Autora: Gioconda Belli

para vos, mi niña, mujer, mi
pájara.

El recuerdo huele a noche de Managua.
La brisa moviendo las hojas de los mangos.
Las paredes verdes del Hospital.
El doctor Abaunza sentado en una mecedora
con su impecable bata blanca almidonada
y sus gruesos bigotes.
(me bastaba verle las manos para sentirme segura)
Yo, en la cama,
oyendo las voces de tus abuelos a lo lejos
desde el mundo donde sólo existíamos
tu cuerpo, mi cuerpo
y las leyes de la creación
separándonos.

Diecinueve años tenía tu madre.
“Tan jovencita”, dijo la enfermera,
mientras yo me sentía antigua.
(No hay momento de más sabiduría que el parto:
el rito milenario de la especie hace una a todas las mujeres)
Cada uno de mis músculos sabía su oficio
Sordamente hacían su labor los huesos.
Se abrían los pasajes.
Cada dolor partía la carne
y era soportable tan sólo por la promesa final:
el rostro pequeño al otro lado del tunel;
el abrazo al final de la carrera.

Fueron doce horas de arduo trabajo:
mi cuerpo empujándote hacia el mundo,
tu cabeza abriéndose paso hacia la madrugada.

Eran las dos de la mañana
cuando me pasaron a la camilla.
A través de corredores oscuros
-láminas cuadradas en el techo
luces de neón pálidas-
entramos a la sala de operaciones.
Por fin, la bendita anestesia.
Ya sin dolor, tuve que contener la risa:
El ayudante del médico, bajito,
subido sobre un par de gradas
me apretaba la barriga. “Empujá, empujá” “Ya viene, ya viene”
Hasta que llegaste,
hasta que, a distancia, te ví cabeza abajo
cubierta de sebo y sangre, llorando.
“Es una niña”, dijo el Doctor Abaunza.
Afuera, sobre el marco de la puerta de la sala de operaciones,
en el Hospital Bautista,
encendían una luz para anunciar al padre y la familia
el sexo del recién nacido.
Pensé en la luz roja iluminándose.

Hace mucho de aquello,
pero la memoria me devuelve minuciosa cada detalle:
Te tuve en mis brazos tanto tiempo
que tu cabeza aún blanda tomó la forma de mi brazo
y me espanté y lloré creyendo haberte hecho daño.

Todavía me pasa.
Todavía me espanto y lloro
cuando pienso que te he causado dolor.

El parto apenas comienza cuando se nace.
Todavía y quizás para siempre
estaremos pariéndonos a empujones.
Viajando por la vida con la nostalgia
de habernos separado,
amando la cueva oscura,
el silencio fluído, amniótico, de la
más íntima cercanía,
pero también la luz, el aire,
la existencia distinta de la una y la otra.

El misterio de la vida nos acerca y nos aleja
pero el amor es más grande que todas las contradicciones.

 

Arte: Oswalo Guayasamín

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