La vida de Leonardo Da Vinci a través de sus viajes

Hay hombres y mujeres cuyo destino es convertirse en mito. Ese es el caso de Leonardo da Vinci, uno de los máximos protagonistas del Renacimiento, el movimiento que reactivó el conocimiento y el progreso en Occidente superando los años oscuros de la Edad Media. Como buen representante del ideal de la época, Leonardo no dejó de estudiar, investigar y de viajar por Italia, que en aquellos años, más que un país, era la suma de una serie de estados.

La Toscana

Leonardo nace en Vinci, donde habitó en casa de su abuelo hasta el 1469 aproximadamente, año en que se desplaza a Florencia, a poco más de 25 km. Es por ello que sus primeros años transcurren en el corazón de la región de Toscana, cuyos paisajes influirán en su obra posterior.

El primer viaje de un genio

Cuando el joven Leonardo finaliza su dibujo a pluma Paisaje del valle del Arno, lo fecha mediante escritura especular, una de sus muchas habilidades, “El día de Nuestra Señora de las Nieves, 5 de agosto de 1473”. En el dorso anota que está satisfecho del resultado.

No es para menos, la perspectiva aérea está muy lograda y en el dibujo se contempla un bello paisaje del corazón de la Toscana con el poblado fortificado de Montevettolini, una de las muchas villas y palacios que la familia Medici poseyó en la región y que fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad, la colina de Monsummano Alto y la llanura con el río. El joven conoce bien esos paisajes porque desde los quince años su vida transcurre entre Vinci, su ciudad natal, y Florencia, donde asiste al taller del maestro Andrea de Verrocchio como aprendiz. En el momento de finalizarlo, no lo puede imaginar; pero este dibujo pasará a la historia como el primero conservado de Leonardo, el hombre que representará el máximo ideal del Renacimiento, el homo universalis: artista, escritor, escultor, poeta, músico, anatomista, arquitecto, pintor, anatomista, paleontólogo, botánico… Pocas artes y pocos saberes se le resistieron.

Paisaje del valle del Arno

Dado su lugar de nacimiento, no es sorprendente que el primer dibujo fechado que se conserva de Leonardo sea un paisaje de la Toscana. La técnica con la que desarrolla la perspectiva aérea es asombrosa.

Sus viajes por Italia

La frustración del Vaticano

Leonardo se desplaza a Roma en septiembre de 1513 donde trabaja para el papa León X. Vive años decepcionantes, pues, al contrario que sucede con Rafael y Miguel Ángel, no se le concedió ningún proyecto relevante. Solo en 1514 logró realizar la serie de los Diluvios en la bóveda de la Capilla Sixtina, en la que Miguel Ángel concentra todas las atenciones.

En 1482, Lorenzo de Médici decide enviar a Leonardo, por entonces en su madurez creativa, a Milán como emisario florentino. En la carta que escribe de presentación, y que se conserva en el Códice Atlántico, describe las diferentes habilidades de su enviado; la principal, destaca, es la ingeniería. Así pasó a formar parte de los ingenieros ducales de los Sforza; algo que no perjudicó en absoluto para que el genio pintara La última cenauna de las obras más representativas del Renacimiento y que se puede ver en la iglesia y convento de Santa Maria delle Grazie, que es Patrimonio de la Humanidad.

El hombre de Vitruvio en Venecia

Leonardo acudió a Venecia para ayudar en la construcción de defensas contra los ataques turcos. En la ciudad se guarda uno de los dibujos más importantes de Leonardo,el Hombre de Vitruvio. Se trata de un estudio de anatomía sobre las proporciones ideales del cuerpo humano. Se conserva desde 1822 en la Galería de la Academia de Venecia, aunque se exhibe al público tan sólo una vez cada diez años por motivos de conservación.

 

Que quienes hoy viajen a Milán puedan ver la genial obra de Leonardo parece un milagro, puesto que Luis XII, una vez que conquistó el Ducado de Milán, consideró la posibilidad de cortar el muro donde se encontraba La última cena para llevársela a su corte de Francia; también lo pensó Napoleón Bonaparte siglos más tarde. Y aún más tarde, el muro donde se encuentra la pintura de Leonardo fue uno de los pocos que se salvó de los bombardeos de los aliados durante la II Guerra Mundial.

Florencia y el Renacimiento

Esta ciudad italiana fue el epicentro del Renacimiento. La cúpula de Brunelleschi, el Campanario y el Baptisterio son un conjunto arquitectónico de impresionante belleza. Fue Sthendal quien avisó de los peligros de Florencia: “Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”. Desde entonces, se conoce como Síndrome de Stendhal a la enfermedad psicosomática que desarrollan algunas personas al estar expuestas a obras de arte

 

Durante los siguientes años, Leonardo no deja de viajar por Italia. Estuvo en Venecia, donde trabajó en un sistema de defensa contra las posibles invasiones de los turcos. En 1501 volvió a Florencia. Allí, tal como lo describió Giorgio Vasari, se convirtió en ídolo de masas. Cuenta el primer biógrafo de artistas italianos que “hombres y mujeres, jóvenes y viejos acudían a observarla como si estuvieran participando en un gran festival”. Aún hoy el público sigue acudiendo en masa para contemplar la belleza de La Virgen y el Niño con Santa Ana y San Juan Bautista, aunque ya no al convento de la Santissima Annunziata donde realizó el cartón que debía servirle como boceto para la pintura final. Ésta no acabó por realizarse nunca, y hoy el famoso boceto se puede visitar en la National Gallery de Londres.

Antes de su viaje a Roma, le dio tiempo de pintar La Giocondauno de los retratos que más literatura ha generado de la Historia del Arte. Y pareciera que la vida sonreía a Leonardo, pero no. En el Vaticano, Rafael y Miguel Ángel, tenían trabajo sin parar; no así Leonardo que no dejaba de sumar desengaños y decepciones. ¿Qué ocurrió? “Los Médici me han creado, los Médici me han destruido”, dejó escrito el genio, antes de viajar a Francia. No volvería más a Italia.

El último viaje a Francia

Es el año 1516 y Leonardo se siente enfermo cuando viaja Amboise junto a su nuevo mecenas, el rey de Francia Francisco I, que lo aloja en el Castillo de Clos-Lucé. Hay un posible autorretrato suyo, Anciano pensativo, que aunque datado en 1513, bien nos podría valer para acercarnos a estos últimos años de su vida. En el dibujo, se encuentra sentado en el canto de una roca, apoyado en un bastón, se le ve pensativo, paciente, tal vez algo melancólico; es posible que en ese momento estuviera reflexionando acerca del paso del tiempo, en esa cita suya tan famosa, en la que dice que “no he perdido ante la dificultad de los retos, sino contra el tiempo”.

 

 

Milán, el viaje de un ingeniero
Leonardo llega enviado desde Florencia a Milán. Allí ejerce de ingeniero; pero también pinta una de las obras cumbre del renacimiento, La última cena, que se puede ver en Santa Maria delle Grazie, una iglesia y convento de la Orden de los Hermanos Predicadores.

 

Pero cuando el viajero llega hasta la capilla de Saint-Hubert, en el Castillo de Amboise, uno de los castillos del valle del Loira que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad, y contempla la tumba de este gran genio, piensa que Leonardo se equivocó, que no perdió su batalla contra el tiempo, puesto que hoy aún se le recuerda.

.

Francia, Loire

Leonardo conoció el valle del Loira.  En 1516 aceptó una invitación de Francisco I de Francia, quien le procuró lugar donde descansar de sus decepciones en Roma. Ya no volvería a Italia. Sus restos descansan en la capilla de San Huberto, en el recinto del castillo de Amboise.

Shakespeare, el rey de los teatros londinenses

Las comedias y tragedias que escribió para su compañía teatral lo hicieron célebre en su época y aún más para la posteridad, pero su vida está llena de incógnitas, como su posible catolicismo.

Isabel I de Inglaterra

Camafeo de oro, diamantes y rubíes. 1595. Museo Victoria y Alberto, Londres.

 

El más célebre autor de la historia de la literatura inglesa fue aplaudido, admirado e incluso “idolatrado” en vida por las decenas de miles de personas que asistieron a las representaciones de sus obras en Londres. Pero esa fama no impidió que la personalidad y la biografía misma de William Shakespeare quedaran envueltas en sombras. Poco se sabe, por ejemplo, de los inicios de su carrera.

Sí consta que nació el 23 de abril de 1564 en Stratford-upon-Avon, una pequeña ciudad de unos mil habitantes, situada 120 kilómetros al noroeste de Londres. Era hijo de John Shakespeare, un próspero negociante local, y de Mary Arden. Asistió al colegio de la ciudad, y a ello se deben los amplios conocimientos de la literatura latina y de retórica de que haría gala en sus escritos.

A los 18 años se casó con una joven de la localidad, Anne Hathaway, cuando ésta ya se hallaba embarazada; tendría con ella tres hijos. Un documento sitúa a Shakespeare en Stratford todavía en 1585. Pero luego siguen siete años, “los años perdidos”, en los que se evapora totalmente su pista, hasta que reaparece en 1592 convertido en autor teatral de éxito en Londres.

William Shakespeare

 Así imaginó el pintor Ford Madox Brown al célebre dramaturgo. siglo XIX. Galería de Arte de Manchester.

 

Esos “años perdidos” han dado pie a muchas elucubraciones por parte de los biógrafos de Shakespeare; algunos han supuesto, por ejemplo, que hizo un viaje a Italia. También se ha discutido mucho otro aspecto de la juventud del dramaturgo: su supuesta adhesión al catolicismo. Por entonces, la monarquía inglesa de Isabel I había consumado la ruptura con el Papado, instaurando una Iglesia anglicana separada, y los ingleses que se mantenían fieles al catolicismo –llamados recusantes por su negativa a reconocer al rey inglés como cabeza de la Iglesia– sufrieron diversos tipos de acoso y persecución.

La conexión católica

Es muy probable que el padre de Shakespeare fuera un católico recusante, dado que se le impusieron fuertes multas por no asistir a los servicios religiosos anglicanos. En cuanto al joven William, ha sido identificado con un tal “William Shakeshafte” que figura en el servicio de un aristócrata católico del norte de Inglaterra, el conde de South-ampton, como preceptor de sus hijos. Si Shakespeare hubiese deseado oír misa o confesarse, hubiera podido hacerlo en esa casa, donde se daba cobijo a los sacerdotes católicos que llegaban en secreto a Inglaterra desde los seminarios europeos.

Un investigador reciente ha identificado también a Shakespeare con un tal Gulielmus Strofordiensis, mencionado en una lista de católicos ingleses que peregrinaron a Roma en la década de 1580. Otros estudiosos han señalado en las obras de Shakespeare posibles referencias a la doctrina católica (por ejemplo, al Purgatorio).Sin embargo, la tesis de que Shakespeare fue toda su vida un católico oculto resulta cuestionable y son muchos los estudiosos que opinan que fue un protestante sincero.l

Los comienzos en el teatro

No se sabe tampoco cómo se convirtió Shakespeare en autor teatral. Sin duda, en su juventud tuvo muchas ocasiones de presenciar representaciones dramáticas, ya que las compañías itinerantes de actores visitaban a menudo Strat-ford-upon-Avon. Si efectivamente Shakespeare estuvo algún tiempo en el norte de Inglaterra, pudo ingresar en alguna de estas troupes, primero como actor y luego como autor. Otra posibilidad es que se trasladara a Londres en busca de algún miembro de la nobleza al que servir como poeta o secretario, y que allí, como hicieron muchos otros, viera en la escritura para los escenarios una nueva fuente de ingresos.

Escena de Hamlet

Hamlet es una de las tragedias más famosas de Shakespeare, estrenada en torno a 1602. Óleo por Keeley Halswelle. Siglo XIX.

 

En esos años, el teatro se convirtió en una auténtica pasión para los londinenses. Se llegaron a crear nueve teatros comerciales, algunos con aforos notables, de hasta 3.000 personas; se calcula que cada semana iban al teatro 15.000 personas. Algunos de estos espectáculos eran de marcado carácter popular y se asemejaban a los mimos o farsas de feria. Las obras de Shakespeare, en cambio, tenían un registro más elevado, tanto literariamente como por el tipo de interpretación de los actores. En 1592 Shakespeare aparece mencionado como autor teatral, objeto incluso de críticas por los que envidian su éxito.

Pero su carrera despegó realmente dos años más tarde, cuando creó, junto a otros seis socios, una compañía teatral, los Lord Chamberlain’s Men, nombre que hace referencia a la protección que les prestaba el chambelán, jefe del personal del palacio real. Esa compañía, rebautizada en 1603 King’s Men, los Hombres del Rey, dominaría los escenarios londinenses durante un cuarto de siglo. Además de Shakespeare, figuraron en ella el actor cómico William Kemp y, sobre todo, Richard Burbage, genial actor que se encargó de los grandes papeles trágicos de Shakespeare, como HamletOtelo o el Rey Lear.

Para completar el reparto se solía contratar un número reducido de actores eventuales, así como a muchachos que interpretasen los papeles femeninos, ya que, en contraste con España, en Inglaterra las mujeres tenían prohibido actuar en los escenarios. Shakespeare escribía todas sus obras para la compañía, a un ritmo de dos por año (se conservan 38, aunque también colaboró en otras), y además desempeñaba algunos papeles secundarios en el escenario, como el del anciano padre de Hamlet.

Nace The Globe

Inicialmente la compañía daba sus funciones en un teatro llamado por antonomasia The Theatre, pero en 1598 el contrato de alquiler del local expiró. Ni cortos ni perezosos, Shakespeare y sus colegas desmontaron la estructura de madera del teatro y se la llevaron a otro local que habían encontrado en el Bankside, un barrio de Londres al sur del río Támesis, hoy llamado Southwark. En aquella época, Southwark estaba fuera de la ciudad propiamente dicha, y era una zona de diversión y “mala vida”, con abundancia de burdeles y tabernas.

Un teatro casaba bien con ese ambiente. De hecho, sabemos que un empresario teatral de esos años, Philip Henslow, competidor de la compañía de Shakespeare, era, además de empresario teatral, propietario de un burdel, agente inmobiliario y dueño de una casa de empeños; además, en su teatro, el Rose, las funciones dramáticas se alternaban con las peleas de perros y osos, que apasionaban al pueblo de Londres.

The Globe

Este teatro, en Londres, fue reconstruido en 1997 a partir de una investigación sobre la estructura del edificio original de época de Shakespeare.

 

El nuevo teatro de los Lord Chamberlain’s Men se llamó The Globe. Estaba cerca de donde hoy en día se alza el moderno Shakespeare’s Globe, teatro que busca, dentro de lo posible, reproducir la experiencia del público y de los actores de los siglos XVI y XVII. En el Globe original, ante una audiencia popular que pagaba un penique por la entrada y se agolpaba en el “gallinero” y en los palcos, entre tragos de cerveza y bocados a la comida que también podía comprarse, se representaron las obras inmortales de ShakespeareRomeo y Julieta, en 1595; el Mercader de Venecia, hacia 1597 (la historia del judío Shylock tal vez se inspiró en un médico judío-portugués instalado en Londres, acusado falsamente de tramar el envenenamiento de la reina y ejecutado en 1594); Hamlet, en 1602; Macbeth, en 1606…

Los frutos del éxito

Como negocio, el Globe fue una empresa muy rentable. Así lo indica el que Shakespeare pudiera comprar en 1597, por 120 libras, una residencia imponente en su pueblo natal de Stratford, con abundante espacio en torno a la casa, donde quizá pensaba vivir como un gran señor. Luego compró otras fincas urbanas y rurales.

En 1613, el Globe (hecho de madera y con tejado de paja) fue destruido por un incendio, provocado por la chispa de una descarga fingida de artillería en el escenario; pero el edificio fue reconstruido enseguida. Además, la compañía de Shakespeare gestionaba ya otro teatro, el Blackfriars, de aforo menor (unas 600 plazas) pero cubierto y con mayores medios escénicos. Por esta razón, las entradas más baratas para el Blackfriars eran hasta seis veces más caras que las del Globe, y era mucho más rentable que este último.

Aunque se ha afirmado que por entonces Shakespeare se había retirado, nada indica que con apenas 50 años se sintiera ya viejo o enfermo y por ello volviera a Stratford. Lo seguro es que murió en su ciudad natal, el 23 de abril de 1616, seguramente por un ataque de fiebres tifoideas. Su tumba se encuentra en una iglesia de Stratford, encabezada por un epígrafe que maldice a cualquiera que mueva sus huesos.

 

Artículo tomado de: www.nationalgeographic.com

 

Hawái, islas de belleza salvaje y espíritu abierto

“No he estado en ningún lugar del mundo donde haya disfrutado y amado más que aquí”, dijo Jack London sobre Hawái en septiembre de 1907.

Na Pali

Estos acantilados en Kauai se consideran los más bellos del archipiélago. Para recorrerlos a pie, desembarcar o acampar en la zona se requiere un permiso especial.

 

El novelista Jack London reflejó sus vivencias hawaianas en El crucero del Snark. En ellas confiesa haber caído cautivado por este rosario de lágrimas telúricas cuya fuerza irredenta conjuga geografías imposibles, colores más allá de Gauguin, piélagos de olas gigantes y espumas tumultuosas, una biodiversidad inabarcable y una geología impetuosa creadora incesante de nuevos paisajes.

El archipiélago de Hawái se encuentra en el rincón septentrional del triángulo polinésico; los otros vértices son Aotearoa (Nueva Zelanda) y Rapa Nui (Isla de Pascua). Hawái se yergue como una pequeña flota fondeada en mitad del Pacífico, en el punto más alejado de cualquier tierra continental. Forma parte de la hilera de ínsulas, volcanes submarinos y atolones de la Cadena Hawái-Emperador, que se extiende 6.000 kilómetros hacia el sur desde el canal entre la península de Kamchatka y las islas Aleutianas.

Big Island

Las ballenas yubartas se reproducen cada invierno en el canal que separa Maui de Kahoolawe, pero también es fácil verlas al norte de Big Island.

 


Es en su extremo meridional, justo rebasado el trópico de Cáncer, donde la lava, el viento, la lluvia y el mar han ido modelando con paciencia el milagro de estas islas, en los confines de un azul profundo que se hace turquesa alrededor de sus costas. Seguramente nuestro viaje comience en la isla Oahu, pero de las ocho islas principales hay una tríada que no podemos dejar de visitar, Big Island, Maui y Kauai, las tres esmeraldas de un collar de zafiros.

La isla de la diosa Pele

Big Island es lo que su apodo indica, la más grande. En realidad se llama Hawái y de ella toma nombre el conjunto. Para recorrer las islas y acceder a sus rincones conviene alquilar un coche y combinarlo con botas, chancletas y aletas de buceo. En Big Island mejor si el vehículo es todoterreno.

En su periplo en busca de tierras ignotas, Pele, diosa de los volcanes, fue visitando las islas hasta llegar a Big Island. Cuando golpeó el suelo con su palo pahoa el fuego que brotó no se apagó, por lo que estableció aquí su morada. Fue en Kilauea y, desde entonces, el volcán permanece activo regalándonos espectáculos de lava. El cráter principal de su caldera, el Halemaumau, contiene un lago incandescente que, en la noche, desde el mirador del Museo Jaggar, preña de rojos y ocres la oscuridad en una contemplación casi mística. Más al sur, su boca Puu Oo vierte por sorpresa coladas de magma que unas veces van a morir al mar y otras se detienen tierra adentro. Su imagen, a pie, en barco o en helicóptero nunca se borrará de nuestras retinas.

Ambos cráteres se encuentran en el Parque Nacional de los Volcanes. Es una sinfonía estética y geológica que se descubre mediante sencillas rutas, como la que contornea la caldera del Kilauea Iki, o la que nos conduce a los viejos petroglifos de Puu Loa. También nos pierden entre grietas de vapor, chimeneas sulfurosas y fisuras como las de Mauna Ulu, que nos inducen al vértigo sobre el vacío de los cráteres colapsados de Puhimau y Pauahi o nos colocan sobre las vistas de los campos de lava en Kealakomo.

Mauna Kea

Atardecer en la cima del volcán Mauna Kea (“montaña blanca”). Al fondo, el Mauna Loa.

 

Tal horizonte, que combina creación y destrucción, conduce a preguntarse sobre la génesis del paraíso, pero en términos de ciencia. Porque el origen del archipiélago es poco común. Surge en medio de una placa tectónica debido a una zona de alta actividad volcánica, lo que en geología se conoce como “punto caliente”. Así, el magma aflora levantando volcanes submarinos que crecen hasta alcanzar la superficie y formar islas.

En el caso de Hawái ocurre en mitad de la placa del Pacífico. Esta placa se mueve en sentido SE-NO y, con ella, las islas. Los volcanes pasan a ser inactivos al alejarse del punto caliente, pero este sigue expulsando lava y generando nuevas islas como si se tratara de una parsimoniosa cadena de producción. Niahu y Kawai, las del extremo noroeste, son así las más viejas (5,6 y 5 millones de años), mientras que Maui y Big Island en la punta sudeste, con 1,3 y 0,7 millones de años, las más jóvenes. Hoy solo Big Island se halla bajo la influencia directa del punto caliente y por eso es la única con volcanes activos.

El océano como fuente de inspiración y vida

Como las islas de Hawái se alzan directamente desde el lecho del océano, el archipiélago carece de plataforma continental, la tarima sumergida que sustenta los grandes bancos de pesca. Pero los arrecifes de coral y los minerales que afloran de los volcanes proporcionan a las islas entornos idóneos para admirar los peces de arrecife, las cuatro especies de tortugas, la foca monje de Hawái o los delfines. La costa de Kona (Big Island) atrae a las mantarrayas gracias a la riqueza en planctonde sus aguas. El Kumulipo, cántico hawaiano de la creación, cuenta que la vida surge del mar, y no alude al archipiélago como un grupo de islas, sino como “un mar de islas”.  Por esa razón el dicho Malama i ke kai (“ocúpese de proteger el océano”) es mucho más que un lema en Hawái.

 

La diversidad de los paisajes de Hawái reta la imaginación. De los trece ecosistemas esenciales de la Tierra, once se dan en el archipiélago. En un pestañeo pasamos de una superficie lunar al más denso de los bosques tropicales, de nieves entre antiguas morrenas glaciares a la explosión de vida de unas aguas tapizadas por corales, de borbotones de roca fundida a precipicios cubiertos por todas las gamas del verde.

Al este del Parque Nacional de los Volcanes se encuentra el distrito de Puna. Los fantasmas de árboles devorados por la roca fundida nos esperan en el Lava Tree State Monument camino de Kapoho, antes de que los destellos glaucos del olivino (mineral común en las rocas volcánicas) nos llamen entre las sombras de la lava tipo aa –de superficie áspera, irregular, rugosa– en torno al faro de Kumukahi. Seguimos al sur, hasta Kalapana, para adentrarnos en el desierto tenebroso del pueblo devastado por la erupción del Kilauea. Volvemos sobre nuestros pasos y retomamos el mar en la playa melánica de Kaimu sobre un lecho de lava pahoehoe (lisa, ondulada, encordada) agrietado por la vegetación, que crece y reclama su espacio.

Aloha, una cálida bienvenida hawaiana

Aquí, en Kaimu, la música y las risas suenan en el Uncle Robert’s Awa Bar sin que nos dejen pagar ni una sola cerveza. Y es que Hawái se sustancia sobre todo en sus gentes acogedoras, una miscelánea de paisanajes que conviven entre los símbolos más recalcitrantemente estadounidenses y los viejos saberes de la danza hula y la práctica espiritual del hooponopono: ejecutivos haole en bermudas, granjeros japoneses, comerciantes chinos, paniolos o vaqueros indígenas y surfistas apátridas capaces de afirmar –como Paul Theroux en Hotel Honolulu–, que el primero de ellos fue Jesucristo, no en vano andaba sobre las aguas.

Orillas ardientes

La lava del Kiluaea (Big Island) se desliza suavemente hasta el mar, donde se enfría en medio de una blanca humareda.

FOTO: AGE FOTOSTOCK

 

Porque Hawái es una síntesis de culturas amalgamadas por el espíritu aloha, palabra de imposible traducción que agrupa todo el campo semántico de la bienvenida. Solo un pueblo como el polinesio –”la obra más dulce de Dios”, en palabras de Robert Louis Stevenson– es capaz de tal integración.

Los pigmentos de las arenas en Big Island nos desconciertan. El negro de Punaluu sobre el que reposan las tortugashonu, el rubio pálido de las playas de Makalawena, Ooma y Mahaiula en Kona y, sobre todo, el oliváceo claro de Papakolea. Apenas existen cuatro o cinco playas verdes en el mundo –el color se debe a la abundancia de olivino– y una se localiza aquí, cerca del cabo de Ka Lae, el punto más meridional de los 50 estados que componen el país.

Negra es también la playa de Waipio Valley, una suerte de edén boscoso perdido en lo más profundo de la ladera este del volcán Kohala; y negras son las paredes del fascinante tubo de lava de Kaumana, tan cerca de las cascadas de Rainbow y Akaka que su sonido se siente en la lejanía.

Pero si algo domina Big Island son sus dos colosos. El Mauna Loa (4.169 metros) es, en volumen, el mayor edificio volcánico existente, de los denominados de escudo, cuyas coladas juegan a teñirse de tonos dispares. El Mauna Kea (4.207 metros) podría considerarse, en cierto modo, la montaña más alta del planeta, pues su base se halla a 6.000 metros bajo el nivel del mar. Alcanzar la cumbre superados los 4.000 metros, nevada a menudo y coronada de telescopios, supone un reto para el motor y los frenos de nuestro vehículo, pero es la mejor atalaya para otear el próximo destino.

Haleakala

Una ruta asfaltada asciende hasta la cumbre del Haleakala (3.055 metros), en la isla de Maui. Su enorme caldera alberga numerosos conos volcánicos.

 

Maui parece un par de islas unidas accidentalmente. Dos volcanes, el Mauna Kahalawai y el Haleakala y, en medio, un valle donde prosperan la caña de azúcar y las piñas. Invitados por Jack London ascendemos al P. N. del Haleakala: “Las vistas y el aire eran deliciosos –nos tienta–. La panorámica a través del East Gap es la más bella que nunca he contemplado“. La carretera sube a 3.055 metros y, una vez en la cima, descendemos a la caldera por el sendero Keoneheehee. Descubrimos un mundo de otro mundo, un laberinto abierto y multicolor de cráteres flanqueados por farallones inverosímiles, el reino de las silversword, una rara planta con aspecto de esfera plateada que tan solo florece una vez en su vida.

Arenas rojizas en las playas de Hawái

De nuevo junto al mar, tomamos la Road to Hana, carretera que describe el perfil de la costa noroeste. El recorrido se retuerce lamiendo el precipicio entre una vegetación exuberante y recovecos donde nos asaltan valles como el de Wailua y cascadas que animan al baño como Twin Falls y Three Bear. Al final, un nuevo rincón insólito, Kaihalulu, la playa tintada de grana por el hierro de su ceniza. La barrera de rocas puntiagudas que la cierra nos recuerda a otro lugar en el extremo opuesto de la isla, en Makaluapuna Point. En esta pequeña península, las olas se resistieron al avance de la lava golpeando con tal fuerza que la levantaron y la petrificaron en forma de acerados dientes, los Dragon Teeth.

Llega la hora de mojarnos. “Sumérgete en silencio y escucha”, me dijo mi compañera. Estábamos en Honolua Bay haciendo esnórquel. Obedecí, me sumergí, escuché y me emocioné: era el canto de las yubartas bajo las aguas, en vivo, nadando junto a tortugas y rodeado de peces tropicales. Indescriptible. Las ballenas bajan desde Alaska a las cálidas y someras aguas del canal que separa Maui, Molokai, Lanai y Kahoolawe. Entre diciembre y abril se las puede ver saliendo en barco desde Maalaea Bay. Muy cerca, la media luna de la islita de Molokini nos espera para bucear mientras pensamos en el atardecer desde la recóndita bahía de La Perouse.

Playas negras

Al norte de la aldea de Hana, en Maui, las pequeñas calas de Pailoa y Keawaiki deleitan a los bañistas con su arena negra y su vida subacuática.

 

La isla más veterana del trío es Kauai. Extintos sus volcanes, más de cuatro millones de años de acción de los elementos han esculpido una orografía enfática que alcanza cotas de un dramatismo soberbio. Las abundantes lluvias provocan tal estallido de verdor que sus habitantes la llaman Garden Island, Isla Jardín. El mejor ejemplo son los acantilados de Na Pali. Casi verticales y con una altura por encima de los 1.000 metros, parecen haber sido arañados por las garras de un oso. Constituyen una muralla inexpugnable de cárcavas amenazantes que protegen los prístinos valles de Kalalau y Honopu. Sus playas son solo accesibles por mar y por un sendero con algunos tramos complicados que recorre el pali (precipicio) a lo largo de 20 kilómetros desde la bonita Kee Beach en Hanalei. El mirador del Koke’e State Park permite admirar Kalalau desde las alturas.

Cráter Puu Oo

En la costa sudeste de Big Island se puede contemplar cada día el flujo de la lava enroscándose sobre sí misma, como gruesas sogas al rojo vivo.

 

El otro gran imán de Kauai es Waimea Canyon, al que Mark Twain llamara “el Gran Cañón del Pacífico”. No exageró en cuanto a su fuerza y belleza. Los miradores a lo largo de Kokee Road nos permiten sumergir la mirada en el interior de sus abruptas perspectivas; pero siempre podemos internarnos a pie por sendas sencillas como el Cliff Trail o el Canyon Trail hasta las cascadas de Waipoo; o más exigentes como el Kukui Trail.

Resulta imposible sustraerse a los encantos de Kauai. Por eso entendemos a Matt King, el personaje de George Clooney en Los descendientes, mirando embelesado junto a su familia el rincón virgen que heredaron de tiempos del rey Kamehameha. Porque ese lugar existe y se llama Kipu Kai Bay.

Waimoku Falls

Un sendero de 3 kilómetros que remonta el arroyo Pipiway desde Kipahulu, en la costa sudoriental, permite acceder a estas caudalosas cataratas en la isla de Maui.

 

“Tan pronto como mi yate deje a popa estas islas, me embargará una inmensa tristeza –nos confiesa Jack London–. Nadie sabe mi amor hacia ellas, y mientras permanezcan ahí serán siempre el Paraíso del Pacífico“. Transcurrido más de un siglo nos invade un sentimiento similar al ver perderse las islas de Hawái tras la cola del avión; y hacemos la firme promesa de volver. Él regresó ocho años después; nosotros no tardaremos tanto.

Napili Bay

Esta playa entre dos salientes rocosos es una de las más bellas de Maui. Las tortugas y las focas monje hawaianas frecuentan sus aguas.

A vista de pájaro

Un tour en helicóptero en Kauai permite admirar paisajes de indescriptible belleza, como la cornisa de Na Pali desde el interior (en la foto), el Waimea Canyon o las cascadas del monte Waialeale.

 

Artículo tomado de: www.nationalgeographic.com

 

Solimán el Magnífico: el gran sultán otomano

Altivo pero reservado, ambicioso y a la vez hábil diplomático, Solimán gobernó el Imperio otomano en su época de mayor esplendor, cuando cada primavera Europa temblaba ante sus ejércitos

 

 

 

El sultán más temido

Retrato de Solimán conservado en la Biblioteca Nacional de París. Su turbante se componía de varias capas de muselina sobre las que se prendían tres plumas de garza real.

 

El 30 de septiembre de 1520, Solimán Khan se subió a una embarcación dorada de 36 remos y se sentó en la popa, entre cojines de terciopelo, telas de seda y algunos eunucos blancos que permanecían de pie frente a él. Poco después, la embarcación navegaba veloz sobre las aguas del Bósforo para entregarlo para siempre a la historia: a los 26 años, tras la muerte de su padre Selim I, Solimán se convirtió en sultán de los otomanos. El tercer día de la ceremonia de su coronación se dirigió a su pueblo ataviado con un rico vestido de oro, adornado con perlas y diamantes, luciendo en la cabeza un altísimo turbante decorado con una corona de piedras preciosas y con varios penachos compuestos de plumas de garza real, que simbolizaban las diversas partes del mundo sometidas al sultán. Su vida y su destino se ponían bajo el signo del diez, el número de la fortuna para los turcos.

La residencia de los sultanes

Situado entre el Cuerno de Oro y el mar de Mármara, el palacio de Topkapi se asoma al Bósforo. Fue residencia y centro adminsitrativo del Imperio otomano desde el siglo XV hasta el siglo XIX.

Solimán vivió una juventud tranquila, pero marcada por el rigor de su severo padre, que lo preparó para su deber futuro. En los palacios de Estambul, la maravilla del mundo, la ciudad ideada y creada para la soberanía, aprendió tanto el uso de las armas como el conocimiento de las letras. Se educó en compañía de los pajes de origen cristiano que algún día se convertirían en sus visires, sus pachás, sus generales y sus gobernadores.

Una presencia majestuosa

De estatura superior a la media y miembros bien proporcionados, Solimán era de tez morena, con una frente amplia y unos ojos negros un poco saltones, cejas prominentes, nariz aguileña y boca bella pero no sensual, labios finos y poblado bigote. Con su porte altivo y reservado y su inteligencia vivaz y reflexiva, Solimán era un hombre más proclive a la meditación y al juicio que a las decisiones repentinas. La crueldad que había caracterizado a su padre, Selim I el Inflexible, reforzó en Solimán, como reacción, su amor a la justicia y la paz, y también su gran necesidad del afecto de su familia y amigos, por lo que amó intensamente a Mustafá, su hijo primogénito, a Ibrahim, su amigo de siempre, su brazo derecho y uno de sus grandes visires, y a Roxelana, la favorita de su harén, que se convirtió en su esposa. Su sentimiento por ellos era ciego.

A pesar de ser un político inmensamente hábil, Solimán carecía del gusto genuinamente oriental por la intriga. Era un estadista que sabía engañar a sus enemigos de manera perfecta y sabía mostrarse implacable e inexorable con los ministros y los subalternos que lo engañaban y que lo decepcionaban. Pero su debilidad por Roxelana lo llevó a cometer actos de venganza que han acabado empañando su memoria. Tales fueron los casos de su visir Ibrahim, al que finalmente ordenó ejecutar entre rumores de que conspiraba con los cristianos, y de su hijo mayor, Mustafá; Roxelana y el gran visir Rustem desvelaron los supuestos tratos de Mustafá con el sha de Persia, justo cuando Solimán le había declarado la guerra, por lo que el sultán lo llamó a la corte y ordenó a los Mudos, los verdugos encargados de tales menesteres, que lo asesinaran en su tienda.

El serrallo del sultán

El harén del palacio de Topkapi era una zona privada a la que sólo tenía acceso el sultán. Lo componían estacias bellamente decoradas como este comedor construido en época del sultán Ahmed III, en el siglo XVIII.

El gran legislador otomano

Aclamado como Príncipe y Señor de la Feliz Constelación, César Majestuoso, Sello de la Victoria, Sombra del Omnipotente, Solimán aparecía en las ceremonias públicas como una figura de gran esplendor. Fue así como en 1530, tras 18 días de celebraciones por la fiesta de la circuncisión de sus tres hijos, se empezó a hablar de un emperador con un poder formidable y una incalculable riqueza, y toda Europa se hizo eco del nombre de quien parecía merecer en verdad el título de «Magnífico».

En la historia otomana, en cambio, Solimán fue recordado como el Legislador, Kanuni. El sultán, en efecto, desarrolló una considerable actividad legislativa y reformadora con el propósito de mantener el orden y asegurar el progreso de su vasto imperio. Pese a ser un musulmán piadoso, Solimán no fue nunca intransigente en materia religiosa, y el conjunto de sus leyes suponía una aplicación moderada del código del Corán. Eliminó el vino, puesto que era abstemio, pero no el café, introducido en Estambul en 1554. Puso todo su empeño en regir un Estado fuertemente centralizado, el único imperio internacional que existía en el siglo XVI; de hecho, fue bajo el gobierno de Solimán cuando la Sublime Puerta, como también se llamaba al Imperio otomano, estableció por primera vez relaciones diplomáticas regulares con Estados extranjeros. Impulsó importantes reformas, como la del sistema feudal con el que se gobernaba el Imperio, logró que súbditos de veinte pueblos distintos viviesen en armonía, fundó escuelas y concedió bienes a los ulemas, los doctores de la ley. Reformó la administración civil y militar, insistiendo mucho en el deber de la imparcialidad con respecto a todas las clases sociales. No dudaba en destituir y condenar a muerte a los funcionarios corruptos y se ganó el favor popular por los leves impuestos que estableció.

Además de administrador y legislador, Solimán fue también hombre de cultura. Sentía gran interés por las matemáticas y la historia, en particular por las gestas de Alejandro Magno, que conocía a través de los relatos del persa Nizami. Además de turco, Solimán hablaba árabe y persa y entendía el italiano. Dedicaba mucho tiempo a leer, en particular novelas persas. Amaba la música y poseía discretos conocimientos de astronomía, y, como su antagonista Carlos V, era un apasionado de los relojes y del arte de medir el tiempo.

Mezquitas imperiales

A la derecha, en primer término, la cúpula de la mezquita de Rustem Pasha, yerno y gran visir de Solimán, cuya mezquita se ve al fondo. Ambas fueron erigidas por Mimar Sinan.

Solimán fue también un destacado mecenas. Tras la conquista otomana de 1453, Constantinopla no había dejado de ser un gran centro cultural, cosmopolita y abierto al mundo. A la ciudad llegaban toda suerte de hombres ingeniosos, oradores, soldados y expertos en política. Muchos artistas, también extranjeros, gozaron del favor del sultán. Durante su reinado se produjo un gran florecimiento en el campo del arte y se establecieron las bases de una literatura nacional. A las importantes y soberbias obras de Sinan, el más insigne arquitecto turco del momento, el sultán añadió la restauración de acueductos, vías de comunicación y otras obras públicas. En todo su imperio no hubo ninguna gran ciudad que no embelleciera de forma más o menos notable. Gracias a su impulso, el esplendor y el prestigio de su imperio sobrevivieron muchos años.

El sultán conquistador

El deber supremo del sultán, sin embargo, era defender y extender los dominios de su imperio. Por ello, desde su coronación Solimán se cuidó de la regulación del poderoso ejército otomano, en particular de los jenízaros, el famoso cuerpo de infantería. También se ocupaba de la logística y la organización de cada una de sus campañas. Él mismo se ponía al frente de estas expediciones, siguiendo un lema que hizo inscribir a los pies de su cama: «Si el príncipe no va en persona a la guerra y no afronta el peligro, que esté seguro de que la mayor parte de sus empresas no tendrán éxito».

En esas campañas, el Magnífico sabía imponer disciplina a sus tropas, incluso en el momento de la retirada, y demostraba poseer ingenio no sólo durante la batalla, sino también en la mesa de negociaciones. Aunque por dos veces fracasó en su plan más atrevido, el de conquistar la capital misma del Imperio Romano Germánico, Viena (1529 y 1532), y en Malta sus tropas debieron retirarse tras cuatro meses de infructuoso asedio en el año 1565, sus otras expediciones se contaron por éxitos. Conquistó Belgrado en 1521, al año siguiente tomó Rodas y en 1526 ocupó Buda, la capital del reino de Hungría, que cayó casi enteramente en sus manos. En el este llevó a cabo varias campañas victoriosas en Persia. Sin duda, las testas coronadas más poderosas de Europa y de toda la cuenca del Mediterráneo temblaban cada primavera, cuando el ejército otomano reunía la impedimenta y se ponía en marcha hacia un nuevo objetivo.

En guerra contra Hungría

Arriba, Solimán en la batalla de Mohacs, en 1526. Miniatura de Historia de las conquistas de Solimán el Magnífico en Europa. Biblioteca del Palacio de Topkapi.

 

El final de una leyenda

En 1566, Solimán se dirigió de nuevo con su ejército hacia los Balcanes. Era su octava campaña continental europea, esta vez contra Maximiliano de Habsburgo, y la decimotercera expedición de su vida. Por entonces, la edad y los achaques habían debilitado su salud. Lo atormentaban la gota y la hidropesía, la hinchazón de las piernas y la inapetencia, y también sufría desvanecimientos. Pese a ello, dirigió en persona el asedio a la fortaleza húngara de Szigetvar, uno de los más duros de su reinado. El 29 de agosto hizo acopio de todas sus fuerzas, se levantó de su sillón, montó a caballo y ordenó el asalto general. Mientras estallaba una mina turca y se abría la brecha definitiva en la ciudad sitiada, Solimán hubo de retirarse a su tienda, totalmente agotado. Murió unos días después, víctima de una apoplejía. Durante más de un mes, ministros y generales mantuvieron la ficción de que el sultán seguía vivo, e incluso se colocó su cuerpo embalsamado en el trono para que el gran visir pudiera comunicarle a diario los informes sobre la campaña. Finalmente, cuando ya habían emprendido el viaje de vuelta, se recibió la noticia de que su hijo Selim II había tomado posesión del trono, señal de que se podía anunciar oficialmente la muerte del sultán.

Solimán fue enterrado junto a una cimitarra, testimonio de su muerte en plena guerra, y con el rostro vuelto hacia el enemigo. Su mausoleo se dispuso junto a la gran mezquita que él mismo ordenó construir, la Suleimaniye, cuyo brillo nos recuerda aún hoy día el que sin duda fue el reinado más brillante de la historia del Imperio otomano.

 

 

Artículo compartido desde www.nationalgeographic.com

 

 

 

 

El desafío de la creación

Autor: Juan Rulfo

Desgraciadamente yo no tuve quién me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí.

Están ellos platicando; se sientan en sus equipajes en las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: “hoy parece que por ahí vienen las nubes…” En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.

Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia: ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos en una forma muy personal. Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquél personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, por caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido. Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.

A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura.

Concretando, se trabaja con: imaginación, intuición y una aparente verdad. Cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer: el trabajo es solitario, no se puede concebir el trabajo colectivo en la literatura, y esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de médium de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando.

Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar. Ahora, hay otro elemento, otra cosa muy importante también que es el querer contar algo sobre ciertos temas; sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quienes más, los chinos o quien sea. Mas hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma -la llaman la forma literaria- es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás.

Conforme se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que algo se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo. En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme de la historia, nunca cuento un cuento en que haya experiencias personales o que haya algo autobiográfico o que yo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o recrearlo, si acaso hay un punto de apoyo. Ése es el misterio, la creación literaria es misteriosa, y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y el autor tiene que ayudarle a sobrevivir; entonces falla inmediatamente. Estoy hablando de cosas elementales, ustedes deben perdonarme, pero mis experiencias han sido éstas, nunca he relatado nada que haya sucedido; mis bases son la intuición y, dentro de eso, ha surgido lo que es ajeno al autor.

El problema, como les decía antes, es encontrar el tema, el personaje y qué va a decir y qué va a hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto el personaje es forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida. Una de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer, precisamente, es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no con mi inclusión, porque entonces entro en la divagación del ensayo, en la elucubración; llega uno hasta a meter sus propias ideas, se siente filósofo, en fin, y uno trata de hacer creer hasta en la ideología que tiene uno, su manera de pensar sobre la vida, o sobre el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio que movía las acciones del hombre. Cuando sucede eso, se vuelve uno ensayista. Conocemos muchas novelas-ensayo, mucha obra literaria que es novela-ensayo; pero, por regla general, el género que se presta menos a eso es el cuento. Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces, simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse, no desbocarse, no vaciarse; el cuento tiene esa particularidad; yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, sobre la novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones.

La novela, dicen, es un género que abarca todo, es un saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro o acción, ensayos filosóficos o no filosóficos, una serie de temas con los cuales se va a llenar aquel saco; en cambio, en el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse y, en unas cuantas palabras, decir o contar una historia que otros cuentan en doscientas páginas; ésa es, más o menos, la idea que yo tengo sobre la creación, sobre el principio de la creación literaria; claro que no es una exposición brillante la que les estoy haciendo, sino que les estoy hablando de una forma muy elemental, porque yo les tengo mucho miedo a los intelectuales, por eso trato de evitarlos; cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo se ha logrado.

Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas cosas que al ser desarrolladas se pierden.

A la espera de la oscuridad

Autora: Alejandra Pizarnik

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

Si yo pudiera morder la tierra toda…

Autor: Fernando Pessoa

Si yo pudiera morder la tierra toda
y sentirle el sabor sería más feliz por un momento…
Pero no siempre quiero ser feliz
es necesario ser de vez en cuando infeliz para poder ser natural…
No todo es días de sol
y la lluvia cuando falta mucho, se pide.
Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.
Naturalmente como quien no se extraña
con que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas…
Lo que es necesario es ser natural y calmado en la felicidad o en la
infelicidad.
Sentir como quien mira. Pensar como quien anda,
y cuando se ha de morir,
Recordar que el día muere y que el poniente
es bello y es bella la noche que queda.
Así es y así sea.

Versión de Teodoro Llorente

Ombligo de luna

Autor: Raúl Gómez Jattin

Dibujo tu perfil del faro a las murallas
Luz de alucinación son tus ojos de hierro
El mar salta en las piedras y mi alma se equivoca
El sol se hunde en el agua y el agua es puro fuego
Eres casi de sueño Eres casi de piedra en el vaivén del tiempo

Arquetipo amoroso firme en la turbia edad
esa manera tuya de calmarme las lágrimas
De desbocar tu cuerpo contra el mío    Enloquecido
como un potro en una llanura incendiada
De verter tus palabras en mi entendimiento
cual veneno que cura la ausencia
De recordar cosas usadas y olvidadas
con un vuelo que ilumina y asombra

Es tarde amor El mar trae tormenta
Hay una luna pálida que recuerda tu ombligo
Y unas nubes livianas y pesadas como tus manos
beben sedientas    Así cuando yo sobre tu boca muero

OTRO CIELO

Autor: Mario Benedetti

la stranezza di un cielo che non e il two
Cesare Pavese

No existe esponja para lavar el cielo
pero aunque pudieras enjabonarlo
y luego echarle baldes y baldes de mar
y colgarlo al sol para que se seque
siempre te faltaría un pájaro en silencio

no existen métodos para tocar el cielo
pero aunque te estiraras como una palma
y lograras rozarlo en tus delirios
y supieras por fin cómo es al tacto
siempre te faltaría la nube de algodón

no existe un puente para cruzar el cielo
pero aunque consiguieras llegar a la otra orilla
a fuerza de memoria y pronósticos
y comprobaras que no es tan difícil
siempre te faltaría el pino del crepúsculo

eso porque se trata de un cielo que no es tuyo
aunque sea impetuoso y desgarrado
en cambio cuando llegues al que te pertenece
no lo querrás lavar ni tocar ni cruzar
pero estarán el pájaro y la nube y el pino.

FUNDACIÓN MÍTICA DE BUENOS AIRES

Autor: Jorge Luis Borges

 

¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba yrigoyen,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.