Autor: Umberto Eco

Lo feo
en el mundo
1. ¿Un mundo dominado por lo bello?

clásico

Por lo general tenemos una imagen estereotipada del mundo griego, nacida de la idealización que de la civilización griega se hizo en la época neoclásica. En nuestros museos vemos estatuas de Afrodita o de Apolo que exhiben una belleza idealizada en la blancura del mármol. En el siglo IV a.C. Policleto realizó una estatua, llamada luego el Canon, en la que estaban encarnadas todas las reglas para una proporción ideal, y más tarde Vitrubio dictó las proporciones corporales exactas en fracciones de la figura entera: la cara tenía que ser 1/10 de la longitud total, la cabeza 1/8, la longitud del tórax 1/4, etc. Es natural que, partiendo de esta idea de belleza, se consideraran feos todos aquellos seres que no se adecuaban a estas proporciones. Pero si los antiguos idealizaron la belleza, el neoclasicismo idealizó a los antiguos, olvidando que estos (influidos a menudo por tradiciones orientales) también transmitieron a la tradición occidental imágenes de una serie de seres que eran la encarnación misma de la desproporción, la negación de todo canon.

El ideal griego de la perfección lo representaba la kalokagathía, término que nace de la unión de kalós (traducido de manera genérica como “bello”) y agathós (término que suele traducirse por “bueno”, pero que abarca toda una serie de valores positivos). Se ha observado que ser kalós y agathós definía en términos generales lo que en el mundo anglosajón sería después la noción aristocrática de gentleman, persona de aspecto digno, valor, estilo, habilidad y evidentes virtudes deportivas, militares y morales. Teniendo en cuenta este ideal, la civilización griega elaboró una extensa literatura sobre la relación entre fealdad física y fealdad moral.

Sin embargo, no queda muy claro si por “bello” los antiguos entendieron todo lo que gusta, que suscita admiración, que atrae la mirada, lo que en virtud de su forma satisface los sentidos, o bien una belleza “espiritual”, una cualidad del alma, que a veces puede no coincidir con la belleza del cuerpo. En realidad, la causa de la expedición a Troya fue la extraordinaria belleza de Helena, y Gorgias, paradójicamente, escribió un Encomio de Helena. Sin embargo, Helena, esposa infiel de Menelao, no podía ser considerada de ningún modo un modelo de virtud.

Si para Platón la única realidad era la del mundo de las ideas, del que nuestro mundo material es sombra e imitación, entonces lo feo debería haberse identificado con el no ser, puesto que en el Parménides se niega que puedan existir ideas de cosas inmundas y despreciables como las manchas, el fango o los pelos. Así que lo feo solo existiría en el orden de lo sensible, como aspecto de la imperfección del universo físico respecto al mundo ideal. Más tarde Plotino, que define más radicalmente la materia como mal y error, efectuará una clara identificación entre lo feo y el mundo material.

Pero basta releer el Banquete, el diálogo platónico dedicado al Eros (como amor) y a la belleza, para distinguir muchos otros matices. En este diálogo, como también en los demás y, en general, en casi todas las disquisiciones filosóficas sobre lo bello y lo feo, se mencionan estos valores pero nunca se aclaran con ejemplos (de ahí la necesidad, como se ha dicho en la introducción, de comparar los discursos filosóficos con las realizaciones concretas de los artistas). Es difícil decir cómo son las cosas bellas que suscitan nuestro deseo. En cuanto al concepto de bueno, en muchos aspectos es tema del diálogo el elogio de la pederastia, en el sentido etimológico de amor por la belleza de los jóvenes por parte de un hombre sabio y maduro. Esta conducta era generalmente aceptada por la sociedad griega, pero en el diálogo la pederastia elogiada por Pausanias (verdadero deseo carnal de la belleza del joven) y la pederastia sublimada (hoy diríamos “platónica”) representada por Sócrates son muy distintas. Pausanias distingue entre el Eros de Afrodita Pandemo, propio de los hombres ordinarios, que aman por igual a mujeres y a jóvenes, y aman más sus cuerpos que sus almas, y el Eros de Afrodita Urania, que es únicamente amor por los jóvenes, es decir, no por los niños aún no preparados sino por adolescentes maduros “cuando les empieza a crecer la barba”. Pero el mismo Pausanias admite que hay que amar a los jóvenes más nobles y mejores “aunque sean más feos que otros”, de ahí que sea malvado el amante que ama más el cuerpo que el alma. En este sentido, la pederastia, aunque no excluye la relación física, se refiere a una forma de alianza erótico-filosófica que se establece entre el amado (el joven que acepta la compañía de un hombre mayor que le inicia en la sabiduría y en la vida adulta, y al que ofrece a cambio sus favores) y el amante, el sabio que se enamora de la gracia y de la virtud del joven.

Después de Pausanias interviene Aristófanes, que cuenta que al principio había tres géneros, masculino, femenino y andrógino, y solo después de que Zeus cortara en dos mitades a cada uno existieron los hombres que “gozan de estar abrazados a los hombres”, las mujeres “que tienen inclinación hacia las mujeres” (y estas dos categorías “no prestan atención a los casamientos ni a la procreación de los hijos, sino que son obligados por la ley”) y los que hoy llamaríamos heterosexuales. Interviene entonces en el diálogo Agatón, que representa a Eros como eternamente bello y joven (retomando un tema recurrente en el mundo griego, desde Píndaro en adelante, según el cual la belleza siempre acompaña a la juventud y la fealdad a la vejez). Llegados a este punto, Sócrates (que expresa sus ideas atribuyéndolas a Diotima, una sacerdotisa ficticia) demuestra que, si cada uno desea lo que no tiene, Eros no será ni bello ni bueno, sino una especie de demon de naturaleza ambigua, mera tensión hacia valores ideales que siempre pretende alcanzar. Eros es hijo de Penía (la escasez, la necesidad) y de Poros (el recurso), y como tal hereda de la madre el aspecto miserable (es duro y seco, descalzo y sin casa) y del padre la capacidad de “estar al acecho” y de “ir a la caza” de lo que es bueno. En este sentido, es típico de Eros el deseo de procrear para satisfacer el deseo humano de inmortalidad. Sin embargo, más allá de la procreación física está la procreación de valores espirituales, de la poesía a la filosofía, a través de los cuales se obtiene la inmortalidad de la gloria. Podría decirse que los simples engendran hijos mientras que los que cultivan la aristocracia del espíritu engendran belleza y sabiduría.

En esta tensión, el hombre verdaderamente kalós y agathós no solo considera “más valiosa la belleza de las almas que la de los cuerpos” y podrá cuidar de un joven que tenga mucha virtud aunque “escaso esplendor en el cuerpo”, sino que no se detiene ante la belleza de un solo cuerpo y, a través de la experiencia de diversas bellezas, intenta alcanzar la comprensión de lo Bello en Sí, de la Belleza hiperurania, de la Belleza como idea.

Se trata del amor por los jóvenes al que se dedica Sócrates, y se comprende cuando el hermoso Alcibíades irrumpe borracho en el banquete y recuerda que, deseando compartir la sabiduría de Sócrates, le había ofrecido muchas veces su cuerpo, pero Sócrates nunca quiso ceder al deseo carnal y supo acostarse castamente a su lado.

En este contexto Alcibíades traza el famoso elogio de la aparente fealdad de Sócrates, que tiene aspecto exterior de sileno pero que esconde bajo esos rasgos una profunda belleza interior.

Vemos, pues, cómo en un solo diálogo se oponen distintas ideas de belleza y de fealdad, y el esquema simplista de la fealdad como opuesto de la kalokagathía se complica. Y la civilización griega siempre fue consciente de esta complejidad, como se desprende del elogio posterior de otro ser feo de aspecto, pero noble de espíritu y rico en sabiduría: Esopo.

En el mundo griego hubo otras muchas contradicciones. Cuando Platón consideraba en la República que lo feo como falta de armonía era lo contrario de la bondad del espíritu, recomendaba que se evitara a los niños la representación de las cosas feas, pero admitía que en el fondo existía un grado de belleza propio de todas las cosas, en la medida en que se adecuaban a la idea correspondiente; de ahí que pudieran considerarse bellas una muchacha, una yegua, una olla, aunque cada una de estas cosas podía ser fea respecto a la anterior.

Aristóteles confirmaba en la Poética un principio que sería universalmente aceptado a lo largo de los siglos, esto es, que se pueden imitar bellamente las cosas feas, y se admiraba de la manera en que Homero había representado perfectamente la repugnancia física y moral de Tersites. Veamos por último cómo más tarde, en la época estoica, Marco Aurelio reconoce que también lo feo, también las imperfecciones como las grietas en la corteza del pan, contribuyen a la complacencia del todo. Principio que (como veremos en el capítulo siguiente) domina la visión patrística y escolástica, donde lo feo es liberado del contexto y contribuye a la armonía del universo.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s