La familia y las figuras paternales son vital en la formación de toda persona. Para bien o para mal, presentes o ausentes, las relaciones de parentesco componen un entramado vital en la psique del individuo. Tal vez la sensibilidad de los artistas es menos inmune a cualquier desbarajuste en la presencia de esas figuras. De hecho varios huérfanos famosos han significado cambios importantes para el mundo en varios campos del saber y de la cultura. Otro dato memorable es el del rey del rock ‘n’ roll, Elvis Presley, quien tenía un gemelo idéntico que nació muerto. Pero sin duda alguna, una de las anécdotas favoritas de quienes siguen el mundo del arte y de los artistas es la del hermano mayor del padre del surrealismo: Salvador Dalí.

La familia Dalí en 1910: desde la izquierda, su tía María Teresa, sus padres, su tía Catalina (segunda esposa de su padre), su hermana Ana María y su abuela Ana.

 

El título de este artículo no es una broma ni un homenaje de transfiguración y reflejo surrealista. El hermano del pintor Salvador Dalí también se llamaba Salvador. Murió a los tres años de edad, producto de una infección estomacal. Era 1903 y ambos padres se encontraban devastados por la pérdida de su primogénito. Al año siguiente nació el Dalí que el mundo conocería, quien fue nombrado al igual que su hermano fallecido, lo que marcaría de por vida al pintor.

Tampoco se trata de un tributo tétrico y pavoroso, sino que va más por el estilo de la tradición paternalista de los Dalí. Tanto el pintor como su hermano recibieron el nombre Salvador por su padre. Sin embargo, Dalí comentó muchos años después que sus padres solían llevarlo regularmente a visitar la tumba de su hermano y esto le causaba una impresión tremenda al ver una tumba que tenía su nombre. “Durante toda mi niñez y juventud viví con la idea de que era parte de mi hermano mayor. Es decir, en mi cuerpo y alma llevaba el cadáver adherido de este hermano muerto porque mis padres hablaban constantemente del otro Salvador”, afirmó alguna vez el maestro.

RETRATO DE MI HERMANO MUERTO 1963

 

En una entrevista indicó que su hermano había muerto producto de una meningitis a los siete años, lo que contradecía lo descrito en el acta de defunción. Nunca se esclareció el evento y el misterio simplemente se tomó como una de las tantas excentricidades del pintor español.

La crisis de identidad de Dalí fue reflejada muchas veces en su arte. El artista creció sintiéndose una copia, una reencarnación de su hermano —como muchas veces se lo dijo su madre. Al observar aquella foto de Salvador que durante toda su niñez descansó en su cómoda, sintió que debía ser grande, debía ser algo más que una simple persona, debía ser mucho más grande que Salvador Dalí.

“Yo nací doble, con un hermano de más, que tuve que matar para ocupar mi propio lugar, para obtener mi propio derecho a la muerte […] Todas las excentricidades que he cometido, todas las incoherentes exhibiciones proceden de la trágica obsesión de mi vida. Siempre quise probarme que yo existía y no era mi hermano muerto. Como en el mito del Cástor y Pólux, matando a mi hermano, he ganado mi propia inmortalidad”, dijo Dalí.

 

Texto escrito por Paloma Izquierdo Vigo, para https://culturacolectiva.com/

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