dos agentes firmaron un acuerdo de intenciones con el fin de crear una agencia internacional que se denominará Balcells & Wylie.

“Nos hemos seguido y admirado mutuamente durante años, y deseamos trabajar estrechamente a partir de hoy. Nuestro objetivo es dar mayor fuerza, alcance y duración a la representación de los clientes, y estamos entusiasmados y totalmente comprometidos con las oportunidades que se nos presentan”, han declarado en un comunicado Balcells (83 años) y Wylie (67 años), conocido como El chacal.

Tras este movimiento telúrico en el ecosistema del libro, frágil en estos momentos, las reacciones del sector no se han hecho esperar. Mientras unos lo consideran una acción necesaria para sobrevivir en pleno cambio de paradigma, otros creen que es la confirmación del trato cada vez más impersonal entre el autor y el agente.

“Se trata de un movimiento muy inteligente por parte de las dos agencias”, asegura Claudio López de Lamadrid, director literario de Penguin Random House. Los dos agentes, añade, se aseguran sus entradas y consolidación en nuevos espacios: “Por un lado Wylie entra en el mundo hispanohablante, y Balcells asegura la continuidad de la agencia y sus autores ganan”.

La creación de esta superagencia literaria era un rumor desde hace meses. Dos agentes que han apostado por escritores, consolidado otros, ojeado el panorama internacional en busca de talentos e influido en el sector literario y editorial. Esta unión, con el nombre Balcells por delante, responde a la reorganización del mundo editorial, movimiento de piezas en el tablero, en momentos de reconversión ante la irrupción de grandes grupos globales como Amazon, Google y Apple en varias partes de la cadena de valor del libro y la propia crisis económica mundial. Las alianzas y las fusiones son la norma para poder enfrentar el nuevo mundo editorial y literario que afronta los retos nuevos en lo analógico y digital, mientras las ventas de libros caen y los hábitos de lectura cambian.

Para Sigrid Kraus, editora de Salamandra, es positiva la creación de una agencia fuerte porque las dos han sufrido la crisis: “Siempre está bien que haya agentes que trabajen de la manera más profesional posible”.

Una opinión sobre la que duda el escritor Alberto Manguel. Teme la desaparición real del agente y sus funciones clásicas “y todo es más impersonal salvo si eres un premio Nobel, por ejemplo”, agrega el autor. Aunque, advierte Manguel, “no sería extraño que el agente se convierta en una multinacional donde prevalezca la cantidad frente a la calidad”. Una tendencia que le parece triste y a la vez inevitable. Álvaro Pombo teme los monopolios y que los autores menos importantes queden en desventaja.

Balcells & Wylie quedaría conformado por un catálogo envidiable que incluye autores clásicos del siglo XX como Vladimir Nabokov, Yasunari Kawabata, Jorge Luis Borges o Italo Calvino; premios Nobel como García Márquez, Orhan Pamuk, Kenzaburo Oé, Czeslaw Milosz, Mario Vargas Llosa o Mo Yan; autores clave del momento como Philip Roth, Milan Kundera, Roberto Calasso, Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas, Juan Marsé, Salman Rushdie, Roberto Bolaño, Isabel Allende, Amos Oz, Claudio Magris; y nombres con gran potencial como Colum McCann, Teju Cole, Helen Oyeyemi o Chimamanda Adichie, Taiye Selasi, Paolo Giordano y un largo listado de autores hispanohablantes.

Vigencia y esplendor de Onetti

En el vigésimo aniversario de su muerte, el uruguayo es uno de los autores latinoamericanos más reivindicados

Su viuda traza un retrato del escritor

 

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Juan Carlos Onetti, en su casa de Madrid en 1989.

 

“¿Quién se va a acordar de Onetti dentro de 20 o 30 años?”. Esa pregunta que se hacía el propio Juan Carlos Onetti llega ahora a su primer tiempo: hace 20 años, el 30 de mayo de 1994, murió en Madrid el escritor uruguayo. Una pregunta que ya antes de morir empezó a tener respuesta positiva y que ha aumentado en cascada en dos décadas. La penúltima respuesta llega en la voz de Dorothea Muhr, Dolly, la mujer con la que vivió desde los años cincuenta. Ella ha vuelto a Madrid estos días. Recuerda, no, evoca al escritor con ráfagas acerca de su vida, creando una especie de homenaje a uno de sus títulos más conocidos,Dejemos hablar al viento,añadiendo aquí, “sobre Onetti”.

“¿Quién se va a acordar de Onetti dentro de 20 o 30 años?”, cuenta Dolly que decía con frecuencia el autor de El pozo, El astillero, La vida breve o Juntacadáveres. Es la reflexión de esta mujer de 89 años, violinista, en el madrileño Centro de Arte Moderno, donde se han preparado varios homenajes. “Cómo no se van a acordar si era un adelantado a su tiempo. Y su tiempo es más este”.

Onetti frente al mundo pero alejado del ruido de la vida. El murmullo entrando por su ventana en Madrid, donde llegó exiliado de la dictadura de su país y tras haber estado preso. Sus lectores que no paran de crecer y los escritores que no cesan de reivindicarlo y convertirlo en uno de los autores latinoamericanos más admirados por ellos. Empezando por Mario Vargas Llosa. Era anterior al boom latinoamericano junto a Borges, Rulfo o Asturias, entró en él sin mucha alharaca, y siguió de largo. Jóvenes autores hablan de él. El Nobel surafricano J. M. Coetzee ha pedido novelas suyas, cuenta Dolly.

El escritor, nacido en 1909, se adelantó tanto que le quedó tiempo para estar en casa, en cama, con su whisky, con sus charlas. Existencialista, moderno, avanzado… Onetti no creía del todo lo que ocurría a su alrededor. “No porque no creyera que fuera bueno, sino porque no le interesaba ser una especie de servidor de la fama”.

Dejemos hablar a su mujer con su musicalidad argentina en estos recuerdos sueltos como el viento que va y viene…

“Él solo quería leer, quería escribir, quería estar en su hogar”.

“No eligió ser así, no pensó en ser así, un poco aislado y todo eso. Simplemente era así”.

“Tal vez lo único que le alteró fue cuando le concedieron el Cervantes en 1980. La noche anterior a recibirlo, del 22 al 23 de abril, ¡no durmió nada! Luego no asistió a la fiesta. Así es que me tocó ir a mí a poner la cara”.

“Una de nuestras pasiones era la novela negra. Nos intercambiábamos libros y teníamos nuestras propias claves”.

“Se habla mucho de los autores que le gustaban o lo habían influido como Faulkner o Joyce o Proust… ¿Conrad? Pocos hablan de Conrad y le apasionaba”.

“Periodista fue su primer trabajo. En una agencia de noticias. Le gustaba informar de la Segunda Guerra desde Buenos Aires porque era el primero que se enteraba de lo que sucedía. A veces hablaba de lo mucho que le había enseñado el periodismo: te enseña a contar a ir al grano, de lo que en verdad interesa a la gente”.

“Se ha hablado tanto de su existencialismo, su lado pesimista y esas cosas… La verdad es que le molestaba que se insistiera tanto en su parte de sombras. Creía, y yo también, que tenía un poco de todo. Encara la realidad”.

“Y tenía un gran humor sin que fuera muy bien entendido”.

“Se rebelaba contra la decadencia. Le dolía envejecer”.

“Tenía una gran capacidad para expresar y hacerle sentir al lector cosas que este aún no había vivido”.

“Y la música. Era fanático de Gardel. Le encantaba la música clásica… Bach… Beethoven… Shostakóvich… ¡Todo eso después de Gardel, claro!”.

“No releía sus obras. No leía críticas. Decía que, como el perro, no volvía sobre su vómito”.

“Cada vez que lo leo me enternezco. Y me río. Y comprendo”.

“Madrid, gracias a los amigos, fue el lugar para refugiarse de la dictadura uruguaya que lo amargó tanto. Su habitación aquí era un trozo de Uruguay”.

Y las ráfagas evocadoras de Dorothea Muhr siguen por Madrid. La violinista habla, y a su alrededor parece acudir un pasaje de Dejemos hablar al viento, escrita en Madrid y con la cual Onetti cerró el ciclo de Santa María, donde hay poco espacio para el amor, todos están abatidos por los sueños y las realidades; menos una pareja de ancianos que venden cuerdas para violín sin haberse dejado de querer “mediante la ironía, la burla y la ineludible ternura”.

 

 Madrid

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Sé por qué canta el pájaro enjaulado

Autora:  Maya Angelou (In Memorian)

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” El pájaro salta libre 
sobre el dorso de la victoria 
y flota río abajo 
hasta donde termina la corriente 
y sumerge sus alas 
en los rayos de sol de color naranja 
y osa reclamar el cielo. 

Sin embargo, un pájaro que atisba 
bajo su estrecha jaula 
rara vez puede ver a través de 
sus barrotes de furia 
sus alas se recortan y 
sus patas están atadas 
lo que abre su garganta al canto. 

El pájaro enjaulado canta 
con trino de miedo 
por las cosas desconocidas 
pero aún con anhelo 
y se escucha su melodía 
en el lejano castro el pájaro enjaulado 
canta a la libertad. 

El pájaro libre piensa en otra brisa 
en un intercambio de suaves vientos a través de árboles 
suspirando 
y los gusanos de grasa en el césped esperando por un amanecer brillante 
y da nombre a su propio cielo. 

Pero un pájaro enjaulado se halla en la tumba de los sueños 
su sombra grita en un grito de pesadilla 
sus alas se recortan y sus patas están atadas 
lo que abre su garganta al canto. 
El pájaro enjaulado canta 
con un trino de miedo 
por las cosas desconocidas 
pero aún con anhelo 
y su melodía se escucha 
en la colina distante 
el pájaro enjaulado 
canta a la libertad. “

 

Muere la poeta y activista civil Maya Angelou

Considerada una de las principales intelectuales afroamericanas, fue bailarina, actriz y la primera directora de cine negra de Hollywood

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La escritora Maya Angelou (1928-2014), autora de la famosa autobiografía «I Know Why the Caged Bird Sings» (1969), ha fallecido a los 86 años en su casa de Carolina del Norte, ha informado su agente,Helen Brand.

Poeta y activista civil, Maya Angelou está considerada una de las principales intelectuales afroamericanas. Además de escritora, fue bailarina, actriz y la primera directora de cine negra de Hollywood. En la década de los 60, participó activamente en el movimiento por losderechos civiles y trabajó estrechamente con Malcolm X y Martin Luther King.

En su aclamada «I Know Why the Caged Bird Sings», la primera de las varias autobiografías que escribió, relató su infancia en Misuri y Arkansas, y donde fue objeto de abusos sexuales.

Después de unos años en San Francisco, trabajó como periodista en los años de la descolonización africana, donde vivió en Egipto yGhana, tiempo durante el que fue editora del periódico en inglés «The Arab Observer» y más tarde dio clases en la Universidad de Accra (Ghana).  

 

Con Clinton y Obama

Su exitosa y amplísima trayectoria profesional le reportó tres premios Grammy, y fue nominada al Pulitzer de Literatura, Tony de teatro y al Emmy de televisión, éste último por su participación en la serie «Raíces».

Su prestigio intelectual hizo que Angelou fuera invitada a leer su poema «On the Pulse of Morning» durante la toma de posesión del presidente Bill Clinton, en 1993. Fue profesora universitaria y ocupó la cátedra de Estudios Americanos de la Universidad de Wake Forest University.

Como reconocimiento a su carrera, en 2011 el presidente Barack Obama le otorgó la Medalla de la Libertad, el galardón civil más prestigioso de Estados Unidos.