Rojo. Un estudio rojo. Un estudio rojo en el que no hay nadie: se adivinan apenas las siluetas de los muebles —sillas, mesas, reloj, bancos—, pero se entiende que es el taller de un artista por la luz que se filtra por la única ventana visible. Sólo ese impulso lumínico es el que nos revela los cuadros colgados —casi al azar, los pinceles, las brochas, el color. Por lo demás, todo es rojo: las paredes, el piso, el marco de un cuadro que ni siquiera está en proceso. Es una promesa creativa, una luz encendida en un mar consistente en un color único: rojo. Así pinta Henri Matisse su lugar de trabajo en París, después del impacto colorista que Oriente dejó sobre sí. Y el espectador está solo en el estudio rojo.

No es casual que Matisse haya encontrado su faceta colorista después de sus visitas a Oriente. El momento histórico, y particularmente en Francia, apuntaba a que los artistas y la aristocracia se empataran de cualquier cosa que viniera de fuera: vasijas, técnicas, grabados, telas —gente. Era tiempo de dejar el realismo del siglo pasado y experimentar con las realidades que empezaban a inmiscuirse en el discurrir contemporáneo de Europa, con ese tinte exotista con el que se reciben las cosas ajenas. La experiencia del exterior se convirtió en un objetivo a alcanzar, a vivir, a ser, y el impulso del nuevo siglo inundó a las masas parisinas de ese ímpetu, de esa urgencia por ver lo nuevo.

pinturas de Henri Matisse

Matisse logró entender el aturdimiento del público europeo ante la llegada de estímulos de Oriente: si bien existía un interés genuino por conocer algo más allá de las fronteras de Europa, había también cierto carácter snob en el acercamiento de las clases más acomodadas de la sociedad. La Exposición Universal de 1900 trajo al entendimiento europeo una oportunidad para adentrarse en la experiencia de otras culturas, con esa sombra sutil de dominio, de enaltecimiento de la propia experiencia sobre las que llegaban de más allá de las fronteras. Eso no era lo que un artista entregado a su exploración profesional necesitaba, en vez de eso, viajó.

Matisse decidió dejar las propuestas exotistas que París —la capital cultural del mundo, el zénit de las posibilidades artísticas del momento— tenía que ofrecerle, para realmente verse inmerso en lo que la experiencia de Oriente tenía por ofrecer. Después de trabajar por años bajo la tutela de Gustave Moreau como copista en el Louvre, quería expandir sus miras hacia un horizonte diferente: uno que le pudiera sugerir una propuesta única, algo que realmente lograra darle una visión alternativa de lo contemporáneo; sin embargo, es interesante que se haya vuelto hacia los clásicos del otro mundo para ofrecer una propuesta innovadora a los ojos de la audiencia europea.

pinturas Henri Matisse

Henri Matiss pinturas

Henri Matiss-pinturas

Necesitaba más que la instrucción de los orientalistas de l’École de Beaux Arts, algo más que la colección musulmana del Louvre; quería sentirlo, verlo por sí mismo: un intento de ser un hombre un poco más sensible a la tendencia universal que el mundo seguía en ese momento. Es por esto que en 1911 se trasladó a Marruecos, en una especie de exilio artístico autoimpuesto, para permanecer ahí durante dos años con una sensibilidad exponencial. Dos años para ver, escuchar y sentir. Dos años de un entendimiento más inclusivo, más intenso, más asombrado. Dos años para un renancer más contemporáneo.

Sin dejar las influencias cubistas que la visión europea le había enseñado, encontró el trazo sencillo, preciso y elegante de los arabescos: se topó de frente con la magnificencia de los edificios, de la caligrafía, del aroma insinuado de las flores en las paredes de las mezquitas. En Marruecos, Matisse halló la energía expresiva que en Europa se había diluido tanto. Fue ahí cuando en realidad experimentó la vida representada en los tonos azul y dorado, en el uso de las artes decorativas como medio para alcanzar un estado meditativo, la sincronía cromática con los patrones que se reverberan hasta el infinito. En el mundo árabe, Matisse se encontró con la verdadera esencia del color.

Los esquemas compositivos a los que Europa lo había atado muy pronto, encontraron otra vía de escape hacia un trazo mucho más suelto, mucho menos rebuscado y más asertivo. Matisse se topó con la modernidad en la ortodoxia de la experiencia musulmana, y encontró una explosión poética en el discurrir artístico de la vida árabe. La esencia primitiva que él veía emanar de la cerámica lustrosa, de los mosaicos policromados, de la sonoridad inusitada de los cánticos religiosos a lo largo del día. Fue en esas partículas de la cotidianidad musulmana que encontró reunido el impulso contemporáneo que el entendimiento europeo dejó de apreciar, del que se perdió.

obras-Henri Matiss

obras de Henri Matiss

Henri Matiss obras

Después de diversos años de visitar el norte del continente africano —Egipto, Túnez, Marruecos—, y empapado del carácter sublime del lenguaje, de la geometría y la elegancia intencional de las artes aplicadas en la cosmovisión musulmana, Matisse volvió a París con un trazo genuinamente colorista. Desechó las proporciones exquisitas que la Academia le había enseñado, y maravilló a sus colegas y maestros orientalistas con una propuesta que sabía más genuina, más cercana y más real que las copias realistas que la élite académica pretendía alcanzar.

Vio la aceptación que esta nueva manera de entender el color tuvo entre sus seguidores más allegados, y algunas figuras importantes en otras expresiones artísticas como Stéphane Mallarmé, en la poesía; Matisse decidió seguir esa línea creativa que exacerbó su gusto por los colores llamativos que había encontrado en África. Y no sólo eso: el trazo atrevido que había sido impulsado por la arquitectura y la cerámica musulmana llegó a su punto máximo cuando se volvió suave, sencillo, elegante —simplificado de los aires atiborrados que Europa perseguía. De esta manera puede entenderse “Armonía en rojo” de 1911.

Se enfatiza el campo sensible del espectador desde el momento en que no hay ningún personaje evidente en la obra: es la mirada del que se para enfrente y nada más. De esta manera, el estudio rojo toma otra dimensión: se estudia —en un sentido más literal— el rojo que sobreviene al cuadro entero. Se está solo con la sensación del color, con la impresión sobrecogedora que genera el ambiente rojo, los muebles —casi implícitos—, rojos también, el tiempo contenido en el reloj, rojo. Sólo brillan las figuras humanas de trazo sencillo en colores diferentes. Sólo el marco vacío se plasma con dorado, como una promesa creativa, como una propuesta implícita. Es la armonía, es el calor, es la vibración estridente y viva de un mismo color: el espectador está solo en el estudio rojo.

 

obras de-Henri Matiss

cuadros de-henri Matiss

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Articulo tomado desde http://culturacolectiva.com

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