Las caricias

Autor: Manuel Altolaguirre

¡Qué música del tacto
las caricias contigo!
¡Qué acordes tan profundos!
¡Qué escalas de ternuras,
de durezas, de goces!
Nuestro amor silencioso
y oscuro nos eleva
a las eternas noches
que separan altísimas
los astros más distantes.
¡Qué música del tacto
las caricias contigo!

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El ángel bueno

Autor: Rafael Alberti

Vino el que yo quería
el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas.
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
y hacerme el alma navegable.

 

 



MÁS POEMAS DE RAFAEL ALBERTI



En el regazo de la tarde triste…

Autora: Delmira Agustini

 

En el regazo de la tarde triste
yo invoqué tu dolor… Sentirlo era
¡Sentirte el corazón! Palideciste
hasta la voz, tus párpados de cera.

Bajaron… y callaste… Pareciste
oír pasar la muerte… Yo que abriera
tu herida mordí en ella -¿Me sentiste?-
¡Como en el oro de un panal mordiera!

Y exprimí más, traidora, dulcemente
tu corazón herido mortalmente;
por la cruel daga rara y exquisita
de un mal sin nombre, ¡Hasta sangrarlo en llanto!
y las mil bocas de mi sed maldita
tendí a esa fuente abierta en tu quebranto

¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
que come llagas y que bebe el llanto?

Lillie Langtry, la mujer a la que resucitó Oscar Wilde

Conocida por sus escándalos amorosos con la realeza, se convirtió sin embargo en una deidad para la puritana sociedad victoriana

 

Emilie Charlotte Le Breton vino al mundo dos veces. Primero saldría del vientre de su madre en 1853; después renacería como Lillie Langtry «Jersey Lillie», tras ser retratada por el pintor John Everett Millais. No obstante, su naturaleza enamoradiza y el alma del Rey Eduardo VII hecha jirones se convertirían en motivo de repudio por la alta sociedad británica. A pesar de su muerte social, el voraz escritor Oscar Wilde -su mesiánico amigo- impulsaría su resurrección a través del teatro.

Lillie sentía ansias por devorar el mundo. De esta manera, haría uso de su arrebatada juventud para enfrascarse en una vida de deseos y rodeada de todo el afecto. Sin embargo, nunca se sabrá a quien amó realmente Lillie. Quizás en ese intento de huir del dolor causado por el abandono de una madre, se casaría por impulso con un pobre diablo irlandés.

Los días tristes y nostálgicos de su matrimonio llegaron a su fin cuando las más altas esferas británicas fueron testigos de su belleza. De esta manera, Lillie Langtry comenzaría un peligroso naufragio en su vida de señora para desafiar al sofocante puritanismo inglés.

Su personalidad causó mucha controversia durante la época victoriana; incluso a día de hoy la que fuera amante del Rey Eduardo VII sigue causando desconcierto pues su presencia era digna tanto de asombro como de recelo; pues a donde quiera que fuese, el mundo era suyo.

El exotismo de Lillie fue entretejido cuidadosamente por sus íntimos amigos -principalmente escritores y pintores-. John Everett Millais la inmortalizaría en su obra, y el escritor Óscar Wilde crearía una deidad con los fragmentos de una mujer casi olvidada.

Lillie Langtry fue la amante de profundas cicatrices cuasi humanas. De todos y de nadie, porque en el fondo fue únicamente de sí misma: una mujer inteligente que supo hacer de su efímera belleza un verdadero mito que se sobrepondría incluso a su vejez.

La triste y aburrida vida de matrimonio

Tras cumplir veinte primaveras, Emilie aceptó la propuesta matrimonial de un hombre llamado Edward Langtry. Diez años mayor que ella, era un rico terrateniente irlandés, viudo de una lejana pariente de la que habría de convertirse en su segunda esposa.

Para Lillie, Langtry era la única forma de dejar la monótona vida que llevaba en Jersey. Sin embargo, pese a estar en la flor de la vida, Edward la tenía como un jarrón decorativo. Sola, triste y aburrida. Ella le propondría que se instalaran en Londres.

Mientras las bienaventuranzas no ocurrían, unas amistades de su familia la invitaron a una recepción donde se encontraba la alta esfera británica. El hermano pequeño de Emilie acababa de morir tras sufrir una caída montando a caballo; por eso, la joven acudiría a la fiesta de luto, con un sencillo vestido negro que resaltaría todavía más su belleza.

Nadie fue indiferente a aquel rostro. Sin embargo, sería desconocido hasta que Emilie fue adoptada por los pintores Frank Miles y John Everett Millais, quienes harían la gran presentación estelar de aquella chica de campo.

Bienvenida a la alta esfera británica, Lillie

Everett Millais era muy apreciado por la Royal Academy. Este visionario de la pintura crearía la Hermandad Prerrafaelita, en la que se rechazaría el estilo manierista italiano que aún seguía imperando en las grandes academias. La óptica de Millais quedaría impronta en el estilo romántico, protagonista durante la época victoriana, y su importancia en el terreno de las artes plásticas lo convertía en uno de esos hombres siempre bienvenidos en los grandes salones del Imperio británico.

«Millais era un trabajador enérgico pero espasmódico, siempre estaba de pie mientras pintaba, y se aplicaba como uno inspirado durante unos veinte minutos, después de lo cual arrojaba su pincel y paleta, volvía a encender su pipa, que estaba cerca de su boca , contémplame durante un cuarto de hora, y luego volvía en un nuevo frenesí», confesó Lillie en su biografía «The days I knew».

De esta manera, la desinteresada amistad entre Millais y Emilie desempeñaría un papel crucial durante la introducción de la joven. Tanto el apreciado artista como su colega Miles la inmortalizarían a través de la pintura con sus ambiciosos retratos. Gracias a este gesto, se le concedió un don extraordinario a su belleza, que logró opacar a cualquier lady con título nobiliario y considerable dote.

Siendo así, «Jersey Lillie» se convirtió en la obra maestra de Millais, a través de la cual Emilie nacería por segunda vez. Ella lograría despojarse de su identidad rural para alumbrarse como Lillie Langtry: la enigmática mujer del cuadro que cautivaría a al Rey Leopoldo de Bélgica.

Millais vendió el retrato a este Monarca. Quizás fue a partir de ahí que la antigua Emilie pasaría a convertirse en un bien codiciado; en una figura inescrutable que otros artistas tratarían de entender para poder reproducir.

«Me dijo que yo era la asignatura más exasperante que había pintado, que me veía hermosa por unos cincuenta y cinco de cada sesenta minutos, pero que por cinco en cada hora era increíble. No creo que haya trabajado en mi retrato en mi ausencia, como lo hizo algún otro artista ante el que me senté», relató Lillie en sus memorias.

Con su nueva identidad, Lillie Langtry pasaría a convertirse en la invitada más especial de la alta sociedad victoriana. Incluso las mujeres entraban en conflicto consigo mismas, dudando entre odiarla o venerarla.

Además de su exótica belleza, Lillie sabía como ganarse a los hombres. La joven los dejaba perplejos con su desenvoltura en el saber, gracias a una gran preparación académica. Al ser la única mujer entre los cinco hijos varones de su padre, fue instruida junto con sus hermanos por el tutor de éstos, pues el espíritu inquieto de Emilie Charlotte espantaría a su aburrida institutriz de París, lo que provocó su deserción de la educación de Emilie.

Lo que supuso en su día un dolor de cabeza para su padre, al final resultó una gran ventaja sobre las demás mujeres de la sociedad. La instrucción humanística de las damas de reconocida clase social era muy básica. De esta manera, los aristócratas ondearían la bandera blanca de rendición ante el «Lirio de Jersey», un fenómeno sobrenatural para la época.

Príncipe de Gales, el conquistado

Cuando Alberto Eduardo era todavía Príncipe de Gales, conoció a Lillie durante una cena celebrada por un aristócrata llamado Sir Allen Young. Aunque Edward Langtry acompañaba a su esposa a este evento, se sentarían separados y en diferentes extremos de la mesa. Ni corto ni perezoso, el que sería el futuro Rey del Imperio británico tomó asiento al lado de ella.

A partir de ese momento, ambos iniciarían un romance semi oficial. Aunque casado con la Princesa Alejandra y con seis niños, el Príncipe la llevó a Palacio junto a su madre, para decirle a la «puritana» Reina Victoria I quién era la dueña de su alma y de su tiempo libre: Lillie Langtry. Su doble moral le impidió montar en cólera, echar a la amante y darle tremendo sopapo a «Bertie» -como así llamaba a su hijo, con quien no se entendía muy bien-.

No obstante, Lillie comenzaba a aburrirse de todos los privilegios de ser la mujer más amada del futuro Monarca. Y se metería en un triángulo amoso entre el Príncipe, el Conde de Shrewsbury y su amigo de la infancia Arthur Clarence Jones.

El Príncipe empezaba a ser consciente de los amores paralelos de su amante. Y con el corazón y el orgullo hecho añicos se alejó de sus brazos. Nunca más dormirían juntos pero estaría siempre para apoyarla.

Mientras estaba con Arthur Jones, inició un affaire con el Príncipe Luis de Battenberg. Quedó embarazada y, aunque no sabía quién era realmente el padre. le atribuyó la responsabilidad al aristócrata -quien asumiría la paternidad- de su hija Jeanne Marie.

Edward Langtry, infelizmente casado y avergonzado, empezaría despreocuparse de ella; y al no ser ya la favorita del futuro Rey Eduardo VII todos sus acreedores comenzarían a cobrar aquel disparatado tren de vida.

Como ya no tenía nada que vender para saldar sus deudas, entró en un bucle depresivo sin saber a quien acudir.

Oscar Wilde, el mesiánico amigo

Jersey Lillie estaba en la ruina. Ante este infortunio, Óscar Wilde le propuso una artística solución: ser actriz. De esta manera, se convertiría en la primera mujer de la alta sociedad en subirse a un escenario.

Su mesiánico amigo la resucitó con más fuerza que en sus años jóvenes, gracias a su presentación: «La Venus que ha surgido como la espuma», confesó Lillie en su obra.

Al principio, el público acudiría a verla nada más por el insano placer que generaba aquella ver a aquella inquebrantable dama caída en desgracia y olvidada en el repudio.

No obstante, su gran debut en papeles como el de Kate Hardcastle en «She Stoops to Conquer», de Oliver Goldsmith, en el Haymarket Theatre de Londres, logró que los críticos dejaran a un lado sus prejuicios y aplaudiesen su gran habilidad escénica.

El éxito de su resurrección de la muerte social fue posible también gracias a la transición hacia una nueva era. Tras la muerte de la Reina Victoria, el nuevo Monarca, Eduardo VII, iría eliminando los vestigios de su madre y su estricta moral, para dar paso a la Belle Époque, que apoyaría además con su presencia en el teatro.

Lillie, poco a poco, volvería a ser una deidad en aquella sociedad por la fortuna de una amistad como Óscar Wilde

 

Texto compartido desde: http://www.abc.es/historia/abci

Si hubiera sospechado lo que se oye

Autor : Oliverio Girondo

Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.

Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.

¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!

Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.

Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.

Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.

De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.

Aunque parezca mentira -esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.

Por lo común, estos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya va a extinguirse, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.

¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!

En el rincón aquel, donde dormimos juntos – (Trilce: Poema XV)

Autor: César Vallejo

En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o talvez qué habrá pasado.

Has venido temprano a otros asuntos,
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos,
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra                      a                      sombra.

Son los ríos

Autor: Jorge Luis Borges

Somos el tiempo. Somos la famosa
parábola de Heráclito el Oscuro.
Somos el agua, no el diamante duro,
la que se pierde, no la que reposa.

Somos el río y somos aquel griego
que se mira en el río. Su reflejo
cambia en el agua del cambiante espejo,
en el cristal que cambia como el fuego.

Somos el vano río prefijado,
rumbo a su mar. La sombra lo ha cercado.
Todo nos dijo adiós, todo se aleja.

La memoria no acuña su moneda.
Y sin embargo hay algo que se queda
y sin embargo hay algo que se queja.

La peste negra, la epidemia más mortífera

La procedencia de la epidemia

La peste, según el autor árabe Ibn al-Wardi, pudo tener origen en el «País de la Oscuridad», el kanato de la Horda de Oro, en territorio del actual Uzbekistán. Desde los puertos a las zonas interiores, la terrible plaga procedente de Asia se extendió por toda Europa en poco tiempo, ayudada por las pésimas condiciones higiénicas, la mala alimentación y los elementales conocimientos médicos.

 

A mediados del siglo XIV, entre 1346 y 1347, estalló la mayor epidemia de peste de la historia de Europa, tan sólo comparable con la que asoló el continente en tiempos del emperador Justiniano (siglos VI-VII). Desde entonces la peste negra se convirtió en una inseparable compañera de viaje de la población europea, hasta su último brote a principios del siglo XVIII. Sin embargo, el mal jamás se volvió a manifestar con la virulencia de 1346-1353, cuando impregnó la conciencia y la conducta de las gentes, lo que no es de extrañar. Por entonces había otras enfermedades endémicas que azotaban constantemente a la población, como la disentería, la gripe, el sarampión y la lepra, la más temida.

Pero la peste tuvo un impacto pavoroso: por un lado, era un huésped inesperado, desconocido y fatal, del cual se ignoraba tanto su origen como su terapia; por otro lado, afectaba a todos, sin distinguir apenas entre pobres y ricos.Quizá por esto último, porque afectaba a los mendigos, pero no se detenía ante los reyes, tuvo tanto eco en las fuentes escritas, en las que encontramos descripciones tan exageradas como apocalípticas.

La peste en Europa oriental

La ciudad de Praga (de la que aquí vemos el puente de Carlos) era la capital del reino de Bohemia, donde se cree que llegó el contagio a través de Baviera.

 

Sobre el origen de las enfermedades contagiosas circulaban en la Edad Media explicaciones muy diversas. Algunas, heredadas de la medicina clásica griega, atribuían el mal a los miasmas, es decir, a la corrupción del aire provocada por la emanación de materia orgánica en descomposición, la cual se transmitía al cuerpo humano a través de la respiración o por contacto con la piel. Hubo quienes imaginaron que la peste podía tener un origen astrológico –ya fuese la conjunción de determinados planetas, los eclipses o bien el paso de cometas– o bien geológico, como producto de erupciones volcánicas y movimientos sísmicos que liberaban gases y efluvios tóxicos.

Todos estos hechos se consideraban fenómenos sobrenaturales achacables a la cólera divina por los pecados de la humanidad.

De las ratas al hombre

Únicamente en el siglo XIX se superó la idea de un origen sobrenatural de la peste. El temor a un posible contagio a escala planetaria de la epidemia, que entonces se había extendido por amplias regiones de Asia, dio un fuerte impulso a la investigación científica, y fue así como los bacteriólogos Kitasato y Yersin, de forma independiente pero casi al unísono, descubrieron que el origen de la peste era la bacteria yersinia pestis, que afectaba a las ratas negras y a otros roedores y se transmitía a través de los parásitos que vivían en esos animales, en especial las pulgas (chenopsylla cheopis), las cuales inoculaban el bacilo a los humanos con su picadura. La peste era, pues, una zoonosis, una enfermedad que pasa de los animales a los seres humanos. El contagio era fácil porque ratas y humanos estaban presentes en graneros, molinos y casas –lugares en donde se almacenaba o se transformaba el grano del que se alimentan estos roedores–, circulaban por los mismos caminos y se trasladaban con los mismos medios, como los barcos.

Relajación de costumbres

La muerte de los cónyuges y los padres que procuraban el sustento, así como la voluntad de disfrutar de la vida mientras se pudiera, extendían las relaciones extraconyugales y la prostitución, incluso entre el clero. En la imagen, burdel medieval, en una miniatura fechada en torno al año 1450.

 

La bacteria rondaba los hogares durante un período de entre 16 y 23 días antes de que se manifestaran los primeros síntomas de la enfermedad. Transcurrían entre tres y cinco días más hasta que se produjeran las primeras muertes, y tal vez una semana más hasta que la población no adquiría conciencia plena del problema en toda su dimensión. La enfermedad se manifestaba en las ingles, axilas o cuello, con la inflamación de alguno de los nódulos del sistema linfático acompañada de supuraciones y fiebres altas que provocaban en los enfermos escalofríos, rampas y delirio; el ganglio linfático inflamado recibía el nombre de bubón o carbunco, de donde proviene el término «peste bubónica».
La forma de la enfermedad más corriente era la peste bubónica primaria, pero había otras variantes: la peste septicémica, en la cual el contagio pasaba a la sangre, lo que se manifestaba en forma de visibles manchas oscuras en la piel –de ahí el nombre de «muerte negra» que recibió la epidemia–, y la peste neumónica, que afectaba el aparato respiratorio y provocaba una tos expectorante que podía dar lugar al contagio a través del aire. La peste septicémica y la neumónica no dejaban supervivientes.

Origen y propagación

La peste negra de mediados del siglo XIV se extendió rápidamente por las regiones de la cuenca mediterránea y el resto de Europa en pocos años. El punto de partida se situó en la ciudad comercial de Caffa (actual Feodosia), en la península de Crimea, a orillas del mar Negro. En 1346, Caffa estaba asediada por el ejército mongol, en cuyas filas se manifestó la enfermedad. Se dijo que fueron los mongoles quienes extendieron el contagio a los sitiados arrojando sus muertos mediante catapultas al interior de los muros, pero es más probable que la bacteria penetrara a través de ratas infectadas con las pulgas a cuestas. En todo caso, cuando tuvieron conocimiento de la epidemia, los mercaderes genoveses que mantenían allí una colonia comercial huyeron despavoridos, llevando consigo los bacilos hacia los puntos de destino, en Italia, desde donde se difundió por el resto del continente.

El triunfo de la muerte

Este óleo de Pieter Brueghel el Viejo es testimonio de la honda huella que epidemias y guerras dejaron en la conciencia de los europeos. Hacia 1562. Museo del Prado.

 

Una de las grandes cuestiones que se plantean es la velocidad de propagación de la peste negra. Algunos historiadores proponen que la modalidad mayoritaria fue la peste neumónica o pulmonar, y que su transmisión a través del aire hizo que el contagio fuera muy rápido. Sin embargo, cuando se afectaban los pulmones y la sangre la muerte se producía de forma segura y en un plazo de horas, de un día como máximo, y a menudo antes de que se desarrollara la tos expectorante, que era el vehículo de transmisión. Por tanto, dada la rápida muerte de los portadores de la enfermedad, el contagio por esta vía sólo podía producirse en un tiempo muy breve, y su expansión sería más lenta.

Los indicios sugieren que la plaga fue, ante todo, de peste bubónica primaria. La transmisión se produjo a través de barcos y personas que transportaban los fatídicos agentes, las ratas y las pulgas infectadas, entre las mercancías o en sus propios cuerpos, y de este modo propagaban la peste, sin darse cuenta, allí donde llegaban. Las grandes ciudades comerciales eran los principales focos de recepción. Desde ellas, la plaga se transmitía a los burgos y las villas cercanas, que, a su vez, irradiaban el mal hacia otros núcleos de población próximos y hacia el campo circundante. Al mismo tiempo, desde las grandes ciudades la epidemia se proyectaba hacia otros centros mercantiles y manufactureros situados a gran distancia en lo que se conoce como «saltos metastásicos», por los que la peste se propagaba a través de las rutas marítimas, fluviales y terrestres del comercio internacional, así como por los caminos de peregrinación.
Estas ciudades, a su vez, se convertían en nuevos epicentros de propagación a escala regional e internacional. La propagación por vía marítima podía alcanzar unos 40 kilómetros diarios, mientras que por vía terrestre oscilaba entre 0,5 y 2 kilómetros, con tendencia a aminorar la marcha en estaciones más frías o latitudes con temperaturas e índices de humedad más bajos. Ello explica que muy pocas regiones se libraran de la plaga; tal vez, sólo Islandia y Finlandia.

Por las vías de comercio

La estrecha red comercial que unía el Báltico y el mar del Norte llevó la peste a bordo de los barcos hasta ciudades como Brujas.

 

A pesar de que muchos contemporáneos huían al campo cuando se detectaba la peste en las ciudades (lo mejor, se decía, era huir pronto y volver tarde), en cierto modo las ciudades eran más seguras, dado que el contagio era más lento porque las pulgas tenían más víctimas a las que atacar. En efecto, se ha constatado que la progresión de las enfermedades infecciosas es más lenta cuanto mayor es la densidad de población, y que la fuga contribuía a propagar el mal sin apenas dejar zonas a salvo; y el campo no escapó de las garras de la epidemia. En cuanto al número de muertes causadas por la peste negra, los estudios recientes arrojan cifras espeluznantes. El índice de mortalidad pudo alcanzar el 60 por ciento en el conjunto de Europa, ya como consecuencia directa de la infección, ya por los efectos indirectos de la desorganización social provocada por la enfermedad, desde las muertes por hambre hasta el fallecimiento de niños y ancianos por abandono o falta de cuidados.

Las cifras de la peste negra

La península Ibérica, por ejemplo, pudo haber pasado de seis millones de habitantes a dos o bien dos y medio, con lo que habría perecido entre el 60 y el 65 por ciento de la población. Se ha calculado que ésta fue la mortalidad en Navarra, mientras que en Cataluña se situó entre el 50 y el 70 por ciento. Más allá de los Pirineos, los datos abundan en la idea de una catástrofe demográfica. En Perpiñán fallecieron del 58 al 68 por ciento de notarios y jurisperitos; tasas parecidas afectaron al clero de Inglaterra. La Toscana, una región italiana caracterizada por su dinamismo económico, perdió entre el 50 y el 60 por ciento de la población: Siena y San Gimignano, alrededor del 60 por ciento; Prato y Bolonia algo menos, sobre el 45 por ciento, y Florencia vio como de sus 92.000 habitantes quedaban poco más de 37.000. En términos absolutos, los 80 millones de europeos quedaron reducidos a tan sólo 30 entre 1347 y 1353.

Del placer terrenal a la condenación eterna

En vísperas de la epidemia, se pintó en el Camposanto de Pisa un fresco sobre el Juicio Final cuyas dramáticas imágenes cobraron una relevancia imprevista al término de pocos años.

 

Los brotes posteriores de la epidemia cortaron de raíz la recuperación demográfica de Europa, que no se consolidó hasta casi una centuria más tarde, a mediados del siglo XV. Para entonces eran perceptibles los efectos indirectos de aquella catástrofe. Durante los decenios que siguieron a la gran epidemia de 1347-1353 se produjo un notorio incremento de los salarios, a causa de la escasez de trabajadores. Hubo, también, una fuerte emigración del campo a las ciudades, que recuperaron su dinamismo. En el campo, un parte de los campesinos pobres pudieron acceder a tierras abandonadas, por lo que creció el número de campesinos con propiedades medianas, lo que dio un nuevo impulso a la economía rural. Así, algunos autores sostienen que la mortandad provocada por la peste pudo haber acelerado el arranque del Renacimiento y el inicio de la «modernización» de Europa.

El triunfo de la muerte

Detalle del óleo de Peter Brueghel.

Artículo compartido desde: http://www.nationalgeographic.es

La invención de Ramón

Autor: José Donoso

¿No la conoces? Es Sylvia Corday, la de Ramón del Solar… Ya sabes toda esa historia. Sí, parece que la hubieran armado con módulos de plástico, como a un maniquí de escaparate. Dicen que no tiene cara. Facciones, desde luego, no tiene. ¿Dónde está la nariz, por ejemplo? Nadie jamás se la ha visto. Dicen que ni Ramón. Todas las mañanas se sienta delante del espejo y se inventa la cara, se la pinta como quien pinta una naturaleza muerta, por ejemplo, o un retrato… después, claro que Ramón la ha armado pieza por pieza para que ella pueda, bueno, no sé, bañarse, y esas cosas. A veces uno ve a Ramón durante semanas enteras sin Sylvia. Uno le pregunta por ella y él contesta que está en Cappadocia posando para Vogue; está muy de moda Cappadocia ahora. Ya iremos todos. Con Raimunda y Ricardo estamos pensando organizar un charter. Pero es mentira que está en Cappadocia. Sylvia jamás ha estado más allá de Tarrasa. Es porque se ha aburrido con ella y no la arma y no la pinta. Deja guardadas todas las piezas en una caja especial: durante esas semanas Ramón descansa y ella también; por eso es que ella está tan increíblemente joven, porque durante esas semanas que pasa guardada y sin armar el tiempo no transcurre para ella. Después, cuando Ramón la comienza a echar de menos otra vez, la vuelve a armar y salen juntos a todas partes.

Historia de un día en tres esquelas

Autor: Jacinto Benavente

I

Vergüenza me cuesta, pero has de perdonarme. Hoy no asistiré a la Junta. El motivo es pecaminoso. Justamente de cinco a siete tengo que ir a probarme unos vestidos a casa de Laura. Ya sabes lo que es ella; si pierdo mi turno, me deja desnuda este invierno. ¿Estoy perdonada? Bien lo merece mi franqueza. Pude inventar otro pretexto. Otra junta piadosa, la jaqueca, el dentista; pues no, me entrego en pleno delito de coquetería. Así puedes decírselo a las amigas, segura de que todas me absuelven. Me has dicho que la marquesa está expirando. ¡Pobre señora! Esta noche te veré en el Real. Hasta luego.

II

Mucho siento la mala obra, pero hoy me es imposible ir a probarme los vestidos. Precisamente de cinco a siete se reúne la Junta de Damas de la Honradez y el Trabajo, de la que soy secretaria, y no puedo faltar. Iré mañana a primera hora. No retrase, por Dios, los vestidos, el negro sobre todo, nuestra presidenta está expirando; y si se muere, no sé cómo voy a ir a los funerales.

III

De cinco a siete.

FIN