Autor: Ernesto Sábato

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A Ernesto Sabato le gustaban las entrevistas. No tanto porque apareciera en los diarios, sino porque le gustaba provocar el pensamiento de sus posibles lectores. Es decir, abría una puerta para inclinar balanzas y dejar que el peso de su opinión aportara voces y silencios. Sabato era un excelente polemista. Un hombre de respuestas. Su formación científica estaba presente en todas sus intervenciones.

En El escritor y sus fantasmas, un libro de fragmentos, ensayos cortos e ideas para discutir, el recién fallecido narrador argentino nos deja un lugar donde es posible discernir, estar de acuerdo o no con sus posturas, pero —en definitiva— es un libro para mover la inteligencia, sacar conclusiones, elaborar tesis, inventar y borrar emociones.

En la explicación que nuestro autor ofrece al comienzo, Sabato se pregunta: “¿Para quién escribo este libro?”. Y responde: “En primer término, para mí mismo, con el fin de aclarar vagas intuiciones sobre lo que hago en mi vida; luego, porque pienso que pueden ser útiles para muchachos que, como yo en mi tiempo, luchan por encontrarse, por saber si de verdad son escritores o no, para ayudarlos a responderse qué es eso de la ficción y cómo se elabora…”, y sigue respondiendo, de la manera más amable. No ha dejado, en todos estos años, de respondernos.

 

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Con El escritor y sus fantasmas conservo un pecado que debo confesar hoy: fue mi primer robo. Sí, saber que el libro existía, que era referencia en mis estudios universitarios, pero que no estaba al alcance de mi bolsillo, me propuse que estuviese al de una de mis manos. Y así. Una tarde, maletín en mano, me convertí, como en la novela de Markus Zusak, en un ladrón de libros. Fue en una librería de Maracay. En Caracas no pude hacerle frente a este delirio porque me entró todo el terror del principiante. Cuando llegué a la casa con el producto de mi fechoría, abrí la obra de Ernesto Sabato y comencé a leerlo como él me pidió que lo hiciera, como un muchacho, como lo que era. Y desde esos días de la década de los setenta, lo leo. Siempre lo reviso, lo sobo, lo paseo por la casa, lo acaricio, le quito el polvo, le hablo. Él me habla. Sabato me habla, me aconseja. Yo no sé, finalmente, si me hice escritor. Pero sí estoy agradecido de ese señor casi centenario que acaba de arrancar hacia las estrellas. Sábato, a pesar de su sapiencia, me enseñó a ser amable, comedido en algunas cosas, pese a que la inteligencia, cuando se muestra toda, se torna arte de pedantería. Me refiero a la inteligencia de Sabato, pues la mía (¿dónde estará?) casi no se siente, es un préstamo de tantos amigos y no tan amigos, de conocidos y desconocidos a quienes les he robado ideas para poder sobrevivir, como muchas veces también ha confesado Enrique Vila-Matas. Con El escritor y sus fantasmas pasé al estadio superior del crimen organizado: practiqué lo que siempre planifiqué, robarme un libro sin que me descubrieran. Digo organizado con toda la impudicia del mundo porque me organicé muy bien para hacerlo, pero estaba demasiado solo, lo que hizo que madurara esta inclinación y me empujara a repetir la acción criminal, unas veces exitosa, otras fallida. Un día terminé frente a un policía que luego se echó a reír y hasta le pidió al librero que se quedara quieto. Se trataba de un policía extraño. Yo creo que había leído a Sabato o a Kafka. Y no me arrepiento de haberlo hecho porque con la lectura del cuerpo del delito he aprendido y he enseñado algo: he sido profesor en muchas aulas, de adolescentes y de universitarios. Y Sabato ha estado allí, con sus duendes, con sus monstruos, con sus pesadillas, con su pesadumbre y su pesimismo, con su incertidumbre y sus rasgaduras filosóficas.

 

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Más adelante, el tomo nos entrega un “Interrogatorio preliminar” donde el autor recoge muchas de las preguntas que le han formulado periodistas y lectores. Preguntas que tienen, por supuesto, respuestas que han servido para darle cuerpo a las páginas que en este instante tengo abiertas sobre la mesa. Sabato responde con precisión. A veces con demasiada precisión. Es un hombre de ciencia entregado a la magia de la literatura. Es un sabio que no se sale de su espacio. No corrompe el lugar donde habla. Dignifica a quien oye. Lo construye con sus palabras.

Entre las tantas preguntas escojo la última con su respectiva reflexión:

—Usted que escribió que Borges es heresiarca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma de infinitos bibliotecarios hipostáticos, ¿sabe quién es Ernesto Sabato?

—No del todo. He tratado de averiguarlo escribiendo algunas ficciones. En ellas mis amigos y mis enemigos tienen una buena cantera para averiguarlo.

Y, en efecto, lo he averiguado: Ernesto Sabato ha sido y es uno de los grandes escritores del siglo XX americano. Una de nuestras glorias civiles. Aunque a veces creo que no existió, que es una sombra de sus héroes, de sus tumbas abiertas, de sus exterminadores, de sus túneles oscuros. Nuestro fantasma personal. El ectoplasma de nuestra juventud.

 

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La siguiente parte de este libro para “muchachos” habla de “Las letras y las artes en la crisis de nuestro tiempo”. En estas hojas el hombre es el sino de su angustia. Hombre y tiempo en medio de un caos que ya se ha instalado en nuestro espíritu. “La cosificación del hombre”, “La rebelión del hombre concreto”, “No crisis del arte, sino arte de la crisis”. Ensayos que hunden la daga en medio de dicotomías que han confundido a quien ya tiene algunos siglos sobre la tierra.

La parte final es una larga caminata por un tema que se repite, que se refleja en el agua, en el espejo, en el fondo de los ojos, en el alma del universo creador. Literatura, arte, cosmogonía, ciencia, personajes, corrientes literarias, la lectura y la escritura, dialéctica y sueños. Todo un compendio de emociones escrito en pocas líneas, como para que el lector se instale y no se despegue hasta cerrar la última página con el aliento de tantas ideas. De una idea multiplicada.

Desde aquel día de mi primer delito, desde aquella tarde frente a la fila de libros de diversas tapas y colores, me enfrento a éste de verde tapa elegante, de sobria presencia que la editorial Aguilar sembró en nuestros ojos de estudiantes. Se trata de la cuarta edición, la de mayo de 1971. La avenida Miranda de Maracay me ha sabido perdonar. Creo que el propietario del negocio también. La librería estaba en ese camino diario de mis andanzas de malogrado aspirante a morgues, consultorios y pabellones quirúrgicos. Me quedé con las letras, con la literatura, con la locura, con esta maravillosa genética que sigue vapuleándome. Gracias al maestro Ernesto Sabato. A él y a sus fantasmas, tan amables.

 

Texto tomado desde: https://letralia.com/

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