La Flor del Amor.

Autor: Oscar Wilde

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Amor, no te culpo, pues mía ha sido la culpa, al no ser creado por la arcilla común
Escalé la mayor de las alturas, inalcanzable; ví el aire pleno, el día más grande.

Desde lo salvaje de mi desperdiciada pasión fui asaltado por una mejor, más clara canción.
Encendí una ligera luz de abnegada libertad, luché contra la envilecida cabeza de Hidra.

Han sido mis labios barridos hacia la música por tus besos, y han sangrado,
Y tu has caminado junto a los ángeles en aquella planicie verde y esmaltada.

He andado por el camino donde Dante contempló los soles brillando sobre siete círculos,
¡Ah! Tal vez observó a los cielos expandiéndose, como si se abriesen sobre Florencia.

Y las naciones poderosas que me han coronado, a mí, que sin corona yazgo sin nombre,
Y algún crepúsculo oriental me ha encontrado de rodillas sobre el umbral de la Fama.

Me he sentado en el círculo de mármol donde el viejo bardo es igual al joven,
Donde la pipa siempre gotea su miel, y las cuerdas de la lira siempre vibran.

Keats levantó los rizos de su himeneo desde el vino de las amapolas,
Con su boca de ambrosía besó mi frente, envolviendo el amor noble que hay en mí.

Y en la primavera, cuando las flores del manzano tiñen el seno de las palomas,
En la hierba yacen dos amantes que ha leído la historia de nuestro amor.

Han leído la leyenda de mi pasión, y conocido el secreto amargo de mi corazón,
Besándose como nosotros nos hemos besado, pero nunca lejos como nosotros lo estamos.

Pues la flor carmesí de nuestra vida es devorada por el gusano de la verdad,
Y ninguna mano recogerá los marchitos pétalos de la rosa de la juventud.

Sin embargo, no me arrepiento de amarte, ¿qué otra cosa puede hacer un muchacho?
Los ávidos dientes del tiempo corroen, persiguiendo las silenciosas huellas de los años.

El timón nos balancea en la tempestad, y cuando la tormenta de la juventud haya pasado,
Sin liras, sin laúd y sin coro, la tranquila muerte del navegante finalmente llega.

Y dentro de la tumba no hay placer, el ciego gusano consume las raíces,
Y el Deseo se estremece en cenizas, y el árbol de la pasión no da frutos.

¿Qué otra cosa puedo hacer sino amarte? La propia madre de Dios me es menos querida,
Y menos aún la dulce Afrodita elevándose como un lirio plateado sobre el mar.

He tomado mi decisión, he vivido mis poemas y, aunque la juventud se haya perdido en indolentes días;
He descubierto que la corona de mirto del amante es mejor que la del laurel sobre el poeta.

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Caminos

Autor: Antonio Machado

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De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza

Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.

Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!

Los aventureros (Fragmento)

Autor: Rómulo Gallegos

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A la legua trascendía que el doctor Jacinto Ávila no estaba hecho para aquella suerte de andanzas; peñas arriba, por un camino angosto y fragoso, sobre una mala bestia alquilona, bajo un sol que abrasaba, a mediodía en punto. Avilita -como le llamaba todo el mundo- debía sufrir mucho con el zangoloteo de la cabalgadura, el rigor del meridiano, la desazón del fastidio, y con aquellas ingratas caricias que al pasar le hacían en el rostro las ásperas ramas de la maleza que tapaba el sendero de la montaña, por el que iba, paso entre paso, y tal debía de tener de quebrantados los miembros y molidas las carnes, que no hallaba ni qué cara poner ni cómo acomodarse en la silla. Además, no parecía llevarlas todas consigo, cual se colegía por las recelosas miradas que a menudo echaba en derredor y por la significativa precaución de llevar la mano a la cañonera de la montura, cada vez que se acercaba a algún recodo o desfiladero sospechoso del camino, o percibía rumor como de acecho entre los jarales.

Sin embargo, Avilita no iba todo lo mohíno que fuera de esperarse. Por momentos se le desenfadaba la faz, iluminándosele con una expresión de complacencia maligna, como quien se regodea con el pensamiento de la propia maldad. A veces el contentamiento subía hasta entusiasmo, y dejando el arzón y la rienda, con perjuicio del equilibrio, se restregaba las manos, con lo que dejaba ver a las claras que algo llevaba entre ellas, y luego, olvidando los riesgos y molimientos que le traía el andar por aquellas escarpas, se engolfaba en gratos pesares, a media voz y risueño, dejando a la mal andariega mula concertar el paso a lo que buenamente le dieran sus flaquezas, hasta que uno de los peor dados de ella le volviera en sí con gran sobresalto. Pero entonces le acontecía descubrir a uno que lo observaba desde lejos y que de pronto desaparecía, como por encanto, con lo que volvía Avilita a la querencia de su recelo y por buen espacio se mantenía sobre aviso.

Iba este que lo espiaba, a lo que la distancia dejaba ver, montado en una mula blanca, tan diestra en el encaramarse sobre los más eminentes riscales, como ágil en el desaparecer por no sospechados atajos, de la baquía de cuyo jinete era la suya señal poco tranquilizadora, dada la circunstancia de que según todos los indicios, éste no hacía camino determinado, ni andaba por ninguno propiamente, sino por los arrezafes y vericuetos y con el solo objeto de espiar al que venía por el sendero. Así, unas veces aparecía a buena distancia por delante de Avilita; otras a sus espaldas y tan próximo que era como estar entre sus manos; y tan pronto estaba a la derecha como a la izquierda del camino, sin que nunca pudiera descubrirse cuándo ni por dónde lo cruzara. La última vez que apareció pasó tan cerca de Avilita, que éste recibió en la cara el resoplido caliente de la bestia que, como un disparo, saltó de improviso de entre la maleza del camino, ágil lo atravesó como al vuelo, de un salto ganó el talud opuesto, y desapareció otra vez, hendiendo el gamelotal tan alto y tupido que tapaba al jinete.

Tan brusco y rápido fue todo esto que Avilita apenas si tuvo tiempo de refrenar su bestia para no ser arrollado en el ímpetu de la otra; y lejos iban ya ésta y su jinete, mientras él, no bien repuesto de la sorpresa, permanecía en el propio lugar de ella, esperando por momentos el asalto inminente, sin quitar la vista del gamelotal que ya no se movía. Y así estuvo hasta que a lo lejos, sobre una cumbre rotunda, apareció la mancha roja de la cobija que llevaba extendida sobre el arzón el supuesto espía, cuya silueta luego desfiló sobre el cielo a todo lo largo de la cresta roqueña en que remataba por aquel lado la serranía, y desapareció, finalmente, entre las neblinas cimeras.

– II –

El doctor Jacinto Ávila tenía sobradas razones para temer una acechanza en aquellos apartados parajes por donde a la sazón merodeaba en son de guerra el famoso y temido insurgente Matías Rosalira, cuyo feudo y correderos eran desde mucho los riscos, vertientes, caminos, bosques, rastrojos, caseríos y todo cuanto se encerraba en la vasta serranía, en la que, mejor conocido con el nombre de El Baquiano, gozaba de mucho prestigio.

Decíase de él que tenía un exterior atractivo, y que por las buenas era una excelente persona, afable en su trato, comedido con los extraños, generoso con los suyos y hasta noble y leal: y aún bien que por lo que se daba a entender tales lealtad e hidalguía no le obligaban a mucho y sólo consistían en no haber herido nunca a mansalva, ni cometido traición o alevosía, ni en el débil haberse ensañado, a ellas debía el gran ascendiente que tenía sobre los montañeses. Además, era gran derrochador, servicial, obsequioso y tan amigo de tener la casa llena de los suyos en fiesta, como de acudir donde las ajenas con su socorro cuando fuera menester. Todas las que, con otras cualidades suyas, le hacían tan popular que no había persona de las que le trataran que no le fuera afecta, no siendo parte a disminuirle el que le tenían sus adictos, ni la autoridad que sobre ellos ejercía, ni el vasallaje a que los obligaba. Disfrutaba, así mismo, del favor de las mujeres, aunque era cosa sabida que no las trataba blandamente así que le pertenecían, ni les era fiel por mucho tiempo; mas, como era insinuante, buen mentidor y amigo de enamorarlas y adquirirías por modos extraordinarios, casi siempre novelescos, nunca hubo una a quien requiriera inútilmente.

Su última aventura galante tuvo gran resonancia. Era ella de una de las más acomodadas y campanudas familias de un pueblo de los que había a las faldas de un monte, y enamoróse de él con tanta vehemencia que no valieron razones, ni ruegos, ni amenazas de los suyos, y así, cuando El Baquiano quiso tomarse lo que no querían darle buenamente, encontró la voluntad de la muchacha tan rendida a la suya, que a poco de proponérselo ya estaba ella con él, camino de la montaña.

En ésta la noche era tan cerrada y tan espesa que daba trabajo avanzar por entre ellas; largos truenos rebotaban de cumbre en cumbre y caían dentro de los barrancos rebosándolos de ruido, por las torrenteras bajaban mugidoras aguas, llovía, y a ratos se oía venir derrumbes. Con tales rigores, además de sus zozobras, iba la robada transida de pavor y lloriqueando para que no siguieran, con cuyos melindres y con el continuo resbalar de las bestias, que repinaban trabajosamente la cuesta barrial, comenzaba Rosalira a perder la paciencia y a renegar de la aventura. De pronto un derrumbe. Matías, más experto, obligando a su bestia a un salto desesperado, púsose en salvo, pero la mujer fue arrollada por el alud y arrastrada al barranco entre un fragor de peñascos que rodaban desgajando los matorrales. Fue la única vez que la montaña estuvo en contra del Baquiano; pero él no le guardó rencor por ello.

Por lo demás, era en extremo supersticioso, buen devoto de la Virgen del Carmen, en cuyo nombre lo mismo daba una limosna que una puñalada y se sabía una porción de oraciones y ensalmos en cuya eficacia creía a pie juntillas; profesaba un respeto inviolable a la madre, a quien nunca hablaba puesto el sombrero ni alterada la voz, y un odio profundo, feroz e invencible al extranjero. Podría tener cuarenta años y nunca se le conoció padre, lo que daba pie a multitud de curiosas versiones a propósito de su origen, siendo voz general que descendía de gente de rango venida a menos, y los más fantaseadores aseguraban que venía, por línea de varón, de un remoto señor que según las leyendas de la montaña, habitó en un castillo roquero, ya en ruinas, y que, aunque nadie lo había visto, existía entre unos riscos inaccesibles que a manera de almenas había en las crestas más altas de la sierra entre nieblas perennes. Y como Matías desaparecía de tiempo en tiempo, sin que se supiera donde se metía, los montañeses aseguraban que era en el castillo fantástico, cuyo camino sólo él conocía y donde, naturalmente, había tesoros escondidos.

 

“Navegación de cabotaje” (Apuntes para un libro de memorias que jamás escribiré)/Fragmento

Autor: Jorge Amado

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Nueva York, 1986 – los apresurados

Tras una semana en la cama, con neumonía -lo que me consolaba era ver a Zélia en el mismo lecho con fiebre alta, empapada en sudor, ¡esto sí que es solidaridad!-, bajo por primera vez al vestíbulo del hotel, donde me espera un periodista de “El País”, de Madrid.
Invierno riguroso, el Central Park está helado, el termómetro marca catorce bajo cero, el Congreso Internacional del Pen Club acaba de finalizar sin que hayamos siquiera aparecido ni una vez por las sesiones. El hotel está abarrotado de congresistas llegados de cerca de cuarenta países. Envuelto en el abrigo, y con las solapas levantadas, intento pasar inadvertido con el deseo de evitar explicaciones y lamentos.
Al salir del ascensor veo a Mario Soldati, que se dirige apresurado a la cabina. También él me vio, estoy seguro. Finjo no verle, él finge que no me ve, y pasamos uno junto al otro, casi rozándonos, como si no nos conociéramos.
Al día siguiente, sin prisas, con toda calma, sentados en los sillones del vestíbulo, hablamos de todo un poco. En la calle, frío, viento, nieve. Somos viejos amigos, lectores uno del otro, sus novelas (Le festin du Commandeur, L’Ami Jesuite) me parecen de lo mejor de la narrativa contemporánea. Además, Soldati presidió el jurado del Premio Internacional Nonino, que me fue concedido en 1984. Más que un premio, una fiesta italiana de confraternización y alegría: polenta, cabrito, pasta -los mejores fetuccini que he comido en mi vida-, vinos y aguardiente, la grappa Nonino, claro.
Esta grappa que, según me informó Soldati con evidente conocimiento de causa, y yo lo repetí en el breve discurso que pronuncié y que nadie oyó en aquel barullo ensordecedor, no contenta con ser la mejor del mundo es además afrodisíaca.

Pensamientos

Tengo horror a los hospitales, a los fríos corredores, a las salas de espera que parecen antesalas de la muerte o, mejor aún, cementerios donde las flores pierden lozanía. No hay flor hermosa en un camposanto. Tengo, con todo, un cementerio mío, personal. Yo lo construí y lo inauguré hace algunos años, cuando la vida hizo madurar mis sentimientos. En él entierro a aquellos a quienes maté, es decir aquellos que para mí han dejado de existir, a aquellos que murieron: los que un día tuvieron mi estima y la han perdido.
Cuando alguien rebasa todo límite y me ofende, no me enfado ya con él, no me enojo ni me pongo furioso, no me peleo, no corto mi relación, no le niego el saludo. Lo entierro en la fosa común de mi cementerio -en él no existen panteones familiares, tumbas individuales, los muertos yacen en la fosa común, en la promiscuidad de la vileza, de la maldad. Para mí, aquél fulano se ha muerto, ha sido enterrado, haga lo que haga ya no puede molestarme más.
Son raros estos entierros -¡menos mal! -. Sólo a veces un pérfido, un perjuro, un desleal, alguien que ha faltado a la amistad, que ha traicionado al amor, alguien que fue excesivamente interesado, falso, hipócrita, soberbio – la impostura y la presunción me ofenden fácilmente-. En el pequeño y deslucido cementerio, sin flores, sin lágrimas, sin sombra de añoranza, se pudren unos cuantos sujetos, unas pocas mujeres. A unos y a otras los he barrido de la memoria, les he retirado la vida.
Encuentro en la calle a uno de esos fantasmas, me paro a conversar, escucho, corespondo a las frases, a los saludos, a los elogios, acepto el abrazo, el beso fraternal de Judas. Sigo adelante. Él piensa que me ha engañado una vez más, y no sabe que está muerto y enterrado.

Promesa de América

Autor: Eduardo Galeano

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El tigre azul romperá el mundo
Otra tierra, la sin mal, la sin muerte, será nacida de la aniquilación de esta tierra. Así lo pide ella. Pide morir, pide nacer, esta tierra vieja y ofendida. Ella está cansadísima y ya ciega de tanto llorar ojos adentro. Moribunda atraviesa los días, basura del tiempo, y por las noches inspira piedad a las estrellas. Pronto el Padre Primero escuchará las súplicas del mundo, tierra queriendo ser otra, y entonces soltará el tigre azul que duerme bajo su hamaca.
Esperando ese momento, los indios guaraníes peregrinan por la tierra condenada.
– ¿Tienes algo que decirnos, colibrí?
Bailan sin parar, cada vez más leves, más volando, y entonan los cantos sagrados que celebraba el próximo nacimiento de la otra tierra.
– ¡Lanza rayos, lanza rayos, colibrí!
Buscando el paraíso han llegado hasta las costas de América. Han rondado selvas y sierras y ríos persiguiendo la tierra nueva, la que será fundada sin vejez ni enfermedad ni nada que interrumpa la incesante fiesta de vivir. Los cantos anuncian que el maíz crecerá por su cuenta y las flechas se dispararán solas en la espesura; y no serán necesarios el castigo ni el perdón, porque no habrá prohibición ni culpa.

“Memorias del fuego” II
Editado en 1984

ADRIANO Y ANTÍNOO: UNA FASCINANTE HISTORIA DE AMOR

“Una noche más Adriano era incapaz de conciliar el sueño. Apoyado sobre la balaustrada que da frente a las aguas inmensas y serenas del Mediterráneo, con los ojos rebosantes de la más líquida amargura que jamás tuvo en su vida, miraba al cielo buscando ver allí a su adorado Antínoo. Y al fin creyó verle sonreír en la inmensidad de la noche, como un destello infinito que iluminó las lunas tristes de eterna soledad”.
(Del relato corto inédito de Rafael Arribas El ombligo de Antínoo).
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¿Quién no ha oído hablar del emperador Adriano y su esclavo Antínoo? Posiblemente sea la pareja masculina más famosa de todos los tiempos y motivo recurrente en la literatura gay. Sin embargo, no todos conocen los entresijos por los que discurrió este amor griego en plena Roma imperial y su proyección hasta llegar al siglo XXI, cuando el culto a Antínoo aún pervive. ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de leyenda en esta hermosa crónica de amor y pasión? No siempre es fácil dibujar la delgada línea que a veces separa la realidad de la fantasía.
LOCURA DE AMOR
La pasión que Adriano (73-138 d.C.) sintió por el bello Antínoo pasó a la historia porque el augustoimperator quedó trastornado por la muerte prematura del muchacho, quien se ahogó de forma misteriosa en el Nilo durante un viaje a tierras egipcias. De no haber sido por aquel dramático desenlace, éste no habría pasado de ser un caso más de los muchos habidos entre un pedagogo erastésy su núbil erómenos, relación habitual en la Grecia clásica, cuyos ecos llegaron hasta la misma Roma. Pero la soledad y tristeza de Adriano ante la pérdida del bello efebo fue tan intensa que le impulsó a perpetuar su memoria de manera obsesiva.
Erigió estatuas en su honor a ambas orillas del Mediterráneo, desde el Cáucaso hasta Hispania. Acuñó monedas de curso legal con su efigie. Construyó templos por doquier dedicados a la nueva deidad. Levantó un mausoleo, el Antinoeion, en la Villa Adriana, en la colina del Tívoli, cerca de Roma. Instituyó juegos y fiestas en su honor. Fundó y edificó una ciudad entera, Antinóopolis, en el mismo lugar en el que su adorado amante había pasado a mejor vida. Hasta dio nombre a una constelación para poder verle con sólo alzar la vista hacia los cielos en las largas noches que siguieron a su desaparición.
Busto de Antínoo (Museo del Prado. Madrid)
EL JOVEN BITINIO
A los 18 años, el 30 octubre del 130 d.C., moría ahogado el joven Antínoo. Los motivos de su temprana muerte no están del todo claros, aunque todo parece indicar que el muchacho se hundió en las aguas profundas del Nilo ante la mirada aterrada del emperador. Comenzaba así uno de los mitos más sonados del mundo clásico. Sin embargo, la personalidad de aquel hermoso ejemplar humano, reflejada en los escasos datos biográficos, no ha podido ser reconstruida totalmente mediante la investigación histórica.
Algunas crónicas latinas señalan que el muchacho había nacido esclavo en la región romanizada deBitinia, en el Asia Menor. Ello no impidió que su belleza llamara tan  poderosamente la atención de aquel emperador viajero que desde entonces le acompañaría siempre en todos sus periplos. No se puede precisar la fecha exacta del encuentro, ya que Adriano viajó a Bitinia en los años 117, 121 y 123/124. Por su parte, Páncrates de Alejandría poetiza aquel primer encuentro y lo traslada al desierto de Libia: Adriano habría lanceado a un león que intentaba atacar al joven bitinio y de la sangre que salpicó la arena brotó el antinóeios, una hermosa y roja flor de loto.
HISPANIA
A día de hoy sigue habiendo opiniones divergentes sobre el lugar de nacimiento del emperador Publio Elio Adriano. Tradicionalmente se ha considerado que nació en Itálica, cerca de Santiponce (Sevilla), y así lo corroboran la mayoría de sus biógrafos. Sin embargo, una parte de la historiografía anglosajona se ha empeñado en situar su cuna en la ciudad de Roma, basándose en una sola fuente, laHistoria Augusta, un texto que, en opinión de la profesora Alicia Canto, además de las interpolaciones de que adolece, carece de credibilidad frente a  otros 25 testimonios que ratifican sin duda su origen hispánico.
Adriano, quien heredó el Imperio del también hispano y tío segundo suyo, Trajano, fue uno de los grandes nombres en la historia de la Roma antigua. Dentro de su programa cultural, que fue especialmente activo, Adriano se caracterizó por aspirar al ideal griego en su vida personal y también social. Por eso el perfil que de él se habían formado los romanos incluía la pederastia al estilo ateniense, entendida como una relación entre un maduro erastés, o mentor, y su joven erómenos en todos los aspectos de la vida, una visión muy alejada de la estrictamente sexual que recoge la tradición cristiana y desemboca en su moderna interpretación. Por otra parte, su matrimonio con su esposaVibia Sabina no pasaba entonces por su mejor momento.
Antínoo como Agathodaimon
DE ESCLAVO A DIOS

Está claro que Antínoo se convirtió para Adriano en alguien mucho más importante que un compañero inseparable. De no haber sido así no se explica la obsesión del emperador por convertirle en una deidad después de fallecido, obsesión que perduraría hasta su muerte, ya sexagenario. Por otro lado, aunque por diferentes motivos, una relación tan fuerte entre el hombre más poderoso del imperio y un joven casi imberbe, cuya condición de esclavo le privaba de cualquier derecho, no podía pasar desapercibida para los contemporáneos, ni para las generaciones futuras. En el imaginario mitológico romano, Adriano y Antínoo representaban en carne y hueso el rapto de Ganímedes por Zeus.

Antínoo-Dionissos
Antínoo también ha encarnado a los hermosos Apolo y Hermes, o el lúbrico Dionissos, cuyo culto estaba muy arraigado en las regiones de tradición helenística. Pero tal vez la más curiosa reencarnación del bello bitinio fue la del dios egipcio Osiris, quien, según la creencia, también había muerto ahogado en el Nilo. Para consolidar con mayor arraigo la deificación de Antínoo, el emperador se propuso implantar un culto sin precedentes en las provincias orientales, un culto que arraigó tan intensa como sinceramente, ya que se prolongó hasta bien entrado el siglo V, esto es, varios siglos después de los acontecimientos que lo crearon.
La palma se la llevó Antinoópolis, ciudad fundada en memoria del joven según el modelo helenístico, cuyos habitantes recibieron privilegios extraordinarios, aunque no fue la única. Otros lugares también acapararon el culto al favorito del emperador, como Bitinio-Claudiópolis -su ciudad natal-, Alejandría, en Egipto, la griega Mantinea, y hasta Lanuvium, en el mismo corazón del Lacio, cerca de Roma.
Pinelli. Adriano llora a Antínoo
MUERTE EN EL NILO
No hay duda de que Antínoo murió ahogado a orillas del  río Nilo. Otra cosa son las circunstancias que rodearon su muerte. Algunos historiadores apuntan que se trató de un accidente. Otros, en cambio, afirman que Antínoo, conocedor de un augurio que profetizaba larga vida al emperador si el joven se sacrificaba en su presencia, se inmoló para asegurar al emperador un reinado prolongado. Por su parte, la Historia Augusta, un texto de escasa credibilidad, insinúa que Antínoo se suicidó ante un posible acoso sexual de Adriano.
Desde una óptica actual no habría que descartar una intriga palaciega, con la intervención indirecta de la esposa del emperador, quien sin duda no habría de quedar especialmente afectada tras la muerte de aquél que le disputaba el amor de su augusto marido. Sea como fuere, filósofos y poetas se aprestaron a escribir loas y trenas en recuerdo del joven bitinio y el viejo emperador quedó sumido en la más absoluta tristeza.

SALTO A LA FAMA

Los esfuerzos de Adriano por consolidar la deificación de Antínoo no fueron en vano. Aunque su culto religioso le sobrevivió sólo hasta el siglo V, la perpetuación de su memoria ha llegado a nuestros días, gracias a la erección de numerosas efigies y representaciones del joven héroe en la escultura y la numismática. Desconocemos si Antínoo fue retratado en vida, ya que todas las representaciones conservadas pertenecen a épocas posteriores a su muerte.
Considerando sólo las esculturas exentas, hay más de un centenar de retratos romanos de Antínoo, sin contar las numerosas representaciones de su efigie en monedas, joyas, bronces, etc. Todas ellas se caracterizan por su variedad iconográfica, sólo comparable a los retratos de emperadores. Las estatuas fueron en sí mismas modelos a imitar para la representación de efebos y personajes juveniles, lo que ha provocado identificaciones posteriores erróneas.
Rasgos suaves, rostro lampiño con un toque de afeminamiento, boca no muy grande con gruesos labios, nariz recta, cejas curvadas, bucles de blondos cabellos, mirada ausente y melancólica, son algunos de los atributos distintivos del modelo antinoóico. Mayor variedad existe, en cambio, en lo que se refiere a la complexión y posturas del resto del cuerpo. Ejemplos de manual son el espléndido relieve de Villa Albani, descubierto cerca de la Villa Adriana imperial, o la Cabeza Mondragone, que formaba parte de una estatua colosal que idealizaba del joven esclavo como la deidad Dionissos-Osiris portando una diadema.
Siglos más tarde, en pleno Renacimiento, el descubrimiento del arte antiguo trajo consigo un nuevo auge de la imaginería sobre Antínoo, aunque ajeno a la leyenda del joven y a su papel en la historia. Los grandes escultores italianos vieron en él la representación del ideal clásico e intentaron emularlo en sus obras de arte. Surgen así el Antínoo de Belvedere, conservado en los Museos Vaticanos, y elAntínoo Capitolino, en el museo del mismo nombre, en la ciudad de Roma. Junto a ellos cabe mencionar por su originalidad el Antínoo-Jonás, obra de Lorenzo di Ludovico, ejemplo de la cristianización de un joven pagano en la imagen del personaje bíblico, y que está inspirado en el espléndido Antínoo Farnesio del Museo Nacional de Nápoles.
Ryan Grant Long – Adriano y Antínoo
¿PADRE, MAESTRO, AMANTE…?
Sin embargo, a lo largo de la historia la relación entre Adriano y Antínoo ha pasado por diferentes interpretaciones. En las épocas de mayor oscuridad intelectual se ha querido obviar cualquier matiz sexual de aquella historia, llegando a decirse incluso que Antínoo era hijo ilegítimo de Adriano, quien carecía de descendencia legal, y que, por esa razón, la relación entre ambos era la de un padre con su hijo. Pero sabemos que no fue una relación paterno-filial al uso, ya que, como dice Royston Lambert, hubo mucha pasión y probablemente mucho sexo también.
Y es que, como cabía esperar, la mayor oposición al mito de Antínoo vino de la mano delCristianismo, o mejor, de los Padres de la Iglesia, quienes vieron en él el reflejo de la corrupción juvenil y pusieron el grito en el cielo cuando algunos compararon el sacrificio de aquel héroe-dios de Bitinia, que resucitó y ascendió al Olimpo, con el del mismísimo Jesucristo, dios de Nazaret. Pero lejos de destruir el mito de Antínoo, los cristianos alimentaron la creación de una nueva leyenda que ha llegado hasta hoy. La imagen del joven corrompido por el emperador y sometido a sus caprichos sexuales fue tomando forma a través de un estereotipo más depurado, como desarrollaría el patriarca de Alejandría Atanasio a mediados del siglo IV, que no sólo no eclipsó la figura de Antínoo, sino que potenció sobremanera la idea de su sacrificio y sufrimiento acorde con la moral cristiana del momento.
Así llegan las cosas hasta mediado el siglo XVIII, cuando el teórico de arte clásico Johann J. Winckelmann redescubre la historia de Adriano y Antínoo, difundiendo una nueva estética del bitinio como la de un joven melancólico. Por aquella época el pintor Agostino Penna había copiado un busto del efebo para su libro Viaje pictórico de Villa Adriana. Habría que esperar un siglo para que John Addingston Symonds rompa en 1898 con la tradición de omitir la cita de Antínoo en las biografías escritas sobre Adriano. A partir de entonces, ambos nombres permanecerán indefectiblemente unidos.
Marguerite Yourcenar
 
LA FASCINACIÓN DE LOS POETAS
Pero fueron los poetas e intelectuales del siglo XIX quienes dieron actualidad a la pasión obsesiva del emperador hacia su joven favorito. En la búsqueda de precedentes para ese amor ‘que no osa decir su nombre’, eruditos y estudiosos universitarios británicos vieron en la pareja Adriano-Antínoo un buen referente donde ubicar sus propios anhelos y sentimientos. En pleno siglo XX fue una mujer,Marguerite Yourcenar, la culpable de aportar ritmo e intensidad inusitados a esta historia de amor vivida en pleno Imperio romano y convertir al joven bitinio en icono gay. Sus Memorias de Adriano, publicadas en 1951, dieron forma a una de las novelas históricas más leídas de todos los tiempos y título imprescindible en toda biblioteca de temática gay que se precie.
La trágica muerte de Antínoo fascinó a poetas de todo el mundo. Oscar Wilde no podía  ser menos, así que se refiere a él en su poema La esfinge. La figura del bitinio inspira a escritores alemanes de la talla de Schiller, Goethe y Stefan George. También el portugués Fernando Pessoa le dedica su poemaAntinous, escrito en inglés en 1918, donde dice cosas como ésta:
La lluvia, afuera, enfría el alma de Adriano.
El joven yace muerto.
En el lecho profundo, sobre él todo desnudo,
la oscura luz del eclipse de la muerte se vertía.
A los ojos de Adriano, su dolor era miedo.

Incontables son los ejemplos en la literatura contemporánea universal. Una aportación interesante en lengua española se debe a la pluma del argentino Daniel Herrendorf y sus Memorias de Antinoo(2000), que intenta reflejar, mediante un  existencialismo surrealista pulcramente desarrollado, la otra cara de la moneda de aquella historia de amor, desde una perspectiva más carnal, o la recién salida a las librerías La coartada de Antínoo, de Manuel Francisco Reina (2012), que en primera persona narra la historia del joven bitinio justo el día antes de su muerte.

 
ANTÍNOO EN ESCENA
De una forma inconsciente o deliberada Antinoo también ha sido recurso cinematográfico para muchos directores de cine gay. Sin embargo, hasta ahora no contamos con ningún largometraje que aborde de lleno el trasunto de esta historia de amor entre hombres vivida en pleno Imperio Romano. El director John Boorman, autor de filmes tan conocidos como Zardoz, El exorcista II o Excalibur, ha proyectado la realización de una película basada en la novela de la Yourcenar, con el título en inglés,Memoirs of Hadrian, cuyo estreno, previsto para el año 2008, aún no se ha producido a estas alturas.
En la esfera del arte plástico, de un tiempo a esta parte Antínoo ha captado la atención del mundo académico a través de exposiciones monográficas. Entre los años 2004 y 2005 tuvo lugar en el Museo de Pérgamo de Berlín la muestra Antínoo, amado y dios. Poco después, Antínoo y el rostro de la Antigüedad, organizada en la ciudad de Leeds por la Fundación Henry Moore, volvió a recrear en 2007 todo el ideal artístico generado a través de la imagen del joven bitinio. El último montaje expositivo se centra en la devoción de Adriano por su favorito y lleva por título Antínoo. La fascinación de la belleza. La muestra, que tiene lugar en los restos del Antinoeion romano, junto aRoma, permanece abierta hasta el 4 de noviembre de este año 2012 y pretende captar la atención del público cara a la restauración prevista del mausoleo para el 2013.
LOS AMANTES DE ANTINOÓPOLIS
Un extraño hallazgo se entrecruza con la fascinante historia de Adriano y Antínoo, añadiendo nuevas evidencias que hacen del amor entre hombres una práctica más normalizada en aquellos tiempos antiguos de lo que algunos quieren hacernos creer. En la excavación de la ciudad de Antinoópolis -actual El-Sheij Ibada-, que dirigió el arqueólogo John Albert Gayyet entre 1896 y 1911, apareció un tondo funerario, pintado sobre madera, al estilo de las pinturas de gran realismo que cubrían las momias de El Fayum.
Lo extraordinario de este tondo, guardado en el Museo de El Cairo (Egipto), es que representa los retratos de dos hombres que probablemente fueron enterrados juntos. La historiografía tradicional los identificaba como hermanos, una mojigata interpretación que cae por su propio peso, dado el escaso parecido de los dos difuntos -el uno es de tez blanca  y el otro de piel morena-. La pieza se data entre los años 130 y 150 d.C, esto es, fue realizada en los años siguientes a la muerte de Antínoo. Por sí esto no fuera suficiente, se observa que detrás del hombre de la izquierda aparece la imagen del dios Antínoo-Osiris, de lo que puede suponerse que ambos pertenecían al culto de la nueva deidad.
UN MITO ETERNO
Decía el británico Royston Lambert que el escándalo fue lo que mantuvo viva la memoria de Adriano. Los padres de la Iglesia contribuyeron a la mitificación de este amor profano tan extraordinario como intenso. Por otra parte, la historia de amor y muerte que se cuenta fue otro de los motivos que contribuyeron a la rápida deificación del bello esclavo, en una etapa de armonía y prosperidad sin precedentes por todos los confines del Imperio romano. De otra forma no se explicaría que el culto de Antínoo sobreviviera hasta bien entrado el siglo V, esto es casi tres siglos después del reinado de Adriano, como sucedió en realidad.
Con el paso de los siglos, la bella historia de amor entre Adriano y Antínoo ha llegado hasta nosotros casi intacta. Y no sólo como contribución impagable para la historia de la homosexualidad. El mito de Antínoo trasciende a la misma relación establecida entre los dos hombres. Por encima de todo, a través de la historia creada en torno al último dios del mundo clásico -como lo definió Francisco de la Maza-, las dualidades del amor y la muerte, el tiempo y la memoria, la religión y la magia, lo antiguo y lo nuevo, la belleza y el poder, cobran hoy un nuevo sentido.
 Por los tres años vividos junto a Fran, mi adorado y bello Antínoo…
Antínoo. Museo del Louvre
Agradecemos el presente material a: http://homocronicas.blogspot.com.uy/

FELIZ 2016!!!

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Todos los años encierran un aprendizaje. Para eso estamos aquí. La de experimentarnos para que nuestra conciencia, aquello que “pensamos” de nosotros mismos, se expanda. Por eso es que vamos cambiando. Y con ese cambio, el cambio de todo lo que nos rodea.
2016  será un tiempo para reorganizar la energía, para tomar decisiones, para afirmar nuestros propósitos y para darle forma a aquello que realmente deseamos en el área donde el huracán haya golpeado: las relaciones, el trabajo, las finanzas o nuestra personalidad. El 2016  marca el tiempo para volver a construir, pero eligiendo conscientemente, cuidadosamente, un nuevo modelo.
Dediquemos un momento para agradecer a la tormenta y otro para abrir aun más nuestra mente y el corazón para saber elegir con responsabilidad lo que vamos a crear.
FELIZ AÑO…feliz camino!!!..Y UNA vez màs un gracias enorme por vuestro apoyo

 

El equipo de ZONA LIBRE RADIO.

Confluencias

Autor : Octavio Paz

AD01740

Negro sobre blanco,
azul,
el gigante grano de polen
estalla
entre las grietas del tiempo,
entre las fallas de la conciencia.
Gruesas gotas
negras blancas:
lluvia de simientes.
El árbol semántico,
planta pasional
mente sacudida,
llueve hojas digitales:
río de manos
sobre hacia entre.
Gotas de tinta mental.
La lluvia roja
empapa hasta los huesos
la palabra España,
palabra calcárea;
el cisne de los signos,
el tintero de las transfiguraciones,
lanza
dados de sombra sobre la tela;

la llamita roja de lengua azul,
plantada
en la eminencia del pubis,
dispara su kikiríkí:
Je t’aime con pan y metáforas de pan,
Je t’aime
y te ato con interminables cintas de metonimias,
Je t’aime entre paréntesis imantados,
Je t’aime
caída en esta página,
isla
en el mar de las perplejidades.
La marea de los ocres,
su cresta verdeante,
su grito blanco,
el desmoronamiento del horizonte
sobre metros y metros de tela desierta,
el sol,
la traza de sus pasos en el cuadro,
colores-actos,
los hachazos del negro,
la espiral del verde,
el árbol amarillo que da frutos de lumbre,
el azul
y sus pájaros al asalto del blanco,
espacio
martirizado por la idea,
por la pasión tatuado.

Las líneas,
vehemencia y geometría,
cables de alta tensión: .
la línea bisturí,
la línea fiel de la balanza,
la mirada-línea
que parte al mundo y lo reparte como un pan.
En un pedazo de tela,
lugar de la aparición,
el cuerpo a cuerpo:
la idea hecha acto.
Chi ama crede:

lleno
el cuadro plural único otro
vació
respira igual a sí mismo ya:
espacio reconquistado.

Notas:

* El texto alude a varios cuadros y collages de R. M.: las Elegías a la República Española, los homenajes a Mallarmé, la serie Je t’aime y la serie Chi ama ende.

 

Arte: Elegía a la República Española CIII

Canción del jacarandá

Autora: María Elena Walsh

jacaranda en noviembre4

Al este y al oeste
llueve y lloverá
una flor y otra flor celeste
del jacarandá.

La vieja está en la cueva
pero ya saldrá
para ver que bonito nieva
del jacarandá.

Se ríen las ardillas,
ja jajá jajá,
porque el viento le hace cosquillas
al jacarandá.

El cielo en la vereda
dibujando está
con espuma y papel de seda
del jacarandá.

El viento como un brujo
vino por acá.
Con su cola barrió el dibujo
del jacarandá.

Si pasa por la escuela,
los chicos, quizá,
se pondrán una escarapela
del jacarandá.

Deseo

Autora: Amalia Iglesias Serna

mujer-reclinada

 

Se desliza la seda por el cuerpo afiebrado,
como cuando nos dejábamos caer
en la ladera virgen de la nieve.
Blancas colinas
o légamos de miel,
la humedad que desciende con su lenguaje oscuro
al territorio intacto de la luz.
El viento roza su límite un instante
resbala hacia el abismo y retrocede
sospecha al otro lado la sed de lo imposible.
Alba encendida
pasión eternamente,
certeza de plenitud
al roce de mis dedos que tiemblan asustados.

Lengua, saliva, piel,
la palabra total, su latido, su aliento.

Se desliza la seda, se deshace la nieve.
El viento insiste.
Da miedo sospechar tanta belleza.

 

Arte: Mujer reclinada, de Zinaida Serebriakova