Casas pintadas de colores vivos identifican a la isla Burano entre la niebla del agua veneciana. El tejido del encaje, sin embargo, es su gran distintivo.

Sube y baja la aguja que guía la mano derecha diligente, precisa, cuidadosa. Un impecable delantal blanco resguarda la almohada cilíndrica sobre la cual la merlettaie trabaja una pieza con hilos blancos que retrata a un gondolero en plena acción sobre la laguna. Un dedal dorado protege su dedo corazón.

¿Cómo usted se llama?

-Merlettaie (tejedora), cuando está trabajando ella se llama así. Todas lo son, contesta, en su lugar, Olga, la dueña de la tienda donde la mujer ofrece una demostración de cómo en pleno año 2016, en la isla veneciana de Burano, se mantiene vivo el arte del tejido de encaje que heredaron desde el siglo XVI.

Es domingo en la tarde y la isla, con sus casas abrazadas de colores vivos, aún recibe visitantes. Los residentes, acostumbrados a oleadas de turistas que van y vienen, ni se inmutan ante su presencia; tienden ropa, conversan en la plaza, juegan los niños. Este es el escenario del gran protagonista de la isla que cientos de años atrás poblaron los artesanos: el encaje.

En Burano se teje, se vende el encaje que se ha utilizado para los más refinados vestidos desde el siglo XVI y en su Museo del Merletto se custodia la herencia que el hilo y la aguja les han legado.

En el antiguo Palazzo de la Podestà de Torcello, en la Piazza Galuppi, fundó la Condesa Adriana Marcello en el 1872 la Escuela de Encaje de Burano con el empeño de revivir una antigua tradición. Hoy esta es la sede del museo que embarca al visitante en una viaje dirigido por puntadas con sello veneciano, florentino, español y francés, entre otras influencias que siguieron entrelazándose. Piezas pertenecientes a la colección de la escuela son allí exhibidas.

Cada mañana, las tejedoras se reúnen en el museo y en las tiendas para realizar demostraciones de tejido, trabajo que asemeja a una orquesta de manos y agujas con movimientos acompasados.

Múltiples tiendas alrededor del Museo venden piezas revividas por el encaje; desde estolas, faldas, blusas y vestidos hasta sombrillas, sábanas, manteles y ajuares de bebé. Llaman la atención las piezas de cuatro pulgadas cuadradas en las que se retratan tanto una delicada bailarina de ballet hasta un futbolista pateando el balón o un simpático burro. Diez euros cuestan y son el anzuelo perfecto para despertar interés por diseños más elaborados y costosos. ¿Cuántas puntadas requiere cada pieza? ¿Cuánto empeño, paciencia y devoción reclama?

A las cinco y media de la tarde la merlettaie recoge sus bártulos, se despide de Olga y sale de la tienda. Abre la puerta de su casa, justo al lado, y entra. Allí seguro tendrá otro nombre.

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