Qué se ama cuando se ama?

Autor: Gonzalo Rojas

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios:
La luz terrible de la vida o la luz de la muerte?
¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso?
¿Amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
O este sol colorado que es mi sangre furiosa
Cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
Ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
Repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
De eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
De ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
Trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
A esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

 

Arte:  rené magritte

Advertisements

Elogio de la sombra

Autor: Jorge Luis Borges

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.

 



MÁS POEMAS DE JORGE LUIS BORGES



¿Qué pintura retrata mejor el amor?

El amor romántico no lo inventó Hollywood, ni tan siquiera el mismísimo Shakespeare. A diferencia de lo que cierta posmodernidad extraviada pretende, estaríamos ante un rasgo común a todas las culturas y épocas, que abarca desde los indígenas americanos a los aborígenes australianos, y nos incluye a todos los que quedamos en medio. Al menos así lo concluye este sesudo artículo: «Parece mucho más plausible que los seres humanos son, por naturaleza, el tipo de animales que se enamoran». Muy bien, es un padecimiento universal, pero ¿qué más sabemos de él? ¿Es cierto eso que dicen de que gracias a él un cielo en un infierno cabe? ¿Tiene cura? ¿Queremos siquiera curarnos?

El beso, de Gustav Klimt

Como polillas incapaces de apartarse de una bombilla, a lo largo de los siglos infinidad de artistas han vivido obsesionados por capturar la belleza femenina. Fue, entre tantos, el caso de Gustav Klimt, a quien además de mujeres desnudas —en ocasiones masturbándose— también le gustaba dibujar gatos. Habría sido feliz en internet. El cuadro que le hizo entrar por la puerta grande en la historia del arte como podemos ver no era pornográfico, aunque sí está teñido de un suave erotismo. En esta obra que recogió tradiciones pictóricas muy diversas, desde japonesas hasta bizantinas, vemos a su pareja, Emilie Flöge, arrodillada en una actitud de entrega aunque al mismo tiempo apartando su rostro de forma esquiva. Cómo no enloquecer con ese tira y afloja tan reconocible. La túnica de él, adornada con figuras rectangulares, y la de ella, de formas redondeadas, aunque ambas del mismo color y de límites casi indistinguibles, sugieren una naturaleza masculina y otra femenina que se complementan en un solo ser.

 

Pigmalión y Galatea, de Jean-Léon Gérôme

Ya hablamos aquí de este mito griego mil veces reinterpretado, a veces en versiones tan aparentemente distantes entre sí como My Fair Lady y Ex Machina. Este rey de Creta y escultor que «célibe de esposa vivía y de una consorte de su lecho por largo tiempo carecía» terminó enamorándose de su propia creación y logrando, por intercesión de los dioses, que cobrara vida. El mayor anhelo de todo artista.

 

En la cama: el beso, de Toulouse-Lautrec

Toulouse-Lautrec describió como «el epítome del placer sensual» este retrato que realizó de dos prostitutas parisinas besándose, cuya finalidad era, precisamente, decorar un burdel. Pero más que deseo sexual lo que transmite es ternura. El motivo sirvió para otro cuadro similar.

 

Off, de Edmund Blair Leighton

No podía faltar la representación de unas buenas calabazas. La postura de la chica, con las piernas cruzadas, las manos sobre ellas como reforzando su actitud de cierre y mirando hacia otro lado ya da cierta idea de cuál ha sido su respuesta a la petición de matrimonio. Por si algún observador aún no lo tiene claro, este pintor prerrafaelita de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, también nos mostró el ramo de flores tirado en medio del camino y finalmente al desdichado batiéndose en retirada, caminando cabizbajo con las manos a la espalda, intuimos que pensando en qué pudo salir mal esta vez, repasando inútilmente cada frase y cada gesto.«Te quiero pero como amigo», ñiñiñiñi…

 

El cumpleaños, de Marc Chagall

Cantantes y poetas han empleado siempre metáforas en torno a cómo uno se siente flotando en compañía de la persona amada, así que Chagall se retrató en compañía de su esposa Bella en un fiel reflejo de su estado de ánimo, volando como un globo al desinflarse después de que esta aceptara el ramo de flores que le ha entregado. Podían contar el uno con el otro y ya poco importaba la austeridad en la que vivían en aquel momento, que también muestra el cuadro.

 

En el jardín, de Pierre-Auguste Renoir

A diferencia de los prerrafaelitas, que eran capaces de contar una película entera en una imagen, los pintores impresionistas tendían a rehuir esas escenas tan declamativas y cargadas de significado. Pese a dicha preferencia por una mayor ligereza, aquí Renoir nos mostró a una joven pareja disfrutando de un día campestre. Ella al menos, que su novio permanece tan absorto contemplándola que no sabe si es de día o de noche. Los protagonistas son Aline Charigot, la novia en ese momento del artista y futura esposa, y un amigo de este, Henry Laurent. Ambos fueron retratados también en este dibujo de Renoir.

 

Francesca da Rimini y Paolo Malatesta vistos por Dante y Virgilio, de Ary Scheffer

Durante su descenso a los infiernos Dante se encontró en el segundo círculo un huracán, en el que eran zarandeadas las almas condenadas por la lujuria. Dos de ellas pertenecían a Francesca de Rímini y a su amante Paolo Malatesta, hermano de su marido, quien al descubrir la infidelidad asesinó a ambos. Se trata de un hecho real ocurrido en el siglo XIII que sirvió también al escultor Auguste Rodin para su conocidísima obra El beso. Por su parte, el pintor franco-holandés Ary Scheffer representó esa escena dantesca con las dos almas en pena fundidas en un abrazo ante la mirada compasiva de los dos viajeros.

 

Casados por amor, de Marcus Stone

Si los matrimonios concertados han sido tradición durante tantos siglos es, precisamente, porque funcionaban. Piensen en ello. Luego llegó la moda esta moderna de casarse por amor y, en fin, miren las actuales tasas de divorcio y de soltería. Afortunadamente algo queda de esta noble costumbre y es el papel de los suegros: quién mejor que los padres de uno para saber qué le conviene. Así lo refleja este cuadro, titulado Casados por amor, en el que el hijo acude con su esposa y su hijo recién nacido a la presencia de su padre. Mientras el anciano sestea plácidamente, su hijo llega hecho un manojo de nervios, vean la posición adelantada del cuerpo, tensa, con toda su atención centrada en aquel de quien parece necesitar su aprobación. El cuadro fue pintado en 1882, pero está ambientado en el siglo anterior, tal como ocurría a menudo en el arte victoriano. Merece mucho la pena echar un vistazo a la galería de obras de su autor.

 

El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck

En cambio aquí tenemos un matrimonio como Dios manda, de comienzos del siglo XV. Véase qué serenidad casi sobrehumana irradian, seguro que se trataban de usted el uno al otro y consumaron a oscuras y después de rezar. Estamos ante un cuadro repleto de simbolismo, que retrata no solo a un matrimonio con su perrito sino a toda una época y una nueva mentalidad que se asomaba a Europa. El lienzo además tuvo una historia de los más accidentada que incluye familias reales, saqueos, robos y malentendidos de todo tipo. Pero sobre ello ya escribimos este artículo.

 

Autopsia, de Enrique Simonet

 

Nos llegaba hace unos días la noticia sobre la propuesta de las juventudes de un partido sueco de legalizar la necrofilia. Desconocemos cuánta demanda real habría pero sí podemos decir que se trata de una fantasía que ha estado en las mentes calenturientas de diversos escritores y artistas a lo largo de la historia, desde Bukowski hasta el estupendo vídeo de Tom Petty and the Heartbreakers. Es una forma infalible de evitar calabazas y conquistar el corazón de la persona amada, aunque sea a base de sacárselo, como en esta obra del pintor valenciano Enrique Simonet, cuyo título completo es ¡Y tenía corazón! (Anatomía del corazón).

 

Los amantes, de René Magritte

Pintado en 1928 por uno de los representantes más destacados del surrealismo, es una de las obras que más extrañeza logran provocar en el observador, y también que más interpretaciones ha despertado en torno a su significado.

 

Las dos amigas, de Louis-Jean-François Lagrenée

Este autor francés del siglo XVIII pintó otra versión de la historia que mencionábamos antes de Pigmalión y Galatea, así como otros mitos griegos y pasajes bíblicos. Siempre y cuando, claro, le permitieran dibujar cuerpos desnudos y a ser posible retozando, afición de la que dejó múltiples ejemplos, un par de ellos actualmente conservados en el Museo del Prado. El que vemos sobre estas líneas pese a lo que indique su título va más allá de la amistad, en una escena rematadamente sensual y acogedora de dos chicas haciendo la tijera. Mientras la de la izquierda mira tiernamente a su pareja, la de la derecha está derretida de placer.

 

La siesta, de Vincent van Gogh

Unos meses antes de su muerte, cuando estaba ingresado en el sanatorio de Saint-Rémy de Provence, Van Gogh tomó como inspiración esta pintura de Jean François Millet. La escena como vemos es muy similar aunque, fiel a su propio estilo, cambia por completo el uso de los colores.

 

La tormenta, de Pierre Auguste Cot

Estaría inspirada en la obra literaria del siglo II, Dafnis y Cloe, y fue pintada en el año 1880. Esta pareja que corre protegiéndose de la lluvia disfruta del amor en el esplendor de su juventud, que es la edad propicia para estas cosas, con sus carnes tersas y arrebatadoras. Luego enseguida llega la decrepitud y con ella la nostalgia.

 

Gótico americano, de Grant Wood

No cabe duda de que si hiciéramos un top diez de los cuadros más homenajeados y parodiados de la historia del arte, este sería una de ellos. Grant Wood lo pintó en 1930, bajo el azote de la Gran Depresión, como una representación del espíritu americano que se sobrepone a la adversidad. Estos dos granjeros de Iowa parecen decirnos que la vida no es para reír y con su austeridad, rigor puritano y disciplina para el trabajo encarnan esa tradición estadounidense que se remonta al Mayflower. Se les ve como un matrimonio con mucha afinidad, y sospechamos que una vez cerrada la puerta de su dormitorio realizarían unas acrobacias sexuales que difícilmente puede nadie imaginar.

 

Amante colgando de ventana, de Banksy

El artista anónimo más famoso del mundo no necesita presentación. Este grafiti, también conocido como Hombre desnudo, no podía estar mejor ubicado que en la pared de un centro de planificación familiar, en Bristol.

 

Drawing for Kiss V, de Roy Lichtenstein

Durante un evento artístico celebrado en el hotel Chelsea en 1965 se sortearon entre los asistentes varias llaves por diez dólares cada una. Servían para abrir diversas taquillas en la Penn Station, en las que se encontraban obras de diversos artistas pop, como Andy Warhol o Roy Lichtenstein. De este último concretamente el boceto titulado Drawing for Kiss V. Hace cinco años dicho dibujo fue subastado y alcanzó un precio de dos millones de dólares. No fue mal negocio, desde luego. Aunque de esa obra lo que se popularizó fue la serigrafía que le da ese característico aspecto de cómic.

 

El mundo de Cristina, de Andrew Wyeth

Concluimos con una de las creaciones que más reconocimiento ha logrado del arte estadounidense y que, al menos por contraste, también nos dice algo en torno a este asunto que estamos tratando. La mujer que sirvió como modelo durante las sesiones fue la pareja de Andrew Wyeth, pero aquella a la que representa era su vecina, Christina Olson, una afectada de polio que acostumbraba a desplazarse así. El cuadro es de un realismo excepcional, como es costumbre en este artista, pero lo importante es todo aquello que nos evoca al contemplarlo. Soledad, abandono, impotencia… Transmite la sensación de que esa casa distante hacia la que dirige su atención representa el hogar, la familia, su oportunidad ser amada, pero resulta estar demasiado lejos para que pueda alcanzarla.

 

Artículo Publicado por , en http://www.jotdown.es/2016/02

 

 

 

AURORA BERNÁRDEZ Y LA ÚLTIMA HISTORIA DE AMOR DE JULIO CORTÁZAR

Ya pasaron más de 30 años de la muerte de Julio Cortázar, pero aún sigue escribiendo historias memorables. El 8 de noviembre del 2014 fallecía en París Aurora Bernárdez, primera esposa y albacea literaria del escritor argentino, a los 94 años de edad. Después de años marcados por el amor y la amistad, ambos se reecontraron por última vez en una historia digna de la talla de Cortázar. 

 

El amor y la camaradería ante todo

Tras pasar días internada por un accidente cardiovascular en el hospital Sainte-Anne, ubicado en el distrito XIV de la capital francesa, el 8 de noviembre del 2014 fallecía a los 94 años Aurora Bernárdez, primera esposa de Julio Cortázar y eterna compañera del autor de Rayuela.

Hasta sus últimos días, Bernárdez trabajaba con la obra de Cortázar, ya que el propio escritor, antes de morir, la había nombrado su albacea literaria. El Cronopio Mayor y Bernárdez se conocieron a fines de la década del cuarenta en Buenos Aires, poco antes de que Cortázar se instalara definitivamente e París. Al poco tiempo, Bernárdez también viajará a Europa para vivir con él.

“Me resulta muy extraordinario pensar que, antes de salir de Buenos Aires, (…) exactamente un mes antes, descubrí lo que nunca hubiera creído posible descubrir en mí sin sospecha de mentira o autoengaño. Tuve el valor de hacerme las preguntas escenciales y salí limpio de la prueba. Pude hablar, pude decirle a Aurora lo que tenía que decirle, y pude venirme a Francia sin ninguna esperanza, pero con la serenidad que era por sí sola una altísima recompensa a mí cariño. El resto lo sabes, ella ha venido a su vez, está aquí, su mano duerme de noche entre las mías. Y esta felicidad se parece tanto a un huracán que me da miedo” (Carta a Eduardo Jonquieres, 16 de marzo de 1953)

Aurora Bernárdez estuvo casada durante 14 años con el autor de Rayuela, en un matrimonio que según Cortázar tenía una “buena costumbre”: estar de acuerdo en lo fundamental y discutir como leopardos sobre lo nimio. Mario Vargas Llosa, amigo íntimo de la pareja, relata cual era la impresión de observarlos andar juntos: “Nunca he olvidado la impresión que me hizo esa noche la conversación de esa pareja tan dispareja. Parecían haber leído todos los libros, sólo decían cosas inteligentes y había entre ellos una complicidad tal en lo que contaban —se pasaban la palabra como los palitroques dos diestros funámbulos— que, se diría, habían llevado todo aquello ensayado.”

La pareja de separó en 1967/1968, coincidiendo con la revolución personal que atravesaba el propio Cortázar tanto en su literatura como en su vida personal, inmiscuyéndose profundamente en la arena política de la época. La ruptura se dio en buenos términos y entre ellos quedó una relación de cariño, amistad y mutuo respeto que duraría hasta los últimos días del escritor. En una carta a Julio Silva, artista plástico y amigo del escritor, del 27 de Julio de 1968, Cortázar comenta:

“Una crisis lenta pero inevitable, un largo proceso de cuatro años, nos ha puesto frente a una situación que, como gente inteligente y que se quiere y estima, tratamos de resolver de la manera menos penosa posible. No te digo más, vos comprenderás de sobra, y pienso que si a comienzos de agosto tratás de ver a Aurora le hará sun gran bien y la ayudarás a situarse mejor en este nuevo plano en que ella y yo tendremos que movernos”.

A partir de ese distanciamiento, la relación entre los dos se volverá más espaciada, pero no por eso menos afectuosa y profunda. Lo cierto es que Aurora y Julio eran íntimos amigos, lo que queda demostrado con la amistad de la propia Bernárdez con Carol Dunlop, la última esposa de Cortázar. Ya sea en la enfermedad de Dunlop como en la del escritor argentino, Bernárdez tuvo un rol activo y solidario. Además, como es sabido, tanto Dunlop como Cortázar sabían la próxima muerte de su pareja, pero no la propia, y ambos decidieron guardar el secreto.

Dunlop fue la primera en morir en 1982, dejando al escritor en un estado depresivo profundo, pero alentado con su compromiso político y personal de seguir adelante. Aurora Bernárdez va a tener un rol fundamental acompañando a Cortázar, compartiendo horas de compañía y ayudándolo en los quehaceres cotidianos, hasta la muerte del autor de Bestiario el 12 de febrero de 1984:

“¿Sabían que (Aurora) vive  en mi casa? Me encontró tan enfermo y flaco hace tres meses, que renunció a irse a Deyá y se vino a hacerme la sopa, gracias a lo cual gané cinco de los diez kilos que había perdido” (Carta a Claribel Alegría, 19 de diciembre de 1983)

La última gran historia de Cortázar

Esta historia increíble data de 1956, cuando viajaron a la India y vieron en directo una ceremonia fúnebre tradicional hindú, que consiste en la cremación. Horrorizado por ese espectáculo, Cortázar instruyó a quien en ese momento era su esposa: “No quiero eso para mí “; “Yo tampoco”, le respondió ella, según relata Luis Corradini en La Nación.  Así, ambos se definían en contra de la incineración de sus cuerpos, apostando por el entierro de los mismos.

Como ya se dijo anteriormente, Cortázar fallecerá primero en 1984 y será enterrado junto a su última esposa Carol Dunlop en el cementerio de Montparnasse, compartiendo la la misma tumba. La lápida y la escultura que adornan la tumba fueron hechas por sus amigos, los artistas Julio Silva y Luis Tomasello.

Así entonces, Aurora Bernárdez veía imposibilitada su anhelo de ser enterrada junto al cuerpo de Cortázar, ya que la capacidad del lecho estaba colmada. María Alejandra Bernárdez, su sobrina, en las  conversaciones que mantuvo con las 60 personas que asistieron a la ceremonia comentó la decisión que tuvo que tomar la familia Bernárdez para realizar ese deseo: cremar el cuerpo de Aurora, para que pudiera caber en la estructura y así no distanciarse de Cortázar, aunque tuvieran que pasar por arriba la decisión tomada en 1956 junto al escritor. El cariño había torcido la balanza a la hora de tomar esa decisión: el interminable cariño hacia Cortázar y el afecto a su nueva amiga, Carol Dunlop.

Luego de 30 años de su fallecimiento, Cortázar sigue escribiendo historias alrededor de su figura, colmadas de azar y amor. La muerte de Aurora Bernárdez quizás haya sido el último gran relato del enormísimo cronopio. O tal vez no.

 

 

Artículo compartido desde: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2015/01/

A través

Autor: Octavio Paz

Doblo la página del día,
escribo lo que me dicta
el movimiento de tus pestañas.

*

Mis manos
abren las cortinas de tu ser
te visten con otra desnudez
descubren los cuerpos de tu cuerpo
Mis manos
inventan otro cuerpo a tu cuerpo.

*

Entro en ti,
veracidad de la tiniebla.
Quiero las evidencias de lo oscuro,
beber el vino negro:
toma mis ojos y reviéntalos.

*

Una gota de noche
sobre la punta de tus senos:
enigmas del clavel.

*

Al cerrar los ojos
los abro dentro de tus ojos.

*

En su lecho granate
siempre está despierta
y húmeda tu lengua.

*

Hay fuentes
en el jardín de tus arterias.

*

Con una máscara de sangre
atravieso tu pensamiento en blanco:
desmemoria me guía
hacia el reverso de la vida.

 

 

Arte: detalle de la obra: Serpientes acuáticas II, Gustav Klimt (1904-1907)

El niño de la palma

Autor: Rafael Alberti

¡Qué revuelo!

¡Aire, que al toro torillo
le pica el pájaro pillo
que no pone el pie en el suelo!

¡Qué revuelo!

Ángeles con cascabeles
arman la marimorena,
plumas nevando en la arena
rubí de los redondeles.
La Virgen de los caireles
baja una palma del cielo.

¡Qué revuelo!

—Vengas o no en busca mía,
torillo mala persona,
dos cirios y una corona
tendrás en la enfermería.

¡Qué alegría!
¡Cógeme, torillo fiero!
¡Qué salero!

De la gloria a tus pitones,
bajé, gorrión de oro,
a jugar contigo al toro,
no a pedirte explicaciones.
¡A ver si te las compones
y vuelves vivo al chiquero!

¡Qué salero!
¡Cógeme, torillo fiero!

Alas en las zapatillas,
céfiros en las hombreras,
canario de las barreras,
vuelas con las banderillas.
Campanillas
te nacen en las chorreras.

¡Qué salero!
¡Cógeme, torillo fiero!

Te digo y te lo repito,
para no comprometerte,
que tenga cuernos la muerte
a mí se me importa un pito.
Da, toro torillo, un grito
y ¡a la gloria en angarillas!

¡Qué salero!
¡Que te arrastran las mulillas!
¡Cógeme, torillo fiero!

 

Cielo de claraboyas

Autor: Silvina Ocampo

La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.

Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de abajo y se acallaban contra la alfombra.

Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de palmera. La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica (a quien acababan de darle un beso para que se durmiera,) que no quería dormirse, y la sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institutriz perversa. Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba “¡Celestina, Celestina!”, haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. Y después que el llanto disminuyó despacito… aparecieron dos piecitos desnudos saltando a la cuerda, y una risa y otra risa caían de los pies desnudos de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. Su camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La voz de los pies embotinados crecía: “¡Celestina, Celestina!”. Las risas le contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos saltaban siempre sobre la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una caja de música con una muñeca encima.

Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.

El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: “¡Voy a matarte!”. Y como un trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado.

Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del día anterior.

La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: “¡Celestina, Celestina!”, y un fierro golpeaba con ritmo de saltar a la cuerda.

Las puertas se abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de colonia en donde nadaban las faldas abrazadas. Ya no se veía ningún pie y la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el vidrio.

Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un vestido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles.

FIN

Nubífero anhelo

Autor: Oliverio Girondo

 

Si intentara una nube…

una pequeña nube,

modesta,

cotidiana,

transportable,

privada?

Quizás con el recuerdo,

el cansancio,

la pipa,

después de algunas noches

y de mucha paciencia.

¡Qué alivio el de sentirla debajo del sombrero,

o saber que nos sigue

como si fuera un perro!

Tulpenmanie: la locura de los tulipanes

Detalle de Doble retrato de un matrimonio con tulipán, bulbo y semillas, de Michiel Jansz. van Mierevelt, 1609. Imagen: DP.

 

Cuentan que cuando la «manía de los tulipanes» estaba en su punto álgido, un marinero holandés confundió un bulbo de esa flor con una cebolla. Lo puso a hervir, cosa que le supuso dar con sus huesos en la cárcel. «Con lo que vale el bulbo que te acabas de comer», le dijeron, «podría comprarse comida para alimentar a toda la tripulación durante un año». La anécdota es muy célebre; apócrifa quizá, pero resume a la perfección la surrealista burbuja de precios que los tulipanes experimentaron durante unos pocos años, un proceso que se produjo al margen de la gente común y que enriqueció a unos pocos, arruinando a otros en el camino. Fue la primera burbuja económica moderna, o por lo menos la primera que dejó una huella profunda en el subconsciente colectivo. Después sería esgrimida por muchos movimientos políticos como el símbolo de codicia sin control, la parábola ejemplar sobre la necesidad de regular los excesos del libre comercio. Incluso hoy, cuando hemos visto y vivido burbujas mucho peores, continúa despertando ecos muy familiares.

En 1637 un bulbo de tulipán llegó a valer mucho más que el equivalente de su peso en oro. Mucho más. Es verdad que no es la única flor que ha experimentado súbitos aumentos de precio en diversas épocas de la historia europea, cuando determinadas especies eran vendidas como artículos de lujo y una elevada demanda podía multiplicar su valor durante un periodo breve. Por ejemplo, madame de Pompadour, amante de Luis XV (y lo que hoy llamaríamos «creadora de tendencias») puso de moda los jacintos a mediados del XVIII; los aristócratas y burgueses que imitaban los caprichos de la famosa cortesana pagaban altos precios por hacerse con plantas maduras y con las propias flores. Durante el siglo XIX los floristas holandeses y alemanes exportaban jacintos a gente adinerada de medio continente y durante los picos de demanda, el valor de los jacintos se disparaba, pero por poco tiempo. El precio bajaba otra vez tan pronto la industria de la floristería incrementaba la oferta para satisfacer a los compradores. Una «burbuja de los jacintos», con las características que tuvo la de los tulipanes, hubiese resultado impensable.

El tulipán fue la emperatriz de las flores en el mercado europeo, la joya indiscutible de la jardinería. Su precio era alto de manera sostenida porque, además de su particular belleza, la oferta nunca podía crecer de forma exponencial si sucedían esos picos de demanda. Era una planta que maduraba con lentitud y no producía demasiados retoños. Para colmo, las variedades más vistosas eran las más costosas de cultivar, debido a una curiosísima carambola biológica que explicaremos un poco más abajo. Así pues, ante un incremento de la demanda, la industria del tulipán tenía poca capacidad de reacción. En consecuencia, los tulipanes, al contrario que los jacintos, nunca dejaban de ser un lujo. Siempre se pagaba mucho por ellos; nadie hubiese imaginado que terminaría generando una fiebre monetaria parecida a los cracks bursátiles de nuestra época, pero desde luego no era un producto cualquiera. Para entender por qué el tulipán pudo provocar un fenómeno semejante tenemos que remontarnos a los tiempos en que los asombrados ojos europeos contemplaron aquella flor.

La joya persa

 

Naturaleza muerta con tulipanes, de Johannes Bosschaert, ca. 1630.

 

El tulipán entró muy tarde en los jardines occidentales. Hasta el siglo X fue una flor silvestre, confinada en su hábitat natural, las montañas de Kazajistán. El Imperio selyúcida la introdujo en la actual Turquía, donde los persas empezaron a cultivarla con intención de mejorar la especie. Para cuando se fundó el Imperio otomano, a finales del siglo XIII, ya tenía presencia habitual en los jardines de la corte otomana y en las residencias de los más ricos. Eso sí, continuaba siendo desconocida en Europa, donde no se tuvo noticia de ella hasta trescientos años más tarde.

En la corte turca las vio por primera vez Ogier Ghiselin de Busbecq, natural de Flandes y a la sazón embajador del Sacro Imperio Romano Germánico ante los otomanos. Aparte de su carrera administrativa, Busbecq era un hombre muy observador (durante su paso por Turquía escribió cartas muy interesantes en las que reseñaba los usos y costumbres locales) y sobre todo un entusiasta de las plantas. Lo fascinó de manera especial una exótica flor con forma de cáliz, cuyos pétalos lucían colores de una intensidad desacostumbrada en la jardinería europea. En su viaje de regreso a Viena se llevó unos cuantos con él para deslumbrar a la corte imperial. Pues bien, entre los amigos de Busbecq se hallaba un paisano de Flandes, Charles de l’Écluse, considerado uno de los botánicos más importantes del continente, si no el más. L’Écluse, que firmaba sus obras con el mejor conocido seudónimo latino Carolus Clusius, pasó más de dos décadas trabajando con los tulipanes, para aclimatarlos al entorno holandés y encontrar la mejor manera de cultivarlos; después resumiría todos sus hallazgos en una obra titulada Un tratado sobre los tulipanes. A finales de siglo, Clusius era el único especialista en tulipanes de Occidente.

En 1593, cuando tenía sesenta y siete años, recibió un importante encargo: poner en marcha el Hortus Botanicus de la ciudad de Leiden, el mismo que hoy es el jardín botánico más antiguo de Europa. Estimulado por este nuevo trabajo, Clusius reunió una colección de plantas que resultaba impresionante para su época. Llenó el jardín con especies que había coleccionado él mismo, o que le habían enviado otros botánicos e incluso nobles europeos. Hasta se hizo con ejemplares del Extremo Oriente: aprovechando que los holandeses comerciaban de continuo con Asia, encargó a la Compañía de Indias que le trajese especímenes de plantas raras en las bodegas de sus barcos mercantes. Con semejante colección, no es raro que el Hortus Botanicus tuviese un éxito inmediato. Pero, incluso en mitad de aquel despliegue de plantas extraordinarias, tan pronto llegó la primavera y los vivaces tulipanes florecieron se convirtieron en las grandes estrellas de la exposición. Los visitantes, sobre todo los burgueses adinerados y los nobles —para quienes los jardines de sus casas eran parte indispensable de su tarjeta de presentación en la alta sociedad— ansiaron hacerse con aquellas flores de colores tan vivos. Esto hizo que los cultivadores y floristas holandeses se interesaran por el tulipán. Empezaron a establecer las primeras plantaciones comerciales del tulipán holandés, aunque entonces, claro, era mejor asociado con los turcos.

La inexplicable magia de los bulbos

 

Detalle de Mujer de la familia Grenville y su hijo, de Gilbert Jackson, ca. 1640, donde se incluye el tulipán como símbolo de estatus. Imagen: DP.

 

En 1581, mientras Clusius todavía estudiaba los tulipanes en la sombra, varios territorios de los Países Bajos españoles abjuraron del rey Felipe II, abandonando la condición de colonia española y convirtiéndose en las Provincias Unidas. La coincidencia de varios factores políticos, sociales y demográficos, amén de la recién conseguida libertad de acción, produjeron una explosión económica basada en el intensivo comercio con Asia. Se estableció una fuerte cultura del emprendimiento y apareció una nueva clase burguesa, minoritaria pero muy rica, que no tardó en interesarse por cualquier mercancía que le pudiera servir para resaltar su nuevo estatus. Esto dio origen a la Edad de Oro holandesa, algunas de cuyas manifestaciones culturales, como la pintura, continúan despertando nuestra admiración hoy. No había nuevo rico que no encargase retratos y paisajes para sus viviendas. También los jardines se convirtieron en un símbolo visible de su prosperidad. Para un holandés adinerado, el presumir de jardín ante las visitas era tan importante como vestir ropajes caros y ofrecer enjundiosas comidas con cubertería de plata. Mantener un jardín era bastante caro, sobre todo si contenía flores exóticas. Y el tulipán, la más exótica de todas las flores, iba a convertirse en la joya de aquellos presuntuosos vergeles. Cuando florecían en primavera, la impresión que provocaban en las amistades sería duradera; así, los burgueses empezaron a competir por adquirir los más espectaculares ejemplares. Los cultivadores y floristas se esforzaban por satisfacer esa demanda, pero la oferta de determinadas variedades crecía con mucha lentitud.

La planta del tulipán podía reproducirse mediante semillas, como otras muchas, pero ello presentaba varios inconvenientes. Las plantas recién nacidas —las que provenían de las semillas— tardaban años en madurar y producir flores; demasiado tiempo para aquellos compradores que deseaban lucir aquellos colores en su jardín lo antes posible. Algo más ágil, y por lo tanto más viable desde el punto de vista comercial, era la reproducción mediante bulbos. Durante el verano, después de florecer, la planta dormía durante tres o cuatro meses; en ese periodo se podían desenterrar los nuevos bulbos que hubiese producido (nunca eran muchos) y trasplantarlos para obtener una planta que sí floreciese al año siguiente, sin necesidad de esperar a que madurase desde el estado primigenio de la semilla.

Las flores del tulipán común eran de un solo color (rojo, blanco, violeta, naranja, azul, rosa, etc.), pero había otras cuyos pétalos contenían vetas de dos colores; en algunos casos incluso bordes irregulares, parecidos a una labor de encaje, cuya magnificencia visual inspiraba a los pintores y despertaba el ansia de los compradores. Estas variedades irregulares no podían obtenerse mediante semillas. Las semillas de cualquier clase de tulipán, aun del más raro y vistoso, generaban siempre plantas con una flor común, monocolor. Para que las flores más extraordinarias conservasen las propiedades en sus plantas hijas debían reproducirse mediante bulbos.

Este aberrante fenómeno, el que las semillas de plantas con flores multicolores siempre gestasen plantas con flores comunes y monocromas, debió de dejar atónitos a los cultivadores de su tiempo. Era como si las semillas de tulipán no transmitiesen toda la herencia. Por entonces no se conocía la genética moderna, por supuesto, pero los cultivadores sabían que una semilla debería transmitir las cualidades de la madre. Los tulipanes irregulares que solamente heredaban sus cualidades en los bulbos eran un misterio incognoscible. Este fenómeno no fue explicado hasta siglos más tarde, cuando gracias al desarrollo de la microbiología se descubrió que los tulipanes irregulares, los más bellos, no tenían ese aspecto por un capricho de la genética, sino debido a la presencia de un virus, el Potyvirus, parecido al que provoca las plagas del «mosaico» que arruinan las patatas, lechugas, tomates, pepinos y otros cultivos. El virus contagiaba los bulbos, pero no estaba presente en las semillas. Así, de una planta enferma se obtenían tanto hijas sanas (semillas) como hijas enfermas (bulbos). La misma enfermedad que en otras cosechas empeoraba el aspecto del producto era la que en los tulipanes causaba la más singular belleza. Los cultivadores sabían que los bulbos de variedades raras, escasos en número, eran los más apreciados, y por tanto los más caros. Con el paso del tiempo cada vez más gente podía tener tulipanes comunes yendo a comprar semillas o plantas nacidas de semillas, pero no cualquiera estaba en disposición de pagar un alto precio para hacerse con un bulbo «noble», infectado por un enfermizo esplendor.

La burbuja

Vagón de los locos, de Hendrik G. Pot, 1637. Los tejedores de Haarlem abandonan sus telares para seguir a la diosa Flora, cargada de tulipanes. Imagen: DP.

Las variedades multicolores, pues, continuaron siendo patrimonio exclusivo de las clases altas. La gente común no podía permitirse comprar un bulbo enfermo. Para resaltar esta condición de flor reina de los jardines, aquellas variedades raras eran bautizadas con nombres sonoros de personajes históricos, con títulos nobiliarios, etc. Hacia 1630 el negocio de los bulbos era ya rentabilísimo; los cultivadores los vendían a buen precio a los floristas, quienes a su vez los hacían llegar a las clases altas. Los precios de los bulbos holandeses, ya de por sí altos debido a la enorme demanda local, se dispararon todavía más cuando empezaron a ser reclamados también desde el extranjero. Sobre todo por los aristócratas franceses, que los acababan de descubrir. Pronto los tulipanes ocuparon el cuarto lugar en la tabla de exportaciones holandesas, solamente por detrás de sectores tan establecidos entonces en el país como los lácteos, la pesca y las bebidas alcohólicas.

La competencia entre los comerciantes que intentaban hacerse con bulbos se tornaba cada vez más feroz. Ansiosos por garantizarse una cantidad del producto cada año, empezaron a firmar contratos con los cultivadores, quienes meses antes de la cosecha se comprometían a entregarles los bulbos que todavía estaban bajo tierra. Estos contratos de compraventa no tenían por qué generar una burbuja, ya que eran una compra como cualquier otra, con la única diferencia de que el comerciante pagaba los bulbos en invierno o primavera, pero no los recibía hasta el verano siguiente. Como nadie en el negocio quería quedarse sin bulbos, apenas finalizada la cosecha de un año ya se estaba firmando la compra del año siguiente.

El problema empezó a gestarse en 1635, cuando quienes eran propietarios de un contrato de futura compra de bulbos empezaron a sentirse tentados por la idea de revenderlo a otro comerciante. La demanda prevista era tal que los precios que se firmaban aumentaban en cuestión de semanas; así, revender un contrato por un precio superior al estipulado permitía obtener un beneficio inmediato sin necesidad de esperar a la cosecha. A su vez, quien compraba el contrato, viendo que la demanda prevista continuaba creciendo, podía revenderlo por un precio todavía mayor. Este trasiego de contratos se convirtió en un nuevo y boyante negocio: el mercado de futuros de los tulipanes. Unos bulbos que no habían salido del suelo iban cambiando de propietario por cantidades de dinero cada vez más elevadas. Todo justificado por la creencia de que los precios de los tulipanes raros serían cada vez mayores en el mercado final. Este curioso mercado de futuros alcanzó unas dimensiones insospechadas en cuestión de meses. Atrajo a gente ajena al negocio de las flores; brokers especializados en la compraventa de contratos que jamás ponían las manos sobre un tulipán y que nunca vendían plantas a nadie. Su único interés era el intercambio constante de aquellos títulos, basado en la especulación.

Aquel negocio no era ilegal en Holanda, pero tampoco era legal, porque el país carecía de una regulación a favor o en contra. Se trataba de un fenómeno nuevo en el que las autoridades, embebidas por la mentalidad mercantilista de su tiempo, no deseaban interferir sin necesidad. Eso sí, sabemos que no todos en el Gobierno lo veían con buenos ojos, como demuestra el que algunos importantes funcionarios calificasen aquel intercambio de contratos como windhandel, «venta de aire». Desconfiaban sobre los posibles efectos secundarios de aquella escalada de precios. Aun así, en una nación donde la empresa mercantil era sacrosanta poco podían hacer para detener el proceso, sobre todo porque no se vislumbraba un final determinado. Era un fenómeno nuevo, pero parecía tener su base: el bulbo de tulipán era uno de los productos de lujo más buscados por la gente más rica de Europa, así que resultaba imposible concebir una inversión más sólida.

En la entonces reciente Bolsa holandesa se llegó al extremo de establecer puestos dedicados en exclusiva a este intercambio de contratos. Pero también las posadas y tabernas eran escenario habitual de compraventas, celebradas ante suntuosas cenas, a las que acudían hasta doscientos y trescientos inversores. Como se ganaba mucho dinero en esas veladas, no se reparaba en gastos; el alcohol fluía en abundancia, había espectáculos en vivo y tampoco era inhabitual la presencia de prostitutas. También hubo personas ajenas al negocio de las flores (artesanos, marinos, etc.) que se sintieron atraídas por aquella máquina especulativa de hacer dinero y acudían a los brokers en busca de beneficios rápidos, fáciles. Los agentes les recibían a cambio de una tarifa —bautizada, de manera muy significativa, «tarifa del vino»— y con un par de firmas ofrecían esa rentabilidad inmediata. Ya no había que esperar a que se cosechasen los bulbos para ganar dinero.

Detalle de una acuarela del siglo XVII de un Semper Augustus, famoso por ser el tulipán más caro vendido durante la tulipomanía. Pintor anónimo (DP).

 

El carácter no clandestino pero sí un tanto apresurado de aquel negocio hizo que apenas quedasen registros mercantiles que los historiadores puedan consultar. Sin embargo, se conocen datos muy impactantes, como que algunos contratos de compra de bulbos cambiaban de dueño más de diez veces en un solo día. Cada bulbo de tulipán multicolor que todavía estaba bajo tierra podía aumentar de precio una decena de veces en veinticuatro horas. Los más avispados brokers podían ganar hasta setenta mil florines en un mes; esto es, más de cinco mil veces el salario medio de un trabajador holandés, que percibía un sueldo de entre doce y trece florines mensuales (ciento cincuenta florines al año, el equivalente de unos mil setecientos euros actuales). El poder adquisitivo de las clases bajas no era muy elevado (aunque en otros lugares de Europa, desde luego la situación era mucho peor) y la vida era cara. Una pieza grande de queso o un barril de cerveza costaban unos ocho florines, más de la mitad de un sueldo mensual. Una oveja o un barril de vino valían diez florines; un cerdo, veinticinco; una vaca o un abrigo, cincuenta. Aún más costosos eran los caprichos de los burgueses: un traje caro o una única pieza de cubertería de plata costaban entre ochenta y noventa florines. Un buen mueble, no menos de ciento cincuenta. Pues bien, cuando en 1635 la fiebre de los contratos de futuros de los tulipanes entró en su apogeo, un único bulbo de alguna variedad muy buscada (como el llamado «Virrey») pudo llegar a costar dos mil quinientos florines, el equivalente de quince años de salario de un trabajador. Un único bulbo. Una remesa de cuarenta bulbos cambió de manos por cien mil florines; una auténtica fortuna con la que podrían haberse comprado diez mil ovejas, o dos mil vacas, o doce mil barriles de cerveza, o cincuenta toneladas de alimentos, o una cubertería verdaderamente palaciega consistente en más de mil trescientas piezas de metal precioso. En otro caso, un único bulbo de la variedad Semper Augustus fue adquirido a cambio de un terreno de cincuenta mil metros cuadrados, seis o siete veces la extensión de un campo de fútbol.

Durante 1636 y principios de 1637 muchos inversores ganaron fortunas sin hacer más que comprar y vender unos documentos que nunca parecían dejar de valer más y más. El gran problema de este negocio, claro, era que los precios crecían solamente sobre la base de expectativas, sin la seguridad de que al final, llegado el momento de la cosecha, habría de verdad gente dispuesta a comprar tulipanes por aquellos precios tan exagerados, inflados de manera tan veloz durante los meses anteriores. En principio nadie pareció reparar en este inconveniente, o por lo menos nadie lanzó una voz de alarma lo bastante sonora como para que aminorase la marcha del asunto, y como hemos visto, ni siquiera las reluctantes autoridades intentaron que se impusiera el sentido común. Todos parecían confiar en que las leyes del mercado estaban sosteniendo todo el proceso.

A finales de 1636 algunos empezaron a sospechar que quizá los precios eran tan altos que los compradores finales, aquellos que no querían adquirir contratos sino las propias flores, ya no iban a estar dispuestos a comprarlas. Los precios se habían encarecido demasiado, tanto, que se antojaría una adquisición insensata incluso para los bolsillos más pudientes. Durante los primeros meses de 1637 la especulación continuó sin freno, pero los tanteos del mercado hicieron patente que las mencionadas sospechas podían tener fundamento. Los tulipanes eran demasiado caros. Los comerciantes y los exportadores empezaron a tener problemas para colocar sus futuras remesas a los precios que se habían negociado en aquella «bolsa de valores». Cuando por fin se entendió que la oferta había sobrepasado por mucho los precios que la demanda estaba dispuesta a asimilar, cundió el pánico. Los contratos se habían convertido en un activo tóxico; su valor se desplomó. Hasta entonces, quien había tenido un título de compraventa en sus manos estaba en posesión de dinero seguro; ahora, de repente, sabía que nunca podría recuperar lo invertido. Un buen número de inversores quedaron atrapados en el estallido de la burbuja. El mercado de los bulbos de tulipán había saltado por los aires. Un montón de dinero que estaba «en el aire» desapareció de un plumazo.

Las consecuencias

Alegoría de la tulipomanía, de Jan Brueghel el Joven, ca. 1640. Los especuladores son representados como monos. Imagen: DP.

 

La crisis de los tulipanes no produjo efectos económicos a gran escala en Holanda, o no tan terribles como se describió a posteriori. Hubo gente que se arruinó, por descontado, pero la burbuja tuvo efectos limitados. Este es un hecho que quizá pueda sorprender, sobre todo si la comparamos con algunas burbujas más recientes. Pero hay varios factores que lo explican. Para empezar, los inversionistas, que eran una minoría adinerada dentro del conjunto de la población holandesa, pudieron asumir el golpe financiero en buena parte de los casos. Los bulbos eran un producto no muy abundante, así que la base del castillo de naipes no pudo extenderse más allá de ciertos límites. Por otra parte, la clase trabajadora o las clases medias-bajas participaron muy poco en aquel negocio porque no tenían tanto dinero para invertir y no existía una «generosa» red de préstamos hipotecarios como sí sucedió en la burbuja inmobiliaria. Acudir a un prestamista de la época era mucho más arriesgado, y quienes lo hicieron sin duda terminaron en la más completa miseria. Pero no fueron muchos. A la mayoría de los trabajadores ni se les pasó por la cabeza invertir en un bulbo de tulipán que valía años enteros de salario. Con todo, el factor más importante que evitó mayores desastres fue la actitud de la propia industria. En las crisis recientes ha habido grandes empresas que se han salvado de la quema gracias a los rescates estatales; en la crisis de los tulipanes sucedió algo parecido, aunque no se produjo un rescate en forma de inyección de dinero por parte del Estado, sino de los propios productores y distribuidores.

Los primeros en entender que su sector peligraba fueron los cultivadores y floristas que habían vendido los bulbos en primera instancia. Supieron que los contratos de compra no se iban a formalizar, porque los bulbos no podrían venderse a tan alto precio. Dicho de otro modo: se arriesgaban a no cobrar un solo florín cuando llegase el momento de la cosecha. Algunos intentos de hacer cumplir los contratos por lo legal demostraron que la vía judicial iba a resultar ardua y, con frecuencia, desfavorable a sus intereses. Aquel tipo de especulación, desconocido hasta entonces, no estaba recogido por la legislación y los jueces no sabían cómo tratar la deuda adquirida mediante aquellos contratos; un tribunal llegó a dictaminar que era equivalente a una «deuda de juego», cuya devolución no podía ser forzada según las leyes holandesas (hasta tal punto resultaba inhabitual semejante sistema de inversión que podía llegar a ser asimilado con una especie de timba). Así pues, interponer una demanda podía terminar de dos maneras; los cultivadores la perdían, o, de ganarla, arruinaban a su cliente o como mínimo lo alejaban del negocio. Ante esa oscura perspectiva, los productores de tulipanes decidieron ser flexibles. El gremio de floristas propuso que los contratos a futuros se convirtiesen en contratos de opciones. Lo cual significaba que a quienes se habían comprometido a quedarse con los bulbos y ya no podían o no querían formalizar la adquisición, se les permitiría liberarse del contrato abonando un 10% del valor total, en concepto de indemnización. Esta parecía la única solución que evitaba el hundimiento total de los ingresos del negocio de los tulipanes y de muchos inversores que habían sido atrapados por la burbuja. Aunque la conversión de futuros en opciones no estaba recogida por la normativa vigente, el Parlamento holandés sancionó la decisión del gremio y le confirió legitimidad al proceso, entendiendo también que era la única salida. Esto hizo que los propietarios de contratos evitasen un 90% de sus pérdidas y que los floristas ganasen algo de dinero en vez de quedarse a cero.

El efecto sociológico, en cambio, fue bastante más profundo y duradero. La mayoría de los holandeses era gente humilde que se sintió insultada al conocer los precios que se habían estado pagando por aquellas flores. Quince años de salario, o más, por un único bulbo de tulipán. Una planta que no servía para nada (los bulbos ni siquiera eran comestibles, excepto si eran preparados de manera muy cuidadosa, porque eran tóxicos) salvo para adornar los jardines de los ricos durante dos o tres semanas al año. Aun así, se había convertido en el producto más caro del país. Esto, de manera sangrante, hacía patente la brecha entre clases sociales de Holanda. La famosa anécdota del marinero fue probablemente inventada (o por lo menos no existe indicio alguno de que se produjese en la realidad), pero la imagen de un hombre encarcelado por comerse un mísero bulbo de una planta de jardín ilustraba la indefensión que sentía el sufrido ciudadano común ante el capricho de quienes manejaban la economía. Quizá por ello, pese a que el estallido de la burbuja no fue catastrófico para el conjunto de la nación, la «locura de los tulipanes» se convirtió casi de inmediato en un símbolo de los peligros de la codicia incontrolada: fue denostada con frecuencia por aquellos que deseaban una economía más sensata; verdadera o no, fueron muchos quienes se sintieron identificados por la historia del marinero y su injusta condena.

En cualquier caso, aun descartando todo lo que pudiera parecernos hiperbólico en los relatos posteriores, aún hoy se la toma como ilustración del componente irracional que pueden tener los mercados en ausencia de regulación. Una visión que, de manera bastante curiosa, ha sido contestada en tiempos recientes. Un artículo de The Economist, titulado «¿Fue la tulipomanía irracional?», trataba de defender la noción de que los inversores del mercado de futuros de los tulipanes estaban actuando de manera responsable, usando el argumento de que ya anticipaban la conversión legal de los contratos de futuros en contratos opcionales, cuando en realidad esta conversión fue un parche que se puso a la crisis con posterioridad. Una nueva interpretación que busca desmitificar aquella crisis y su valor simbólico como potente argumento en contra de las inversiones no reguladas, pero que es dudoso que vaya a tener mucho éxito. La burbuja de las «puntocom», en concreto, hizo recordar la de aquellas flores que costaban miles de florines. También el hundimiento de la empresa Enron siguió patrones parecidos. Cualquier mercado, sujeto a los impulsos humanos, corre el riesgo de terminar manejado por decisiones irracionales y cortoplacistas, basadas en la idea de que el aire puede aumentar de precio indefinidamente.

Detalle de Naturaleza muerta con jarra de plata, tulipán, tetera de Yixing y globo, de Pieter van Roestraten, ca. 1690. Imagen: DP.

 

 

Artículo  Publicado por 

Cómo era la vida en los monasterios medievales

Imagen de Li livres dou santé de Aldobrandino de Siena, finales del siglo XIII.

Jesús salió de la casa y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. (Lucas 5, 27-28)

La novela El nombre de la rosa y su excelente adaptación al cine tenían muchos atractivos y no fue el menor de ellos la manera en que supieron acercarnos a un mundo tan enigmático y lejano como el de una abadía medieval. El scriptorium, la sala capitular, los maitines, la tonsura, los fraticelli… todo ese microcosmos que para los comienzos del siglo XIV ya era tan alambicado y sutil tuvo un origen mucho más sencillo, con aquellos primeros cristianos ascéticos que quisieron seguir el ejemplo de los apóstoles y dejarlo todo atrás ante la llamada de la fe.

En torno a los siglos III y IV en el Bajo Egipto comenzaron a recorrer el desierto unos peculiares monjes solitarios llamados eremitas que renunciaban al dinero, a la familia y los amigos y a las comodidades, a la vida en su conjunto, para abrazar la pobreza y la soledad en la que esperaban encontrarse a Dios y alcanzar la vida eterna. Uno de ellos fue san Antonio, que a los veinte años lo vendió todo y se fue a dormir a un sepulcro, únicamente acompañado de animales. De hecho se le atribuye el haber curado mágicamente la ceguera a un jabalí. Que no es que sea el milagro más portentoso de la historia, pero oye, tiene su mérito. Otro fue Simeón el Estilita, que estuvo treinta y siete años viviendo en lo alto de una columna, lo que no sabemos si le abriría las puertas del cielo, pero al menos alcanzó la fama inmortal gracias a esa película tan graciosa que le dedicó Buñuel. Por su parte san Onofre decidió no cubrirse por otro vestido que una luenga barba con la que se tapaba y a modo de calzoncillos unas hojas de parra.

Desde entonces surgieron en diversas fechas y lugares abstinentes que parecían competir por ver quién vivía con más renuncias, de una manera que en cierta forma evoca a los Monty Python en aquel sketch sobre los viejos tiempos. Así, Romualdo se pasó un año comiendo garbanzos, pero Aero hubiera considerado eso un lujo intolerable, dado que intentó alimentarse únicamente a base de nieve. Algunos permanecían siempre erguidos, sin protegerse de las inclemencias del tiempo, y parte de ellos incluso sobre un solo pie. Frente a los ermitaños que vivían al aire libre disfrutando de la contemplación del paisaje, un paso más allá estaban los ermitaños reclusos. Permanecían encerrados en una habitación tan pequeña que a veces no podían tumbarse en ella y no disponían de ninguna ventana salvo un agujero en el techo. No obstante vivir solo no deja de ser un privilegio, así que Pedro de Gálata consideró mejor martirio compartir su habitación junto a un «poseído por el demonio» que probablemente no fuera más que un loco. Pero las construcciones humanas son signo de comodidad, así que Adhegrino estuvo treinta años viviendo en una cueva de la que solo salía los domingos. Para ir al monasterio, ojo, no por vicio. Salamanes en cambio no era partidario de tales lujos y vivía más modestamente en un agujero en el suelo junto al Éufrates, en tanto que Acepsimas optó por algo aún más austero y pequeño: qué mejor vivienda que el hueco de un árbol.

Mientras tanto, los teóricos de la Iglesia partiendo de la premisa de que cuanto mayor es la renuncia mayor es la virtud llegaron a la conclusión de que el martirio era la mejor opción imaginable… y que por tanto evitarlo era la renuncia suprema, y pasaba a ser entonces una virtud aún más deseable. Aunque por mucho que rivalizasen por llegar un poco más lejos que el resto, por rizar aún más el rizo, estos hipters del ascetismo presentaban además otro inconveniente. No eran auténticamente pobres dado que no habían renunciado al más valioso don de un ser humano: su libre albedrío. Los cenobitas, que surgieron poco después que los eremitas, eran unos monjes que contaban con la ventaja sobre estos de vivir en comunidad, sometidos a un voto de obediencia que los hacía menos libres y por tanto también más santos. Quien vendría a darles la organización y el funcionamiento que caracterizarían a los monasterios fue san Benito. Nacido a finales del siglo V en lo que actualmente es Italia, llegó a ser el autor de los principios fundacionales de los monasterios cristianos, llamados en honor a su nombre la Regla de Benito. Sus ideas al respecto se basaban en buena parte en autores previos, aunque él las desarrolló y las aplicó al fundar un monasterio que alcanzaría un gran renombre no solo por motivos religiosos, la abadía de Montecasino. Ese fue el lugar en el que muchos siglos después se atrincherarían las tropas nazis en una de las batallas más encarnizadas de la Segunda Guerra Mundial, lo que supondría por desgracia la completa destrucción de un edificio de incalculable valor histórico .

Pero como diría Adso no nos detengamos demasiado en los marginalia y volvamos al hilo del relato. Los monasterios creados desde entonces siguiendo este modelo de san Benito se llamaron «benedictinos», aunque dada la extensión tanto geográfica como temporal en que iban apareciendo resultaban poco uniformes. Lo que cambiaría a partir de la fundación a comienzos del siglo X en Cluny de una abadía que serviría de modelo. Sería la regla cluniacense. Dentro de la aversión más o menos subterránea que tradicionalmente ha existido en el cristianismo por el comercio, el dinero y el capitalismo en su conjunto, uno de los principios fundamentales sobre los que debía sustentarse la vida monacal era el voto de pobreza. No solo debían desprenderse de todas sus posesiones personales al ingresar, sino que en él no debían acumular ninguna otra. Todos los bienes eran comunitarios, si bien la riqueza colectiva del monasterio y de la Iglesia en su conjunto sí estaba permitida, aunque ello diera lugar a innumerables disputas teológicas en torno a la pobreza de Cristo y a condenas por herejía a los discrepantes, como era el caso de los fraticelli que menciona en su novela Umberto Eco. Así que junto al voto de obediencia, pobreza, castidad, humildad y penitencia se estableció también el voto de silencio y a diferencia de lo establecido por la Regla de Benito el trabajo dejó de valorarse como remedio contra la ociosidad, que ya se sabe que es la madre de todos los vicios. En su lugar ganaron peso la espiritualidad y la ceremonia, dando pie al canto gregoriano. La posterior llegada de la Orden de Císter recuperaría sin embargo ese valor del trabajo y rebajaría el voto de silencio.

Monje defendiéndose a garrotazos de los demonios dibujado en los Decretos de Smithfield, año 1300.

Aunque en general las reglas eran comunes en bastantes aspectos para monjes y monjas e incluso llegó a haber centros en los que estaban juntos pero no revueltos, con una sección masculina y otra femenina, Idungo de Prüfenig explicaba que la clausura debía ser más estricta para estas últimas dado que «el sexo femenino tiene cuatro grandes enemigos. Dos en sí mismo, a saber la concupiscencia carnal y la curiosidad propia de su ligereza. Otros dos están fuera, y consisten en el temerario apetito de placer de los hombres y en la muy perniciosa envidia que impulsa al demonio a hacer el mal». Es decir, que respecto a los monjes no era frecuente que alguna mujer saltara los muros para retozar con ellos, pero a la inversa sí podía ser más probable. De hecho uno de los cuentos del Decamerón gira en torno a una situación así, sobre un convento en el que entraba un joven hortelano fingiéndose mudo y aprovechándose de la circunstancia todas quisieron catarlo. Para evitar esa clase de excesos el reglamento imponía una serie de castigos a los monjes que iban desde los tres años a base de pan y agua por caer en la masturbación, la fornicación o el bestialismo, hasta los diez por la homosexualidad o el asesinato. Además se sancionaba con tres días de excomunión a quien tuviera una polución nocturna y no se lo comunicara al abad.

Un monasterio podía estar formado por unos setenta monjes aproximadamente, si bien aquellos que no eran autosuficientes terminaban generando en su entorno una economía a escala con empleados a su servicio y finalmente llegar a convertirse en un núcleo de población. Su interior estaba organizado en diferentes estancias, tal como recordará todo aquel que haya jugado a La abadía del crimen, como por ejemplo la sala capitular, donde se celebraban las reuniones y se confesaba o se acusaba a los demás por alguna falta cometida. Aunque sin citar su nombre, que hay que señalar el pecado pero no el pecador. También solían contar con una enfermería, a la que llamaban «puertas del cielo», demostrando así que no tenían muchos remedios medicinales a su alcance pero sí un agudo humor negro.

Precisamente uno de sus principales remedios para la salud eran las sangrías, ideales para prevenir toda clase de males, desde la viruela hasta las hemorroides. Se realizaban a cada monje en algunos casos hasta una vez al mes y tenían para ello una sala específica llamada minutorio. Existía todo un ritual para llevar a cabo la sangría que incluía un buen banquete con toda clase de manjares para que el afectado repusiera fuerzas tras la operación, quizá por eso se hacían con tanta frecuencia. Aunque respecto a la comida no puede decirse en general que llevasen una vida de excesiva renuncia. La Regla de Benito desaprobaba la glotonería y establecía que todos los monjes debían ser cocineros, por turnos, así como que debían servirse dos platos para que los comensales pudieran escoger el que les gustase, al que luego se añadía unas frutas como postre. Había días de ayuno como penitencia pero lo más interesante era lo relacionado con la bebida. «El vino hace claudicar hasta a los más sensatos» advierte la Regla mientras desaconseja caer en la embriaguez; sin embargo numerosos monasterios llegaron a convertirse en destacados productores de vino y cerveza, en los que se llegaba a ingerir en ciertos casos hasta diez litros diarios por persona. Cabe suponer que vivirían en un perpetuo estado de espiritualidad y alegría divina.

El mencionado voto de pobreza no estaba reñido con la buena apariencia y mantenían unas rigurosas costumbres en su higiene personal de manera que, hiciera falta o no, cada sábado se lavaban los pies. Además cada día, antes de tercia, se cambiaban coquetamente el calzado y se limpiaban las manos mientras que una vez por semana, en un día variable según el monasterio, tocaba afeitarse. No todos estaban de acuerdo en esto e incluso un tal Burcardo de Bellevaux llegó a escribir en el siglo XII una Apología de las barbas, un libro que lamentablemente no hemos tenido ocasión de leer pero seguro que era muy interesante. Respecto al corte de pelo que les proporcionaba esa característica calva, conocido como tonsura, variaba tanto en su estilo —celta, romano o griego (rapado)— como en la frecuencia, desde los quince días a las tres semanas. Sobre la ropa y complementos, según la Regla se debía proporcionar a los hermanos «cogulla, túnica, escarpines, calzado, ceñidor, cuchillo, estilete, aguja, pañuelo y tablillas ».

Respecto al mencionado voto de silencio, no solo favorecía la introspección y la elevación del espíritu tan características de la experiencia religiosa, además como seres sociales que somos renunciar al placer de la charla y la conversación es también uno de los mayores sacrificios que pueden realizarse y por tanto da más puntos de santidad. Pero la convivencia requiere inevitablemente un mínimo de comunicación y fue desarrollándose una lengua de signos. En algunos monasterios llegaron a contar con un lenguaje con las manos que abarcaba nada menos que cuatrocientos setenta signos distintos, que por tanto podía suplir con bastante solvencia a la lengua hablada. ¿Qué sentido tenía entonces el voto de silencio? Algo parecido pasaba en ocasiones con la flagelación, una práctica recomendada y habitual pero que algunos ejercían con colas de zorro, para no hacerse daño. Lo que me recuerda el caso ya de nuestra época de una chica que, según me contaron, siguiendo las consignas de las monjas del centro en el que estudiaba se metía garbanzos en los zapatos como forma de martirio, pero se los metía ya cocidos porque los otros estaban duros y dolían, decía.

Por último, un aspecto fundamental de la vida en estos lugares fueron los horarios. El monasterio aspiraba a ser una Ciudad de Dios agustiniana a escala, un pequeño espacio de orden, sosiego y regularidad en una época de incertidumbre y violencia. Eso se aplicó a la distribución del espacio, del trabajo y también, en lo que terminaría adquiriendo una gran importancia, del tiempo. Las horas canónicas en las que san Benito estableció la distribución del día según los rezos fueron maitines (medianoche), laudes (3:00), prima (6:00), tercia (9:00), sexta (12:00), nona (15:00), vísperas (18:00) y completas (21:00). El historiador Jacques Le Goff señaló que esta racionalización del tiempo terminaría transmitiéndose a toda la población, sentado así las bases del desarrollo de la economía burguesa y, en último término, de la modernidad. Pero no fue ni mucho menos el único legado de esta institución que debía ser «bastón de los ciegos, despensa de los hambrientos, esperanza de los desgraciados, consuelo de los afligidos». También, en su labor bibliotecaria, conservaron el legado cultural de la antigüedad clásica (exceptuando el tratado sobre comedia de Aristóteles, naturalmente) y por si lo anterior no fuera ya más que suficiente, encima inventaron o mejoraron la mayoría de las bebidas alcohólicas que conocemos, desde el champán hasta el whisky ¿Se les puede pedir más?

Monasterio de Moreruela, en Zamora, imagen de Tamorlan (CC)

 

artículo compartido desde: http://www.jotdown.es