Autor: Thomas Mann

El número treinta y cuatro

A la derecha, entre la puerta y la mampara, estaba situada la garita del portero. De ella salió a su encuentro, vestido con la misma librea gris que el hombre cojo de la estación, un criado de tipo francés que, sentado ante el teléfono, leía unos periódicos. Les acompañó a través del vestíbulo bien alumbrado, a la derecha del cual se encontraban los salones. Al pasar, Hans Castorp lanzó una mirada y notó que se hallaban vacíos.
– ¿Dónde están los huéspedes? – preguntó a su primo.
-Hacen la cura de reposo – respondió éste -. Yo tengo permiso para salir hoy, pues quería ir a recibirte. Normalmente también estoy tendido en la galería, después de la comida.
Faltó poco para que la risa se apoderara de nuevo de Hans Castorp.
– ¡Cómo! ¿En noche oscura y con niebla os hayáis tendidos en el balcón? – preguntó con voz vacilante.
– Sí, es lo ordenado. Desde las ocho hasta las diez. Pero ven ahora a ver tu cuarto y a lavarte.
Entraron en el ascensor, cuyo mecanismo eléctrico hizo funcionar el criado francés. Mientras subían, Hans Castorp se enjugaba los ojos.
– Estoy enfermo de tanto reír – dijo resoplando-. ¡Me has contado tantas cosas absurdas! Tu historia de la disección psíquica ha rebasado la medida. Además, estoy un poco fatigado por el viaje. ¿No tienes los pies fríos? Al mismo tiempo siento que el rostro me arde. Es enervante. Comeremos enseguida, ¿no es verdad? Me parece que tengo hambre. ¿Se come bien, entre vosotros aquí arriba?
Con paso silencioso andaban por la alfombrilla del estrecho pasillo. Pantallas de vidrio lechoso difundían una luz pálida. Las paredes brillaban, blancas y duras, recubiertas de una pintura al aceite parecida a la laca. Apareció una enfermera, con su bonete blanco, llevando sobre la nariz antiparras cuyo cordón le pasaba por detrás de la oreja. Era, al parecer, una hermana protestante, sin vocación verdadera para su oficio, curiosa, agitada y afligida por el aburrimiento. En dos lugares del pasillo, en el suelo, había unos grandes recipientes en forma de globo, panzudos, de corto cuello, sobre cuyo destino Hans Castorp se olvidó de informarse.
– ¡Aquí está tu habitación! – dijo Joachim -. Número 34. A la derecha está mi cuarto y a la izquierda hay un matrimonio ruso, un poco descuidado y ruidoso, a quien ya conocerás. Pero no había la posibilidad de arreglar las cosas de otro modo. ¡Bien! ¿Qué te parece?
La puerta era doble, con perchas para vestidos en el hueco interior. Joachim había encendido la lámpara del techo y a su luz indecisa la cámara apareció alegre y limpia, con sus muebles blancos; sus cortinajes del mismo color, gruesos y lavables; su linóleo limpio y brillante y las cortinas de hilo adornadas con bordados sencillos y agradables, de gusto moderno. El balcón estaba abierto, tras él se veían las luces del valle y de fuera llegaba una lejana música de baile. El buen Joachim había colocado algunas flores en un pequeño búcaro, sobre la cómoda; lo que había podido encontrar en la segunda floración de hierba: un poco de aquilea y algunas campánulas, cogidas por él mismo en la vertiente.
– Eres muy amable – dijo Hans Castorp -. ¡Qué habitación más elegante! Con mucho gusto me quedaré aquí algunas semanas…
– Anteayer murió aquí una americana – dijo Joachim -. Berhens manifestó que la cosa quedaría liquidada antes de que tú vinieras, y que, por lo tanto, podrías disponer de la habitación. Su novio se hallaba a su lado; era un oficial de la marina inglesa, pero no demostró mucho valor. A cada momento salía al pasillo a llorar, lo mismo que un chiquillo. Luego se frotaba las mejillas con cold-cream porque iba afeitado y las lágrimas le quemaban la piel. Anteayer por la noche la americana tuvo os hemorragias de primer orden y luego ¡se acabó la comedia! Pero ya se marchó ayer por la mañana, y después de eso han hecho, naturalmente, una seria fumigación con formol, ¿sabes? Es excelente para eso.
Hans Castorp acogió la noticia con una distracción animada. Con las mangas de la camisa recogidas, de pie ante el amplio lavabo, cuyos grifos niquelados brillaban heridos por la luz eléctrica, apenas lanzó una mirada rápida a la cama de metal blanco, puesta de limpio.
– ¿Fumigaciones? Eso es una cosa rara – dijo fuera de lugar, pero dispuesto a seguir charlando mientras se lavaba y se secaba las manos -. Sí, metilaldehido; los microbios más resistentes no soportan esto. H2CO. ¡Pero hace escocer la nariz! ¡Hum! Naturalmente, la limpieza rigurosa es una condición primordial.
Articuló estas palabras con cierta afectación y continuó diciendo con gran volubilidad:
– ¿Qué quieres decir? Sin duda el oficial de marina se afeitaba con navaja de seguridad; lo supongo, porque uno se despelleja más fácilmente con esos trastos que con una navaja afilada; esa es al menos mi experiencia. Tanto uso lo uno como lo otro… Sí, sobre la piel irritada, el agua salina quema, naturalmente. Debía ya tener la costumbre de usar cold-cream en el servicio militar, cosa que no tiene nada de sorprendente…
Y continuando la charla, dijo que tenía doscientos María Manzini (su cigarro preferido) en la maleta. La inspección en la aduana había pasado muy cómodamente. Luego le transmitió los saludos de diversas personas de su ciudad natal.
– ¿No hay ningún tipo de calefacción aquí? – exclamó de pronto, y corrió hacia los radiadores para apoyar las manos.
– No, se nos tiene más bien frescos – contestó Joachim – Sería preciso que hiciese mucho más frío que ahora para que se encendiera la calefacción en el mes de agosto.
– Agosto, agosto – dijo Hans Castorp -. ¡Si estoy helado, completamente helado! Al menos el cuerpo, porque el rostro me arde. Mira, toca, estoy quemando.
La idea de que le tocasen la cara no iba, en manera alguna, con el temperamento de Hans Castorp y a él mismo le sorprendió desagradablemente. Por otra parte, Joachim no hizo nada, limitándose a decir:
– Eso es por el aire y no demuestra nada. Berhens mismo tiene, durante todo el día, las mejillas azules. Los hay que no se habitúan nunca. Pero date prisa; si no, ya no tendremos nada que comer.
Cuando salieron, la enfermera hizo de nuevo su aparición, mirándoles con un aire miope y curioso. En el primer piso, Hans Castorp se detuvo de pronto, inmovilizado por un ruido impresionante, atroz, que se dejaba oír a muy poca distancia, detrás de una revuelta del corredor; era un ruido no muy fuerte, pero de una clase tan particularmente repugnante que Hans Castorp hizo una mueca y miró a su primo con los ojos dilatados. Se trataba, con toda seguridad, de la tos de un hombre; pero de una tos que no se parecía a ninguna de las que Hans Castorp había oído; sí, una tos en comparación con la cual todas las demás toses hubieran sido testimonio de una magnífica vitalidad; una tos sin convicción, por otra parte, que no se producía por sacudidas regulares, sino que sonaba con un chapoteo espantosamente débil en una desecha podredumbre orgánica.
– Sí – dijo Joachim -, ese va mal. Es un noble austriaco, un hombre elegante, de la alta sociedad. Y mira como está. Sin embargo, todavía puede pasear.
Mientras continuaba su camino, Hans Castorp habló largamente sobre la tos de aquel caballero.
– Es preciso que consideres – dijo – que no había oído jamás nada semejante, que eso es absolutamente nuevo para mí. Estos casos impresionan siempre. Hay varias clases de tos, toses secas y toses blandas; se dice, en general, que las toses blandas son las mejores y que son más favorables que aquellas que producen el ahogo. Cuando en mi juventud («en mi juventud», dijo) tenía anginas, ladraba como un loco, y todos estaban satisfechos cuando la cosa se reblandecía. Me acuerdo aún. Pero una tos como ésa no había jamás existido, para mí al menos. Ya casi no es una tos viva. No es seca, pero no se puede decir que se reblandezca; no es está ni con mucho, la palabra apropiada. Es exactamente como si se mirase al mismo tiempo en el interior del hombre. ¡Qué sensación produce! Parece fango y mermelada.
– Bueno, basta – dijo Joachim -; lo oigo cada día, no hay necesidad de que me lo describas.
Pero Hans Castorp no llegó a dominar la impresión que le había producido aquella tos. Afirmó repetidas veces que era como si se viese el interior de aquel caballero, y cuando penetraron en el restaurante, sus ojos, fatigados por el viaje, tenían un brillo un poco febril.

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