Autor: Haruki Murakami

La primavera de 1935 transcurrió en calma. Fue en julio cuando los acontecimientos se precipitaron. Un buen día, el profesor salió a caballo para inspeccionar los rebaños, pero no volvió, y se temió que hubiera desaparecido. Pasaron los días, y el profesor Ovino no regresaba. Al cuarto día, una patrulla de rescate, formada en gran parte por soldados, se lanzó en su busca por aquellos parajes solitarios, pero fue imposible dar con él. Se pensó que tal vez hubiera sido atacado por los lobos, o secuestrado por nativos rebeldes. Sin embargo, transcurrida una semana, cuando ya se había abandonado toda esperanza, el profesor Ovino volvió al campamento una tarde, a la caída del sol, casi en los huesos. Tenía la cara demacrada y presentaba diversas heridas, sólo el brillo de sus ojos permanecía inalterado. Había perdido, además, el caballo y su reloj de oro. Explicó que se había extraviado por el campo, y que su caballo se lesionó y tuvo que abandonarlo. Nadie puso en duda esta explicación.
No obstante, aproximadamente un mes más tarde, empezaron a circular extraños rumores por las oficinas estatales: se decía que el profesor había mantenido “estrechas relaciones” con los carneros. Con todo, nadie sabía qué quería decir eso de “estrechas relaciones”. Su jefe le llamó a su despacho, para escuchar su versión, pues no se podían desechar alegremente aquellos rumores, sobre todo en una sociedad colonial.

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