Autor: Fernando Pessoa

(del “Libro del Desasosiego” de Bernardo Soares, 1913-1935)

FERNANDO Antonio Nogueira PESSOA (Portugal, 1888-1935)

Que somos todos diferentes es un axioma de nuestra humanidad. Sólo nos parecemos de lejos, en la medida, por lo tanto, en que no somos nosotros. La vida es, por eso, para los indefinidos; sólo pueden convivir los que nunca se definen, y son, uno y otro, nadie.

Cada uno de nosotros es dos, y cuando dos personas se encuentran, se acercan, se unen, es raro que las cuatro puedan estar de acuerdo. El hombre que sueña en cada hombre que actúa, si tantas veces se enfada con el hombre que actúa, ¿cómo no se enfadará con el hombre que obra y el hombre que sueña en el Otro?

Somos fuerzas porque somos vidas. Cada uno de nosotros tiende hacia sí mismo con escala en los otros. Si tenemos por nosotros mismos el respeto de considerarnos interesantes, (…) Toda aproximación es un conflicto. El otro es siempre el obstáculo para quien busca. Sólo quien no busca es feliz; porque sólo quien no busca, encuentra, visto que quien no busca ya tiene, y tener ya, sea lo que sea, es ser feliz (como no pensar es la parte mejor de ser rico).

Te miro, dentro de mí, novia supuesta, y ya nos desavenimos antes de que existas. Mi costumbre de soñar claro me da una noción justa de la realidad. Quien sueña demasiado necesita darle realidad al sueño. Quien da realidad al sueño tiene que dar al sueño el equilibrio de la realidad. Quien da al sueño el equilibrio de la realidad sufre de la realidad de soñar tanto como de la realidad de la vida y de lo irreal del sueño como la de sentir la vida irreal.

Estoy esperándote, en un devaneo, en nuestro cuarto de dos puertas, y te sueño viniendo y en mi sueño entras hasta mí por ¡a puerta de la derecha; si, cuando entras, entras por la puerta de la izquierda, hay ya una diferencia entre tú y mi sueño. Toda la tragedia humana reside en este pequeño ejemplo de cómo aquellos con quien pensamos no son aquellos en que pensamos.

El amor pide identidad en la diferencia, lo que ya es imposible en la lógica, cuanto más en el mundo. El amor quiere poseer, quiere hacer suyo lo que tiene que quedarse fuera para que él sepa que se vuelve suyo y no es él. Amar es entregarse. Cuanto mayor la entrega, mayor el amor. Pero la entrega total entrega también la conciencia del otro. El amor es, por eso, la muerte, o el olvido, o la renuncia […]

En la terraza antigua del palacio, alzada sobre el mar, meditaremos en silencio la diferencia entre nosotros. Yo era príncipe y tú princesa, en la terraza a la orilla del mar. Nuestro amor había nacido de nuestro encuentro, como la belleza nació del encuentro de la luna con las aguas.

El amor quiere la posesión, pero no sabe lo que es la posesión. Si yo no soy mío, ¿cómo seré tuyo, o tú mía? Sí no poseo mi propio ser, ¿cómo poseeré un ser ajeno? Si ya soy diferente de aquel al que soy idéntico, ¿cómo ser idéntico a aquel de quien soy diferente?

El amor es un misticismo que quiere ejercitarse, una imposibilidad que sólo es soñada como debiendo ser realizada.

Metafísico. Pero toda la vida es una metafísica a oscuras, con un rumor de dioses y el desconocimiento de la derrota como única vía.

La peor astucia conmigo de mi decadencia es mi amor a la nostalgia y a la claridad. Siempre he creído que un cuerpo bello y el ritmo feliz de un andar joven tienen más competencia en el mundo que todos los sueños que hay en mí. Es con una alegría de la vejez por el espíritu como sigo a veces —sin envidia ni deseo— a las parejas ocasionales que la tarde junta y caminan del brazo hacia la conciencia inconsciente de la juventud. Disfruto de ellos como disfruto de una verdad, sin pensar si tiene o no que ver conmigo. Si los comparo conmigo, continúo disfrutándolos, pero como quien disfruta de una verdad que le hiere, uniendo al dolor de la herida la conciencia de haber comprendido a los dioses.

Soy lo contrario de los espiritualistas simbolistas, para quienes todo ser, y todo acontecimiento, es la sombra de una realidad de la que es sombra apenas. Cada cosa, para mí, es, en vez de un punto de llegada, un punto de partida. Para el ocultista, todo acaba en todo; todo empieza en todo para mí.

Procedo, como ellos, por analogía y sugestión, pero el jardincito que les sugiere el orden y la belleza del alma, a mí no me recuerda más que el jardín mayor donde pueda ser, lejos de los hombres, feliz la vida que no puede serlo.

Cada cosa me sugiere, no la realidad de la cual es sombra, sino la realidad hacia la cual es el camino.

El jardín de la Estrella, por la tarde, es para mí la sugestión de un parque antiguo, en los siglos antes del desencanto del alma.

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