Andamios

Autor: Mario Benedetti

“…Javier se había aprontado para almorzar a solas en una mesa del fondo. Todavía no había asimilado del todo el relato de Nieves sobre la muerte de Ramón. Quería evaluar con serenidad ese hecho insólito, medir su profundidad, administrar para sí mismo la importancia de una imagen que le resultaba aterradora.

No obstante, el dieciochoañero Braulio está allí, inoportuno pero ineludible, y no se siente con ánimo de rechazarlo. Además, su presencia inopinada le despierta curiosidad.

-Sentate. ¿Querés comer algo?

-No. Ya almorcé. En todo caso, cuando termines de comer, a lo mejor te acepto un helado.

Javier queda a la espera de una explicación. La presunta amistad con Diego no es suficiente.

-Te preguntarás a qué viene este abordaje. Diego me ha hablado bien de vos. Dice que siempre fuiste amigo de su padre y que lo has ayudado. Además estuviste exiliado, en España creo. Conocés mundo. Conocés gente. Tenés experiencia.

Javier calla, aunque se da cuenta de que el otro aguarda un comentario.

-Aquí los muchachos de mi edad estamos desconcertados, aturdidos, confusos, qué sé yo. Varios de nosotros (yo, por ejemplo) no tenemos padre. Mi viejo, cuando cayó, ya estaba bastante jodido y de a poco se fue acabando en la cafúa. Lo dejaron libre un mes antes del final. Murió a los treinta y ocho. No es demasiada vida, ¿no te parece? Otros tienen historias parecidas. Mi viejo es una mujer vencida, sin ánimo para nada. Yo empecé a estudiar en el Nocturno, pero sólo aguanté un año. Tenía que laborar, claro, y llegaba a las clases medio dormido. Una noche el profe me mandó al patio porque mi bostezo había sonado como un aullido. Después abandoné. Mi círculo de amigos boludos es muy mezclado. Vos dirías heterogéneo. Bueno, eso. Cuando nos juntamos, vos dirías que oscilamos entre la desdicha y el agobio. Ni siquiera hemos aprendido a sentir melancolía. Ni rabia. A veces otros campeones nos arrastran a una discoteca o a una pachanga libre. Y es peor. Yo, por ejemplo, no soporto el carnaval. Un poco las Llamadas, pero nada más. El problema es que no aguanto ni el dolor ni la alegría planificados, obligatorios por decreto, con fecha fija. Por otra parte, el hecho de que seamos unos cuantos los que vivimos este estado de ánimo casi tribal, no sirve para unirnos, no nos hace sentir solidarios, ni entre nosotros ni con los otros; no nos convierte en una comunidad, ni en un foco ideológico, ni siquiera en una mafia. Somos algo así como una federación de solitarios. Y solitarias. Porque también hay mujercitas, con las que nos acostamos, sin pena ni gloria. Cogemos casi como autómatas, como en una comunión de vaciamientos (¿qué te parece la figura poética?). Nadie se enamora de nadie. Cuando nos roza un proyecto rudimentario de eso que Hollywood llaman amor, entonces alguien menciona el futuro y se nos cae la estantería. ¿De qué futuro me hablás?, decimos casi a coro, y a veces casi llorando. Ustedes (vos, Fermín, Rosario y tantos otros) perdieron, de una u otra forma los liquidaron, pero al menos se habían propuesto luchar por algo, pensaban en términos sociales, en una dimensión nada mezquina. Los cagaron, es cierto. Quevachachele. Los metieron en cana, o los movieron de lo lindo, o salieron con cáncer, o tuvieron que rajar. Son precios tremendos, claro, pero ustedes sabían que eran desenlaces posibles, vos dirías verosímiles. Es cierto que ahora están caídos, descalabrados, se equivocaron en los pronósticos y en la medida de las propias fuerzas. Pero están en sosiego, al menos los sobrevivientes. Nadie les puede exigir más. Hicieron lo que pudieron ¿o no? Nosotros no estamos descalabrados, tenemos los músculos despiertos, el rabo todavía se nos para, pero ¿qué mierda hicimos? ¿Qué mierda proyectamos hacer? Podemos darle que darle al rock o ir a vociferar al Estadio para después venir al Centro y reventar vidrieras. Pero al final de la jornada estamos jodidos, nos sentimos inservibles, chambones, somos adolescentes carcamales. Basura o muerte. Uno de nosotros, un tal Paulino, una noche en que sus viejos se habían ido a Piriápolis, abrió el gas y emprendió la retirada, una retirada más loca, vos dirías hipocondríaca, que la de los Asaltantes con Patente, murga clásica si las hay. Te aseguro que el proyecto del suicidio siempre nos ronda. Y si no nos matamos es sobre todo por pereza, por pelotudez congénita. Hasta para eso se necesita coraje. Y somos muy cagones.

-Vamos a ver. Dijiste que sos amigo de Diego. ¿Él también anda en lo mismo?

-No. Diego no. No integra la tribu. Yo lo conozco porque fuimos compañeros en primaria y además somos del mismo barrio. Quizá por influencia de sus viejos, Diego es un tipo mucho más vital. También está desorientado, bueno, moderadamente desorientado, pero es tan inocente que espera algo mejor y trata de trabajar por ese algo. Parece que Fermín le dijo que hay un español, un tal Vázquez Montalbán, que anuncia que la próxima revolución tendrá lugar en octubre del 2017, y Diego se da ánimos afirmando que para ese entonces él todavía será joven. ¡Le tengo una envidia!

-¿Y se puede saber por qué quisiste hablar conmigo?

-No sé. Vos venís de España. Allí viviste varios años. Quizá los jóvenes españoles encontraron otro estilo de vida. Hace unas semanas, un amiguete que vivió dos años en Madrid me sostuvo que la diferencia es que aquí, los de esta edad, somos boludos y allá son gilipollas. Y en cuanto a las hembras, la diferencia es que aquí tienen tetas y allá tienen lolas. Y también que aquí se coge y allá se folla. Pero tal vez es una interpretación que vas llamarías baladí, ¿no?, o quizá una desviación semántica.

-¿Querés hablar en serio o sólo joder con las palabras? Bueno, allá hay de todo. Para ser ocioso con todas las letras hay que pertenecer a alguna familia de buen nivel. No es necesaria mucha guita (ellas dicen pasta) para reunirse todas las tardes frente a un bar, en la calle, y zamparse litronas de cerveza, apoyándolas en los coches estacionados en segunda fila, pero concurrir noche a noche a las discotecas, sobre todo si son de la famosa “ruta del bakalao”, nada de eso sale gratis. Algunos papás ceden a la presión de los nenes y les compran motos (son generalmente los que se matan en las autovías); otros progenitores más encumbrados les compran coches deportivos (suelen despanzurrarse en alguna Curva de la Muerte, y de paso consiguen eliminar al incauto que venía en sentido contrario).

-Después de todo no está mal crepar así, al volante de una máquina preciosa.

-No jodas. Y está la droga.

-Ah no. Eso no va conmigo. Probé varias y prefiero el chicle. O el videoclip.

-Quiero aclararte algo. Todos ésos: los motorizados, los del bakalao, los drogadictos, son los escandalosos, los que figuran a diario en la crónica de sucesos, pero de todos modos son una minoría. No la tan nombrada minoría silenciosa pos-Vietnam, sino la minoría ruidosa pre-Maastricht. Pero hay muchos otros que quieren vivir y no destruirse, que estudian o trabajan, o buscan afanosamente trabajo (hay más de dos millones de parados, pero no es culpa de los jóvenes), que tienen su pareja, o su parejo, y hasta conciben la tremenda osadía de tener hijos; que gozan del amor despabilado y simple, no el de Hollywood ni el de los culebrones venezolanos sino el posible, el de la cama monda y lironda. No creas que el desencanto es una contraseña o un emblema de todas las juventudes. Yo diría que más que desencanto es apatía, flojera, dejadez, pereza de pensar. Pero también hay jóvenes que viven y dejan vivir.

-¡Ufa! ¡Qué reprimenda! Te confieso que hay tópicos de tu franja o de las precedentes o de las subsiguientes, que me tienen un poco harto. Que el Reglamento Provisorio, que el viejo Batlle, que el Colegiado, que Maracaná, que tiranos temblad, que el Marqués de las Cabriolas, que el Pepe Schiaffino, que Atilio García, que el Pueblo Unido Jamás Será Vencido, que los apagones, que los cantegriles, que Miss Punta del Este, que la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, que la Vuelta Ciclista, que las caceroleadas, que la puta madre. Harto, ¿sabes lo que es harto?. Con todo te creía más comprensivo.

-Pero si te comprendo. Te comprendo pero no me gusta. Ni a vos te gusta que te comprenda. No estoy contra vos, sino a favor. Me parece que en esta ruleta rusa del hastío, ustedes tienden de a poco a la autodestrucción.

-Quién sabe. A lo mejor tenés razón. Reconozco que para mí se acabaron la infancia y su bobería, el día (tenía unos doce años) en que no lloré viendo por octava vez a Blanca Nieves y los 7 enanitos. A partir de ese Rubicón, pude odiar a Walt Disney por el resto de mis días. ¿Sabés una cosa? A veces me gustaría meterme a misionero. Pero eso sí, un misionero sin Dios ni religión. También Dios me tiene harto.

-¿Y por qué no te metes?

-Me da pereza, como vos decís, pero sobre todo miedo. Miedo de ver al primer niño hambriento de Ruanda o de Guatemala y ponerme a llorar como un babieca. Y no son lágrimas lo que ellos precisan.

-Claro que no. Pero sería un buen cambio.

-De pronto pienso: para eso está la Madre Teresa. Claro que tiene el lastre de la religión. Y yo, en todo caso, querría ser un misionero sin Dios. ¿Sacaste la cuenta de cuánto se mata hoy día en nombre de Dios, cualquier dios?

-Quién te dice, a lo mejor inaugurás una nueva especie: los misioneros sin Dios. No estaría mal. Siempre que además fuera sin diablo.

-¿Creés que algún día podré evolucionar de boludo a gilipollas?

-Bueno, sería casi como convertir el Mercosur en Maastricht…”

Una carta de amor

Autor: Julio Cortázar

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.

Futuro

Autor: Alain Bosquet

Serás puro:
tres vestidos,
una escudilla para recoger la limosna.
Serás bueno:
la mejilla,
luego la otra mejilla para que te abofeteen.
Serás fuerte:
tu vida,
luego la otra vida en la que te transformarás en dios.
Serás humilde como un guijarro,
como un pichón que sale del huevo.
Serás lo que debes ser
para alguna verdad,
para algún amor,
para algún orden invisible.
Y serás recompensado,
bestia de carga y de ensueños.
Y serás castigado,
animal cargado de piedras
y de nada.
Nunca serás tú mismo.

Las caricias

Autor: Manuel Altolaguirre

¡Qué música del tacto
las caricias contigo!
¡Qué acordes tan profundos!
¡Qué escalas de ternuras,
de durezas, de goces!
Nuestro amor silencioso
y oscuro nos eleva
a las eternas noches
que separan altísimas
los astros más distantes.
¡Qué música del tacto
las caricias contigo!

El ángel bueno

Autor: Rafael Alberti

Vino el que yo quería
el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas.
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
y hacerme el alma navegable.

 

 



MÁS POEMAS DE RAFAEL ALBERTI



En el regazo de la tarde triste…

Autora: Delmira Agustini

 

En el regazo de la tarde triste
yo invoqué tu dolor… Sentirlo era
¡Sentirte el corazón! Palideciste
hasta la voz, tus párpados de cera.

Bajaron… y callaste… Pareciste
oír pasar la muerte… Yo que abriera
tu herida mordí en ella -¿Me sentiste?-
¡Como en el oro de un panal mordiera!

Y exprimí más, traidora, dulcemente
tu corazón herido mortalmente;
por la cruel daga rara y exquisita
de un mal sin nombre, ¡Hasta sangrarlo en llanto!
y las mil bocas de mi sed maldita
tendí a esa fuente abierta en tu quebranto

¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
que come llagas y que bebe el llanto?

Lillie Langtry, la mujer a la que resucitó Oscar Wilde

Conocida por sus escándalos amorosos con la realeza, se convirtió sin embargo en una deidad para la puritana sociedad victoriana

 

Emilie Charlotte Le Breton vino al mundo dos veces. Primero saldría del vientre de su madre en 1853; después renacería como Lillie Langtry «Jersey Lillie», tras ser retratada por el pintor John Everett Millais. No obstante, su naturaleza enamoradiza y el alma del Rey Eduardo VII hecha jirones se convertirían en motivo de repudio por la alta sociedad británica. A pesar de su muerte social, el voraz escritor Oscar Wilde -su mesiánico amigo- impulsaría su resurrección a través del teatro.

Lillie sentía ansias por devorar el mundo. De esta manera, haría uso de su arrebatada juventud para enfrascarse en una vida de deseos y rodeada de todo el afecto. Sin embargo, nunca se sabrá a quien amó realmente Lillie. Quizás en ese intento de huir del dolor causado por el abandono de una madre, se casaría por impulso con un pobre diablo irlandés.

Los días tristes y nostálgicos de su matrimonio llegaron a su fin cuando las más altas esferas británicas fueron testigos de su belleza. De esta manera, Lillie Langtry comenzaría un peligroso naufragio en su vida de señora para desafiar al sofocante puritanismo inglés.

Su personalidad causó mucha controversia durante la época victoriana; incluso a día de hoy la que fuera amante del Rey Eduardo VII sigue causando desconcierto pues su presencia era digna tanto de asombro como de recelo; pues a donde quiera que fuese, el mundo era suyo.

El exotismo de Lillie fue entretejido cuidadosamente por sus íntimos amigos -principalmente escritores y pintores-. John Everett Millais la inmortalizaría en su obra, y el escritor Óscar Wilde crearía una deidad con los fragmentos de una mujer casi olvidada.

Lillie Langtry fue la amante de profundas cicatrices cuasi humanas. De todos y de nadie, porque en el fondo fue únicamente de sí misma: una mujer inteligente que supo hacer de su efímera belleza un verdadero mito que se sobrepondría incluso a su vejez.

La triste y aburrida vida de matrimonio

Tras cumplir veinte primaveras, Emilie aceptó la propuesta matrimonial de un hombre llamado Edward Langtry. Diez años mayor que ella, era un rico terrateniente irlandés, viudo de una lejana pariente de la que habría de convertirse en su segunda esposa.

Para Lillie, Langtry era la única forma de dejar la monótona vida que llevaba en Jersey. Sin embargo, pese a estar en la flor de la vida, Edward la tenía como un jarrón decorativo. Sola, triste y aburrida. Ella le propondría que se instalaran en Londres.

Mientras las bienaventuranzas no ocurrían, unas amistades de su familia la invitaron a una recepción donde se encontraba la alta esfera británica. El hermano pequeño de Emilie acababa de morir tras sufrir una caída montando a caballo; por eso, la joven acudiría a la fiesta de luto, con un sencillo vestido negro que resaltaría todavía más su belleza.

Nadie fue indiferente a aquel rostro. Sin embargo, sería desconocido hasta que Emilie fue adoptada por los pintores Frank Miles y John Everett Millais, quienes harían la gran presentación estelar de aquella chica de campo.

Bienvenida a la alta esfera británica, Lillie

Everett Millais era muy apreciado por la Royal Academy. Este visionario de la pintura crearía la Hermandad Prerrafaelita, en la que se rechazaría el estilo manierista italiano que aún seguía imperando en las grandes academias. La óptica de Millais quedaría impronta en el estilo romántico, protagonista durante la época victoriana, y su importancia en el terreno de las artes plásticas lo convertía en uno de esos hombres siempre bienvenidos en los grandes salones del Imperio británico.

«Millais era un trabajador enérgico pero espasmódico, siempre estaba de pie mientras pintaba, y se aplicaba como uno inspirado durante unos veinte minutos, después de lo cual arrojaba su pincel y paleta, volvía a encender su pipa, que estaba cerca de su boca , contémplame durante un cuarto de hora, y luego volvía en un nuevo frenesí», confesó Lillie en su biografía «The days I knew».

De esta manera, la desinteresada amistad entre Millais y Emilie desempeñaría un papel crucial durante la introducción de la joven. Tanto el apreciado artista como su colega Miles la inmortalizarían a través de la pintura con sus ambiciosos retratos. Gracias a este gesto, se le concedió un don extraordinario a su belleza, que logró opacar a cualquier lady con título nobiliario y considerable dote.

Siendo así, «Jersey Lillie» se convirtió en la obra maestra de Millais, a través de la cual Emilie nacería por segunda vez. Ella lograría despojarse de su identidad rural para alumbrarse como Lillie Langtry: la enigmática mujer del cuadro que cautivaría a al Rey Leopoldo de Bélgica.

Millais vendió el retrato a este Monarca. Quizás fue a partir de ahí que la antigua Emilie pasaría a convertirse en un bien codiciado; en una figura inescrutable que otros artistas tratarían de entender para poder reproducir.

«Me dijo que yo era la asignatura más exasperante que había pintado, que me veía hermosa por unos cincuenta y cinco de cada sesenta minutos, pero que por cinco en cada hora era increíble. No creo que haya trabajado en mi retrato en mi ausencia, como lo hizo algún otro artista ante el que me senté», relató Lillie en sus memorias.

Con su nueva identidad, Lillie Langtry pasaría a convertirse en la invitada más especial de la alta sociedad victoriana. Incluso las mujeres entraban en conflicto consigo mismas, dudando entre odiarla o venerarla.

Además de su exótica belleza, Lillie sabía como ganarse a los hombres. La joven los dejaba perplejos con su desenvoltura en el saber, gracias a una gran preparación académica. Al ser la única mujer entre los cinco hijos varones de su padre, fue instruida junto con sus hermanos por el tutor de éstos, pues el espíritu inquieto de Emilie Charlotte espantaría a su aburrida institutriz de París, lo que provocó su deserción de la educación de Emilie.

Lo que supuso en su día un dolor de cabeza para su padre, al final resultó una gran ventaja sobre las demás mujeres de la sociedad. La instrucción humanística de las damas de reconocida clase social era muy básica. De esta manera, los aristócratas ondearían la bandera blanca de rendición ante el «Lirio de Jersey», un fenómeno sobrenatural para la época.

Príncipe de Gales, el conquistado

Cuando Alberto Eduardo era todavía Príncipe de Gales, conoció a Lillie durante una cena celebrada por un aristócrata llamado Sir Allen Young. Aunque Edward Langtry acompañaba a su esposa a este evento, se sentarían separados y en diferentes extremos de la mesa. Ni corto ni perezoso, el que sería el futuro Rey del Imperio británico tomó asiento al lado de ella.

A partir de ese momento, ambos iniciarían un romance semi oficial. Aunque casado con la Princesa Alejandra y con seis niños, el Príncipe la llevó a Palacio junto a su madre, para decirle a la «puritana» Reina Victoria I quién era la dueña de su alma y de su tiempo libre: Lillie Langtry. Su doble moral le impidió montar en cólera, echar a la amante y darle tremendo sopapo a «Bertie» -como así llamaba a su hijo, con quien no se entendía muy bien-.

No obstante, Lillie comenzaba a aburrirse de todos los privilegios de ser la mujer más amada del futuro Monarca. Y se metería en un triángulo amoso entre el Príncipe, el Conde de Shrewsbury y su amigo de la infancia Arthur Clarence Jones.

El Príncipe empezaba a ser consciente de los amores paralelos de su amante. Y con el corazón y el orgullo hecho añicos se alejó de sus brazos. Nunca más dormirían juntos pero estaría siempre para apoyarla.

Mientras estaba con Arthur Jones, inició un affaire con el Príncipe Luis de Battenberg. Quedó embarazada y, aunque no sabía quién era realmente el padre. le atribuyó la responsabilidad al aristócrata -quien asumiría la paternidad- de su hija Jeanne Marie.

Edward Langtry, infelizmente casado y avergonzado, empezaría despreocuparse de ella; y al no ser ya la favorita del futuro Rey Eduardo VII todos sus acreedores comenzarían a cobrar aquel disparatado tren de vida.

Como ya no tenía nada que vender para saldar sus deudas, entró en un bucle depresivo sin saber a quien acudir.

Oscar Wilde, el mesiánico amigo

Jersey Lillie estaba en la ruina. Ante este infortunio, Óscar Wilde le propuso una artística solución: ser actriz. De esta manera, se convertiría en la primera mujer de la alta sociedad en subirse a un escenario.

Su mesiánico amigo la resucitó con más fuerza que en sus años jóvenes, gracias a su presentación: «La Venus que ha surgido como la espuma», confesó Lillie en su obra.

Al principio, el público acudiría a verla nada más por el insano placer que generaba aquella ver a aquella inquebrantable dama caída en desgracia y olvidada en el repudio.

No obstante, su gran debut en papeles como el de Kate Hardcastle en «She Stoops to Conquer», de Oliver Goldsmith, en el Haymarket Theatre de Londres, logró que los críticos dejaran a un lado sus prejuicios y aplaudiesen su gran habilidad escénica.

El éxito de su resurrección de la muerte social fue posible también gracias a la transición hacia una nueva era. Tras la muerte de la Reina Victoria, el nuevo Monarca, Eduardo VII, iría eliminando los vestigios de su madre y su estricta moral, para dar paso a la Belle Époque, que apoyaría además con su presencia en el teatro.

Lillie, poco a poco, volvería a ser una deidad en aquella sociedad por la fortuna de una amistad como Óscar Wilde

 

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Si hubiera sospechado lo que se oye

Autor : Oliverio Girondo

Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.

Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.

¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!

Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.

Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.

Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.

De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.

Aunque parezca mentira -esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.

Por lo común, estos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya va a extinguirse, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.

¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!

En el rincón aquel, donde dormimos juntos – (Trilce: Poema XV)

Autor: César Vallejo

En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o talvez qué habrá pasado.

Has venido temprano a otros asuntos,
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos,
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra                      a                      sombra.

Son los ríos

Autor: Jorge Luis Borges

Somos el tiempo. Somos la famosa
parábola de Heráclito el Oscuro.
Somos el agua, no el diamante duro,
la que se pierde, no la que reposa.

Somos el río y somos aquel griego
que se mira en el río. Su reflejo
cambia en el agua del cambiante espejo,
en el cristal que cambia como el fuego.

Somos el vano río prefijado,
rumbo a su mar. La sombra lo ha cercado.
Todo nos dijo adiós, todo se aleja.

La memoria no acuña su moneda.
Y sin embargo hay algo que se queda
y sin embargo hay algo que se queja.