Las obras más representativas de Calatrava

El arquitecto valenciano cuenta con obras repartidas por gran parte de España y diferentes países del mundo

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Especializado en grandes estructuras y con un estilo modernista muy característico, Santiago Calatrava es uno de los arquitectos de más renombre de España. Gracias a algunas de sus obras más famosas como la torre de comunicaciones de Montjuic, el puente de Lusitania de Mérida o, su gran obra, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, el artista ha conseguido una gran proyección internacional.

Ahora haremos un recorrido por sus obras emblemàticas:

Ciudad de las Artes y las Ciencias, Valencia

 

Spain, Valencia, the City of Arts and Sciences by architect Santiago Calatrava
Spain, Valencia, the City of Arts and Sciences by architect Santiago Calatrava

Situada sobre el antiguo cauce del río Turia, la Ciudad de las Artes y las Ciencias es una de las mayores obras del arquitecto valenciano. Este complejo de ocio científico y cultural consta de varios edificios que se han convertido auténticos iconos de la ciudad. El más grande de ellos, el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, está compuesto por un enorme pabellón de planta rectangular que ofrece varias exposiciones interactivas sobre la ciencia y la tecnología. Su lema “Prohibido no tocar” permite a los visitantes aprender de una manera diferente. En uno de sus laterales, rodeado de agua excepto por la zona de la entrada, se halla el Hemisferic, un cine digital 3D cuya principal característica es la pantalla cóncava invertida de 900 metros. El Palacio de las Artes Reina Sofía es, posiblemente, el más polémico por su errores de construcción. Por su parte, el Oceanográfic, con siete ambientes marinos distintos, se ha convertido en el acuario más grande de Europa. El Umbracle es de acceso libre y en él se puede pasear por asombrosos jardines con plantas típicas del clima mediterráneo. Finalmente, el último en haber sido construido, el Ágora, se utiliza únicamente para eventos.

 

Auditorio de Tenerife

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Este moderno edificio diseñado por Santiago Calatrava y construido en el año 2003 se ha convertido en uno de los iconos de esta isla canaria. Su original perfil, como si de una aleta de tiburón se tratara, fue incluido en los sellos de Correos y en una serie de monedas conmemorativas en las que se mostraban los edificios más emblemáticos de diferentes ciudades españolas. Convertido en uno de los focos turísticos de Canarias, el monumental auditorio se encuentra al sur del puerto de Santa Cruz de Tenerife, en la avenida de la Constitución.

 

Puente Lusitania, Mérida

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Con 480 metros de longitud, el puente Lusitania cruza el Guadiana a su paso por Mérida. Su principal característica son sus “alas” laterales, un diseño muy común en las obras de Calatrava y que se asemeja a otros puentes como el de la Exposición de Valencia, o el de Bac de Roda, en Barcelona. Su diseño data de 1991 y fue una de las primeras obras del artista.

Puente del Alamillo, Sevilla

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Este popular puente de Sevilla fue diseñado por Calatrava con motivo de la Expo celebrada en la ciudad en 1992, para facilitar el acceso a las instalaciones situadas en la isla de La Cartuja. Aunque el proyecto original consistía en dos puentes, cada uno de ellos mirando en dirección opuesta, finalmente, por falta de presupuesto, se decidió que solo se levantaría uno de ellos. El puente de Alamillo se ha convertido en una obra de arte.

Turning Torso, Malmö

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Con 190 metros de altura, el Turning Torso se ha convertido en uno de los edificios más espectaculares de Malmö, al sur de Suecia. Está compuesto por varios cubos móviles que parecen retorcerse según alcanzan altura. Su construcción, que fue finalizada en 2005, causó tanto interés en el mundo de la arquitectura que, en el propio edificio, se abrió una galería donde se explica cómo fue su proceso de creación. En él también se hallan una serie de restaurantes que mezclan la gastronomía local con opciones más internacionales, así como varias tiendas de diseño. Está ubicado en el barrio de Västra Hamnen, cerca del mar y de las playas de la ciudad.

Palacio de Congresos de Oviedo

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En la capital asturiana, el moderno edificio del Palacio de Congresos llama la atención entre su arquitectura urbana. Este edificio, inaugurado en 2011, fue diseñado para acoger diferentes eventos culturales y congresos de la ciudad, aunque en él también se ha abierto un centro comercial. Su estructura, en forma de U, estaba diseñada para que la cubierta móvil que se ubica en su frente pudiese abrirse o cerrarse dependiendo del tiempo. Sin embargo, algunos problemas en el diseño de su sistema hidráulico hizo que tuviera que ser fijada. Este hecho, más algunas goteras e imperfecciones del edificio han provocado que el Palacio de Congresos no haya estado exento de polémicas haciendo que el arquitecto fuese demandado.

Quadracci Pavilio, Wisconsin

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Este monumental edificio es una extensión del Museo de arte de Milwaukee, en Wisconsin, Estados Unidos. Fue construido en 2001, en una de sus ampliaciones. De su diseño moderno y futurista destaca el brise soleil, una plataforma móvil con forma de alas que se abre durante los días soleados para crear sombra, y se cierra durante las noches. El Quadracci Pavilion, también conocido entre los locales como The Calatrava, es actualmente la imagen del museo.

Puente de la Constitución

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Posiblemente uno de los mayores fracasos de Calatrava que le ha llevado a ser demandado por el Ayuntamiento de Venecia. Construido en el año 2008, este es uno de los cuatro puentes que atraviesan el canal Grande y comunica la Piazzale Roma con la estación de Santa Lucía. Las principales críticas, además de la demora en los plazos de su construcción y el elevado coste, es que la gran estructura metálica carece de accesos para las personas con movilidad reducida. Asimismo, muchos locales y turistas han denunciado caídas sobre él debido al carácter resbaladizo de su suelo.

Torre de comunicaciones de Montjuic

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Construida con motivo de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, esta torre de comunicaciones de 136 metros se alza en una de las partes de la montaña de Montjuic. Está construida en acero y su silueta se ha comparado con la imagen de un deportista levantando la llama olímpica. Su principal característica es que en su base está decorada con una fuente de hormigón recubierta de trencadís, un tipo de ornamentación compuesta de mosaicos muy utilizada por el arquitecto Antoni Gaudí.

Estación Oriente, Lisboa

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Inaugurada para la Expo del 98, la estación de Oriente es la más importante de la capital lusa. Situada en el Parque de las Naciones, su estructura se caracteriza por su moderna cubierta que se asemeja a una catedral de cristal, o un enorme palmeral de acero. El recinto incluye una estación de metro y una zona comercial.

 

Su carrera como arquitecto ha contado con reconocimientos como el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, el Premio Nacional de Arquitectura y el Premio Europeo de Arquitectura, entre otros. Sin embargo en la última década Santiago Calatrava ha visto como su prestigio mermaba. Algunos de sus últimos trabajos han cuestionado su profesionalidad y le han granjeado abundantes polémicas. Obras como el Palacio de las Artes Reina Sofía de Valencia, donde la reposición del trencadís se ha realizado de acuerdo al diseño original del arquitecto; el puente de la Constitución, en Venecia, donde no hay acceso para personas con movilidad reducida a pesar de la recomendación del arquitecto, que sí incluía un sistema de acceso en su propuesta inicial; o los problemas del Palacio de Congresos de Oviedo, le han obligado a defender sus proyectos en los tribunales de justicia con sentencias tanto a favor como en contra del arquitecto.

Quizá no sea el mejor momento de Santiago Calatrava, pero sus diseños continúan siendo el centro de atención y un gran atractivo turístico de las ciudades donde se hallan.

 

Tomado desde; http://www.nationalgeographic.com.es/

 

 

“Las olas” (Fragmento)

Autora: Virginia Woolf

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El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin.

Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro.

La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insubstancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías.

 

Veo un anillo suspendido encima de mí dijo Bernardo. Un anillo que tiembla suspendido en un nudo de luz.

Veo un charco amarillo pálido dijo Susana, que se extiende para ir al encuentro de una banda púrpura.

Oigo un ruido dijo Rhoda, chirp, chirp, chirp… Un ruido que sube y baja.

Veo un globo dijo Neville suspendido como una gota a los flancos enormes de una colina.

Veo una borla carmesí dijo Jinny entrelazada con hilos de oro.

Oigo algo que patea contra el suelo dijo Luis. Es el pie de una gran bestia encadenada que golpea, golpea, golpea la tierra…

Mirad la telaraña en el rincón del balcón dijo Bernardo. En ella están suspendidas gotas de agua que semejan blancas perlas de luz.

Las hojas se han agrupado alrededor de la ventana como orejas puntiagudas dijo Susana.

  • Una sombra se extiende sobre el sendero dijo Luis como un codo doblado.

Islas de luz caen entre los árboles y flotan sobre el césped dijo Rhoda.

Los ojos de los pájaros brillan en los túneles entre las hojas dijo Neville.

Los tallos están cubiertos de pelos cortos y duros dijo Jinny y gotas de agua se han adherido a ellos.

Una oruga está enroscada sobre sí misma, semejante a en anillo verde en el cual las patas romas forman muescas dijo Susana.

El gusano gris se arrastra sobre el sendero aplastando las hojas a su paso dijo Rhoda.

Y las luces encendidas en los cristales de las ventanas iluminan el césped dijo Luis.

Las piedras están heladas bajo mis pies dijo Neville. Percibo separadamente cada una de ellas, ya redonda, ya puntiaguda.

El dorso de mi mano arde dijo Jinny, pero tengo la palma húmeda de rocío.

Ahora el gallo se ha puesto a cantar igual que un chorro de agua dura y roja en la marea blanca de la mañana dijo Bernardo.

A nuestro alrededor trinan los pájaros por doquier dijo Susana.

Mirad la casa dijo Jinny con todas sus ventanas cubiertas con postigos blancos.

Han abierto el grifo del lavaplatos, dijo Rhoda y el agua helada cae sobre el pescado colocado en el tazón.

Las paredes están hendidas con grietas de oro dijo Bernardo y hay sombras de hojas azules en forma de dedos bajo las ventanas.

Ahora Mrs. Constable se coloca sus gruesas medias negras dijo Susana.

Cuando sube el humo, el sueño se evapora sobre los tejados como una ligera neblina dijo Luis.

Los pájaros cantaban en coro dijo Rhoda, pero el ruido de la aldaba que ha sido quitada a la puerta del servicio los ha hecho volar, dispersados como una flecha de semillas. Uno se ha quedado cantando solo, sin embargo, junto a la ventana del dormitorio.

En la superficie de la cacerola se forman burbujas dijo Jinny. Ellas suben cada vez más rápidas en un racimo de plata.

Sobre la mesa de la cocina, Biddy quita las escamas de los pescados con un cuchillo dentado dijo Neville.

La ventana del comedor se ha tornado de un azul oscuro dijo Bernardo, y el aire caliente vibra encima de la chimenea.

Una golondrina se ha posado sobre el pararrayos dijo Susana y Biddy ha vaciado ruidosamente el balde sobre las baldosas. ……………..

 

 

 

“Quiero todo esto”

Autor: José Agustín Goytisolo

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Quiero ser informado de todo lo que ocurre al más alto nivel
Quiero ver a la gente uno por uno
Quiero que me amnistíen por todo lo que pienso hacer de ahora en adelante
Quiero entrar en los cines sin pagar
Quiero que una persona de fiar escoja mis camisas
y nunca se equivoque
Quiero un informe sobre el comportamiento sexual de los sexólogos
Quiero que los cocineros no sean obscenos
Quiero que ordenen llevar camisa azul a todos los que en su día la llevaron
Quiero que no me den gato por liebre
Quiero que el socialismo vaya sin más directamente al grano
Quiero aprender inglés en 15 días
Quiero saber con precisión exacta la verdadera forma del Universo
Quiero que los croissants siempre estén calentitos y sabrosos
Quiero misas de culo y en latín
Quiero saber si el papel higiénico de la Real Academia limpia fija y da esplendor
Quiero ser la Madre Abadesa
Quiero que se prohiban los canalones y la plusvalía
Quiero que el Impero Romano no siga decayendo de este modo
Quiero que fichen a la policía
Quiero comer Potitos Bledine
Quiero el control de natalidad con carácter retroactivo
Quiero que se sepa que el Presidente de USA barre para su casa de una manera descarada
Quiero amor
Quiero lanzarme en plancha y rematar marcando el sexto gol al Real Madrid
Quiero que Manolono se quede calvo
Quiero saber si alguien me está robando los calzoncillos
Quiero entablar un Juicio
Quiero volver a merendar en la terraza con mis primas y tía Catalina
Quiero que me homologuen en Ohio
Quiero que alguien me nombre su Delegado en el Exterior
Quiero que Reus sea puerto de mar
Quiero que me devuelvan la gabardina que me quitaron el17 de Noviembre de 1949 en el Cine Carretas
Quiero que Dios exista
Quiero que los Catedráticos de Estética no sean tan feos
Quiero ser de derechas
Quiero jugar al mus
Quiero que no menoscaben mi integridad
Quiero tener aparcamiento reservado dondequiera que vaya
Quiero bailar el rock
Quiero que le salga un sarpullido al Santo Padre
Quiero una mantita en la barriga a la hora de la siesta
Quiero que se firmen todos los acuerdos
Quiero destituir a Bing Crosby de un modo fulminante
Quiero fugarme con la morterada
Quiero comer centollo con Julia y con la Ton
Quiero triunfar como una bestia
Quiero que no se me invite otra vez a disolverme pacíficamente
Quiero que emplumen a San Valentín
Quiero que Cataluña llegue hasta el Tirol
Quiero un felpudo igual que el del vecino
Quiero considerar seriamente la posibilidad de que me expulsen de cualquier país
Quiero unas garantías mínimas
Quiero que se suprima la circulación periférica
Quiero que en las cajas de quesitos haya más quesitos
Quiero ir a las Islas Filipinas
Quiero que se eliminen las condiciones objetivas ya que por culpa de ellas todo sale mal
Quiero que no se tiren más a nuestras mujeres
Quiero tirarme a alguien
Quiero controlar el Gasto Público partida por partida
Quiero ser bueno
Quiero que se me paguen daños y perjuicios
Quiero que cada pueblo tenga el gobierno que no semerezca
Quiero que no me avergüencen más en las autopistas
Quiero que no haya clase obrera
Quiero que trasladen las Fallas de Valencia
Quiero que no vuelvan los buenos tiempos
Quiero revolcarme en la alfombra del Hotel des Templaires
Quiero se hábilmente interrogado para cantarlo todo a la primera friega
Quiero sardinas en escabeche y pan tostado con aceite y sal
Quiero ascender por méritos de guerra
Quiero que se me incapacite legalmente para no ser ya nunca responsable de nada
Quiero que no me maten la ilusión
Quiero que no vuelvan a salir goteras en el techo
Quiero que todo el mundo cobre más
Quiero que no se me hinche la barriga
Quiero que me convenzan
Quiero un poco de caridad cristiana
Quiero que todos pasen por el tubo
Quiero un nuevo cepillo de dientes.

Quiero todo esto.
yo no puedo seguir viviendo así:
es una decisión irrevocable.

 

De: “Sobre las circunstancias” – 1983-1990
Recogido en “José Agustín Goytisolo – Obra completa”

 

“La luna es ausencia”

Autor: Vicente Aleixandre

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La luna es una ausencia
Carolina Coronado

La luna es ausencia.
Se espera siempre.
Las hojas son murmullos de la carne.
Se espera todo menos caballos pálidos.

Y, sin embargo, esos cascos de acero
(mientras la luna en las pestañas),
esos cascos de acero sobre el pecho
(mientras la luna o vaga geometría)…

Se espera siempre que al fin el pecho no sea cóncavo.
Y la luna es ausencia,
doloroso vacío de la noche redonda,
que no llega a ser cera, pero que no es mejilla.

Los remotos caballos, el mar remoto, las cadenas golpeando,
esa arena tendida que sufre siempre,
esa playa marchita, donde es de noche
al filo de los ojos amarillos y secos.

Se espera siempre.
Luna, maravilla o ausencia,
celeste pergamino color de manos fuera,
del otro lado donde el vacío es luna.

 

 

 

“Llamo a la juventud”

Autor: Miguel Hernández

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Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.

Si cada boca de España
de su juventud, pusiese
estas palabras, mordiéndolas,
en lo mejor de sus dientes:
si la juventud de España,
de un impulso solo y verde,
alzara su gallardía,
sus músculos extendiese
contra los desenfrenados
que apropiarse España quieren,
sería el mar arrojando
a la arena muda siempre
varios caballos de estiércol
de sus pueblos transparentes,
con un brazo inacabable
de perpetua espuma fuerte.

Si el Cid volviera a clavar
aquellos huesos que aún hieren
el polvo y el pensamiento,
aquel cerro de su frente,
aquel trueno de su alma
y aquella espada indeleble,
sin rival, sobre su sombra
en entrelazados laureles:
al mirar lo que de España
los alemanes pretenden,
los italianos procuran,
los moros, los portugueses,
que han grabado en nuestro cielo
constelaciones crueles
de crímenes empapados
en una sangre inocente,
subiera en su airado potro
y en su cólera celeste
a derribar trimotores
como quien derriba mieses.

Bajo una zarpa de lluvia,
y un racimo de relente,
y un ejército de sol,
campan los cuerpos rebeldes
de los españoles dignos
que al yugo no se someten,
y la claridad los sigue
y los robles los refieren.
Entre graves camilleros
hay heridos que se mueren
con el rostro rodeado
de tan diáfanos ponientes,
que son auroras sembradas
alrededor de sus sienes.
Parecen plata dormida
y oro en reposo parecen.

Llegaron a las trincheras
y dijeron firmemente:
¡Aquí echaremos raíces
antes que nadie nos eche!

Y la muerte se sintió
orgullosa de tenerles.

Pero en los negros rincones,
en los más negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda,
de tanta hermosura ausente.

Juventud solar de España:
que pase el tiempo y se quede
con un murmullo de huesos
heroicos en su corriente.
Echa tus huesos al campo,
echa las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite.
Reduce por los collados,
y apaga la mala gente,
y atrévete con el plomo,
y el hombro y la pierna extiende.

Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.
Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
y son viejos cuando vienen.
La juventud siempre empuja,
la juventud siempre vence,
y la salvación de España
de su juventud depende.

La muerte junto al fusil,
antes que se nos destierre,
antes que se nos escupa,
antes que se nos afrente
y antes que entre las cenizas
que de nuestro pueblo queden,
arrastrados sin remedio
gritemos amargamente:
¡Ay España de mi vida,
ay España de mi muerte!

 

De “Viento del pueblo” – (Poesía en la guerra) – 1937
Recogido en “Miguel Hernández – Obra Completa I”
Ed. Espasa – Clásicos
Edición publicada con motivo del centenario del nacimiento de Miguel Hernández en 2010.

 

 

 

“A batallas de amor, campo de plumas”

Autor: José Manuel Caballero Bonald

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Ningún vestigio tan inconsolable
como el que deja un cuerpo
entre las sábanas
y más
cuando la lasitud de la memoria
ocupa un espacio mayor
del que razonablemente le corresponde.

Linda el amanecer con la almohada
y algo jadea cerca, acaso un último
estertor adherido
a la carne, la otra vez adversaria
emanación del tedio estacionándose
entre los utensilios volubles
de la noche.

Despierta, ya es de día,
mira los restos del naufragio
bruscamente esparcidos
en la vidriosa linde del insomnio.

Sólo es un pacto a veces, una tregua
ungida de sudor, la extenuante
reconstrucción del sitio
donde estuvo asediando el taciturno
material del deseo.

Rastros
hostiles reptan entre un cúmulo
de trofeos y escorias, amortiguan
la inerme acometida de los cuerpos.

A batallas de amor campo de pluma.

 

De: “Las adivinaciones” – 1952
Recogido en  “Antología Personal” – 2003
Ed. Visor Libros – Poesía

 

 

La durmiente; versión I

Autor: Edgar Allan Poe

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En una noche de junio
Bajo el místico plenilunio
Me paro. La luna desprende un brillo
De opio, un vapor vago.
Goteando, en las cimas quietas
Deja su rastro y se adentra,
Soñolienta y suave,
En el valle colosal.
Sobre la tumba el romero aflora,
La lila se dobla sobre la ola.
Abrazadas a la neblina
Buscan reposo las ruinas.
Igual que el Leteo, ¡mirad!
El lago parece querer soñar
Y no despertar jamás.
¡Allí, donde toda belleza duerme
Junto a su sino yace Irene!

Esa ventana, oh dama luminosa
Abierta a la noche, ¿no es peligrosa?
Desde las copas, la brisa ligera
Las rejas de hierro, riendo, atraviesa;
La brisa incorpórea, bruja hechicera,
Por tus aposentos se pasea.
Y tan temiblemente se empecina
En mover el dosel de la cortina
Sobre el orlado borde donde
Tu alma adormecida descansa.
Las sombras por el suelo y por los muros,
Van y vienen cual lémures oscuros.
Oh amada, ¿no existe miedo en ti?
¿En qué y por qué sueñas aquí?
¡Sin duda vienes de otros confines
Para el asombro de estos jardines!
¡Qué extraños son tus vestidos, el doblez
De tu trenza larga, tu lividez
Y, sobre todo, esa solemne placidez!

La dama duerme, ¡sea su letargo
Tan profundo como largo!
¡Que el cielo la acoja en su santuario!
Pues cambió su aposento por otro divino
Y su lecho por otro más mortecino.
¡Ruego a Dios que vele por su alma
Para que pueda yacer en calma,
Ajena al deambular de los fantasmas!

Mi amor duerme, ¡sea su letargo
Tan profundo como largo,
Y sea compasivo con ella el gusano!
En pleno bosque se levanta, adusto,
Un gran panteón fosco y armado,
Un panteón que antaño desplegaba
Sus cancelas negras, córvidas alas,
Dominando triunfal los palios crestados
De los fastos fúnebres de sus antepasados.
Un sepulcro solitario y silencioso
A cuyo portal, en sus años de infancia,
Ella arrojaba pedruscos ociosos;
Una tumba a cuyo sonoro portal
Ya ningún eco volverá a arrancar,
Temblando al pensar, ¡oh pecadora mía!
Que eran gemidos de difuntos lo que oía.

 

Arte: Sleeping Beauty by Arthur Wardle

 

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Tus manos

Autora: Josefina Plá 

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De las más hondas raíces se me alargan tus manos,
Y ascienden por mis venas como cegadas lunas
A desangrar mis sienes hacia el blancor postrero
Y tejer en mis ojos su ramazón desnuda.

En mi carne de estío, como en hamaca lenta,
Ellas la adolescente de tu placer columpian.
-Tus manos, que no son. Mis años, que ya han sido.
Y un sueño de rodillas tras la palabra muda-.

Dedos sabios de ritmo, unánimes de gracia.
Cantaban silenciosos la gloria de la curva:
Cadera de mujer o contorno de vaso.

Diez espinas de beso que arañan mi garganta,
Untadas de agonía las diez pálidas uñas,
Yo los llevo en el pecho como ramos de llanto.

 

 

El amante – (Fragmento seleccionado)

Autora: Marguerite Duras

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…..No sabía que se sangraba. Me pregunta si duele, digo no, dice que se siente feliz.

Seca la sangre, me lava. Le miro hacer. Insensiblemente vuelve, se vuelve otra vez deseable. Me pregunto cómo he tenido el valor de ir al encuentro de lo prohibido por mi madre. Con esa calma, esa determinación. Cómo he llegado a ir “hasta el final de la idea”.

Nos miramos. Besa mi cuerpo. Me pregunta por qué he venido. Digo que debía hacerlo, que era como si se tratara de una obligación. Es la primera vez que hablábamos. Le hablo de la existencia de mis dos hermanos. Le digo que no tenemos dinero. Nada más. Conoce al hermano mayor, se lo ha encontrado en los fumaderos del puesto. Digo que ese hermano roba a mi madre para ir a fumar, que roba a los criados, y que a veces los encargados de los fumaderos van a reclamar el dinero a mi madre. Le hablo de las dificultades. Digo que mi madre se va a morir, que eso ya no puede durar. Que la muerte muy próxima de mi madre debe estar también en correlación con lo que hoy me ha sucedido.

Descubro que le deseo.

Me compadece, le digo que no, que no soy digna de compasión, que nadie lo es, salvo mi madre. Me dice: has venido porque tengo dinero. Digo que le deseo así, con su dinero, que cuando le vi ya estaba en ese coche, en ese dinero, y que no puedo pues saber qué hubiera hecho si hubiese sido de otra manera. Dice: me gustaría llevarte conmigo, que nos marcháramos. Digo que todavía no podría dejar a mi madre sin morirme de pena. Dice que, decididamente, no ha tenido suerte conmigo, pero que al menos me dará dinero, que no tengo por qué preocuparme. Se ha tendido otra vez. Nos callamos de nuevo.

El ruido de la ciudad es intenso, en el recuerdo es el sonido de una película pero demasiado alto, que ensordece. Lo recuerdo perfectamente, en la habitación hay poca luz, no se habla, está envuelta por el estrépito continuo de la ciudad, embarcada en la ciudad, en el tren de la ciudad. En las ventanas no hay cristales, hay cortinillas y persianas. En las cortinillas se ven las sombras de la gente que circula al sol de las aceras. Esas multitudes son enormes. Las sombras están regularmente estriadas por las rendijas de las persianas. Los taconeos de los zuecos de madera golpean la cabeza, las voces son estridentes, el chino es una lengua que se grita como siempre imagino las lenguas de los desiertos, es una lengua increíblemente extraña.

Afuera el día toca a su fin, se sabe por el rumor de las voces y el ruido de los pasos cada vez más numerosos, cada vez más confusos. Es una ciudad de placer que está en pleno apogeo por la noche. Y la noche empieza ahora con la puesta del sol.

La cama está separada de la ciudad por esas persianas de rendija, esa cortinilla de algodón. Ningún material duro nos separa de la gente. Los demás ignoran nuestra existencia. Nosotros percibimos algo de las suyas, el conjunto de sus voces, de sus movimientos, como una sirena que emitiera un clamor entrecortado, triste, sin eco. Los olores de caramelo llegan a nuestra habitación, el de cacahuetes tostados, el de sopa china, de carnes asadas, de hierbas, de jazmín, de ceniza, de incienso, de fuego de leña, el fuego se transporta aquí en cestos, se vende en las calles, el aroma de la ciudad es el de los pueblos del campo, de la selva.

De repente le vi en una bata negra. Estaba sentado, bebía un whisky, fumaba.

Me dijo que me había dormido, que se había duchado. Apenas sentí la llegada del sueño. Encendió una lámpara, en una mesa baja.

Es un hombre que tiene hábitos, pienso de repente respecto a él, debe venir relativamente a menudo a esta habitación, es un hombre que debe hacer mucho el amor, es un hombre que tiene miedo, debe hacer mucho el amor para luchar contra el miedo. Le digo que me gusta la idea de que tenga a muchas mujeres, de que yo esté entre esas mujeres, confundida. Nos miramos. Comprende lo que acabo de decir. La mirada alterada de repente, falsa, sorprendida en el mal, la muerte.

Le digo que se acerque, que tiene que empezar otra vez. Se acerca. Huele bien el cigarrillo inglés, el perfume caro, huele a miel, su piel ha adquirido a la fuerza el olor de la seda, el afrutado del tusor de seda, el del oro, es deseable. Le hablo de ese deseo de él. Me dice que espere. Me habla, dice que enseguida supo, ya desde la travesía del barco, que yo sería así después de mi primer amante, que amaría el amor, dice que ya sabía que le engañaría y que también engañaría a todos los hombres con los que estaría. Dice que, en lo que a él respecta, ha sido el instrumento de su propia desdicha. Me siento feliz con todo lo que me vaticina y se lo digo. Se vuelve brutal, su sentimiento es desesperado, se arroja encima de mí, come los pechos infantiles, grita, insulta. Cierro los ojos a un placer tan intenso. Pienso: lo tiene por costumbre, eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso. Las manos son expertas, maravillosas, perfectas. He tenido mucha suerte, es evidente, es como un oficio que tiene, sin saberlo tiene el saber exacto de lo que hay que hacer, de lo que hay que decir. Me trata de puta, de cochina, me dice que soy su único amor, y eso es lo que debe decir. Y eso es lo que se dice cuando se deja hacer lo que se dice, cuando se deja hacer al cuerpo y buscar y encontrar y tomar lo que él quiere, y todo es bueno, no hay desperdicios, los desperdicios se recubren, todo es arrastrado por el torrente, por la fuerza del deseo.

 

El ruido de la ciudad resulta tan próximo, tan cercano, que se oye su roce contra la madera de las persianas. Se oye como si atravesaran la habitación. Acaricio su cuerpo en ese ruido, en ese paso. El mar, la inmensidad que se recoge, se aleja, vuelve. Le había pedido que lo hiciera otra vez y otra. Que me lo hiciera. Lo había hecho. Lo había hecho en la untuosidad de la sangre. Y, en efecto, había sido hasta morir. Y ha sido para morirse.

Ha encendido un cigarrillo y me lo ha dado. Y muy quedo, contra mi boca, me ha hablado. También yo, muy queda, le he hablado. Como no sabe decirlo por sí mismo, lo digo yo en su lugar, porque no sabe que lleva en sí mismo una elegancia cardinal, lo digo yo en su lugar.

Ahora anochece. Me dice que toda mi vida recordaré esa tarde, incluso cuando haya olvidado su rostro, su nombre. Pregunto si recordaré la casa. Me dice: mírala bien. La miro. Digo que es como todas. Me dice que así es, sí, como siempre.

Aún puedo volver a ver el rostro, y recuerdo el nombre. Veo aún las paredes blanqueadas, la cortinilla de lona que da a la cocina, la otra puerta en forma de arcada que conduce a la otra habitación y a un jardín descubierto —las plantas mueren de calor— rodeado de balaustradas azules como la enorme quinta de Sadec de terrazas escalonadas que da al Mekong.

Es un lugar de desamparo, naufragado. Me pide que le diga en qué pienso. Le digo que pienso en mi madre, que me matará si se entera de la verdad. Veo que hace un esfuerzo y, después, dice, dice que comprende lo que mi madre quiere decir, dice: esa deshonra. Dice que no podría soportar la idea en caso de matrimonio. Le miro. Me mira a su vez, se excusa con orgullo. Dice: soy chino. Nos sonreímos. Le pregunto si es normal estar tan tristes como estamos. Dice que es debido a que hemos hecho el amor durante el día, en el momento álgido del calor. Dice que después siempre es terrible. Sonríe. Dice: tanto si se ama como si no se ama, siempre es terrible. Dice que pasará con la noche, tan pronto como llegue la noche. Digo que no sólo es debido a haberlo hecho durante el día, que se equivoca, que estoy inmersa en una tristeza que ya esperaba y que sólo procede de mí. Que siempre he sido triste. Que también percibo esa tristeza en las fotos en las que aparezco siendo niña. Que hoy esta tristeza, aun reconociendo que se trata de la misma que siempre he sentido, se me parece tanto que casi podría darle mi nombre. Hoy, le digo, esta tristeza es un bienestar, el de haber caído, por fin, en una desgracia que mi madre anuncia desde siempre cuando clama en el desierto de su vida. Le digo: no comprendo exactamente lo que mi madre dice, pero sé que esta habitación es lo que yo esperaba. Hablo sin esperar respuesta. Le digo que mi madre grita lo que cree como los enviados de Dios. Grita que no hay que esperar nada, nunca, ni de ninguna persona, ni de ningún Estado ni de ningún Dios. Mientras hablo, me mira, no me quita ojo, mientras hablo mira mi boca, estoy desnuda, me acaricia, quizá no escucha, no sé. Digo que no hago ninguna cuestión personal de la desgracia en la que me encuentro. Le cuento simplemente lo difícil que es comer, vestirse, en suma, vivir, tan sólo con el salario de mi madre. Cada vez me cuesta más hablar. Dice: ¿cómo os arregláis? Le digo que estábamos afuera, que la pobreza había derruido los muros familiares, que nos habíamos encontrado todos fuera de casa, haciendo cada cual lo que quería. Éramos unos desvergonzados. Por eso estoy aquí contigo. El está encima de mí, entra otra vez. Nos quedamos así, clavados, gimiendo en el clamor de la ciudad aún exterior. Aún la oímos. Y después dejamos de oírla.

Los besos en el cuerpo hacen llorar. Diríase que consuelan. En familia no lloro. Ese día, en esa habitación, las lágrimas consuelan del pasado y también del futuro. Le digo que un día me separaré de mi madre, que llegará un día en que ni siquiera por mi madre sentiré amor. Lloro. Apoya en mí su cabeza y llora por verme llorar. Le digo que, en mi infancia, la desdicha de mi madre ha ocupado el lugar del sueño. Que el sueño era mi madre y nunca los árboles de Navidad, siempre únicamente ella, ya sea la madre despellejada viva por la pobreza o la que, en todos sus estados, clama en el desierto, ya sea la que busca el alimento o la que interminablemente cuenta lo que le ha sucedido a ella, a Marie Legrand de Roubaix, habla de su inocencia, de sus economías, de su esperanza.

A través de las persianas atardece. El estrépito ha aumentado. Es más estridente, menos sordo. Las farolas con bombillas rojizas se han encendido.

Salimos del apartamento. Me he vuelto a poner el sombrero de hombre con la cinta negra, los zapatos dorados, el rojo oscuro de los labios, el vestido de seda. He envejecido. Lo advierto de repente. Se da cuenta. Dice: estás cansada.

En la acera, el tropel avanza en todas direcciones, lento o rápido, se abre paso, está sarnoso como los perros abandonados, es ciego como los mendigos, es una multitud de China, la sigo viendo en las imágenes de la prosperidad actual, en su modo de caminar, todos juntos, sin impacientarse nunca, en su modo de hallarse en el tropel como si se hallaran a solas, diríase que sin gusto, sin tristeza, sin curiosidad, avanzando sin presentar aspecto de andar, sin intención de andar, sino solamente de avanzar aquí más que allí, solos y entre la multitud, nunca solos en sí mismos, siempre solos en la multitud.

Vamos a uno de esos restaurantes chinos en pisos, ocupan edificios enteros, son grandes como grandes almacenes, cuarteles, se abren a la ciudad a través de balcones y terrazas. El ruido que sale de esos edificios resulta inconcebible en Europa, es el de los pedidos cantados por los camareros y tomados y cantados igualmente en las cocinas. En esos restaurantes nadie habla. En las terrazas hay orquestas chinas. Vamos al piso más tranquilo, el de los europeos, los menús son los mismos pero se grita menos. Hay ventiladores y pesadas colgaduras contra el ruido.

Le pido que me diga cuán rico es su padre, y cómo. Dice que hablar de dinero le aburre, pero que si me interesa no tiene inconveniente en decirme lo que sabe acerca de la fortuna de su padre. Todo empezó en Cholen, con los compartimentos para indígenas. Hizo construir trescientos. Varias calles le pertenecen. Habla francés con acento parisino ligeramente forzado, habla de dinero con una desenvoltura sincera. El padre tenía inmuebles que vendió con intención de comprar terrenos para construir al sur de Cholen. Cree que también se vendieron los arrozales de Sadec. Le hago preguntas referentes a las epidemias. Digo que he visto calles enteras de apartamentos cortadas de la noche a la mañana, puertas y ventanas clausuradas por causa de la peste. Me dice que aquí hay menos, que las desratizaciones son más frecuentes que en la selva. De repente, me cuenta una historia sobre los compartimentos. Su precio es mucho menos elevado que el de los inmuebles o el de las viviendas individuales y responden mucho mejor que las habitaciones separadas a las necesidades de los barrios populares. A la gente aquí le gusta estar junta, sobre todo a esa población pobre, procede del campo y le gusta vivir afuera, en la calle. Y no hay que acabar con las costumbres de los pobres. Su padre, precisamente, acaba de hacer una serie de compartimentos con galerías cubiertas que dan a la calle. Eso hace las calles más vivas, más agradables. La gente pasa el día en esas galerías exteriores. También duerme ahí cuando hace mucho calor. Le digo que también a mí me hubiera gustado vivir en una galería exterior, que cuando era niña eso se me antojaba lo ideal, estar afuera para dormir. De repente, me duele. Apenas, es muy ligero. Es el latido del corazón trasladado allí, en la herida viva y fresca que él me ha hecho, él, el que me habla, el que ha creado el placer de esta tarde. Ya no oigo lo que dice, no escucho. Se da cuenta, se calla. Le digo que siga hablando. Lo hace. Vuelvo a escucharle. Dice que piensa mucho en París. Considera que soy muy distinta de las parisinas, mucho menos amable. Le digo que este asunto de los compartimentos no debe de ser tan rentable. Ya no me responde.

 

 

El nombre de la rosa (Fragmento)

Autor: Umberto Eco

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Quinto día

VISPERAS

Donde Ubertino se larga, Bencio empieza a observar las leyes y Guillermo hace algunas reflexiones sobre los diferentes tipos de lujuria encontrados aquel día.

 

Mientras la sala capitular se iba vaciando lentamente, Michele se acercó a Guillermo, y después se les unió Ubertino. Juntos salirnos de allí para dirigirnos al claustro y poder conversar protegidos por la niebla, que no daba señas de disiparse y que, incluso, parecía aún más densa ahora que estaba oscureciendo.

-No creo que sea necesario comentar lo que acaba de suceder -dijo Guillermo-. Bernardo nos ha derrotado. No me preguntéis si ese dulciniano imbécil es realmente culpable de todos estos crímenes. Por mi parte, estoy convencido de que no lo es. En todo caso, estamos como al principio. Juan quiere que vayas solo a Aviñón, Michele, y este encuentro no ha servido para obtener las garantías que deseábamos. A1 contrario, ha sido una muestra de cómo allí podrá torcerse todo lo que digas. De donde se deduce, creo, que no debes ir.

Michele movió la cabeza:

-Pero iré. No quiero un cisma. Tú, Guillermo, hoy has hablado claro, has dicho qué es lo que quieres. Pues bien, no es eso lo que yo quiero: me doy cuenta de que las resoluciones del capítulo de Perusa han sido utilizadas por los teólogos imperiales para decir más de lo que nosotros quisimos decir. Quiero que la orden franciscana sea aceptada, con sus ideales de pobreza, por el papa. Y el papa tendrá que comprender que, sólo si la orden adopta la idea de pobreza, podrá reabsorber sus ramificaciomes heréticas. No pienso en la asamblea del pueblo ni en el derecho de gentes. Debo impedir que la orden se disuelva en una pluralidad de fraticelli. Iré a Aviñón y si es ne cesario haré acto de sumisión ante Juan. Transigiré en todo, menos en el principio de pobreza.

-¿Sabes que arriesgas la vida? -intervino Ubertino.

-Que así sea -respondió Michele-, peor es arriesgar el alma.

Arriesgó seriamente la vida y, si Juan estaba en lo justo (de lo cual aún no termino de convencerme), perdió también el alma. Como ya todos saben, una semana después de los hechos que estoy relatando, Michele fue a ver al papa. Se mantuvo firme durante cuatro meses, hasta que en abril del año siguiente Juan convocó un consistorio donde lo trató de loco, temerario, testarudo, tirano, cómplice de los herejes, víbora que anidaba en el propio seno de la iglesia. Y cabe pensar que a aquellas alturas, y desde su punto de vista, Juan tenía razón, porque durante aquellos cuatro rneses Michele se había hecho amigo del amigo de mi maestro, el otro Guillermo, el de Occam, y había llegado a compartir sus ideas, no muy distintas, salvo que aún más radicales, de las que mi maestro compartía con Marsilio y había expuesto aquella mañana. La vida de estos disidentes se volvió precaria en Aviñón, y a finales de mayo Michele, Guillermo de Occam, Bonagrazia da Bergamo, Francesco d’Ascoli y Henri de Talheim decidieron huir. Los hombres del papa los persiguieron hasta Niza, Tolón, Marsella y Aigues Mortes, donde los alcanzó el cardenal Pierre de Arrablay, quien en vano intentó persuadirlos de que regresaran, incapaz de vencer sus resistencias, su odio por el pontífice, su miedo. En junio llegaron a Pisa, donde los imperiales les brindaron una acogida triunfal, y en los meses que siguieron Michele denunció públicamente a Juan. Pero ya era demasiado tarde. La suerte del emperador estaba declinando. Desde Aviñón, Juan tramaba una maniobra para reemplazar al general de los franciscanos, y acabó consiguiéndolo. Mejor habría hecho Michele aquel día decidiendo no ir a ver al papa: habría podido ocuparse en persona de la resistencia de los franciscanos, en lugar de perder tantos meses poniéndose a merced de su enemigo, mientras su posición se iba debilitando… Pero quizás así lo había dispuesto la omnipotencia divina. . . Por otra parte, ahora ya no sé quién de ellos estaba en lo justo: cuando han pasado muchos años, el fuego de las pasiones se extingue, y con él lo que creíamos que era la luz de la verdad. ¿Quién de nosotros es todavía capaz de decir si tenía razón Héctor o Aquiles, Agamenón o Príamo, cuando luchaban por la belleza de una mujer que ahora es ceniza de cenizas?

Pero me pierdo en divagaciones melancólicas, en vez de decir cómo concluyó aquella triste conversación. Michele estaba decidido, y no hubo manera de hacer que desistiese. Y ahora se planteaba otro problema, y Guillermo lo expuso sin ambages: el propio Ubertino ya no estaba seguro. Las frases que le había dirigido Bernardo, el odio que ya le tenía el papa el hecho de que, mientras Michele aún representaba un poder con el que debía pactarse, Ubertino, en cambio, se hubiera quedado solo. . .

 

-Juan quiere a Michele en la corte y a Ubertino en el infierno. Si conozco bien a Bernardo, de aquí a mañana, y con la complicidad de la niebla, Ubertino habrá sido asesinado. Y si alguien preguntase quién ha sido, la abadía podría cargar muy bien con otro crimen… Se dirá que han sido unos diablos evocados por Remigio con sus gatos negros, o algún otro dulciniano que aún queda en este recinto. . .

Ubertino se veía preocupado.

-¿Y entonces? -preguntó.

-Entonces -dijo Guillermo-. ve a hablar con el Abad. Pídele una cabalgadura, provisiones, y una carta para alguna abadía lejana, al otro lado de los Alpes. Y aprovecha la niebla y la oscuridad para salir en seguida.

Pero acaso los arqueros no vigilan las puertas?

-La abadía tiene otras salidas; el Abad las conoce. Bastará con que un sirviente te espere un poco más abajo, con una cabalgadura. Tú saldrás por algún punto de la muralla, cruzarás un trecho de bosque y te pondrás en camino. Pero hazlo en seguida, antes de que Bernardo se recobre del éxtasis de su triunfo. Yo he de ocuparme de otro asunto. Tenía dos misiones: una ha fracasado, que al menos no fracase la otra. Quiero echar mano a un libro, y a un hombre. Si todo va bien, estarás fuera antes de que pueda inquietarme por ti. De modo que adiós.

Abrió los brazos. Conmovido, Ubertino lo estrechó entre los suyos:

Adiós, Guillermo, eres un inglés loco y arrogante, pero tienes un gran corazón. ¿Volveremos a vernos?

-Sin duda -lo tranquilizó Guillermo-, Dios lo querrá.

Pero Dios no lo quiso. Como ya he dicho, Ubertino murió asesinado misteriosamente dos años más tarde. Vida dura y aventurera la de aquel viejo combativo y apasionado. Quizá no fuera un santo, pero confío en que Dios haya premiado la inconmovible seguridad con que creyó serlo. Cuanto más viejo me vuelvo, más me abandono a la voluntad de Dios, y menos aprecio la inteligencia, que quiere saber, y la voluntad, que quiere hacer: y el único medio de salvación que reconozco es la fe, que sabe esperar con paciencia sin preguntar más de lo debido. Y, sin duda, Ubertino tuvo mucha fe en la sangre y la agonía de Nuestro Señor crucificado

Quizá también pensé en ello entonces, y el viejo místico lo percibió, o adivinó que alguna vez pensaría así. Me sonrió con ternura y me abrazó, sin la pasión con que a veces me había cogido en los días precedentes. Me abrazó como un abuelo abraza a su nieto, y la misma actitud tuve yo al responderle. Después se alejó con Michele para buscar al Abad.

-¿Y ahora? -le pregunté a Guillermo.

-Ahora volvamos a nuestros crímenes

-Maestro, hoy han sucedido cosas muy graves para la cristiandad, y vuestra misión ha fracasado. Sin embargo, parece interesaros más la solución de este misterio que el conflicto entre el papa y el emperador.

-Los locos y los niños siempre dicen la verdad, Adso. Quizá sea porque como consejero imperial mi amigo Marsilio es mejor que yo, pero como inquisidor valgo más yo. Incluso más que Bernardo, y que Dios me perdone. Porque a Bernardo no le interesa descubrir a los culpables, sino quemar a los acusados. A mí, en cambio, lo que más placer me proporciona es desenredar una madeja bien intrincada O tal vez sea también porque en un momento en que, como filósofo, dudo de que el mundo tenga algún orden, me consuela descubrir, si no un orden, al menos una serie de relaciones en pequeñas parcelas del conjunto de los hechos que suceden en el mundo. Además, es probable que exista otra razón: el hecho de que en esta historia se jueguen cosas más grandes y más importantes que la lucha entre Juan y Ludovico. . .

-¡Pero si es una historia de robos y venganzas entre monjes de poca virtud! – exclamé perplejo.

-Alrededor de un líbro prohibido, Adso, alrededor de un libro prohibido – respondió Guillermo.

Los monjes ya estaban yendo a cenar. Michele da Cesena llegó en mitad de la comida, se sentó a nuestro lado y nos comunicó que Ubertino había partido. Guillermo lanzó un suspiro de alivio.

Cuando acabó la cena, evitamos al Abad, que estaba conversando con Bernardo, y localizamos a Bencio, que nos saludó con una media sonrisa, mientras intentaba ganar la salida. Guillermo lo alcanzó y lo obligó a seguirnos hasta un rincón de la cocina.

-Bencio -le dijo-, ¿dónde está el libro?

-¿Qué libro?

-Bencio, ni tú ni yo somos tontos. Hablo del libro que buscábamos hoy en el laboratorio de Severino, y que yo no reconocí pero tú sí, de modo que luego fuiste a cogerlo…

-¿Por qué pensáis que lo he cogido

-Pienso que es así, y tú también lo piensas. ¿Dónde está?

-No puedo decirlo.

-Bencio, si no me lo dices hablaré con el Abad.

-No puedo decirlo por orden del Abad —dijo Bencio en tono virtuoso-. Después de que nos vimos sucedió algo que debéis saber. A1 morir Berengario, quedó vacante el puesto de ayudante del bibliotecario. Esta tarde Malaquías me ha pedido que ocupe este puesto. Hace justo media hora el Abad ha dado su autorización, y a partir de mañana por la mañana, espero, ser‚ iniciado en los secretos de la biblioteca. Es cierto que esta mañana he cogido el libro; lo había escondido en mi celda, bajo el jergón, sin echarle ni siquiera una ojeada, porque sabía que Malaquías me estaba vigilando. En determinado momento, él me propuso lo que acabo de contaros. Entonces hice lo que debe hacer un ayudante del bibliotecario: le entregué el libro

No pude contenerme e intervine, con violencia:

-Pero Bencio, ayer, y anteayer, tú. . . vos decíais que ardíais de curiosidad por conocer, que no deseabais que la biblioteca siguiese ocultando misterios, que un estudioso debe saber. . .

Bencio no decía nada, y se ruborizó, pero Guillermo me detuvo :

-Adso, desde hace unas horas Bencio se ha pasado a la otra parte. Ahora es él el guardián de esos secretos que quería conocer, y como tal dispondrá de todo el tiempo que desee para conocerlos.

-Pero ¿y los otros? -pregunté-. ¡Bencio hablaba en nombre de todos los sabios!

-Eso era antes -dijo Guillermo, y me arrastró fuera, dejando a Bencio sumido en la confusión.

-Bencio -me dijo luego Guillermo- es víctima de una gran lujuria, que no es la de Berengario ni la del cillerero, sino la de muchos estudiosos, la lujuria del saber. Del saber por sí mismo. Se encontraba excluido de una parte de ese saber, y deseaba apoderarse de ella. Ahora lo ha hecho. Malaquías sabía con quién trataba, y se valió del recurso más idóneo para recuperar el libro y sellar los labios de Bencio. Me preguntarás de qué sirve dominar toda esa reserva de saber si se acata la regla que impide ponerlo a disposición de todos los demás. Pero por eso he hablado de lujuria. No era lujuria la sed de conocimiento que sentía Roger Bacon, pues quería utilizar la ciencia para hacer más feliz al pueblo de Dios y, por tanto, no buscaba el saber por el saber. En cambio, la curiosidad de Bencio es insaciable, es orgullo del intelecto, un medio como cualquiera de los otros de que dispone un monje para transformar y calmar los deseos de su carne, o el ardor que lleva a otros a convertirse en guerreros de la fe, o de la herejía. No sólo es lujuria la de la carne. También lo es la de Bernardo Gui: perversa lujuria de justicia, que se identifica con la lujuria del poder. Es lujuria de riqueza la de nuestro santo y ya no romano pontífice. Era lujuria de testimonio, de transformación, de penitencia y de muerte la del cillerero en su juventud. Y es lujuria de libros la de Bencio. Como todas las lujurias, como la de Onán, que derramaba su semen en la tierra, es lujuria estéril, y nada tiene que ver con el amor. ni siquiera con el amor carnal—-

 

-Lo sé -murmuré sin querer.

Guillermo fingió no haber escuchado. Pero, como continuando con lo que iba diciendo, añadió:

-E1 amor bueno quiere el bien del amado

-¿Acaso Bencio no querrá el bien de sus libros; (pues ahora también son suyos) y no pensará que su bien consiste precisamente en permanecer lejos de manos rapaces? -pregunté.

-E1 bien de un libro consiste en ser leído. Un libro está hecho de signos que hablan de otros signos, que, a su vez, hablan de las cosas. Sin unos ojos que lo lean, un libro contiene signos que no producen conceptos. Y por tanto, es mudo. Quiz á esta biblioteca haya nacido para salvar los libros que contiene. pero ahora vive para mantenerlos sepultados. Por eso se ha convertido en pábulo de impiedad. El cillerero ha dicho que traicionó. Lo mismo ha hecho Bencio. Ha traicionado. ¡Oh, querido Adso. qué día más feo! ¡Lleno de sangre y destrucción! Por hoy tengo bastante. Vayamos también nosotros a completas, y después a dormir.

A1 salir de la cocina encontramos a Aymaro. Nos preguntó si era cierto lo que se murmuraba: que Malaquías había propuesto a Bencio para el cargo de ayudante. No pudimos hacer otra cosa que confirmárselo.

-Este Malaquías ha hecho muchas cosas finas, hoy -dijo Aymaro con su habitual sonrisa de desprecio e indulgencia-. Si hubiese justicia, el diablo vendría a llevárselo esta noche.

 

Imágen: Fotograma del film “El nombre de la Rosa”