Autora: Ivonne Bordelois

A veces me pierdo dentro de inmensas mueblerías de viejo
buscando mesas, sillas, camas que hubiera podido habitar y compartir con
                                                                                                 amigos, 
con hijos, con amantes o con seres extraños
con los que nunca me encontré.

Me asalta entonces el olor de maderas antiguas que descienden de la casa de mi 
                                                                                                          abuela         
un reproche de piano abandonado, 
el rencor de un espejo polvoriento en un rincón de la memoria.

Allí están los roperos como oscuros ejércitos custodiando la infancia,
allí la biblioteca encantada donde surgían grabados de mujeres bellísimas 
que amaban a mi padre.

Allí un color de cedro relampagueante a la distancia
entre viejas conversaciones misteriosas
palabras en francés para que nunca comprendiéramos
que se abrían como cofres de alcanfor o escondites de cartas olvidadas.

El polvo  que circula en las grandes mueblerías soñolientas
despierta en mí todo un pasado traicionado
un  porvenir que  crecía entre los muebles como un helecho erróneo.

Viajo con melancolía entre jarrones y sillas desfondadas
dulces fantasmas detenidos en el tiempo
y un rumor de cortinas ajadas  me acompaña
como un eterno llanto sofocado.

Hasta que un camión  pasa, me señala la puerta como un tajo de sol en la vereda.

Salgo a la calle y me saluda el luminoso estrépito en que vivo.

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