Gabrielle Chanel en la ciudad de Deauville en el verano de 1913. Fotos: CORTESÍA DE CHANEL

 

Si uno se quedaba en Deauville demasiado tiempo se convertía en un Aston Martin. Pero aquel verano los que habitaban ese paraíso terrenal no sabían que estaban a las 12 menos cinco de ser desahuciados. El sueño de la reina Victoria de que sus descendientes sentaran sus reales culos en todos los tronos del continente se había convertido en realidad. Quince de sus hijos y nietos reinaban en Rusia, Alemania, Grecia, Rumanía, España, Noruega y un montón de estados más pequeños. Sus testas coronadas gobernaban tan ricamente hasta que, el 28 de junio, al heredero del trono austríaco Francisco Fernando lo quitaron de en medio en Sarajevo.

Cuando los ecos de la detonación llegaron a París la ciudad brillaba como foco de la bohemia y de la moda, cuyo último dictador era Paul Poiret que, con sus plumas, rellenos y corsés, confundía a las mujeres con condotieros acorazados. Deauville fue su Waterloo. Atalayada en el Canal de la Mancha, la ciudad era un primor opulento y lleno de vida que, entregado a los caballos y al bacarrá, imantaba a parisinos y londinenses ricos, aunque el más sobrado de todos, el rey de Inglaterra Eduardo VII, pasaba la ‘saison’ en Brighton, al otro lado del Canal, dado al lujo con las damas y al desenfreno en las camas. El rijo desaforado de Bertie ‘el Acariciador’, como lo apodaban, requirió la fabricación de un ingenioso asiento que le permitía los beneficios de dos mujeres a un tiempo con el mínimo esfuerzo, dado que era un tipo orondo. Aunque sería completamente injusto confundirlo con un tosco gozador, era un sibarita que decía que “el glotón y el amador presuroso son sujetos poco estimables porque ignoran el arte sublime de masticar”. Aunque casado con Alejandra de Dinamarca, aquel verano se ‘masticaba’ al menos a Alice Keppel, bisabuela de Camilla Parker-Bowles.

Igual que en Brighton, en Deauville había fastuosos hoteles y mansiones para los ‘happy few’. No había surgido la moda de los baños y el mar estaba allí solo para mirarlo; pero Coco Chanel se acercaba a la playa con un púdico atuendo. Delgada y morena, tenía 29 años, aunque aparentaba 10 menos. Con dinero de su amante, el jugador de polo Boy Capel, alquiló una estupenda ‘suite’ en el Hôtel Normandie, abrió una tienda en la calle más elegante de la ciudad y se dejaba ver en el club de polo con sus sombreros, aunque no hiciera sol. Si lo hacía, las damas vestían de blanco, giraban la sombrilla entre los dedos, paseaban por la avenida y cotilleaban en el Bar du Soleil, que llevaba más de cien años abierto y aún era de lo más chic. Coco pasaba largas horas en sus sillones de mimbre con Boy Capel y su amiga Colette. Cuando languidecía la tarde y renacían las sombras, elegantes cenas y luego al Casino.

Gabrielle Chanel con su novio, Boy Capel, en la playa francesa de San Juan de Luz en 1917.

 

La temporada se presentaba promisoria, una ola de calor sofocó el mar de todos los veranos y la ’boutique’ de Coco se petaba de clientas que buscaban vestidos holgados y sencillos. Estaba en la ‘rue’ Gontau-Biron, la calle de la gente bien, entre el Hôtel Normandie, el Casino y la playa. En grandes letras negras pintadas en un toldo se leía: ‘Gabrielle Chanel’. La baronesa Kitty de Rothschild, una ‘influencer’, quería hundir a Poiret y proponía como relevo el talento de Coco, a quien el negocio le iba viento en popa. Y el amor también. Con el millonario Boy Capel, que era judío, la antigua hospiciana formaba una pareja demasiado ambiciosa y humillada como para no tomarse la revancha.

Con la perspectiva de la guerra, la ‘crème de la crème’ de París ahuecó el ala y sus mujeres se refugiaron en Deauville, donde las esperaba Coco al frente de la única ’boutique’ abierta. Sin competencia, esta vez no se conformó con los sombreros, propuso chaquetas de punto holgadas, faldas de hilo rectas y blusones de marinero. Una línea ‘sportive’ que, inspirada en los uniformes de pescadores y mozos de cuadra, al final del verano le había rentado 12.000 francos oro.

En el alfoz de Deauville los rebuznos de los asnos se oían a los lejos como trompetas de Jericó y cuando, el 3 de agosto, Alemania declaró la guerra a Francia, Coco estaba convencida de que el Káiser solo quería hacerle a ella la puñeta. Deauville siguió de bote en bote, aunque solo de parisinas aterradas y sin marido, sin chóferes ni criados. Aquellas mujeres fugadas de la capital decían que lo habían perdido todo, pero les quedaba dinero con el que renovar el guardarropa para el trabajo voluntario en el hospital. La escasez de telas acortó los vestidos; la de metal acabó con las varillas metálicas y ballenas para ceñir el cuerpo.

Boy Capel viajaba de Deauville a París y de allí a Londres en misteriosas misiones. Su ‘liaison’ con Coco excitó la fantasía del joven diplomático Paul Morand, que escribió una novela inspirada en los amantes; pero la felicidad que vio el escritor en la pareja se vio empañada por los rumores sobre las múltiples conquistas de Boy. Coco prefería creer que la única razón de sus escapadas eran los negocios, pero cuando aceptó la triste realidad de ciertos ocios se limitó a considerar el hecho como una mala costumbre. Que durmiera con otras señoras era algo repugnante, pero le traía sin cuidado, estaba convencida de que solo la amaba a ella.

Picasso y Eva

Tan golfo como Boy Capel era Picasso, que pintaba en Aviñón como Coco discurría en Deauville; o sea, como le daba la real gana, mientras experimentaba no solo con la pintura, sino también con el ser humano. Sobre todo si tenía forma de mujer. Un cuadro suyo, ‘La familia de saltimbanquis’, se había rematado en una subasta a 11.500 francos, el doble que otro de Matisse, y Picasso no solo salió a hombros de la sala, sino que se adentró en el torbellino de los ricos y famosos. Aquel verano era el tercero con Eva Gouel, a la que había elegido como ‘femme inspiratrice’ después de catar la mineralidad de su piel. Bella, tierna y menuda, tenía 27 años y le inspiró ‘collages’ cubistas en los que secretamente la refiere como ‘Ma Jolie’.

Gabrielle Chanel en Deauville en el verano de 1913.

Se alojaban en el Grand Nouvel Hôtel, junto a la Place de la République y cerca del Palais des Papes, hasta que encontraron una casa de aspecto español cuyo suelo de mosaico fue la inspiración para el puntillismo teselado de sus naturalezas muertas. Las cartas que aquel verano la pareja escribió a Gertrude Stein y Alice Toklas evocan una cálida felicidad que no acaba de resultar convincente. Pese a la adoración que Picasso sentía por Eva, su afición a ir de putas le llevó a frecuentar la atracción más célebre de Aviñón: el burdel que, según el poeta borracho Max Jacob, era el mejor ‘meublé’ de Francia. Cuando no estaba en la mancebía con Braque y Derain, Picasso llevaba a Eva al Café Riche y se juntaban con la flor y nata de la sociedad provinciana, que lideraba el marqués Folco de Baroncelli, un tipo extravagante, bajito, de rasgos delicados y tan torrefacto que cuando ‘Toro Sentado’ visitó La Camargue con el circo de Buffalo Bill lo nombró miembro honorario de su tribu. A Picasso le dio por pintar decenas de pequeñas copas (‘verres à pied’) que empezaron a sustituir en su repertorio a los instrumentos musicales. Con su cintura de avispa y la boca tiernamente delineada, las copas eran una metáfora de la fragilidad y la sexualidad de Eva.

Hay años sin verano y otros con veranos excesivos. Aquel lo fue para uno de los mejores amigos de Picasso, el poeta polaco Apollinaire, que con sus mascotas los sapos ‘Di’ y ‘Do’ viajó a Deauville a finales de julio para reunirse con Coco Chanel y escribir una crónica de sociedad para la revista ‘Comoedia’. Cuando el 31 de julio se anunció la movilización general, escribió a vuelapluma un artículo conmovedor titulado ‘El final de la fiesta’. No lo fue para él, que a finales de verano inició en Niza una ‘belle histoire’ con Louise de Coligny, una aristócrata que oscilaba entre la frigidez y la depravación y que se convirtió en esclava sumisa: feliz de fumar opio con él y de que la azotase y la sodomizase, según confirman los poemas explícitamente eróticos dedicados a ella. Fue un romance tórrido que no tardó en consumirse.

Mientras a los lejos rugían los cañones, el Cabaret Voltaire de la neutral Zúrich se había convertido en el nido de jóvenes artistas, escritores y exquisitos canallas que se reían del heroísmo belicista y, en un frenesí de irreverencia, escupían sobre la muerte en las trincheras. Huían de la realidad con carcajadas histéricas y con el mismo alcohol que emborrachaba a Modigliani en Montparnasse mientras puteaba a la sexualmente liberada Beatrice Hastings, que era teósofa y había llegado a París como corresponsal de la revista inglesa ‘New Age’. Cuando se topó con Modigliani, le pareció “feo, feroz y glotón”, aunque después de invitarla a ver sus obras le resultó fascinante, que viene de ‘fascinus’: el sexo masculino en posición de firmes. Cuando el verano echaba las persianas, Aviñón se llenaba de refugiados, los mutilados de guerra se probaban sus piernas de madera recién compradas y el mistral los envolvía con su blanca polvareda. Eva y Picasso aprendieron entonces que el auténtico paraíso es el que se ha perdido.

 

Artículo compartido desde: http://www.elmundo.es/

Artículo firmado por

  • GONZALO UGIDOS
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