La historia de amor de Pilar del Río y José Saramago

Esa noche, como todas, Pilar recorrió la casa recogiendo uno a uno los relojes –de pared, de mesa– para llevarlos a la terraza y alejarlos lo más posible de sus oídos. Necesitaba escaparse de ese tictac que la martirizaba y no la dejaba dormir

 

Así siempre.
Cada noche, todos los relojes.
Hasta que José le dijo:
–Ya no vas a tener que hacer más tu excursión nocturna. Voy a dejar que los relojes se vayan parando. No voy a darles más cuerda.
Días después, la tomó de la mano y la llevó, reloj por reloj.
–¿Ves? Ninguno hace ruido –le dijo él, feliz como un niño.
Todos marcaban la misma hora:
las cuatro.
–¿Por qué las cuatro? –le preguntó Pilar.
Él la miró:
–Porque es la hora en que nos conocimos.

Pilar del Río Sánchez era ya una periodista reconocida en España cuando llegó a sus manos Memorial del convento, el primer libro que leyó del escritor portugués José Saramago (premio Nobel en 1998). Tanto la conmovió, y la movió, que tuvo la reacción natural: correr a una librería a buscar otro libro del mismo autor. Estaba traducido El año de la muerte de Ricardo Reis. Lo leyó, lo comentó en sus programas de televisión, lo reseñó en la prensa. Pero no fue suficiente: quería conocer al autor de esas páginas. Buscó el teléfono de Saramago y lo llamó a Lisboa.

–Soy su lectora –le dijo–. Voy a Portugal; quisiera conocerlo.
No le pidió una entrevista. Solo quería agradecerle el haberla hecho mejor persona al leer sus libros.

Saramago estaba acostumbrado a que los periodistas lo llamaran con la misma petición. No tuvo problema. Quedaron de verse en el Hotel Mundial –donde ella se iba a hospedar–, el 16 de junio del 86. A las cuatro de la tarde. Salieron del hotel a caminar por el cementerio dos Prazeres, por el monasterio de los Jerónimos, en busca de los pasos de Fernando Pessoa. Al despedirse, intercambiaron sus datos. No más. Pero ambos se quedaron con algo rondándoles, que Saramago recordaba así:

–Tuvimos la misma sensación: yo había encontrado a esta mujer y ella había encontrado a este hombre. 

Se escribieron algunas cartas más o menos formales hasta que en una de ellas él le dijo: “Si las circunstancias de tu vida lo permiten, me gustaría, puesto que voy a Barcelona y a Granada, acercarme a Sevilla para encontrarnos”. Pilar le respondió que sí, que las circunstancias de su vida se lo permitían.

Se vieron. Y a partir de ese momento no se separaron. Era 1988.

–Pilar apareció cuando era necesaria. Cuando me era necesaria a mí. Tengo muchas razones para pensar que el gran acontecimiento de mi vida fue haberla conocido –dijo José Saramago en el documental José y Pilar, que se presentará durante la Feria del Libro de Bogotá.

Cuando se conocieron, él tenía 64 años. Ella, 36. Veintiocho años de diferencia que para algunos podía ser mucho, pero no era un tema entre ellos. La única diferencia que reconocían era que ella era mujer, él, un hombre. En lo demás sabían compartir la forma de estar en la vida.

Pilar del Río se convirtió en la traductora al español de las obras de Saramago. Nunca había trabajado en eso, ni sabía portugués, pero un día su traductor habitual –muy reconocido en este oficio: Basilio Lozada– apareció frente a ellos con gafas oscuras y bastón y les dijo que se estaba quedando ciego.
–Qué pena –le dijo Pilar.
Y le agregó que a partir de ese momento, entonces, la traducción corría por su cuenta. Lo decidió con el mismo ímpetu que le pone a todo en la vida. Aprendió el idioma leyendo a Saramago en su lengua original y así logró su primera traducción: Todos los nombres. De ahí en adelante siguió traduciendo todas las novelas que el Nobel escribió: El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez, La caverna y Caín, entre otros libros. 

Tenían la siguiente forma de trabajo: Saramago escribía dos cuartillas diarias (nunca se pasaba de esa medida) y las dejaba sobre la mesa de Pilar. Ella las leía, las releía y las traducía. Al día siguiente, Saramago corregía, y ella corregía. De esa manera, el libro iba naciendo al mismo tiempo en portugués y en español. Era una responsabilidad que a ella le daba temor. “Tenía la conciencia de que traducía a un ser genial, y de que yo no lo era”, dice Pilar del Río desde Lisboa, pocos días antes de tomar un avión hacia Colombia. Nunca interfirió en el argumento de un libro ni le comentó lo que podía pasar o no pasar con algún personaje. “Jamás”, responde enfática.

Sí le hizo un par de observaciones para dos de sus novelas. La primera, en el manuscrito de Todos los nombres, en el que Saramago había puesto a funcionar un contestador automático en una casa donde no había luz (y para convencerlo de que eso no se podía, Pilar debió demostrárselo quitando la luz de su casa en Lanzarote, donde vivían). Y la segunda, cuando, luego de hablar con ella, él cambió la última palabra de La caverna: quitó ‘billete’ y puso ‘entrada’. “¡Mi gran aportación se reduce a eso! Soy consciente de mis limitaciones ante la obra de Saramago”, dice Pilar y lo dice así: Saramago. Si bien en casa era (es) solo José, hacia afuera se trata de Saramago. Porque habla la traductora.
Su nombre, Pilar, es cercano para quien haya tomado entre sus manos un libro del Nobel portugués. Ahí está siempre, en la primera hoja. Desde que unieron sus vidas, las obras de Saramago estuvieron dedicadas a su esposa (se casaron en 1988; dos matrimonios previos él; uno, ella).

Algunas dedicatorias dicen:
A Pilar, que todavía no había nacido, y tanto tardó en llegar.
A Pilar, que no dejó que yo muriera.
A Pilar, mi casa.

Ella le pedía que no se las mostrara hasta que hubiera terminado su trabajo porque podía paralizarse. “Cuando me decía ‘tengo la dedicatoria’, yo me moría de horror. Aún hoy me las salto”, dice. Nunca escribieron a cuatro manos, pero sí tenían una ida y vuelta epistolar. Se escribían cartas, cientos, que dejaban en un depósito de confianza en su casa. “Era un juego divertido –agrega–, del que no te diré muchos detalles, pero nos entretenía ir a mirar qué había dejado uno y cómo le respondía el otro.” Cartas que, claro, no se publicarán.

José Saramago murió en junio del 2010. Tenía 87 años. La separación. Era algo de lo que José y Pilar habían hablado. “Nos encontraremos en otro sitio”, decía él cuando le planteaban el tema de tener que dejarla por cualquier razón. Su muerte. “No suelo hablar de esto, ¿sabes? Pero nosotros intentamos prepararnos juntos. Teníamos claro que iba pasar”, cuenta Pilar y va a otro tema. El escritor, en el documental, dijo:

–¿Que un día acabará? Ya sabemos que sí. Ahora, no quisiera estar en la piel de Pilar cuando yo desaparezca. (…) De todas maneras, vamos a estar cerca el uno del otro.

Siguen así. Juntos. Pilar del Río se hizo ciudadana portuguesa después de la muerte de Saramago y vive entre Lisboa –ciudad en la que funciona la fundación que lleva el nombre del escritor y a la que ella se dedica día y noche– y Lanzarote, la isla que habitaron durante años. Las cenizas del escritor están en las raíces de un olivo centenario que llevaron desde su aldea natal (Azinhaga) y su epitafio es la última frase de Memorial del convento:
“Y no subió al cielo porque a la tierra pertenecía”.

A Pilar no le gusta que la llamen viuda de Saramago. Es su esposa. En presente. Lo que le quede de vida, dice, seguirá dedicándolo a la obra de este autor, al que fue a buscar un día, a las cuatro de la tarde.

 

María Paulina Ortiz
Redacción EL TIEMPO

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La libertad erótica de Pardo Bazán y Pérez Galdós

Según Carmen Bravo-Villasante, su biógrafa, toda la vida de la Pardo Bazán supuso un gran esfuerzo pedagógico. Con ingenuidad, y pedantería -una mezcla típica suya- escribió su programa vital, de jovencilla, en un cuaderno: «To study, to work, to think [estudiar, trabajar y pensar]». Pero también hizo otras muchas cosas, menos santas…

 

En su tiempo, ninguna mujer española tuvo tanto prestigio e influencia. La aristocracia (heredó de su padre el título de condesa) y la buena situación económica le permitieron disfrutar de una libertad muy rara, en nuestro país, para una mujer. Había nacido en 1851. Según contaba ella, a los 17 años vivió «tres acontecimientos importantes: me vestí de largo, me casé y estalló la revolución del 68». Tuvo hijos pero su vida conyugal no fue feliz. Su marido, José Quiroga, no la entendía: acabaron separados, de hecho. Para lograr la separación, ante la Iglesia, él la acusó de «naturalista», como si eso fuera un terrible pecado… De hecho, ella difundió [no propugnó] esta nueva tendencia literaria -que había conocido de primera mano, en París, junto al propio Zola- en su novela «Un viaje de novios» y sus conferencias «La cuestión palpitante» (1882). Al separarse del marido, vivió una etapa literaria más fecunda.

Amante de Blasco Ibáñez

Emilia era mujer decidida, enérgica, inteligente, trabajadora; para muchos, una señora «de armas tomar»: además de Galdós, tuvo amores con Blasco Ibáñez, Lázaro Galdeano… En 1890, fundó la revista «Nuevo Teatro Crítico», que duró tres años: cien páginas mensuales, escritas íntegramente por ella. Fracasó en sus intentos de ingresar en la Real Academia Española. En los últimos años de su vida, se hizo «radical feminista» (así lo declara al Caballero Audaz): dirigió una colección de libros, la «Biblioteca de la Mujer» que publicó a María de Zayas, sor María de Ágreda, Luis Vives, Stuart Mill…

Para un escritor, es fantástica la anécdota de su aventura sentimental con Blasco Ibáñez, el novelista más popular, entonces: todo concluyó cuando Blasco denunció que la Pardo Bazán le había robado el argumento de un cuento, que él pensaba escribir y le había contado a ella -en un momento de gran intimidad, se supone-.

Muchos escritores la vieron con poca simpatía. Según Pereda, «padece la comezón de meterse en todo, de entender de todo y de fallar de todo…». Cuando hizo su campaña para ingresar en la Academia, el irónico don Juan Valera publicó un folleto, firmado por «Filogino [el amigo de las mujeres]», en el que presentaba como impedimentos, para entrar en la docta Casa, el embarazo y la lactancia… Clarín la calificó con más dureza: «la inevitable». Respondía a los ataques de ella: «Cuando se muera, habrá fiesta nacional».

Baroja la vio con gran antipatía: «No me interesó nunca como mujer ni como escritora. Como mujer, es de una obesidad desagradable; en su conversación, es un poco ansiosa y trepadora». Y el gran José Pla: «Una señora de gran vitalidad, de espléndida verbosidad, amplia, monumental, ligeramente estrábica, masculina». ¿Qué había, en todo ello, de envidia por el éxito y el dinero o de machismo? Decídalo el lector.

La personalidad de Benito Pérez Galdós, el mayor novelista español después de Cervantes, era totalmente opuesta: un hombre solitario, tímido, mujeriego. En las tertulias y en el Parlamento, hablaba muy poco: escuchaba mucho, eso sí. Como una esponja, absorbía todos los aspectos de la realidad, para expresarlos, luego, en sus novelas: es el mejor historiador de la vida cotidiana española, en el XIX. También es un extraordinario «novelista moderno» (Ricardo Gullón) que supera los límites del realismo. Marañón, que lo adoraba, nos transmite su frase favorita, casi su muletilla: «¡Cuánto misterio!…» No se casó pero tuvo relaciones estables con varias mujeres: Concha-Ruth Morell, Lorenza Cobián, Teodosia Gandarias…

Doña Emilia comenzó por la admiración y fue derivando hacia la pasión. La podemos seguir por sus cartas (93, de ella; una sola, de él) que publicaron, primero, Carmen Bravo Villasante y, el año pasado, Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández. Su amor culminó en los años 1888-1889. Los dos estaban entonces en plenitud: ella tenía 37 años, acababa de publicar sus mejores novelas, «Los pazos de Ulloa» y «La madre Naturaleza». Él, ocho años mayor, había editado nada menos que «Fortunata y Jacinta». Ella estaba separada; él, soltero.

La evolución de los sentimientos de ella puede seguirse por los encabezamientos de las cartas: a «Ilustre maestro» y «Amigo del alma» siguen «Mi siempre amado», «Mi almita». La pasión impregna el lenguaje epistolar: ella le llama «miquiño mío», «monín», «pánfilo de mi corazón», «chiquito mío», «roedor mío», «camaraíta», «bobito»… Y, a sí misma, «tu rata», «doña Opas», «tu peinetita», «una buitra»…

«Nos acostaremos siempre»

Emilia proclama ardientemente su amor: «Te aplastaré… Te morderé un carrillito, o tu hocico ilustre… Te como un pedazo de mejilla y una guía del bigote… Te daré a besar mi escultural geta gallega… Búscame casita, niño… Te beso un millón de veces el pelo, los ojos, la boca y el pescuezo».

Se veían, a escondidas, en Madrid: en la calle de la Palma (la llama, en broma, «Palmstrasse»), junto a la iglesia de las Maravillas («Maravillas Church»). El episodio más pintoresco es el de un paseo nocturno, en coche de caballos, que concluyó con un arrebato de pasión: «Me río con el episodio de aquella prenda íntima. ¿Qué habrá dicho el guarda de la Castellana al recogerla?».

Ella se declaraba más fuerte y apasionada que él: «Siempre me he reprimido algo contigo por miedo a causarte daño físico, a alterar tu querida salud… El quererme a mí tiene todos los inconvenientes y las emociones de casarse con un marino o un militar en tiempos de guerra. Siempre doy sustos». Proclamaba con orgullo su libertad erótica: «Sí, yo me acuesto contigo, y me acostaré siempre, y, si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria, y si no, también muy bien…… Ante la moral oficial, no tengo defensa, pero tú y yo se me figura que vamos un poco para nihilistas en eso. Le hemos hecho la mamola al mundo necio, que prohibe estas cosas».

Emilia se sentía orgullosa de hacerle feliz: «En un minuto te puedo dar más bienes y alegrías que nadie. ¿Qué, no has sido feliz estas últimas tardes?… Zola tiene miedo a la muerte. Si hubiera vivido una semana lo que yo… y lo que tú, no le tendría miedo alguno». A él le tocaba disimular: «desempeñas tan bien ese negociado maquiavelístiquidisimuliforme». Emilia era clara y directa: «Te daré lo que creas necesitas de mí… y a cambio no exigiré nada. ¿Conviene el trato?». Con igual claridad, «con brutal franqueza», le confesó ella su aventura con Lázaro Galdeano: «Un error momentáneo de los sentidos».

En boca de Fortunata

En la siguiente cita, ella lo esperó en vano: «Lo merezco todo. Y, sin embargo, te quiero, te quiero, te quiero». Y se seguía preocupando por su salud: «Miquiño, haz por dormir y no fumes mucho». Vivieron, los dos, una hermosa historia de amor, parecida a la de tantas parejas. Pero eran escritores. En las cartas de «Tristana», disfrutamos saboreando el pintoresco lenguaje de los enamorados: «Miquina, ¿la jacemos? Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música». Es lo mismo que le escribía a Benito Pérez Galdós la apasionada Emilia Pardo Bazán. Y lo que él puso en boca de Fortunata: «Porque yo, a quien me quiere como dos, le quiero como catorce». Nada menos…

 

ANDRÉS AMORÓS – abc_gente – Madrid

“El hombre de hielo”

Autor: Haruki Murakami

Me casé con un hombre de hielo. Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de invierno parecía demorarse a su alrededor.

—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.

En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo: —Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.

El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común y corriente.

No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara. En cualquier caso, algo en él me conmovió hasta lo más profundo, algo que sentí se localizaba en sus ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y transparente, su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los carámbanos en una mañana invernal. Era como el único destello de vida en un cuerpo artificial.

Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre de hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó sentado sin inmutarse, enfrascado en su libro como si no hubiera nadie en torno suyo.

A la mañana siguiente el hombre de hielo se hallaba otra vez en el mismo lugar, leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al comedor para el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada en las páginas del mismo libro. Al día siguiente no hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la oscuridad ganaba terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena invernal al otro lado de la ventana.

La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para no salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué un rato por el lobby, desierto como un pueblo fantasma. El aire era cálido y húmedo y la estancia tenía un olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela de los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea. Miré por los ventanales, hojeé uno o dos periódicos y luego, armándome de valor, me dirigí al hombre de hielo y le hablé.

Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya una buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco. Pero pese a todo me sentí impelida a hablar con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel, y temía que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar con alguien así. —¿No esquías? —le pregunté del modo más casual que pude.

Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído un ruido lejano, y me miró con esos ojos. Después negó con la cabeza.

—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí a leer y observar la nieve. Encima de él las palabras formaron nubes blancas semejantes a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras en la atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado. No supe qué decir a continuación. Me sonrojé y me quedé inmóvil. El hombre de hielo me vio a los ojos y pareció esbozar una sonrisa tenue. —¿Quieres sentarte? —preguntó—. Te intereso, ¿verdad? Quieres saber qué es un hombre de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.

Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby y vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana. Pedí un chocolate caliente y lo bebí, pero él no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a la hora de entablar una conversación. No sólo eso, sino que daba la impresión de que no teníamos ningún tema en común. Al principio hablamos del clima. Luego, del hotel.

—¿Estás solo? —le pregunté. —Sí —contestó. Después preguntó si me gustaba esquiar. —No mucho —dije—. Vine únicamente porque mis amigos insistieron. De hecho casi no esquío.

Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente su cuerpo era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por el estilo. Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo me abstuve de hacerle preguntas personales.

En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil creerlo, pero de alguna manera sabía todo sobre mí. Sabía quiénes eran los miembros de mi familia; sabía mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a qué escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso cosas que me habían ocurrido hacía tanto tiempo que hasta las había olvidado.

—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como si estuviera desnuda ante un extraño—.

¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la mente? —No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo sé —respondió—. Sólo sé. Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te miro así, de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti. —¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté. —No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro no me puede interesar para nada; para ser más preciso, no sé qué significa. Eso es porque el hielo no tiene futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra. El hielo es capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan vívidamente como si aún existieran. Ésa es la esencia del hielo. —Qué bonito —dije, y sonreí—. Me alegra escucharlo. A fin de cuentas, lo cierto es que no me importa averiguar mi futuro.

Nos volvimos a encontrar en varias ocasiones, una vez que regresamos a la ciudad. A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin embargo, ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes. Era raro que el hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos sentarnos en una banca en el parque a hablar de distintas cosas: de todo salvo de él.

—¿Por qué? —le pregunté un día—. ¿Por qué no hablas de ti? Quiero conocerte mejor. ¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres? ¿Cómo te convertiste en un hombre de hielo?

Me observó un rato y luego sacudió la cabeza. —No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando una bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de todo lo demás, pero yo carezco de pasado.

No sé dónde nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más, si tengo edad.

El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la noche oscura.

Me enamoré perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba tal como era: en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba tal como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso empezamos a hablar de matrimonio.

Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer amor real. En aquella época ni siquiera podía imaginar qué significaba amar a un hombre de hielo. Pero dudo que haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado mi noción del amor.

Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que me casara con él. —Estás muy joven para casarte —decían—. Además, no sabes nada de su vida. Vaya, no sabes dónde ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a nuestros parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera poco, hablamos de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer si de pronto se derrite? Parece que ignoras que el matrimonio implica un compromiso auténtico.

Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y al cabo, un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo. Por más calor que haga no se va a fundir. Se le llama así porque su cuerpo es frío como el hielo pero su constitución es distinta, y no es la clase de frialdad que roba la calidez de la gente.

De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo ceremonia, y a la hora de anotar mi nombre en su registro familiar, bueno, resultó que el hombre de hielo no tenía. Así que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos un pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra modesta boda.

Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo comenzó a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía soportar las más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara nunca se sentía exhausto. Le caía muy bien al patrón, que le pagaba mejor que al resto de los empleados. Llevábamos una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.

Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía un trozo de hielo que estaba segura existía en algún sitio en medio de una soledad imperturbable. Pensaba que quizá él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar su dureza. Era el trozo de hielo más grande del orbe. Se encontraba en un lugar muy lejano, y el hombre de hielo transmitía la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo.

Al principio me sentía turbada cuando él me hacía el amor, aunque al cabo de un tiempo me acostumbré. Incluso me empezó a agradar el sexo con el hombre de hielo. De noche compartíamos en silencio esa enorme mole congelada en la que cientos de millones de años — todos los pasados del mundo— se almacenaban.

En nuestro matrimonio no había problemas de consideración. Nos amábamos profundamente, nada se interponía entre nosotros. Queríamos tener un hijo, algo que se antojaba imposible tal vez porque los genes humanos no se mezclan fácilmente con los de un hombre de hielo. En cualquier caso, fue en parte debido a la ausencia de hijos que de golpe me vi con tiempo de sobra. Terminaba con todas las labores hogareñas por la mañana y después no tenía nada qué hacer. No había amigos con los que pudiera platicar o salir y tampoco congeniaba con los vecinos del barrio.

Mi madre y mi hermana aún estaban furiosas conmigo por haberme casado con el hombre de hielo y no daban señales de querer verme de nuevo. Y pese a que, con el paso de los meses, la gente a nuestro alrededor empezó a platicar con él de vez en cuando, en lo más hondo de sus corazones todavía no aceptaban al hombre de hielo ni a mí, que lo había desposado. Éramos distintos a ellos, y ni todo el tiempo del mundo podría salvar el abismo que nos separaba.

Así que mientras el hombre de hielo trabajaba yo me quedaba en el departamento, leyendo libros o escuchando música. Sea como sea prefiero por lo general estar en casa, y no me importa la soledad. Pero aún era joven, y hacer lo mismo día tras día comenzó a incomodarme a la larga. Lo que dolía no era el tedio sino la repetición.

Por eso un día le dije a mi marido: —¿Qué tal si para variar viajamos a algún lado? —¿Un viaje? —contestó. Entrecerró los ojos y me miró—. ¿Por qué se te ocurre que debemos viajar? ¿No estás contenta aquí conmigo? —No es eso —dije—. Soy feliz. Pero estoy aburrida. Tengo ganas de viajar a un sitio lejano para ver cosas que jamás he visto. Quiero saber qué se siente respirar aire nuevo.

¿Comprendes? Además, aún no hemos tenido nuestra luna de miel. Contamos con ahorros y tus días de vacaciones se acercan. ¿No es hora de que huyamos de aquí para descansar un poco? El hombre de hielo lanzó un suspiro glacial y profundo que se cristalizó en la atmósfera con un sonido tintineante. Entrelazó sus largos dedos sobre las rodillas y dijo: —Bueno, si en serio te mueres por viajar no tengo nada en contra. Iré a donde sea si eso te hace feliz. Pero ¿sabes a dónde quieres ir? —¿Qué tal si vamos al Polo Sur? —dije. Elegí el Polo Sur porque estaba segura de que al hombre de hielo le interesaría visitar un lugar frío. Y, para ser sincera, siempre había querido viajar ahí. Quería vestir un abrigo de pieles con capucha, ver la aurora austral y una bandada de pingüinos.

Al oír esto mi esposo me vio directamente a los ojos, sin parpadear, y yo sentí como si una afilada estalactita me taladrara hasta la parte trasera del cráneo. Permaneció un rato en silencio y al fin dijo, con voz fulgurante: —De acuerdo, si eso es lo que quieres, vamos al Polo Sur. ¿Estás absolutamente convencida de que es lo que deseas? Fui incapaz de responder de inmediato. El hombre de hielo me había clavado su mirada durante tanto tiempo que sentía adormecido el interior de mi cabeza. Luego asentí.

Con el tiempo, sin embargo, fui arrepintiéndome de haber propuesto la idea de viajar al Polo Sur. Ignoro por qué, pero me dio la impresión de que en cuanto mencioné las palabras “Polo Sur” algo cambió dentro de mi marido. Sus ojos se aguzaron, su aliento comenzó a salir más blanco, la escarcha de sus dedos aumentó. Ya casi no hablaba conmigo, y dejó de comer por completo. Todo ello me hizo sentir muy insegura.

Cinco días antes de nuestra partida, me armé de valor y dije: —Olvidémonos de visitar el Polo Sur. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que va a hacer mucho frío, lo que quizá no es bueno para la salud. Empiezo a creer que tal vez sea mejor ir a un lugar más ordinario. ¿Qué tal Europa? Vámonos de vacaciones a España. Podemos beber vino, comer paella y ver una corrida de toros o algo así.

Pero mi esposo no me prestó atención. Durante unos minutos se quedó con la mirada perdida en el espacio. Después dijo: —No, España no me atrae particularmente: demasiado calurosa para mí. Demasiado polvo, comida muy condimentada. Además, ya compré los boletos para el Polo Sur y hay un abrigo de pieles y botas especiales para ti. No podemos tirar todo a la basura. Ahora que llegamos tan lejos no se puede dar marcha atrás.

La verdad es que estaba asustada. Tenía la sospecha de que si íbamos al Polo Sur nos sucedería algo que seríamos incapaces de remediar. Sufría una pesadilla recurrente, siempre la misma: daba un paseo y caía en una grieta insondable que se había abierto a mis pies. Nadie me encontraría y yo me congelaría. Encerrada en el hielo, escrutaría la bóveda celeste. Estaría consciente pero no podría mover ni un dedo. Descubriría que poco a poco me transformaba en el pasado. Las personas que me observaban, que veían en lo que me había convertido, miraban el pasado. Yo era una escena que retrocedía, alejándose de ellas.

Y entonces despertaba para toparme con el hombre de hielo durmiendo junto a mí. Acostumbraba dormir sin respirar, como un difunto. Aunque lo amaba. Yo empezaba a llorar y mis lágrimas goteaban en su mejilla y él se incorporaba para abrazarme. —Tuve una pesadilla —le decía. —Es sólo un sueño —me contestaba—. Los sueños vienen del pasado y no del futuro. No estás atada a ellos, tú eres quien los atas. ¿Lo entiendes? —Sí —decía yo pese a no estar convencida.

No hallé una buena razón para cancelar el viaje, de modo que al final mi marido y yo abordamos un avión rumbo al Polo Sur. Todas las aeromozas se veían taciturnas. Yo quería admirar el paisaje por la ventanilla, pero las nubes eran tan espesas que obstaculizaban la visibilidad. Al cabo de un rato la ventanilla se cubrió con una capa de hielo. Mi esposo iba sentado en silencio, absorto en un libro. Yo no sentía ni un gramo de la excitación que implica salir de vacaciones. Actuaba como autómata, haciendo cosas que ya estaban decididas.

Al bajar por la escalerilla y tocar el suelo del Polo Sur, noté que el cuerpo de mi marido se cimbraba. Duró menos que un parpadeo, apenas medio segundo, y su expresión no varió, pero lo advertí con claridad. Algo dentro del hombre de hielo se había agitado secreta, violentamente. Se detuvo y estudió el cielo, después sus manos. Soltó un enorme suspiro. Entonces me miró y sonrió. Dijo: —¿Es éste el sitio que querías conocer? —Sí —respondí—. Así es.

El desamparo del Polo Sur rebasó todas mis expectativas. Casi nadie vivía ahí. Había únicamente un pueblo pequeño, anodino, con un hotel que era también, por supuesto, pequeño y anodino. El Polo Sur no era un destino turístico. No había pingüinos. No se podía ver la aurora austral. No había árboles, flores, ríos ni estanques. A dondequiera que iba sólo había hielo. El erial congelado se extendía por doquier, hasta donde alcanzaba la vista.

Mi esposo, no obstante, caminaba con entusiasmo de un lado a otro como si no tuviera suficiente. Aprendió pronto el idioma local, y platicaba con los lugareños con una voz en la que se detectaba el sordo rugido de una avalancha. Charlaba con ellos durante horas con una expresión seria en el rostro, pero yo no tenía manera de saber de qué hablaban. Sentía como si mi marido me hubiera traicionado y dejado a que me cuidara yo sola. Ahí, en ese orbe sin palabras rodeado de hielo sólido, perdí a la larga toda mi energía. Poco a poco, poco a poco.

Al final ya no tenía ni la fuerza necesaria para enojarme. Era como si en algún punto hubiera extraviado la brújula de mis emociones. Había perdido la noción de a dónde me dirigía, la noción del tiempo, la noción de mí misma. Ignoro en qué momento esto comenzó o cuándo concluyó, pero al recobrar la conciencia me encontraba en un mundo de hielo, un invierno eterno drenado de color, cercada por mi soledad.

Aun al cabo de que me abandonaran casi todas mis sensaciones, no se me escapaba lo siguiente: en el Polo Sur mi esposo no era el mismo hombre de antes. Me atendía igual que siempre, me hablaba con cariño. Sabía que en verdad profesaba las cosas que me decía. Pero también sabía que ya no era el hombre de hielo que yo había conocido en el hotel para esquiadores. Sin embargo, no había forma de comunicarle esto a nadie. Toda la gente del Polo Sur lo quería, y sea como sea no podían comprender ni media palabra de lo que yo expresaba. Exhalando su aliento blanco, intercambiaban bromas y discutían y cantaban canciones en su idioma mientras yo permanecía sentada en nuestra habitación, mirando un cielo gris que no daba señales de despejarse en los meses venideros. El avión que nos trajo había desaparecido mucho tiempo atrás y la pista de aterrizaje no tardó en ser cubierta por una firme capa de hielo, al igual que mi corazón.

—Ha llegado el invierno —dijo mi marido—. Será muy largo y no habrá más aviones ni barcos. Todo se ha congelado. Parece que tendremos que quedarnos aquí hasta la primavera. Unos tres meses después de arribar al Polo Sur, caí en la cuenta de que estaba embarazada. El bebé, lo asumí desde el inicio, sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se había congelado, mi líquido amniótico era aguanieve. Sentía su frialdad dentro de mí. Mi hijo sería idéntico a su padre, con ojos como carámbanos y dedos escarchados. Y nuestra nueva familia jamás se mudaría del Polo Sur. El pasado perpetuo, denso más allá de todo juicio, nos tenía en su poder. Nunca nos libraríamos de él.

Ahora ya casi no me queda corazón. Mi calor se ha ido muy lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este sitio soy la persona más solitaria del mundo. Cuando lloro, el hombre de hielo besa mi mejilla y mi llanto se endurece. Toma las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua. —¿Ves cuánto te amo? —murmura. Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna parte arrastra sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado.

Cuello de gatito negro (Octaedro, 1974)

Autor: Julio Cortázar
(1914-1984)

Por lo demás no era la primera vez que le pasaba, pero de todos modos siempre había sido Lucho el que llevaba la iniciativa, apoyando la mano como al descuido para rozar la de una rubia o una pelirroja que le caía bien, aprovechando los vaivenes en los virajes del metro y entonces por ahí había respuesta, había gancho, un dedito se quedaba prendido un momento antes de la cara de fastidio o indignación, todo dependía de tantas cosas, a veces salía bien, corría, el resto entraba en el juego como iban entrando las estaciones en las ventanillas del vagón, pero esa tarde pasaba de otra manera, primero que Lucho estaba helado y con el pelo lleno de nieve que se había derretido en el andén y le resbalaban gotas frías por dentro de la bufanda, había subido al metro en la estación de la rue du Bac sin pensar en nada, un cuerpo pegado a tantos otros esperando que en algún momento fuese la estufa, el vaso de coñac, la lectura del diario antes de ponerse a estudiar alemán entre siete y media y nueve, lo de siempre salvo ese guantecito negro en la barra de apoyo, entre montones de manos y codos y abrigos un guantecito negro prendido en la barra metálica y él con su guante marrón mojado firme en la barra para no írsele encima a la señora de los paquetes y la nena llorona, de golpe la conciencia de que un dedo pequeñito se estaba como subiendo a caballo por su guante, que eso venía desde una manga de piel de conejo más bien usada, la mulata parecía muy joven y miraba hacia abajo como ajena, un balanceo más entre el balanceo de tantos cuerpos apelmazados; a Lucho le había parecido un desvío de la regla más bien divertido, dejó la mano suelta, sin responder, imaginando que la chica estaba distraída, que no se daba cuenta de esa leve jineteada en el caballo mojado y quieto. Le hubiera gustado tener sitio suficiente como para sacar el diario del bolsillo y leer los titulares donde se hablaba de Biafra, de Israel y de Estudiantes de la Plata, pero el diario estaba en el bolsillo de la derecha y para sacarlo hubiera tenido que soltar la mano de la barra, perdiendo el apoyo necesario en los virajes, de manera que lo mejor era mantenerse firme, abriéndole un pequeño hueco precario entre sobretodos y paquetes para que la nena estuviera menos triste y su madre no le siguiera hablando con ese tono de cobrador de impuestos.
Casi no había mirado a la chica mulata. Ahora le sospechó la mata de pelo encrespado bajo la capucha del abrigo y pensó críticamente que con el calor del vagón bien podía haberse echado atrás la capucha, justamente cuando el dedo le acariciaba de nuevo el guante, primero un dedo y luego dos trepándose al caballo húmedo. El viraje antes de Montparnasse-Bienvenue empujó a la chica contra Lucho, su mano resbaló del caballo para apretarse a la barra, tan pequeña y tonta al lado del gran caballo que naturalmente le buscaba ahora las cosquillas con un hocico de dos dedos, sin forzar, divertido y todavía lejano y húmedo. La muchacha pareció darse cuenta de golpe (pero su distracción, antes, también había tenido algo de repentino y de brusco), y apartó un poco más la mano, mirando a Lucho desde el oscuro hueco que le hacía la capucha para fijarse luego en su propia mano como si no estuviera de acuerdo o estudiara las distancias de la buena educación. Mucha gente había bajado en Montparnasse-Bienvenue y Lucho ya podía sacar el diario, solamente que en vez de sacarlo se quedó estudiando el comportamiento de la manita enguantada con una atención un poco burlona, sin mirar a la chica que otra vez tenía los ojos puestos en los zapatos ahora bien visibles en el piso sucio donde de golpe faltaban la nena llorona y tanta gente que se estaba bajando en la estación Falguière. El tirón del arranque obligó a los dos guantes a crisparse en la barra, separados y obrando por su cuenta, pero el tren estaba detenido en la estación Pasteur cuando los dedos de Lucho buscaron el guante negro que no se retiró como la primera vez sino que pareció aflojarse en la barra, volverse todavía más pequeño y blando bajo la presión de dos, de tres dedos, de toda la mano que se subía en una lenta posesión delicada, sin apoyar demasiado, tomando y dejando a la vez, y en el vagón casi vacío ahora que se abrían las puertas en la estación Volontaires, la muchacha girando poco a poco sobre un pie enfrentó a Lucho sin alzar la cara, como mirándolo desde el guantecito cubierto por toda la mano de Lucho, y cuando al fin lo miró, sacudidos los dos por un barquinazo entre Volontaires y Vaugirard, sus grandes ojos metidos en la sombra de la capucha estaban ahí como esperando, fijos y graves, sin la menor sonrisa ni reproche, sin nada más que una espera interminable que vagamente le hizo mal a Lucho.
—Es siempre así—dijo la muchacha—. No se puede con ellas.
—Ah —dijo Lucho, aceptando el juego pero preguntándose por qué no era divertido, por qué no lo sentía juego aunque no podía ser otra cosa, no había ninguna razón para imaginar que fuera otra cosa.
—No se puede hacer nada —repitió la chica—. No entienden o no quieren, vaya a saber, pero no se puede hacer nada contra.
Le estaba hablando al guante, mirando a Lucho sin verlo le estaba hablando al guantecito negro casi invisible bajo el gran guante marrón.
—A mí me pasa igual —dijo Lucho—. Son incorregibles, es cierto.
—No es lo mismo —dijo la chica.
—Oh, sí, usted vio.
—No vale la pena hablar —dijo ella, bajando la cabeza—. Discúlpeme, fue culpa mía.
Era el juego, claro, pero por qué no era divertido, por qué él no lo sentía juego aunque no podía ser otra cosa, no había ninguna razón para imaginar que fuera otra cosa.
—Digamos que fue culpa de ellas —dijo Lucho apartando su mano para marcar el plural, para denunciar a las culpables en la barra, las enguantadas silenciosas distantes quietas en la barra.
—Es diferente —dijo la chica—. A usted le parece lo mismo, pero es tan diferente.
—Bueno, siempre hay una que empieza.
—Sí, siempre hay una.
Era el juego, no había más que seguir las reglas sin imaginar que hubiera otra cosa, una especie de verdad o de desesperación. Por qué hacerse el tonto en vez de seguirle la corriente si le daba por ahí.
—Usted tiene razón —dijo Lucho—. Habría que hacer algo en contra, no dejarlas.
—No sirve de nada —dijo la chica.
—Es cierto, apenas uno se distrae, ya ve.
—Sí —dijo ella—. Aunque usted lo esté diciendo en broma.
—Oh no, hablo tan en serio como usted. Mírelas. El guante marrón jugaba a rozar el guantecito negro inmóvil, le pasaba un dedo por la cintura, lo soltaba, iba hasta el extremo de la barra y se quedaba mirándolo, esperando. La chica agachó aún más la cabeza y Lucho volvió a preguntarse por qué todo eso no era divertido ahora que no quedaba más que seguir jugando.
—Si fuera en serio —dijo la chica, pero no le hablaba a él, no le hablaba a nadie en el vagón casi vacío—. Si fuera en serio, entonces a lo mejor.
—Es en serio —dijo Lucho— y realmente no se puede hacer nada en contra.
Ahora ella lo miró de frente, como despertándose; el metro entraba en la estación Convention.
—La gente no puede comprender —dijo la chica—. Cuando es un hombre, claro, enseguida se imagina que…
Vulgar, desde luego, y además habría que apurarse porque sólo quedaban tres estaciones.
—Y peor todavía si es una mujer —estaba diciendo la chica—. Ya me ha pasado y eso que las vigilo desde que subo, todo el tiempo, pero ya ve.
—Por supuesto —aceptó Lucho—. Llega ese minuto en que uno se distrae, es tan natural, y entonces se aprovechan.
—No hable por usted —dijo la chica—. No es lo mismo. Perdóneme, yo tuve la culpa, me bajo en Corentin Celton.
—Claro que tuvo la culpa —se burló Lucho—. Yo tendría que haber bajado en Vaugirard y ya ve, me ha hecho pasar dos estaciones.
El viraje los tiró contra la puerta, las manos resbalaron hasta juntarse en el extremo de la barra. La chica seguía diciendo algo, disculpándose tontamente; Lucho sintió otra vez los dedos del guante negro que se trepaban a su mano, la ceñían. Cuando ella lo soltó bruscamente murmurando una despedida confusa, no quedaba más que una cosa por hacer, seguirla por el andén de la estación, ponerse a su lado y buscarle la mano como perdida boca abajo al término de la manga, balanceándose sin objeto.
—No —dijo la chica—. Por favor, no. Déjeme seguir sola.
—Por supuesto —dijo Lucho sin soltarle la mano—. Pero no me gusta que se vaya así, ahora. Si hubiéramos tenido más tiempo en el metro…
—¿Para qué? ¿De qué sirve tener más tiempo?
—A lo mejor hubiéramos terminado por encontrar algo, juntos. Algo contra, quiero decir.
—Pero usted no comprende —dijo ella—. Usted piensa que…
—Vaya a saber lo que pienso —dijo honradamente Lucho—. Vaya a saber si en el café de la esquina tienen buen café, y si hay un café en la esquina, porque este barrio no lo conozco casi.
—Hay un café —dijo ella— pero es malo.
—No me niegue que se ha sonreído.
—No lo niego, pero el café es malo.
—De todas maneras hay un café en la esquina.
—Sí —dijo ella, y esta vez le sonrió mirándolo—. Hay un café pero el café es malo, y usted cree que yo…
—Yo no creo nada—dijo él, y era malditamente cierto.
—Gracias —dijo increíblemente la chica. Respiraba como si la escalera la fatigara, y a Lucho le pareció que estaba temblando, pero otra vez el guante negro pequeñito colgante tibio inofensivo ausente, otra vez lo sentía vivir entre sus dedos, retorcerse, apretarse enroscarse bullir estar bien estar tibio estar contento acariciante negro guante pequeñito dedos dos tres cuatro cinco uno, dedos buscando dedos y guante en guante, negro en marrón, dedo entre dedo, uno entre uno y tres, dos entre dos y cuatro. Eso sucedía, se balanceaba ahí cerca de sus rodillas, no se podía hacer nada, era agradable y no se podía hacer nada o era desagradable pero lo mismo no se podía hacer nada, eso ocurría ahí y no era Lucho quien estaba jugando con la mano que metía sus dedos entre los suyos y se enroscaba y bullía, y tampoco de alguna manera la chica que jadeaba al llegar a lo alto de la escalera y alzaba la cara contra la llovizna como si quisiera lavársela del aire estancado y caliente de las galerías del metro.
—Vivo ahí —dijo la chica, mostrando una ventana alta entre tantas ventanas de tantos altos inmuebles iguales en la acera opuesta—. Podríamos hacer un nescafé, es mejor que ir a un bar, yo creo.
—Oh sí —dijo Lucho, y ahora eran sus dedos los que se iban cerrando lentamente sobre el guante como quien aprieta el cuello de un gatito negro. La pieza era bastante grande y muy caliente, con una azalea y una lámpara de pie y discos de Nina Simone y una cama revuelta que la chica avergonzadamente y disculpándose rehizo a tirones. Lucho la ayudó a poner tazas y cucharas en la mesa cerca de la ventana, hicieron un nescafé fuerte y azucarado, ella se llamaba Dina y él Lucho. Contenta, como aliviada, Dina hablaba de la Martinica, de Nina Simone, por momentos daba una impresión de apenas núbil dentro de ese vestido liso color lacre, la minifalda le quedaba bien, trabajaba en una notaría, las fracturas de tobillo eran penosas pero esquiar en febrero en la Haute Savoie, ah. Dos veces se había quedado mirándolo, había empezado a decir algo con el tono de la barra en el metro, pero Lucho había bromeado, ya decidido a basta, a otra cosa, inútil insistir y al mismo tiempo admitiendo que Dina sufría, que a lo mejor le hacía daño renunciar tan pronto a la comedia como si eso tuviera ahora la menor importancia. Y a la tercera vez, cuando Dina se había inclinado para echar el agua caliente en su taza, murmurando de nuevo que no era culpa suya, que solamente de a ratos le pasaba, que ya veía él como todo era diferente ahora, el agua y la cucharita, la obediencia de cada gesto, entonces Lucho había comprendido pero vaya a saber qué, de golpe había comprendido y era diferente, era del otro lado, la barra valía, el juego no había sido un juego, las fracturas de tobillo y el esquí podían irse al diablo ahora que Dina hablaba de nuevo sin que él la interrumpiera o la desviara, dejándola, sintiéndola, casi esperándola, creyendo porque era absurdo, a menos que sólo fuera porque Dina con su carita triste, sus menudos senos que desmentían el trópico, sencillamente porque Dina. A lo mejor habría que encerrarme, había dicho Dina sin exageración, en cualquier momento ocurre, usted es usted, pero otras veces. Otras veces qué. Otras veces insultos, manotazos a las nalgas, acostarse enseguida, nena, para qué perder tiempo. Pero entonces. Entonces qué. Pero entonces, Dina.
—Yo pensé que había comprendido —dijo Dina, hosca—. Cuando le digo que a lo mejor habría que encerrarme.
—Tonterías. Pero yo, al principio…
—Ya sé. Cómo no le iba a ocurrir al principio. Justamente es eso, al principio cualquiera se equivoca, es tan lógico. Tan lógico, tan lógico. Y encerrarme también sería lógico.
—No, Dina.
—Pero sí, carajo. Perdóneme. Pero sí. Sería mejor que lo otro, que tantas veces. Ninfo no sé cuánto. Putita, tortillera. Sería bastante mejor al fin y al cabo. O cortármelas yo misma con el hacha de picar carne. Pero no tengo una hacha —dijo Dina sonriéndole como para que la perdonara una vez más, tan absurda reclinada en el sillón, resbalando cansada, perdida, con la minifalda cada vez más arriba, olvidada de sí misma, mirándolas solamente tomar una taza, echar el nescafé, obedientes hipócritas hacendosas tortilleras putitas ninfo no sé cuánto.
—No diga tonterías —repitió Lucho, perdido en algo que jugaba a cualquier cosa ahora, a deseo, a desconfianza, a protección—. Ya sé que no es normal, habría que encontrar las causas, habría que. De todas maneras para qué ir tan lejos. El encierro o el hacha, quiero decir.
—Quién sabe —dijo ella—. A lo mejor habría que ir muy lejos, hasta el final. A lo mejor sería la única manera de salir.
—¿Qué quiere decir lejos? —preguntó Lucho, cansado—. ¿Y cuál es el final?
—No sé, no sé nada. Tengo solamente miedo. Yo también me impacientaría si otro me hablara así, pero hay días en que. Sí, días. Y noches.
—Ah —dijo Lucho acercando el fósforo al cigarrillo—. Porque también de noche, claro.
—Sí.
—Pero no cuando está sola.
—También cuando estoy sola.
—También cuando está sola. Ah.
—Entiéndame, quiero decir que.
—Está bien —dijo Lucho, bebiendo el café—. Está muy bueno, muy caliente. Lo que necesitábamos con un día así.
—Gracias —dijo ella simplemente, y Lucho la miró porque no había querido agradecerle nada, simplemente sentía la recompensa de ese momento de reposo, de que la barra hubiera cesado por fin.
—Y eso que no era malo ni desagradable —dijo Dina como si adivinara—. No me importa que no me crea, pero para mí no era malo ni desagradable, por primera vez.
—¿Por primera vez qué?
—Eso, que no fuera malo ni desagradable.
—¿Que se pusieran a…?
—Sí, que de nuevo se pusieran a, y que no fuera ni malo ni desagradable.
—¿Alguna vez la llevaron presa por eso? —preguntó Lucho, bajando la taza hasta el platillo con un movimiento lento y deliberado, guiando su mano para que la taza aterrizara exactamente en el centro del platillo. Contagioso, che.
—No, nunca, pero en cambio… Hay otras cosas. Ya le dije, los que piensan que es a propósito y también ellos empiezan, igual que usted. O se enfurecen, como las mujeres, y hay que bajarse en la primera estación o salir corriendo de la tienda o del café.
—No llores —dijo Lucho—. No vamos a ganar nada si te pones a llorar.
—No quiero llorar —dijo Dina—. Pero nunca había podido hablar con alguien así, después de… Nadie me cree, nadie puede creerme, usted mismo no me cree, solamente es bueno y no quiere hacerme daño.
—Ahora te creo —dijo Lucho—. Hasta hace dos minutos yo era como los otros. A lo mejor deberías reírte en vez de llorar.
—Ya ve —dijo Dina, cerrando los ojos—. Ya ve que es inútil. Tampoco usted, aunque lo diga, aunque lo crea. Es demasiado idiota.
—¿Te has hecho ver?
—Sí. Ya sabés, calmantes y cambio de aire. Unos cuantos días te engañás, pensás que…
—Sí —dijo Lucho, alcanzándole los cigarrillos—. Espera. Así. A ver qué hace.
La mano de Dina tomó el cigarrillo con el pulgar y el índice, y a la vez el anular y el meñique buscaron enroscarse en los dedos de Lucho que mantenía el brazo tendido, mirando fijamente. Libre del cigarrillo, sus cinco dedos bajaron hasta envolver la pequeña mano morena, la ciñeron apenas, empezando una lenta caricia que resbaló hasta dejarla libre, temblando en el aire; el cigarrillo cayó dentro de la taza. Bruscamente las manos subieron hasta la cara de Dina, doblada sobre la mesa, quebrándose en un hipo como de vómito.
—Por favor —dijo Lucho, levantando la taza—. Por favor, no. No llores así, es tan absurdo.
—No quiero llorar —dijo Dina—. No tendría que llorar, al contrario, pero ya ves.
—Toma, te va a hacer bien, está caliente; yo haré otro para mí, espera que lave la taza.
—No, déjame a mí.
Se levantaron al mismo tiempo, se encontraron al borde de la mesa. Lucho volvió a dejar la taza sucia sobre el mantel; las manos les colgaban lacias contra los cuerpos; solamente los labios se rozaron, Lucho mirándola de lleno y Dina con los ojos cerrados, las lágrimas.
—Tal vez —murmuró Lucho—, tal vez sea esto lo que tenemos que hacer, lo único que podemos hacer, y entonces.
—No, no, por favor —dijo Dina, inmóvil y sin abrir los ojos—. Vos no sabes lo que… No, mejor no, mejor no.
Lucho le había ceñido los hombros, la apretaba despacio contra él, la sentía respirar contra su boca, un aliento caliente con olor de café y de piel morena. La besó en plena boca, ahondando en ella, buscándole los dientes y la lengua; el cuerpo de Dina se aflojaba en sus brazos, cuarenta minutos antes su mano había acariciado la suya en la barra de un asiento de metro, cuarenta minutos antes un guante negro pequeñito sobre un guante marrón. La sentía resistir apenas, repetir la negativa en la que había habido como el principio de una prevención, pero todo cedía en ella, en los dos, ahora los dedos de Dina subían lentamente por la espalda de Lucho, su pelo le entraba en los ojos, su olor era un olor sin palabras ni prevenciones, la colcha azul contra sus cuerpos, los dedos obedientes buscando los cierres, dispersando ropas, cumpliendo las órdenes, las suyas y las de Dina contra la piel, entre los muslos, las manos como las bocas y las rodillas y ahora los vientres y las cinturas, un ruego murmurado, una presión resistida, un echarse atrás, un instantáneo movimiento para trasladar de la boca a los dedos y de los dedos a los sexos esa caliente espuma que lo allanaba todo, que en un mismo movimiento unía sus cuerpos y los lanzaba al juego. Cuando encendieron cigarrillos en la oscuridad (Lucho había querido apagar la lámpara y la lámpara había caído al suelo con un ruido de vidrios rotos, Dina se había enderezado como aterrada, negándose a la oscuridad, había hablado de encender por lo menos una vela y de bajar a comprar otra bombilla, pero él había vuelto a abrazarla en la sombra y ahora fumaban y se entreveían a cada aspiración del humo, y se besaban de nuevo), afuera llovía obstinadamente, la habitación recalentada los contenía desnudos y laxos, rozándose con manos y cinturas y cabellos se dejaban estar, se acariciaban interminablemente, se veían con un tacto repetido y húmedo, se olían en la sombra murmurando una dicha de monosílabos y diástoles. En algún momento las preguntas volverían, las ahuyentadas que la oscuridad guardaba en los rincones o debajo de la cama, pero cuando Lucho quiso saber, ella se le echó encima con su piel empapada y le calló la boca a besos, a blandos mordiscos, sólo mucho más tarde, con otros cigarrillos entre los dedos, le dijo que vivía sola, que nadie le duraba, que era inútil, que había que encender una luz, que del trabajo a su casa, que nunca la habían querido, que había esa enfermedad, todo como si no importara en el fondo o fuese demasiado importante para que las palabras sirvieran de algo, o quizá como si todo aquello no fuera a durar más allá de la noche y pudiera prescindir de explicaciones, algo apenas empezado en una barra de metro, algo en que sobre todo había que encender una luz.
—Hay una vela en alguna parte —había insistido monótonamente, rechazando sus caricias—. Ya es tarde para bajar a comprar una bombilla. Déjame buscarla, debe estar en algún cajón. Dame los fósforos.
—No la enciendas todavía —dijo Lucho—. Se está tan bien así, sin vernos.
—No quiero. Se está bien pero ya sabes, ya sabes. A veces.
—Por favor —dijo Lucho, tanteando en el suelo para encontrar los cigarrillos—, por un rato que nos habíamos olvidado… ¿Por qué volvés a empezar? Estábamos bien, así.
—Déjame buscar la vela —repitió Dina.
—Búscala, da lo mismo —dijo Lucho alcanzándole los fósforos. La llama flotó en el aire estancado de la pieza dibujando el cuerpo apenas menos negro que la oscuridad, un brillo de ojos y de uñas, otra vez tiniebla, frotar de otro fósforo, oscuridad, frotar de otro fósforo, movimiento brusco de la llama que se apagaba en el fondo de la pieza, una breve carrera como sofocada, el peso del cuerpo desnudo cayendo de través sobre el suyo, haciéndole daño contra las costillas, su jadeo. La abrazó estrechamente, besándola sin saber de qué o por qué tenía que calmarla, le murmuró palabras de alivio, la tendió contra él, bajo él, la poseyó dulcemente y casi sin deseo desde una larga fatiga, la entró y la remontó sintiéndola crisparse y ceder y abrirse y ahora, ahora, ya, ahora, así, ya, y la resaca devolviéndolos a un descanso boca arriba mirando la nada, oyendo latir la noche con una sangre de lluvia allí fuera, interminable gran vientre de la noche guardándolos de los miedos, de barras de metro y lámparas rotas y fósforos que la mano de Dina no había querido sostener, que había doblado hacia abajo para quemarse y quemarla, casi como un accidente porque en la oscuridad el espacio y las posiciones cambian y se es torpe como un niño pero después el segundo fósforo aplastado entre dos dedos, cangrejo rabioso quemándose con tal de destruir la luz, entonces Dina había tratado de encender un último fósforo con la otra mano y había sido peor, no podía ni decirlo a Lucho que la oía desde un miedo vago, un cigarrillo sucio. No te das cuenta que no quieren, es otra vez. Otra vez qué. Eso. Otra vez qué. No, nada, hay que encontrar la vela. Yo la buscaré, dame los fósforos. Se cayeron allá, en el rincón. Quédate quieta, espera. No, no vayas, por favor no vayas. Déjame, yo los encontraré. Vamos juntos, es mejor. No, déjame, yo los encontraré, decime dónde puede estar esa maldita vela. Por ahí, en la repisa, si encendieras un fósforo a lo mejor. No se verá nada, dejame ir. Rechazándola despacio, desanudándole las manos que le ceñían la cintura, levantándose poco a poco. El tirón en el sexo lo hizo gritar más de sorpresa que de dolor, buscó como un látigo el puño que lo ataba a Dina tendida de espaldas y gimiendo, le abrió los dedos y la rechazó violentamente. La oía llamarlo, pedirle que volviera, que no volvería a pasar, que era culpa de él por obstinarse. Orientándose hacia lo que creía el rincón se agachó junto a la cosa que podía ser la mesa y tanteó buscando los fósforos, le pareció encontrar uno pero era demasiado largo, quizá un escarbadientes, y la caja no estaba ahí, las palmas de las manos recorrían la vieja alfombra, de rodillas se arrastraba bajo la mesa; encontró un fósforo, después otro, pero no la caja; contra el piso parecía todavía más oscuro, olía a encierro y a tiempo. Sintió los garfios que le corrían por la espalda, subiendo hasta la nuca y el pelo, se enderezó de un salto rechazando a Dina que gritaba contra él y decía algo de la luz en el rellano de la escalera, abrir la puerta y la luz de la escalera, pero claro, cómo no habían pensado antes, dónde estaba la puerta, ahí al frente, no podía ser puesto que la mesa quedaba de lado, bajo la ventana, te digo que ahí, entonces andá vos que sabes, vamos los dos, no quiero quedarme sola ahora, soltame o te pego, no, no, te digo que me sueltes. El empellón lo dejó solo frente a un jadeo, algo que temblaba ahí al lado, muy cerca; estirando los brazos avanzó buscando una pared, imaginando la puerta; tocó algo caliente que lo evadió con un grito, su otra mano se cerró sobre la garganta de Dina como si apretara un guante o el cuello de un gatito negro, la quemazón le desgarró la mejilla y los labios, rozándole un ojo, se tiró hacia atrás para librarse de eso que seguía aferrando la garganta de Dina, cayó de espaldas en la alfombra, se arrastró de lado sabiendo lo que iba a ocurrir, un viento caliente sobre él, la maraña de uñas contra su vientre y sus costillas, te dije, te dije que no podía ser, que encendieras la vela, busca la puerta en seguida, la puerta. Arrastrándose lejos de la voz suspendida en algún punto del aire negro, en un hipo de asfixia que se repetía y repetía, dio con la pared, la recorrió enderezándose hasta sentir un marco, una cortina, el otro marco, la falleba; un aire helado se mezcló con la sangre que le llenaba los labios, tanteó buscando el botón de la luz, oyó detrás la carrera y el alarido de Dina, su golpe contra la puerta entornada, debía haberse dado con la hoja en la frente, en la nariz, la puerta cerrándose a sus espaldas justo cuando apretaba el botón de la luz. El vecino que espiaba desde la puerta de enfrente lo miró y con una exclamación ahogada se metió dentro y trancó la puerta, Lucho desnudo en el rellano lo maldijo y se pasó los dedos por la cara que le quemaba mientras todo el resto era el frío del rellano, los pasos que subían corriendo desde el primer piso, abrime, abrí en seguida, por Dios abrí, ya hay luz, abrí que ya hay luz. Adentro el silencio y como una espera, la vieja envuelta en la bata violeta mirando desde abajo, un chillido, desvergonzado, a esta hora, vicioso, la policía, todos son iguales, madame Roger, madame Roger! «No me va a abrir», pensó Lucho sentándose en el primer peldaño, sacándose la sangre de la boca y los ojos, «se ha desmayado con el golpe y está ahí en el suelo, no me va a abrir, siempre lo mismo, hace frío, hace frío». Empezó a golpear la puerta mientras escuchaba las voces en el departamento de enfrente, la carrera de la vieja que bajaba llamando a madame Roger, el inmueble que se despertaba en los pisos de abajo, preguntas y rumores, un momento de espera, desnudo y lleno de sangre, un loco furioso, madame Roger, abríme Dina, abríme, no importa que siempre haya sido así pero abríme, éramos otra cosa, Dina, hubiéramos podido encontrar juntos, por qué estás ahí en el suelo, qué te hice yo, por qué te golpeaste contra la puerta, madame Roger, si me abrieras encontraríamos la salida, ya viste antes, ya viste cómo todo iba tan bien, simplemente encender la luz y seguir buscando los dos, pero no querés abrirme, estás llorando, maullando como un gato lastimado, te oigo, te oigo, oigo a madame Roger, a la policía, y usted hijo de mil putas por qué me espía desde esa puerta, abríme, Dina, todavía podemos encontrar la vela, nos lavaremos, tengo frío, Dina, ahí vienen con una frazada, es típico, a un hombre desnudo se lo envuelve en una frazada, tendré que decirles que estás ahí tirada, que traigan otra frazada, que echen la puerta abajo, que te limpien la cara, que te cuiden y te protejan porque yo ya no estaré ahí, nos separarán enseguida, verás, nos bajarán separados y nos llevarán lejos uno de otro, qué mano buscarás, Dina, qué cara arañarás ahora mientras te llevan entre todos y madame Roger.

MILONGA PARA LOS ORIENTALES

Autor: Jorge Luis Borges

 

Milonga que este porteño
Dedica a los orientales,
Agradeciendo memorias
De tardes y de ceibales.

El sabor de lo oriental
Con estas palabras pinto;
Es el sabor de lo que es
Igual y un poco distinto.

Milonga de tantas cosas
Que se van quedando lejos;
La quinta con mirador
Y el zócalo de azulejos.

En tu banda sale el sol
Apagando la farola
Del Cerro y dando alegría
A la arena y a la ola.

Milonga de los troperos
Que hartos de tierra y camino
Pitaban tabaco negro
En el Paso del Molino.

Milonga del primer tango
Que se quebró, nos da igual,
En las casas de Junín
O en las casas de Yerbal.

Como los tientos de un lazo
Se entrevera nuestra historia,
Esa historia de a caballo
Que huele a sangre y a gloria.

Milonga de aquel gauchaje
que arremetió con denuedo
En la pampa, que es pareja,
O en la Cuchilla de Haedo.

¿Quién dirá de quienes fueron
Esas lanzas enemigas
Que irá desgastando el tiempo,
Si de Ramírez o Artigas?

Para pelear como hermanos
Era buena cualquier cancha;
Que lo digan los que vieron
Su último sol en Cagancha.

Hombro a hombro o pecho a pecho,
Cuántas veces combatimos.
¡Cuántas veces nos corrieron,
Cuántas veces los corrimos!

Milonga del olvidado
Que muere y que no se queja;
Milonga de la garganta
Tajeada de oreja a oreja.

Milonga del domador
De potros de casco duro
Y de la plata que alegra
El apero del oscuro.

Milonga de la milonga
A la sombra del ombú,
Milonga del otro Hernández
Que se batió en Paysandú.

Milonga para que el tiempo
Vaya borrando fronteras;
Pro algo tienen los mismos
Colores las dos banderas.

 

Arte: Pedro Figari

LLUVIA REGEN PIOGGIA PLUIE

Autor: Mario Benedetti

Lluvia regen pioggia pluie
crea cúpulas vértigos confianzas
sencillamente cae sobre tus hombros
golpea en el paraguas que no puede
sentir que llueve en cuatro en ocho idiomas
se derrama quién sabe en qué mapa de sueños
con bombardeos llantos y sirenas
con recuerdos que empiezan a chorrear
con árboles que piden y no esconden
la mano o rama o pájaro o deseo
con el débil relámpago que nadie
con el trueno que se metió en su nido
llueve con voluntad igualadora
sencillamente cae sobre tus hombros
aquí y en otras tardes otras noches
con estos goterones o con otros
en inviernos en selvas en esquinas
en umbrales en huellas en abrazos
mojando estas caricias o esas muertes
sin escándalo llueve en las palabras
y hasta en el corazón llueve sin ruido
como plomo como alas como labios
llueve besando llueve como grito
en cuatro en seis en ocho en diez idiomas
en veinte o treinta desesperaciones
como cortina llueve o como cielo
sencillamente cae sobre tus hombros.

 

Mario Benedetti, un autor comunicante

Por Remedios Mataix
(Universidad de Alicante)

Mario Benedetti nació para la literatura en 1945 con su libro inicial, La víspera indeleble, emblema además de la andadura de la generación uruguaya que lleva el nombre de aquel año (como «la generación crítica», en palabras de Ángel Rama, se la conoce también), que tiene en nuestro autor una de sus más altas figuras literarias y que encontró su epicentro en el gran semanario Marcha de Carlos Quijano. Desde entonces, Benedetti ha desarrollado un trabajo intelectual que abarca todos los géneros y pone en práctica una amplia variedad de registros: él es el poeta de CotidianasPoemas de otrosViento del exilioLas soledades de Babel y los demás libros reunidos en los sucesivos volúmenes de Inventario; es el gran novelista de Quién de nosotrosLa treguaGracias por el fuego,Primavera con una esquina rota o La borra del café; el excelente cuentista de MontevideanosLa muerte y otras sorpresasCon y sin nostalgia o Geografías, y el dramaturgo de El reportajeIda y vuelta o Pedro y el capitán. Pero Benedetti es también el escritor político de Crónicas del 71 Terremoto y después, el mordaz humorista de Mejor es meneallo, el brillante ensayista de El escritor latinoamericano y la revolución posible o La realidad y la palabra, y el intelectual comprometido (en todos los sentidos: un hombre de su tiempo que se niega a cerrar los ojos y dice lo que ve) artífice de esa trayectoria de lúcidas reflexiones sobre la literatura y la realidad que se inició con Peripecia y novela y el polémico El país de la cola de paja, y se consolidaría con los imprescindibles ArticularioLiteratura uruguaya siglo XX y El ejercicio del criterio, recopilaciones en las que no está todo, pero está lo que su autor considera fundamental.

La variedad de la obra de Benedetti desafía todo intento de clasificar al autor, y él ha enriquecido cada género que practica con la experiencia ganada en los demás. Pero en esa variedad de registros palpita una secreta unidad que da coherencia a su obra y otorga a la poesía, al ensayo, al artículo periodístico, a la narrativa y hasta a las letras de canciones, un inconfundible «estilo Benedetti», quizá porque sus diversos itinerarios parten de un mismo lugar: la vocación comunicante de su labor como escritor; ese término que -entre otros- la crítica literaria debe a Benedetti y que designa el interés por establecer un clima en el que el lector se sienta parte de un diálogo con el autor desarrollado en un plano de confianza mutua y recíproco aprendizaje. El propio autor dijo: «No escribo para el lector que vendrá, sino para el que está aquí, poco menos que leyendo el texto sobre mi hombro».

A ese lector Benedetti lo conquista literariamente para movilizarlo humanamente, y esa vocación comunicante es, tal vez, la característica que mejor define la obra del autor, no sólo porque nadie ha apelado con tanta frecuencia y tan explícitamente como él a ese «lector-mi-prójimo», sino además porque, en justa correspondencia, pocos poetas disfrutan de un público tan fiel y tan masivo, en el que se incluyen sectores habitualmente ajenos a la literatura. Y esa amplia resonancia es, indudablemente, un síntoma de buena comunicación.

Ahora bien: el empeño confesado por conseguir esa resonancia no se manifiesta a través de concesiones al facilismo, todo lo contrario. En su relación con el lector, Benedetti deja claro que el buen escritor ha de ser un «provocador», porque «cuando uno quiere a alguien -explica- es lógico que procure elevarlo y no disminuirlo, abrirle los ojos y no cubrírselos con una venda». Naturalmente, una comunicación de ese tipo exige utilizar un código fácilmente descifrable por el destinatario, de ahí que otro de los rasgos más llamativos de su escritura sea el lenguaje accesible, la sencillez sintáctica y la modalidad expresiva y estilística cercana al registro conversacional. Pero esa sencillez del lenguaje, también lo ha dicho Benedetti muchas veces, no es más que el instrumento de una actitud -lo cual es mucho más que una técnica literaria- cuyos antecedentes remonta el autor hasta esa obsesión por hablar claro que detecta en Antonio Machado y que define como «un modo peculiar y eficacísimo de meterse en honduras y de traernos desde ellas sus convicciones más lúcidas y conmovedoras».

La lectura de los numerosos artículos y ensayos que Benedetti ha publicado a lo largo de treinta años, da pruebas suficientes de cuál es la finalidad de ese instrumento, es decir, de la comunicación de qué contenidos, de qué honduras, interesa preocuparse. Pero, como comunicar es también seducir, persuadir, esta escritura comunicante no se limita a dar testimonio de una determinada experiencia, sino que, a mi juicio, se sustenta precisamente en la voluntad de crear las condiciones artísticas necesarias para que en el lector se reproduzca esa experiencia narrada por el escritor. Algo que Benedetti ha defendido siempre es que un escritor no termina en su obra, sino en sus actitudes, naturalmente porque él está moralmente capacitado para hacerlo. Sin duda esta circunstancia -el respaldo vital de la obra literaria- es otra de las características que podríamos incluir entre los elementos constitutivos del éxito del autor, indiscutible casi desde sus comienzos.

Por eso ya en ensayos tempranos como Ideas y actitudes en circulación (1963), Benedetti exponía algo así como un programa contra la literatura falluta (hipócrita, tramposa, servil), que establece la honestidad y la consecuencia como condiciones imprescindibles de la literatura comunicante. Por una parte, porque la única autoridad para ejemplarizar y movilizar a través de la comunicación de determinados mensajes -objetivo del esfuerzo estético- se la da al escritor una actitud que reafirme sus planteamientos escritos, y no que los contradiga en la práctica; por otra parte, porque sólo a partir de la propia experiencia, de las propias dudas y certezas más sinceras, puede disponer el autor de un registro que no suene escandalosamente a falso y que sea capaz de interesar a un lector que quizá se hace las mismas preguntas o trata de explicarse los mismos enigmas.

Estos mismos temas centran muchas de las reflexiones de los ensayos de Benedetti, en los que analiza las relaciones entre acción y creación literaria, estudia las posibilidades y la utilidad de estrechar los vínculos con el lector, y se plantea inquietudes relacionadas no sólo con el hacer, sino sobre todo con el querer hacer del escritor, con sus intenciones. Éstas, según sugieren sus textos, están relacionadas con la práctica de un tipo de comunicación en la que el escritor debe enfrentar una doble responsabilidad: la artística, es decir, el compromiso con la calidad estética de su obra, por un lado, y por otro, inseparable, la responsabilidad que conlleva la presencia ineludible del prójimo y el compromiso que voluntariamente ha contraído con él, en el que se reafirma a menudo, por ejemplo, con versos como éstos:

me consta y sé
nunca lo olvido
que mi destino fértil voluntario
es convertirme en ojos boca manos
para otras manos bocas y miradas

Esta intención confesada de ser voz, pero además intentar ser portavoz, se traduce en la puesta en práctica de un registro de escritura que activa la complicidad (otra de las nociones fundamentales de la poética de Benedetti), estrategia que permite al lector descifrar un guiño, reconocer indicios de afinidad, y así, iniciar o consolidar un vínculo afectivo con la obra. Ahí empezaría lo fundamental, pues ya en un ensayo de 1967 sobre Rubén Darío, nuestro autor planteaba que la prueba infalible que permite reconocer a los grandes creadores es que éstos «nos conmueven, en el intelecto o en la entraña, y, al conmovernos, nos cambian, nos transforman», aclarando así de qué comunicación nos habla y de qué honduras interesa ocuparse. Parece claro: la capacidad de acción de la creación literaria depende de su capacidad de persuasión y la comunicación se establece para la «transformación» del lector. Para Benedetti, la acción (que sobre todo es acción mental) está provocada por una obra que formula preguntas, siembra dudas y moviliza rebeldías; esa acción mental, dice, «puede suponer el desenlace de la contradicción interna, la solución de la controversia, un paso al frente, o hacia atrás, pero siempre un movimiento decisivo», porque gracias a ella se comprueba la validez o la caducidad de los presupuestos mentales, de las opiniones, de los principios. Y esa acción es también un modo muy efectivo de seducción artística, porque el lector no puede más que sentirse atraído por algo que lo ayuda a definirse mejor. «Esa extraña operación de franqueza -intuye- tiene, indudablemente, un atractivo muy particular para el lector, y no creo que aquí pesen los tan comunes ingredientes de una enfermiza, escudriñante curiosidad: no, simplemente se trata del interés que despierta toda experiencia humana auténtica. Hay un lector que de algún modo se inscribe como testigo, como destinatario, como interlocutor».

Creo que la confluencia en ese punto de todas las vertientes de su obra es lo que hace de Benedetti un autor comprometido, sin duda, pero sobre todo comprometedor. Quiero decir: su obra consigue establecer una situación interpretativa en la que el registro utilizado elimina las distancias e invita al lector a sentirse destinatario y conmovido por un mensaje para el que se produce una inmediata atribución de significados personales; un mensaje que lo compromete por entero, «en el intelecto y en la entraña», como diría él, porque el ejercicio de su lectura no sólo pone al lector en comunicación con el autor, sino especialmente consigo mismo. Y conviene recordar al respecto que esa noción de compromiso adquiere en la obra de Benedetti proporciones muy amplias, que abarcan desde el significado más estrictamente político hasta el sentido más «elemental»; es decir, el compromiso entendido básicamente como la voluntad de cumplir y exigir cumplimiento de la palabra dada; el compromiso entendido como deseo de rescatar lo auténtico, oculto a veces bajo diferentes formas de estafa oficial o individual, porque también el propio individuo con demasiada frecuencia se estafa a sí mismo. En resumen: el compromiso -ese «convaleciente»- se traduce en la obra de Benedetti como «un estado de ánimo» y se ofrece como antídoto contra la instalación del engaño, la frivolidad y la hipocresía en zonas de importancia vital. Por eso su lección de autenticidad se aplica, por supuesto, a lo político y lo social, pero se concreta también, o sobre todo, en la intimidad del ser humano. Surgen entonces los poemas de amor con trasfondo político y esos otros poemas tan característicos, de un fuerte contenido político, pero que también acaban siendo canciones de amor. Sobre estas confluencias bromea (pero opina) el autor:

No creo que haya en esto una contradicción, porque la política es también una forma del amor (aunque no viceversa). Hay que aventar cierta mentirosa imagen que suele presentar al luchador político como un ser tan riguroso en su disciplina, que es incapaz de amar como cualquier hijo de vecina, e incluso a la hija del vecino, sobre todo si está bien de piernas e ideología. El amor no es un artículo suntuario, sino una necesidad vital del ser humano. Y no pensamos avergonzarnos de semejante realismo.

De semejante realismo surgen también algunas de las más hondas preguntas de Benedetti, al azar, al lector o a sí mismo; otros temas, como la reivindicación del optimismo, las diferentes Terapias propuestas contra la tentación del precipicio, la invitación a rescatar de la clandestinidad esa «vieja costumbre de sentir» (otro de los derechos humanos fundamentales, recuerda el autor), y otros muchos temas de difícil clasificación, que responden también a los presupuestos de una práctica literaria donde todo parece confluir hacia el reclutamiento del prójimo-lector para un nuevo humanismo practicado sin rubores, por el que, además de una ideología aceptable, se pueda obtener conciencia, sensibilidad y osadía suficientes para responder ante cada coyuntura de la realidad con un sentido más lúcido y más vital de lo que ocurre. Es lo que él llamó «la reforma anímica (o sea, del ánimo y del ánima)».

El poder de seducción que ejerce sobre sus lectores esta escritura comunicante a través del fondo de verdad emocional de sus personajes, de las preguntas que a menudo plantean sus versos y de la hondura de sus reflexiones, da como resultado una resonancia que anula distancias geográficas o generacionales. La obra de Benedetti es esencialmente uruguaya, montevideana, sí, pero no sólo es eso: ha logrado universalizar la experiencia de un tiempo y un lugar específicos, partiendo quizá de sus prójimos más próximos, pero ahondando, con la destreza de quien sabe hacer que nada humano le sea ajeno, en las preguntas que a todos nos aluden y en los enigmas que a todos nos conciernen: el amor, el dolor, el miedo, la alegría, el odio, la envidia, la amistad, la soledad, la plenitud, el tedio. Por eso Benedetti es de los autores más leídos en todos los países de nuestro idioma, además de en innumerables traducciones: su obra recorre todas las edades humanas, y ningún sentimiento ni circunstancia son extraños al poder de su escritura. «Ha escrito lo que muchos sentíamos que necesitaba ser escrito -resume José Emilio Pacheco-, de ahí la respuesta excepcional y acaso irrepetible despertada por sus libros».

 

artículo tomado de: http://www.cervantesvirtual.com

Diez obras de arte inspiradas por Satán

No ha tenido suerte Satán con los artistas que han intentado retratar su obra. A diferencia de la belleza divina, que cuenta con un auténtico ejército de lacayos y pelotas cuyo dominio de las artes pictóricas y escultóricas (Botticelli o Miguel Ángel sin ir más lejos) es innegable, la obra de Satán ha sido en general pasto de dementes y chalados cuyo concepto de la estética rivaliza con el del más hortera de los maestros falleros valencianos o de los arquitectos gallegos. Aunque quizá sean esos los dos ejemplos más característicos de arte satánico de los que disfrutamos en España. En cualquier caso, al grano: las siguientes son las diez obras que mejor han retratado (según el que esto escribe) el MAL con mayúsculas.

 

1. El jardín de las delicias (El Bosco, 1500-05)

Las obras más conocidas de El Bosco, y muy especialmente los tres paneles que componen El jardín de las delicias, han quedado reducidas a nivel popular a una especie de ¿Dónde está Wally? del arte pictórico. Hay más información, personajes, simbolismos y detalles delirantes en un solo centímetro cuadrado de un cuadro de El Bosco que en la obra completa de muchos otros artistas (contemporáneos y no tan contemporáneos) suyos. O dicho de otra manera: con las ideas que El Bosco plasmaba en un solo panel otros muchos habrían tenido suficiente para la obra de una vida entera. El panel derecho de El jardín de las delicias, que representa un paisaje infernal en el que el hombre ha sucumbido finalmente a todas las tentaciones, es singularmente atroz. Esas orejas-tanque con una daga por cañón que recorren el paisaje aplastando seres humanos a su paso, ese gigante en forma de huevo roto que gira la cabeza en dirección al espectador y sobre cuya cabeza un engendro indeterminado toca un instrumento musical fabricado sin duda alguna en el pozo más oscuro del infierno, ese pájaro antropomorfo con los pies metidos en ánforas y una marmita por sombrero que devora a un hombre de cuyo culo salen golondrinas… El material del que están hechas las peores pesadillas.

2. Lo stregozzo (Marcantonio Raimondi y Agostino Veneziano, aprox. 1520)

Este grabado renacentista lo tiene todo. Una bruja a lomos del esqueleto de un animal mitológico desconocido que es arrastrado por dos titanes. Cabras. Más esqueletos de animales mitológicos, a cuál más delirante. Los patos que huyen despavoridos al paso del carrusel demoníaco. Los niños secuestrados por la bruja y cuyo destino no parece muy halagüeño que digamos. El querubín que les abre paso a todos a lomos de una cabra mientras toca una especie de trompeta psicotrópica. En 1520 no se conocía el LSD pero de alguna manera, y no me pregunten cuál, conseguían reproducir sus efectos.

3. Satan exulting over Eve (William Blake, 1795)

William Blake le debemos la imagen gráfica de Satán como un héroe romántico (la literaria se la debemos a John Milton), una visión muy alejada de su imagen como macho cabrío heredada de la iconografía asociada al dios Pan de la mitología romana. La filosofía de Blake es demasiado compleja como para liquidarla en dos frases y en un artículo de este tipo, pero digamos que su concepto de Dios y del pecado no era precisamente el ortodoxo. De ahí que el satanismo haya intentado apropiarse de Blake y de su obra basándose en frases como «Él es el único Dios… y también lo soy yo, y también lo eres tú» o «La prudencia es una vieja, fea y rica solterona cortejada por la incapacidad».

 

4. El aquelarre (Francisco de Goya, 1797-1798)

Aunque no es el cuadro más aterrador de Goya (ese honor hay que reservárselo a Vuelo de brujasSaturno devorando a un hijo o Dos viejos comiendo sopaEl aquelarre es la obra dedicada a la brujería más conocida de Goya. Lo cual es mucho decir teniendo en cuenta la conocida obsesión Goya por las brujas, muy seguramente influenciado por su amigo Leandro Fernández de Moratín. En el cuadro puede verse a un puñado de mujeres entregándole a Satán, que ha adoptado la forma de un macho cabrío (el Gran Cabrón), los niños con los que se supone que se alimentaba este. Pero lo que convierte el cuadro en aterrador es la mirada vacía y perdida, casi catatónica, de Satán. Si alguien me pidiera que le explicara el significado de la palabra «inquietante», le llevaría al Museo Lázaro Galdiano de Madrid y le enseñaría este cuadro y ESA mirada.

 

5. La Ronde du Sabbat (Louis Boulanger, 1828)

Louis Boulanger dibujó esta litografía para ilustrar uno de los poemas de Odas y baladas de Victor Hugo. La composición es aterradora: un magma informe de brujas, demonios, homúnculos, caballos y serpientes cae a borbotones del techo de la catedral y se arremolina alrededor de Satán, que ha adoptado la forma de un cardenal con cuernos de macho cabrío. A su alrededor, un puñado de monjes casi tan terroríficos como los de El nombre de la rosa sostiene antorchas y lee un libro indeterminado cuyo contenido, se supone, no augura nada bueno. De ahí el nombre de la obra, que en español vendría a ser algo así como El corro del aquelarre. Intuyo que el concepto es prácticamente imposible de trasladar a imagen real, pero el director de cine que lo consiga tendrá mi admiración ad infinitum.

 

6. Satanás (Jean-Jacques Feuchère, 1833)

 

El Satanás de Jean-Jacques Feuchère es una de las obras más conocidas de eso que los franceses llaman romantisme noir (romanticismo negro), aunque puestos a buscarle un origen a ese supuesto movimiento artístico habría que hacerlo más bien en Inglaterra. Por supuesto a raíz de John Milton, pero también de Ann Radcliffe y Mary Shelley, entre muchos otros. La escultura, de bronce, mide casi ochenta centímetros de alto y muestra a un Lucifer pensativo envuelto en unas gigantescas alas membranosas muy similares a las de los murciélagos.

 

7. Me miserable! Which way shall I fly, infinite wrath, and infinite despair? (Gustave Doré, 1866)

Buena parte de la iconografía demoníaca moderna surge del poema de John Milton El paraíso perdido, publicado por primera vez en 1667. El paraíso perdido describe la caída de Adán y Eva por obra de Lucifer, que pretende vengarse de Dios a través de su obra más querida, el ser humano. Decenas de artistas de todas las épocas han ilustrado la obra maestra de Milton con desigual suerte, pero quizá sea Gustave Doré el que mejor supo captar la atmósfera atormentada del poema (que no por casualidad está considerado como una de las obras maestras de la literatura universal). De todas las láminas que creó el artista francés para El paraíso perdido, mi preferida es esta, que retrata el momento de la caída de Satán a la Tierra, expulsado por Dios de la corte celestial.

 

8. Fuente del ángel caído (Ricardo Bellver —ángel— y Francisco Jareño —pedestal—, 1877)

Dice la leyenda (nadie se ha puesto a contarlos en serio) que El ángel caído del Parque del Retiro madrileño es uno de los cuatro únicos monumentos dedicados a Satán en todo el mundo. Los otros tres son la escultura de Lucifer en el Monumento al Traforo del Frejus, en Turín; el Poder Brutal o El diablo de Tandapi, de veinte metros de alto, localizado en una carretera comarcal ecuatoriana; y el conocido Prometeo del Rockefeller Center de Nueva York, una figura mitológica griega cuyo equivalente cristiano es, obviamente, Lucifer. Dicen también que la estatua de El ángel caído se encuentra exactamente a 666 metros sobre el nivel del mar, lo cual no tiene nada de raro porque la altura media de Madrid es de 655 metros y la estatua mide diez metros de alto (las probabilidades eran bastante altas). Pero que las matemáticas no nos arruinen una bonita leyenda y especialmente si esta tiene tintes satánicos.

 

9. La puerta del infierno (Auguste Rodin y Camille Claudel, 1880-1917)

La puerta del infierno es un conjunto escultórico de más de seis metros de alto, cuatro de ancho y uno de profundidad en el que Rodin esculpió casi ciento ochenta figuras. Y entre ellas, El pensador y El beso, que posteriormente se convertirían en obras independientes. La iconografía de La puerta del infierno se basa en laDivina comedia de Dante y en Las flores del mal de Baudelaire, aunque de las verdaderas intenciones de Rodin aún se discute hoy en día. El escultor francés recibió el encargo en 1880, trabajó en él durante años y dejó la obra inacabada a su muerte, en 1917. Lo cual, por otro lado, no deja de tener su qué: tratándose de las puertas del infierno, ¿quién no podía esperar un pequeño retraso en la entrega de apenas treinta y siete años?

 

10. Lucifer (Jackson Pollock, 1947)

En realidad, Pollock le puso Lucifer al cuadro como le podría haber puesto Roberto, pero lo que importa es que la obra es una de las primeras que se atreven a dar un paso más allá de las vanguardias de principios del siglo xx, llevando el concepto demoníaco del arte deforme allí donde ningún hombre se había aventurado jamás. Porque antes de que este cuadro de Pollock viera la luz del día, los artistas de las vanguardias ya habían logrado convencer a las élites del mundo del arte de que lo feo es bello (según esos petardos, el concepto de belleza es una imposición burguesa). Lo cual dejaba a los vanguardistas en el punto de partida del arte clásico: sea por las razones que sea, lo «bello aunque feo» es bello y lo feo sigue siendo feo. Solo que a raíz de las vanguardias, lo feo lo es a mucha honra. Aun así, antes de 1947 y para pintar algo «feo», los artistas de las vanguardias todavía necesitaban saber cómo se agarraba un pincel. Después de Lucifer, ni siquiera eso: se agujerea una lata de pintura y se la balancea por encima del lienzo como si fuera un botafumeiro. Y andando, que es gerundio. Si eso no es puro Satán que venga Dios y lo vea. Luego llegarían Warhol Lichtenstein y eso ya sería el acabose del principiose del arte como pasto de la sección de pósteres del Carrefour. Y hasta ahora.

 

Artículo firmado por Cristian Campos, para http://www.jotdown.es/2016/11

Edmond de Bries, un transformista cartagenero en la Belle Epoque

En casi todos los países (…) Las mujeres se disfrazan de hombres, como los hombres de mujeres, sin llamar la atención de nadie. En España, no. En España, fuera del Carnaval, y aun en el mismo Carnaval, el hombre disfrazado de mujer, como la mujer disfrazada de hombre, llevan un sambenito de relajación y escándalo. A ellos se les considera afeminados, y a ellas hombrunas. Y ni ellas ni ellos se libran de sospechas inconfesables. (Nuevo Mundo, 11 de mayo de 1928)

Echo un vistazo a la hemeroteca y…

Ilustración Artística, julio de 1901. El transformista Fregoli ha actuado en Madrid: «En toda la temporada hemos presenciado prisa igual para admirar a un actor o un cantante. A la greña han andado empresarios y revendedores disputándose los billetes, que se han cotizado a precios fabulosos. El Teatro Moderno no bastaba para contener a un público ávido de ver cómo un hombre hace de hombre y de mujer y se viste y se desnuda con rapidez increíble. Ha sido necesario que el gran transformista tomase el teatro de la Zarzuela, y allí van todas las noches ricos y pobres a llenar el teatro. Signo de los tiempos es este».

Diario El Sol. Agosto de 1917. Un hombre se persona en comisaría, en Málaga, pidiendo que lo encierren porque acaba de matar a una persona que no sabe si era hombre o mujer. Según cuenta a la policía, estaba sentado en un parque por la noche cuando una mujer que paseaba por el lugar se acomodó a su lado. Entablaron conversación y, al enterarse de que él, José Aranda Ruiz, que así se llamaba, vivía solo, la señorita se ofreció para hacer vida en común. Según su versión, a continuación le pidió el dinero que llevaba encima para que no se lo robaran y, al negarse a dárselo, reconoció en su insistencia que su nueva amada tenía voz varonil, por lo que tuvo que estrangularla.

Semanario España. Septiembre de 1920. «Hasta el emperador y toda su familia asistían en plena gala a ver al engañoso hombre que parecía enteramente una mujer, y recibían los besitos que medio en broma medio en serio tiraba a la concurrencia imitando a las damas de cuello indudablemente de hombre y sotabarba violeta. —¡Es que parece enteramente una mujer! Y una mujer guapa… Hasta porque tiene senos… ¡Y qué espalda!—decían con la peor baba caída las gentes decentes. Cada vez iba más público al espectáculo y se veían encogidos como jorobados en las butacas a esos hombres que gulusmean lo sucio».

El Sol, diciembre de 1926. Contratan a una sirvienta en una casa. Cuando esta se va a dormir con su compañera al dormitorio del servicio, se escuchan gritos de la otra criada, resulta que la nueva empleada es un hombre que había engañado a todos vestido de mujer.

Heraldo de Madrid. Junio de 1928. En Valencia: «En el teatro Olimpia, un grupo de espectadores protestó ruidosamente contra el transformista Bianor, quien sostuvo un vivo diálogo con uno de los protestantes. El resto del público rechazó la protesta y defendió al transformista. Esto dio lugar a un enorme escándalo y a la intervención de la policía, que practicó varias detenciones. Anoche ocurrió algo análogo en otro teatro, en el que actúa Edmond de Bries. Estos sucesos son muy comentados».

El Mañana de Teruel. Enero de 1929. Una mujer extranjera está a punto de ser linchada porque las gentes creían que se trataba de un hombre vestido de mujer.

El transformismo llegó a España con el italiano Leopoldo Fregoli. Era capaz de disfrazarse de cien personajes en cada aparición, muchos de ellos mujeres. Obtuvo el mayor éxito, a mi modo de ver, que se puede lograr en el mundo del espectáculo: dar nombre a un síndrome. En su caso, el síndrome de Fregoli designa el trastorno neurológico de las personas que se sienten impulsadas a adquirir la apariencia de otras.

En 1897 nació en Cartagena Asensio Marsal Martínez. Por la temprana muerte de su padre, tuvo que trabajar desde niño. Entró en una casa de modas y no tardó en destacar en la costura. Según la Historia del arte frívolode Álvaro Retama, fue en Carnaval cuando comenzó a disfrazarse con sus compañeros de curro. Lo hizo tan bien que siguió trabajándose los disfraces y pronto debutó en el teatro, uniéndose a los célebres transformistas españoles Actis EliuBella Dora o el pionero, Ernesto Foliers, con el nombre de Edmond de Bries.

Se hizo famoso rápidamente. Llegó a ganar sueldos de mil pesetas por actuación y no paraba de recibir cartas de admiradores, «desde indecentes anónimos hasta cartas declaratorias». La prensa por un lado se descubría ante un artista que hacía vibrar al público, pero por otro no faltaban quienes apreciaban su talento, pero detestaban lo que ahora llamaríamos su pluma. Un fenómeno fóbico que sigue dándose cien años después. Cuando al transformista le insultaban desde el patio de butacas con groserías, contestaba con «gestos, frases y libertades afeminadas», escribió un crítico indignado.

Sus público más fiel fueron mujeres. Sobre todo atraídas por el vestuario, que Edmond diseñaba y cosía con sus propias manos. Sin embargo, desde 1921, en la prensa ya se veía reflejado que empezaba a molestar que también atrajera a gran cantidad de homosexuales a cada espectáculo. Con frecuencia trataban de reventarle las actuaciones cierto tipo de individuos, generalmente grupos de estudiantes.

De todo su repertorio, la canción a la que más páginas dedica Usó es al tango «La cocaína». No en vano, es el autor de Drogas y cultura de masas 1855-1995 (Taurus, 1996) y ¿Nos matan con heroína? (Libros crudos, 2015); un tango donde brilla esta estrofa:

Viva el champán, que da el placer
quiero reír, quiero beber
mi juventud ya declina
dadme a probar la cocaína

Edmond no hacía más que reflejar lo que había en la noche española de entonces, sobre todo cuando la prensa a principios de la década de los veinte puso en marcha una campaña de denuncia sensacionalista del consumo y las autoridades tomaron las primeras medidas prohibicionistas. Así, ambos lograron que se pusiera de moda más todavía. En este punto, Usó cita las memorias de César González-Ruano:

Era el momento de mayor auge de las cocottes francesas venidas a España con la guerra. Aquí les fue bien. Eran mucho más finas y más mundanas que las nacionales y mucho menos bestias. La prueba fue lo de la cocaína. La cocaína se trajo a España por las francesas y ellas la empleaban como un arma más de combate para emborrachar al buen cliente. Las españolas fueron tan burras que empezaron a tomar cocaína ellas, lo que era una estupidez y una ruina para su negocio.

Tras el golpe de Primo de Rivera, Edmond siguió gozando tanto de éxito como de provocadores que le tiraban huevos e insultaban en sus apariciones. En una gira americana se reprodujo la misma fórmula, éxito total de público y algunos incidentes de este tipo. Pero tras girar por Argentina y Chile, en Venezuela se alojó varios días en casa del general Juan Vicente Gómez Chacón, cuya dictadura duró veintisiete años, hasta 1935, cuando murió. Acogerlo tenía un rédito político para el militar. Edmond, sin embargo, recordaba que hizo más dinero trabajando en vestidos para sus hijas que actuando.

Pese al éxito internacional, Edmond nunca fue bien de dinero. Tenía que mantener a su madre y su hermana y reinvertía constantemente en su espectáculo. Llegó a acumular cantidades ingentes de caro vestuario. Trató de diversificarse como adivino cuando vio que la copla y el tango se pasaban de moda por la llegada del swing, mientras que la competencia en su género aumentaba por la aparición de transformistas más jóvenes. No obstante, su crisis no le impidió participar gratis en actos benéficos para los obreros en paro pocos días antes de la proclamación de la II República.

En los ajetreados años treinta el espectáculo de variedades cayó en picado y con él la figura de Edmond de Bries. No se sabe ni siquiera cómo murió. Usó ha encontrado que en el ABC apareció en 1953 una alusión a que pudieron despacharlo un grupo de policías, aunque sospecha que el redactor pudiera confundirse con Miguel de Molina, cantante de copla que recibió una paliza de altos cargos del franquismo, José Finat y Escrivá de Romaní, que llegó a ser embajador en la Alemania nazi y luego alcalde de Madrid, y Sancho Dávila, procurador en las Cortes franquistas durante treinta años.

Otra hipótesis que apunta el libro es que pudo ser confidente de la policía tras la guerra civil y morir asesinado por esta causa, mientras que su biógrafo Álvaro Requena escribió: «Falleció tristemente, fané y descangayado (sic) en Barcelona, durante la guerra civil española. Arruinado física, económica y moralmente por una mala pasión. Si le hubieran paseado los rojos hubiera tenido una muerte novelesca y correspondiente a su leyenda turbulenta; pero murió dentro de la más lastimosa vulgaridad, atendido por caritativos amigos de última hora».

La historia que reconstruye Juan Carlos Usó es realmente apasionante, pese a que las fuentes sean escasas en la faceta personal del artista. Especialmente porque se refiere a una época que por los motivos que sean, que suelen ser siempre pasiones políticas, no se le hace mucho caso a su faceta social y cultural. Me viene ahora a la mente como excepción Inconscientes, la gran película de Joaquín Oristrell sobre la entrada de las teorías freudianas en la Barcelona de 1913.

En España la sodomía fue eliminada del Código Penal en 1848, pero la ley fue siempre laxa para interpretarla de forma represiva en todo lo referente a buenas costumbres y moral pública. Además, el regeneracionismo español de cambio de siglo, como señala el autor, incidió de forma un tanto obsesiva en la masculinidad y la virilidad que devolverían el esplendor a la patria. En 1928, de hecho, la homosexualidad volvió al Código Penal.

Edmond de Bries se convirtió en un personaje público en este contexto. Tuvo el valor de actuar siempre como le vino en gana y, además, de enfrentarse a sus críticos públicamente, retándoles en las entrevistas que daban a demostrar qué había de inmoral en lo que hacía. Cien años después los españoles hemos demostrado que la gente como él eran personas sanas en sociedades enfermas. Aunque, como finaliza Usó, «hay personas que piensan que nuestra sociedad funcionaría mucho mejor si aprendiéramos a vernos reflejados en el espejo de los bonobos».

artículo tomado desde: http://www.jotdown.es

Los Reyes Católicos: entre el amor y la política

El de Isabel y Fernando no fue un matrimonio por amor (muy pocos lo eran), pero la pasión y el afecto tuvieron su lugar en una unión determinada por la razón de Estado.

Boda de los Reyes Católicos, Tapiz

Fernando de Aragón e Isabel la Católica, Catedral de Lérida.

 

El matrimonio de los Reyes Católicos, realizado cuando ambos eran unos adolescentes y ninguno de ellos era rey ni tenía seguridades completas de llegar a serlo, tuvo consecuencias trascendentales para la historia de España, e incluso del mundo, pues conllevó la unión de Castilla y Aragón, el fin de la Reconquista o el descubrimiento de América. Pero a la vez el enlace revistió una dimensión personal no menos interesante para el historiador.

Fernando de Aragón e Isabel la Católica

Los Reyes Católicos recibiendo una embajada del rey de Fez. Museo Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid

 

Aunque en su origen la unión estuvo dictada por razones de conveniencia política, desde los primeros momentos se advirtió entre los esposos una compenetración especial. En ello no faltó la pasión amorosa, en el caso de Fernando sobre todo en las fases iniciales del matrimonio, cuando en sus cartas a la reina aludía al mal que le causaba la separación o se presentaba como amante despechado; a Isabel, más discreta pero también más constante, la dejaban en evidencia sus recurrentes accesos de celos.

Jura de los fueros por los Reyes Católicos

Azulejos de la plaza mayor de Sevilla

 

Este afecto mutuo no impidió que entre los cónyuges surgieran desavenencias pasajeras, por ejemplo por el empeño de Isabel en hacer visible que ella era la “reina propietaria” de Castilla, mientras que Fernando en Castilla era simple rey consorte, aunque le otorgara plena facultad de mando. Con el tiempo entre ambos se impuso una complicidad basada en sus comunes intereses políticos pero también en la preocupación compartida por la suerte de sus hijos. La muerte del príncipe heredero Juan, en 1497, supuso un duro golpe para ambos, agravado por el fallecimiento de su otra hija.

Isabel I de Castilla

Demencia de Isabel de Portugal. Isabel junto a su madre enferma. Museo San Carlos, México

OLEO: PELEGRI CLAVE ROQUE, AÑO 1855

La sucesión pasó entonces a su tercera hija, Juana, cuyos desequilibrios psicológicos amargaron los últimos días de la reina Isabel, fallecida cuando tenía poco más de 50 años, en 1504. Fernando escribió entonces: “su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…” La juventud y los años de plenitud de la monarquía unificada se habían esfumado, ante un futuro que no se sabía aún qué depararía.a mayor, Isabel, y del hijo de ésta, Miguel, heredero del reino.

Juana la Loca

Reina de Castilla. Hija de los Reyes Católicos

Artículo tomado desde: http://www.nationalgeographic.com.