Elegía a Doña Juana la Loca

Autor: federico garcia lorca

Princesa enamorada sin ser correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y desolado.
La tumba que te guarda rezuma tu tristeza
a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.

Eras una paloma con alma gigantesca
cuyo nido fue sangre del suelo castellano,
derramaste tu fuego sobre un cáliz de nieve
y al querer alentarlo tus alas se troncharon.

Soñabas que tu amor fuera como el infante
que te sigue sumiso recogiendo tu manto.
Y en vez de flores, versos y collares de perlas,
te dio la Muerte rosas marchitas en un ramo.

Tenías en el pecho la formidable aurora
de Isabel de Segura. Melibea. Tu canto,
como alondra que mira quebrarse el horizonte,
se torna de repente monótono y amargo.

Y tu grito estremece los cimientos de Burgos.
Y oprime la salmodia del coro cartujano.
Y choca con los ecos de las lentas campanas
perdiéndose en la sombra tembloroso y rasgado.

Tenías la pasión que da el cielo de España.
La pasión del puñal, de la ojera y el llanto.
¡Oh princesa divina de crepúsculo rojo,
con la rueca de hierro y de acero lo hilado!

Nunca tuviste el nido, ni el madrigal doliente,
ni el laúd juglaresco que solloza lejano.
Tu juglar fue un mancebo con escamas de plata
y un eco de trompeta su acento enamorado.

Y, sin embargo, estabas para el amor formada,
hecha para el suspiro, el mimo y el desmayo,
para llorar tristeza sobre el pecho querido
deshojando una rosa de olor entre los labios.

Para mirar la luna bordada sobre el río
y sentir la nostalgia que en sí lleva el rebaño
y mirar los eternos jardines de la sombra,
¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol!

¿Tienes los ojos negros abiertos a la luz?
O se enredan serpientes a tus senos exhaustos…
¿Dónde fueron tus besos lanzados a los vientos?
¿Dónde fue la tristeza de tu amor desgraciado?
En el cofre de plomo, dentro de tu esqueleto,
tendrás el corazón partido en mil pedazos.

Y Granada te guarda como santa reliquia,
¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol!
Eloisa y Julieta fueron dos margaritas,
pero tú fuiste un rojo clavel ensangrentado
que vino de la tierra dorada de Castilla
a dormir entre nieve y ciprerales castos.

Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana,
los cipreses, tus cirios;
la sierra, tu retablo.
Un retablo de nieve que mitigue tus ansias,
¡con el agua que pasa junto a ti! ¡La del Dauro!

Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana,
la de las torres viejas y del jardín callado,
la de la yedra muerta sobre los muros rojos,
la de la niebla azul y el arrayán romántico.

Princesa enamorada y mal correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y desolado.
La tumba que te guarda rezuma tu tristeza
a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.

 

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Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Sus acciones despóticas y sanguinarias, exageradas tal vez por los historiadores de la Antigüedad, han dado lugar a múltiples interpretaciones, incluida la de que era un psicópata. Embriagado por su poder, Calígula se situó siempre por encima de las leyes.

Adorado como una divinidad

Calígula erigió en Roma dos templos consagrados a su persona. Más tarde unió el Palatino con el templo de Cástor y Pólux, que dedicó a su propio culto (a la derecha de la imagen se ven sus columnas).

 

Más de un siglo después de su muerte, cuando los historiadores romanos volvían su mirada sobre el breve reinado de Calígula (37-41 d.C.), no veían más que extravagancias, megalomanía y un sinnúmero de crímenes. El paso del tiempo no había hecho más que ensombrecer el recuerdo de aquel emperador de la dinastía Julio-Claudia, que a los 25 años había sucedido a su tío abuelo Tiberio y que murió desastradamente en un pasillo de palacio, apuñalado por los oficiales del ejército sublevados contra su tiranía. Para Suetonio y Dión Casio, Calígula fue, en efecto, un déspota; más que eso, un «monstruo» del que tan sólo cabía enumerar adulterios, confiscaciones y actos de crueldad.

Sin duda no era ésta una imagen imparcial, sino que respondía a una intencionalidad política y moral precisa: la de advertir sobre los riesgos del poder personal y la necesidad de respetar la integridad de la nobleza y el Senado de Roma, los que más sufrieron la persecución de Calígula. Con este fin, los autores posteriores mezclaron los hechos ciertos con rumores, exageraciones y elementos puramente fabulosos, lo que hoy hace difícil tener una visión objetiva del personaje y las circunstancias en que se movió. Además, en su execración de Calígula los autores antiguos introdujeron una hipótesis explicativa que ha pervivido hasta la actualidad: la de la «locura» del emperador. Ya el filósofo Séneca veía señales de desequilibrio mental en el mismo aspecto físico del emperador, en sus «ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…». Sólo así podrían explicarse los desmanes de aquel joven que, por lo demás, como reconocen hasta los cronistas más hostiles, poseía notables dotes intelectuales.

 

Torturado por el insomnio

No hay duda de que Calígula sufrió varias afecciones que pudieron afectar a su equilibrio psíquico. Suetonio menciona que durante su infancia sufrió ataques de epilepsia, pero al parecer éstos desaparecieron en la edad adulta, aunque consta que a veces tenía desfallecimientos de los que le costaba recobrarse. Se sabe asimismo que sufría insomnio. Según Suetonio, nunca conseguía dormir más de tres horas, e incluso en ese tiempo lo asaltaban extrañas pesadillas. El mismo historiador afirma que el emperador se levantaba de la cama, se sentaba a la mesa o se paseaba por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Ésa pudo ser una de las causas de la irascibilidad y crueldad del emperador, aunque otros autores, como Séneca, dan la explicación inversa: las noches en vela le servían para mantenerse alerta, vigilar y planear actos criminales.

Deseos de gloria en combate

En 40 d.C., Calígula planeó la invasión de Britania para adquirir prestigio militar, pero el proyecto fracasó. Escultura del emperador. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

 

Los autores antiguos también coinciden en señalar que a los pocos meses de acceder al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió una grave enfermedad. No está clara la naturaleza de esta afección: se ha sugerido que pudo tratarse de una crisis nerviosa, de una encefalitis –una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección–, de hipertiroidismo o de la ya mencionada epilepsia. Filón de Alejandría, en cambio,
da una explicación de tipo moral: la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser proclamado emperador, pasando de una existencia tranquila y saludable a toda clase de excesos, «vicios propios para destruir el alma, el cuerpo y su mutua cohesión», sentenciaba. Otra hipótesis apuntaría a alguna enfermedad venérea, que puede provocar problemas mentales o al menos desórdenes de conducta.

«Todo me está permitido»

Los estudiosos actuales han desistido de encontrar una causa física determinada para la supuesta locura de Calígula, y ni siquiera creen que ésta se hubiera originado en un momento preciso. Régis F. Martin, un médico especializado en el estudio de las enfermedades romanas antiguas, piensa que la personalidad perturbada del emperador se corresponde con el perfil de un psicópata.

Técnicamente, la psicopatía es un trastorno antisocial de la personalidad. En términos de psicología clínica, un psicópata tipo sería una persona con un encanto superficial, autoestima exagerada, mentiroso patológico, carente de remordimientos o empatía, emocionalmente superficial, sin control sobre la propia conducta, de sexualidad promiscua, problemático desde la niñez, impulsivo, irresponsable y proclive a una conducta criminal, así como con un historial de muchos matrimonios de corta duración. Hay que admitir que estos rasgos se ajustan muy bien al retrato que Suetonio y otros autores hacen de Calígula.

la familia julio-claudia

En esta pieza, conocida como Gran camafeo de Francia, aparecen varios miembros de la familia imperial, entre ellos el pequeño Calígula con su madre Agripina, a la izquierda. Biblioteca Nacional, París.

 

Un pasaje de la biografía de Suetonio ofrece una clave para interpretar la conducta de Calígula mediante las categorías de los propios romanos. El emperador habría dicho en una ocasión: «No hay nada en mi naturaleza que exalte o apruebe más que mi adriatepsia», un término griego que podría traducirse como desfachatez, falta de pudor o de vergüenza, pero también como indiferencia respecto a las consecuencias de sus actos sobre los demás. En el mismo pasaje Suetonio recuerda una ocasión en la que Calígula fue reprendido por su abuela Antonia y, en vez de inclinarse ante su autoridad, le espetó: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas». El orgullo desmedido de quien se sabe destinado a reinar se dio la mano con una total falta de escrúpulos morales para producir el «monstruo» del que hablaba Suetonio.

Palacios y puentes de barcas

La adriatepsia de la que hacía gala Calígula se tradujo de entrada en el fastuoso tren de vida que llevó. En apenas un año, Calígula dilapidó la fortuna de tres mil millones de sestercios heredada de Tiberio. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho». De sus banquetes se contaban asombrosas historias sobre panes y manjares cubiertos con láminas de oro o sobre perlas costosísimas disueltas en vinagre (se le atribuía, pues, la célebre anécdota del festín ofrecido por Cleopatra a Marco Antonio). Con ello, además, forzaba la emulación por parte de los nobles que querían agasajarle invitándole a sus comidas; Séneca cuenta que uno de ellos gastó en una velada la exorbitante suma de diez millones de sestercios.

No menos afamadas eran las residencias personales que se hizo construir, tanto en Roma –su nueva mansión en el Palatino tenía como vestíbulo el templo de Cástor y Pólux– como en sus lugares preferidos de retiro: Nemi –donde hizo construir sus dos célebres navíos gigantes, auténticos palacios flotantes– y la Campania. En la bahía de Bayas, cerca de Nápoles, ordenó construir un puente de barcos para jactarse de cruzar el golfo en su carro portando la coraza de Alejandro Magno, que mandó traer desde Alejandría para la ocasión.

El asesinato de Cesonia

Asesinato de Calígula. El emperador yace muerto en el suelo mientras su esposa e hija van a ser asesinadas. óleo por Lazzaro Baldi. Galería Spada.

 

Su vida amorosa también estuvo marcada por la falta de reglas. En sus cuatro años de reinado tuvo cuatro esposas: tras divorciarse de Junia Claudila, estuvo dos meses casado con Livia Orestila, luego contrajo nupcias con la riquísima Lolia Paulina –a la que prohibió tener relaciones con otros hombres tras divorciarse de ella– y finalmente se casó con Milonia Cesonia, un mes antes de que diera a luz a su hija. Sus amantes fueron incontables y de todas las clases sociales, y sus métodos para procurárselas eran brutales. A Livia Orestila, por ejemplo, la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Sin duda, hay una porción de infundio póstumo en estas acusaciones, como también en la de haber cometido incesto con sus hermanas, especialmente con Julia Drusila, su preferida. De hecho, frente a lo que dicen Suetonio y Dión, los contemporáneos Séneca y Filón nada mencionan al respecto, pese a que en otros aspectos cargaron las tintas contra el emperador.

A Calígula también se le atribuyen diversas relaciones homosexuales, por ejemplo con el actor Mnéster o con Emilio Lépido, su primo carnal y esposo de su hermana Julia Drusila. Antes de ser ejecutado, Lépido gritó que había tenido relaciones sexuales con el emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto.

Rey de las estratagemas

Nada parece confirmar mejor la psicopatía que se ha atribuido a Calígula que sus actos de crueldad, a menudo puramente gratuita. El propio emperador se regodeaba en su fama de sádico, hasta el punto de que se decía que estaba totalmente seguro de ser el padre de la hija de su última esposa por los reflejos de crueldad infantil de la niña, que intentaba meter el dedo en el ojo a cuantos se le acercaban. Aunque sin duda también aquí resulta difícil discriminar entre los hechos ciertos y las reelaboraciones o invenciones pergeñadas para denigrar la memoria del emperador.

Rehabilitación materna

Agripina la mayor, madre de Calígula, asesinada por Tiberio. Museo Agostino Pepoli, Trapani.

 

Un ejemplo del modo en que Calígula podía ensañarse con aquellos que perdían su favor por los motivos más fútiles lo ofrece el caso de Nevio Sutorio Macrón. Prefecto del pretorio bajo Tiberio y aliado clave de Calígula en su acceso al poder, Macrón cometió el error de querer mantener su ascendiente sobre el nuevo césar, dispensándole consejos y advertencias no solicitados. Calígula se hastió de aquella actitud, y según el historiador Filón decía al ver aproximarse a su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna…¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?». Para deshacerse de él, Calígula ideó una estratagema característica. Tras ofrecerle un cargo en Egipto, hizo que lo acusaran de lenocinio, esto es, de inducir a su esposa a prostituirse, algo de lo que el propio Calígula podía dar fe porque había sido amante de Enia, la mujer de Macrón. Para transmitir los bienes a sus descendientes, el matrimonio se suicidó.

Suetonio destacaba todavía otro rasgo de la personalidad obsesiva de Calígula: su violencia verbal. «La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones», decía el cronista. Al final, sin embargo, esa costumbre le costó cara. El tribuno de una de las cohortes pretorianas, Casio Querea, era un hombre ya mayor y de complexión robusta, pero que tenía una voz atiplada, debido quizás a una herida en los genitales. Calígula se burlaba despiadadamente de su afeminamiento, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud y movimientos obscenos, según Suetonio. Harto de aquellas ofensas, Querea se puso al frente de la conspiración que en enero del año 41 dio muerte
a Calígula, a su mujer y a su hija

El corcel favorito de Calígula

Tras nombrar cónsul a su caballo Incitato, Calígula ordenó construirle un lujoso establo de mármol, donde dormía con mantas de púrpura. Abajo, cabeza de caballo. Museo Arqueológico Nacional, Ancona.

 

Artículo tomado desde: www.nationalgeographic.com

Canto

Autora: Silvina Ocampo

¡Ah, nada, nada es mío!
Ni el tono de mi voz, ni mis ausentes manos,
ni mis brazos lejanos.
Todo lo he recibido. Ah, nada, nada es mío.
Soy como los reflejos de un lago tenebroso
o el eco de las voces en el fondo de un pozo
azul cuando ha llovido.
Todo lo he recibido:
como el agua o el cristal
que se transforma en cualquier cosa,
en humo, en espiral,
en edificio, en pez, en piedra, en rosa.
Son distinta de mí, tan diferente,
como algunas personas cuando están entre gente.
Soy todos los lugares que en mi vida he amado.
Soy la mujer que más he detestado
y ese perfume que me hirió una noche
con los decretos de un destino incierto.
Soy las sombras que entraban en un coche,
la luminosidad de un puerto,
los secretos abrazos, ocultos en los ojos.
Soy de los celos, el cuchillo,
y los dolores con heridas, rojos.
De las miradas ávidas y largas soy el brillo.
Soy la voz que escuché detrás de las persianas,
la luz, el aire sobre las lambercianas.
Soy todas las palabras que adoré
en los labios y libros que admiré.
Soy el lebrel que huyó en la lejanía,
la rama solitaria entre las ramas.
Soy la felicidad de un día,
el rumor de las llamas.
Soy la pobreza de los pies desnudos,
con niños que se alejan, mudos.
Soy lo que no me han dicho y he sabido.
¡Ah, quise yo que todo fuera mío!
Soy todo lo que ya he perdido.
Mas todo es inasible como el viento y el río,
como las flores de oro en los veranos
que mueren en las manos.
Soy todo, pero nada es mío,
ni el dolor, ni la dicha, ni el espanto,
ni las palabras de mi canto.

El diamante tan grande como el Ritz

Autor: F. Scott Fitzgerald

(“The Diamond as Big as the Ritz”, 1922)
(originalmente publicado en The Smart Set magazine)
(Tales of the Jazz Age, 1922)

John T. Unger descendía de una familia notable, desde hacía varias generaciones, en Hades, pequeña ciudad en la ribera del Misisipí. El padre de John había conservado el título de campeón de golf aficionado en numerosas y reñidas competiciones; la señora Unger era conocida en los antros del vicio y la corrupción, como decían en el pueblo, por sus arengas políticas; y el joven John T. Unger, que apenas había cumplido los dieciséis años, sabía bailar todos los bailes a la moda de Nueva York antes de ponerse pantalones largos. Ahora tenía que pasar algún tiempo lejos de casa. El respeto por la educación impartida en Nueva Inglaterra, verdadero azote de todas las ciudades de provincia, a las que arrebata cada año los jóvenes más prometedores, había alcanzado a sus padres. Lo único que podía satisfacerlos era que estudiara en el colegio de San Midas, cerca de Boston. Hades era demasiado pequeña para su querido e inteligente hijo.
Pero en Hades —como bien sabe cualquiera que haya estado allí— los nombres de los más elegantes colegios preuniversitarios y las más elegantes universidades significan muy poco. Sus habitantes llevan tanto tiempo alejados del mundo que, aunque presumen de estar al día en moda, costumbres y literatura, dependen en gran medida de lo que les llega de oídas, y una ceremonia que en Hades se consideraría perfecta sería juzgada «quizá un poco cursi» por la hija del rey de las carnicerías de Chicago.
Era la víspera de la partida de John T. Unger. Mientras la señora Unger, con maternal fatuidad, le llenaba las maletas de trajes de lino y ventiladores eléctricos, el señor Unger le regaló a su hijo una billetera de asbesto atiborrada de dinero.
—Acuérdate de que aquí siempre serás bien recibido —le dijo—. Puedes estar seguro, hijo, de que mantendremos viva la llama del hogar.
—Lo sé —contestó John con voz ronca.
—No olvides quién eres y de dónde vienes —continuó su padre con orgullo—, y no hagas nada de lo que te puedas avergonzar. Eres un Unger… de Hades.
Y el viejo y el joven se estrecharon la mano, y John se alejó llorando a mares. Diez minutos después, en cuanto cruzó los límites de la ciudad, se detuvo para mirarla por última vez. El anticuado lema Victoriano inscrito sobre las puertas le pareció extrañamente atractivo. Su padre había intentado muchas veces cambiarlo por algo con más garra y brío, aleo como «Hades: tu oportunidad», o incluso un simple «Bienvenidos» estampado sobre un caluroso apretón de manos dibujado con luces eléctricas El viejo lema era un poco deprimente, pero en aquel momento…
Así que John miró por última vez la ciudad y luego, con resolución, se encaró a su destino. Y, mientras se alejaba, las luces de Hades contra el cielo parecían llenas de una cálida y apasionada belleza.
El Colegio Preuniversitario de San Midas está a medía hora de Boston en un automóvil Rolls-Pierce. Nunca se sabrá la distancia real, porque nadie, excepto John T. Unger, ha llegado hasta allí como no sea en un Rolls-Pierce, y probablemente un caso como el de Unger no volverá a repetirse. San Midas es el colegio preuniversitario masculino más caro y selecto del mundo.
Los dos primeros cursos transcurrieron apaciblemente. Todos los alumnos eran hijos de reyes de las altas finanzas, y John pasó los dos veranos invitado en alguna playa de moda. Aunque apreciaba mucho a los amigos que lo invitaban, los padres le sorprendían porque todos parecían cortados por el mismo patrón, y, desde su juvenil punto de vista, a veces se maravillaba de su excesiva similitud. Cuando les decía dónde vivía, le preguntaban despreocupadamente: «Hace calor allí, ¿no?», y John se veía obligado a añadirle a la respuesta una débil sonrisa: «Desde luego que sí». Habría respondido con mayor cordialidad si todos no repitieran siempre el mismo chiste, a veces con una variante que no le parecía menos odiosa: «Allí no te quejarás del frío, ¿no?».
A mediados del segundo curso, pusieron en la clase de John a un chico tranquilo y atractivo que se llamaba Percy Washington. El recién llegado tenía modales agradables y vestía extraordinariamente bien, incluso para San Midas, pero, a pesar de todo, quién sabe por qué, se mantenía al margen de los otros chicos. El único con quien hizo amistad fue John T. Unger, pero ni siquiera con John hablaba abiertamente de su casa y su familia. No había ninguna duda de que era rico, pero, aparte de lo poco que podía deducir, John no sabía casi nada de su amigo, así que, cuando Percy lo invitó a pasar el verano en su casa del Este, fue como si le prometieran un banquete para saciar su curiosidad. Aceptó sin vacilar.
Ya en el tren, Percy se volvió, por primera vez, más comunicativo. Y un día, mientras comían en el vagón-restaurante y hablaban de los defectos de algunos de sus compañeros de colegio, Percy cambió de repente de tono e hizo una observación inesperada:
—Mi padre —dijo— es, con mucho, el hombre más rico del mundo.
—Ah —respondió John cortésmente. No sabía qué contestar a semejante confidencia. Pensó contestar: «Es magnífico», pero le sonaba a hueco; y estuvo a punto de decir: «¿De verdad?», pero se contuvo, porque hubiera parecido que dudaba de la afirmación de Percy. Y una afirmación tan asombrosa como aquella no admitía dudas.
—El más rico, con mucho —repitió Percy.
—He leído en el Almanaque Mundial —empezó a decir John— que en Estados Unidos hay uno que gana más de cinco millones al año, y cuatro que ganan más de tres millones, y…
—Ah, eso no es nada —la boca de Percy se curvó en una mueca de desprecio—. Capitalistas de cuatro cuartos, financieros de poca monta, pequeños comerciantes y prestamistas. Mi padre podría comprarles todo lo que tienen y ni siquiera lo notaría.
—Pero ¿cómo…?
—¿Que cómo no figura en las listas de Hacienda? Porque no paga impuestos. Si acaso, paga un poco, pero no de acuerdo con sus ingresos reales.
—Debe de ser muy rico —se limitó a decir John—. Me alegro. Me gusta la gente muy rica. Cuanto más rica es la gente, más me gusta —había un brillo de apasionada franqueza en su cara morena—. En Semana Santa me invitaron los Schnlitzer-Murphy. Vivian Schnlitzer-Murphy tenía rubíes tan grandes como huevos, y zafiros que parecían bombillas encendidas.
—Me encantan las joyas —asintió Percy con entusiasmo—. Prefiero que en el colegio nadie lo sepa, claro, pero yo tengo una buena colección. Colecciono joyas como otros coleccionan sellos.
—Y diamantes —dijo John con pasión—. Los Schnlitzer-Murphy tenían diamantes como nueces…
—Eso no es nada —Percy se le acercó y bajó la voz, que ahora sólo era un susurro—. Eso no es nada. Mi padre tiene un diamante más grande que el Hotel Ritz-Carlton.

II

El crepúsculo de Montana se extendía entre dos montañas como una moradura gigantesca de la que se derramaran sobre un cielo envenenado arterias oscuras. A una distancia inmensa, bajo el cielo, se agazapaba la aldea de Fish, diminuta, tétrica y olvidada. Vivían doce hombres, o eso se decía, en la aldea de Fish, doce almas sombrías e inexplicables que mamaban la leche escasa de las rocas casi literalmente desnudas sobre las que los había engendrado una misteriosa energía repobladora. Se habían convertido en una raza aparte, estos doce hombres de Fish, como una de esas especies surgidas de un remoto capricho de la naturaleza: una naturaleza que, tras pensárselo dos veces, los hubiera abandonado a la lucha y al exterminio.
Más allá de la moradura azul y negra, en la distancia, se deslizaba por la desolación del paisaje una larga fila de luces en movimiento, y los doce hombres de Fish se reunieron como espectros en la mísera estación para ver pasar el tren de las siete, el Expreso Transcontinental de Chicago. Seis veces al año, más o menos, el Expreso Transcontinental, por orden de alguna autoridad inconcebible, paraba en la aldea de Fish; cuando esto sucedía, descendían del tren uno o dos bultos, montaban en una calesa que siempre surgía del ocaso y se alejaban hacia el crepúsculo amoratado. La observación de este fenómeno ridículo y absurdo se había convertido en una especie de rito entre los hombres de Fish. Observar: eso era todo. No quedaba en ellos nada de esa cualidad vital que es la ilusión, necesaria para sorprenderse o pensar; si algo hubiera quedado, aquellas visitas misteriosas hubieran podido dar lugar a una religión. Pero los hombres de Fish estaban por encima de toda religión —los más descarnados y salvajes dogmas del cristianismo no hubieran podido arraigar en aquella roca estéril—, y en Fish no existían altar, sacerdote ni sacrificio; sólo, a las siete de la tarde, la reunión silenciosa en la estación miserable, una congregación de la que se elevaba una oración de tenue y anémica maravilla.
Aquella tarde de junio, el Gran Encargado de los Frenos, a quien, en caso de haber deificado a alguien, los hombres de Fish podrían haber elegido perfectamente su héroe celeste, había ordenado que el tren de las siete dejara en Fish su carga humana (o inhumana). A las siete y dos minutos Percy Washington y John T. Unger descendieron del expreso, pasaron de prisa ante los ojos embelesados, desmesurados, espantosos, de los doce hombres de Fish, montaron en una calesa que evidentemente había surgido de la nada y se alejaron.
Media hora más tarde, cuando el crepúsculo se coagulaba en la oscuridad, el negro silencioso que conducía la calesa gritó en dirección a un cuerpo opaco que les había salido al paso en las tinieblas. En respuesta al grito, proyectaron sobre ellos un disco luminoso que los miraba como un ojo maligno desde la noche insondable. Cuando estuvieron más cerca, John vio que era la luz trasera de un automóvil inmenso, el más grande y magnífico que había visto en su vida. La carrocería era de metal resplandeciente, más brillante que el níquel y más rutilante que la plata, y los tapacubos de las ruedas estaban adornados con figuras geométricas, iridiscentes, amarillas y verdes: John no se atrevió a preguntarse si eran de cristal o de piedras preciosas.
Dos negros, con libreas relucientes como las que se ven en los cortejos reales londinenses de las películas, esperaban firmes junto al coche, y, cuando los jóvenes bajaron de la calesa, los saludaron en una lengua que el invitado no pudo entender, pero que parecía ser una degeneración extrema del dialecto de los negros del Sur.
—Ven —le dijo Percy a su amigo, mientras colocaban las maletas en el techo de ébano de la limusina—. Siento que hayas tenido que hacer un viaje tan largo en la calesa, pero es preferible que no vean este coche los viajeros del tren y esos tipos de Fish dejados de la mano de Dios.
—¡Qué barbaridad! ¡Qué coche!
Esta exclamación fue provocada por el interior del vehículo. John vio que la tapicería estaba formada por mil minúsculas piezas de seda, entretejidas con piedras preciosas y bordados, y montadas sobre un paño de oro. Los brazos de los asientos en los que los chicos se habían hundido voluptuosamente estaban cubiertos por una tela semejante al terciopelo, pero que parecía fabricada en los innumerables colores del extremo de las plumas de las avestruces.
—¡Vaya coche! —exclamó John una vez más, maravillado.
—¿Qué? ¿Esto? —Percy se echó a reír—. Pero si es sólo un trasto viejo que usamos como furgoneta.
Se deslizaban silenciosamente a través de la oscuridad hacia una abertura entre las dos montañas.
—Llegaremos dentro de hora y media —dijo Percy, mirando el reloj—. Será mejor que te diga que vas a ver cosas que no has visto nunca.
Si el coche era un indicio de lo que John iba a ver, estaba preparado para maravillarse. El primer mandamiento de la sencilla religión que impera en Hades ordena adorar y venerar las riquezas: si John no hubiera sentido ante ellas una radiante humildad, sus padres hubieran vuelto la cara, horrorizados por la blasfemia.
Habían llegado al paso entre las dos montañas, y en cuanto empezaron a atravesarlo el camino se hizo mucho más escabroso.
—Si la luz de la luna llegara hasta aquí, verías que estamos en un gran barranco —dijo Percy, intentado ver algo por la ventanilla Dijo unas palabras por el teléfono interior e inmediatamente el lacayo encendió un reflector y recorrió las colinas con un inmenso haz de luz.
—Rocas, ya ves. Un coche normal se haría pedazos en media hora. La verdad es que se necesitaría un tanque para viajar por aquí, si no conoces el camino. Habrás notado que vamos cuesta arriba.
Estaban subiendo, sí, y pocos minutos después el coche coronó una cima, desde donde vislumbraron a lo lejos una luna pálida que acababa de salir. El coche se paró de repente y, a su alrededor, tomaron forma numerosas figuras que salían de la oscuridad: también eran negros. Volvieron a saludar a los jóvenes en el mismo dialecto vagamente reconocible. Entonces los negros se pusieron manos a la obra: engancharon cuatro inmensos cables que caían de lo alto a los tapacubos de las ruedas llenos de joyas. Y, a la voz resonante de «¡Hey-yah!», John notó que el coche se elevaba del suelo, más y más, por encima de las rocas que lo flanqueaban, más y más alto, hasta que pudo divisar un valle ondulado, a la luz de la luna, que se extendía ante él en neto contraste con el tremedal de rocas que acababan de abandonar. Sólo a uno de los lados se veían aún rocas, y enseguida, de repente, no quedaron rocas, ni cerca de ellos ni en ninguna otra parte.
Era evidente que habían superado un inmenso saliente de piedra, como cortada a cuchillo, perpendicular en el aire. Y entonces empezaron a descender y por fin, con un choque suave, se posaron sobre un terreno llano.
—Lo peor ya ha pasado —dijo Percy, echando un vistazo por la ventana—. Sólo faltan ocho kilómetros, por nuestra carretera: es como una tapicería de adoquines. Todo es nuestro. Mi padre dice que aquí termina Estados Unidos.
—¿Estamos en Canadá?
—No. Estamos en las Montañas Rocosas. Pero estás ahora mismo en los únicos ocho kilómetros cuadrados del país que no aparecen en ningún registro.
—¿Por qué? ¿Se les ha olvidado?
—No —dijo Percy, sonriendo—. Han intentado hacerlo tres veces. La primera vez mi abuelo corrompió a un departamento completo del Registro Oficial de la Propiedad; la segunda, consiguió que cambiaran los mapas oficiales de Estados Unidos… Así retrasó quince años el asunto. La última vez fue más difícil. Mi padre se las arregló para que sus brújulas se encontraran en el mayor campo magnético que jamás ha sido creado artificialmente. Consiguió un equipo completo de instrumentos de planimetría y topografía levemente defectuosos, incapaces de registrar este territorio, y los sustituyó por los que iban a ser usados. Luego desvió un río y construyó en la ribera una aldea ficticia, para que la vieran y la confundieran con un pueblo del valle, quince kilómetros más arriba. Mi padre sólo le teme a una cosa —concluyó—: el único medio en el mundo capaz de descubrirnos.
—¿Cuál es?
Percy bajó la voz: su voz se convirtió en un murmullo.
—Los aviones —susurró—. Tenemos media docena de cañones antiaéreos, y nos las vamos arreglando; pero ya ha habido algunas muertes y muchos prisioneros. No es que eso nos preocupe a mi padre y a mí, ya sabes, pero mi madre y las chicas se asustan, y existe la posibilidad de que alguna vez no podamos solucionar el problema.
Fragmentos y jirones de chinchilla, nubes galantes en el cielo de verde luna, pasaban ante la luna como preciosos tejidos de Oriente exhibidos ante los ojos de algún kan tártaro. A John le parecía que era de día, y que veía aviadores que navegaban por el aire y dejaban caer una lluvia de folletos publicitarios y prospectos medicinales con mensajes de esperanza para los desesperados caseríos perdidos en la montaña. Le parecía que miraban a través de las nubes y veían… veían todo lo que había que ver allí adonde él se dirigía. ¿Qué pasaría entonces? Serían obligados a aterrizar por algún artefacto maligno, y encerrados entre muros lejos de los prospectos medicinales y publicitarios hasta el día del Juicio; o, en caso de burlar la trampa, los derribaría una rápida humareda y la terrible onda expansiva de la explosión de una granada, que asustaría a la madre y las hermanas de Percy. John negó con la cabeza y el fantasma de una sonrisa irónica se insinuó en sus labios entreabiertos. ¿Qué negocio desesperado se escondía en aquel lugar? ¿Qué astucia moral de algún excéntrico Creso? ¿Qué misterio dorado y terrible?
Las nubes de chinchilla se amontonaban a lo lejos y, fuera del automóvil, la noche de Montana era clara como el día. Aquella carretera que era como una alfombra de adoquines pasaba suavemente bajo los grandes neumáticos mientras bordeaban un lago tranquilo e iluminado por la luna; atravesaron una zona de oscuridad durante un instante, un bosque de pinos aromático y fresco, y desembocaron en una amplia avenida de césped, y la exclamación de placer de John coincidió con las palabras taciturnas de Percy:
—Hemos llegado a casa.
Magnífico a la luz de las estrellas, un primoroso castillo se levantaba a orillas del lago, irguiéndose con el esplendor de sus mármoles hasta la mitad de la altura de un monte vecino, para fundirse al fin, con simetría perfecta y transparente languidez femenina, con las densas tinieblas de un bosque de pinos. Las torres innumerables, las esbeltas tracerías de los parapetos inclinados, el cincelado prodigioso de un millar de ventanas amarillas, con sus rectángulos, octógonos y triángulos de luz dorada, la pasmosa suavidad con que se cruzaban el resplandor de las estrellas y las sombras azules, vibraron en el alma de John como la cuerda de un instrumento musical. En la cima de una de las torres, la más alta, la que tenía la base más negra, un juego de luces exteriores creaba una especie de país de ensueño flotante. Y cuando John miraba hacia arriba en un estado de encantamiento entusiasta, un tenue y amortiguado sonido de violines descendió y lo envolvió en una armonía rococó nunca jamás oída. Y, casi inmediatamente, el automóvil se detuvo ante una escalinata de mármol, ancha y alta, a la que el aire de la noche llevaba la fragancia de millares de flores. Al final de la escalinata dos grandes puertas se abrieron silenciosas y una luz ambarina se derramó en la oscuridad, perfilando la figura de una dama elegantísima, de cabellos negros, con un alto peinado, una dama que les tendía los brazos.
—Madre —estaba diciendo Percy—, éste es mi amigo John Unger, de Hades.
Más tarde John recordaría aquella primera noche como un deslumbramiento de muchos colores, sensaciones fugaces, música dulce como una voz enamorada: deslumbramiento ante la belleza de las cosas, luces y sombras, gestos y rostros. Había un hombre con el pelo blanco que, de pie, bebía un licor de múltiples matices en una copa de cristal con el pie de oro. Había una chica, con la cara como una flor, vestida como Titania, con sartas de zafiros entre el pelo. Había una habitación en la que el oro macizo y suave de las paredes cedía a la presión de la mano, y otra habitación que era como la idea platónica del prisma definitivo: estaba, del techo al suelo, recubierta por una masa inagotable de diamantes, diamantes de todas las formas y tamaños, de tal manera que, iluminada desde los ángulos por altas lámparas violáceas, deslumhraba con una claridad que sólo en sí misma podía encontrar parangón, más allá de los deseos o los sueños humanos.
Los dos chicos vagabundearon por aquel laberinto de habitaciones. A veces el suelo que pisaban llameaba con brillantes dibujos de fulgor interior, dibujos de colores mezclados en bárbaros contrastes, o dibujos que tenían la delicadeza del pastel, o el blancor más puro, o mosaicos sutiles y complejos, procedentes sin duda de alguna mezquita del mar Adriático. A veces, bajo losas de espeso cristal, John veía un torbellino de aguas celestes o verdes, pobladas de peces exóticos y una vegetación que mezclaba todos los colores del arco iris. Y pudieron andar sobre pieles de todas las texturas y colores, o a través de corredores del más pálido marfil, inacabables, como si hubieran sido excavados en los gigantescos colmillos de los dinosaurios extinguidos antes de la era del hombre.
Hay luego un intervalo confuso en la memoria, y ya estaban cenando: cada plato estaba hecho con dos capas casi indistinguibles de puro diamante entre las que habían insertado con extraña labor una filigrana de esmeraldas, casi filamentos de puro aire, verdes e intangibles. Una música quejumbrosa y discreta fluía a través de lejanos corredores: la silla, de plumas e insidiosamente curvada en torno a su espalda, parecía tragárselo y aprisionarlo mientras se bebía la primera copa de oporto. Intentó soñolientamente contestar a una pregunta que acababan de hacerle, pero el lujo melifluo que oprimía su cuerpo intensificó el espejismo del sueño: joyas, tejidos, vinos y metales se desdibujaban ante sus ojos en una dulce niebla…
—Sí —contestó con esfuerzo, por cortesía—, allí paso calor de sobra.
Consiguió añadir a sus palabras una risa espectral; luego, sin un movimiento, sin ofrecer resistencia, le pareció flotar a la deriva, alejarse flotando, dejando atrás el postre, un helado que era rosa como un sueño… Se durmió.
Cuando despertó, supo que habían pasado horas. Estaba en una habitación grande y silenciosa, con paredes de ébano y una iluminación desvaída, demasiado débil, demasiado sutil para poder ser llamada luz. Su joven anfitrión se inclinaba sobre él.
—Te has quedado dormido mientras cenábamos —le decía Percy—. Yo estuve a punto de dormirme también: era tan agradable sentirse cómodo después de un año de colegio. Los criados te han desnudado y lavado mientras dormías.
—¿Esto es una cama o una nube? —suspiró John—. Percy, Percy, antes de que te vayas, quisiera pedirte perdón.
—¿Por qué?
—Por haber dudado de ti cuando dijiste que tenías un diamante tan grande como el Hotel Ritz-Carlton.
Percy sonrió.
—Sabía que no me creías. Es esta montaña, ¿sabes?
—¿Qué montaña?
—La montaña sobre la que está construido el castillo. No es demasiado alta para ser una montaña. Pero, aparte de unos quince metros de hierba y grava, es un diamante puro. Un diamante único en el mundo, un diamante de unos 1.500 metros cúbicos, sin un solo defecto. ¿Me estás escuchando? Oye…
Pero John T. Unger había vuelto a quedarse dormido.

III

Era por la mañana. Mientras se despertaba, percibió entre sueños que la habitación se iba llenando de luz solar. Los paneles de ébano de una de las paredes, deslizándose por una especie de raíles, habían entreabierto la habitación para que entrara la luz del día. Un negro voluminoso, en uniforme blanco, estaba de pie junto a la cama.
—Buenas noches —murmuró John, ordenándole a su propia mente que volviera de las regiones de la insensatez.
—Buenos días, señor. ¿Desea darse un baño, señor? Por favor, no se levante. Yo lo llevaré. Basta con que se desabotone el pijama… así. Gracias, señor.
John permaneció tranquilamente en la cama mientras le quitaban el pijama: aquello le divertía y le gustaba. Esperaba que lo cogieran como a un niño los brazos de aquel negro Gargantúa que lo atendía, pero no sucedió nada parecido; sintió que la cama se inclinaba hacia un lado, y John empezó a desplazarse, sorprendido al principio, hacia la pared, pero, cuando iba a tocarla, las cortinas se abrieron y, deslizándose por un blando plano inclinado que no llegaba a los dos metros de longitud, se hundió suavemente en agua que estaba a la misma temperatura que su cuerpo.
Miró alrededor. La pasarela o el tobogán que lo había conducido al agua se había plegado lenta y automáticamente. Había sido proyectado a otra habitación y estaba sentado en una bañera empotrada en el suelo: su cabeza quedaba exactamente por encima del nivel del suelo. Todo a su alrededor, las paredes de la habitación y el fondo de la bañera, formaba parte de un acuario azul, y, mirando a través de la superficie de cristal en la que estaba sentado, podía ver cómo nadaban los peces entre luces ambarinas, deslizándose sin ninguna curiosidad junto a los dedos de sus pies, separados sólo por la espesura del cristal. Desde lo alto, la luz del sol se filtraba a través de un vidrio verdemar.
—He pensado, señor, que esta mañana preferiría agua de rosas caliente con espuma de jabón y, para terminar, quizá agua salada fría.
El negro seguía a su lado.
—Sí —asintió John, sonriendo como un tonto—. Como usted quiera.
La sola idea de ordenar aquel baño hubiera resultado, de acuerdo con su pobre nivel de vida, presuntuosa e incluso perversa.
El negro apretó un botón y una ducha templada empezó a caer, en apariencia desde arriba, pero en realidad, según pudo descubrir John muy pronto, de una especie de fuente que había junto a la bañera. El agua tomó un color rosa pálido, y chorros de jabón líquido brotaron de cuatro cabezas de morsa en miniatura situadas en los ángulos de la bañera. Y, en un instante, doce minúsculas ruedas hidráulicas, fijadas a los lados, habían agitado y convertido la mezcla en un radiante arco iris de espuma rosa que envolvía a John en una delicia de suavidad y ligereza y estallaba a su alrededor por todas partes en burbujas resplandecientes y rosa.
—¿Conecto el proyector de cine, señor? —sugirió el negro respetuosamente—. Hoy hay preparada una buena comedia de un solo rollo, pero puedo poner una película más seria, si así lo prefiere.
—No, gracias —contestó John con educación y firmeza. Disfrutaba demasiado del baño como para desear otra distracción. Pero llegó la distracción: ahora oía, procedente del exterior, una música de flautas, flautas que derramaban una melodía semejante a una cascada, tan fresca y verde como aquella habitación, y acompañaban a un volátil octavín, más frágil que el encaje de espuma que lo envolvía y fascinaba.
Tras una ducha de agua salada y fría, salió de la bañera en un albornoz con tacto de lana y, sobre un diván tapizado con el mismo tejido, recibió un masaje de aceite, alcohol y perfumes. Luego se sentó en una voluptuosa silla para que lo afeitaran y le recortaran un poco el pelo.
—El señor Percy lo espera en su salón —dijo el negro, cuando acabaron estas operaciones—. Me llamo Gygsum, señor Unger. Todas las mañanas estaré al servicio del señor Unger.
John encontró lleno de sol el cuarto de estar, donde el desayuno lo esperaba, y a Percy, resplandeciente en pantalones de golf blancos de piel de cabra, fumando cómodamente sentado.

IV

Ésta es la historia de la familia Washington, tal como Percy se la resumió a John durante el desayuno.
El padre del actual señor Washington había nacido en Virginia, descendiente directo de George Washington y lord Baltimore. Cuando terminó la Guerra Civil era un coronel de veinticinco años, propietario de una plantación destruida y unos mil dólares de oro.
Fitz-Norman Culpepper Washington, pues ése era el nombre del joven coronel, decidió regalarle a su hermano menor la propiedad de Virginia e irse al Oeste. Eligió a veinticuatro de sus negros más fieles, que, por supuesto, lo adoraban, y compró veinticinco billetes de tren para el Oeste, donde pensaba obtener concesiones de tierra a nombre de los veinticinco y montar un rancho de ovejas y vacas.
Cuando llevaba en Montana menos de un mes y las cosas le iban verdaderamente mal, se topó con su extraordinario descubrimiento. Se había perdido cabalgando por las colinas, y después de un día sin comer, empezó a sentir hambre. Como no tenía rifle, se vio forzado a perseguir a una ardilla, y en el curso de la persecución se dio cuenta de que la ardilla llevaba algo brillante en la boca. Cuando ya desaparecía en su madriguera —la Providencia no quiso que aquella ardilla aplacase el hambre de Fitz-Norman Washington—, el animal soltó su carga. Al sentarse para considerar la situación, Fitz-Norman vislumbró un fulgor entre la hierba, muy cerca. Diez segundos después, había perdido completamente el apetito y ganado cien mil dólares. La ardilla, que había evitado con irritante obstinación convertirse en comida, le había regalado un diamante perfecto y descomunal.
Más tarde, aquella misma noche, Washington encontró el camino hasta el campamento, y doce horas después todos sus negros de sexo masculino ocupaban los alrededores de la madriguera de la ardilla y cavaban con furia en la falda de la montaña. Les dijo que había descubierto una mina de cuarzo y, dado que sólo uno o dos negros habían visto antes algo parecido a un diamante, lo creyeron sin ningún género de dudas. Cuando estuvo seguro de la magnitud de su descubrimiento, se encontró en un verdadero aprieto. Toda la montaña era un diamante: sólo era, literalmente, un diamante puro. Llenó cuatro sacos de muestras rutilantes y partió a lomos de su caballo hacia Saint Paul; allí consiguió vender media docena de piedras pequeñas. Cuando intentó vender una piedra más grande, un tendero se desmayó y Fitz-Norman fue detenido por escándalo público. Se escapó de la cárcel y tomó el tren de Nueva York, donde vendió algunos diamantes de tamaño mediano y recibió a cambio doscientos mil dólares de oro. Pero no se atrevió a mostrar ninguna gema excepcional. Y, de hecho, abandonó Nueva York en el momento oportuno. Una tremenda conmoción se había producido en los ambientes próximos a los joyeros, no tanto por el tamaño de los diamantes, como por su aparición en la ciudad, sin que nadie conociera su misteriosa procedencia. Empezaron a correr estrafalarios rumores de que la mina había sido descubierta en los montes Catskill, en la costa de Jersey, en Long Island, bajo Washington Square. Trenes especiales, llenos de hombres con picos y palas, empezaron a salir de Nueva York rumbo a distintos y cercanos Eldorados. Pero, para entonces, el joven Fitz-Norman viajaba ya camino de Montana.
Quince días después, había calculado que el diamante de la montaña equivalía aproximadamente a todos los diamantes que, por lo que se sabe, existen en el mundo. No habría sido posible, sin embargo, valorarlo con exactitud, pues se trataba de un único diamante purísimo, y si hubiese sido puesto a la venta, no sólo hubiese provocado el hundimiento del mercado, sino que, si, de acuerdo con la costumbre, el valor varía según el tamaño en progresión aritmética, no hubiera habido oro en el mundo para comprar la décima parte. Y, además, ¿qué se podía hacer con un diamante de semejantes dimensiones?
Era una situación difícil y extraordinaria. Era, en cierto sentido, el hombre más rico de todos los tiempos, pero ¿le valía de algo? Si su secreto llegaba a saberse, quién sabe a qué medidas tendría que recurrir el Gobierno para evitar el pánico, tanto en el mercado del oro como en el de las piedras preciosas. Incluso podrían expropiar el diamante y crear un monopolio.
No le cabía otra alternativa: tenía que explotar la montaña en secreto. Fitz-Norman recurrió a su hermano menor, que se encontraba en el Sur, y le confió el mando de su séquito de negros, pobres negros que no se habían dado cuenta de que la esclavitud había sido abolida. Para mayor seguridad, les leyó una proclama que él mismo había redactado, en la que se anunciaba que el general Forrest había reorganizado los destrozados ejércitos del Sur y derrotado a los nordistas en una batalla campal. Los negros lo creyeron sin reservas, e inmediatamente lo celebraron con alegría y ceremonias religiosas.
Fitz-Norman partió hacia países extranjeros con cien mil dólares y dos baúles llenos de diamantes sin pulir de todos los tamaños. Navegó rumbo a Rusia en un junco chino, y, seis meses después de salir de Montana, llegó a San Petersburgo. Encontró un oscuro alojamiento y fue a ver al joyero de la Corte para anunciarle que tenía un diamante para el zar. Se quedó en San Petersburgo dos semanas, en constante peligro de ser asesinado, cambiando sin cesar de alojamiento, con miedo de abrir más de tres o cuatro veces sus baúles durante aquellos quince días.
Después de prometer que volvería un año más tarde con piedras más grandes y más bellas, recibió permiso para zarpar rumbo a la India. Pero, antes de que partiera, los tesoreros de la Corte le habían depositado en bancos americanos, en cuentas abiertas bajo cuatro diferentes nombres supuestos, la suma de quince millones de dólares.
Volvió a Estados Unidos en 1868, después de una ausencia de algo más de dos años. Había visitado las capitales de veintidós países y hablado con cinco emperadores, once reyes, tres príncipes, un sah, un kan y un sultán. En aquel momento Fitz-Norman calculaba su fortuna en mil millones de dólares. Un factor contribuía decisivamente al mantenimiento del secreto: ninguno de sus diamantes de mayor tamaño permanecía a la vista del público más de una semana sin que inmediatamente le atribuyeran una historia tan rica en desgracias, amores, revoluciones y guerras, que forzosamente había de remontarse a los días del primer imperio babilonio.
Desde 1870 hasta su muerte en 1900, la historia de Fitz-Norman Washington fue una larga epopeya del oro. Hubo también asuntos secundarios, claro: consiguió eludir a los registradores de la propiedad, se casó con una dama de Virginia, de la que tuvo un único hijo, y se vio obligado, por una serie de desafortunadas complicaciones, a matar a su hermano, que tenía la desdichada costumbre de emborracharse hasta caer en un estupor indiscreto que muchas veces había puesto en peligro la seguridad de todos. Pero pocos asesinatos más turbaron aquellos felices años de progreso y expansión.
No mucho antes de morir, adoptó una nueva política, e invirtiendo sólo algunos millones de dólares de su patrimonio líquido, adquirió grandes cantidades de metales preciosos y los depositó en las cámaras acorazadas de bancos de todo el mundo como si fueran antigüedades. Su hijo, Braddock Tarleton Washington, siguió, a escala aún mayor, la misma política. Los metales preciosos fueron sustituidos por el más raro de todos los elementos, el radio: el equivalente en radio a mil millones de dólares de oro cabe en un recipiente no más grande que una caja de puros.
Tres días después de la muerte de Fitz-Norman, su hijo Braddock decidió que los negocios habían ido demasiado lejos. La cuantía de las riquezas que su padre y él habían extraído de la montaña estaba por encima de todo cálculo. Registró en un dietario, en clave, la cantidad aproximada de radio depositada en cada uno de los mil bancos de Ios que era cliente, y los nombres falsos que poseían la titularidad de w cuentas. Luego hizo una cosa muy sencilla: cerró la mina.
Cerró la mina. Lo que ya habían extraído mantendría, con lujo sin precedentes, durante generaciones, a todos los Washington que pudieran nacer. Su única preocupación sería guardar el secreto, para Le el previsible pánico que causaría su revelación no lo redujera a la Aseria absoluta, junto con todos los capitalistas del mundo.
Aquélla era la familia con la que se encontraba John T. Unger. Ésta fue la historia que le contaron en el cuarto de estar de paredes de plata la mañana después de su llegada.

V

Después del desayuno, John se dirigió hacia la gran entrada de mármol, desde donde contempló con curiosidad el panorama que se ofrecía a su vista. Todo el valle, desde la montaña de diamante hasta el abrupto precipicio de granito ocho kilómetros más allá, aún despedía un hálito dorado que flotaba perezosamente sobre la magnífica extensión de prados, lagos y jardines. Aquí y allí, grupos de olmos formaban delicados bosquecillos de sombra, en extraño contraste con las duras masas de los pinos que se agarraban a las colinas como puños de un verde azulado y oscuro. Vio a tres cervatos que, con pasos ligeros, salieron en fila de entre unas matas, a menos de un kilómetro de distancia, y desaparecieron con desmañada vivacidad en la penumbra veteada de negro de otras matas. John no se hubiera sorprendido si hubiera visto a un fauno tocar la flauta a su paso entre los árboles, o si hubiera vislumbrado una piel rosa de ninfa y una cabellera rubia flotando al viento entre las más verdes de las hojas verdes.
Con aquella remota esperanza descendió los peldaños de mármol, perturbando ligeramente el sueño de dos sedosos perros lobos rusos al pie de la escalinata, y se puso en camino a través de un paseo de losas azules y blancas que parecía no llevar a ningún sitio preciso.
Disfrutaba cuanto podía. La felicidad de la juventud, así como su insuficiencia, estriba en que los jóvenes no pueden vivir en el presente, sino que siempre deben comparar el día que pasa con el futuro, imaginado con esplendor: flores y oro, chicas y estrellas, sólo son premoniciones y profecías del incomparable e inalcanzable sueño juvenil.
John siguió una suave curva donde los macizos de rosas llenaban el aire de intensos aromas y, a través de un parque, se dirigió hacia un claro de musgo a la sombra de unos árboles. Nunca se había tendido sobre el musgo y quería comprobar si de verdad era tan blando como para justificar que su nombre fuera utilizado para designar la blandura. Entonces vio a una chica que se acercaba por el prado. Era la criatura más bella que había visto en su vida.
Vestía una falda corta, blanca, que apenas le tapaba las rodillas, y le ceñía el pelo una guirnalda de resedas unidas con pasadores de zafiros azules. Sus desnudos pies rosados salpicaban rocío conforme se iba acercando. Era más joven que John: no tenía más de dieciséis años.
—Hola —exclamó con voz suave—, soy Kismine.
Ya era, para John, mucho más. Avanzó hacia la chica, y, cuando estuvo más cerca, casi ni se atrevía a dar un paso, por temor a pisarle los pies desnudos.
—No nos conocíamos —dijo con aquella voz suave. Y sus ojos azules añadieron: «¡Y te has perdido muchísimo!»—. Anoche conociste a mi hermana Jasmine. Yo estaba mala: me había sentado mal la lechuga —prosiguió la voz suave, y los ojos añadieron: «Y soy muy dulce cuando estoy mala… Y cuando estoy bien».
«Me has causado una enorme impresión», dijeron los ojos de John, «y yo no soy tan fácil». —¿Cómo estás? —dijo su voz—. Espero que te encuentres mejor esta mañana —y sus ojos añadieron, tímidos: «Querida».
John se dio cuenta de que estaban paseando por el prado. Kismine propuso que se sentaran en el musgo: John había olvidado probar su blandura.
Era muy exigente con las mujeres. Un simple defecto —unos tobillos gruesos, una voz ronca, una mirada fría— bastaba para que dejaran de interesarle. Y he aquí que, por primera vez en su vida, estaba con una chica que le parecía la encarnación de la perfección física.
—¿Eres del Este? —le preguntó Kismine con un interés encantador.
—No —respondió John con sencillez—. Soy de Hades.
O nunca había oído hablar de Hades, o no se le ocurrió ningún comentario amable, porque no volvió a nombrar aquel sitio.
—Este otoño voy a ir a un colegio del Este —dijo Kismine—. ¿Crees que me lo pasaré bien? Iré a Nueva York, al colegio de la señorita Bulge. Es un colegio muy severo, pero, ¿sabes?, los fines de semana los pasaré con mi familia en nuestra casa de Nueva York, porque papá se ha enterado de que las alumnas tienen que pasear de dos en dos, en fila.
—Tu padre quiere que tengas orgullo —observó John.
—Somos orgullosas —contestó, y los ojos le brillaban de dignidad—. Jamás nos han castigado. Papá dice que jamás debemos ser castigadas. Una vez, mi hermana Jasmine, cuando era pequeña, lo empujó escaleras abajo, y papá sólo se levantó y se fue cojeando… Mamá se quedó… —continuó Kismine—, bueno, un poco sorprendida cuando oyó que eras de…, ya sabes, de ese sitio de donde eres. Dice que, cuando era joven… Pero es que, ya sabes, es española y anticuada.
—¿Pasas mucho tiempo aquí? —preguntó John, para disimular que aquellas palabras lo habían molestado. Parecían una alusión poco amable a su provincianismo.
—Percy, Jasmine y yo venimos todos los veranos, pero el verano que viene Jasmine irá a Newport. El año que viene irá a Londres para ser presentada en sociedad ante la Corte.
—¿Sabes —comenzó John indeciso— que eres mucho más sofisticada de lo que me había imaginado al verte?
—No, no, qué va —se apresuró a responder Kismine—. Kft pensarlo. Creo que los jóvenes que son sofisticados son terriblemente vulgares, ¿no te parece? Yo no lo soy, en absoluto, de verdad. Si me dices que soy sofisticada, me echaré a llorar.
Estaba tan dolida que le temblaba el labio. John se vio obligado a declarar:
—No creo que seas sofisticada; sólo lo he dicho para hacerte rabiar.
—Porque, si lo fuese, no me importaría —insistía ella—, pero no lo soy. Soy muy inocente y muy niña. Nunca fumo ni bebo y sólo leo poesías. Casi no sé nada de matemáticas o química. Me visto con mucha sencillez. La verdad es que casi no me visto. Lo último que puedes decir de mí es que soy sofisticada. Creo que las chicas deben disfrutar la juventud de un modo saludable.
—Yo también lo creo —dijo John sinceramente.
Kismine estaba otra vez alegre. Le sonreía, y una lágrima que nacía sin vida se escurrió por la comisura de un ojo azul.
—Me caes simpático —le murmuró en tono íntimo—. ¿Vas a pasar todo el tiempo con Percy mientras estés aquí, o serás simpático conmigo? Piénsalo… Soy un territorio absolutamente virgen. Nunca he tenido novio. Nunca me han dejado estar sola con chicos… salvo con Percy. He venido al bosque porque quería verte sin tener a toda la familia alrededor.
Profundamente halagado, John hizo una reverencia, tal como le habían enseñado en la academia de baile de Hades.
—Es mejor que nos vayamos —dijo Kismine con dulzura—. He quedado con mamá a las once. Todavía no me has pedido que te dé un beso. Creía que era lo que hacían los chicos de hoy.
John hinchó el pecho, lleno de orgullo.
—Algunos lo hacen —contestó—, pero yo no. Las chicas no hacen esas cosas… en Hades.
Volvieron juntos a la casa.

VI

John estaba frente al señor Braddock Washington, a pleno sol. Era un hombre de unos cuarenta años, con un semblante orgulloso e inexpresivo, mirada inteligente y complexión robusta. Por la mañana le gustaban los caballos, los mejores caballos. Se apoyaba en un sencillo bastón de paseo, de abedul, con un gran ópalo en el puño. Le enseñaba, con Percy, el lugar a John.
—Las viviendas de los esclavos están allí —el bastón de paseo señalaba, a la izquierda, un claustro de mármol que, con la gracia del estilo gótico, se extendía al pie de la montaña—. Cuando yo era joven, un periodo de absurdo idealismo me apartó de la vida real. Durante aquel tiempo, los esclavos vivieron en el lujo. Por ejemplo, hice que cada uno tuviera baño en sus habitaciones.
—Me figuro —se aventuró a decir John, con una sonrisa zalamera— que usarían las bañeras para guardar el carbón. El señor Schnlitzer-Murphy me contó que una vez…
—Las opiniones del señor Schnlitzer-Murphy no deben de tener demasiada importancia —lo interrumpió Braddock Washington con frialdad—. Mis esclavos no usaban las bañeras como carboneras. Tenían órdenes de bañarse cada día, y obedecían. Si no lo hubieran hecho, yo hubiera podido ordenar que se lavaran la cabeza con ácido sulfúrico. Interrumpí los baños por otra razón. Varios se resfriaron y murieron. El agua no es buena para ciertas razas, si no es para beber.
John se rió, e inmediatamente decidió limitarse a asentir escuetamente con la cabeza. Braddock Washington lo hacía sentirse incómodo.
—Todos esos negros son descendientes de los que mi padre se trajo del Norte. Ahora debe de haber unos doscientos cincuenta. Te habrás dado cuenta de que han vivido tanto tiempo al margen del mundo que su dialecto nativo se ha convertido en una jerga casi ininteligible. A algunos les hemos enseñado a hablar inglés: a mi secretario y a dos o tres criados de la casa. Éste es el campo de golf—continuó, mientras paseaban por el césped verde, invernal—. Ya ves que todo lo ocupa el green: aquí no hay fairway, ni rough, ni riesgos.
Le sonreía cordialmente a John.
—¿Hay muchos hombres en la jaula, padre?
Braddock Washington tropezó, y se le escapó una maldición.
—Uno menos de los que debería haber —exclamó sombríamente, y añadió un instante después—: Hemos tenido problemas.
—Mamá me lo había dicho —exclamó Percy—; aquel profesor italiano…
—Un terrible error —dijo Braddock Washington, muy enfadado—. Pero, desde luego, hay muchas posibilidades de que lo encontremos. Puede que haya caído en alguna parte del bosque, o que se haya precipitado por un barranco. Y siempre existirá la posibilidad de que, si consigue huir, nadie crea su historia. De cualquier modo, he mandado dos docenas de hombres para que lo busquen por las aldeas de los alrededores.
—¿Y no ha habido resultados?
—Alguno. Catorce hombres le han dicho a mi agente que habían matado a un individuo que respondía a la descripción, pero puede ser, desde luego, que sólo quisieran cobrar la recompensa.
Se interrumpió. Se habían acercado a una gran cavidad en el suelo, un círculo más o menos del tamaño de un tiovivo, cubierto por una fuerte reja de acero. Braddock Washington le hizo señas a John y apuntó el bastón hacia la profundidad, a través de la reja. John se acercó al agujero y miró, y de repente le hirió los oídos una desenfrenada gritería que surgía de las profundidades.
—¡Baja al infierno!
—¡Eh, chico! ¿Cómo es el aire ahí arriba?
—¡Eh, échanos una cuerda!
—¿No tendrás un bollo duro, hijo, o un par de bocadillos de segunda mano?
—Oye, amigo, si le empujas al tipo ese que está contigo, te haremos una demostración del arte de la desaparición súbita.
—Dale una paliza de mi parte, ¿vale?
Había demasiada oscuridad para ver con claridad en el interior del foso, pero, por el rudo optimismo y la brava vitalidad de aquellas frases y voces, John hubiera dicho que pertenecían a norteamericanos de clase media y del tipo más atrevido. Entonces el señor Washington alargó el bastón y oprimió un botón que había entre la hierba, y el foso se iluminó de repente.
—Son marineros, aventureros que han tenido la desgracia de encontrar Eldorado —señaló.
Había aparecido a sus pies, en la tierra, un gran agujero que tenía la forma del interior de un tazón. Las paredes eran empinadas, y parecían de vidrio pulido, y sobre el fondo ligeramente cóncavo había, de pie, dos docenas de hombres en uniforme de aviador, mezclando ropa militar y civil. Sus rostros, vueltos hacia arriba, encendidos por la cólera, el rencor, la desesperación, el cinismo, estaban cubiertos por largas barbas, pero, excepto unos pocos que se consumían a ojos vistas, parecían bien alimentados, sanos.
Braddock Washington acercó una silla de jardín al filo del foso y se sentó.
—Bueno, ¿cómo estáis, muchachos? —preguntó afablemente.
Un coro de abominaciones, en el que participaron todos, menos los que estaban demasiado abatidos para gritar, se elevó hasta el aire soleado, pero Braddock Washington lo oyó con imperturbable serenidad. Cuando el último eco se apagó, habló de nuevo.
—¿Habéis encontrado alguna salida para vuestros problemas?
De aquí y allá brotaron algunas respuestas.
—¡Hemos decidido quedarnos aquí por gusto!
—¡Súbenos y verás qué pronto encontramos la salida!
Braddock Washington esperó a que volvieran a callar. Entonces dijo:
—Ya os he explicado la situación. No quisiera que estuvierais aquí. Le pido a Dios no haberos visto nunca. Vuestra propia curiosidad os trajo aquí, y en cuanto se os ocurra una salida que nos salvaguarde a mí y a mis intereses, estaré encantado de tomarla en consideración. Pero mientras limitéis vuestro esfuerzos a excavar túneles —sí, ya estoy al corriente del último que habéis empezado— no llegaréis muy lejos. Esto no es tan duro como queréis hacer creer, con todos vuestros alaridos, a los seres queridos de mi casa. Si hubierais sido el tipo de personas que se preocupa por los seres queridos, jamás os hubierais dedicado a la aviación.
Un hombre alto se separó de los demás y levantó una mano para llamar la atención.
—¡Permítame hacerle algunas preguntas! —gritó—. Usted pretende ser un hombre equitativo.
—Qué absurdo. ¿Cómo puede un hombre de mi posición ser equitativo con vosotros? ¿Por qué no pides que un perro cazador sea equitativo con un pedazo de carne?
Ante esta observación despiadada, las caras de las dos docenas de pedazos de carne acusaron el golpe, pero el hombre alto continuó:
—¡Muy bien! —gritó—. Ya hemos discutido antes estas cosas. Usted no es humanitario, ni equitativo, pero es humano, o al menos dice serlo, y será capaz de ponerse en nuestro lugar y entender hasta qué punto… Hasta qué punto…
—¿Hasta qué punto, qué? —preguntó Washington fríamente.
—Hasta qué punto es innecesario…
—Para mí, no.
—Bueno, hasta qué punto es cruel…
—Eso ya lo hemos hablado. No existe crueldad cuando está en juego la propia conservación. Habéis sido soldados, lo sabéis. Busca otro argumento.
—Bueno, entonces, hasta qué punto es una estupidez.
—Bien —admitió Washington—, eso lo reconozco. Pero intentad pensar una alternativa. Me he ofrecido a ejecutaros sin dolor a todos, o a quien quiera, cuando lo deseéis. Me he ofrecido a secuestrar a vuestras mujeres, novias, hijos y madres, para traéroslos hasta aquí. Ampliaremos vuestro alojamiento en la fosa, y os alimentaremos y vestiremos durante el resto de vuestras vidas. Si hubiera algún método que produjera amnesia permanente, os lo hubiera aplicado a todos y os hubiera liberado de inmediato, lejos de mis propiedades. Pero no se me ocurre otra cosa.
—¿Y si te fiaras de que no te íbamos a delatar? —gritó alguien.
—No lo dices en serio —dijo Washington con sarcasmo—. Dejé salir a uno para que le enseñara italiano a mi hija. Huyó la semana pasada.
Un grito salvaje de júbilo salió de repente de dos docenas de gargantas y le siguió un estallido de alegría. Los prisioneros bailaron y aplaudieron con entusiasmo, cantaron a la tirolesa y lucharon entre sí en un repentino e increíble ataque de optimismo animal. Incluso treparon por las paredes de vidrio del agujero, hasta donde pudieron, y resbalaron otra vez hasta el fondo, sobre el cojín natural de sus cuerpos. El hombre alto empezó una canción que todos corearon:

Sí, colgaremos al Kaiser
de un manzano ácido.

Braddock Washington guardó un silencio inescrutable hasta que la canción terminó.
—Ya veis —observó, en cuanto consiguió un mínimo de atención—. No os guardo rencor. No me gusta veros tristes. Por eso no os había contado todo de golpe. Ese tipo… ¿Cómo se llamaba? ¿Crichtichiello? Uno de mis agentes le disparó y acertó en catorce puntos distintos.
Los prisioneros no sospechaban que los puntos a los que se refería eran catorce ciudades diferentes: las ruidosas manifestaciones de alegría cesaron inmediatamente.
—De todas maneras —exclamó Washington con cierta rabia—, intentó huir. ¿Pretendéis que vuelva a arriesgarme con vosotros después de una experiencia semejante?
Se repitieron las imprecaciones y los gritos.
—¡Claro!
—¿Quiere aprender chino tu hija?
—¡Eh! ¡Yo hablo italiano! Mi madre era italiana.
—¡Lo mismo quiere aprender a hablar como en Nueva York!
—¡Si es la chica de los ojos azules, puedo enseñarle cosas mucho mejores que hablar italiano!
—Yo sé canciones irlandesas, y, si hace falta, sé batir el cobre.
El señor Washington alargó repentinamente el bastón y pulsó el botón entre la hierba, y la escena del foso desapareció al instante y sólo quedó la gran boca oscura, cubierta tristemente por los dientes negros de la reja.
—¡Eh! —gritó una voz desde el fondo—, ¿te vas a ir sin bendecirnos?
Pero el señor Washington, seguido por los dos chicos, se encaminaba ya a grandes pasos hacia el agujero número nueve del campo, como si el foso y todo lo que contenía sólo fuera un obstáculo más que hubiera superado con facilidad su hábil palo de golf.

VII

Julio, al abrigo de la montaña de diamante, fue un mes de noches frescas y días cálidos, esplendorosos. John y Kismine estaban enamorados. John no sabía que el pequeño balón de fútbol de oro (con la inscripción Pro deo et patria et St. Mida) que le había regalado a Kismine descansaba sobre el pecho de la chica, colgado de una cadena de platino. Pero así era. Y Kismine no sabía que John guardaba con ternura en su joyero un gran zafiro que un día se había desprendido de su sencillo peinado.
Una tarde, cuando reinaba el silencio en la sala de música de rubíes y armiño, pasaron una hora juntos. John le cogió la mano y Kismine lo miró de tal manera que él murmuró su nombre. Kismine se inclinó hacia él y luego titubeó.
—¿Has dicho Kismine? —preguntó suavemente—. O…
Quería estar segura. Pensaba que quizá se estaba equivocando.
Ninguno de los dos sabía lo que era un beso, pero una hora después parece que las cosas eran un poco diferentes.
Se fue yendo la tarde. Aquella noche, cuando un último soplo de música descendió desde la torre más alta, soñaban despiertos con cada uno de los minutos del día. Habían decidido casarse tan pronto como fuera posible.

VIII

Todos los días el señor Washington y los dos jóvenes iban a cazar o a pescar a lo más hondo del bosque, o a jugar al golf en el campo soñoliento —partidas en las que diplomáticamente John dejaba ganar a su anfitrión—, o a nadar en la frescura montañosa del lago. El señor Washington le parecía a John un hombre de carácter un tanto riguroso: indiferente por completo a otras ideas y opiniones que no fueran las suyas. La señora Washignton era siempre distante y reservada. Parecía despreocuparse absolutamente de sus dos hijas y dedicarse por completo a su hijo Percy, con quien mantenía durante la comida conversaciones interminables en un español fluido.
Jasmine, la hija mayor, se parecía a Kismine a primera vista —salvo que tenía las piernas un poco arqueadas, y las manos y los pies demasiado grandes—, pero poseía un temperamento completamente distinto. Sus libros preferidos trataban de chicas pobres que cuidaban la casa de su padre viudo. Kismine le contó a John que Jasmine no se había podido recuperar del impacto y la decepción producidos por el fin de la guerra mundial, cuando estaba a punto de partir hacia Europa para servir en las cantinas militares. Incluso había pasado algún tiempo muy triste, y Braddock Washington había dado algunos pasos para provocar una nueva guerra en los Balcanes, pero Jasmine vio la foto de unos soldados serbios heridos y perdió el interés por todo lo que se refiriera a aquel asunto. Sin embargo, Percy y Kismine parecían haber heredado la arrogancia de su padre, en toda su cruel magnificencia. Un egoísmo casto y consecuente moldeaba todas y cada una de sus ideas.
A John le encantaban las maravillas del castillo y del valle. Braddock Washington, según le contó Percy, había mandado secuestrar a un diseñador de jardines, un arquitecto, un escenógrafo y un poeta del decadentismo francés superviviente del siglo pasado. Puso a su disposición toda la fuerza de sus negros y les procuró los materiales más preciosos y raros que existen en el mundo, dejándoles libertad para que llevaran a cabo algunas de sus ideas. Pero uno tras otro habían demostrado su incapacidad. El poeta decadentista enseguida empezó a quejarse de estar lejos de los bulevares en primavera: hizo algunas vagas observaciones sobre especias, monos y marfiles, pero no dijo nada que tuviese valor práctico. El escenógrafo, por su parte, quería convertir el valle en una sucesión de trucos y efectos sensacionales: algo de lo que los Washington se hubieran cansado pronto. En cuanto al arquitecto y al diseñador de jardines, sólo pensaban en términos convencionales. Querían hacer esto según este modelo, y aquello según aquel otro.
Pero por lo menos resolvieron el problema de lo que cabía hacer con ellos: enloquecieron una mañana temprano, después de pasar toda la noche reunidos, intentando ponerse de acuerdo sobre dónde colocar una fuente, y ahora estaban internados cómodamente en un manicomio de Westport, en Connecticut.
—Pero —preguntó John con curiosidad— ¿quién proyectó vuestros maravillosos salones, los vestíbulos, los accesos al castillo y los cuartos de baño?
—Bueno —contestó Percy—, me da vergüenza decírtelo, pero fue uno que hace películas, la única persona que encontramos acostumbrada a manejar cantidades ilimitadas de dinero, aunque comía vorazmente con la servilleta atada al cuello y no sabía leer ni escribir.
Agosto se acababa, y John empezó a sentir pena: pronto debería volver al colegio. Kismine y él habían decidido fugarse juntos en junio del año siguiente.
—Sería más bonito casarnos aquí —confesó Kismine—, pero la verdad es que mi padre no me daría nunca permiso para casarme contigo. Y, además, prefiero la fuga. Es terrible para los ricos casarse en Estados Unidos en estos tiempos: tienen que mandar comunicados a la prensa anunciando que la boda se celebrará con sobras, cuando lo que quieren decir es que se casarán con un puñado de perlas de segunda mano y algún encaje que una vez llevó la emperatriz Eugenia.
—Lo sé —asintió John vehementemente—. Cuando fui a casa de los Schnlitzer-Murphy, la hija mayor, Gwendolyn, se casó con el hijo del dueño de media Virginia. Escribió a casa diciendo lo difícil que era arreglárselas con el sueldo del marido, empleado de banco. Y terminaba diciendo: «Gracias a Dios, tengo cuatro criadas, y eso me ayuda un poco».
—Es absurdo —comentó Kismine—. Creo que hay millones y millones de personas, trabajadores y gente así, que se las arreglan con sólo dos criadas.
Una tarde de finales de agosto, unas palabras casuales de Kismine cambiaron la situación por completo y sumieron a John en un estado de terror.
Estaban en su bosquecillo preferido, y entre besos John se abandonaba a románticos presentimientos que creía que añadían patetismo a sus relaciones.
—A veces pienso que nunca nos casaremos —dijo con tristeza—. Tú eres demasiado rica, demasiado suntuosa. Una persona tan rica como tú no puede ser como las otras chicas. Tendré que casarme con la hija de cualquier acomodado ferretero al por mayor de Omaha o Sioux City, y contentarme con medio millón de dólares de dote.
—Yo conocí una vez a la hija de un ferretero —señaló Kismine . No creo que te hubieses sentido a gusto con ella. Era amiga de mi hermana. Estuvo aquí.
—Ah, ¿habéis tenido otros invitados? —exclamó John sorprendido.
Kismine pareció arrepentirse de lo que había dicho.
—Bueno, sí —se apresuró a decir—; hemos tenido algunos.
—Pero… ¿No temíais…? ¿No temía tu padre que lo contaran todo cuando se fueran?
—Hasta cierto punto, ¿no? Hasta cierto punto —contestó—. ¿Por qué no hablamos de algo más agradable?
Pero aquello había despertado la curiosidad de John.
—¡Algo más agradable! —exclamó—. ¿Es que esto no es agradable? ¿No eran simpáticas aquellas chicas?
Para su gran sorpresa, Kismine se echó a llorar.
—Sí… Y ése… Ése es precisamente el problema. Me había hecho muy amiga de algunas. Y Jasmine, también, pero seguía invitando a otras. No puedo entenderlo.
Una oscura sospecha nació en el corazón de John.
—¿Quieres decir que hablaron y que tu padre las… eliminó?
—Peor —murmuró Kismine, y se le quebraba la voz—. Mi padre no corrió ningún riesgo. Y Jasmine seguía escribiéndoles para que vinieran… ¡Y se lo pasaban tan bien!
Kismine estaba deshecha de dolor.
Perplejo por el horror de esta revelación, John la miraba con la boca abierta, sintiendo los nervios agitarse como si muchos gorriones se hubieran posado en su espina dorsal.
—Ya te lo he dicho, y no debería haberlo hecho —dijo Kismine, tranquilizándose de golpe y secándose sus ojos azul oscuro.
—¿Quieres decir que tu padre las asesinó antes de que se fueran?
Kismine asintió.
—Normalmente en agosto, o a principios de septiembre. Es natural que antes quisiéramos disfrutar de su compañía todo lo que pudiéramos.
—¡Es abominable! Dios mío, debo de estar volviéndome loco. ¿Has dicho en serio que…?
—Sí —lo interrumpió Kismine, encogiéndose de hombros—. No podíamos encerrarlas como a los aviadores: nos hubiera estado remordiendo la conciencia todo el día. Y siempre han tenido cuidado de que a Jasmine y a mí no nos resultara muy difícil: papá daba la orden antes de lo que esperábamos. Así evitábamos las escenas de despedida…
—¡Así que las asesinasteis! —gritó John.
—Fue de una manera muy agradable. Las drogaron mientras dormían. Y a las familias les dijimos que habían muerto de escarlatina en Butte.
—Pero… ¡No entiendo cómo seguisteis invitando a otras!
—Yo, no —estalló Kismine—. Yo nunca he invitado a nadie. Fue Jasmine. Y siempre se lo han pasado muy bien. En los últimos días Jasmine les hacía los regalos más maravillosos. Seguramente yo también invitaré a alguna amiga. Me acostumbraré a esas cosas. No permitiremos que algo tan inevitable como la muerte nos impida disfrutar la vida mientras podamos. Piensa qué solo estaría el castillo si nunca pudiéramos invitar a nadie. Y papá y mamá han sacrificado a algunos de sus mejores amigos, como nosotros.
—Y así… —exclamó John acusadoramente—. Así has dejado que me enamorara de ti y has fingido que me correspondías, hablando de matrimonio y sabiendo perfectamente que nunca iba a salir vivo de aquí…
—No —protesto Kismine con pasión—. Ya, no; sólo al principio. Estabas aquí. No podía evitarlo, y pensé que tus últimos días podían ser agradables para los dos. Pero me enamoré de ti y… Ahora siento sinceramente que tengas que… desaparecer. Aunque prefiero que desaparezcas a que alguna vez beses a otra chica.
—¿Sí? ¿Lo prefieres? —gritó John ferozmente.
—Desde luego que sí. Además, siempre he oído que las chicas se lo pasan mejor con los hombres con los que saben que no se casarán nunca. Ay, ¿por qué te lo he contado? Seguramente te he echado a perder los buenos ratos que nos quedaban: lo hemos pasado verdaderamente bien cuando no sabías nada. Ya sabía yo que te ibas a deprimir un poco.
—¿Lo sabías? ¿De verdad lo sabías? —la voz de John temblaba de ira—. Ya he oído bastante. Si tienes tan poco orgullo y tan poca decencia como para flirtear con alguien que sabes que es poco más que un cadáver, no quiero tener nada que ver contigo.
—¡Tú no eres un cadáver! —protestó horrorizada—. No eres un cadáver. ¡No quiero que digas que he besado a un cadáver!
—¡No he dicho nada parecido!
—¡Sí! ¡Has dicho que he besado a un cadáver!
—¡No!
Las voces habían ido elevándose, pero una imprevista irrupción los obligó a callar en el acto. Unas pisadas se acercaban por el sendero, y un instante después las ramas del rosal se abrieron y apareció Braddock Washington: sus inteligentes ojos, engastados en un rostro hermoso e inexpresivo, estudiaban a John y a Kismine.
—¿Quién ha besado a un cadáver? —preguntó con evidente disgusto.
—Nadie —contestó Kismine rápidamente—. Estábamos
bromeando.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó de mal humor—. Kismine, tendrías que estar leyendo o jugando al golf con tu hermana. Vamos, ¡a leer! ¡A jugar al golf! ¡No quiero encontrarte aquí cuando vuelva!
Después saludó cortésmente a John con la cabeza y siguió su paseo.
—¿Has visto? —dijo Kismine, enfadada, cuando ya no podía oírla—. Lo has estropeado todo. No podremos vernos nunca más. Mi padre no me dejará verte. Mandaría envenenarte si supiera que estamos enamorados.
—¡Ya no estamos enamorados! —exclamó John con rabia—. Tu padre puede estar tranquilo. Y no te creas que voy a quedarme aquí. Dentro de seis horas habré cruzado las montañas y estaré camino del Este, aunque tenga que cavar un túnel con los dientes.
Se habían puesto de pie y, tras estas palabras, Kismine se le acercó y lo cogió del brazo.
—Yo también voy.
—Debes de haberte vuelto loca…
—Ya lo creo que voy —lo interrumpió con impaciencia.
—Desde luego que no. Tú…
—Muy bien —dijo con calma—. Buscaremos a mi padre y hablaremos con él.
Derrotado, John consiguió esbozar una sonrisa forzada.
—Muy bien, amor mío —asintió, con apagada y poco convincente ternura—; iremos juntos.
El amor por Kismine volvía a asentarse plácidamente en su corazón. Kismine era suya… Lo acompañaría y correría los mismos peligros que él. La abrazó y la besó con pasión. A pesar de todo, Kismine lo quería. En realidad, lo había salvado.
Hablando de la fuga, volvieron despacio al castillo. Decidieron que, puesto que Braddock Washington los había visto juntos, sería mejor huir aquella misma noche. Pero, a la hora de la cena, John tenía la boca insólitamente seca y, nervioso, tragó de tal manera una gran cucharada de consomé de pavo real que acabó en su pulmón izquierdo. Lo tuvieron que llevar a la sala de juego decorada con turquesas y pieles de marta, para que uno de los ayudantes del mayordomo le golpeara en la espalda. A Percy le divirtió mucho la escena.

IX

Mucho después de medianoche, un estremecimiento nervioso recorrió el cuerpo de John, que se irguió de golpe, sentándose muy derecho en la cama, mirando a través de los velos de somnolencia que tapizaban la habitación. Por los rectángulos de tiniebla azul que eran las ventanas abiertas, había oído un sonido débil y lejano que murió bajo un capa de viento antes de que su memoria lo reconociera entre nubarrones de malos sueños. Pero el ruido penetrante había continuado, se acercaba, estaba ya al otro lado de las paredes de su habitación: el sonido del picaporte de una puerta, un paso, un murmullo, no sabría decir qué; sentía un pellizco en la boca del estómago y le dolía todo el cuerpo en el esfuerzo desesperado para oír. Entonces uno de los velos pareció disolverse y vio una figura confusa junto a la puerta, de pie, una figura esbozada y esculpida débilmente en la oscuridad, confundida de tal manera con los pliegues de las cortinas que parecía deformada, como un reflejo sobre un cristal empañado.
Con un movimiento imprevisto de miedo o de resolución, John oprimió el botón que había junto a la cama y, en un segundo, estaba sentado en la bañera de la habitación vecina, bien despierto, gracias al choque del agua fría.
Saltó afuera y, con el pijama mojado que dejaba un rastro de agua tras sus pasos, corrió hacia la puerta de aguamarina que, como sabía, daba al vestíbulo de marfil del segundo piso. La puerta se abrió sin ruido. Una sola lámpara escarlata, que ardía en la gran cúpula, iluminaba con profunda belleza la magnífica curva de la escalinata esculpida. Durante un instante John titubeó, aterrado por el inmenso y silencioso esplendor que lo rodeaba como si quisiera envolver entre sus pliegues gigantescos a la figurilla solitaria y empapada que tiritaba en el vestíbulo de marfil. Entonces sucedieron dos cosas a un mismo tiempo. La puerta de su propio salón se abrió y tres negros desnudos se precipitaron en el pasillo, y, cuando John se lanzaba loco de terror hacia las escaleras, otra puerta se abrió en la pared, en el otro extremo del pasillo, y John vio a Braddock Washington, de pie en el ascensor iluminado, con una pelliza y botas de montar que le llegaban a las rodillas y relucían sobre el brillo de un pijama rosa.
En aquel instante, los tres negros —John no los había visto antes y le pasó por la cabeza, como un rayo, la idea de que debían de ser verdugos profesionales— dejaron de correr hacia él y se volvieron expectantes hacia el hombre del ascensor, que lanzó una orden imperiosa:
—¡Aquí, adentro! ¡Los tres! ¡Rápidos como el demonio!
Entonces los tres negros salieron disparados hacia el ascensor, el rectángulo de luz desapareció mientras las puertas del ascensor se cerraban suavemente, y John se quedó solo en el vestíbulo. Se dejó caer sin fuerzas en un peldaño de marfil.
Era evidente que algo portentoso había ocurrido, algo que, por el momento al menos, había aplazado su propio e insignificante desastre. ¿Qué había sucedido? ¿Se habían rebelado los negros? ¿Los aviadores habían forzado los barrotes de hierro de sus rejas? ¿O los hombres de Fish se habían abierto paso, torpe, ciegamente, a través de las montañas y contemplaban con ojos desesperanzados y sin alegría el valle espectacular? John no lo sabía. Oía un tenue zumbido de aire mientras el ascensor volvía a subir y, poco después, mientras descendía. Era probable que Percy se hubiera apresurado a ayudar a su padre, y se le ocurrió a John que aquélla era la ocasión para reunirse con Kismine y planear una fuga inmediata. Esperó hasta que el ascensor permaneció en silencio unos minutos; tiritando un poco, porque sentía el frío de la noche a través del pijama mojado, volvió a su habitación y se vistió de prisa. Luego subió un largo tramo de escaleras y siguió el pasillo alfombrado con piel de marta rusa que llevaba a las habitaciones de Kismine.
La puerta del salón de Kismine estaba abierta y las lámparas encendidas. Kismine, en kimono de angora, estaba levantada, cerca de la ventana, como a la escucha, y, cuando John entró silenciosamente, se volvió hacia él.
—¡ Ah, eres tú! —murmuró, mientras cruzaba la habitación—. ¿Lo has oído?
—He oído que los esclavos de tu padre entraban en mi…
—No —lo interrumpió nerviosa—. ¡Aviones!
—¿Aviones? Quizá fuera eso el ruido que me despertó.
—Había por lo menos una docena. He visto uno, hace unos minutos, exactamente delante de la luna. El centinela del desfiladero disparó su fusil y eso es lo que ha despertado a papá. Abriremos fuego inmediatamente contra ellos.
—¿Han venido a propósito?
—Sí. Ha sido ese italiano que se escapó…
Al tiempo que pronunciaba la última palabra, una sucesión de explosiones secas penetró en la habitación a través de la ventana abierta. Kismine sofocó un grito, con dedos temblorosos cogió una moneda de una caja que había sobre el tocador, y se acercó corriendo a una de las lámparas eléctricas. En un instante todo el castillo estaba a oscuras: Kismine había hecho saltar los fusibles.
—¡Vamos! —gritó—. ¡Vamos a la azotea a ver los aviones desde allí!
Se echó una capa, le cogió la mano y salieron a tientas. Sólo un paso los separaba del ascensor de la torre, y, cuando Kismine apretó el botón para que subiera, John la abrazó en la oscuridad y la besó en la boca. Por fin John Unger estaba viviendo una aventura de novela romántica. Un minuto después salieron a la terraza blanca. Arriba, bajo la luna brumosa, entrando y saliendo a través de las manchas de niebla que se arremolinaban bajo la luna, en incesante trayectoria circular flotaban una docena de negras máquinas aladas. Aquí y allá, en el valle, ráfagas de fuego ascendían hacia los aeroplanos, seguidas por secas detonaciones. Kismine aplaudió con alegría, una alegría que, un instante después, se convertía en desesperación cuando los aviones, a una señal convenida, comenzaron a lanzar sus bombas y todo el valle se transformó en un paisaje de estallidos resonantes y espeluznantes llamaradas.
Pronto la puntería de los atacantes se concentró sobre los puntos donde estaban situadas las baterías antiaéreas, y uno de los cañones fue casi inmediatamente convertido en un ascua gigantesca que se consumía despacio sobre un jardín de rosas.
—Kismine —dijo John—, te alegrará saber que el ataque ha empezado un momento antes de mi asesinato. Si no hubiese oído el disparo del centinela, ahora estaría muerto…
—¡No te oigo! —gritó Kismine, atenta a lo que ocurría ante sus ojos—. ¡Habla más fuerte!
—¡Sólo he dicho —gritó John— que sería mejor que saliéramos antes de que empiecen a bombardear el castillo!
De repente el pórtico de las viviendas de los negros saltó hecho pedazos, un geiser de llamas entró en erupción bajo las columnas y grandes fragmentos de mármol triturado fueron lanzados a tanta distancia que alcanzaron las orillas del lago.
—Ahí van cincuenta mil dólares en esclavos —exclamó Kismine— según los precios de antes de la guerra. Muy pocos norteamericanos respetan la propiedad privada.
John renovó sus esfuerzos para convencerla de que debían salir. La puntería de los aviones se volvía cada vez más precisa, y sólo dos antiaéreos seguían respondiendo al ataque. Parecía evidente que la guarnición, sitiada por el fuego, no podría resistir mucho tiempo.
—¡Vamos! —gritó John, tirando del brazo de Kismine—. Tenemos que irnos. ¿No te das cuenta de que los aviadores te matarían sin dudarlo si te encontraran?
Kismine cedió de mala gana.
—¡Tenemos que despertar a Jasmine! —dijo, y corrieron hacia el ascensor. Y Kismine añadió con una especie de felicidad infantil—: Vamos a ser pobres, ¿verdad? Como los personajes de los libros. Seré huérfana y completamente libre. ¡Libre y pobre! ¡Qué divertido!
Se detuvo y unió sus labios a los de John en un beso feliz.
—Es imposible ser las dos cosas a la vez —dijo John con crudeza.—. La gente se ha dado cuenta. Y yo, entre las dos cosas, eligiría ser libre. Como precaución extra, sería mejor que te echaras al bolsillo lo que tengas en el joyero.
Diez minutos después, las dos chicas se reunieron con John en el pasillo oscuro y bajaron al piso principal del castillo. Recorrían por última vez la suntuosidad de los espléndidos salones, y salieron un instante a la terraza para ver cómo ardían las viviendas de los negros y las ascuas llameantes de dos aviones que habían caído al otro lado del lago. Un solitario cañón antiaéreo aún resistía con tenaces detonaciones, y los atacantes parecían tener miedo de descender más y seguían lanzando estruendosos fuegos de artificio, hasta que una bomba aniquiló a la dotación etíope del cañón antiaéreo.
John y las dos hermanas bajaron la escalinata de mármol, giraron abruptamente a la izquierda y empezaron a ascender por un estrecho sendero que rodeaba como una cinta la montaña de diamante. Kismine conocía una zona muy boscosa a medio camino, donde podrían esconderse y descansar mientras veían la terrible noche en el valle… Y, cuando fuera necesario, podrían huir por fin a través de un camino secreto, entre las rocas de un barranco.

X

Eran las tres de la mañana cuando llegaron a su destino. La amable y flemática Jasmine se quedó dormida inmediatamente, apoyada en el tronco de un gran árbol; John y Kismine se sentaron, abrazados, a mirar el desesperado flujo y reflujo de la batalla, que agonizaba entre las ruinas de aquel paisaje qué, hasta aquella misma mañana, había sido un vergel. Poco después de las cuatro, un estruendo metálico surgió del último cañón que seguía disparando: quedó fuera de servicio entre una repentina lengua de humo rojo. Aunque la luna estaba muy baja, vieron cómo las máquinas voladoras giraban cada vez más cerca de tierra. Cuando estuvieran seguros de que los sitiados habían agotado sus recursos, los aviones aterrizarían y habría concluido el oscuro y esplendoroso reinado de los Washington.
Con el cese del fuego, el valle quedó en silencio. Las cenizas de los dos aviones derribados fulguraban como los ojos de un monstruo acurrucado en la hierba. El castillo se elevaba silencioso en la tiniebla, bello sin luz como bello había sido bajo el sol, mientras las carracas de Némesis llenaban el aire con un lamento que iba expandiéndose y disminuyendo. Entonces John se dio cuenta de que Kismine, como su hermana, se había quedado dormida.
Eran más de las cuatro cuando oyó pasos en el sendero que acababan de recorrer, y esperó, aguantando la respiración, sin hacer ruido, a que los dueños de aquellas pisadas dejaran atrás el lugar estratégico donde se encontraba. Algo flotaba en el aire, algo que no era de origen humano, y el rocío era frío; John pensó que pronto amanecería. Esperó a que los pasos estuvieran a una distancia segura, montaña arriba, y dejaran de oírse. Entonces los siguió. A medio camino de aquella cumbre, los árboles desaparecían y un abrupto collado de roca se extendía sobre el diamante enterrado. Poco antes de alcanzar este punto, John disminuyó el paso: un instinto animal le había advertido que algo vivo le precedía, muy cerca. Cuando llegó a una gran piedra, levantó poco a poco la vista sobre el borde. Su curiosidad quedó satisfecha. He aquí lo que vio:
Allí estaba Braddock Washington, de pie, inmóvil, perfilado contra el cielo gris, silencioso, sin un signo de vida. El amanecer, que desde el este le daba a la tierra un matiz verde y frío, hacía que la figura solitaria pareciera insignificante a la luz del nuevo día.
Mientras John lo observaba, su anfitrión permaneció un instante absorto en insondables meditaciones; luego les hizo una señal a dos negros acurrucados a sus pies para que cogieran el fardo que se encontraba entre ellos. Mientras se levantaban trabajosamente, el primer rayo de sol amarillo se refractó en los prismas innumerables de un inmenso diamante exquisitamente tallado, y un resplandor blanco fulguró en el aire como un fragmento del lucero del alba. Los porteadores se tambalearon un instante bajo su peso; luego, sus músculos vibrantes se tensaron y endurecieron bajo el brillo húmedo de la piel y las tres figuras volvieron a inmovilizarse en un gesto de desafiante impotencia frente a los cielos.
Un instante después, el hombre blanco levantó la cabeza y lentamente alzó los brazos para reclamar atención, como quien exige ser oído por una gran muchedumbre: pero no había ninguna muchedumbre, sólo el vasto silencio de la montaña y el cielo, roto por el tenue canto de los pájaros en los árboles. La figura, sobre la roca, empezó a hablar, enfáticamente, con un inextinguible orgullo.
—¡Eh, tú! —gritó con voz temblorosa—. ¡Eh, tú, ahí!
Calló, con los brazos todavía extendidos hacia lo alto, la cabeza levantada, a la escucha, como si esperara respuesta. John aguzó la vista para ver si alguien bajaba de la montaña, pero en la montaña no había rastro de vida humana: sólo el cielo y el silbido burlón del viento entre las copas de los árboles. ¿Estaría rezando Washington? John se lo preguntó un instante. Pero la ilusión duró poco: en la actitud de aquel hombre había algo que era la antítesis de una plegaria.
—¡Eh! ¡Tú! ¡Ahí, arriba!
La voz era ahora más fuerte, más segura. No se trataba de una súplica desesperada. Si algo caracterizaba a aquella voz, era un tono de monstruosa condescendencia.
Las palabras, pronunciadas con demasiada rapidez para ser comprendidas, se disolvían unas en otras. John escuchaba aguantando la respiración, captando alguna frase suelta, mientras la voz se interrumpía, volvía a empezar y volvía a interrumpirse, ahora fuerte y porfiada, ahora coloreada por una impaciencia asombrada y contenida. Y entonces el único que la oía empezó a comprender, y mientras la certeza lo invadía, la sangre fluyó más rápida por sus venas. ¡Braddock Washington estaba tratando de sobornar a Dios!
Se trataba de eso: no había duda. El diamante que sostenían sus esclavos sólo era una muestra, una promesa de lo que vendría después.
John comprendió por fin que aquél era el hilo conductor de las frases. Prometeo Enriquecido invocaba el testimonio de antiguos sacrificios olvidados, ritos olvidados, plegarias obsoletas desde antes del nacimiento de Cristo. De repente su discurso tomó la forma de un recordatorio: le recordaba a Dios esta o aquella ofrenda que la divinidad se había dignado aceptar de los hombres: grandes iglesias si había salvado ciudades de la peste, ofrendas de oro, incienso y mirra, vidas humanas y bellas mujeres y ejércitos prisioneros, niños y reinas, animales del bosque y del campo, ovejas y cabras, cosechas y ciudades, territorios conquistados, ofrendados con codicia y derramamiento de sangre para aplacar a Dios, para comprar el apaciguamiento de la ira divina. Y ahora, Braddock Washington, Emperador de los Diamantes, rey y sacerdote de la edad de oro, arbitro del esplendor y el lujo, iba a ofrendarle un tesoro que ninguno de los príncipes que lo habían precedido hubiera podido soñar, y no lo ofrecía suplicante, sino con orgullo.
Le daría a Dios, continuó, descendiendo a los detalles, el mayor diamante del mundo. Ese diamante sería tallado con miles y miles de facetas, muchas más de cuantas hojas tiene un árbol, y, sin embargo, tendría la perfección de una piedra no mayor que una mosca. Muchos hombres lo pulirían durante muchos años. Sería montado en una gran cúpula de oro maravillosamente labrada, con puertas de ópalo e incrustaciones de zafiro. En su centro sería excavada una capilla presidida por un altar de radio iridiscente, desintegrándose, siempre cambiante, capaz de quemar los ojos de cualquier fiel que levantara la cabeza durante la oración. Y sobre este altar, para Su regocijo, se inmolaría a la víctima que el Divino Benefactor eligiera, aunque fuera el hombre más grande y poderoso de la tierra.
A cambio sólo pedía una cosa, una cosa que para Dios sería absurdamente fácil: sólo pedía que la situación volviera a ser como el día antes a la misma hora, y que así se quedase para siempre. ¡Era extraordinariamente fácil! Que abriera los cielos, para que se tragaran a aquellos hombres y aquellos aviones, y los cerrara de nuevo. Que le devolviera a sus esclavos, vivos, sanos y salvos.
Jamás había necesitado tratar o pactar con ningún otro ser.
Sólo tenía una duda: si el soborno que ofrecía era lo suficientemente grande. Dios tenía Su precio, desde luego. Dios estaba hecho a imagen del hombre, así estaba escrito: tenía un precio, podía ser comprado. Y el precio había de ser excepcional: ninguna catedral edificada a lo largo de muchos años, ninguna pirámide construida por diez mil esclavos, podrían igualar a esta catedral y esta pirámide.
Calló un instante. Ésta era su propuesta. Todo se llevaría a cabo según su descripción, y no había nada caprichoso en su afirmación de que pedía muy poco a cambio. Estaba dando a entender que la Providencia podía tomarlo o dejarlo.
Sus frases, conforme terminaba de hablar, se volvieron entrecortadas, breves y confusas, y su cuerpo pareció ponerse en tensión, como si se esforzara para captar en el aire el más leve contacto o rumor que transmitiera un signo de vida. El pelo se le había ido poniendo blanco mientras hablaba, y ahora elevaba la cabeza hacia el cielo como un antiguo profeta, majestuosamente loco.
Entonces, mientras lo miraba con obnubilada fascinación, a John le pareció que un fenómeno curioso tenía lugar a su alrededor. Era como si el cielo se hubiera oscurecido un instante, como si se hubiera oído un murmullo imprevisto en una ráfaga de viento, un sonido de trompetas lejanas, un suspiro semejante al frufrú de una inmensa túnica de seda; durante un instante la naturaleza entera participó de esta oscuridad: el canto de los pájaros cesó; las ramas de los árboles permanecieron inmóviles, y a lo lejos, en las montañas, retumbó un trueno sordo y amenazante.
Y nada más. El viento se extinguió sobre las hierbas altas del valle. El amanecer y el día recuperaron su lugar en el tiempo, y el sol naciente irradió cálidas ondas de niebla amarilla que iban iluminándole su propio camino. Las hojas reían al sol, y su risa agitó los árboles, hasta que cada rama pareció un colegio de niñas en el país de las hadas. Dios había rechazado el soborno.
John contempló el triunfo del día unos segundos más. Luego, al volverse, vio un dorado aleteo junto al lago, y otro aleteo, y otro más, como una danza de ángeles de oro que descendieran de las nubes. Los aviones habían aterrizado.
Se deslizó resbalando por la roca y corrió por la ladera de la montaña hacia la arboleda donde las dos chicas se habían despertado y lo esperaban. Kismine se levantó de un salto, con las joyas tintineando en sus bolsillos y una pregunta en sus labios entrabiertos, pero el instinto le dijo a John que no había tiempo para palabras. Debían abandonar la montaña sin perder un minuto. Les dio la mano a las chicas y, en silencio, se abrieron paso entre los árboles, bañados ahora por la luz y la niebla que se iba levantando. Ningún ruido llegaba del valle, a sus espaldas, salvo el lejano lamento de los pavos reales y el murmurar suave de la mañana.
Cuando llevaban recorrido casi un kilómetro, evitaron los jardines y siguieron un estrecho sendero que conducía a la elevación de terreno más cercana. En el punto más alto se detuvieron y volvieron la vista atrás. Sus ojos se posaron en la ladera que habían abandonado. Los oprimía la sensación de una oscura y trágica amenaza.
Perfilado nítidamente contra el cielo, un hombre abatido, con el pelo blanco, descendía despacio la ladera escarpada, seguido por dos negros gigantescos e impasibles, cargados con un bulto que aún resplandecía y fulguraba al sol. A mitad de la cuesta, otras dos figuras se les unieron: John pudo ver que eran la señora Washington y su hijo, en cuyo brazo se apoyaba. Los aviadores habían descendido de sus máquinas en el majestuoso prado que había ante el castillo y, en patrullas, empuñando sus armas, empezaban a ascender por la montaña de diamante.
Pero el reducido grupo de cinco personas que se había formado en la ladera y sobre el que se concentraba la atención de todos se había detenido sobre un saliente de la roca. Los negros se agacharon y abrieron lo que parecía ser una trampilla en la falda de la montaña. Por allí desaparecieron, el hombre de pelo blanco en primer lugar, y luego su mujer y su hijo, y por fin los dos negros: las relucientes puntas de sus gorros enjoyados reflejaron el sol un segundo, antes de que la trampilla descendiera y se los tragara a todos.
Kismine apretó el brazo de John.
—Ah —exclamó con desesperación—, ¿adonde vamos? ¿Qué vamos a hacer?
—Debe de haber algún túnel por donde podamos escapar…
Los gritos de las dos chicas interrumpieron su frase.
—¿No te has dado cuenta? —exclamó Kismine, histérica—. La montaña está electrificada.
Mientras hablaba, John se llevó la mano a los ojos para protegerlos. La superficie de la montaña había virado de improviso a un amarillo deslumbrador e incandescente, que resaltaba a través de la capa de hierba como la luz a través de la mano de un hombre. El insoportable resplandor duró un instante y, luego, como un filamento que se apaga, desapareció, revelando un negro yermo del que surgía un humo lento y azul, que arrastraba consigo cuanto quedaba de vegetación y carne humana. De los aviadores no quedó ni sangre ni huesos: fueron consumidos completamente, como las cinco criaturas que habían desaparecido en el interior de la montaña.
Simultáneamente, y con inmensa conmoción, el castillo saltó literalmente por los aires, estalló en encendidos fragmentos mientras se elevaba, y luego cayó sobre sí mismo en una imponente masa humeante que sobresalía entre las aguas del lago. No hubo fuego: el humo se disipó, mezclándose con la luz del sol, y durante algunos minutos una nube de polvo de mármol se elevó de la masa informe que había sido la mansión de las joyas. No se oía nada y los tres jóvenes estaban solos en el valle.

XI

Al atardecer, John y sus dos compañeras alcanzaron la cumbre del desfiladero que había señalado los confines de los dominios de los Washington, y, volviéndose a mirar atrás, encontraron el valle hermoso y apacible a la luz del crepúsculo. Se sentaron a terminar la comida que Jasmine llevaba en una cesta.
—¡Aquí! —dijo. Y extendió el mantel y colocó los bocadillos en un pulcro montón—. ¿No tienen buena pinta? Siempre he pensado que la comida sabe mejor al aire libre.
—Con esta frase —señaló Kismine— Jasmine acaba de ingresar en la clase media.
—Y ahora —dijo John impaciente— vacía los bolsillos y enséñanos qué joyas te has traído. Si has hecho una buena selección, los tres podremos vivir cómodamente el resto de nuestras vidas.
Obedientemente, Kismine metió la mano en el bolsillo y esparció ante John dos puñados de piedras resplandecientes.
—No está mal —exclamó John con entusiasmo—. No son muy grandes, pero… ¡Eh!
Su expresión cambió mientras exponía una de las piedras a la luz del sol poniente.
—¡No son diamantes! ¡Ha tenido que pasar algo!
—¡Dios mío! —exclamó Kismine, con ojos espantados—. ¡Qué idiota soy!
—¡Son bisutería! —gritó John.
—Lo sé —se echó a reír—. Me he equivocado de cajón. Eran del vestido de una de las invitadas de Jasmine. Se las cambié por diamantes. Yo sólo había visto piedras preciosas.
—¿Y esto es lo que te has traído?
—Me temo que sí —removió con un dedo, pensativamente, los diamantes falsos—. Creo que prefiero éstos. Estoy un poco cansada de diamantes.
—Muy bien —dijo John con tristeza—. Tendremos que vivir en Hades. Y envejecerás contándoles a mujeres incrédulas que te equivocaste de cajón. Por desgracia, los talonarios de cheques de tu padre se han consumido con él.
—Bueno, ¿qué tiene de malo Hades?
—Si a mi edad vuelvo a casa casado, es muy fácil que mi padre me desherede y me deje un poco de carbón caliente, como dicen allí en el Sur.
Jasmine se animó a hablar.
—A mí me gusta lavar la ropa —dijo en voz baja—. Siempre me he lavado mis pañuelos. Lavaré ropa para la calle y os mantendré a los dos.
—¿Hay lavanderas en Hades? —preguntó Kismine inocentemente.
—Claro que sí —respondió John—. Como en cualquier parte.
—Yo pensaba que hacía demasiado calor y la gente no llevaba ropa.
John se rió.
—Prueba tú —le sugirió—. Echarán a correr detrás de ti antes de que empieces a desnudarte.
—¿Estará allí papá? —preguntó Kismine.
John la miró asombrado.
—Tu padre ha muerto —contestó sombríamente—. ¿Por qué iba a ir a Hades? Has confundido Hades con otro lugar clausurado hace mucho tiempo.
Después de cenar, recogieron el mantel y extendieron las mantas para pasar la noche.
—Qué sueño tan raro —suspiró Kismine, mirando las estrellas—. ¡Qué extraño me resulta estar aquí con un solo vestido y un novio sin dinero…! Bajo las estrellas —repitió—: Nunca me había fijado en las estrellas. Siempre me las he imaginado como grandes diamantes que tenían un dueño. Ahora me dan miedo. Me dan la sensación de que todo ha sido un sueño, toda mi juventud.
—Ha sido un sueño —dijo John en voz baja—. La juventud siempre es un sueño, una forma de locura química.
—¡Pues es agradable estar loco!
—Eso me han dicho —murmuró John con tristeza ; y no sé mucho más. Pero podemos querernos algún tiempo, tú y yo, un año o así. Es una forma de embriaguez divina al alcance de cualquiera. Sólo hay diamantes en el mundo, diamantes y quizá el miserable don de la desilusión. Bueno, yo lo tengo ya, pero, como es normal, no sabré aprovecharlo —se estremeció. Y añadió—: Álzate el cuello del abrigo, chiquilla, la noche es fría y vas a pillar una pulmonía. Quien descubrió la consciencia cometió un pecado mortal. Perdámosla unas horas.
Se envolvió en su manta y se durmió.

Tango de vuelta

Autor: Julio Cortázar

Tomado de (Queremos tanto a Glenda, 1980)

Le hasard meurtrier se dresse au coin de la première rue.
Au retour l’heure-couteau attend.

MARCEL BÉLANGER, Nu et noir.

Uno se va contando despacito las cosas, imaginándolas al principio a base de Flora o una puerta que se abre o un chico que grita, después esa necesidad barroca de la inteligencia que la lleva a rellenar cualquier hueco hasta completar su perfecta telaraña y pasar a algo nuevo. Pero cómo no decirse que a lo mejor, alguna que otra vez, la telaraña mental se ajusta hilo por hilo a la de la vida, aunque decirlo venga de un puro miedo, porque si no se creyera un poco en eso ya no se podría seguir haciendo frente a las telarañas de afuera. Flora entonces, todo lo que me fue contando de a poco cuando nos juntamos, por supuesto ya no trabajaba en la casa de la señora Matilde (siempre la llamó así aunque ahora no tenía por qué seguirle dando esa seña de respeto, de sirvienta para todo servicio) y a mí me gustaba que me contara recuerdos de su pasado de chinita riojana bajando a la capital con grandes ojos asustados y unos pechitos que al fin y al cabo le iban a valer más en la vida que tanto plumero y buena conducta. A mí me gusta escribir para mí, tengo cuadernos y cuadernos, versos y hasta una novela, pero lo que me gusta es escribir y cuando termino es como cuando uno se va dejando resbalar de lado después del goce, viene el sueño y al otro día ya hay otras cosas que te golpean en la ventana, escribir es eso, abrirles los postigos y que entren, un cuaderno detrás de otro; yo trabajo en una clínica, no me interesa que lean lo que escribo, ni Flora ni nadie; me gusta cuando se me acaba un cuaderno porque es como si hubiera publicado todo eso, pero no se me ocurre publicarlo, algo golpea en la ventana y así vamos de nuevo, lo mismo una ambulancia que un nuevo cuaderno. Por eso Flora me contó tantas cosas de su vida sin imaginarse que después yo las revisaba despacito entre dos sueños y algunas las pasaba a un cuaderno, Emilio y Matilde pasaron al cuaderno porque eso no podía quedarse solamente en un llanto de Flora y pedazos de recuerdos; nunca me habló de Emilio y de Matilde sin llorar al final, yo la dejaba tranquila unos días, le alentaba otros recuerdos y en una de ésas le sacaba de nuevo aquello y Flora se precipitaba como si ya se hubiera olvidado de todo lo que me llevaba dicho, empezaba de nuevo y yo la dejaba porque más de una vez la memoria le iba trayendo cosas todavía no dichas, pedacitos ajustables a los otros pedacitos, y por mi parte yo iba viendo nacer los puntos de sutura, la unión de tanta cosa suelta o presumida, rompecabezas del insomnio o de la hora del mate delante del cuaderno; llegó el día en que me hubiera sido imposible distinguir entre lo que me contaba Flora y lo que ella y yo mismo habíamos ido agregando porque los dos, cada uno a su manera, necesitábamos como todo el mundo que aquello se completara, que el último agujero recibiera al fin la pieza, el color, el final de una línea viniendo de una pierna o de una palabra o de una escalera. Como soy muy convencional, prefiero agarrar desde el principio, y además cuando escribo veo lo que estoy escribiendo, lo veo realmente, lo estoy viendo a Emilio Díaz la mañana en que llegó a Ezeiza desde México y bajó a un hotel de la calle Cangallo, se pasó dos o tres días dando vueltas por barrios y cafés y amigos de otros tiempos, evitando ciertos encuentros pero tampoco escondiéndose demasiado porque en ese momento no tenía nada que reprocharse. Probablemente estudiaba despacio el terreno en Villa del Parque, caminaba por Melincué y General Artigas, buscaba un hotel o una pensión baratieri, se instalaba sin apuro, tomando mate en la pieza y yendo a los boliches o al cine por la noche. No tenía nada de fantasma pero hablaba poco y con pocos, caminaba sobre suelas de goma y se vestía con una campera negra y pantalones terrosos, los ojos rápidos para el quite y el despegue, algo que la dueña de la pensión llamaría furtividad; no era un fantasma pero se lo sentía lejos, la soledad lo rodeaba como otro silencio, como el pañuelo blanco en el cuello, el humo del faso pocas veces lejos de esos labios casi demasiado finos.
Matilde lo vio por primera vez —por esta nueva primera vez— desde la ventana del dormitorio en los altos. Flora andaba de compras y se había llevado a Carlitos para que no lloriqueara de aburrimiento a la hora de la siesta, hacía el calor espeso de enero y Matilde buscaba aire en la ventana, pintándose las uñas como le gustaban a Germán, aunque Germán andaba por Catamarca y se había llevado el auto y Matilde se aburría sin el auto para ir al centro o a Belgrano, la ausencia de Germán era ya costumbre pero el auto le seguía doliendo cuando él se lo llevaba. Le había prometido otro para ella sola cuando se fusionaran las empresas, a ella se le escapaban esas cosas de negocios salvo que por lo visto todavía no se habían fusionado, a la noche iría al cine con Perla, pediría un remise, cenarían en el centro, total el garaje le pasaba la cuenta del remise a Germán, Carlitos estaba con una erupción en las piernas y habría que llevarlo al pediatra, la sola idea le daba más calor, Carlitos haciendo escenas, aprovechando que no estaba el padre para darle un par de cachetadas, increíble ese chico cómo chantajeaba cuando se iba Germán, apenas si Flora con arrumacos y helados, también Perla y ella tomarían helados después del cine. Lo vio junto a un árbol, a esa hora las calles estaban vacías bajo la doble sombra del follaje juntándose en lo alto; la figura se recortaba al lado de un tronco, un poco de humo le subía por la cara. Matilde se echó atrás, golpeándose la espalda en un sillón, ahogando un alarido con las manos oliendo a barniz malva, refugiándose contra la pared en el fondo de la pieza.
«Milo», pensó, si eso era pensar, ese instantáneo vómito de tiempo y de imágenes. «Es Milo». Cuando fue capaz de asomarse desde otra ventana ya no había nadie en la esquina de enfrente, dos chicos venían a lo lejos jugando con un perro negro. «Me ha visto», pensó Matilde. Si era él la había visto, estaba ahí para verla, estaba ahí y no en cualquier otra esquina, contra cualquier otro árbol. Claro que la había visto porque si estaba ahí era porque sabía dónde quedaba la casa. Y que se hubiera ido en el instante de ser reconocido, de verla retroceder tapándose la boca, era todavía peor, la esquina se llenaba de un vacío donde la duda no servía de nada, donde todo era certeza y amenaza, el árbol solo, el aire en el follaje.
Volvió a verlo al caer la tarde, Carlitos jugaba con su tren eléctrico y Flora canturreaba bagualas en la planta baja, la casa de nuevo habitada parecía protegerla, ayudarla a dudar, a decirse que Milo era más alto y más robusto, que tal vez la modorra de la siesta, la luz cegadora. Cada tanto se alejaba del televisor y desde lo más lejos posible miraba por una ventana, nunca la misma pero siempre en los altos porque al nivel de la calle hubiera tenido más miedo. Cuando volvió a verlo estaba casi en el mismo sitio pero del otro lado del tronco, anochecía y la silueta se desdibujaba entre otras gentes que pasaban hablando, riendo, Villa del Parque saliendo de su letargo y yéndose a los cafés y a los cines, empezando lentamente la noche del barrio. Era él, no podía negárselo, ese cuerpo sin cambios, el gesto del brazo alzando el cigarrillo a la boca, las puntas del pañuelo blanco, era Milo que ella había matado cinco años atrás después de escaparse de México, Milo que ella había matado en papeles fabricados con coimas y complicidades en un estudio de Lomas de Zamora donde le quedaba un amigo de infancia que hacía cualquier cosa por plata pero acaso también por amistad, Milo que ella había matado de una crisis cardíaca en México para Germán, porque Germán no era hombre de aceptar otra cosa, Germán y su carrera, sus colegas y su club y sus padres, Germán para casarse y fundar una familia, el chalet y Carlitos y Flora y el auto y el campo en Manzanares, Germán y tanta plata, la seguridad, entonces decidirse casi sin pensarlo, harta de miseria y espera, al final del segundo encuentro con Germán en casa de los Recanati el viaje a Lomas de Zamora para confiarse al que primero había dicho no, que era una enormidad, que no se podía hacer, que muchos pesos, que bueno, que en quince días, que de acuerdo, Emilio Díaz muerto en México de una crisis cardíaca, casi la verdad porque ella y Milo habían vivido como muertos en esos últimos meses en Coyoacán, hasta ese avión que la había devuelto a lo suyo en Buenos Aires, a todo eso que también había sido de Milo antes de irse juntos a México y deshacerse poco a poco en una guerra de silencios y de engaños y de estúpidas reconciliaciones que no servían de nada, los telones para el nuevo acto, para una nueva noche de cuchillos largos.
El cigarrillo se seguía quemando lentamente en la boca de Milo apoyado en el tronco, mirando sin apuro las ventanas de la casa. «Cómo ha podido saber», pensó Matilde agarrándose todavía a ese absurdo de seguir pensando algo que estaba ahí, pero fuera o delante de cualquier pensamiento. Claro que había terminado por saberlo, por descubrir que estaba muerto en Buenos Aires porque en Buenos Aires estaba muerto en México, saberlo lo habría humillado y golpeado hasta la primera hojarasca de la rabia chicoteándole la cara, tirándolo a un avión de vuelta, guiándolo por un dédalo de averiguaciones previsibles, acaso el Cholo o Marina, acaso la madre de los Recanati, los viejos apeaderos, los cafés de la barra, los pálpitos y por ahí la noticia segura, se casó con Germán Morales, che, pero decime un poco cómo es posible, te digo que se casó por iglesia y todo, los Morales ya sabes, la industria textil y la guita, el respeto, viejo, el respeto, pero decime cómo es posible si ella había dicho, si nosotros creíamos que vos, no puede ser, hermano. Claro que no podía ser y por eso era todavía más, era Matilde detrás de la cortina espiándolo, el tiempo inmovilizado en un presente que lo contenía todo, México y Buenos Aires y el calor de la siesta y el cigarrillo que subía una y otra vez a la boca, en algún momento de nuevo la nada, la esquina hueca, Flora llamándola porque Carlitos no se dejaba bañar, el teléfono con Perla inquieta, esta noche no, Perla, debe ser el estómago, andá sola o con la Negra, me duele bastante, mejor me acuesto y mañana te llamo, y todo el tiempo no, no puede ser así, cómo es que no le avisaron ya a Germán si sabían, no es por ellos que encontró la casa, no puede ser por ellos, la madre de los Recanati lo hubiera llamado enseguida a Germán nada más que por el drama, por ser la primera en anunciarlo porque nunca la había aceptado como mujer de Germán, fíjate qué horror, bigamia, yo siempre dije que no era de fiar, pero nadie había llamado a Germán o a lo mejor sí pero a la oficina y Germán ya viajaba lejos, seguro que la madre de los Recanati lo esperaba para decírselo en persona, para no perderse nada, ella o cualquier otro, de alguien había sabido Milo dónde vivía Germán, no podía haber encontrado el chalet por casualidad, no podía estar ahí fumando contra un árbol por casualidad. Y si de nuevo ya no estaba era igual, y cerrar todas las puertas con doble llave era igual aunque Flora se asombrara un poco, lo único seguro eran las pastillas para dormir, para al final de horas y horas dejar de pensar y perderse en una modorra rota por sueños donde nunca Milo pero ya de mañana el alarido al sentir la mano de Carlitos que había querido darle una sorpresa, el llanto de Carlitos ofendido y Flora llevándoselo a la calle, cerrá bien la puerta, Flora. Levantarse y verlo de nuevo, ahí, mirando directamente las ventanas sin el menor gesto, echarse atrás y más tarde espiar desde la cocina y nada, empezar a darse cuenta de que estaba encerrada en la casa y que eso no podía seguir así, que en algún momento tendría que salir para llevar a Carlitos al pediatra o encontrarse con Perla que telefoneaba cada día y se impacientaba y no comprendía. En la tarde anaranjada y asfixiante Milo recostado en el árbol, la campera negra con ese calor, el humo subiendo y desflecándose. O solamente el árbol pero lo mismo Milo, lo mismo Milo a cualquier hora borrándose apenas un poco con las pastillas y la televisión hasta el último programa.
Al tercer día Perla vino sin avisar, té y scones y Carlitos, Flora aprovechando un momento a solas para decirle a Perla que eso no podía ser, la señora Matilde necesita distraerse, se pasa los días encerrada, yo no entiendo, señorita Perla, se lo digo a usted aunque no me corresponde, y Perla sonriéndole en el office haces bien, m’hijita, yo sé que los querés mucho a Matilde y a Carlitos, yo creo que está muy deprimida por la ausencia de Germán, y Flora nada, bajando la cabeza, la señora necesita distracción, yo solamente se lo digo aunque no me corresponde. Un té y los chismes de siempre, nada en Perla que pudiera hacerla sospechar, pero entonces cómo Milo había podido, imposible imaginar que la madre de los Recanati se quedara callada tanto tiempo si sabía, ni siquiera por el gusto de esperarlo a Germán y decírselo en nombre de Cristo o algo así, te engañó para que la llevaras al altar, exactamente así diría esa bruja y Germán cayéndose de las nubes, no puede ser, no puede ser. Pero sí podía ser, solamente que ahora a ella no le quedaba ni siquiera esa confirmación de que no había soñado, que bastaba ir hasta la ventana pero con Perla no, otra taza de té, mañana vamos al cine, te prometo, vení a buscarme en auto, no sé lo que me pasa en estos días, mejor vení en auto y vamos al cine, la ventana ahí al lado del sillón pero no con Perla, esperar a que Perla se fuera y entonces Milo en la esquina, tranquilo contra una pared como si esperara el colectivo, la campera negra y el pañuelo al cuello y después nada hasta otra vez Milo.
Al quinto día lo vio seguir a Flora que iba a la tienda y todo se hizo futuro, algo como las páginas que le faltaban en esa novela abandonada boca abajo en un sofá, algo ya escrito y que ni siquiera era necesario leer porque ya estaba cumplido antes de la lectura, ya había ocurrido antes de que ocurriera en la lectura. Los vio volver charlando, Flora tímida y como desconfiada, despidiéndose en la esquina y cruzando rápido. Perla vino en auto a buscarla, Milo no estaba ahí y tampoco estuvo cuando volvieron tarde en la noche pero por la mañana lo vio esperándola a Flora que iba al mercado, ahora se le acercaba directamente y Flora le daba la mano, se reían y él le tomaba el canasto y después lo traía con la verdura y la fruta, la acompañaba hasta la puerta, Matilde dejaba de verlos por la saliente del balcón sobre la vereda pero Flora tardaba en entrar, se quedaban un rato charlando delante de la puerta. Al otro día Flora llevó a Carlitos de compras y los vio a los tres riéndose y Milo le pasaba la mano por el pelo de Carlitos, a la vuelta Carlitos traía un león de pana y dijo que el novio de Flora se lo había regalado. Entonces tenés novio, Flora, las dos a solas en el living. No sé, señora, él es tan simpático, nos encontramos así de repente, me acompañó de compras, es tan bueno con Carlitos, a usted no le molesta, señora, verdad. Decirle que no, que eso era cosa suya pero que tuviera cuidado, una chica tan joven, y Flora bajando los ojos y claro, señora, él solamente me acompaña y hablamos, tiene un restaurante en Almagro, se llama Simón. Y Carlitos con una revista en colores, me la compró Simón, mamá, es el novio de Flora.
Germán telefoneó desde Salta anunciando que volvería en unos diez días, cariños, todo bien. El diccionario decía bigamia, matrimonio contraído, después de haber enviudado, por el cónyuge sobreviviente. Decía estado del hombre casado con dos mujeres o de la mujer casada con dos hombres. Decía bigamia interpretativa, según los canonistas, la adquirida por el matrimonio contraído con mujer que ha perdido la virginidad, por haberse prostituido, o por haberse declarado nulo su primer matrimonio. Decía bígamo, que se casa por segunda vez sin haber muerto el primer cónyuge. Había abierto el diccionario sin saber por qué, como si eso pudiera cambiar algo, sabía que era imposible cambiar nada, imposible salir a la calle y hablar con Milo, imposible asomarse a la ventana y llamarlo con un gesto, imposible decirle a Flora que Simón no era Simón, imposible quitarle a Carlitos el león de pana y la revista, imposible confiarse a Perla, solamente estar ahí viéndolo, sabiendo que la novela tirada en el sofá estaba escrita hasta la palabra fin, que no podía alterar nada, la leyera o no, aunque la quemara o la hundiera en el fondo de la biblioteca de Germán. Diez días y entonces sí pero qué, Germán volviendo a la oficina y a los amigos, la madre de los Recanati o el Cholo, cualquiera de los amigos de Milo que le habían dado las señas de la casa, tengo que hablar con vos, Germán, es algo muy grave, hermano, las cosas irían sucediendo una detrás de otra, primero Flora con las mejillas coloradas, señora a usted no le molesta que Simón venga esta tarde a tomar el café en la cocina conmigo, solamente un ratito. Claro que no le molestaba, cómo hubiera podido molestarle si era a plena luz y por un rato, Flora tenía todo el derecho de recibirlo en la cocina y darle un café, como Carlitos de bajar a jugar con Simón que le había traído un pato de cuerda que caminaba y todo. Quedarse arriba hasta escuchar el golpe de la puerta, Carlitos subiendo con el pato y Simón me dijo que él es de River, qué macana, mamá, yo soy de San Lorenzo, mirá lo que me regaló, mirá cómo anda, pero mirá, mamá, parece un pato de veras, me lo regaló Simón que es el novio de Flora, por qué no bajaste para conocerlo.
Ahora podía asomarse a las ventanas sin las lentas inútiles precauciones, Milo ya no se detenía junto al árbol, cada tarde llegaba a las cinco y se quedaba media hora en la cocina con Flora y casi siempre Carlitos, a veces Carlitos subía antes de que se fuera y Matilde sabía por qué, sabía que en esos pocos minutos en que se quedaban solos se preparaba lo que tenía que suceder, lo que estaba ya ahí como en la novela abierta sobre el sofá, se preparaba en la cocina, en la casa de alguien que podía ser cualquiera, la madre de los Recanati o el Cholo, habían pasado ocho días y Germán telefoneando desde Córdoba para confirmar el regreso, anunciar alfajores para Carlitos y una sorpresa para Matilde, se tomaría cinco días de descanso en casa, podrían salir, ir a los restaurantes, andar a caballo en el campo de Manzanares. Esa noche le telefoneó a Perla nada más que para escucharla hablar, colgarse de su voz durante una hora hasta no poder más porque Perla empezaba a darse cuenta de que todo eso era artificial, que a Matilde le pasaba algo, tendrías que ir a ver al analista de Graciela, se te nota rara, Matilde, haceme caso. Cuando colgó no pudo ni siquiera acercarse a la ventana, sabía que esa noche ya era inútil, que no vería a Milo en la esquina ya oscura. Bajó a la cocina para estar con Carlitos mientras Flora le servía la cena, lo escuchó protestar contra la sopa aunque Flora la miraba esperando que interviniera, que la ayudara antes de llevarlo a la cama mientras Carlitos se resistía y se empecinaba en quedarse en el salón jugando con el pato y mirando la televisión. Toda la planta baja era como una zona diferente; nunca había comprendido demasiado que Germán insistiera en poner el dormitorio de Carlitos al lado del salón, tan lejos de ellos arriba, pero Germán no aceptaba ruidos por la mañana, que Flora preparara a Carlitos para la escuela y Carlitos gritara o cantara, lo besó en la puerta del dormitorio y volvió a la cocina aunque ya no tenía nada que hacer ahí, miró la puerta que daba a la pieza de Flora, se acercó y tocó el picaporte, la abrió un poco y vio la cama de Flora, el armario con las fotos de los rockers y de Mercedes Sosa, le pareció que Flora salía del dormitorio de Carlitos y cerró de golpe, se puso a mirar en la heladera. Le hice hongos como a usted le gustan, señora Matilde, le subo la cena dentro de media hora ya que no va a salir, le tengo también un dulce de zapallo que me salió muy bueno, como en mi pueblo, señora Matilde.
La escalera estaba mal iluminada pero los peldaños eran pocos y anchos, se subía casi sin mirar, la puerta del dormitorio entornada con una faja de luz rompiéndose en el rellano encerado. Ya llevaba días comiendo en la mesita al lado de la ventana, el salón de abajo era tan solemne sin Germán, en una bandeja cabía todo y Flora ágil, casi gustándole que la señora Matilde comiera arriba ahora que el señor estaba de viaje, se quedaba con ella y hablaban un poco y a Matilde le hubiera gustado que Flora comiera con ella pero Carlitos se lo hubiera dicho a Germán y Germán el discurso sobre las distancias y el respeto, la misma Flora hubiera tenido miedo porque Carlitos terminaba siempre sabiendo cualquier cosa y se lo hubiera contado a Germán. Y ahora de qué hablarle a Flora cuando lo único posible era buscar la botella que había escondido detrás de los libros y beber medio vaso de whisky de un golpe, ahogarse y jadear y volver a servirse y beber, casi al lado de la ventana abierta sobre la noche, sobre la nada de ahí afuera donde nada iba a suceder, ni siquiera la repetición de la sombra junto al árbol, la brasa del cigarrillo subiendo y bajando como una señal indescifrable, perfectamente clara.
Tiró los hongos por la ventana mientras Flora preparaba la bandeja con el postre, la oyó subir con ese algo de cascabel o de potrillo de Flora subiendo la escalera, le dijo que los hongos estaban riquísimos, encomió el color del dulce de zapallo, pidió un café doble y fuerte y que le subiera otro atado de cigarrillos del salón. Hace calor, señora Matilde, esta noche hay que dejar bien abiertas las ventanas, yo echaré insecticida antes de acostarnos, ya le puse a Carlitos, se durmió enseguida y eso que usté lo vio cómo protestaba, le falta el papá, pobrecito, y eso que Simón le estuvo contando cuentos por la tarde. Dígame si precisa algo, señora Matilde, me gustaría acostarme temprano si usté permite. Por supuesto que lo permitía aunque Flora nunca le había dicho una cosa así, terminaba su trabajo y se encerraba en su pieza para escuchar la radio o tejer, la miró un momento y Flora le sonreía contenta, levantaba la bandeja del café y bajaba a buscar el insecticida, mejor se lo dejo aquí en la cómoda, señora Matilde, usté misma lo pone antes de acostarse porque digan lo que digan huele feo, mejor cuando se esté preparando para acostarse. Cerró la puerta, el potrillo bajó liviano la escalera, un último resonar de vajilla; la noche empezó exactamente en ese segundo en que Matilde iba hasta la biblioteca para sacar la botella y traerla al lado del sillón.
La luz de la lámpara baja llegaba apenas hasta la cama en el fondo del dormitorio, confusamente se veía una de las mesas de luz y el sofá donde había quedado abandonada la novela, pero ya no estaba, después de tantos días Flora se habría decidido a ponerla sobre el estante vacío de la biblioteca. En el segundo whisky Matilde oyó sonar las diez en algún campanario lejano, pensó que nunca había oído antes esa campana, contó cada toque y miró el teléfono, a lo mejor Perla pero no, Perla a esa hora no, siempre lo tomaba mal o no estaba. O Alcira, llamarla a Alcira y decirle, solamente decirle que tenía miedo, que era estúpido pero si acaso Mario no había salido con el coche, algo así. No oyó abrirse la puerta de entrada pero daba igual, era absolutamente seguro que la puerta de entrada se estaba abriendo o iba a abrirse y no se podía hacer nada, no se podía salir al rellano iluminándolo con la luz del dormitorio y mirar hacia el salón, no se podía tocar la campanilla para que viniera Flora, el insecticida estaba ahí, el agua también ahí para los remedios y la sed, la cama abierta esperando. Fue a la ventana y vio la esquina vacía; tal vez si se hubiera asomado antes habría visto a Milo acercándose, cruzar la calle y desaparecer bajo el balcón, pero hubiera sido todavía peor, qué podía ella gritarle a Milo, cómo detenerlo si iba a entrar en la casa, si Flora le iba a abrir para recibirlo en su pieza, Flora todavía peor que Milo en ese momento, Flora que se enteraría de todo, que se vengaría de Milo vengándose en ella, revoleándola en el barro, en Germán, tirándola en el escándalo. No quedaba la menor posibilidad de nada pero tampoco podía ser ella la que gritara la verdad, en pleno imposible le quedaba una absurda esperanza de que Milo viniera solamente por Flora, que un increíble azar le hubiera mostrado a Flora por fuera de lo otro, que esa esquina hubiera sido cualquier esquina para Milo de vuelta en Buenos Aires, de Milo sin saber que ésa era la casa de Germán, sin saber que estaba muerto allá en México, de Milo sin buscarla por encima del cuerpo de Flora. Tambaleándose borracha fue hasta la cama, se arrancó la ropa que se le pegaba a la piel, desnuda se volcó de lado en la cama y buscó el tubo de pastillas, el último puerto rosa y verde al alcance de la mano. Las pastillas salían difícilmente y Matilde las iba juntando en la mesa de luz sin mirarlas, los ojos perdidos en la estantería donde estaba la novela, la veía muy bien boca abajo en el único estante vacío donde Flora la había puesto sin cerrarla, veía el cuchillo malayo que el Cholo le había regalado a Germán, la bola de cristal sobre su zócalo de terciopelo rojo. Estaba segura de que la puerta se había abierto abajo, que Milo había entrado en la casa, en la pieza de Flora, que estaría hablando con Flora o ya habría empezado a desnudarla porque para Flora ésa tenía que ser la única razón de que Milo estuviera ahí, que ganara el acceso a su pieza para desnudarla y desnudarse besándola, déjame, déjame acariciarte así, y Flora resistiéndose y hoy no, Simón, tengo miedo, déjame, pero Simón sin apuro, poco a poco la había tendido cruzada en la cama y la besaba en el pelo, le buscaba los senos bajo la blusa, le apoyaba una pierna sobre los muslos y le sacaba los zapatos como jugando, hablándole al oído y besándola cada vez más cerca de la boca, te quiero, mi amor, déjame desvestirte, dejame que te vea, sos tan linda, corriendo la lámpara para envolverla en penumbra y caricias, Flora abandonándose con un primer llanto, el miedo de que algo se oyera arriba, que la señora Matilde o Carlitos, pero no, habla bajo, déjame así ahora, la ropa cayendo en cualquier lado, las lenguas encontrándose, los gemidos, no me hagas mal, Simón, por favor no me hagas mal, es la primera vez, Simón, ya sé, quédate así, callate ahora, no grites, mi amor, no grites.
Gritó pero en la boca de Simón que sabía el momento, que le tenía la lengua entre los dientes y le hundía los dedos en el pelo, gritó y después lloró bajo las manos de Simón que le tapaban la cara acariciándola, se ablandó con un último mamá, mamá, un quejido que iba pasando a un jadeo y a un llanto dulce y callado, a un querido, querido, la blanda estación de los cuerpos fundidos, del aliento caliente de la noche. Mucho más tarde, después de dos cigarrillos contra un apoyo de almohadas, de toalla entre los muslos llenos de vergüenza, las palabras, los proyectos que Flora balbuceaba como en un sueño, la esperanza que Simón escuchaba sonriéndole, besándola en los senos, andándole con una lenta araña de dedos por el vientre, dejándose ir, amodorrándose, dormite ahora un rato, yo voy al baño y vuelvo, no necesito luz, soy como un gato de noche, ya sé dónde está, y Flora pero no, si te oyen, Simón, no seas sonsa, ya te dije que soy como un gato y sé dónde está la puerta, dormite un momento que ya vengo, así, bien quietita.
Cerró la puerta como agregando otro poco de silencio a la casa, desnudo atravesó la cocina y el salón, enfrentó la escalera y puso el pie en el primer peldaño, tanteándolo. Buena madera, buena casa la de Germán Morales. En el tercer peldaño vio marcarse la raya de luz bajo la puerta del dormitorio; subió los otros cuatro peldaños y puso la mano en el picaporte, abrió la puerta de un solo envión. El golpe contra la cómoda le llegó a Carlitos desde un sueño intranquilo, se enderezó en la cama y gritó, muchas veces gritaba de noche y Flora se levantaba para calmarlo, para darle agua antes de que Germán se despertara protestando. Sabía que era necesario hacer callar a Carlitos porque Simón no había vuelto todavía, tenía que calmarlo antes de que la señora Matilde se inquietara, se envolvió con la sábana y corrió a la pieza de Carlitos, lo encontró sentado al pie de la cama mirando el aire, gritando de miedo, lo levantó en brazos hablándole, diciéndole que no, que ella estaba ahí, que le iba a traer chocolate, que le iba a dejar la luz prendida, oyó el grito incomprensible y salió al salón con Carlitos en brazos, la escalera iluminada por la luz de arriba, llegó al pie de la escalera y los vio en la puerta tambaleándose, los cuerpos desnudos vueltos una sola masa que se desplomaba lentamente en el rellano, que resbalaba por los peldaños, que sin desprenderse rodaba escalera abajo en una maraña confusa hasta detenerse inmóvil en la alfombra del salón, el cuchillo en el pecho de Simón boca arriba y Matilde, pero eso lo mostraría después la autopsia, con las pastillas necesarias para matarla dos horas más tarde, cuando yo estaba ahí con la ambulancia y le ponía una inyección a Flora para sacarla de la histeria le daba un sedante a Carlitos y le pedía a la enfermera que se quedara hasta que llegaran los parientes o los amigos.

Un hombre está mirando a una mujer

Autor: César Vallejo

Un hombre está mirando a una mujer,
está mirándola inmediatamente,
con su mal de tierra suntuosa
y la mira a dos manos
y la tumba a dos pechos
y la mueve a dos hombres.

Pregúntome entonces, oprimiéndome
la enorme, blanca, acérrima costilla:
Y este hombre
¿no tuvo a un niño por creciente padre?
¿Y esta mujer a un niño
por constructor de su evidente sexo?

Puesto que un niño veo ahora,
niño ciempiés, apasionado, enérgico;
veo que no le ven
sonarse entre los dos, colear, vestirse;
puesto que los acepto,
a ella en condición aumentativa,
a él en la flexión del heno rubio.

Y exclamo entonces, sin cesar ni uno
de vivir, sin volver ni uno
a temblar en la justa que venero:
¡Felicidad seguida
tardíamente del Padre,
del Hijo y de la Madre!
¡Instante redondo,
familiar, que ya nadie siente ni ama!
¡De qué deslumbramiento áfono, tinto,
se ejecuta el cantar de los cantares!
¡De qué tronco, el florido carpintero!
¡De qué perfecta axila, el frágil remo!
¡De qué casco, ambos cascos delanteros!

Hipatia, la científica de Alejandría

En el año 415 se apagó bruscamente la estrella de la matemática, astrónoma y filósofa pagana Hipatia de Alejandría, cuando una turba de cristianos exaltados la mató con extrema crueldad. Este trágico hecho marcó el ocaso de la cultura pagana en el mundo antiguo.

La sabiduría de Grecia

Se ha creído que este personaje del fresco La escuela de Atenas, de Rafael, es Hipatia.
En realidad, sería un retrato de Francesco Maria della Rovere, sobrino del papa Julio II. 1508-1511. Estancia de la Signatura o del Sello, Vaticano.

 

En el mes de marzo del año 415, en plena Cuaresma, un crimen sacudió la ciudad de Alejandría: una muchedumbre vociferante atacó a la respetada y sabia Hipatia, la mató y se ensañó con sus restos. Los asesinos formaban parte de «una multitud de creyentes en Dios», que «buscaron a la mujer pagana que había entretenido a la gente de la ciudad y al prefecto con sus encantamientos». Así habla de la filósofa –como de una bruja– la crónica de Juan, obispo de Nikiu, una diócesis del delta del Nilo. Escrita casi tres siglos después del asesinato de Hipatia, es el texto que ofrece más detalles sobre su muerte, y también muestra una clara animadversión hacia la estudiosa, cuyas hechicerías habrían justificado su atroz final. Pero ¿quién fue en realidad Hipatia y por qué murió?

Para responder a esta pregunta debemos trasladarnos a la Alejandría de comienzos del siglo V. Por entonces, la espléndida metrópoli fundada por Alejandro Magno, famosa por su Museo (un extraordinario centro científico), su enorme Biblioteca y sus grandes templos, aún mantenía una considerable población y era la capital de Egipto. Como ciudad del Imperio romano de Oriente, la gobernaba un prefecto enviado por el emperador de Constantinopla; pero, de modo no oficial, gran parte de su gente obedecía los dictados de su obispo y patriarca, quien velaba por la fe y la ortodoxia de la comunidad cristiana.

Odeón de Kom el-Dikka

Se ha considerado que este recinto, situado en el distrito académico de Alejandría, pudo formar parte de las instalaciones del Museo.

 

Desde que el emperador Teodosio I había proclamado el cristianismo como religión única del Imperio, el poder eclesiástico se había instalado en las ciudades e iba asfixiando los reductos del paganismo. Y actuaba con una intolerancia feroz, no sólo contra los adeptos a los antiguos cultos, sino contra los disidentes de todo tipo, ya fueran herejes o judíos, muy numerosos en Alejandría. En esta ciudad, tanto el clero como los monjes de los desiertos vecinos y los llamados parabolanos –unos servidores de la Iglesia que también actuaban como sus guardias– seguían los dictados del obispo, y en momentos de conflicto no vacilaban en promover violentos disturbios para demostrar su fuerza, destruir los templos de los infieles y acallar sus voces.

Cirilo, el patriarca

Su influencia en Alejandría era proporcional a sus recursos. Así, en el año 431 repartió mil libras de oro entre la corte de Constantinopla a fin de obtener apoyos en el concilio de Éfeso.

 

Fue así como, instigados por el obispo Teófilo, estos fanáticos causaron grandes destrozos en diversos santuarios paganos, y en el año 391 saquearon e incendiaron el famoso Serapeo y su espléndida biblioteca. El templo de Serapis, un emblema glorioso de la ciudad durante siglos, fue convertido en iglesia cristiana, al igual que el Cesareo, un antiguo  templo dedicado al culto del emperador. Quienes se negaban a convertirse a la fe dominante sufrían el asedio cristiano. Resultaban vanos sus intentos de apelar en su socorro a la corte imperial de Constantinopla, carcomida por las intrigas e impotente para frenar los tumultos de la masa fanática.

En este contexto se sitúa el martirio de Hipatia. Su muerte resonó como una campanada fúnebre en el ocaso de Alejandría, el antiguo centro de la ciencia, la cultura y el arte helenísticos. Tanto los truculentos detalles del crimen como la manifiesta impunidad de los asesinos han hecho de la muerte de Hipatia un escándalo histórico memorable. Los testimonios conservados sobre la figura de Hipatia y su siniestro final proceden de dos historiadores eclesiásticos, Filostorgio y Sócrates el Escolástico, que escribieron unos veinte años después del crimen y no ocultan su reprobación ante lo espantoso de aquel acto fanático. También del neoplatónico Damascio de Damasco, que escribió medio siglo más tarde, recogiendo ecos y datos de tan escandaloso suceso, y del obispo Juan de Nikiu, mucho más tardío.

¿Quién era Hipatia?

Todos coinciden en destacar que Hipatia sobresalió como estudiosa de las ciencias y la filosofía, materias a las que se dedicó desde joven. Era hija de Teón, un ilustre matemático del Museo y astrónomo notable. Hipatia, pues, era una digna heredera de la gran tradición científica del Museo, pero a la vez se convirtió en una renombrada profesora que daba lecciones públicas sobre las ideas de Platón, y seguramente de Aristóteles, atrayendo numeroso público. Esto lo sabemos también por las cartas muy afectuosas que escribió uno de sus más fieles discípulos, Sinesio de Cirene. En algunas pide consejo a su «queridísima maestra», y en otras habla de ella a sus amigos con afecto y admiración. Incluso se promete a sí mismo que recordará a Hipatia en el Hades, esto es, en el Más Allá.

Catacumbas de Alejandría

De época romana, en sus tumbas y capillas –como la que muestra la imagen– conviven representaciones de dioses egipcios, griegos y romanos.

 

Hipatia, pues, formaba parte de la élite pagana fiel a sus antiguas ideas y creencias, y velaba por el legado clásico en un ambiente que se iba volviendo más y más hostil hacia la herencia ilustrada del helenismo. Respecto del saber de Hipatia, Sócrates el Escolástico escribe: «Llegó a tal grado de cultura que superó a todos los filósofos contemporáneos, heredó la escuela platónica que había sido renovada en tiempos de Plotino, y explicaba todas las ciencias filosóficas a quienes lo deseaban. Por eso quienes deseaban pensar de modo filosófico acudían hacia ella de todas partes». Es interesante esa mención de que «heredó la escuela», es decir, la enseñanza de la doctrina platónica renovada por el filósofo Plotino, que nosotros conocemos como neoplatonismo.

La santa y la filósofa

Hipatia inspiró la leyenda de santa Catalina de Alejandría, una joven y sabia cristiana que fue cruelmente martirizada. Santa Catalina, en un óleo de Onorio Marinari. Hacia 1670.

 

Por otra parte, tanto Filostorgio como Damascio señalan que Hipatia aventajó a su padre en saber, en astronomía y en su dedicación a la filosofía. Dice Filostorgio: «Aprendió de su padre las ciencias matemáticas, pero resultó mucho mejor que el maestro, sobre todo en el arte de la observación de los astros».
Y Damascio: «De naturaleza más noble que su padre, no se contentó con el saber que viene a través de las ciencias matemáticas a las que él la había introducido, sino que, no sin altura de espíritu, se dedicó también a las otras enseñanzas filosóficas». Es decir, Hipatia siguió las enseñanzas del padre matemático, pero fue más allá en sus estudios de los movimientos de los astros y, sobre todo, al ampliar el horizonte de sus investigaciones desde la ciencia hacia la filosofía. Eso la hizo famosa y atrajo hacia ella a muchos oyentes y discípulos.

Damascio continúa: «Puesto que era así la naturaleza de Hipatia, es decir, tan atractiva y dialéctica en sus discursos, dispuesta y política en sus actuaciones, el resto de la ciudad con buen criterio la amaba y la obsequiaba generosamente, y los notables, cada vez que hacían frente a muchas cuestiones públicas, solían aproximarse a ella […] Si bien el estado real de la filosofía estaba ya en una completa ruina, su nombre parecía ser magnífico y digno de admiración para aquellos que administraban los asuntos más importantes del gobierno». Hipatia, pues, era una figura extraordinaria: mujer, pagana y sabia, influyente y con numerosos discípulos, muy admirada en la ciudad. Todo esto hizo que su eliminación por parte de cristianos fanáticos tuviera un carácter ejemplar.

Un móvil

El siniestro suceso ocurrió en el año 415, y fue oscuramente instigado por el obispo Cirilo, sucesor y sobrino de aquel patriarca Teófilo que había impulsado a las masas devotas a destruir el Serapeo. Como su tío, Cirilo era un patriarca con mucho poder, intrigante y taimado. Sin embargo, tras su muerte no tardaría en ser santificado por sus servicios y méritos. No sabemos bien qué desencadenó la furia de Cirilo contra Hipatia, quien ni siquiera era una intelectual combativa y hostil al cristianismo. De hecho, tenía discípulos cristianos como aquel Sinesio que le escribió tantas cartas y que llegó a ser obispo de Tolemaida.

Linchada por la turba

En el centro de este grabado, publicado en 1876, aparece el personaje que dirigió a la multitud: es Pedro, que según las fuentes era maestro o bien magistrado.

 

Damascio ofrece una acusación clara contra el patriarca y explica las causas de su hostilidad hacia la filósofa: «Ocurrió un día que Cirilo, obispo del grupo opuesto, pasaba por delante de casa de Hipatia y vio una gran multitud de gente y de caballos a su puerta. Había quienes llegaban, quienes se marchaban y quienes esperaban. Cuando Cirilo preguntó por el significado de aquella reunión y los motivos del revuelo, sus criados le explicaron que era la casa de la filósofa Hipatia y que ella estaba saludándoles. Cuando Cirilo oyó esto le entró tal ataque de envidia que inmediatamente empezó a conspirar su asesinato de la manera más detestable». La envidia, pues, habría sido el desencadenante de  los hechos.

Pero queda otro motivo que pudo influir en la inquina del obispo: las buenas relaciones de Hipatia con Orestes, el prefecto de la ciudad, que años antes había sido objeto de otro ataque callejero de los mismos fanáticos, uno de los cuales lo había herido en la cabeza con una piedra. El agresor, un monje llamado Amonio, fue sometido a tortura y falleció, tras lo cual Cirilo depositó sus restos en una iglesia y le rindió el culto que se daba a los mártires. Las relaciones entre el poder eclesiástico y el poder civil se habían tensado hasta el extremo, e Hipatia reunía la doble condición de pagana y próxima a Orestes, lo que no podía menos que concitar el odio del patriarca. Cuando Damascio califica a Cirilo de «obispo del grupo opuesto» quizá tenga en mente a quienes se enfrentaban a él, con Orestes e Hipatia como cabezas visibles.

El asesinato

La filósofa murió durante el cuarto año del obispado de Cirilo. Una turba de monjes venidos de los yermos próximos o de parabolanos rodeó en pleno día a Hipatia en la misma puerta de su casa. La arrastraron a golpes hasta el interior de una iglesia, y allí la desnudaron y la descuartizaron, desgarrando sus carnes con conchas y tejas, y después de muerta quemaron sus restos en una hoguera para borrar su recuerdo. La brutal escena semejaba un sacrificio humano en un ritual de inaudita ferocidad, como si inmolaran una víctima a un dios bárbaro. Anotemos de paso que, ya que era una famosa profesora unos veinte años antes, Hipatia no murió tan joven como creían algunos pintores románticos, imaginándola como una bellísima muchacha desnuda y sacrificada en un altar por los furiosos monjes. Debía tener cincuenta años o más cuando fue tan cruelmente asesinada.

 

Artículo tomado desde: www.nationalgeographic.com

AUTORRETRATOS DE REMBRANDT

Pocos artistas han mostrado tanto interés por pintarse a sí mismos como Rembrandt (1606-1669). Se conocen de él casi noventa autorretratos, entre óleos, grabados y dibujos. Esta cifra supera con creces a la alcanzada por otros grandes pintores que también cultivaron en abundancia el mismo género (como Van Gogh o Picasso). Pero, ¿cuáles fueron las razones que llevaron al pintor holandés a iniciar esta tendencia cuando contaba sólo veinte años de edad y a no abandonarla ya hasta el año de su muerte?
Autorretrato de Rembrandt del Museo Nacional de Estocolmo, Suecia.

 

A. Rembrandt, autorretrato. 1629

La respuesta a esa pregunta no es sencilla y probablemente, tras esta abundancia de autorretratos, se encuentren razones diversas, que el propio artista nunca reveló. De una parte, tendríamos que considerar la importancia que el género del retrato de personajes tenía en la época barroca y, más aún, en la Holanda del siglo XVII. En este sentido, es posible que el pintor practicase sobre sí mismo un tipo de obra que luego la clientela demandaba con frecuencia, contando con que en este caso el modelo le salía completamente gratis. Todo ello, sin que olvidemos que retratarse en aquella época era un signo evidente de éxito social. Quizás el propio Rembrandt quisiese con estas obras mostrar a los demás sus propios triunfos.

Detalle de un Autorretrato de Rembrandt (1640)

Autoretrato con cachucha  y cuello alzado  1659

 

Pero, de otra parte, se ha considerado la posibilidad de que el artista holandés emplease el autorretrato como un medio para ir dejando sobre él una especie de diario personal, en este caso de carácter visual, que diese cuenta de su evolución como individuo y que, al mismo tiempo y desde un punto de vista psicológico, le facilitase una seria reflexión sobre su propia personalidad. Desde este punto de vista, estas obras de Rembrandt serían su respuesta a la pregunta ¿quién soy yo? Desde luego, el interés por lo psicológico está bien presente en estas obras magistrales, aunque esta afirmación podría extenderse al conjunto de la obra de Rembrandt.

Rembrandt van Rijn: “Autorretrato con atuendo oriental” (1631). París.

En fin, tras estas obras del genio holandés puede haber razones diversas, pero el caso el que el pjntor nos presenta en ellas los clarosocuros de su propia vida: desde el joven altanero y exquisito de sus primeros años como artista hasta el anciano al que el tiempo atrapa, tras atravesar numerosas adversidades en su vida personal y familiar; pasando por el artista maduro que muestra una gran seguridad en sí mismo. Una de las más conocidas obras de Rembrandt es la “lección de anatomía”. En éstas obras, en cambio, nos dio numerosas lecciones sobre él mismo. Lección de vida
REMBRANDT, Harmensz van Rijn_Autorretrato con gorra y dos cadenas_331 (1976.90)

 

 

Artículo compartido desde aprendersociales.blogspot.com

PRIMERA PARTE

Autor: Jaime Sabines

     II

Del mar, también del mar,
de la tela del mar que nos envuelve,
de los golpes del mar y de su boca,
de su vagina obscura,
de su vómito,
de su pureza tétrica y profunda,
vienen la muerte, Dios, el aguacero
golpeando las persianas,
la noche, el viento.

De la tierra también,
de las raíces agudas de las casas,
del pie desnudo y sangrante de los árboles,
de algunas rocas viejas que no pueden moverse,
de lamentables charcos, ataúdes del agua,
de troncos derribados en que ahora duerme el rayo,
y de la yerba, que es la sombra de las ramas del cielo,
viene Dios, el manco de cien manos,
ciego de tantos ojos,
dulcísimo, impotente.
(Omniausente, lleno de amor,
el viejo sordo, sin hijos,
derrama su corazón en la copa de su vientre).

De los huesos también,
de la sal más entera de la sangre,
del ácido más fiel,
del alma más profunda y verdadera,
del alimento más entusiasmado,
del hígado y del llanto,
viene el oleaje tenso de la muerte,
el frío sudor de la esperanza,
y viene Dios riendo.

Caminan los libros a la hoguera.
Se levanta el telón: aparece el mar.

(Yo no soy el autor del mar).

BALADA PARA LOS NIÑOS QUE SERÁN POETAS

Autor: Leopoldo Marechal

La reina Til desnuda una risa de fragua.
Todos los pájaros de la danza nacen en su pie volátil.
Sus ojos parecen dos lebreles recién castigados…
Desde un país en donde se abre el huevo de las mañanas
vino el Príncipe a caballo de su alegría:
—¡Busco tu risa forjada por herreros musicales
y alegre como la sal gema que hacen arder los brujos!
Tu reír es el asta donde flamean los días asoleados;
yo soy un hondero que soñó con el pájaro de tu risa…
Pero no busco tu danza
ni tus ojos más tristes que dos viudas.
El Príncipe se fue a caballo de su alegría:
la reina Til desnuda una risa de fragua…

                  II

Desde su río que se estira como un lagarto bajo el sol
llega el rey Bamb:
—¡Amo tu pie gracioso como el de un elefante
y más grato que la muerte de los tíos ilustres!
Las abuelas textiles no poseen dos agujas como tus pies;
amo el viento de tu danza que te hace girar, linda veleta…
Pero no busco tu reír inútil
ni tus ojos de gata soltera.
El rey Bamb se fue a su país de lunas incautas:
la reina Til ha quedado sola…

                  III

Mas, he ahí que Sir Olaf llegó en trineo
desde su estepa geográficamente sentimental:
—¡Quiero tus ojos iguales a dos mediodías con lluvia
y helados como dos focas en el mismo témpano!
En tu mirar, oh Reina, se posan las golondrinas cansadas;
busco tus ojos más largos que la noche de seis meses…
Pero no amo tu risa de lobo
ni la danza que incendia tu pie.
Sir Olaf huyó en su trineo
hacia un país de soles resfriados…

                  IV

La reina Til se ha convertido en una cisterna
y ha de dormir por muchos días;
hasta que llegue un Rey que busque
los pies bailarines
los ojos que llueven,
la risa de fragua.