Romance de la luna, luna

Autor: Federico García Lorca 

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La luna vino a la fragua
con su polizón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye, luna, luna, luna,
que ya siento los caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.

Al rencor

Autora: Silvina Ocampo

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No vengas, te conjuro, con tus piedras;
con tu vetusto horror con tu consejo;
con tu escudo brillante con tu espejo;
con tu verdor insólito de hiedras.

En aquel árbol la torcaza es mía;
no cubras con tus gritos su canción;
me conmueve, me llega al corazón,
repudia el mármol de tu mano fría.

Te reconozco siempre. No, no vengas.
Prometí no mirar tu aviesa cara
cada vez que lloré sola en tu avara
desolación. Y si de mí te vengas,

que épica sea al menos tu venganza
y no cobarde, oscura, impenitente,
agazapada en cada sombra ausente,
fingiendo que jamás hiere tu lanza.

Entre rosas, jazmines que envenenas,
¿por qué no te ultimé yo en mi otra vida?
Haz brotar sangre al menos de mi herida,
que estoy cansada de morir apenas.

Octavio Paz y Carlos Fuentes….. Encuentros y desencuentros

Recordando a OCTAVIO PAZ, hoy se celebra un nuevo aniversario de su nacimiento

En la literatura mexicana, la obra de Octavio Paz y la de Carlos Fuentes sostienen un diálogo apasionante. Alfonso González —Profesor Emérito por la Universidad de California y traductor
al inglés de la obra de Fernando del Paso— explora la evidente y mutua complicidad entre estos autores.

Octavio Paz y Carlos Fuentes, indiscutiblemente dos de las grandes figuras literarias de la literatura mexicana del siglo XX, compartían una afinidad con las ideas socialistas y comunistas de medio siglo. El primero viaja a España para apoyar la causa republicana en 1937, el segundo va a Cuba al triunfo de la Revolución cubana en 1959. Esta afinidad los conduce a una mutua admiración y aparente amistad. Octavio Paz escribe un prólogo a Cuerpos y ofrendas (1972) de Fuentes; éste, por su parte, le dedica Zona sagrada (1967) a Paz y a su esposa. El gran parteaguas parece haber sido la secuela a la matanza de estudiantes en Tlatelolco ocurrida el 2 de octubre de 1968 por parte del gobierno que dirigía Gustavo Díaz Ordaz. Octavio Paz renunció a su puesto como embajador de México en la India dos días después de este suceso y se mantuvo fuera del país durante los siguientes tres años. Luis Echeverría Álvarez, presidente de México (1970-1976) y a quien muchos acusan de haber ordenado dicha masacre, inició rápidamente una “apertura democrática” que incluyó un acercamiento a los estudiantes e intelectuales y un apoyo a los regímenes socialistas de Chile y Cuba. Parece que esta “apertura democrática” hizo decidirse a Octavio Paz a regresar y a Fuentes, al igual que otros intelectuales llamados neoliberales como Fernando Benítez y Rosario Castellanos a apoyarlo. Sin embargo, la actitud de reconciliación de Echeverría chocó con sus acciones, como lo muestran la represión gubernamental a estudiantes por parte de sicarios entrenados y dirigidos por el gobierno y denominado Los Halcones el 2 de junio de 1971 y que es conocida como la Matanza del Jueves de Corpus. A esto se debe agregar el desplome económico del país debido a la largueza y las políticas económicas de Echeverría. Fuentes, aparentemente no convencido del todo de la política represiva del presidente, acepta el puesto de embajador de México en Francia en 1975, pero renuncia dos años después, cuando Díaz Ordaz es nombrado embajador de México en España. Por su parte, Paz regresa a México en 1971 y funda y dirige la revista Plural (1971-1976), en cuyas páginas la amistad entre Paz y Fuentes parece continuar, a pesar de sus diferencias de opinión en cuanto al nuevo presidente, Luis Echeverría Álvarez; “Paz abordó el tema de la violencia política en una serie de artículos publicados en Plural a lo largo de junio y julio de 1973 y agosto de 1974” (toda nuestra información histórica acerca de los años de Plural viene del artículo de John King).
Sin embargo, en 1988, el redactor de la revista norteamericana The New Republic, molesto por el apoyo que Fuentes le dio al gobierno sandinista de Nicaragua y convencido de que Carlos Fuentes era un fraude, envía a un representante a México para buscar a alguien de renombre que escribiera algo contra Fuentes. Se dirige a la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz, y se topa con el historiador Enrique Krauze, quien accede de buena gana. El libelo, que aparece en el número 139 de junio 27 de 1988 de la revista que dirige Paz y en inglés en el número 27 de The New Republic de la misma fecha, ocasionó una multitud de críticas nacionales e internacionales en contra de Krauze y defensas a favor de Fuentes. Como nos dice Colchero Garrido: “En el artículo de Krauze se percibe un claro empeño por desacreditar lo hasta entonces considerado como valioso por muchos otros autores que abordan la obra de Fuentes antes y después de la negra fecha señalada” (p. 165). Desde la perspectiva del lector, esto prueba incontrovertidamente que la animadversión existía ya en esa época entre estas dos grandes figuras de la literatura mexicana: Octavio Paz y Carlos Fuentes. Desde esta misma perspectiva es evidente que la relación entre ambos, a partir de esos años, fue una de desencuentros, ya que Fuentes no le volvió a dirigir la palabra, pero lo que sí es claro y evidente es la huella de Paz en la obra de Fuentes. Se nota una influencia directa del pensamiento de Paz en la obra de Fuentes en: 1) la creencia que la esencia del mexicano se halla en el origen e historia de México, las cuales persisten y definen al mexicano; 2) la concepción del tiempo como un presente eterno; 3) la mujer como un posible puente de escape a la soledad del hombre; y 4) la fuerza redentora del lenguaje vulgar mexicano.

EL ORIGEN EN LA HISTORIA

Paz explica en El laberinto de la soledad (1950) que “la historia de México… contiene la respuesta a todas las preguntas. Las circunstancias históricas explican nuestro carácter en la medida que nuestro carácter también las explica a ellas” (p. 64). Aquí mismo expone lo que para él significan los momentos más importantes de la historia de México. Ve a la Conquista como el nacimiento del México moderno que ocurre debido a la violación de las indígenas, simbolizada por la Malinche, perpetrada por los españoles representados por Hernán Cortés. Para Paz la Reforma es un rompimiento con el pasado indígena al abolir la propiedad comunal y también el pasado español, ya que casi destruye a la Iglesia y prohíbe el fuero militar y religioso. La Revolución, según Paz, es una vuelta al pasado porque se reestablece la propiedad comunal y renacen las artes prehispánicas.
En cuanto a la esencia del mexicano, Paz, en su poema “El cántaro roto” de Libertad bajo palabra (1960), establece que el México moderno ha roto con lo valioso de sus orígenes indígenas y españoles y pide una vuelta a estos valores:

El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la Virgen,
¿todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde de la fuente cegada?
¿Sólo está vivo el sapo? (p. 289).

El sapo, según aclara el mismo Paz más tarde, es el sacerdote prehispánico y el caudillo hispano-árabe. Paz continúa sugiriendo lo que hay que hacer para recuperar lo valioso del pasado de México:

hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba,
más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo,
echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado (p. 289).

Carlos Fuentes y Octavio Paz con Marie-José Paz
Carlos Fuentes y Octavio Paz con Marie-José Paz

Esto es, hay que recuperar lo valioso de nuestro pasado, hay que reparar el cántaro roto.
La presencia imperecedera del pasado indígena en la psique del mexicano se puede ver ya desde el primer libro de cuentos de Fuentes, Los días enmascarados (1955), en relatos como “Chac Mool” y “Tlactocatzine, del jardín de Flandes”.
Sin embargo, es en La región más transparente que se aprecia mejor la huella de Paz, pues no sólo trata de presentar el origen indígena-europeo del mexicano, sino también su historia y una indagación del pasado, presente y futuro de México en base a sus orígenes. Esto lo logra por el recurrente diálogo entre Ixca Cienfuegos, el narrador principal, quien propone y promueve una vuelta al sacrificio humano, y Manuel Zamacona, que propone una inmersión en los orígenes indígenas y europeos de los mexicanos. Es significativo que Zamacona lleve bajo el brazo libros de Romano Guardini, Gérard de Nerval, Alfonso Reyes y Octavio Paz (p. 369). Dos pensadores mexicanos y dos europeos. La unidad de lo indígena y lo europeo se ve también claramente en los nombres de Teódula Moctezuma e Ixca Cienfuegos, una combinación de lo indígena y lo español.

EL PRESENTE ETERNO

Octavio Paz desarrolla la antigua concepción azteca del tiempo circular, del tiempo sin pasado ni futuro, del presente eterno. El fluir del tiempo como algo recurrente y presente aparece ya desde El laberinto de la soledad: “…el tiempo no era sucesión y tránsito, sino manar continuo de un presente fijo, en el que estaban contenidos todos los tiempos, el pasado y el futuro” (p. 188). Este concepto reaparece en sus poemas de Libertad bajo palabra, (1960), y persiste aún en el epígrafe de Viento entero, (1965). En cuanto a la poesía de Paz hablaremos principalmente de Libertad bajo palabra (todas las citas con número de página son de esta edición). El lector de los poemas “Hermosura que vuelve” y “Elogio” (p. 99) queda con la sensación de que el tiempo es circular. En “¿No hay salida?” el poeta exclama: “La realidad es una escalera que no sube ni baja, no nos movemos, hoy es hoy, siempre es hoy” (p. 284). En el poema “Piedra de Sol” (p. 293) se desarrolla este concepto en su totalidad. La piedra del sol, como se sabe, es redonda y representa la visión circular del tiempo que tenían los indígenas prehispánicos. La estructura del poema es también circular: termina con la misma estrofa que comienza, dando así la impresión de un peregrinar que se repetirá ad infinitum. “Piedra de Sol” ha sido llamado poema del tiempo y está compuesto de 584 versos endecasílabos que corresponden a los 584 días de la aparente unión de Venus y el Sol, simbólicamente la hembra y el macho en términos cósmicos. A no ser por los nombres propios, no hallamos ninguna mayúscula ni ningún punto: todo es un fluir separado apenas por comas, puntos y coma, y dos puntos. El hecho que no exista un punto dentro ni al final del poema sugiere el eterno fluir de un tiempo que no acaba, que se repite, y que refleja la eterna peregrinación de la voz poética en busca de su momento resplandeciente, o sea la experiencia de lo sagrado.
Es significativo también que el epígrafe de “Piedra de Sol” corresponde a la primera estrofa del poema “Artemis” de Gérard de Nerval, la cual se refiere a la decimotercera hora. En la división que hacemos del día en veinticuatro horas, la decimotercera es siempre la continuación de la última y el inicio de la siguiente y sólo un instante la separa de la última. Nerval termina la estrofa preguntando a su reina: “¿Pues tú, reina, quién eres, la primera o la última? Y tú, rey ¿el amante único o el postrero?…”. Como se sabe, Artemis era la diosa griega de la caza, pero también del nacimiento, de la virginidad y la fertilidad. Paradójicamente se le representa como una cazadora con arco y flechas.
Por su parte, Fuentes empieza a bosquejar el concepto del tiempo como un pasado que se repite y que es siempre un “presente eterno” desde sus primeras obras. La presencia del pasado en el presente se ve desde Los días enmascarados (1954). Sin embargo no es sino hasta La muerte de Artemio Cruz (1962) que plasma este concepto en toda su totalidad. Como se sabe, la novela está compuesta de doce secciones narradas en la primera persona del singular, “yo”, y principalmente en tiempo presente, que corresponden a los últimos días de Artemio Cruz; doce partes narradas en la segunda persona del singular “tú”, correspondientes a la memoria del moribundo Artemio y narradas principalmente en el tiempo futuro; y doce secciones narradas en la tercera persona del singular “él” y principalmente en tiempo pasado y que corresponden a episodios de la vida de Artemio Cruz. Las doce secciones presentan un tiempo circular: yo, presente; tú, futuro; él, pasado. La decimotercera sección, que narra el nacimiento y muerte de Artemio Cruz, es una combinación de “él” (pasado), “yo” (presente), y “tú” (futuro), que da la sensación de un perro mordiéndose la cola, de un tiempo sin principio ni fin.

Octavio Paz y Marie-José Paz, 1971
Octavio Paz y Marie-José Paz, 1971

LA MUJER COMO PUENTE AL MOMENTO RESPLANDECIENTE

La idea de que la mujer puede ser el puente o el impedimento para la experiencia de lo sagrado aparece una y otra vez en la poesía de Octavio Paz como en:

DOS CUERPOS

Dos cuerpos frente a frente
a veces son dos olas
y la noche es océano.
Dos cuerpos frente a frente
a veces son dos piedras
y la noche desierto.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.
Dos cuerpos frente a frente
a veces son navajas
y la noche relámpago.

En “Piedra de Sol” presenciamos el peregrinaje eterno —lleno de frustraciones, pero siempre en busca de ese elusivo momento— del hombre en busca de esa experiencia de lo sagrado.
Esta experiencia, según Paz, ocurre cuando el hombre se siente parte de algo más grande que él y se puede lograr a través de varias maneras, como la poesía y la mujer. Para Paz, la mujer es una síntesis de realidades contrarias; en “Piedra de Sol” nos dice: “vida y muerte pactan en ti señora de la noche” (p. 309). Los 584 versos de “Piedra de Sol” son una representación de la accidentada peregrinación del poeta en su búsqueda de este momento. La mujer sin embargo no siempre sirve como puente para esta epifanía. Cuando es puente para esta experiencia es toda luz: “piernas de luz, vientre de luz, bahías / roca solar, cuerpo color de nube” (p. 294). Cuando no lo es, es insensible: “y en tus ojos no hay agua, son de piedra / y tus pechos, tu vientre, tus caderas / son de piedra, tu boca sabe a polvo” (p. 299). Asimismo la habitación donde se consuma el amor, “…como un fruto se entreabre / o estalla como un astro taciturno” (p. 303). El amor espontáneo, natural, que nace del deseo mutuo, es el único amor que puede transportarnos al momento resplandeciente. El amor convencional, regido por las leyes de la sociedad, el encadenado por “el qué dirán” o por el deber conyugal, es el destructor. Paz ve este aspecto del amor con horror y prefiere “mejor el crimen, / los amantes suicidas, el incesto… mejor la castidad…” (p. 395). La mujer que ama, que siente, sin importar el nombre o la época, es la que puede ayudar al hombre a lograr esta experiencia, esta comunión con lo sagrado. “He olvidado tu nombre, Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María” (p. 296). El deseo de la voz poética por hallar el momento resplandeciente se convierte en una obsesión que lo hace despeñarse: “recojo mis fragmentos uno a uno / y prosigo sin cuerpo, busco a tientas” (p. 295). Busca este momento como si fuera su redención: “piso los pensamientos de mi sombra, / piso mi sombra en busca de un instante” (p. 296). Esta búsqueda frenética deja a la voz poética temporalmente exhausta: “No hay nada en mí sino una larga herida / una oquedad que ya nadie recorre” (p. 300).
En La muerte de Artemio Cruz vemos esta idea a través de la novela. En su lecho de muerte Artemio Cruz lucha por recordar los momentos plenos que pasó con Regina. En este aspecto es significativa la repetición de la frase “Y las mujeres. No, no éstas. Las mujeres. Las que aman. ¿Cómo? Sí. No. No sé. He olvidado el rostro. Por Dios, he olvidado ese rostro. No. No lo debo olvidar” (pp. 59-60). Las descripciones del amor con Regina son verdaderos poemas:

Cuando cerró los ojos, se dio cuenta de la infinidad amorosa de ese cuerpo joven abrazado al suyo: pensó que la vida entera no bastaría para recorrerlo y descubrirlo, para explorar esa geografía suave, ondulante, de accidentes negros, rosados. El cuerpo de Regina esperaba y él, sin voz y sin vista, se estiró sobre la cama (p. 63).

EL LENGUAJE SAGRADO, PROHIBIDO

Para Paz las palabras prohibidas, sagradas, del mexicano están íntimamente ligadas a su historia y giran alrededor del vocablo La Chingada. Según el autor La Chingada es la madre violada que no es “una madre de carne y hueso, sino una figura mítica” (p. 68). La Chingada corresponde histórica y simbólicamente a la Malinche, la india violada por el conquistador español, Cortés. De esta violación histórica nace el mexicano y su repudio hacia la misma, expresado en el vocablo La Chingada. “En México los significados de la palabra son innumerables. Es una voz mágica. Basta un cambio de tono, una inflexión apenas, para que el sentido varíe …Se puede ser chingón, un gran chingón (en los negocios, en la política, en el crimen, con las mujeres), un chingaquedito (silencioso, disimulado, urdiendo tramas en la sombra, avanzando como para dar el mazazo), un chingoncito” (p. 69). La importancia de esta palabra se subraya por el hecho de que el autor le dedica más de cuatro páginas a la misma (El laberinto de la soledad, pp. 67-72).
Fuentes, por su parte, expande gráficamente este concepto citando numerosos significados de la palabra en La muerte de Artemio Cruz. En una sección de “Tú”, Artemio Cruz se dice a sí mismo:

Tú la pronunciarás: es tu palabra; y tu palabra es la mía; palabra de honor; palabra de hombre; palabra de rueda; palabra de molino; imprecación, propósito, saludo, proyecto de vida… resumen de la historia; santo y seña de México: tu palabra:

Chingue a su madre
Hijo de la Chingada
Aquí estamos los meros chingones
Déjate de chingaderas
Ahorita me lo chingo
(pp. 143-144).

La huella de Paz radica no solamente en la repetición del vocablo, sino también y de manera más importante, en su origen, en el significado histórico que le da Fuentes: “resumen de la historia”. Asimismo vemos que el Don Nadie español (p. 40) de El laberinto de la soledad engendra al Don Asusórdenes de La muerte de Artemio Cruz (p. 459).
Podemos intuir que los encuentros entre Paz y Fuentes se deben a que viven en un mismo tiempo histórico en el que la indagación de la identidad del mexicano es de suma importancia y a una afinidad de creencias políticas y artísticas. Los desencuentros surgen a partir de los sucesos de Tlatelolco en 1968: Paz rompe violentamente con el gobierno de Díaz Ordaz renunciando a su puesto como embajador de la India y manteniéndose alejado de su patria por tres años; Fuentes, más joven y optimista, creyendo que el nuevo gobierno de Echeverría iniciaba un cambio radical en su política interior y exterior de México al acercarse a los estudiantes y apoyar a la revolución cubana y a Salvador Allende, decide apoyar al nuevo presidente y acepta el puesto de embajador en Francia, mismo al que renuncia dos años después cuando Díaz Ordaz es nombrado embajador de México en España. El desencuentro se concreta y es evidente en el libelo contra Fuentes aparecido en Vuelta en octubre de 1988. Es sabido que Fuentes, a partir de este incidente, no le volvió a dirigir la palabra a Paz. A pesar de esto, a Paz y a Fuentes los une una misma cosmovisión artística y política.

Carlos Fuentes y Silvia Lemus
Carlos Fuentes y Silvia Lemus

Artículo de  Alfonso Gonzalez

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/0212

OBRAS CITADAS

María Teresa Colchero Garrido, “La polémica ocasionada por Krauze sobre Carlos Fuentes”. Dialéctica, 20 163-169 diciembre de 1988. (http://148.206.53.230/revistasuam/dialectica/include/getdoc.php?id=363&article=382&mode=pdf)
Carlos Fuentes, La región más transparente, FCE, México, 1958.
——La muerte de Artemio Cruz, FCE, México, 1952.
John King, “Paz, Plural y el mundo”, Letras Libres, México, abril de 2008. (http://www.letras libres.com/index, php?art=12822).
Enrique Krauze, “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, Vuelta, número 139 (junio 27 de 1988): pp. 15-26. “The Guerrilla Dandy”, The New Republic (June 27, 1988): pp. 28-38.
Octavio Paz, El laberinto de la soledad, FCE, México, 1973. Originalmente en Cuadernos Americanos, 1950.
Octavio Paz, Libertad bajo palabra, FCE, México, 1960.

 

Lolita (fragmento)

Autor:  Vladimir Nabokov

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Ahora creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o tres veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica ( o sea demoníaca); propongo llamar nínfulas a estas criaturas escogidas.
(…)
Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad – o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas.
(…)
Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita, reconocí el pequeño lunar en su flanco.
(…)
Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo, para reconocer de inmediato, por signos inefables – el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas me prohiben enumerar- al pequeño demonio mortífero ignorante de su fantástico poder.
(…)
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

Solitario de amor (fragmento)

Autora:  Cristina Peri Rossi

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Compró viejos y nuevos diccionarios para Aída. Los viejos son para leerlos, los nuevos sólo para consultarlos. En ellos buscamos palabras antiguas y palabras modernas, palabras que existen y palabras inventadas.
-Hay días en que amanezco muy eme -le digo a Aída.
Despierto membranoso y mamario, masturbatorio, meditabundo.
Me pongo místico. La amo inmoderadamente, como a un ídolo antiguo.
-Hoy me siento muy be -dice Aída, siguiendo el juego.
Babel, bacante, bárbara, bella y brutal, bramadora, burlona, bravía, bovina, biliosa, bostezante, a veces beoda, babeante, bestial.
-Bala, bebe, bencina, burbuja, benjuí, bisturí, balsa, boca, blanco, bolo, blonda -dice Aída, asociando libremente.
-Bruja, belga, barca, Barcelona, Bremen, bramido, branquias, belladonas, bostezo, bajo, besamano -agrego yo, enseguida.
A la noche, bajo la cama, los diccionarios están de pie. Dormidos bajo la opalina, bajo la dorada D, y en mis sueños hay palabras que no conozco, como bastelo y bondino.
Despierto, a las tres de la mañana, solo, sin Aída. El cielo tiene una leve tonalidad rosa, en el negro profundo. Me visto. Aída, lejos, debe dormir junto a su hijo. Ninguna posibilidad de despertarla, de llegar hasta su casa y meterme en su cama. En la calle hay algunas luces encendidas. Los autos, en fila, ocupan todo el espacio. Como grandes insectos coriáceos que hubieran invadido la ciudad y, ahora, dormidos, reposaran de su triunfo. Árboles raquíticos asoman entre ellos, como picas de un ejército en retirada. Por la calle, nadie. Los focos encendidos iluminan un telón fantasmal, un teatro vacío. El Vips está abierto, repleto de chucherías, como la antesala de un aeropuerto, a la noche, en un viaje transoceánico. Los escasos clientes se pasean entre carteles de viejas actrices, hoy retiradas, cuya belleza tiene algo de prefabricado, algo de cartón. Marlene Dietrich y su larga boquilla, con su mirada viciosa de mujer aburrida, de mujer sin ilusiones, pero que provoca el sueño ajeno. Rita Hayworth y su melena rojiza, con un vestido negro y un sujetador exagerado quizás para sus glándulas mamarias. Me muevo entre revistas extranjeras con portadas casi siempre iguales: príncipes, tenistas, ministros. Aída no está en ninguna, aunque es la única imagen que quiero ver. Aída, con su rostro siempre pálido de mujer que no ama el sol, de psique enfermiza. Aída, con su melena sobre los ojos, como un perro de aguas. Aída y el misterio de boca ancha y breve, con un leve orificio en el centro.

Dónde está Dios, aunque no exista

Autor: Fernando Pessoa

PessoaHeteronimia por Bottelho

¿Dónde está Dios, aunque no exista? Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido, disfrutar de ser perdonado por una caricia no propiamente maternal. Un regazo para llorar, pero un regazo enorme, sin forma, espacioso como una noche de verano, y sin embargo cercano, caliente, femenino, al lado de cualquier fuego… Poder llorar allí cosas impensables, faltas que no sé cuáles son, ternuras de cosas inexistentes, y grandes dudas crispadas de no sé qué futuro…Una infancia nueva, un ama vieja otra vez, y una cama pequeña donde acabe por dormirme, entre cuentos que arrullan, mal oídos, con una atención que se pone tibia, de rayos que penetraban en jóvenes cabellos rubios como el trigo… Y todo esto muy grande, muy eterno, definitivo para siempre, de la estatura única de Dios, allá en el fondo triste y somnoliento de la realidad última de las cosas…Un regazo o una cuna o un brazo caliente alrededor de mi cuello…Una voz que canta bajo y parece querer hacerme llorar…El ruido de la lumbre en el hogar… Un calor en el invierno… Un extravío suave de mi conciencia… Y después, sin ruido, un sueño tranquilo en un espacio enorme, como la luna rodando entre estrellas…Cuando coloco en un rincón, con un cuidado lleno de cariño –con ganas de darles besos- mis juguetes, las palabras, las imágenes, las frases –¡me quedo tan pequeño y tan inofensivo, tan solo en un cuarto tan grande y tan triste, tan profundamente triste…! Después de todo, ¿quién soy yo cuando no juego? Un pobre huérfano abandonado en las calles de las sensaciones, tiritando de frío en las esquinas de la Realidad, teniendo que dormir en los escalones de la Tristeza y que comer el pan regalado de la Fantasía. De un padre sé el nombre; me han dicho que se llama Dios, pero el nombre no me da idea de nada. A veces, de noche, cuando me siento solo, le llamo y lloro, y me hago una idea de él a la que poder amar… Pero después pienso que no le conozco, que quizás no sea así, que quizás no sea nunca ese padre de mi alma…¿Cuándo se terminará todo esto, estas calles por las que arrastro mi miseria, y estos escalones donde encojo mi frío y siento las manos de la noche entre mis harapos? Si un día viniese Dios a buscarme y me llevase a su casa y me diese calor y afecto… Pero el viento se arrastra por la calle y las hojas caes en la acera… Alzo los ojos y veo las estrellas que no tienen ningún sentido… Y de todo esto apenas quedo yo, un pobre niño abandonado…Tengo mucho frío. Estoy tan cansado en mi abandono. Vé a buscar, oh Viento, a mi Madre. Llévame por la Noche a la casa que no he conocido…Vuelve a darme, oh Silencio, mi alma y mi cuna y la canción con que dormía.

Atlas de geografía humana (fragmento)

Autora: Almudena Grandes

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Mientras le rogaba que se sentara, y averiguaba lo que le apetecía tomar, y me iba a buscar un par de cervezas a la nevera, me pregunté por qué no me había atrevido a descolgar nunca aquel cuadro horrible, por qué cargaba con él como si fuera una especie de maldición indisoluble incluso ahora, cuando Amanda ya no necesitaba vivir entre recuerdos de su padre porque disfrutaba a diario del irreemplazable original, y mientras recorría el pasillo en sentido inverso con una bandeja entre las manos, me propuse incluso quitarlo de la pared aquella misma noche, ahorrarme para el resto de mi vida esa pequeña tortura a la que jamás había llegado a acostumbrarme, el instante de repeluzno que me asaltaba al contemplarme así, tan horrorosa, cada vez que ponía un pie en mi propia casa. Creo que eso fue lo último que pensé con serenidad en muchas horas.
Cuando volví al salón, él no estaba de pie, estudiando los mapas, como había previsto, sino sentado en el mismo sillón en el que lo dejé, mirándolo todo con mucha atención, interpretando tal vez la realidad, mi realidad, recordé, como si fuera un paisaje más. Desde la primera vez que le vi, e incluso después de su acceso de cólera telefónica, demasiado violento para ser habitual, me había parecido un hombre muy tranquilo, y no sólo por sus gestos lentos, reposados, sino por una extraña cualidad, relacionada tal vez con su capacidad para comprender lo que le rodeaba, que le permitía integrarse casi instantáneamente en cualquier lugar, como si fuera uno de esos animales miméticos que pueden cambiar a voluntad de forma y de color. Por eso estaba ahí, más recostado que erguido, con Las piernas cruzadas de esa enrevesada manera típicamente masculina, el tobillo izquierdo encabalgado sobre la rodilla derecha, dejando caer la ceniza de su cigarrillo sobre el cenicero que tenía más a mano, relajado y divertido, con tanta naturalidad como si llevara toda la vida viviendo en mi casa, sentándose en aquel sillón, ensuciando aquel cenicero

Cerca y lejos

Autor: Gabriel Celaya

Nacer_y_morir[1][1]

Más allá del pecado,
indecible, te adoro,
y al buscar mis palabras
sólo encuentro unos besos.

En el pecho, en la nuca,
te quiero.
En el cáliz secreto,
te quiero.

donde tu vientre es combo,
fugitiva tu espalda,
oloroso tu cuerpo,
te quiero.

Tristana (fragmento)

Autor:  Benito Pérez Galdós

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Te quise desde que nací…». Esto decía la primera carta… no, no, la segunda, que fue precedida de una breve entrevista en la calle, debajito de un farol, entrevista intervenida con hipócrita severidad por Saturna, y en la cual los amantes se tutearon sin acuerdo previo, como si no existiesen, ni existir pudieran otras formas de tratamiento. Se asombraba ella del engaño de sus ojos en las primeras apreciaciones de la persona del desconocido. Cuando se fijó en él, la tarde aquella de los sordomudos, le tuvo por un señor así como de treinta o más años. ¡Qué tonta! ¡Si era un muchacho!… Y su edad no pasaría seguramente de los veinticinco, sólo que tenía un cierto aire reflexivo y melancólico, más propio de la edad madura que de la juventud. Ya no dudaba que sus ojos eran como centellas, su color moreno caldeado de sol, su voz como blanda música que Tristana no había oído hasta entonces y que más le halagaba los senos del cerebro después de escuchada. «Te estoy queriendo, te estoy buscando desde antes de nacer —decía la tercera carta de ella, empapada de un espiritualismo delirante—. No formes mala idea de mí si me presento a ti sin ningún velo, pues el del falso decoro con que el mundo ordena que se encapuchen nuestros sentimientos se me deshizo entre las manos cuando quise ponérmelo. Quiéreme como soy; y si llegara a entender que mi sinceridad te parecía desenfado o falta de vergüenza, no vacilaría en quitarme la vida».
Y él a ella: «El día en que te descubrí fue el último de un largo destierro».
Ella: «Si algún día encuentras en mí algo que te desagrade, hazme la caridad de ocultarme tu hallazgo. Eres bueno, y si por cualquier motivo dejas de quererme o de estimarme, me engañarás, ¿verdad?, haciéndome creer que soy la misma para ti. Antes de dejar de amarme, dame la muerte mil veces».
Y después de escribir estas cosas, no se venía el mundo abajo. Al contrario, todo seguía lo mismo en la tierra y en el cielo. ¿Pero quién era él, quién? Horacio Díaz, hijo de español y de austriaca, del país que llaman Italia irredenta; nacido en el mar, navegando los padres desde Fiume a la Argelia; criado en Orán hasta los cinco años, en Savannah (Estados Unidos) hasta los nueve, en Shangai (China) hasta los doce; cuneado por las olas del mar, transportado de un mundo a otro, víctima inocente de la errante y siempre expatriada existencia de un padre cónsul. Con tantas idas y venidas, y el fatigoso pasear por el globo, y la influencia de aquellos endiablados climas, perdió a su madre a los doce años, y a su padre a los trece, yendo a parar después a poder de su abuelo paterno, con quien vivió quince años en Alicante, padeciendo bajo su férreo despotismo más que los infelices galeotes que movían a fuerza de remos las pesadas naves antiguas.
Para más noticias, óiganse las que atropelladamente vomitó la boca de Saturna, más bien secreteadas que dichas: «Señorita… ¡qué cosas! Voy a buscarle, pues quedamos en ello, al número 5 de la calle esa de más abajo… y apechugo tan terne con la dichosa escalerita. Me había dicho que a lo último, a lo último, y yo, mientras veía escalones por delante, para arriba siempre. ¡Qué risa! Casa nueva; dentro, un patio de cuartos domingueros, pisos y más pisos, y al fin… Es aquello como un palomar, vecinito de los pararrayos, y con vistas a las mismas nubes. Yo creí que no llegaba. Por fin, echando los pulmones, allí me tiene usted. Figúrese un cuarto muy grande, con un ventanón por donde se cuela toda la luz del cielo, las paredes de colorado, y en ellas cuadros, bastidores de lienzo, cabezas sin cuerpo, cuerpos descabezados, talles de mujer con pechos inclusive, hombres peludos, brazos sin persona, y fisonomías sin orejas, todo con el mismísimo color de nuestra carne. Créame, tanta cosa desnuda le da a una vergüenza… Divanes, sillas que parecen antiguas, figuras de yeso, con los ojos sin niña, manos y pies descalzos… de yeso también… Un caballete grande, otro más chico, y sobre las sillas o clavadas en la pared, pinturas cortas, enteras o partidas, vamos a decir, sin acabar, algunas con su cielito azul, tan al vivo como el cielo de verdad, y después un pedazo de árbol, un pretil… tiestos; en otra, naranjas y unos melocotones… pero muy ricos… En fin, para no cansar, telas preciosas y una vestidura de ferretería, de las que se ponían los guerreros de antes. ¡Qué risa! Y él allí, con la carta ya escrita. Como soy tan curiosa, quise saber si vivía en aquel aposento tan ventilado, y me dijo que no y que sí, pues… Duerme en casa de una tía suya, allá por Monteleón; pero todo el día se lo pasa acá, y come en uno de los merenderos de junto al Depósito.

 

Dame tu libertad. No quiero tu fatiga

Autor: PEDRO SALINAS SERRANO

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Dame tu libertad.
No quiero tu fatiga,
No, ni tus hojas secas,
Tu sueño, ojos cerrados.
Ven a mí desde ti,
No desde tu cansancio
De ti. Quiero sentirla.
Tu libertad me trae,
Igual que un viento universal,
Un olor de maderas
Remotas de tus muebles,
Una bandada de visiones
Que tú veías
Cuando en el colmo de tu libertad
Cerrabas ya los ojos.
¡Qué hermosa, tú, libre y en pie!
Si tú me das tu libertad me das tus años
Blancos, limpios y agudos como dientes,
Me das el tiempo en que tú la gozabas.
Quiero sentirla como siente el agua
Del puerto, pensativa,
En las quillas inmóviles
El alta mar. La turbulencia sacra.
Sentirla,
Vuelo parado,
Igual que en sosegado soto
Siente la rama
Donde el ave se posa
El ardor de volar, la lucha terca
Contra las dimensiones en azul.
Descánsala hoy en mí: la gozaré
Con un temblor de hoja en que se paran
Gotas del cielo al suelo.
La quiero
Para soltarla, solamente.
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
Por el mar, por el tiempo,
Veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando.