“Y el pan nuestro”

Autor: Juan Carlos Onetti

Sólo conozco de ti
la sonrisa gioconda
con labios separados
el misterio
mi terca obsesión
de desvelarlo
y avanzar porfiado
y sorprendido
tanteando tu pasado

Sólo conozco
la dulce leche de tus dientes
la leche plácida y burlona
que me separa
y para siempre
del paraíso imaginado
del imposible mañana
de paz y dicha silenciosa
de abrigo y pan compartido
de algún objeto cotidiano
que yo pudiera llamar
nuestro

 

“Historia de la noche”

Autor: Jorge Luis Borges

A lo largo de sus generaciones
los hombres erigieron la noche.
En el principio era ceguera y sueño
y espinas que laceran el pie desnudo
y temor de los lobos.
Nunca sabremos quién forjó la palabra
para el intervalo de sombra
que divide los dos crepúsculos;
nunca sabremos en qué siglo fue cifra
del espacio de estrellas.
Otros engendraron el mito.
La hicieron madre de las Parcas tranquilas
que tejen el destino
y le sacrificaban ovejas negras
y el gallo que presagia su fin.
Doce casas le dieron los caldeos;
infinitos mundos, el Pórtico.
Hexámetros latinos la modelaron
y el terror de Pascal.
Luis de León vio en ella la patria
de su alma estremecida.
Ahora la sentimos inagotable
como un antiguo vino
y nadie puede contemplarla sin vértigo
y el tiempo la ha cargado de eternidad.

Y pensar que no existiría
sin esos tenues instrumentos, los ojos.

 

De: “Historia de la noche”, 1976
Recogido en: Jorge Luis Borges – Poesía Completa
Ed. Lumen 2011©

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“Sobre el mapa de casa”

Autor: José Antonio Labordeta

Sobre el mapa de casa
el comedor vacío,
la cocina agrietada
y un grito como de pan
sobre una vieja silla arrinconada.

Sobre el mapa de casa
cachivaches vacíos perdidos,
muñecos desguazados,
desvanes entreabiertos,
cuartos abandonados
y esperanzas perdidas para siempre.

Sobre el mapa de casa
la soledad a cuestas,
un libro de recuerdos
el quijote previsto,
y un muchacho asustado
del ímpetu brutal de los estíos.

Sobre el mapa de casa
los recuerdos,
las ventanas vacías,
los olvidos,
y mi padre llamándome a pedazos
los domingos.

Sobre el mapa de casa
ya ha crecido la yedra
en su recinto.

 

 

“Entremos”

Autor: José Pedroni

Esta es nuestra casa.
Entremos.
Para ti la hice
como un libro nuevo,
mirando, mirando,
como la hace el hornero,

Tuya es esta puerta;
tuyo este antepecho,
y tuyo este patio
con su limonero.

Tuya esta solana
donde en el invierno
pensará en tus párpados
tu adormecimiento.

Tuyo este emparrado
que al ligero viento
moverá sus sombras
sobre tu silencio.

Tuyo este hogar hondo
que reclama el leño
para alzarte en humo,
para amarte en fuego.

Tuya esta escalera
por la cual, sin término,
subirás mi nombre,
bajaré mis versos.

Y tuya esta alcoba
de callado techo,
donde, siempre novios,
nos encontraremos.

Esta es nuestra casa.
¡Hazme el primer fuego!

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Ceniza

Autor: Roque Dalton

Finaliza septiembre. Es hora de decirte
lo difícil que ha sido no morir.

Por ejemplo, esta tarde
tengo en las manos grises
libros hermosos que no entiendo,
no podría cantar aunque ha cesado ya la lluvia
y me cae sin motivo el recuerdo
del primer perro a quien amé cuando niño.

Desde ayer que te fuiste
hay humedad y frío hasta en la música.
Cuando yo muera,
sólo recordarán mi júbilo matutino y palpable,
mi bandera sin derecho a cansarse,
la concreta verdad que repartí desde el fuego,
el puño que hice unánime
con el clamor de piedra que exigió la esperanza.

Hace frío sin ti. Cuando yo muera,
cuando yo muera
dirán con buenas intenciones
que no supe llorar.
Ahora llueve de nuevo.
Nunca ha sido tan tarde a las siete menos cuarto
como hoy.

Siento deseos de reír
o de matarme.

 

 

Inventos medievales

La Edad Media proporcionó a Europa una nueva invención: el reloj mecánico, un ingenio fascinante que transformó la vida de los habitantes de las ciudades e introdujo en el mundo occidental los valores de precisión y eficacia

Relojes solares

Reloj de sol en el pórtico real de la catedral de chartres.

Algo pasó en el atrasado Viejo Continente durante los siglos XIV y XV para que en unas décadas se fabricasen numerosos relojes mecánicos en Europa central y occidental. Aún hoy se pueden admirar muchos de esos mecanismos, que alcanzaron niveles de perfección sorprendentes. En 1344, Padua ya había instalado un reloj público, y Génova, Bolonia y Ferrara construyeron los suyos en 1353, 1356 y 1362 respectivamente. En 1359, la catedral de Chartres disponía de dos relojes como signo de prestigio y magnificencia, y Lyon se dotó del suyo en 1383.

El tiempo pasa ante los fieles

La catedral de Chartres contaba con dos grandes relojes a mediados del siglo XIV. Éste se halla en el trascoro, y fue restaurado entre 2006 y 2008.

 

La pasión por estos ingenios se extendió por las islas Británicas, donde en 1392 se instaló un reloj en la catedral de Wells, alcanzó el Báltico alemán, donde en 1379 Rostock erigió un reloj (hoy perdido), y prendió en ciudades situadas tan al norte como Lund, en Suecia, que tuvo su reloj en 1424, o ubicadas tan al este como Olomuc, en Moravia, que en 1420 también disponía de reloj. La pasión por los relojes no era el resultado de un interés más amplio por las artes mecánicas. Aquel Occidente relojero no era muy diestro en la obtención y el uso del metal, y solo mostró interés por la construcción de piezas de artillería, además de por la fabricación de relojes. Entonces, ¿de dónde procedía semejante interés por la relojería?

Tiempo antiguo y nuevo

El dios del tiempo, Cronos, con un reloj de arena, regula el mecanismo de un reloj de escape en el Triunfo del tiempo, un óleo sobre tabla de Jacopo di Sellaio. 1480-1490. Museo Bandini, Fiesole.

Las clepsidras de Oriente

En el siglo X, Europa contaba poco en cuanto a habilidades tecnológicas, ámbito que dominaban dos civilizaciones: la china y la islámica. En una época tan temprana como el siglo IX, una embajada del califa Harun al-Rashid ofreció al emperador Carlomagno un reloj mecánico que despertó suficiente admiración como para ser registrado de forma detallada en los anales.

En el Imperio chino, fecundo y creativo, se creó uno de los relojes más perfectos de aquellos tiempos. Los astrónomos chinos concibieron la idea de fabricar un mecanismo que reprodujera el tiempo de los cielos, y entre los siglos X y XI se idearon varios prototipos. El más famoso fue el reloj de Su Song, construido en 1094 y cuyo funcionamiento dejó maravillados a todos los contemporáneos.

El sol, un reloj natural

La jornada diaria se regía en el campo por el nacimiento y la puesta del sol, y en las ciudades por el continuo tañido de decenas de campanas.

 

Esos ingeniosos artefactos combinaban el conocimiento de las artes mecánicas y el saber en astronomía de la sociedad china, acostumbrada a interesarse por el comportamiento de los cielos. Se podría pensar que el arte de la relojería se transmitió a Occidente de la misma forma que la fabricación de pólvora o el desarrollo de la industria del papel, a través de la Ruta de la Seda. Pero esto no sucedió: los relojes fueron una innovación occidental.

En realidad, los relojes chinos y los árabes fueron el último estadio evolutivo de una especie que colapsó: la de las clepsidras, que utilizaban el flujo del agua para medir el tiempo. Se las podría comparar con los enormes dinosaurios que fueron los últimos de su especie. Probablemente los relojes astronómicos chinos fueron clepsidras gigantes con reguladores hidráulicos, como muestran los dibujos conservados, y se fabricaron como mecanismos casi únicos al servicio de los emperadores. En cambio, los relojes europeos no nacieron para expresar el tiempo de los astros y del emperador, sino para medir el tiempo de los hombres.

Las horas, un espectáculo

Entre los grandes relojes astronómicos de Europa destaca el de la catedral de Estrasburgo, construido en el siglo XVI, cuando dejó de funcionar el realizado en 1354.

 

El acicate de las innovaciones tecnológicas estuvo relacionado con dos acontecimientos culturales europeos: el desarrollo de las órdenes religiosas, en especial del Cister, y el nacimiento de ciudades industriosas, islas de innovación en un mar feudal. Los monjes y los habitantes de las ciudades, los burgueses, debían atender a horarios que no podían regularse con la puesta y la salida del sol. Necesitaban medir tiempos intermedios de forma precisa.

Del monasterio a la ciudad

En los monasterios se inventaron mecanismos que ayudaron a los monjes a conocer con precisión las horas de los rezos durante el día y la noche, y es en ese marco donde cabe imaginar que en torno al año Mil nacieran los primeros relojes mecánicos. Desde el siglo X, con el nuevo impulso que el comercio y las manufacturas imprimieron a la vida urbana en Occidente, las ciudades adquirieron gran prosperidad e impulsaron la construcción de relojes mecánicos que permitían regular los trabajos urbanos.

Fabricantes de relojes

Relojeros en una miniatura de De Sphaera, por Cristoforo de Predis. (1440-1486).

 

En monasterios y ciudades el ritmo de trabajo era artificial, a diferencia de lo que ocurría en el campo, cuyo ritmo de trabajo era natural, regido por la trayectoria del sol. Y un ritmo de trabajo artificial debía medirse con un tiempo artificial y un mecanismo que no tenía por qué emular el ritmo de los astros. Así surgió en Occidente el reloj mecánico, que se convertiría en el representante más genuino de su filosofía de la vida y de su filosofía económica, introduciendo valores nuevos como la precisión y la eficacia.

Aunque los monasterios fueron la cuna del reloj mecánico, éste llegó a la mayoría de edad en las ciudades. La actividad de los mercaderes y el trabajo de los artesanos necesitaban una regulación. Las campanas fueron los primeros objetos utilizados para ello. Cada campana tenía su timbre y volumen característico, y las ciudades se inundaron de campanas que marcaban las diferentes horas con su repiqueteo. Las había en las iglesias y también en los lugares de trabajo, donde señalaban el comienzo y el fin de la jornada; otras anunciaban la apertura y el cierre de las puertas de la ciudad. Cada día las urbes se poblaban del sonido de campanas y cada tañido daba cuenta de una actividad.

Máquinas para dar la hora

A la vez que se construían campanas y campanarios, se fabricaron mecanismos capaces de mover aquellos carillones, y tales artilugios, que importaron la tecnología de los monasterios, fueron los precedentes de los relojes mecánicos.El objeto de estos primitivos relojes era “dar la hora” con el sonido de una campana; de ahí que el término inglés clock, “reloj”, sea muy cercano al alemán glocke y al francés cloche, que significan “campana”.

Para cumplir esta función, se desarrolló una tecnología nueva que no se basaba en el fluir del agua, sino en la acción de un peso que cuelga de una cuerda enrollada en un eje: cuando el peso se halla en lo más alto del recorrido, tira de la cuerda y al desenrollarla mueve el mecanismo asociado al vástago. Esa clase de mecanismo tenía el mismo problema que las clepsidras: en caso de no ponerles freno, pesos y corrientes de agua movían el mecanismo de forma continua y a veces acelerada. El tiempo era un fluir continuo, pero para construir el reloj era necesario cortarlo, convertirlo en una sucesión de fragmentos: las unidades de tiempo que ahora llamamos minutos y segundos.

La invención del escape

Para frenar ese flujo continuo se necesitaba un regulador o escape del que ya disponían las grandes clepsidras de Su Song, aunque en el caso de los nuevos relojes de pesas se ideó un sistema oscilante que frenaba y liberaba la caída del peso. El invento del escape, la pieza que regulaba el movimiento de aquellos primeros ingenios, hizo posible construir relojes que al principio eran muy pesados y se alojaban en torres especiales.

Pero también permitió que poco a poco se idearan mecanismos de menor volumen. La historia del reloj es parte de la historia de la miniaturización: los pesos se sustituyeron por muelles, los relojes pasaron de las torres a las habitaciones, después a los aparadores de las casas, luego a los bolsillos de sus poseedores y finalmente a las muñecas de su propietario. Es difícil imaginar un recorrido semejante para las magníficas clepsidras chinas.

Este proceso de miniaturización estuvo acompañado por el interés en mejorar la precisión; si la campana debía sonar a una hora convenía que fuera lo más exacta posible. Los mecanismos basados en las pesas o en los muelles, desarrollados a partir del siglo XV, resultaron ser mucho más dúctiles a la hora de mejorar la precisión de su funcionamiento. Mientras, en las catedrales y los edificios civiles más orgullosos de Europa se construían fantásticos relojes astronómicos que mostraban el curso de los cuerpos celestes. Cuando los jesuitas, encabezados por Mateo Ricci, llegaron a China a finales del siglo XVII, los únicos regalos que sorprendieron a sus sofisticados gobernantes fueron los relojes mecánicos con campanas que tocaban solas.

 

Artículo compartido desde www.nationalgeographic.com

El viaje de las almas al Más Allá. El infierno de los griegos

Según la mitología, tras la muerte las almas de los hombres iban a parar a un lúgubre reino subterráneo, gobernado por el terrible dios Hades y su esposa Perséfone. Héroes como Orfeo, Heracles o Ulises se atrevieron a visitarlo

El guía de las almas en los infiernos

Hermes, mensajero de los dioses y guía de las almas hacia el inframundo, aparece rodeado de los espíritus de los difuntos que esperan a orillas del Estige para ser transportados por Caronte al reino de Hades. Óleo por Adolf Hirémy-Hirschl. 1898. Galería Belvedere, Viena.

 

Al igual que el cristianismo y otras religiones creen en un Más Allá donde pervive el alma, los griegos de la Antigüedad también imaginaban un inframundo al que las almas de hombres y mujeres eran conducidas tras su muerte. Para los griegos, el reino de los muertos estaba bajo el poder de Hades, hermano de Zeus y Poseidón. Estos tres dioses viriles y barbados, que encarnan la masculinidad regia en el panteón griego, se repartieron los diversos ámbitos de nuestro mundo tras derrocar a su tiránico padre Crono y vencer a los poderosos Titanes en una épica lucha por el dominio del universo.

 

La pasión del dios infernal

Este magnífico grupo escultórico, obra de Gian Lorenzo Bernini, recrea el rapto de Perséfone por el dios Hades, soberano del inframundo, contemplado por el can Cerbero. 1622. Galería Borghese, Roma.

 

Conocer el Más Allá

 

La visión que tenían los griegos del Más Allá cambió con el tiempo. Al principio, el inframundo o Hades –como se le llamaba por el dios que lo gobernaba– parecía un lugar poco deseable, como cuenta a Odiseo (el Ulises romano) la sombra del héroe Aquiles en un episodio de la Odisea de Homero; Aquiles manifiesta su deseo de volver a la tierra como sea, incluso como un simple jornalero. Sin embargo, al menos desde el siglo VI a.C. se empezó a ver el Más Allá desde una perspectiva ética, con una división de los muertos entre justos e injustos a los que corresponden premios o castigos según su comportamiento en vida. Así, se creía que los justos se dirigían a un lugar placentero en el Hades, los Campos Elíseos, o a las Islas de los Bienaventurados, el reino idílico del viejo Crono, convertido en soberano de ese Más Allá. Seguramente esta nueva concepción del inframundo obedecía al desarrollo de la idea de la inmortalidad del alma, e incluso a la introducción del concepto de reencarnación por parte de algunas sectas religiosas y filosóficas.

La geografía del inframundo

Las múltiples descripciones del Hades por autores antiguos y modernos permiten representar el desolador paisaje del infierno de los griegos, repleto de lugares horrendos. Tras entrar por cualquiera de las bocas del infierno existentes, el difunto se dirigía a la orilla del Estige, el río que rodea el inframundo y que cruzaba a bordo de la barca de Caronte. En la otra ribera el alma se encontraba con el guardián Cerbero y con los tres jueces del inframundo. Los autores explican que en su penar por el Hades las almas encuentran tres ríos de infausto recuerdo: el Aqueronte o río de la aflicción, el Flegetonte o río ardiente y el Cocito, el río de los lamentos. También separan nuestro mundo del Más Allá otros lugares prodigiosos, como las aguas del Leteo, el río del Olvido, que John Milton describe en su Paraíso perdido. Las almas de los justos van a parar a lugares felices como los Campos Elíseos o las Islas de los Bienaventurados. Los iniciados en los misterios, que a veces se hacían enterrar con instrucciones para emprender su viaje, se aseguraban la llegada sin problemas a los Campos Elíseos invocando el poderoso nombre de Deméter, Orfeo o Dioniso. Por último estaba el Tártaro, lugar de tormento eterno donde iban a parar los condenados.

 

El deseo de conocer cómo era el Más Allá para encajar nuestra alma mejor en él propició el desarrollo de uno de los motivos más fascinantes de la cultura griega:el descenso a los infiernos o katábasis. La literatura griega posee numerosos relatos sobre héroes míticos o épicos, así como filósofos o figuras chamánicas, que descendían al reino de Hades para cumplir una misión, obtener conocimiento religioso o, simplemente, probar la experiencia mística de morir antes de la muerte física para conseguir un saber privilegiado. Una de las historias más famosas es la del cantor Orfeo, figura mítica que se convertiría en patrón de una secta mistérica de gran predicamento, que garantizaba a sus iniciados una vida más feliz después de la muerte. Otros héroes viajeros, como Odiseo y Eneas, o figuras divinas como Dioniso y Hefesto, coinciden en la peripecia de ida y vuelta al inframundo.

Hipnos y Tánatos

En las tumbas, sobre todo las femeninas, se acostumbraba a disponer como ofrenda un tipo de cerámica característico, el lécito, de color blanco y decorado con escenas apenas esbozadas. El que se reproduce junto a estas líneas, atribuido al llamado pintor de Tánatos, muestra a los gemelos Hipnos y Tánatos levantando el cuerpo de un guerrero. Siglo V a.C. Museo Británico, Londres.

Hubo asimismo figuras semilegendarias a las que se atribuyó un especial conocimiento del Más Allá gracias al vuelo del alma o démon para visitar esas regiones antes de su hora postrera. Un ejemplo es Abaris, un mítico sacerdote de Apolo Hiperbóreo que, según la leyenda, viajaba sobre una flecha de oro voladora y era amigo de Pitágoras. O Zalmoxis, un chamán tracio del que se cuentan extrañas noticias sobre un descenso subterráneo para mostrar que era capaz de morir y renacer. Otro caso es el del viajero y poeta Aristeas de Proconeso, del que se contaba que cayó muerto en un batán y luego fue visto en distintos lugares. Decía de sí mismo que había acompañado a Apolo en un viaje espiritual transformado en cuervo. También el filósofo Pitágoras realizó varios descensos al otro mundo a través de grutas.

Cortejo funerario

En los entierros, las mujeres iban detrás del cortejo y sólo podían acudir si tenían más de 60 años, a no ser que fueran familiares próximas. En cambio, para los ritos fúnebres se contrataban flautistas, cantantes, plañideras y danzantes, como las que aparecen en esta escena, procedente de una tumba de Ruvo, en la Campania, del siglo IV a.C.

 

Entradas infernales

Tan enraizada estaba durante la Antigüedad la creencia en el inframundo, que existían numerosas tradiciones que situaban la entrada al infierno en puntos geográficos concretos. Podía tratarse de lagunas, pues el agua era el elemento conductor por excelencia, como el lago del Averno, cerca de Nápoles, que ocupa el cráter de un volcán extinto y cuyos gases tóxicos acababan con la vida de las aves que intentaban anidar en sus proximidades. También podía tratarse de grietas en el suelo, como la que se abría bajo el Plutonio o Puerta de Plutón en Hierápolis (actual Turquía), o una fisura en Sicilia, en la antigua Ena, por donde se decía que Hades salió del inframundo para raptar a Perséfone.

Los jueces del inframundo

Gustave Doré realizó en el siglo XIX esta inquietante pintura en la que aparecen los tres grandes jueces del inframundo: Minos, Radamantis y Éaco, entronizados y dispuestos a juzgar a la miríada de almas que se agolpan temerosas y desesperadas a sus pies. Museo de Bellas Artes de La Rochelle.

Algunas grutas o cuevas que también se han considerado puertas al infierno son la cueva Coricia, en una ladera del monte Parnaso, cerca del santuario del dios Apolo en Delfos, o las cuevas del cabo Ténaro en Grecia. La boca al infierno por excelencia en Occidente se identificó con la cueva de la Sibila en Cumas, cerca del lago Averno, lugar donde vivían estas mujeres que podían profetizar el futuro. En la Eneida de Virgilio, el príncipe troyano Eneas, guiado por la Sibilia de Cumas, entra en la cueva para acceder al reino de Hades.

 

Estas grutas de paso al Más Allá se encontraban a menudo junto a importantes oráculos: el de Éfira, donde una tradición afirma que Ulises bajó al inframundo por indicación de la maga Circe para consultar el espíritu del adivino Tiresias; el antiguo oráculo de la diosa Gea (la Tierra) en Olimpia, bajo el cual se abría una grieta en el suelo, según Pausanias; el oráculo de Apolo en Ptoion; el santuario oracular de Trofonio en Lebadea, o el oráculo que había en Heraclea Póntica (en la actual Turquía), míticamente situado en la desembocadura del río Aqueronte, al Oriente. Hoy en día hay allí una gruta llamada Cehennemagzi (en turco, “puerta del infierno”).

Ixión

Tras obtener el perdón de Zeus por matar al rey Deyoneo, su suegro, Ixión, rey de los lapitas, intentó seducir a Hera, esposa de Zeus. Furioso, el dios lo castigó atándolo a una rueda ardiente que giraba sin cesar y lo precipitó al Tártaro, junto con los grandes criminales. El cruel castigo se muestra en este óleo de Jules-Élie Delaunay, de 1876. Museo de Bellas Artes, Nantes.

Heracles y Cerbero

Uno de los doce “trabajos” de Heracles consistía en bajar a los infiernos para llevarse al can Cerbero. El héroe se presentó ante Hades para pedirle que le prestara a su guardián. El dios accedió, siempre y cuando Heracles pudiera atraparlo con las manos desnudas. Éste es el momento que recrea muy gráficamente el óleo de Domenico Pedrini, que muestra al héroe, con su clava y cubierto con la piel de león, arrastrando encadenado al fiero can fuera del Hades. Siglo XVIII. 

 

Artículo de

DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE//www.nationalgeographic

Lenguaje

Autora: Alejandra Pizarnik

7 de septiembre. Noche de insomnio. Pensé con tristeza en el lenguaje. ¿Para qué escribo? Respondí con esta escena imaginaria: vivo en el Tíbet, sola, en una choza. Nunca hablo con nadie pues ignoro el idioma de mis vecinos.
¿Por qué no habla un niño recién nacido? Porque sus deseos y temores son demasiado intensos. El silencio, el llanto y el grito son «expresiones» del deseo puro.
Lo terrible de la conversación: nunca se está preparado para dialogar, no existen ensayos previos, de nada valen las experiencias de otros diálogos.
Escribir es mi mayor ingenuidad, es querer contener lo que se desborda… Pero si lo mío es el sueño, es el silencio. Dominio acechado. Entonces, escribir para defenderlo, para merecer mi espacio silencioso.
Cada vez que interviene la razón, que me preocupo por leyes de armonía —heredadas o no—, que escamoteo y sustraigo el caos, la mentira se me vuelve evidente, se aparece como una visión, como si fuera una revelación sobrenatural.
La moral es la gramática del deseo.
*
18 de abril. Las palabras no pueden ser vividas como un rostro amado. Esto es correcto pero apenas señala mi desesperación nacida junto al gesto de amor inútil con que se despidió B.
*
24 de febrero. Las palabras son cosas y las cosas palabras. Al no poder creer en la realidad de las cosas, las nombro y luego creo en sus nombres: el nombre se vuelve real y la cosa nombrada es la fantasma del nombre. Ahora sé por qué escribo poemas tan inmóviles. Es mi sueño de un materialismo del sueño.
*
El desamor, los ojos cerrados, el deseo que se evapora frente a los rostros reales, la sabiduría apócrifa de la que se duerme en la espera. La infancia, una ventana cerrada por la que se columbraba la continuidad de una sola estrella. Los deseos enunciados mediante voces llorosas. Esa noche al borde del mar: la fosforescencia de las aguas, la luna roja en lo oscuro, noche en que aprendí la supremacía del azar. Allí esperaba, allí esperé. ¿Para qué tanta espera? Para llegar al día de hoy, a mi voz que habla para no decir. Y ese lugar de silencio perfecto, entrevisto en los horrores del alcohol. Deseo muerto, compañero traidor. Hablábamos con palabras vivas y he aquí las sombras repentinamente.
*
26 de julio. El yo de mi diario no es, necesariamente, la persona ávida por sincerarse que lo está escribiendo.
*

27 de julio. 21 h. Sucede lo siguiente: sufro.

 

Texto tomado desde: https://loscuadernosdevieco.blog/, muchas gracias!!

El enigma del taller de Leonardo

El hallazgo entre los fondos del Museo del Prado de una ‘gemela’ de la ‘Gioconda’, una réplica de la obra pintada por un discípulo de Leonardo Da Vinci mientras éste ejecutaba la obra original, lleva a preguntarse si no habrá otros tesoros salidos del taller del genio renacentista. Su funcionamiento sigue rodeado de misterio, como tantos otros aspectos de su biografía.

Parece claro que tras formarse durante casi una década en el estudio de Verrocchio, Da Vinci decidió establecerse por su cuenta en 1477, y puso en marcha su propio taller en Florencia. Se trataba de una ‘bottega’ que producía obras por encargo bajo la influencia y directrices del maestro, y que alternó ‘sede’ en Florencia y Milán.

Según explica el historiador británico Charles Nicholl en ‘Leonardo, el vuelo de la mente’, algunas de las obras eran pintadas casi en exclusiva por Leonardo; otras eran ejecutadas por ayudantes que trabajaban bajo su supervisión, con intervenciones y correcciones ocasionales del maestro. De hecho, algunos de los contratos firmados establecían una distinción económica: una obra del maestro se pagaba más cara que una de sus discípulos. A menor intervención de Da Vinci, menor precio.

Los estudios también concluyen que era habitual que los ayudantes trabajaran a partir de una plantilla original del maestro, en pintura o cartón. En otras ocasiones, creaban con mayor libertad, pero siempre dentro del estilo que identificaba la ‘marca’ de fábrica del taller de Leonardo.

Como en el caso de la recién hallada réplica de la ‘Gioconda’, era frecuente el uso de una obra del maestro para copias posteriores (o simultáneas) de los alumnos, y en algunas ocasiones sólo han han llegado a nosotros las réplicas. Sucedía a menudo que Leonardo comenzaba una obra, que después terminaban sus discípulos. Otras veces, se reaprovechaban lienzos, o se añadían elementos de trabajo colectivo.

Leonardo y sus pupilos

En cuanto a los aprendices, se trataba de jóvenes, muchas veces de origen humilde, que entraban en el taller como ayudantes; a veces prácticamente eran adoptados por el maestro. Existía otra categoría -más alta- dentro de los pupilos, constituida por pintores ya formados que trabajaban en el taller como asociados de Leonardo.

Da Vinci era muy estricto con las normas del estudio, como la que prohibía utilizar lápices o colores a sus alumnos antes de los 20 años. Así, los menores de esa edad sólo podían trabajar con un estilete de plomo. Las que no están tan claras eran las normas que regían la conducta y relaciones dentro del taller. Algunos historiadores han tildado a los aprendices, a los ‘Leonardeschi’, de ‘panda de adolescentes’ alrededor de Leonardo. Parece claro que el maestro mantuvo relaciones afectivas con varios de sus alumnos, como Zoroastro, al que Da Vinci se refería como ‘Maestro Tommaso’, y que compartía con Leonardo su afición por la ingeniería, la alquimia y el vegetarianismo.

Aunque nadie sabe realmente cómo era el taller de Leonardo, además del espacio dedicado a la pintura, cuentan las cartas de la época que él se trabajaba con fuelles y plomo derretido para hacer figuras, así como con pasta seca para fabricar gemas. Un horno de ladrillo se utilizaba para destilar y separar elementos, y podían encontrarse elementos tan dispares como una serpiente en ámbar o dientes de hombres ahorcados.

Autopsias y estudios de anatomía

Los restos de cadáveres no eran algo ajeno al taller de Leonardo. Éste asistía con frecuencia a autopsias, que dibujaba profusamente. También diseccionaba cadáveres de delincuentes, que compraba en hospitales y morgues, para observar la forma en que se doblan y estiran los músculos y articulaciones humanas. Asimismo, concluyó, tras analizar cerebros húmanos, que éstos forman parte del sistema nervioso. No era raro tampoco encontrar vísceras de cerdo en el estudio, que ayudaban al artista a recrear con todo detalle venas, arterias, ventrículos…

Por otra parte, parece claro que los discípulos realizaban sus propias mezclas de pigmentos, en general procedentes de minerales, huevo, aceite y otros ingredientes para obtener la pintura. Era habitual que dedicaran horas a la mezcla antes de afrontar el cuadro, pues existía la convicción de que, cuanto más rica fuera la mezcla, mejor sería la pintura. Los pinceles también eran obra de los propios artistas, que empleaban piel de ardilla y plumas de ganso.

Leonardo contaba en su taller con una cámara oscura, que utilizaba para sus experimentos de una rudimentaria fotografía. Valiéndose de lentes y velas, realizaba sus estudios. Apartado especial era el ocupado por los artilugios diseñados por el maestro, muchos de ellos pensados para cumplir con la idea de Leonardo de que el hombre está destinado a volar. El artista observaba durante horas el vuelo de pájaros y murciélagos, que plasmaba en dibujos que posteriormente daban lugar a planos y bocetos de extraños máquinas, basadas, como el resto de la obra de Leonardo, en la naturaleza.

 

Artículo de Elena Mengual | Madrid, publicado con fecha febrero 2012 – http://www.elmundo.es/elmundo

Alma música

Autor: Nicolás Guillén

Yo soy borracho. Me seduce el vino
luminoso y azul de la Quimera
que pone una explosión de Primavera
sobre mi corazón y mi destino.
Tengo el alma hecha ritmo y armonía;
todo en mi ser es música y es canto,
desde el réquiem tristísimo de llanto
hasta el trino triunfal de la alegría.

Y no porque la vida mi alma muerda
ha de rimar su ritmo mi alma loca:
aun mas que por la mano que la toca
la cuerda vibra y canta porque es cuerda.
Así, cuando la negra y dura zarpa
de la muerte destroce el pecho mío,
mi espíritu ha de ser en el vacío
cual la postrera vibración de un arpa.
Y ya de nuevo en el astral camino
concretara sus ansias de armonía
en la cascada de una sinfonía,
o en la alegría musical de un trino.