Pero antes que se acabe…

Autor: César Vallejo

Pero antes que se acabe
toda esta dicha, piérdela atajándola,
tómale la medida, por si rebasa tu ademán; rebásala,
ve si cabe tendida en tu extensión.

Bien la sé por su llave,
aunque no sepa, a veces, si esta dicha
anda sola, apoyada en tu infortunio
o tañida, por sólo darte gusto, en tus falanjas.
Bien la sé única, sola,
de una sabiduría solitaria.

En tu oreja el cartílago está hermoso
y te escribo por eso, te medito:
No olvides en tu sueño de pensar que eres feliz,
que la dicha es un hecho profundo, cuando acaba,
pero al llegar, asume
un caótico aroma de asta muerta.

Silbando a tu muerte,
sombrero a la pedrada,
blanco, ladeas a ganar tu batalla de escaleras,
soldado del tallo, filósofo del grano, mecánico del sueño.
(¿Me percibes, animal?
¿me dejo comparar como tamaño?
No respondes y callado me miras
a través de la edad de tu palabra).

Ladeando así tu dicha, volverá
a clamarla tu lengua, a despedirla,
dicha tan desgraciada de durar.
Antes, se acabará violentamente,
dentada, pedemalina estampa,
y entonces oirás cómo medito
y entonces tocarás cómo tu sombra es ésta mía desvestida
y entonces olerás cómo he sufrido.

Advertisements

El hombre en el umbral

Autor: Jorge Luis Borges

(El Aleph (1949)

Bioy Casares trajo de Londres un curioso puñal de hoja triangular y empuñadora en forma de H; nuestro amigo Christopher Dewey, del Consejo Británico, dijo que tales armas eran de uso común en el Indostaní. Ese dictamen lo alentó a mencionar que había trabajado en aquel país, entre las dos guerras (Ultra Auroram et Gangen, recuerdo que dijo en latín, equivocando un verso de Juvenal). De las historias que esa noche contó, me atrevo a reconstruir la que sigue. Mi texto será fiel: líbreme Alá de la tentación de añadir breves rasgos circunstanciales o de agravar, con interpolaciones de Kipling, el cariz exótico del relato. Este, por lo demás, tiene un antiguo y simple sabor que sería una lástima perder, acaso el de las Mil y una Noches.

*

“La exacta geografía de los hechos que voy a referir importa muy poco. Además, ¿qué precisión guardan en Buenos Aires los nombres de Amristsar o de Udh? Básteme, pues, decir que en aquellos años hubo disturbios en una ciudad musulmana y que el gobierno central envió a un hombre fuerte para imponer el orden. Ese hombre era escocés, de un ilustre clan de guerreros, y en la sangre llevaba la tradición de violencia. Una sola vez lo vieron mis ojos, pero no olvidaré el cabello muy negro, los pómulos salientes, la ávida nariz y la boca, los anchos hombros, la fuerte osatura de viking. David Alexander Glencairn se llamará esta noche en mi historia; los dos nombres conviene, porque fueron de reyes que gobernaron con un cetro de hierro. David Alexander Glencairn (me tendré que habituar a llamarlos alí) era, lo sospecho, un hombre temido; el mero anuncio de su advenimiento bastó para apaciguar la ciudad. Ello no impidió que decretara diversas medidas enérgicas. Unos años pasaron. La ciudad y el distrito estaban en paz: sikhs y musulmanes habían depuesto las antiguas discordias y de pronto Glencairn desapareció. Naturalmente, no faltaron rumores de que lo habían secuestrado o matado.
Estas cosas las supe por mi jefe, porque la censura era rígida y los diarios no comentaron (ni siquiera registraron, que yo recuerde) la desaparición de Glencairn, tal vez ominipotente en la ciudad que una firma al pies de un decreto le destinó, era una mera cifra en los engranajes de la administración del Imperio. Las pesquisas de la policía local fueron del todo vanas; mi jefe pensó que un particular podría infundir menos recelo y alcanzar mejor éxito. Tres o cuatro días después (las distancias en la Indica son generosas) yo fatigaba sin mayor esperanza las calles de la opaca ciudad que había escamoteado a un hombre.
Sentí, casi inmediatamente, la infinita presencia de una conjuración para ocultar la suerte de Glencairn. No hay un alma en esta ciudad (pude sospechar) que no sepa el secreto y que no haya jurado guardarlo. Los más, interrogados, profesaban una ilimitada ignorancia; no sabían quién era Glencairn, no lo habían visto nunca, jamás oyeron hablar de él. Otros, en cambio, lo habían divisado hace un cuarto de hora hablando con Fulano de Tal, y hasta me acompañaban a la casa en que entraron los dos, y en la que nada sabían de ellos, o que acababan de dejar en ese momento. A alguno de esos mentirosos precisos le di con el puño en la cara. Los testigos aprobaron mi desahogo, y fabricaron otras mentiras. No las creí, pero no me atreví a desoírlas. Una tarde me dejaron un sobre con una tira de papel en la que había unas señas…
El sol había declinado cuando llegué. El barrio era popular y humilde; la casa era muy baja; desde la acera entreví una sucesión de patios de tierra y hacia el fondo una claridad. En el último patio se celebraba no se que fiesta musulmana; un ciego entró con un laúd de madera rojiza.
A mis pies, inmóvil como una cosa, se acurrucaba en el umbral un hombre muy viejo. Diré como era, porque es parte esencial de la historia. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Largos harapos lo cubrían, o así me pareció, y el turbante que le rodeaba la cabeza era un jirón más. En el crepúsculo alzó hacia mí una cara oscura y una barba muy blanca. Le hablé sin preámbulos, porque ya había perdido toda esperanza, de David Alexander Glencairn. No me entendió (tal vez no me oyó) y hube de explicar que era un juez y que yo lo buscaba. Sentí, al decir estas palabras, lo irrisorio de interrogar a aquel hombre antiguo, para quien el presente era apenas un indefinido rumor. Nuevas de la Rebelión o de Akbar podría dar este hombre(pensé) pero no de Glencairn. Lo que me dijo confirmó esta sospecha.
—¡Un juez! –articuló con débil asombro—. Un juez que se ha perdido y lo buscan. El hecho aconteció cuando yo era niño. No se de fechas, pero no había muerto aún Nikal Seyn (Nicholson) ante la muralla de Delhi. El tiempo que se fue queda en la memoria; sin duda soy capaz de recuperar lo que entonces pasó. Dios había permitido, en su cólera, que la gente se corrompiera; llenas de maldición estaban las bocas y de engaños y fraude. Sin embargo, no todos eran perversos, y cuando se pregonó que la reina iba a mandar un hombre que ejecutaría en este país la ley de Inglaterra, los menos malos se alegraron, porque sintieron que la ley es mejor que el desorden. Llegó el cristiano y no tardó en prevaricar y oprimir, en paliar delitos abominables y en vender decisiones. No lo culpamos, al principio; la justicia inglesa que administraba no era conocida de nadie y los aparentes atropellos del nuevo juez correspondían acaso a válidas y arcanas razones. Todo tendrá justificación en su libro, queríamos pensar, pero su afinidad con todos los malos jueces del mundo era demasiado notoria, y al fin hubimos de admitir que era simplemente un malvado. Llegó a ser un tirano y la pobre gente (para vengarse de la errónea esperanza que alguna vez pusieron en él) dio en jugar con la idea de secuestrarlo y someterlo a juicio. Hablar no basta; de los designios tuvieron que pasar a las obras. Nadie, quizá, fuera de los muy simples o los muy jóvenes, creyó que ese propósito temerario podría llevarse a cabo, por miles de sikhs y de musulmanes cumplieron su palabra y un día ejecutaron, incrédulos, lo que a cada uno de ellos había parecido imposible. Secuestraron al juez y le dieron por cárcel una alquería en un apartado arrabal. Después apalabraron a los sujetos agraviados por él, o (en algún caso) a los huérfanos y a las viudas, porque la espada del verdugo no había descansado en aquellos años. Por fin –esto fue quizá lo más arduo— buscaron y nombraron un juez para juzgar al juez.
Aquí lo interrumpieron unas mujeres que entraban en la casa.
Luego prosiguió, lentamente:
—Es fama que no hay generación que no incluya cuatro hombres rectos que secretamente apuntalan el universo y lo justifican ante el Señor: uno de esos varones hubiera sido el juez más cabal. ¿Pero dónde encontrarlos, si andan perdidos por el mundo y anónimos y no se reconocen cuando se ven y ni ellos mismos saben el alto ministerio que cumplen? Alguien entonces discurrió que si el destino nos vedaba a los sabios, había que buscar a los insensatos. Esta opinión prevaleció. Alcoranistas, doctores de la ley, skinhsque llevan el nombre de leones y que adoran a un Dios, hindúes que adoran muchedumbres de dioses, monjes de mahavira que enseñan que la forma del universo es la de un hombre con las piernas abiertas, adoradores del fuego y judíos negros integraron el tribunal, pero el último fallo fue encomendado al arbitrio de un loco.
Aquí lo interrumpieron unas personas que se iban de la fiesta.
—De un loco— repitió— para que la sabiduría de Dios hablara por su boca y avergonzara las soberbias humanas. Su nombre se ha perdido o nunca se supo, pero andaba desnudo por estas calles, o cubierto de harapos, contándose los dedos con el pulgar y haciendo mofa de los árboles.
Mi buen sentido se reveló. Dije que entregar a un loco la decisión era invalidar el proceso.
—El acusado aceptó al juez— fue la contestación—.
Acaso comprendió que dado el peligro que los conjurados corrían si los dejaban en libertad, sólo de un loco podía no esperar sentencia de muerte. He oído que se rió cuando le dijeron quién era el juez. Muchos días y noches duró el proceso, por lo crecido del número de testigos.
Se calló. Una preocupación lo trabajaba. Por decir algo, pre­gunté cuántos días.
—Por lo menos, diecinueve —replicó. Gente que se iba de la fiesta lo volvió a interrumpir; el vino está vedado a los musul­manes, pero las caras y las voces parecían de borrachos. Uno le gritó algo, al pasar.
—Diecinueve días, precisamente —rectificó—. El perro infiel oyó la sentencia, y el cuchillo se cebó en su garganta.
Hablaba con alegre ferocidad. Con otra voz dio fin a la his­toria:
—Murió sin miedo; en los más viles hay alguna virtud.
—¿Dónde ocurrió lo que has contado? —le pregunté—. ¿En una alquería?
Por primera vez me miró en los ojos. Luego aclaró con len­titud, midiendo las palabras:
—Dije que en una alquería le dieron cárcel, no que lo juz­garon ahí. En esta ciudad lo juzgaron: en una casa como todas, como ésta. Una casa no puede díferir de otra: lo que importa es saber si está edificada en el infierno o en el cielo.
Le pregunté por el destino de los conjurados.
—No sé —me dijo con paciencia—. Estas cosas ocurrieron y se olvidaron hace ya muchos años. Quizá los condenaron los hombres, pero no Dios.
Dicho lo cual, se levantó. Sentí que sus palabras me despedían y que yo había cesado para él, desde aquel momento. Una turba hecha de hombres y mujeres de todas las naciones del Punjab se desbordó, rezando y cantando, sobre nosotros y casi nos barrió: me azoró que de patios tan angostos, que eran poco más que largos zaguanes, pudiera salir tanta gente. Otros salían de las casas del vecindario: sin duda habían saltado las tapias… A fuerza de empujones e imprecaciones me abrí camino. En el último patio me crucé con un hombre desnudo, coronado de flores amarillas, a quien todos besaban y agasajaban, y con una espada en la mano. La espada estaba sucia, porque había dado muerte a Glencairn, cuyo cadáver mutilado encontré en las caballerizas del fondo”.

Temporal

un cuento de Anderssen Banchero

La figura de Anderssen Banchero se asocia a lo marginal por la poca visibilidad pública que tuvo durante su vida, por su tardía aparición en el mundo de las letras uruguayas y por lo originalísimo de su obra. El valioso rescate se lo debemos -no exclusivamente pero sí en gran medida- al crítico Heber Raviolo quién se encargó de editar sus libros, prologarlos y lanzarlos al mundo a través de su enorme proyecto Lectores de Banda Oriental. Marginal como muchos de sus mejores personajes, Banchero mantuvo su labor artísitica por fuera de los escenarios culturales, las reuniones sociales (con la excepción del grupo Asir) y el mundo de la prensa, del que estuvo prácticamente ausente hasta la década del 80´.

 

Ahora, en el invierno, el último ómnibus de Montevideo llega al parador alrededor de las once de la noche y bajamos siempre los mismos cuatro o cinco pasajeros, exhalando nubecitas de aliento que impregnan de humedad las bufandas de lana con que nos envolvemos la garganta y la boca. A esa hora es raro que en el parador haya algún otro parroquiano que los tres que tiritan alrededor de la mesa más apartada, también es raro que sus copas no estén vacías quizás desde hace horas. Igual se quedan allí hasta que cierran, hasta que don Alberto los tiene que echar a la calle.

Las calles están todas encharcadas y apenas se adivinan entre los fantasmas de los árboles que van surgiendo de la niebla uno a uno, cada pocos pasos.

Los tres parecen temer algo que los aguardara en el fondo de la noche y clavan en nosotros sumisas miradas de perros. Puede deberse a que mientras estemos los últimos pasajeros del ómnibus don Alberto no cierra o, acaso, sea una muda súplica para que alguno de nosotros les pague una copa.

Están siempre allí, en el fondo del bar, en el fondo de todas las cosas pareciera, magros, enjutos y encogidos como esos pajarracos de la costa que uno —estúpidamente— imagina que se deben morir de frío en el viento del mar. Son como tres desechos que hubieran traído a estas playas los vientos o la resaca y que aquí permanecen, apenas desgastándose en el aire salitroso, ajenos a todos los cambios, a que haya casitas nuevas y nuevas caras y a que las novedosas y fantasmales luces de mercurio estén encendidas por las noches entre los fantasmas de los árboles.

Remigio y Elíseo cuidan dos chalets que quedan vacíos en el invierno, ejercen desde allí, desde la mesa del bar, una especie de televigilancia. Ramón, bajo una hipotética ocupación de Jardinero, disimula el semi proxenetismo que ejerce sobre la vieja Teresa, una enana lavandera tan analfabeta que no conoce ni los números y hay que traducirle las boletas frente al pizarrón de la quiniela, a la que se juega casi todos los escasos pesos que gana con los lavados, aunque —se dice—Ramón le paga por eso y se queda con todo cuando ella acierta. Es curioso que juegue, no sé que clase de esperanzas puede alentar la pobre vieja.

Este año el 18 de Julio cayó en viernes, cosa de agradecerle a los próceres, y el jueves descendí del ómnibus pensando en que tenía por delante los tres días libres corridos que había estado esperando desde que a principios de año me regalaron el almanaque de la panadería; lo único que me interesa de los almanaques son los feriados y los días de cobrar el sueldo.

Ramón se paró allá, en el fondo del bar, y vino, tambaleándose, a recostarse al mostrador a mi lado. Sus estrafalarias ropas lo hacían parecerse a un murguista o a un payaso. Eran ropas viejas aunque increíblemente limpias debido a los lavados de la vieja Teresa, gastados hasta adquirir la textura de una tela de cebolla; el gorro de lana tejido al croché, de mujer —de la vieja seguramente— encasquetado hasta las orejas, el sobretodo que debió ser moda por milnovecientostreinta, con unas solapas triangulares que le cubrían hasta los hombros porque su primitivo dueño debió ser mucho más corpulento que Ramón, el pantalón una cuarta por encima de los tobillos porque debió haber pertenecido a un adolescente, y todo aquello con Ramón adentro, tiritando sobre unas alpargatas de suelas de yute tan gastadas que daba frío de sólo mirarlas sobre las heladas baldosas del piso.

Me miró como siempre, con aquella especie de súplica, mientras yo pensaba que resultaba torpe como una gaviota caminando en la orilla, hasta en los ojos tenía algo como de gaviota, algo que no llegaba a la expresión maligna de las aves de rapiña pero mucho más desprovisto de cualquier rastro de inteligencia. Tenía en la piel y en los ojos el mismo color, o la falta de color de esas maderas que salen del mar y hasta el mismo olor salino; quizás fue por eso que me hizo recordar a una gaviota. Hasta las profundas arrugas de su rostro parecían haber sido esculpidas por la arena y el salitre en vez de haberlo sido por los años o los sufrimientos, como esas arrugas de las extrañas maderas náufragas.

—¿Usted se acuerda de mi perrito?—, farfulló gangosamente.

A sus espaldas vi la expresión de un tipo muy alto que siempre viaja conmigo en el ómnibus; se sonreía con Don Alberto mientras nos miraban.

—¿Se acuerda que tenía una patita rota, el pobrecito?— balbuceó mientras las lágrimas le corrían hasta el mentón como si las arrugas fueran canaletas. Lo convidé con una copa.

—¿Hay alguien? ¿Puede haber alguien capaz de matar a un perrito con una patita rota; eh?—preguntó entre pucheros.

—Usted se acuerda de él ¿verdad? ¿Se acuerda que era negrito y tenía una manchita blanca en el pecho? ¿Se acuerda que me seguía a todos lados? ¿Cuántas veces lo vio esperándome aquí mismo, en la puerta del boliche?

Yo estaba seguro de haber visto un perrito así y hasta miré hacia la puerta como si pudiera verlo allí todavía.

Le dije a Ramón que qué se iba a hacer, porque decirle que a todos nos va a llegar la hora, o no somos nada, como se estila, me pareció exagerado tratándose de un perro.

Apuró la caña y poniéndome un dedo en el pecho, como el caño de una pistola, afirmó:

—Pero yo sé quién fue. Esté tranquilo que yo sé quién fue.

Le dije que estaba tranquilo y lo convidé con otra copa. Miró desconfiadamente, de costado, como una gaviota dispuesta a alzar el vuelo, las risueñas expresiones de don Alberto y el tipo alto y, aproximándome la cabeza envuelta en una nube de aliento a caña. me dijo en voz baja:

—Fue el vecino de al lado de mi casa, siempre la tenía con que el perrito le escarbaba en el terreno. ¿A usted le parece que un perrito con una patita rota puede escarbar en el terreno de ese tipo?

—Es evidente que a un perrito con una patita rota le debe resultar sumamente difícil escarbar en ese terreno o en cualquier otro— le dije.

—¿Verdad? ¿Verdad? —lloró. —Págueme otra caña, don— se animó.

—Lo ahorcó con un alambre— contó, como si se sintiera en la obligación de retribuirme la caña con el relato. —¡Con un alambre! ¡Y lo tuvo todo el día colgado de un árbol para que yo lo estuviera viendo desde la puerta de mi casa!

El relato me pareció conmovedor y terrible, sobre todo aquel detalle del alambre, del perrito colgado de un árbol, frente a la puerta de Ramón.

Otra vez tenía la copa vacía y mandó servir.

—Paga el señor— dijo.

—Lo crié de chiquito así— contó después de beber un trago, juntando las manos como si tuviera entre ellas un puñado de maníes y se las miró tiernamente, con lágrimas en los ojos, como si en aquel hueco estuviera todavía el perrito recién nacido.

De haber tomado un par de copas más quizás yo también me hubiera puesto a llorar, por eso opté por dejarlo solo junto al mostrador y las copas vacías. Sentí, cuando me iba hacia la puerta, que miraba mis espaldas con hondo reproche por lo que pudo considerar indiferencia de mi parte y también me pareció que el tipo alto y don Alberto se divertían con su desgracia.

En la madrugada y del lado del mar, como siempre, se levantó un temporal de viento y agua. Algún refusilo o algún trueno que hizo vibrar los vidrios de la ventana lograron despertarme a medias. Enseguida volví a hundirme en el sueño, en medio de la furia del aguacero. Desperté a una mañana sobre la que pasaba un plúmbeo cielo invernal, a un encharcado paisaje arenoso, con la desolada sensación de que tenía tres días vacíos, perdidos en mi vida. A la nochecita procuré distraerme mirando por televisión un desfile militar que podía haber sido el del año pasado o el de cualquier otro año donde ya estuviera inventada la televisión, un desfile entre edificios tan empapados como las casitas y los pinos de los alrededores, y me quedé dormido con la monotonía de los uniformes, los bronces y tambores de las bandas y la lluvia; cuando desperté ya habían terminado las señales del oeste y demás puntos cardinales y yo tenia algunas horas menos que perder; lo malo era que seguramente por mucho rato no iba a poder volver a dormir. Solamente así se me pudo ocurrir recordar lo que me había contado Ramón en el parador.

Hay pensamientos, estados de ánimo nocturnos que no se desvanecen con la luz matinal y, además, la luz de un lluvioso día de mediados de Julio no es suficiente para desvanecer nada como no sean las ganas de vivir y sólo así se explica que me haya pasado todo el sábado pensando en Ramón y en la vieja Teresa, mientras miraba por la ventana el enanito rojo con el pico al hombro mojarse pacientemente sobre el pasto empapado, o, mirando por la ventana del fondo, de la cocina, el mar del invierno más allá de los médanos, revuelto por aquel viento que llenaba todo de frío y arena.

Imaginaba que no había más playa, que las olas debían habérsela tragado y estuve tentado de ir a ver el mar que, hasta donde se perdiera en la niebla, hasta donde el agua salada se confundiera con la de la lluvia, sería para mí solo, quizás también para alguna gaviota solitaria, pero esa clase de cosas no les interesan a las gaviotas por más que miren y miren el mar como si pensaran en lugares remotos. No debía quedar ninguna en la costa, hacía casi dos días que soplaba recio del sur y todo el tiempo había estado sintiéndolas pasar tierra adentro, graznando indignadas sobre los techos y los árboles.

Allá abajo, en la costa, debían quedar nada más que Ramón y la vieja Teresa metidos en las ruinas de lo que debió ser una barraca de pescadores, o un puesto de resguardo o la vivienda de algún solitario que en algún tiempo estuvo perdida entre los arenales. Estarían mirando volarse en aquel viento las últimas pajas que le quedaban al ruinoso techo de quincha, buscando entre las paredes algún rincón que no se lloviera, mucho más solos ahora que les faltaba el perrito. Habrían encendido sobre el piso un fuego de cualquier cosa, de esas maderas que salen del mar y que el salitre hace estallar como cohetes al quemarse. Las olas debían haber rodeado la tapera, debían estar a su puerta. El agua nunca había entrado en ella porque estaba arriba de un médano, pero esa noche, para ir al boliche, Ramón iba a tener que mojarse hasta el culo.

Si fuera pintor me hubiera gustado pintar aquella ruina contra el marrón turbio de mar y la arena que las olas ensucian de petróleo y de cualquier clase de porquerías cuando el viento sopla del lado de Montevideo, pintar todo eso en un día sin viento, aunque no en verano, cuando los colores de los trajes de baño y las sombrillas playeras de los bañistas le quitan toda la desolación, la grandeza y hasta la seriedad al paisaje. Pintarlo en un día gris y desolado, con alguna vieja chalana volcada en la playa. Una vez vi un cuadro así y me pareció que la vida del pintor tenía sentido, estaba justificada. Pero esa noche no pensé en un cuadro, pensé en aquellos dos infelices y me dio tristeza o frío, o las dos cosas.

Cuando encendiera el fuego de la estufa de leña iba a tratar de olvidarlos para no amargarme también la felicidad de tomar vino mirando las llamas, me iba a bastar para eso pensar lo que todo el mundo pensaba de Ramón. Pero cuando a la noche encendí el fuego y puse la botella cerca de las llamas para entibiarla lo único que había logrado fue que al recuerdo de aquellos dos pobres diablos que se estaban muriendo de frío en la tapera de la costa, se sumara el de aquel perrito negro con una patita rota que yo había visto mil veces renqueando patéticamente por las calles. Tenía una mirada mansa, resignada y triste en los ojos amarillos.

El recuerdo se me hizo insoportable y me amargó la módica felicidad de tomar vino en la noche, mirando el resplandor de las llamas en el techo y las paredes. Dejé apagar el fuego y sentí que el aire se ponía helado y espeso como una gelatina. Encendí la luz para leer algo, pero terminé por meterme entre las cobijas, tiritando.

Al otro día se lo comenté a don Alberto, volví a compadecerme de Ramón mirando por el ventanal del parador la cansada llovizna sin viento que el temporal había abandonado en la costa como a un corredor cansado, incapaz de seguir su carrera.

—Viven allá abajo, solos como ratas —dijo don Alberto— y no tiene ningún vecino en varias cuadras a la redonda, nadie que pueda colgarles un perrito de un árbol a la vista de ellos. Adentro de la playa no hay árboles y, además, Ramón y la vieja nunca tuvieron perro.

—Quizás les haga falta un perrito— dije.

—En ese caso le van a hacer falta muchos perritos, ya van como cien que mata, o van como cien veces que mata al mismo perro —contestó don Alberto, riéndose detrás del mostrador, mientras yo pensaba que en adelante, por más temporal, por más lluvia y viento que hubiera, los días libres iba a salir lo mismo a caminar por la playa.

Abaddón, el exterminador (Fragmentos de la obra)

Autor: Ernesto Sábato

“En cualquier caso, fuera como fuera, era paz lo que seguramente ansiaba y necesitaba, lo que necesita todo creador, alguien que ha nacido con la maldición de no resignarse a esta realidad que le ha tocado vivir; alguien para quien el universo es horrible, o trágicamente transitorio e imperfecto. Porque no hay una felicidad absoluta, pensaba. Apenas se nos da en fugaces y frágiles momentos, y el arte es una manera de eternizar (de querer eternizar) esos instantes de amor o de éxtasis; y porque todas nuestras esperanzas se convierten tarde o temprano en torpes realidades; porque todos somos frustrados de alguna manera, y si triunfamos en algo fracasamos en otra cosa, por ser la frustración el inevitable destino de todo ser que ha nacido para morir; y porque todos estamos solos o terminamos solos algún día: los amantes sin el amado, el padre sin sus hijos o los hijos sin sus padres, y el revolucionario puro ante la triste materialización de aquellos ideales que años atrás defendió con su sufrimiento en medio de atroces torturas; y porque toda la vida es un perpetuo desencuentro, y alguien que encontramos en nuestro camino no lo queremos cuando él nos quiere, o lo queremos cuando él ya no nos quiere, o después de muerto, cuando nuestro amor ya es inútil; y porque nada de lo que fue vuelve a ser, y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día, y nuestra casa de infancia ya no es más la que escondió nuestros tesoros y secretos, y el padre se muere sin habernos comunicado palabras tal vez fundamentales, y cuando lo entendemos ya no está más entre nosotros y no podemos curar sus antiguas tristezas y los viejos desencuentros; y porque el pueblo se ha transformado, y la escuela donde aprendimos a leer ya no tiene aquellas láminas que nos hacían soñar, y los circos han sido desplazados por la televisión, y no hay organitos, y la plaza de infancia es ridículamente pequeña cuando la volvemos a encontrar”

Le voy a hacer una confesión, Sabato: yo no quise venir a este mundo, no hice ninguna seña. Estaba tan cómodo que cuando me tocó salir me resisití, me puse de culo. Pero me sacaron igual, a la fuerza. Siempre a la fuerza, en nombre de lo mejor. Ahí nomás comprendí que este mundo no poía ser más que una cagada. A usted también le debe de haber pasado algo semejante. Perdimos, ya sé. Pero ahora nos toca aguantar piola. Somos dos tipos que van a cantar las cuarenta, es decir dos desgraciados. Yo tengo ventaja de superarlo en ignorancia.

*
Sí, es cierto, la inmensa mayoría escribe por motivos subalternos. Porque busca fama o dinero, porque tiene facilidad, porque no resiste la vanidad de verse en letra impresa, por distracción o por juego. Pero quedan los otros, los pocos que cuentan, los que obedecen a la oscura condena de testimoniar su drama, su perplejidad en un universo angustioso, sus esperanzas en medio del horror, la guerra o la soledad. Son los grandes testigos de su tiempo, muchachos. Son seres que no escriben con facilidad sino con desgarramiento.

*
En el momento en que el artísta se sumerge en el inconsciente, como cuando te dormís. Pero luego sucede un segundo momento, que es de expresión, observa bien: de ex-presión, de presión hacía afuera. Por eso el arte es liberador y el sueño no, porque el sueño no sale. El arte sí, es un lenguaje, un intento de comunicación con otros.

*
Hace tiempo, un crítico alemán me preguntó por qué los latinoamericanos teníamos grandes novelistas pero no grandes filósofos. Porque somos bárbaros, le respondí, porque nos salvamos, por suerte, de la gran escisión racionalista.

*
Porque aquella Alejandra que perduraba en el espíritu de Martín, que candente aunque fragmentaria se había mantenido en el corazón y en la memoria del muchacho, como brasas ocultas entre cenizas, se mantendría mientras Martín viviese, y mientras él mismo, Bruno, y acaso Marcos Molina y hasta Bordernave y otros seres (magnánimos o siniestros, remotos o cercanos) que alguna vez habían participado de su alma, de algún fragmento maravilloso o infame de su espíritu.

*
El infierno está aquí.

*
[…] le preguntó si la quería.
-Tu pregunta es idiota- respondió Martín con aflicción y desconsuelo.

Hasta luego

Autor: Nicanor Parra

Ha llegado la hora de retirarse
Estoy agradecido de todos
Tanto de los amigos complacientes
Como de los enemigos frenéticos
¡Inolvidables personajes sagrados!

Miserable de mí
Si no hubiera logrado granjearme
La antipatía casi general:
¡Salve perros felices
Que salieron a ladrarme al camino!
Me despido de ustedes
Con la mayor alegría del mundo.

Gracias, de nuevo, gracias
Reconozco que se me caen las lágrimas
Volveremos a vernos
En el mar, en la tierra donde sea.
Pórtense bien, escriban
Sigan haciendo pan
Continúen tejiendo telarañas
Les deseo toda clase de parabienes:
Entre los cucuruchos
De esos árboles que llamamos cipreses
Los espero con dientes y muelas.

Llegó tan hondo el beso…

Autor: Miguel Hernández

Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó los muertos.
El beso trajo un brío
que arrebató la boca de los vivos.
El hondo beso grande
sintió breve los labios al ahondarse.
El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos.

Alma música

Autor: Nicolás Guillén

Yo soy borracho. Me seduce el vino
luminoso y azul de la Quimera
que pone una explosión de Primavera
sobre mi corazón y mi destino.
Tengo el alma hecha ritmo y armonía;
todo en mi ser es música y es canto,
desde el réquiem tristísimo de llanto
hasta el trino triunfal de la alegría.

Y no porque la vida mi alma muerda
ha de rimar su ritmo mi alma loca:
aun mas que por la mano que la toca
la cuerda vibra y canta porque es cuerda.
Así, cuando la negra y dura zarpa
de la muerte destroce el pecho mío,
mi espíritu ha de ser en el vacío
cual la postrera vibración de un arpa.
Y ya de nuevo en el astral camino
concretara sus ansias de armonía
en la cascada de una sinfonía,
o en la alegría musical de un trino.

El silencio de las sirenas

Autor: Frank Kafka

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

 

Imágen: Ulises y las sirenas, grabado que imita una vasija griega antigua (siglo XIX)

Encuentros

Autor: Darío Jaramillo Agudelo

 

Afuera el frío viento
el ocre del sol en el crepúsculo,
el azul de un solo tono en todo el cielo,
y tú lejos,
y tú lejos.
* * * * *
Apuro esta euforia,
como un vino escaso la apuro hasta sus más íntimos delirios.
Perfume preciso que aletea en la alcoba,
aroma de la expulsión de los demonios,
viento fresco el cuerpo del amor.
Ajeno a toda zozobra
me convierto en brizna de la nada entre el amor,
oh alegría, azúcar de mi noche.
* * * * *
Arrodillado te degusto
te lamo y lamo
olfateo cada parte de ti
te aprendo con labios y nariz
te estremezco y ensalzo
subo y bajo
lengua de pezón a pubis
lengua de boca a oreja
interminable.

Preguntas

Autor: Juan Gelman

ya que navegas por mi sangre y conoces mis límites y me despiertas en la mitad del día para
acostarme en tu recuerdo y eres furia de mí paciencia para mí dime qué diablos hago por qué
te necesito quién eres muda sola recorriéndome razón de mi pasión por qué quiero llenarte
solamente de mí y abarcarte acabarte mezclarme a tus huesitos y eres única patria contra las
bestias el olvido