Artículo de Jorge Arbeleche

En este año de 1998 en que se cumplen y celebran algunos centenarios como el de la casi mítica y discutida “Generación del 98” o el nacimiento de dos eminentes poetas de ’27, como son Vicente Aleixandre y García Lorca, aquí en este recóndito rincón del Sur, donde América hace esquina con el Océano Atlántico, recordamos un encuentro especial. En esta hoy ventosa Montevideo otoñal hace sesenta años se celebraba una magna fiesta del espíritu, como se decía entonces, bajo el radiante sol de enero del verano austral, en el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo, principal centro de estudios de educación preuniversitaria, se reunían las entonces llamadas “las tres poetisas del Sur”; ellas eran Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou.

De esta reunión donde se homenajeaba a la poesía femenina más importante de la época y en la cual cada una de las escritoras explicó su “modo” de poetizar, queda un retrato que las reúne para la posteridad. Allí puede apreciarse tres modos de ser diferente, tres expresiones, tres posturas.

Sobresale, quizás, Gabriela. Es la más robusta, la que luce un atuendo nada ortodoxo, con falda hasta el tobillo, gruesos zapatones, larga chaqueta, algunas canas que no se empeña en ocultar. Frisa, en ese momento, la cincuentena. La rotunda madurez de sus 49 años contrasta con la de sus colegas que, con apenas tres años menos, parecen, sin embargo bastante menores. Alfonsina Storni, esboza una sonrisa con una expresión entre pícara y desafiante en la que destila un dejo de ironía. Su indumentaria es clásicamente femenina, desde su vestido estampado hasta su sombrero y sus guantes, e, incluso, una estola de piel en pleno verano. Ella es la que reúne mayor número de atributos femeninos exteriores referidos a la vestimenta: flores (en el diseño de la tela de su vestido), guantes, sombrero, piel. Es menuda, más bien de baja estatura y delgada. Hace un nítido contraste con la figura de la chilena. En Juana de Ibarbourou se advierte una expresión melancólica, seria, las manos juntas, es baja y delicada, elegante a la vez que discreta y parece más joven que las otras aunque tiene los mismos 46 años que la Storni. Tanto la argentina como la uruguaya parecen más pequeñas que Gabriela. Esta aparenta ser no sólo la mayor, sino la más grande, la protectora y la maternal.

En realidad las tres constituyen, cada una a su modo, un desafío, y todas se atreven a la aventura y al riesgo de ser escritoras en un mundo, mayoritariamente regido por hombres. Por eso, esta foto, que refleja una época y una actitud, se torna emblemática para este fin de siglo y de milenio, cuando la presencia de la mujer en el mundo no sólo llega a ser a veces preponderante, sino decisiva. Así en el campo de las artes como en el de la política, en la literatura como en la ciencia.

Estas mujeres constituyen un tríptico casi indisoluble. Cada una remite a la otra; ellas representan el emergente inmediato de una parte de la sociedad en una época determinada. La mujer vota, por primera vez, en Uruguay, precisamente ese año 1938; en Argentina recién conquistará ese derecho en la segunda presidencia de Perón gracias a la figura controversial y carismática de Eva Duarte.

Las tres figuras de la fotografía tienen rasgos personales que las unen. Todas pertenecen a una clase media baja de origen campesino; todas hacen su obra desgajadas de su lugar natal: Gabriela, en añoranza permanente de su valle de Elqui; Juana, en celebración gozosa o en evocación elegíaca de su juventud amorosa en los campos de su Cerro Largo; Alfonsina en lucha permanente con su medio social y su vida afectiva, lejos de su remoto San Juan.

La chilena y la argentina son solteras; Juana, en cambio se casó con un militar. Es la más integrada a la ortodoxia moral y social de su tiempo: es esposa, madre, hija. Pero aún así, también es desafiante a su medio y a su época, como sus compañeras de fotografía ya que, como ellas, transgrede ciertas normas como ser la revelación de su intimidad ardorosa e intensa. Sus poemas de amor no se avienen demasiado a lo establecido, ya que es una mujer que se muestra más como hembra que en su aspecto maternal. Las tres trasponen el umbral impuesto y se transforman en escritoras en contacto con el mundo. Todas son trasplantadas de su medio campesino al ámbito urbano y todas buscan y se forjan una nueva identidad: Gabriela Mistral desplaza a la original maestra rural que respondía al nombre de Lucila Godoy, Juana de Ibarbourou, nombre del marido, deja atrás a la joven de Melo llamada Juanita Fernández y Alfonsina, como madre soltera se apresta a dar batalla a todo un mundo, bajo su nuevo rostro de mujer de lucha y sin prejuicios.

Son tres mujeres unidas en la historia de la poesía hispanoamericana bajo la tutela de la adelantada Delmira Agustini, la más agónica, que fue destruida por la red de prejuicios del Uruguay de 1914. Las tres sufrientes y heroicas, pagaron con su vida o su felicidad, la entrega a la Poesía.

http://www.mec.gub.uy/academiadeletras

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