Rapsodia de una noche de viento

Por T.S.Eliot

Viento-780

 

Las doce.
A lo largo de los cauces de la calle
sostenidos en síntesis lunar,
susurrando encantamientos lunares,
se disuelven los suelos de la memoria
y todas sus claras relaciones,
sus divisiones y precisiones,
cada farol que dejo atrás
resuena como un tambor fatalista,
y a través de los espacios de lo oscuro
la medianoche sacude la memoria
como un loco agitando un geranio muerto.
La una y media,
el farol rociaba,
el farol mascullaba,
el farol decía: “Observa a esa mujer
que vacila hacia ti en la luz de la puerta
que se abre hacia ella como una mueca.
Ves que el borde de su vestido
está desgarrado y sucio de arena,
y ves que el rabillo del ojo
se le retuerce como un alfiler torcido”.
La memoria arroja y deja en seco
una multitud de cosas retorcidas;
una rama retorcida en la playa,
devorada, lisa, y pulida
como si el mundo rindiera
el secreto de su esqueleto,
rígido y blanco.
Un muelle roto en el solar de una fábrica,
óxido que se agarra a la forma que la fuerza ha dejado
dura y enroscada y dispuesta a dispararse.
Las dos y media.
El farol dijo:
“Observa al gato que se aplana en el arroyo,
saca la lengua furtiva
y devora un bocado de manteca rancia”.
Así la mano del niño, automática,
salió furtiva y se embolsó un juguete que corría por el
muelle.
No vi nada tras los ojos de ese niño.
He visto ojos en la calle
tratando de escudriñar a través de postigos con luz,
y un cangrejo una tarde en un charco,
un viejo cangrejo con lapas en la espalda,
agarró el extremo de un palo que le tendí.
Las tres y media,
el farol espurreaba,
el farol mascullaba en lo oscuro.
El farol canturreaba:
“Observa la luna,
la lune ne garde aucune rancune,
guiña un débil ojo,
sonríe a los rincones.
Alisa el pelo de la hierba.
La luna ha perdido la memoria.
Una desvaída viruela le agrieta la cara,
su mano retuerce una rosa de papel,
que huele a polvo y agua de colonia.
Está sola
con todos los viejos olores nocturnos
que cruzan y cruzan por su cerebro”.
Viene la reminiscencia
de secos geranios sin sol
y polvo en grietas,
olores de castañas en las calles,
y olores femeninos en cuartos de ventanas cerradas,
y cigarrillos en pasillos
y olores de cócteles en bares.
El farol dijo:
“Las cuatro.
Aquí está el número en la puerta.
¡Memoria!
Tienes la llave,
la lamparilla extiende un círculo en la escalera, sube.
La cama está abierta: el cepillo de dientes cuelga en la pared,
deja los zapatos a la puerta, duerme, prepárate para la vida.”
El último retorcimiento del cuchillo.

La luna

Autor: Jaime Sabines
Antología poética Jaime Sabines
México, 2005

 

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La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía
Un pedazo de luna en el bolsillo
es el mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que nadie lo sepa
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir


Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas

 

Tres fósfosforos

Autor: Jacques Prevèrt

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Tres fósforos encendidos uno tras otro en la noche
el primero para ver tu cuerpo entero
el segundo para ver tus ojos
el tercero para ver tu boca
y la oscuridad para recordarlo todo
abrazándote

 

 

Arte: “Desnudo reclinado sobre sofà”, de Amedeo Modigliani

Las cuestas de las comadres, (fragmento)

Autor: Juan Rulfo

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(…) Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.

Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo.

Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.

Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.

Ya debía haber estado muerto cuando le dije:

—Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.

«Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. El lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.

»Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.»

Eso le dije al difunto Remigio.

Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio a cada rato (…)

1Q84 (fragmento)

Autor: Haruki Murakami

1q84

Donde, cuando te pinchas con una aguja, brota sangre roja.
Durante los tres días siguientes no ocurrió nada –dijo Komatsu–. Yo comía lo que me daban, dormía en aquella cama estrecha, me despertaba y utilizaba un pequeño retrete instalado en un rincón de la habitación. El retrete, protegido por una mampara, tenía una puerta pero sin pestillo. Aunque por aquel entonces todavía duraban los últimos calores del verano, los conductos de ventilación debían de estar conectados a un aparato de aire acondicionado, porque no notaba ningún calor.
Tengo escuchaba el relato de Komatsu sin decir ni una palabra.
–Me traían de comer tres veces al día. No sé exactamente a qué horas. Como me habían quitado el reloj y en el cuarto no había ventanas, no distinguía el día de la noche. Aunque prestaba atención, no se oía nada. Supongo que los ruidos que yo hacía tampoco se oían en el exterior. No tenía ni idea de adónde me habían llevado. Sólo tenía una vaga sensación de que sería un lugar retirado. El caso es que durante tres días no ocurrió nada. Ni siquiera estoy seguro de que fuesen tres días. Ellos me trajeron en total nueve raciones de comida y yo me las comía cuando me las traían. La luz de la habitación se apagó tres veces y tres veces dormí. Aunque me cuesta dormir, no sé por qué pero, mientras me tuvieron secuestrado, dormí profundamente. Un poco raro eso de dormir, ¿no? Pero, bueno, ¿sigues el hilo? Tengo asintió con la cabeza.
–Durante esos tres días yo no dije ni una palabra. El que me traía la comida era un chico delgado. Llevaba una gorra de béisbol y una mascarilla blanca que le tapaba la boca. Vestía una especie de chándal y calzaba unas zapatillas de deporte sucias. Traía la comida en una bandeja y, cuando yo terminaba de comer, entraba a recogerla. Los platos eran de papel; y los cuchillos, tenedores y cucharas, de plástico barato. Me servían comida precocinada que, la verdad, muy buena no estaba, pero tampoco tan mala como para no poder tragármela, Me ponían poca cantidad. Como tenía hambre, no dejaba ni una miga. Eso también es extraño. No suelo tener apetito y, de vez en cuando, incluso me olvido de comer. De beber me daban leche y agua mineral. Nada de café o té. Ni un single malt ni una cerveza. No podía fumar. Pero, bueno, ¡qué se le iba a hacer! Tampoco estaba de vacaciones en un complejo hotelero. –De pronto, como si se hubiera acordado de que podía fumar, Komatsu sacó su cajetilla roja de Marlboro, se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió con una cerilla. Dio una profunda calada, expulsó el humo y frunció el ceño–. El tipo que me traía de comer no abría la boca. Seguramente le habían prohibido hablarme. Estaba claro que era un subalterno, un mandado. Pero debía de dominar algún tipo de arte marcial, porque estaba siempre en guardia.
–¿Usted tampoco le preguntó nada? –No, sabía que no me contestaría. Decidí quedarme callado. Comía lo que me traía, me bebía la leche, cuando apagaban la luz dormía y cuando la encendían me despertaba. Entonces el chico venía con una maquinilla eléctrica y un cepillo de dientes, y yo me afeitaba y me lavaba los dientes. Cuando terminaba, él se lo llevaba todo. En la habitación sólo había papel higiénico. No me dejaron darme una ducha ni cambiarme de ropa, aunque tampoco me apetecía. En el cuarto no había espejos, pero a mí no me importaba. Lo peor fue el aburrimiento. Desde que me despertaba hasta que me dormía, me pasaba todo el tiempo solo, sin chistar la boca, en una habitación cuadrada y totalmente blanca, como un cubo, así que era normal que me aburriese. Y es que yo necesito leer. Si no tengo al lado cualquier cosa impresa, aunque sea el menú del servicio de habitaciones, no estoy tranquilo. Pero allí no había libros, periódicos ni revistas. No había televisor, radio ni juegos. Nadie con quien hablar. Lo único que podía hacer era sentarme en la cama y mirar el suelo, las paredes, el techo. Era una situación absurda. Porque, vamos a ver, yo voy caminando por la calle, unos tipos salidos de la nada me atrapan, me duermen con cloroformo o algo así, me llevan a alguna parte y me encierran en un cuarto rarísimo sin ventanas. Y, encima, el aburrimiento (…)

Exvoto …

A las chicas de Flores

Autor: Oliverio Girondo

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Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como
las almendras azucaradas de la Confitería del Molino,
y usan moños de seda que les liban las nalgas
en un aleteo de mariposa.

Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los
brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y
si alguien las mira en las pupilas, aprietan las
piernas,de miedo de que el sexo se les caiga en la
vereda.

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin
madurar del ramaje de hierro de los balcones, para
que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas,
y de noche, al remolque de sus mamás -empavesadas
como fragatas- van a pasearse por la plaza, para
que los hombres les eyaculen palabras al
oído y sus pezones fosforescentes, se enciendan
y se apaguen como luciérnagas.

Las chicas de Flores, viven en la angustia de
que las nalgas se pudran, como manzanas que
se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las
sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse
de él como un corsé, ya que no tienen el
coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y
arrojárselo, a todos los que le pasan la vereda.

Busco la palabra

Autora: Wislawa Szymborska

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Quiero definirlos en una sola palabra:
¿Cómo son?
Tomo las palabras corrientes, robo de
los diccionarios,

mido, peso e investigo.
Ninguna
responde
La más valiente – cobarde,
La más desdeñosa – aún santa
La más cruel – demasiado
misericordiosa,
La más odiosa – poco porfiada.
Esta palabra debe ser como un volcán,
que pegue, arrastre y derribe,
como la temerosa ira de Dios,
como el hervor del odio.
Quiero que ésta una sola palabra
esté impregnada de sangre,
que como los muros del calabozo
encierre en sí cada tumba colectiva.
Que describa precisa y claramente
quienes eran – todo lo que pasó.
Porque lo que oigo,
lo que se escribe,
resulta poco,
siempre poco.
Nuestra habla es endeble,
sus sonidos de pronto – pobres.
Con empeño busco ideas,
busco esta palabra –
y no la encuentro.
No la encuentro.

LLEGÓ CON TRES HERIDAS

Autor. Miguel Hernández

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Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

CORRÍ BAJO LA LLUVIA

Autora: Julia PRILUTZKY FARNY

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Corrí bajo la lluvia… Ya no estaba.
Para alcanzarte, incontenida, loca,
corrí bajo la lluvia, con la boca
y las manos que el viento castigaba.

Toda sombra eras tú. En cada ochava,
Espejismo fugaz de luz que evoca
el rumor de su voz en toda boca,
la forma de su mano en toda aldaba.

No te encontré. Volví sin tí, lejana.
Hoy lo sé yo; tú lo sabrás mañana:
esta humilde alegría inesperada,

esto de andar la lluvia, lentamente,
con el mojado rostro transparente
y el alma, yo no sé… como lavada…

LA CERTIDUMBRE DE EXISTIR

Autor: Aldo Pellegrini

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Si
lo he visto todo
todo lo que no existe destruir lo que existe
la espera arrasa la tierra como un nuevo diluvio
el día sangra
unos ojos azules recogen el viento para mirar
y olas enloquecidas llegan hasta la orilla del país silencioso
donde los hombres sin memoria
se afanan por perderlo todo

En una calle de apretado silencio transcurre el asombro
todo retrocede hasta un limite inalcanzable para el deseo

pero tu y yo existimos

tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos