A un niño en un árbol

Autor: Jorge Teillier

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Eres el único habitante
de una isla que sólo tú conoces,
rodeada del oleaje del viento
y del silencio rozado apenas
por las alas de una lechuza.

Ves un arado roto
y una trilladora cuyo esqueleto
permite un último relumbre del sol.
Ves al verano convertido en un espantapájaros
cuyas pesadillas angustian los sembrados.
Ves la acequia en cuyo fondo tu amigo desaparecido
toma el barco de papel que echaste a navegar.
Ves al pueblo y los campos extendidos
como las páginas del silabario
donde un día sabrás que leíste la historia de la felicidad.

El almacenero sale a cerrar los postigos.
Las hijas del granjero encierran las gallinas.
Ojos de extraños peces
miran amenazantes desde el cielo.
Hay que volver a tierra.
Tu perro viene a saltos a encontrarte
Tu isla se hunde en el mar de la noche.

Imágen elegida: Muchachos trepando a un árbol es un óleo sobre lienzo de Francisco de Goya,

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Mariposas

Autora: Ida Vitale

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Altas,
en el poco cielo de la calle,
juegan dos mariposas amarillas,
crean sobre el seriado semáforo
un imprevisto espacio,
luz libre hacia lo alto,
luz que nadie ha mirado,
a nada obliga.
Proponen la distracción terrestre,
llaman hacia un paraje
—¿paralogismo o paraíso?— donde
sin duda volveríamos
a merecer un cielo,
mariposas.

 

Sirenas

Autora: Marguerite Yourcenar

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Con risas sordas, gruñidos y sollozos, las hijas del mar
pelean y se abrazan entre negros peñascos,
peinan sus cabelleras relucientes en la sombra
y arrastran, taciturnas, su ondulante piel por la playa

A su lado se bañan anguilas viajeras,
ágiles cachalotes y un oso-niño color de nieve;
el fuego de sus ojos se aviva y se extingue,
trémulo faro sobre las olas, provocando el naufragio.

Sus cuerpos de ámbar y de leche toman la forma de las
    olas;
en la amarga niebla que el mar exhala, el incierto deseo,
el pesar, el terror y la esperanza condensan la noche.

Y los náufragos, mecidos blandamente sobre la garganta
donde todo zozobra, paladean en la oscura inmensidad
el cálido amor que esconde la muerte en la entraña del
    agua.

 

Imágen elegida: The land baby, el hijo de la tierra. Pintura de John Collier.

Edith Cavell (1865-1915)

La enfermera ejecutada

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Edith Cavell fue una enfermera que formó parte de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial. Su historia no habría trascendido, se habría quedado en la larga lista de mujeres que colaboraron durante la contienda a curar enfermos, si no fuera porque Edith Cavell fue ejecutada. El ejército alemán descubrió su doble vida. Y es que Edith no era sólo enfermera. Además de cuidar de los soldados heridos, los ayudaba a escapar de las zonas ocupadas por los alemanes. A pesar de la presión internacional, sobretodo de países neutrales, Alemania no dudó en terminar con su vida. Fue un gran error. Edith se convirtió entonces en un mito y un icono para la propaganda aliada.

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Una muchacha solidaria

Edith Cavell nació el 4 de diciembre de 1865 en una localidad cercana a Norwich conocida como Swardestone. Edith era la mayor de cuatro hermanos. Su padre, un reverendo llamado Frederick Cavell, inculcó en sus hijos el amor al prójimo y la necesidad de ayudar a los más necesitados.

Su familia ayudaba a los demás siempre que podía a pesar de no tener demasiados ingresos. Edith empezó a trabajar como institutriz hasta que se formó como enfermera en el Hospital de Londres de la mano de Eva Lucke, quien fue una reputada comadrona.

M0011539 Edith Cavell, 1865-1915

Comadrona en Bruselas

En 1907 consiguió un trabajo de comadrona en una escuela de enfermería en Bruselas. Desde entonces hasta el inicio de la Gran Guerra, Edith se volcó en su profesión de matrona y enfermera trabajando en distintos hospitales, enseñando en escuelas de enfermería y creando incluso una revista a la que tituló L’infirmière. Su profesionalidad la convirtió en esos años en una de las principales pioneras de la enfermería moderna. Pero su carrera, como la vida de muchas personas en el Viejo Continente, se vio sacudida bruscamente por el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Algo más que una enfermera

Edith se encontraba en su Inglaterra natal visitando a su madre cuando en Europa se iniciaba un conflicto bélico que iba a tener magnitudes desconocidas hasta el momento. Volvió rápidamente a Bruselas donde su centro hospitalario había sido puesto bajo la dirección de la Cruz Roja.

En noviembre de aquel mismo año de 1914, Bruselas caía en manos alemanas. Fue entonces cuando Edith no sólo dedicó sus esfuerzos en intentar salvar la vida de un gran número de soldados de todos los frentes, sino que decidió ayudar a los aliados a huir de la zona ocupada. Edith pudo salvar muchas vidas durante casi diez meses. Hasta que fue delatada.

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Una ejecución condenada

El 3 de agosto de 1915 fue detenida y trasladada a la prisión de Saint Gilles donde permaneció diez semanas, las dos últimas en régimen de aislamiento. En ningún momento Edith negó los cargos de los que se la acusaba. Admitió con gran dignidad que había acogido en su casa a más de un centenar de soldados británicos, franceses y belgas a los que posteriormente había ayudado a escapar.

La noticia de la detención de la enfermera británica indignó a los países aliados y a otros neutrales como Estados Unidos, que aún no había entrado en guerra, y España. Estos países pidieron que se aplicara la Convención de Ginebra según la cual se debía proteger al personal sanitario. Pero, a pesar de las distintas peticiones de clemencia y de la oposición de algunos altos cargos alemanes, la ejecución tuvo lugar el 12 de octubre de 1915.

Su cuerpo fue enterrado junto a la prisión de Saint Gilles hasta que pudo ser trasladado a Inglaterra, una vez finalizada la guerra. Después de un memorial en su recuerdo en la Abadía de Westminster, fue enterrada en Norwich.

Un símbolo de valentía

Edith Cavell murió convencida que había hecho lo que debía, ayudar a los demás. Su muerte se convirtió en todo un símbolo de valentía y su figura se convirtió en un icono de los aliados a la vez que volcó sobre Alemania una imagen de barbarie irracional.

Edith fue, sin duda, una gran enfermera que llevó a las últimas consecuencias sus ideales.

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Hilario Alejos Madrigal

Es una alfarero mexicano procedente de un pequeño pueblo en el estado de Michoacán, conocido por sus escultaras de piñas elaboradas en cerámica. El nombre proviene de la forma originial creada por su madre, la alfarero Elisa Madrigal Martínez, quien creo poncheras en forma de piñas. Las variaciones del trabajo de Alejo Mafrigal incluyen cuencos, candelabros y más, siendo la versión hecha en vidrio verde la más conocida.

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Biografía:

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Alejos Madrigal nace en San José de Gracia, Michoacán.  Su madre era Elisa Madrigal Martínez, del municipio de Carapan, Michoacán. Cuando ella se mudó a San José de García, decidió crear algo diferente a las tradicionales cacerolas, haciendo poncheras con forma de piña, por las cuales logró hacerse reconocer. Tiempo después comenzó a utilizar el tema de piñas para crear otros objetos. Alejos Madrigal comenzó a aprender sobre alfarería a la edad de 15 años bajo la tutela de su madre, junto con sus hermanos José María, Emilio y Bulmaro quienes también poseen talleres en la misma ciudad. El trabajo de esta familia ha estimulado la diversidad y creatividad en la tradición alfarera de esta ciudad. Hoy en día Alejos Madrigal trabaja con su esposa, Audelia Cerano y sus hijos Elizabeth, Osvaldo, Andrea y Lupita en el taller familiar, el cual es una extensión de su hogar

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En un principio Alejos Madrigal elaboraba artículos utilitarios, pero cuando comenzó a interesarce en participar en concursos, adaptó el tema de piña en otros objetos al igual que su madre. Su trabajo más conocido es su técnica de vidriado en verde, la cual emplea para la elaboración de ollas, poncheras, candelabros y demás productos.  Además del verde, tambipen emplea colores como amarillo y azul en sus piensas, mostrando en cada pieza su habilidad y destreza en los detalles.  Sus piezas piña más conocidas son las llamadas biznaga y conchita. El primero es un tipo de cruce entre cactus y piña, mientras que el segundo se recibe el nombre por el parecido a las pequeñas piezas en forma de concha de la “piel” de la piña

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Creación de las Piezas

Cada pieza de piña conlleva alrededor de una semana de trabajo, sobre todo cuando se utilizan técnicas de aplicados y calados.  Alejos Madrigal emplea dos tipos de arcilla el cual adquiere de un depósito que se encuentra a las afueras de la ciudad, el cual es resistente al calor y lo suficientemente fuerte para sostener la estructura de sus piezas. La forma básica es creada con discos de barro y moldes, pero los elementos decorativos y texturas complejas son hechas a mano, generalmente por pellizcos. Cuando la pieza está completamente formada, se cubre con una capa de barro blanco la cual funge como base, luego se cocina durante 5 horas. Después de enfriarse, las piezas se cubren con un tipo de [óxido de plomo[]] o óxido de cobre en esmalte para crea un color más brillante. Las piezas se cocinan por segunda vez durante cinco horas.

Los artistas estatales necesitan mucha imaginación para la elaboración y creación de sus piezas.

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Reconocimiento

Alejos Madrigal ha recibido numerosos reconocimientos por su trabajo, sus obras se encuentran entre las más reconocidas en México.  Ganó el primer y segundo lugar en eventos como los concursos de Noche de Muertos y Domingo de Ramos en PátzcuaroUruapan en el estado de Michoacán. Recibió el cuarto lugar en el Gran Premio de Arte Popular en la Ciudad de México. Aparece en el libro de referencias Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano por Fomento Cultural Banamex, con una piña biznaga en la portada

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Besarse, mujer…

Autor: Miguel Hernández

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Besarse, mujer,
al sol, es besarnos
e toda la vida.

Ascienden los labios
eléctricamente
vibrantes los rayos,
con todo el fulgor
de un sol entre cuatro.

Besarse a la luna,
mujer, es besarnos
en toda la muerte.

Descienden los labios
con toda la luna
pidiendo su ocaso,
gastada y helada
y en cuatro pedazos.

 

Imágen elegida:

El beso
(Der Kuss)
Gustav Klimt, 1907-8

 

Miguel Hernández: don, amor, voluntad y lucha

Diéronle muerte y cárcel las Españas
Francisco de Quevedo

Tenía Miguel Hernández 32 años en el momento de su muerte —28 de marzo de 1942—. Apenas. Sucedió en el Reformatorio de Adultos de la ciudad de Alicante, enfermos de muros sus pulmones. Pero muere con los ojos abiertos, sin que quienes le vieran morir pudieran lograr cerrárselos. Sus últimas palabras son para su esposa: “¡Josefina, hija, qué desgraciada eres!”

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I. Había nacido en el pueblo de Orihuela, provincia de Alicante (Sureste Español), el 30 de octubre de 1910. Su padre era pastor, y Miguel también lo fue desde muy corta edad. Aprendió a leer a los diez años, y aunque sus profesores descubrieron ciertas dotes y afición a la lectura, e intentaron convencer a su familia para que siguiera estudiando, su padre decidió, por razones puramente económicas, que trabajara, y así fue que continuó como pastor y en ocasiones como repartidor de leche a domicilio.La adolescencia de Miguel Hernández es, pues, una adolescencia aparentemente alejada de la poesía, y digo aparentemente, porque creo que sin embargo, son los años en los que se descubre y devora lecturas, y ya siente necesidad de exteriorizar sus sentimientos. Pero es en 1925 cuando encuentra en su pueblo a un grupo de muchachos que, como él, también se aficionaban a los versos. En ese grupo destaca la figura de Ramón Sijé, sacerdote posteriormente; éste le prestó libros, fue la persona que ordenó sus lecturas y Miguel Hernández conoció a los poetas clásicos y modernos, leyó novelas, y desde luego comenzó a escribir de manera torrencial.En otro lugar he escrito que “imaginamos como resultado”, es decir, que la imaginación es el fruto de una buena observación y aprehensión de lo que nos llega del exterior; esto se cumple también en Miguel Hernández, ya que, a raíz de sus lecturas, se va conformando un paisaje poético personal y, a través de su amistad con Sijé, un paisaje ideológico.

En el caso de su amistad con Sijé, me ha llamado anecdóticamente la atención el pensar que el apellido de este cura significa en griego alma; y resulta curioso que fuera Ramón Sijé el impulsor y descubridor de nuestro poeta. (En realidad “Ramón Sijé” es un seudónimo: el nombre verdadero de este personaje es José Marín Gutiérrez, pero éste es un dato poco conocido).

Sijé fue la persona que más influyó, en un principio, en Miguel Hernández. El carácter temperamental, espontáneo y agradecido del poeta le llevó a cuajar unos versos de hondo sentimiento religioso (Silbos), de los que sin embargo Miguel se arrepentiría más tarde. Llegó a escribir un Auto-Sacramental —Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que eras—: y fue este Auto el que le proporcionó su definitiva entrada en Madrid, ya que José Bergamín, de pensamiento católico, lo publicó en su excelente revista Cruz y Raya, en los números 16-18 de julio y septiembre de 1934.

Es entonces cuando conoce en Madrid a los principales poetas que reunió ese tiempo fecundo de la República Española —Juan Ramón, Machado, García Lorca, Alberti, Cernuda, Aleixandre, León Felipe, Neruda, etcétera. Pero trabó especial amistad con dos de ellos, Aleixandre y Neruda, quienes en gran medida sustituyeron a Sijé en el “alma” del poeta. Y esto fue así hasta tal punto que, de la misma manera que Sijé le influyó ideológica y formalmente, el conocimiento de Pablo Neruda le hizo “convertirse” al comunismo y cambiar la materia de su canto. En el caso de Vicente Aleixandre, le influyó su libro La destrucción o el amor.

II. Ya había viajado a Madrid una primera vez en 1931, pero en aquel momento ni logró hallar trabajo ni conectar con los poetas que ya comenzaba a conocer en libros.

Fue éste, a pesar de ello, un viaje enriquecedor: los poetas de la Generación del 27 festejaron el Centenario de Góngora con abundantes versos, y esto supuso para Miguel Hernández un desafío; un desafío que dio su fruto en un libro de versos, el primero, Perito en lunas, publicado en Murcia en 1933. El libro ha sido menospreciado por la crítica, acusándolo de “deshumanizado conceptismo y huera retórica, vacío de toda emoción y sentimiento”, pero tal como apunta Concha Zardoya en su artículo sobre “el mundo poético de Miguel Hernández”, se trata de “un asombroso comienzo poético y un prodigio de autosuperación juvenil”, porque “cuando Miguel escribía este libro, estaba superando la tragedia del hombre sin cultura que aspira a ella y a las más elevadas formas del arte y del pensamiento”. Es un libro repleto de metáforas y de neogongorismos de gran maestría; maneja todas las figuras retóricas con artificio, aunque de vez en vez se le escapen versos “en un lenguaje natural y de expresividad directa”.

Su segundo libro de poemas, El rayo que no cesa, ve la luz en Madrid en 1936; se trata del libro que “consagra” definitivamente al poeta como el primero entre los de su generación. Los elogios se suceden, y sólo son acallados por el estallido de la Guerra Civil Española. Algunos de los poemas incluidos en este libro ya fueron ensalzados con anterioridad por varios críticos y poetas, entre ellos Juan Ramón Jiménez, que queda asombrado por la “Elegía a la muerte de Ramón Sijé” y “Seis sonetos desconcertantes”, tal como Juan Ramón mismo escribe.

Amor, dolor y muerte son los temas que se reúnen en El rayo que no cesa. Y amor, dolor y muerte son el rayo que no cesa, sinónimos y contrapuestos.

A partir del momento en que da comienzo en España la Guerra Civil, Miguel se une activamente al Frente Popular, y actúa como comisario en varios lugares. Escribe cantidad de poemas-arenga, poemas-grito, poemas-lucha, poemas-épicos, en fin: y en 1937 aparece su Viento del pueblo, que reúne esos versos motivados por la guerra y sus consecuencias primeras. Se convierte de este modo en un poeta que sigue la tradición de cantar a España como problema, pero también abunda su calidad humana y tierna. Veo en estos poemas una humanidad y una rabia a borbotones, entremezclados; veo incontrolados sentimientos escritos, pero sin duda sentimientos.

(El tiempo de guerra es propicio para el teatro, y entre 1936 y 1938 escribe la mayor parte de su producción teatral: El labrador de más aire, Teatro en la guerra y Pastor de la muerte,que junto con el Auto ya citado y las obras Los hijos de la piedra y El torero más valiente componen toda su obra dramática, de la que aquí sólo podemos dar referencia.)

También en plena guerra, entre 1937 y 1939, escribe un poemario más: El hombre acecha. Nos ofrece en él una poesía en la línea que ya conocíamos en Viento del pueblo, pero aquí un tono mucho más triste recorre los versos, con ciertos destellos de esperanza que, a pesar de su taciturnidad íntima, siempre había luchado por aparecer en su poesía; así sucede por ejemplo, en los poemas “Carta” y “El herido”, “Llamo a los poetas”, “Madre España” y sobre todo en “Canción última”; en cada uno de estos poemas basta considerar los últimos versos para confirmar lo que venimos diciendo.

Finaliza la guerra en marzo de 1939, y Miguel Hernández es apresado y condenado a muerte; se logra conmutarle la pena por treinta años de prisión. Fue trasladado varias veces de cárcel, hasta terminar en la de Alicante, donde moriría. Pero hasta entonces siguió escribiendo. En las cárceles escribe un nuevo libro, al que titula Cancionero y romancero de ausencias, y que no verá la luz hasta después de su muerte.

Cancionero y romancero de ausencias es un libro que debe ser insertado en la más pura tradición de la literatura española. Pero una amargura y dolor profundo pueblan todas las canciones y romances, y desaparecen las imágenes, esa retórica espontánea y rica que le había distinguido: son los poemas de este libro secos pensamientos que brotan desde el dolor, con aliento entrecortado, “por ausencias”.

Sus últimos poemas contienen también ese tono amargo delCancionero, pero hay en ellos mucho de la retórica hernandiana que había sido abandonada en los poemas de aquel libro. Entre sus últimos poemas están algunos de los más conocidos del poeta, sobre todo el dedicado “a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no comía más que pan y cebolla”, y que tituló “Nanas de la cebolla”, la canción de cuna más patética que jamás se haya escrito. Sobresalen también los poemas “Hijo de la luz y de la sombra”, “A mi hijo”, “Vuelo”, “Muerte nupcial”, “Sepultura de la imaginación”, “Ascensión de la escoba” y “Eterna sombra”.

III. Miguel Hernández: don, amor, voluntad y lucha. Esto quiero que reflejen estas notas de introducción a una breve antología de sus versos, no sin antes advertir que en el caso de nuestro poeta, toda antología es breve, y debe cumplir la misión de impulsar la lectura de toda su obra, extensa, fecunda y maravillosa.

Es indudable que Miguel poseía don a raudales. Ya lo descubrió Francisco Martínez Corbalán en la entrevista que, por primera vez en su vida, le hizo para Estampa, de Madrid, en 1932. En ella se decía: “el joven Miguel Hernández es despierto, rima con gran facilidad; tiene lo que no se compra, le falta lo que se puede adquirir”.

Tuvo prisa por adquirir lo que le faltaba, se ejercitó con maestría en Perito en lunas, pero creemos que su voz principal vino después, cuando por amor, por rabia, por pasión o por lucha, consiguió hacerse popular, hacer pueblo de / con su poesía. Por ello creo que uno de los estudiosos de Miguel, Leopoldo de Luis, ha llegado a decir: “Si la poesía social tuviera que ser reducida a un solo nombre por su autenticidad, tendríamos que limitarnos a escribir: Miguel Hernández”.

Y en lo social no se descarta el amor, antes al contrario, es uno de sus elementos principales. El amor es aquí para el poeta motor vital y poético, desde sus primeros poemas hasta los amargos en prisión: su esposa Josefina Manresa, que hoy como siempre vive en su Orihuela natal,* es quizá una de las mujeres más bellas y también más trágicamente cantadas en lengua castellana.

Y, por supuesto, por encima de todo, Miguel es el ejemplo de voluntad humana y poética de mayor leyenda en este siglo. Conocemos un poco de su vida, pero ya que se trata de un poeta, fijémonos bien en su voluntad como poeta: del barroquismo a la sencillez; comenzó culterano en octavas reales para alcanzar culta y llanamente el romance. Y a este propósito, conviene citar a Octavio Paz, quien afirma en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, en el Madrid de 1937, que “el romance es el medio de expresión por excelencia del pueblo español”, pensamiento que Miguel Hernández, presente en aquella ocasión, compartió y puntualizó de la siguiente manera: “lo importante es la técnica personal del poeta. Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y el Romancero. Le impuso un sello único”.

Y en cuanto a su lucha, digamos que se trata de una lógica consecuencia. Con las características que venimos anotando, quién puede dudar de su natural enrolamiento en una causa que siempre creyó justa y de la que, pese a sufrimiento y muerte, nunca se arrepintió.

Así fue que Miguel Hernández alcanzó su plenitud a los 32 años de edad apenas: a penas.

He renunciado a citar versos del poeta en esta nota, pero me permitirán ustedes terminarla con unos de su amigo Jorge Guillén, en parte inspirados por aquel de Quevedo que nos sirvió de pórtico:

A Miguel Hernández

Era el don de sí mismo
con arranque inocente,
la generosidad
por exigencia y pulso
de aquel ser, criatura
de fuego —si no barro,
o ya vidrio con luz que lo traspasa.
Así, de claridades fervoroso,
encuentra fatalmente su aliado
más íntimo, más fiel
en ciertos cuerpos leves.
¡Palabras! Signos muy reveladores
van alumbrando un más allá, descubren
un mundo fresco, gracia.
Este aprendiz perpetuo de las formas,
pretéritas, actuales, ya futuras,
es el fin absorbido
por un grave tumulto
que le arroja al extremo de su dádiva:
Mujer, el hijo, lucha. Lucha atroz,
límite esperanzado.
Genial: amor, poema.
Español: cárcel, muerte.

Ángel Cosmos

* Josefina Manresa Marhuenda murió el 19 de febrero de 1987 en Elche, España.

La Dama de Dai:

La tumba intacta de una princesa china

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En 1971, las obras de un hospital en la ciudad china de Changsha sacaron a la luz una tumba inviolada de la dinastía Han, de más de dos mil años

Por Verónica Walker. Arqueóloga, Historia NG nº 129

A orillas del río Xiang, afluente del Yangtsé, se alza Chang-sha, capital de la provincia china de Hunan. Ciudad de larga historia, que se remonta al reino de Chu (1030-223 a.C.), durante la segunda guerra mundial sufrió la destrucción de la mayor parte de los edificios históricos a causa de los combates contra las fuerzas japonesas. Ante semejante desastre nada hacía presagiar que treinta años después se hiciera allí uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de China: las tumbas de Mawangdui.
Mawangdui proviene del término Ma’andui, que significa «silla de montar», y es el nombre de dos montículos con dicha forma situados al este de Changsha. Tradicionalmente se creía que estos montículos eran las tumbas de unas concubinas imperiales de la dinastía Han del Oeste (206 a.C.-9 d.C.), mientras que en los mapas históricos aparecían mencionados como la tumba de Ma Yin, gobernador del reino de Chu en el siglo X.
En 1971, durante unas obras para construir un hospital, el ejército hizo allí varias perforaciones. Cuando los soldados estaban en plena tarea, de uno de los agujeros comenzó a manar gas de un penetrante olor acre; algunos trabajadores prendieron fuego cerca y vieron cómo aparecía una llama azul.
Este curioso episodio llegó a oídos de Hou Liang, un arqueólogo del Museo de Hunan, que acudió a la zona para inspeccionar el agujero. Como arqueólogo estaba familiarizado con el fenómeno, puesto que la descomposición de la materia orgánica en el interior de una tumba libera gases tóxicos. Hou Liang intentó capturar una muestra del gas en una bolsa de oxígeno, pero para entonces ya se había agotado.

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Salvada del saqueo

En 1972, Hou Liang emprendió una excavación, sospechando que lo que se había encontrado allí era una tumba. Pronto descubrió un túnel vertical que confirmó su intuición, pero que le hizo temer que hubiera sido construido por saqueadores, aunque comprobó enseguida que los ladrones habían abandonado su propósito tras haber excavado 17 metros. Un poco más adelante los arqueólogos dieron con una tierra blanca compactada: era el recubrimiento exterior de la tumba.
El enterramiento consistía en un pozo vertical de 20 metros de profundidad, con varios niveles escalonados y con grandes vigas de madera de ciprés cubriéndolo. Tras extraer la tierra blanca apareció un estrato compuesto por una capa de carbón de 37 a 47 cm y debajo se encontró una alfombra de bambú que cubría el enterramiento.
En los meses siguientes, se retiraron las vigas para poder acceder a la cámara funeraria. La primera sorpresa llegó al descubrir arcos y cestas de bambú que aún conservaban un tono verde-amarillento, como si los hubieran trenzado hacía poco. Luego se halló un elegante cuenco de laca con tapa; al abrirla, los arqueólogos pudieron ver que en su interior había unas raíces de flor de loto flotando en el agua. El excepcional estado de conservación del ajuar funerario no hizo sino aumentar la expectación sobre el contenido del sarcófago.
Cuatro ataúdes contenían el cadáver. El último estaba envuelto en una tela de seda en forma de T de dos metros, con decoraciones del mundo celestial, el mundo de los hombres y el inframundo. Al abrirlo, los arqueólogos vieron que el cuerpo se hallaba bajo varias capas de tela, así que decidieron llevar los ataúdes al museo de Hunan y seguir allí la investigación.
Una vez en el museo, se procedió a desenvolver el cuerpo. Cuando se llegó a la última capa de tela, se pudo palpar algo blando bajo ella. No se trataba de una momia, como las que se habían encontrado en la cuenca del Tarim, en el desierto de Taklamakán, sino del cuerpo de una mujer tan increíblemente bien conservado que la piel seguía siendo amarillenta y elástica, y algunas articulaciones aún eran flexibles.

La Dama de Dai

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Los estudios revelaron que la difunta era Xin Zhui, la esposa del marqués de Dai, gobernador de la región, a la cual los arqueólogos bautizaron como la Dama de Dai. Las excavaciones llevadas a cabo entre 1971 y 1974 descubrieron otras dos tumbas, aunque éstas sí habían sido saqueadas. Una de ellas pertenecía al propio marqués de Dai, y la otra era la sepultura de un individuo joven, de unos treinta años, tal vez el hijo de ambos. Los cuerpos fueron enterrados entre 186 y 165 a.C., durante la dinastía Han del Oeste, por lo que los restos de la Dama tenían más de dos mil años.
Este descubrimiento sin precedentes llevó a los arqueólogos a preguntarse cómo era posible que la Dama de Dai se hubiera conservado tan bien después de tanto tiempo. Los estudios preliminares especularon con la función de un líquido hallado bajo el cuerpo, que se pensó que podría haber sido usado para detener la descomposición, pero los resultados no fueron concluyentes. Los investigadores creen que el de la Dama de Dai es un caso excepcional, en el que la magnífica conservación del cuerpo se debe a que la profundidad de la tumba y la construcción de un espacio carente de oxígeno preservaron a la Dama y a su ajuar del implacable paso del tiempo.

   http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia

Traducirse

Autor: Ferreira Gullar

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Una parte de mí
es todo el mundo:
otra parte es nadie:
fondo sin fondo.

 

Una parte de mí
es multitud:
otra parte extrañeza
y soledad.

Una parte de mí
pesa, pondera:
otra parte
delira.

Una parte de mí
almuerza y cena:
otra parte
se espanta.

Una parte de mí
es permanente:
otra parte
se sabe de repente.

Una parte de mí
es sólo vértigo:
otra parte,
lenguaje.

Traducir una parte
en la otra parte
que es una cuestión
de vida o muerte –¿será arte?

El poeta murió al amanecer

Autor: Raúl González Tuñón

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Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,
murió al fin en la plaza frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas: la esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y su obra,
escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera
y como hombre de su tiempo que era
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del Café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Becquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro:
tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

 

Imágen seleccionada: El poeta pobre de Carl Spitzweg. Munich, Neue Pinakothek