Una rosa para Emily

Por William Faulkner

The Modern Library, Random House. Nueva York, 1946

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1.

Cuando murió la señorita Emily Grierson, todo nuestro pueblo fue a su funeral: los hombres por una especie de respetuoso afecto hacia un monumento caído, las mujeres sobre todo por la curiosidad de ver el interior de su casa, que nadie, excepto un viejo criado —mezcla de jardinero y cocinero— había visto, por lo menos, en los últimos diez años.

Era una casa de madera, grande, más bien cuadrada, que alguna vez había sido blanca; estaba decorada con cúpulas, agujas y balcones con volutas, según el airoso y pesado estilo de los setenta. Se ubicaba en la que antiguamente fue nuestra mejor calle, después invadida por talleres y limpiadoras de algodón que se inmiscuyeron e hicieron caer en el olvido incluso los apellidos más ilustres de ese vecindario. Sólo la casa de la señorita Emily seguía alzando su obstinada y coquetona decadencia por encima de los camiones de algodón y las bombas de gasolina —un adefesio entre adefesios. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los que otrora portaran aquellos ilustres apellidos en el lánguido cementerio de cedros, donde yacían entre las tumbas, ordenadas en filas y anónimas, de los soldados de la Unión y la Confederación que cayeron en la batalla de Jefferson.

En vida, la señorita Emily había sido una tradición, una preocupación y un deber; algo así como una obligación hereditaria que recayó sobre el pueblo desde aquel día de 1894 en que el coronel Sartoris, el alcalde —quien creó el decreto por el cual ninguna mujer negra podría salir a la calle sin un delantal— le condonó el pago de impuestos desde la muerte de su padre y a perpetuidad. No era que la señorita Emily hubiera aceptado una obra de caridad. El coronel Sartoris inventó una complicada historia según la cual el padre de ella había prestado dinero al pueblo, dinero que la comunidad, por cuestiones financieras, prefería pagarle de esta manera. Sólo un hombre de la generación y con la mentalidad del coronel Sartoris podría haber inventado algo así, y sólo una mujer podría haberlo creído.

Este acuerdo generó cierto descontento cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, llegó a la alcaldía y al Consejo. El primer día del año le enviaron por correo una notificación del pago de impuestos. Llegó febrero y aún no había respuesta. Le escribieron un oficio para pedirle que se presentara en la oficina del alguacil en cuanto le fuera posible. Una semana después, el alcalde mismo le escribió, ofreciéndose a visitarla o enviarle su coche y recibió como respuesta una nota escrita en un papel de apariencia anticuada, con caligrafía fina y fluida y tinta desvanecida, en la que la señorita Emily le decía que ya no salía nunca. También incluía la notificación del pago de impuestos, sin comentario alguno.

Convocaron a una junta especial de concejales. Una delegación fue a buscarla y tocó la puerta por la que ningún visitante había pasado desde que ella dejó de dar clases de pintura en porcelana ocho o diez años antes. El viejo negro los guió hacia un oscuro vestíbulo, desde donde ascendía una escalera que se adentraba en una oscuridad todavía más profunda. Olía a polvo y desuso —un olor a encierro, a humedad. El negro los condujo a la sala, donde había pesados muebles de piel. Cuando él abrió las persianas de una ventana, pudieron ver las grietas en la piel de los muebles y al sentarse, un ligero polvillo se elevó perezosamente alrededor de sus muslos, girando con lentas motas a la luz del único rayo de sol. En un caballete dorado deslustrado que se encontraba frente a la chimenea, se erigía un retrato al carbón del padre de la señorita Emily.

Se levantaron cuando ella entró —una mujer pequeña y gorda, vestida de negro, con una delgada cadena de oro que descendía hasta su cintura y desaparecía en su cinturón. Se apoyaba en un bastón de ébano con cabeza de oro deslustrado. Su esqueleto era pequeño y enjuto; quizás por eso lo que en otra persona hubiera sido simple gordura, en ella era obesidad. Se veía hinchada y con el mismo color pálido que un cuerpo sumergido por mucho tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las protuberancias que formaban los pliegues de su cara, parecían dos pequeños carbones presionados en un bulto de masa que se movían de una cara a otra mientras los visitantes explicaban el motivo de su visita.

Ella no los invitó a sentarse. Solamente se paró bajo el marco de la puerta y escuchó en silencio hasta que el hombre titubeó y se detuvo. Entonces ellos pudieron escuchar el tictac del invisible reloj que colgaba de la cadena de oro.

Su voz era seca y fría. “Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. El coronel Sartoris me lo explicó. Quizás alguno de ustedes pueda tener acceso a los registros de la ciudad y comprobarlo por sí mismo.”

“Ya lo hicimos. Somos las autoridades de la ciudad, señorita Emily. ¿No recibió una notificación del alguacil, firmada por él mismo?”

“Sí, recibí un papel —dijo la señorita Emily—. Quizás él se cree el alguacil… Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.”

“Pero, verá usted, no hay ningún registro que lo demuestre. Debemos seguir…”

“Vean al coronel Sartoris. Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.”

“Pero, señorita Emily…”

“Vean al coronel Sartoris. (El coronel Sartoris había muerto hacía casi diez años.) Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. ¡Tobe! —el negro apareció—. Muéstrale a los caballeros dónde está la salida.”

 

 

2.

Así que los venció, por completo, tal y como había vencido a sus antepasados treinta años atrás en relación con el olor. Eso fue dos años después de la muerte del padre de la señorita Emily y poco después de que su enamorado —el que todos creíamos que la desposaría— la abandonara. Después de la muerte de su padre ella salía muy poco; después de que su novio se fue, ya no se le veía en la calle en lo absoluto. Algunas damas tuvieron la osadía de buscarla pero no las recibió, y la única señal de vida en el lugar era el negro —joven entonces— que salía y entraba con la canasta del mercado.

 “Como si un hombre —cualquier hombre— pudiera llevar una cocina adecuadamente”, decían las damas. Así que no se sorprendieron cuando surgió el olor. Fue otro vínculo entre el mundo ordinario, terrenal, y los encumbrados y poderosos Grierson.

Una vecina se quejó con el alcalde, el juez Stevens, de ochenta años de edad.

“¿Pero qué quiere que haga al respecto, señora?”, dijo.

“Bueno, mande a alguien a decirle que lo detenga —dijo la mujer—. ¿Acaso no hay leyes?”

“Estoy seguro de que no será necesario —dijo el juez Stevens—. Probablemente sea solamente que su negro mató una víbora o una rata en el jardín. Hablaré con él al respecto.”

Al día siguiente recibió dos quejas más, una de ellas de un hombre que le dijo con tímida desaprobación: “De verdad debemos hacer algo al respecto, juez. Yo sería el último en molestar a la señorita Emily, pero debemos hacer algo.” Esa noche el Consejo se reunió —tres hombres con barbas grises y un hombre más joven, miembro de la nueva generación.

“Es simple —dijo este último—. Enviémosle un aviso para que limpie su propiedad. Le damos un plazo para hacerlo y si no lo hace…”

“Por Dios —dijo el juez Stevens—, ¿acusaría a una dama de oler mal en su propia cara?”

Así que la noche siguiente, después de media noche, cuatro hombres cruzaron el jardín de la señorita Emily y se escabulleron en la casa como ladrones, husmeando a lo largo del basamento de ladrillo y los huecos del sótano mientras uno de ellos hacía un movimiento regular con el brazo, como de sembrador, sacando algo de un saco que colgaba de su hombro. Rompieron la puerta del sótano y espolvorearon cal ahí y en todo el exterior de la casa. Cuando cruzaron de nuevo el jardín, una ventana que había estado apagada estaba ahora iluminada y se podía ver a la señorita Emily sentada, con la luz detrás de ella y la parte superior de su torso inmóvil como la de un ídolo. Se deslizaron silenciosamente a través del césped hacia la sombra de las acacias que bordeaban la calle. Después de una semana o dos el olor desapareció.

Eso fue cuando la gente ya había comenzado a sentir verdadera pena por ella. El pueblo recordaba cómo la anciana Wyatt, su tía abuela, se había vuelto completamente loca y creía que los Grierson se sentían más importantes de lo que realmente eran. Ningún joven era lo suficientemente bueno para la señorita Emily y su familia. Habíamos pensado durante mucho tiempo en ellos como si fueran un cuadro, la delgada figura de la señorita Emily en el fondo y la figura de su padre al frente, con la espalda vuelta hacia ella y sujetando un látigo, ambos enmarcados por la puerta principal abierta. Así que cuando ella cumplió treinta años y aún era soltera, no fuimos precisamente complacidos, sino vengados; incluso con la locura de su familia, ella no hubiera rechazado todas sus oportunidades si éstas se hubieran materializado de verdad.

Cuando su padre murió, se rumoraba que la casa fue todo lo que le dejó, y de alguna forma, la gente estaba contenta por ello. Finalmente podrían compadecerse de la señorita Emily. Al quedar sola y pobre, se había humanizado. Ahora también ella sabría lo que eran la desesperación y el temor de tener un centavo de más o de menos.

El día siguiente a la muerte de su padre, todas las damas se prepararon para ir a su casa y ofrecer sus condolencias y ayuda, como es nuestra costumbre. La señorita Emily las encontró en la puerta, vestida como siempre y sin señal alguna de aflicción en el rostro. Les dijo que su padre no estaba muerto. Lo hizo durante tres días, con todo y que los ministros y los doctores la buscaban tratando de persuadirla para deshacerse del cuerpo. Justo cuando iban a recurrir a la ley y la fuerza, ella tuvo una crisis y ellos enterraron a su padre rápidamente.

Entonces no decíamos que estaba loca. Creíamos que tenía que hacer lo que hizo. Recordábamos a todos los jóvenes que su padre había ahuyentado y sabíamos que, ahora que nada le quedaba, tendría que aferrarse a quien la había robado, como cualquiera en su lugar lo haría.

 

 

3.

Estuvo enferma durante mucho tiempo y cuando volvimos a verla, se había cortado el cabello, lo que la hacía parecer una niña, con un ligero parecido a esos ángeles de los vitrales de las iglesias —entre trágicos y serenos.

El pueblo acababa de aceptar los contratos para pavimentar las aceras y las obras comenzaron en el verano que siguió a la muerte de su padre. La compañía de construcción llegó con negros y mulas, maquinaria y un capataz llamado Homer Barron, yanki —un hombre grande, de piel oscura, vivaz, con una voz fuerte y ojos más claros que su rostro. Los niños lo seguían en grupos para escucharlo maldecir a los negros y a éstos cantar al compás con que subían y bajaban los picos. Muy pronto Homer Barron conocía ya a todo el pueblo. Siempre que se escuchaban risas en algún lugar de la plaza, él estaba en el centro del grupo. Poco tiempo después comenzamos a verlo con la señorita Emily las tardes de domingo, conduciendo su coche con ruedas amarillas y el par de caballos bayos de la caballeriza.

Al principio nos dio gusto que la señorita Emily estuviera interesada en alguien, porque todas las damas decían: “Por supuesto, una Grierson no tomaría en serio a un obrero del norte.” Pero otros, mayores, afirmaban que ni siquiera la aflicción podría hacer que una verdadera dama olvidara la noblesse oblige —sin llamarla exactamente noblesse oblige. Solamente decían: “Pobre Emily. Su familia debería visitarla.” Ella tenía algunos parientes en Alabama; pero años atrás su padre se había peleado con ellos por la herencia de la anciana Wyatt, la loca, y ya no había comunicación entre las dos familias. Ni siquiera habían enviado a alguien en su representación al funeral.

Y tan pronto como los ancianos dijeron “Pobre Emily”, los rumores comenzaron. “¿Crees que sea cierto? —se decían entre ellos—. Por supuesto que sí. ¿Qué más podría…?” Lo decían a sus espaldas; y el susurro de la seda y el raso detrás de las persianas cerradas bajo el sol de la tarde de domingo conforme sonaba el rápido clop-clop-clop de los caballos: “Pobre Emily.”

Ella llevaba la frente muy en alto —incluso cuando creíamos que había caído. Era como si demandara más que nunca el reconocimiento de su dignidad como la última Grierson; como si ese toque de desenfado reafirmara su impenetrabilidad. Como cuando compró el veneno para ratas, el arsénico. Eso sucedió un año después de que comenzaran a decir “Pobre Emily”, durante la visita de sus dos primas.

“Quiero un veneno”, dijo al droguero. Entonces ya rebasaba los treinta, era aún una mujer delgada, aunque más delgada de lo normal, con ojos negros, fríos y arrogantes, en una cara con la piel estirada sobre las sienes y alrededor de los ojos, como uno imaginaría que debe verse la cara de un guardafaros. “Quiero un veneno”, dijo.

“Sí, señorita Emily. ¿De qué tipo? ¿Para ratas y cosas por el estilo? Le recomiendo…”

“Quiero el mejor que tenga. No me importa de qué tipo sea.”

El droguero mencionó varios. “Matarían hasta a un elefante. Pero lo que quiere es…”

“Arsénico —dijo la señorita Emily—. ¿Ése es bueno?”

“¿Arsénico?… Sí, señora. Pero lo que usted quiere…”

“Quiero arsénico.”

 

El droguero bajó la mirada. Ella lo miró, muy erguida, con el rostro como una bandera tirante. “Bueno, por supuesto —dijo el droguero—. Si eso es lo que desea. Pero la ley exige que diga para qué va a usarlo.”

La señorita Emily sólo lo miró, con la cabeza inclinada hacia atrás para verlo a los ojos, hasta que él desvió la mirada, fue por el arsénico y lo envolvió. El repartidor, un niño negro, le llevó el paquete; el droguero no volvió. Cuando ella abrió el paquete en su casa, estaba escrito sobre la caja, debajo del símbolo de la calavera y los huesos cruzados: “Para ratas.”

 

 

4.

Así que al día siguiente todos dijimos “Va a suicidarse”; y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando se le había comenzado a ver con Homer Barron, habíamos dicho “Se casará con él”. Luego dijimos “Todavía puede convencerlo”, porque el mismo Homer había puntualizado que él no era para casarse, le gustaba alternar con hombres y se sabía que bebía con los jóvenes en el Club de Elk. Después dijimos “Pobre Emily” detrás de las persianas, cuando pasaban por la tarde de domingo en el brillante coche, la señorita Emily con la frente en alto y Homer Barron con el sombrero ladeado y un puro entre los dientes, tomando las riendas y el látigo entre sus guantes amarillos.

Luego algunas damas comenzaron a decir que era una desgracia para el pueblo y un mal ejemplo para los jóvenes. Los hombres no querían intervenir, pero finalmente las damas forzaron al pastor de la iglesia bautista —la familia de la señorita Emily pertenecía a la iglesia episcopal— a que hablara con ella. Él nunca habría de decir qué pasó durante la entrevista, pero se negó a regresar. Al domingo siguiente ellos pasaron de nuevo por las calles y el lunes la esposa del ministro le escribió a los parientes de la señorita Emily en Alabama.

De modo que de nuevo tenía parientes bajo su techo y nosotros esperamos para ver los acontecimientos. Al principio no sucedió nada. Luego estábamos seguros de que se casarían. Nos enteramos de que la señorita Emily había ido con el joyero y le había pedido un juego de tocador de plata para hombre, con las letras H.B. grabadas en cada pieza. Dos días después nos enteramos de que había comprado un juego completo de ropa de hombre, incluyendo un camisón para dormir. Entonces dijimos “Están casados”. De verdad estábamos contentos. Lo estábamos porque las dos primas eran aún más Grierson de lo que la señorita Emily había sido.

De modo que no nos sorprendió que Homer Barron se fuera —las obras en las calles habían terminado desde hacía algún tiempo. Nos desilusionó un poco que no hubiera una despedida pública, pero creíamos que él se había ido para preparar la llegada de la señorita Emily, o para darle la oportunidad de deshacerse de sus primas. (Para entonces ya era una conspiración y todos éramos aliados de la señorita Emily para ayudar a ahuyentar a las primas.) Efectivamente, después de una semana partieron. Y, como todos esperábamos, tres días después Homer Barron volvió al pueblo. Una vecina vio al negro recibiéndolo por la puerta de la cocina en la penumbra una noche.

Ésa fue la última vez que vimos a Homer Barron. También a la señorita Emily, por algún tiempo. El negro entraba y salía con la canasta del mercado, pero la puerta principal seguía cerrada. De vez en cuando la veíamos en la ventana por un momento, como cuando la vieron los hombres que esparcieron la cal, pero durante casi seis meses ella no se apareció en la calle. Entonces supimos que también esto era de esperarse; como si la personalidad de su padre, que había frustrado su vida de mujer tantas veces, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa como para morir.

Cuando volvimos a verla, había engordado y su cabello se estaba volviendo gris. Con los años se tornó gradualmente más gris hasta que llegó a ser de un gris acerado, entrecano parejo, y así permaneció. El día de su muerte a los setenta y cuatro años seguía siendo el mismo brioso gris acerado, como el cabello de un hombre activo.

A partir de entonces la puesta principal de su casa permaneció cerrada, excepto por un periodo de seis o siete años, cuando ella tenía alrededor de cuarenta años, durante el cual dio clases de pintura en porcelana. Acondicionó una de las habitaciones a manera de estudio en la planta baja y allí le enviaban a las hijas y nietas de los coetáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y el mismo espíritu con que las mandaban a la iglesia los domingos, con una moneda de veinticinco centavos para la canastilla de la limosna. Para entonces ya le habían condonado el pago de impuestos.

Entonces la nueva generación se volvió la columna vertebral y el alma del pueblo, las alumnas de pintura crecieron, se fueron y no enviaron a sus hijas con cajas de colores y tediosos pinceles e imágenes recortadas de las revistas para damas a la casa de la señorita Emily. La puerta principal se cerró por última vez detrás de la última alumna y permaneció cerrada para siempre. Cuando el pueblo tuvo correo gratuito, únicamente la señorita Emily se negó a dejarlos poner los números metálicos sobre su puerta y a instalar un buzón. Ella no los escuchaba.

Día con día, mes con mes, año con año, vimos al negro encanecer y encorvarse, entrando y saliendo con la canasta del mercado. Cada diciembre enviábamos a la señorita Emily una notificación para que pagara sus impuestos, notificación que regresaría por correo una semana después, sin haber sido abierta. De vez en cuando la veíamos en una de las ventanas de la planta baja —evidentemente, había cerrado el piso superior de la casa— como el torso tallado de un ídolo en un nicho, sin que supiéramos si nos veía o no. Así siguió de generación en generación —cercana, ineludible, impenetrable, impasible y perversa.

Y así murió. Se enfermó en la casa llena de polvo y de sombras, con sólo el negro senil para atenderla. Ni siquiera nos enteramos de que estaba enferma; hacía mucho que habíamos dejado de intentar obtener información del negro. Él no hablaba con nadie, quizás ni siquiera con ella, ya que su voz se había vuelto áspera y oxidada, como por el desuso.

Ella murió en una habitación de la planta baja, en una pesada cama de nogal con cortina, su cabeza gris apoyada en una almohada amarillenta y mohosa por el tiempo y la falta de luz del sol.

 

 

5.

El negro recibió a las damas en la puerta principal, con sus cuchicheos silbantes y sus miradas furtivas y curiosas, y luego desapareció. Atravesó la casa, salió por la parte trasera y nadie volvió a verlo.

Las dos primas vinieron en seguida. Ellas organizaron el funeral al segundo día y recibieron al pueblo que venía a ver a la señorita Emily bajo un ramo de flores compradas, con la cara al carbón de su padre meditando profundamente por encima del ataúd, las damas repugnantes susurrando y los muy ancianos —algunos con sus uniformes de la Confederación recién cepillados— en el porche y el césped, hablando de la señorita Emily como si hubiera sido contemporánea suya, creyendo que habían bailado con ella y que quizás hasta la habían cortejado, confundiendo el tiempo y su progresión matemática, como le pasa a los ancianos, para quienes el pasado no es un camino que se estrecha, sino un vasto campo al que el invierno nunca toca, separado de ellos por el estrecho cuello de botella de la década más reciente.

Ya sabíamos que había una habitación en el piso de arriba que nadie había visto en cuarenta años, cuya puerta debería forzarse. Esperaron, sin embargo, hasta que la señorita Emily estuviera decentemente bajo tierra antes de abrirla.

La violencia al romper la puerta pareció llenar la habitación con un polvillo penetrante. Un paño delgado como el de la tumba cubría toda la habitación que es taba adornada y amueblada como para unas nupcias: sobre las cenefas de color rosa desvaído, sobre las luces rosas, sobre el tocador, sobre los delicados adornos de cristal y sobre los artículos de tocador de hombre, cubiertos con plata deslustrada, tan deslustrada que las letras estaban oscurecidas. Entre ellos estaba un cuello y una corbata, como si alguien se los acabara de quitar; al levantarlos, dejaron sobre la superficie una pálida medialuna entre el polvo. Sobre una silla estaba colgado el traje, cuidadosamente doblado; debajo de éste, los mudos zapatos y los calcetines tirados a un lado.

El hombre yacía en la cama.

Durante un largo rato nos quedamos parados ahí, contemplando aquella sonrisa profunda y descarnada. Parecía que el cuerpo había estado alguna vez en la posición de un abrazo, pero ahora el largo sueño que sobrevive al amor, que conquista incluso los gestos del amor, le había sido infiel. Lo que quedaba de él, podrido bajo lo que quedaba del camisón, se había vuelto inseparable de la cama en la que yacía, y la cubierta uniforme del paciente y eterno polvo cubría el cuerpo y la almohada a su lado.

Entonces nos dimos cuenta de que en la segunda almohada estaba la marca de una cabeza. Uno de nosotros levantó algo de ella e, inclinándonos hacia delante, con el débil e invisible polvo seco y acre en la nariz, encontramos un largo mechón de cabello color gris acerado.

 

 

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Maldito Fernando Pessoa

“El poeta es un fingidor que finge constantemente, 
que hasta finge que es dolor, el dolor que en verdad siente.
Y, en el dolor que han leído, a leer sus lectores vienen, 
no los dos que él ha tenido, sino sólo el que no tiene.
Y así en la vida se mete, distrayendo a la razón, 
y gira, el tren de juguete que se llama el corazón.”

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Pessoa significa “persona” : hay que sobrellevar el destino de ese nombre mientras se piensa que la personalidad es una falacia torturante o una convención vacía; cuando se tiene la convicción de que no es preciso conocerse, pero desconocerse apabulla.

Quería sentir con la imaginación, porque la idea de actuar lo angustiaba de pereza, era, más que la polifonía verbal realizada, la encarnación literaria de un destacamento entero de personalidades , prueba de que las sombras y la enajenación no estaban reñidas con una mente constructiva rigurosa.

En él arreciaba el temor a la locura: oía voces, sentía que el brazo se le volvía autónomo, lo llenaban de impulsos destructivos, eran nadie o se desdoblaba; se defendía estudiando pero mas que nada escribiendo.

Acechado por la locura, marcado por la muerte temprana de su padre, la aparición de un usurpador, el exilio inmediato del lugar y la lengua natales, alcohólico y cancerbero del fantasma de la homosexualidad, tradicionalista que languidecía por la ciudad moderna; hizo de la contradicción una vía.

Tuvo raptos mediúnicos y albergó “todos los sueños del mundo” sin disponer de las quejas contra su incurable manía de pensar.

Condensa la autoconciencia poética de comienzos de siglo en coplas populares paradójicas, induciendo al lector al hábito de lo intrincado. En su obra acecha un halo negativo, porque no enseñaba a gobernar el espíritu sino a indisciplinarlo.

Aunque se declare incapaz de sentir con el corazón, el pensamiento le bastaba para sentirlo todo. En Pessoa todo combate con algo, todo choca con su opuesto, y a veces se agita, o se supera, o se apaga, no sin antes haberse fortalecido, después vuelve a ponerse en duda. Pessoa es una alternativa: otro universo posible.

“Para que pueda ser he e ser otro,

salir de mí, buscarme entre los otros,

los otros que no son si yo no existo,

los otros que me dan plena existencia.”

                                                                            Octavio Paz

 

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Los heterónimos: son seres que habitan o posibilidades de él, cada uno hizo una obra de contornos resueltos y reconocibles, Pessoa los vigila a todos y se deja vigilar por ellos; afirmar que la unidad del yo es argucia de los hombres débiles, que somos varios o nada conscientes, no es más negativo que entregarse a un papel fijo que nos representa mal (en caso que halla que representar algo). Al contrario en Pessoa, por lo menos una vez, los poemas de los distintos poetas transmiten la mundo la fertilidad de una dispersión armónica, para conmovernos integralmente demostrándonos que no necesariamente estamos condenados a ser siempre los mismos. La angustia de no reconocer en las palabras nada propio, la ignorancia de lo que no se es, el hastío de cargar con un cuerpo, la aspiración de dejar de sentir y anular el deseo: todo ese despersonalizarse fue en Pessoa la condición para ser realmente y existían solo mediante una permutación incesante y no solo en el plano imaginario.-

Heterónimo: es el nombre, distinto del suyo verdadero, con que un autor crea vidas y obras distintas a él mismo.

Desde niño -le dice a Casais Monteiro- tuve la tendencia a crear en torno a mí u mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron“.

No sé si realmente no existieron o soy yo el que no existo. En esto, como en todo no debemos ser dogmáticos…

Los heterónimos nacieron alrededor de 1912 repletos de temas esotéricos paganos, futuristas y nihilistas; “se plural como el universo” escribió.

Los heterónimos son poetas independientes de la personalidad de su creador, quien llega a dudar de haberlos creado; “me parece que fui yo, creador de todo lo que menos hubo allí“. Tienen su propia biografía verosímil, son independientes uno de otro, pero están relacionados entre sí. Los estilos, la escritura, los asuntos, las lecturas y hasta las influencias literarias en particular y culturales en general, son diferentes.

“E aquí un sistema de resonancias que mantiene unido un universo siempre al borde de la desintegración”

Pessoa es más un médium que un creador. La idea de Supra-Comoens lleva a Pessoa a su invención de la heteronimia, era su tendencia orgánica y constante a la simulación y a la despersonalización que lo llevan a autodefinirse como un fingidor que “hasta finge que es dolor el dolor que de verdad siente…”.

Dice Pessoa: “_Lo que soy esencialmente –tras la involuntaria máscara del poeta, del pensador y de cuanto más haya- es dramaturgo. El fenómeno de mi despersonalización instintiva para la explicación de la existencia de los heterónimos conduce de forma natural a esa definición. Así pues, no evoluciono: VIAJO (por un lapso, en la tecla de la mayúscula me salió, sin que quisiera, esa palabra en letra grande). Voy cambiando de personalidad, voy (aquí puede haber una evolución) enriqueciendo mi capacidad de crear personalidades nuevas, nuevos tipos de fingir que comprendo el mundo, o mejor de fingir que se puede comprender.”

Estos fenómenos -afortunadamente para mí y para los demáás- los ideé en mí; quiero decir, que no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de relación con los demás; estallan hacia adentro y los vivo conmigo.”

 

 Fuente: sites.google.com/site/escritoresmalditos/

 

 

 

Plaza Mayor de Madrid

La plaza Mayor de Madrid (España) está situada en el centro de laciudad, a pocos metros de la plaza de la Puerta del Sol , y junto a la calle Mayor.

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Historia

Los orígenes de la plaza se remontan al siglo XVI, cuando en la confluencia de los caminos (hoy en día calles) de Toledo y Atocha, a las afueras de la villa medieval, se celebraba en este sitio, conocido como «plaza del Arrabal», el mercado principal de la villa, construyéndose en esta época una primera casa porticada, o lonja, para regular el comercio en la plaza.

En 1580, tras haber trasladado la corte a Madrid en 1561Felipe IIencargó el proyecto de remodelación de la plaza a Juan de Herrera, comenzándose el derribo de las «casas de manzanas» de la antigua plaza ese mismo año. La construcción del primer edificio de la nueva plaza, la Casa de la Panadería, comenzaría en1590 a cargo de Diego Sillero, en el solar de la antigua lonja. En1617Felipe III, encargó la finalización de las obras a Juan Gómez de Mora, quién concluirá la plaza en 1619.

La plaza Mayor ha sufrido tres grandes incendios en su historia, el primero de ellos en 1631, encargándose el mismo Juan Gómez de Mora de las obras de reconstrucción. El segundo de los incendios ocurrió en 1670 siendo el arquitecto Tomás Román el encargado de la reconstrucción. El último de los incendios, que arrasó un tercio de la plaza, tuvo lugar en 1790, dirigiendo las labores de extinciónSabatini. Se encargó la reconstrucción a Juan de Villanueva, que rebajó la altura del caserío que rodea la plaza de cinco a tres plantas y cerró las esquinas habilitando grandes arcadas para su acceso. Las obras de reconstrucción se prolongarían hasta 1854, continuándolas, tras la muerte de Villanueva, sus discípulos Antonio López Aguado yCustodio Moreno.

En 1848, se colocó la estatua ecuestre de Felipe III en el centro de la plaza, obra de Juan de Bolonia y Pietro Tacca que data de 1616.

En 1880, se restauró la Casa de la Panadería, encargándose Joaquín María de la Vega del proyecto. En1921 se reformó el caserío, trabajo a cargo de Oriol. En 1935 se realizó otra reforma, llevada a cabo porFernando García de Mercadal. Y en los años 60 se acometió una restauración general, que la cerró al tráfico rodado y habilitó un aparcamiento subterráneo bajo la plaza. La última de las actuaciones en la plaza Mayor, llevada a cabo en 1992, consistió en la decoración mural, obra de Carlos Franco, de la Casa de la Panadería, que representa personajes mitológicos como la diosa Cibeles.

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El nombre de la plaza

El nombre de la plaza ha variado a lo largo de la historia, del primigenio nombre de «plaza del Arrabal» pasó a llamarse «plaza Mayor».

Se llamó «plaza del Arrabal» cuando, de estar fuera del recinto amurrallado medieval, pasó a constituir el centro de los nuevos barrios conformados por el ensanchamiento de la villa hacia el este durante el reinado de Juan II de Castilla, llamados «el Arrabal».

En 1812, cumpliendo el decreto que disponía que todas la plazas mayores de España pasasen a llamarse «plaza de la Constitución», cambió de nombre, pero solo duraría hasta 1814, año en que pasó a llamarse «plaza Real». Recuperó el nombre de «plaza de la Constitución» en los períodos de 1820 a 1823, de 18331835 y de 1840 a 1843.

En 1873, cambió su nombre por el de «plaza de la República», y otra vez a «Plaza de la Constitución» desde la Restauración de Alfonso XII en 1876 hasta la Dictadura de Primo de Rivera en 1923. Tras la proclamación de la II República se volvió a cambiar al nombre de «plaza de la Constitución» hasta el final de la Guerra Civil española cuando se recupera el popular nombre de «plaza Mayor», nombre que perdura hasta la actualidad.

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Usos

La plaza Mayor se convirtió desde sus inicios, no solo en el principal mercado de la villa, tanto de alimentación (surtida por los numerosos tablajerosvigilados por el Repeso) como de otros géneros (instalándose en sus soportales los principales gremios); sino también en el escenario de numerosos actos públicos, comocorridas de torosautos de fe, inmortalizando el pintor Francisco Ricci el celebrado en 1680, ejecuciones públicas, colocándose el patíbulo delante del portal de pañeros si la pena era de garrote; frente a la Casa de la Panadería, si era de horca, y ante la Casa de la Carnicería, si era de cuchillo o hacha. También se celebró en la plaza Mayor la beatificación de San Isidro, santo patrón de Madrid.

La plaza Mayor es actualmente un importante punto turístico, visitado por miles de turistas al año. En los locales comerciales ubicados bajo los soportales, abundan los comercios de hostelería, que instalan terrazas junto a los soportales de la plaza. Además es un espacio muy utilizado para festivales, como los conciertos que se ofrecen gratuitamente para los madrileños durante las fiestas de san Isidro.

Todos los meses de diciembre, se celebra el tradicional mercado navideño, costumbre que se mantiene vigente desde el año 1860.

También se celebra todos los domingos y festivos por la mañana el mercado de filatelia y numismática.

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Jared Joslin

Art Decó y años 20

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Nació en 1970. en Fort Collins, Colorado.
Realizó estudios de Bellas Artes en la School of the Art Institute de Chicago.

Posteriormente en la Universidad de Northern Colorado, en Greeley, Colorado en la Facultad de Artes Liberales y Ciencias.
Realiza sus obras inspirándose en los años 20 y 30 del siglo XX en un elegante estilo .

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Ha expuesto en varias exposiciones individuales y colectivas de Estados Unidos, ha publicado varios libros de arte y obtenido importantes premios de pintura, en prestigiosos concursos y muestras,

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Fernando Botero

Icono del arte contemporáneo

Fernando Botero Angulo nació el 19 de abril de 1932 en Medellín, Antioquia, Colombia
Pintor, escultor y dibujante es sin duda, el artista vivo nacido en América latina más cotizado actualmente en el mundo. Convertido en icono universal del arte, su vasta obra es reconocida por niños y por adultos en cualquier parte del mundo.

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Su estilo figurativo, denominado por algunos como “Boterismo”, le da a sus obras una identidad inconfundible y conmovedora a la vez.
Desde sus inicios, Botero ha recurrido a escenas costumbristas, inicialmente, con una pincelada suelta de colores oscuros (con ocasionales contrastes fuertes) cercana al expresionismo y, desde finales de los sesentas, ha recurrido a una pincelada cerrada, con figuras y contornos más definidos.

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En 1944 comienza a asistir a la escuela de toreo de la plaza de La Macarena de Medellín, para cumplir con los deseos de un tío suyo que ignoraba de las aptitudes y deseos que Fernando tenía para la pintura.

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Tras un percance con los toros, los abandonó definitivamente. De esta época es su primera obra, una acuarela de un torero. Realizó su primera exposición en Medellín en 1948

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Realiza ilustraciones para un periódico local, tras lo que es expulsado de la academia donde estudiaba, ya que esos dibujos fueron considerados obscenos. Se traslada a Tolú, donde continua pintando.

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En 1951, se instala en Bogotá, ciudad en la que contacta con los intelectuales colombianos más notables en ese momento.
Ese mismo año, Botero expone en dos ocasiones consecutivas en la galería Leo Matiz; una de ellas, el IX Salón de Artistas Colombianos organizado por la Biblioteca Nacional de Colombia, le otorga el premio del Salón.

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Con el dinero que recibe del premio y la venta de alguna de sus obras, en 1952 viaja a Europa, instalándose en Barcelona inicialmente y a continuación en Madrid, inscribiéndose en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, visita con frecuencia el Museo del Prado y estudia las obras de Francisco de Goya y Diego Velázquez.

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En 1953 pasa el verano en París con el cineasta Ricardo Irragarri, y con él se traslada a Florencia. En 1955 regresa a Colombia y expone en Bogotá las obras realizadas en Europa, siendo un fracaso rotundo de crítica, su estilo chocó con el que en ese momento estaba de moda en su país, el de la vanguardia francesa.

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Tras casarse, se traslada a México en 1956, y es aquí donde Botero descubrió y jugó con el volumen de los cuerpos. Un año más tarde, expuso por primera vez en Nueva York, donde por fin el éxito comenzó a acompañarle.
Logró intensificar sus batallas personales, sus combates lienzo a lienzo, del arte contra el tiempo y de la belleza contra la muerte.

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Regresó a Bogotá y en 1958, donde fue nombrado profesor de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia.
Ganó ese mismo año el segundo premio del X Salón de Artistas Colombianos con “La alcoba nupcial”.
También en ese año expuso en Washington, en una muestra en la que vendió todas sus obras el mismo día de la inauguración.

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En En 1960, tras separarse de su esposa, se traslada a Nueva York, donde alquila un pequeño y modesto apartamento; sus obras no tenían mucho éxito, ya que los gustos neoyorquinos de la época cambiaban con mucha rapidez y era el momento de la abstracción. Pero en 1961, logra vender su “Mona Lisa a los doce años” al Museo de Arte Moderno de Nueva York.

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En 1963 se trasladó al East Side y alquiló un nuevo estudio en Nueva York. Es en él donde surgió su estilo plástico de sus obras de este período, pinturas de colores tenues y delicados. En ellos se transluce su pasión por Pedro Pablo Rubens.

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En 2008, es nombrado Doctor Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Nuevo León, en la ciudad de Monterrey, México; Presentó por primera vez en esta ciudad su colección de pinturas sobre “Abu Ghraib” y su enorme  en bronce titulada “Caballo”.

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En 1966 expone por primera vez en Alemania en el Milwaukee Art Center con excelentes críticas. Comienza para Fernando Botero una etapa de muestras y exposiciones entre Europa, los Estados Unidos y su país, Colombia.

En 1969 expuso en París, a partir de ese momento, empezó un peregrinaje por todo el mundo en busca de inspiración; se movía continuamente de Bogotá a Nueva York y a Europa. Su fama mundial aumentó de forma progresiva, convirtiéndose en el escultor vivo más cotizado del mundo.

En 1974 tiene un accidente de tráfico en España, en el que pierde la vida su hijo Pedrito. La muerte de su hijo dejaría huellas importantes en su obra, que, a partir de ese momento, comenzó a tener cambios profundos, entra en una grave crisis personal y se divorcia por segunda vez.

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En 1976  Botero dona una serie de dieciséis de sus obras al Museo de Antioquía, que le consagró una sala permanente para sus obras, la sala “Pedrito Botero”.

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En 1983 Botero se trasladó a Pietrasanta en la Toscana italiana, un pequeño pueblo famoso por sus fundiciones, lo que para Botero significaba la continuidad de su obra escultórica. Al año siguiente, Botero hizo una nueva donación al Museo de Antioquía. Esta vez se trataba de una serie de esculturas que también encontraron lugar en una nueva sala permanente dedicada a él.

A partir de 1983, Botero realiza una serie de exposiciones a través de todo el mundo que continua en la actualidad: Londres, Roma, San Francisco,Chicago, Basilea, Buenos Aires, San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo, Berlín, Múnich, Fráncfort,Milán, Nápoles, París, Montecarlo, Madrid, Moscú, Ciudad de México, Monterrey, Caracas,  lo mismo, por la mayoría de países europeos y americanos; siendo uno de los pocos artistas (quizá el único), que ha expuesto sus obras en varias de las avenidas y plazas más famosas del mundo, como los Campos Elíseos en París, la Gran Avenida de Nueva York, el Paseo de Recoletos de Madrid, la Plaza del Comercio de Lisboa, la Plaza de la Señoría en Florencia, frente al palacio de Bellas Artes en Ciudad de México y hasta en las Pirámides de Egipto.Imagen

En su obra reciente, Botero ha recreado en su temática la situación política colombiana y mundial. Por ejemplo, la serie sobre “Abu Ghraib” está compuesta por 78 cuadros que tratan de representar los horrores de la tortura y de la guerra, relacionada con la invasión de los Estados Unidos a Irak, y los sucesos de la Prisión de Abu Ghraib, a partir de las declaraciones de las personas allí torturadas.
Ha donado una importante cantidad de obras a distintos Museos e instituciones.

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Fuente:Trinarts.com

 

OSCAR WILDE Y ALFRED DOUGLAS

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John Douglas, marqués de Queensberry, tenía la apariencia y la forma de pensar que debe tener un aristócrata inglés de la época victoriana. Como buen caballero y deportista, su conducta era guiada por un espíritu inflamado de altruismo. Esto lo había llevado a crear nuevas reglas que hacían del boxeo un deporte más humanizado. Sin duda, el marqués era un hombre con influencias y con bastante notoriedad. Sobre todo, era un exponente de las ideas morales dominantes en los finales del siglo XIX. Su normalidad y su conducta iban en perfecta correspondencia con la normalidad y la moral de esos años. Estas virtudes del marqués serían el inconveniente que haría tropezar y caer en la ruina al más talentoso escritor del reino, el irlandés Oscar Wilde.

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El marqués de Queensberry tenía un hijo, Alfred. Para desgracia del marqués, el muchacho era mal estudiante y había abandonado uno de los mejores colegios ingleses sin graduarse. Pero no era todo: tampoco le gustaba el boxeo ni los deportes. Más bien, le agradaba la poesía y escribir versos de amor. Sobre todo, divertirse en costosas fiestas privadas a la que asistía un selecto grupo afecto al sexo y al opio. Claro que estas cosas provocaban desencanto en el marqués. Pero, lo que más podía afectarlo era lo mismo que afectaría a cualquier padre normal: la homosexualidad de su hijo. Nada tan  espantoso como un hijo anormal. De modo que lo anormal debía ser escondido, como lo haría cualquier personanormal. Si no se ve, no existe. 
El marqués, decidido a llevar a su hijo por el camino correcto, dejó de darle dinero. No era tonto. Nada más grave para un aristócrata mantenido que quedarse sin dinero. ¿Con qué pagaría sus trajes hechos a medida y sus cenas en restaurantes costosos?
Alfred tenía suerte. En un mundo de injustas desigualdades, a él le había tocado pertenecer a la clase más alta, es decir, a la constituida por los que viven a expensas del resto. No era todo. Al encontrarse sin dinero, el destino le puso enfrente a Oscar Wilde. 
Cuando esto ocurrió, ninguno de los dos lo sabía pero se habían sentado en un sube y baja. En un extremo, Alfred iría hacia arriba. En el otro, Oscar bajaría con tanto ímpetu que terminaría de traste sobre el arenero. 

 

 

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Oscar era hijo de intelectuales y se había educado en Oxford. Su talento literario era tanto como sus ansias de notoriedad y de ser el centro de atención en donde se encontrara. Su capacidad artística le permitía escribir obras de teatro como “La importancia de llamarse Ernesto“, una novela como “El retrato de Dorian Grey”, poemas, y relatos, profundos y bellos, como “El Príncipe Feliz” o “El ruiseñor y la rosa”. Esteticista, ingenioso conversador, irónico y sutil, padecía del mal de muchos: ser homosexual y esconderlo.
Apenas había terminado sus estudios, mostró a su familia una novia, Florence Balcombe, que era una de las irlandesas más bellas de su tiempo. Florence, hija de un militar y acostumbrada a estar con hombres duros, se alejó rápidamente de Oscar y se casó con Brad Stoker, el autor de “Drácula”. Oscar se mostró muy ofendido por el abandono y, mostrándose desdichado, juró no regresar a Irlanda. Esto le permitió viajar bastante y conseguir otra mujer para casarse. La elegida fue Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina. Constance era una buena chica y se sentía feliz de cuidar de su casa, de su marido, y de los dos hijos que tuvo con él. Claro, ignoraba que se había casado con un homosexual.

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Todo funcionaba bien en la vida de Oscar. Su esposa, Constance, lo quería y admiraba, y entendía que él era un tanto excéntrico y de carácter histriónico. Para nada se le ocurría suponer que su marido tenía una doble vida: en una, fingía ser un heterosexual; en la otra, adecuadamente encubierta, actuaba como homosexual. Constance, en el medio de esta actuación, al fin pareció advertir las verdaderas preferencias de Oscar. Sobre todo, cuando su esposo comenzó a frecuentar al crítico de arte Robert Ross. Ambos se veían con frecuencia y era razonable que así fuera: eran amantes. Ross estaba enamorado de Oscar y llegaría a aceptar lo que fuera por permanecer cerca. Constance quedó relegada y ya no tuvo ninguna vinculación sexual con su esposo. Era el momento adecuado para la aparición de Alfred Douglas.

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Oscar encontró en Alfred, “Bosie”, como le gustaba llamarlo, al amante ideal. Alfred era un aristócrata de apenas veintiún años, con buen gusto, deseoso de encontrar un mecenas, y dispuesto a divertirse y divertir a Oscar. Juntos tuvieron múltiples momentos de alegría compartiendo a adolescentes conseguidos en las calles por un poco de dinero. Es cierto que alguno de ellos provocó cierto malestar en Oscar cuando lo chantajeó amenazándolo con revelar sus alegres prácticas homosexuales. Fuera de eso, la pareja funcionaba muy bien. Hasta la desafortunada aparición del marqués de Quensberry, dispuesto a arruinar todo.
El marqués, que había seguido cuidadosamente las andanzas de su hijo, tuvo una idea: dejó su tarjeta personal en el club al que asistía diariamente Wilde. La tarjeta decía: “Para Oscar Wilde, que presume de sodomita”.
Oscar se sintió muy ofendido. Decidió hacerle juicio al marqués por calumnias e injurias. La policía llevó preso al marqués, que no tuvo otro camino que contratar a detectives para que lograran pruebas de la homosexualidad de Wilde. Si estaba diciendo la verdad, no había calumniado a nadie. Por supuesto, no fue difícil obtener las pruebas. Y así comenzó la ruina del célebre Oscar Wilde.

El juicio por difamación contra el marqués fue seguido por todo el mundo. El periodismo y la gente atiborraba los pasillos del tribunal. Wilde pretendió ser simpático, mordaz, gracioso. El jefe de abogados del marques, Edward Carson, lo destrozó. Después de hacerlo pedazos en el banquillo, anunció que llamaría como testigos a varios muchachos que afirmarían haber tenido relaciones con Wilde. Por consejo de su abogado, Oscar dejó caer la acusación y retiró los cargos contra el marqués. A partir de ese momento, se inicia su verdadero calvario.
Los británicos siempre han sido personas que conocen de moral. En especial, el modo de acondicionar la moral a los propios intereses. De ese modo, la piratería no resulta inmoral porque los piratas ingleses robaban para su reina; el entrar en guerra con China para obligar a los chinos a plantar y consumir opio, y el resto de la droga comercializarlo en Europa y América empleando la armada real, jamás fue considerado inmoral; muchos menos, llevar al nivel de esclavitud a los africanos de sus colonias para que trabajaran en las minas de oro; o ser responsables de centenares de miles de muertes en la India con la hambruna que provocaron al colonizarla.  Según los británicos, ninguna de estas acciones tenía ni el mínimo de inmoral. Pero, sin dudas, era inmoral la homosexualidad. 
Los ingleses crearon una ley para castigar a los homosexuales. En 1534, durante el gobierno de Enrique VIII se promulgó la ley de sodomía. En 1563, la hija de Enrique, la reina Isabel hizo más precisa la ley. El que practicara la homosexualidad, sería ahorcado. La ley se mantuvo vigente casi tres siglos, hasta 1836. Entre los años 1830 y 1836, fueron ahorcados cincuenta y ocho homosexuales. En el año 1861, a los ingleses les pareció un poco exagerado ahorcar a los homosexuales. Mostrando su espíritu humanitario, dejaron de lado el ahorcamiento y la homosexualidad pasó a ser considerada como un delito contra las personas. Las condenas eran variables: podían ir desde unos meses de prisión a la cadena perpetua. La ley contra la homosexualidad en Gran Bretaña fue derogada en 1967. Una lástima para Wilde. Los hechos que protagonizaba sucedían en 1895. 
Como la ley que protegía a la sociedad de los homosexuales se encontraba en plena vigencia, el escritor Oscar Wilde, por el delito de ser homosexual, fue a la cárcel.

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Constance se separó, cambió el apellido de sus hijos e impidió que Oscar los volviera a ver. Cuando lo trasladaban a la prisión, la gente lo abucheó y lo escupió. En la cárcel, le impidieron tener papel y pluma durante bastante tiempo. Le dieron una cama dura, un trabajo duro y raciones de alimentos escasas. Wilde se enfermó y pasó dos meses en la enfermería. Con un poco de ayuda, pudo obtener los recursos para escribir y alimentarse un poco mejor. Pero su salud estaba deteriorada y su espíritu quebrado. Desde mayo de 1895 hasta noviembre de 1897, Wilde estuvo en la prisión de Reading, cercana a Londres. Al salir, no era el mismo. 
Lo estaba esperando su amigo Robert Ross, con el que estuvo un tiempo en una localidad de Normandia, en Francia. No tenía un centavo y apenas tuvo voluntad para escribir “Balada de la cárcel de Reading”, que nada tiene que ver con él, excepto por el verso: “cada hombre mata lo que ama”.
Alfred Douglas fue a buscarlo. Vivieron juntos en Napolés.  Constance se enteró y dejó de mandarle el dinero con el que  ayudaba a Oscar. La familia de Douglas le hizo saber que, de continuar con la relación, no recibiría más dinero y sería desheredado. Al fin, la pareja terminó por distanciarse definitivamente.
Wilde se quedó solo y en la pobreza. Vivió en una pieza de un hotel de tercera clase en París. En 1900, a las cuarenta y seis años, se murió. Dijeron que por meningitis.
Dos años más tarde, el homosexual Alfred Douglas se casó con Olive Eleanor Custance, una chica quue escribía versos mediocres pero que era muy adinerada. Poniendo la tierra bajo la alfombra, la moral británica quedaba satisfecha.

Fuente: http://www.juancarlosboverihistorias.com

MACBETH (fragmento)

WILLIAM SHAKESPEARE

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Macbeth:

¿Es una daga ésto que veo ante mí
Con la empuñadura hacia mi mano? Ven, déjame tomarte.
No te tengo, y aún así te estoy viendo.
Visión fatal, ¿acaso no eres tan perceptible 
Al tacto como a la vista? ¿O no eres más que
Una daga del sueño, una falsa invención
Producto de la mente febril?
Te veo, de forma tan palpable
Como ésta que ahora desenvaino.
Tú me señalaste el camino a seguir
Y qué instrumento habría de usar.
Son mis ojos la burla de los otros sentidos
O por sí solos valen más que todos el resto. Te veo,
Y en tu hoja y tu mango hay gotas de sangre
Que antes no estaban. No, no hay tal cosa:
Es el sangriento crimen que así habla
A mis ojos. Ahora en una mitad del mundo
la Naturaleza simula estar muerta y los sueños infames 
Ultrajan al durmiente, la hechicería rinde culto  
A la Pálida Hécate y el homicidio,
Custodiado por el lobo, su centinela,
Cuyo aullido es su alerta, avanza con el andar sigiloso
De un Tarquino hacia su víctima,
Moviéndose como un fantasma. Tierra firme y sólida,
Silencia mis pasos donde quiera que vayan, no sea que
Tus piedras denuncien mi paradero
Y arrebaten al tiempo el presente horror 
Que ahora le cabe. Y mientras yo amenazo, él vive:
Las palabras enfrían con su aliento el calor de los actos.

(Suena una campana)

Voy, y está hecho; la campana me invita.
No la oigas, Duncan. Es un tañido
Que te llama al cielo o al infierno.



Macbeth:


Is this a dagger which I see before me,
The handle toward my hand? Come, let me clutch thee.
I have thee not, and yet I see thee still.
Art thou not, fatal vision, sensible
To feeling as to sight? or art thou but
A dagger of the mind, a false creation,
Proceeding from the heat-oppressed brain?
I see thee yet, in form as palpable
As this which now I draw.
Thou marshall’st me the way that I was going;
And such an instrument I was to use.
Mine eyes are made the fools o’ the other senses,
Or else worth all the rest; I see thee still,
And on thy blade and dudgeon gouts of blood,
Which was not so before. There’s no such thing:
It is the bloody business which informs
Thus to mine eyes. Now o’er the one halfworld
Nature seems dead, and wicked dreams abuse
The curtain’d sleep; witchcraft celebrates
Pale Hecate’s offerings, and wither’d murder,
Alarum’d by his sentinel, the wolf,
Whose howl’s his watch, thus with his stealthy pace.
With Tarquin’s ravishing strides, towards his design
Moves like a ghost. Thou sure and firm-set earth,
Hear not my steps, which way they walk, for fear
Thy very stones prate of my whereabout,
And take the present horror from the time,
Which now suits with it. Whiles I threat, he lives:
Words to the heat of deeds too cold breath gives.


(A bell rings)


I go, and it is done; the bell invites me.
Hear it not, Duncan; for it is a knell
That summons thee to heaven or to hell.

 
 
(de “Macbeth”- Acto II, Escena I)
Versión en castellano de Sandra Toro

 

Hombre y tiempo

Autora: Serafina Núñez

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El tiempo te vigila, te sorprende, te encarcela, te anula.
Ardemos en su llama como un frágil pabilo intrascendente;
altivo crees vencerlo. Él siempre posee el as de oro;
el reya de la corona nada facilita la derrota.
¡Ay, precarios pueblos de la nieve!
Son la única riqueza de lo eterno, hombre,
eres el fantasma de ti mismo en el instante
y apenas puedes descifrar el preámbulo
donde nacen las aguas de tu existencia.
Estás a tiempo -oyes decir a las comadres.
¿A tiempo para qué, señoras lívidas?
Ni siquiera tiempo para morir por ti dispuesto.
“Él” es el tañedor de los variados
y el de los mágicos y sublimes salmos,
el señor de paroxismos, sorpresas deslumbrantes
o funestas y de tu voluntad,
el poderoso señor de la memoria,
y tú, una gota cayendo, espléndida sonrisa acaso
del inocente sin realeza, que vendió sus juegos de existir
y se refugia en las caídas hojas de su ala
donde lo apresan las redes de lo inerte. 

La bella de las bellas en el jardín

Autor: Odysseus Elytis

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Despertaste la gota del día
Sobre el comienzo del canto de los árboles
¡Oh qué bella que estás
Con tus alegres cabellos desplegados
Y con la fuente donde viniste abierta
Para que te oyera que vives y que avanzas!

¡Oh qué bella que estás
Corriendo con el plumón de la alondra
En torno a las fragancias que te soplan
Como sopla el suspiro la pluma
Con un gran sol en los cabellos
Y con una abeja en el resplandor de tu danza!

¡Oh qué bella que estás
Con la nueva tierra que sufres
Desde la raíz hasta la cima de las sombras
Entre las redes de los eucaliptos
Con la mitad del cielo en tus ojos
Y con la otra en los  ojos que amas!

¡Oh qué bella que eres
Según despiertas el molino de los vientos
E inclinas tu nido a la izquierda
Para que no vaya perdido tanto amor
Para que no se lamente ni una sombra
En la mariposa griega que encendiste!

Arriba con tu matinal delectación
Colmada del césped del amanecer
Colmada de los pájaros oídos por primera vez!
¡Oh qué bella que estás
‘Tirando la gota del día
Sobre el comienzo del canto de los árboles!

De “Orientaciones” 
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

El Hajj: la gran peregrinación a La Meca

Cada año, millones de personas de distintas partes del mundo peregrinan a La Meca, el lugar de nacimiento del Profeta Mahoma y el lugar más sagrado para el Islam. Arabia Saudí espera acoger a unos tres millones peregrinos musulmanes que, como dicta el islamismo, al menos una vez en su vida deben visitarla si disponen de medios económicos y salud para ello.

Se trata de una de las mayores congregaciones de personas del planeta, que deja unas imágenes impactantes, como se puede ver en esta recopilación hecha por The Boston Picture de noviembre de este año:

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(Vista aérea de la Gran Mezquita en la Meca, foto de Hassan Ammar/AP)

La Kaaba, traducido como el cubo, es la “casa de dios” dentro de la religión islámica, donde lo divino toca lo terrenal. Está construido con granito y se cubre con un manto negro de seda, donde están escritos en oro textos del Corán. En la esquina sureste se encuentra la Piedra Negra, una reliquia musulmana también conocida como la Piedra de Alá.

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(Personas dando vueltas alrededor de la Kaaba, foto de Hassan Ammar/AP)

Las torres de Abraj Al-Bait dominan la ciudad de La Meca con la Torre del Reloj en el centro, la más alta del mundo con 601 metros. La esfera del reloj es al mismo tiempo la más grande del mundo, con 43 metros de alto y de ancho.

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(La Torre del Reloj en la Meca, foto de Fayez Nureldine/AFP/Getty Images)

Miles de fieles rezan en la Gran Mezquita tras la que ha sido en muchos casos una muy larga y costosa peregrinación. El Hajj representa toda una muestra de devoción religiosa.

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(Rezos en la Gran Mezquita, foto de Hassan Ammar/AP)