Autor: Haruki Murakami

El 20 de marzo de 1995, lunes, era un día tranquilo de principios de primavera. El elegido por la secta Aum Shinrikyo (Verdad Suprema) para desencadenar el Apocalipsis en Japón. Ese lunes el metro de Tokio sufrió cinco ataques coordinados que liberaron gas sarín en varios vagones. Hubo trece muertos, más de 2000 heridos y unos 6000 afectados. Ese día, Haruki Murakami (Kioto, 1949), el autor japonés más celebrado y leído en el mundo, que entonces vivía en Massachusetts, se encontraba de vacaciones en su casa japonesa de Ooiso. Años después, una carta al director le hizo sentir “el deseo de conocer a todas las víctimas” y de profundizar en la doble violencia que habían padecido sus compatriotas, la terrorista y “esa colectiva y cotidiana que lo invade todo en Japón” y que se tradujo en un ambiente laboral hostil y una tensión crecientes hacia los convalencientes a medida que los efectos secundarios del ataque se hacían evidentes y les impedían producir al nivel de antes.

Murakami quería contar su historia. Entrevistó a lo largo de un año y medio, en 1996, a casi un centenar de víctimas, a viudas y hermanos de quienes hoy no tienen voz, o no se atreven a ser señalados como débiles por vecinos y compañeros de trabajo. El resultado es un libro demoledor, este Underground (Tusquets) que hoy anticipa El Cultural y que recorre todas las estaciones del miedo, la rabia y el dolor.

“No soy una víctima, soy un superviviente”

Toshiaki Toyoda (52). Nacido en la prefactura de Yamagata, al nordeste de Japón, el señor Toyoda entró a trabajar para la Autoridad del Metro el 20 de marzo de 1964, 34 años antes del mismo día en el que se produjo el atentado. “Después de graduarme no había trabajo en el campo. Me vine a Tokio con un futón bajo el brazo para al menos poder echarme a dormir en alguna parte”. No estaba especialmente interesado en el metro, pero siguió los consejos de un familiar y encontró el que a día de hoy continúa siendo su trabajo. En la actualidad es encargado de estación.

“En primer lugar, quisiera decir que preferiría no hablar de aquel asunto. La noche anterior al atentado trabajé con Takahashi [una de las víctimas mortales] en el turno de noche. Cuando ocurrió, yo estaba a cargo del servicio de monitores de la línea Chiyoda. Dos compañeros murieron siendo yo responsable del turno, dos hombres con los que compartía comedor. Entiendo que es importante saber lo que pasó, pero no puedo obviar mis sentimientos. Cuando empiezo a olvidar, sucede algo que me lo trae todo de vuelta. No puedo seguir así eternamente. En fin, trataré de contárselo lo mejor que pueda…

Aquel día tenía turno de veinticuatro horas. Me pasé la noche en la estación y trabajé aproximadamente hasta las 8 de la mañana. A eso de las 7:40 le transferí el mando a Okazawa, el asistente del jefe de estación.

Le informé de que todo estaba en orden. Antes de volver a la oficina fui a comprobar los torniquetes y demás elementos de la estación. Takahashi estaba allí. Cuando yo me encontraba en los andenes, Takahashi tenía que quedarse en la oficina y al revés. Nos alternábamos. Antes de las 8, Hishinuma [otra víctima mortal] salió para comprobar un tren que se hallaba fuera de servicio. Estaba en el departamento de transporte a cargo de la supervisión de maquinistas y revisores. Hacía buen tiempo aquel día. Bromeábamos y bebíamos té: “Los trenes nunca se retrasan en mi turno”, dije yo. Todos estábamos de buen humor.

Takahashi subió al andén. Yo me quedé en la oficina para terminar los informes del día. Okazawa volvió, descolgó el interfono y dijo: “Ha habido una explosión en la estación de Tsukiji. El tren está detenido”. Poco después nos llamaron del centro de control: “Objeto sospechoso a bordo. Verifíquenlo, por favor”. Okazawa atendió la llamada, pero yo me adelanté: “Iré a echar un vistazo. Tú espera aquí”. Me dirigí al andén inmediatamente. […]

Las puertas del tren estaban cerradas. Era el número A725K, un convoy de diez vagones. Parecía a punto de partir. Me di cuenta de que había manchas en el suelo por todas partes. Parecía parafina o algo así. Vi aquella cosa derramada junto a la segunda puerta de uno de los vagones de la parte delantera. Había un montón de papel de periódico que cubría un paquete. Takahashi estaba en el andén y trataba de limpiar aquella cosa con los papeles. Era obvio que con un simple recogedor no bastaría para retirar todo aquel montón de papeles. Le dije a Takahashi que iba a buscar bolsas de plástico y regresé a la oficina. “Hay algo derramado en el andén que parece parafina. Necesito una fregona. Vengan a ayudar todos los que estén libres.” Okazawa le pidió a alguien que le relevara y me siguió. Por megafonía de la línea Hibiya anunciaron que el servicio había quedado suspendido.

El gas sarín me afectó, así que mis recuerdos son imprecisos en cuanto al orden en el que se sucedieron los acontecimientos. Como ya he dicho antes, había un montón de papeles de periódico que cubrían un paquete. Me agaché, lo recogí y lo metí en la bolsa de plástico que sujetaba Okazawa. No tenía ni idea de qué era aquel líquido que lo impregnaba todo. Era pegajoso, una sustancia aceitosa. La corriente de aire que produjo el tren al entrar en la estación no llegó a mover los papeles debido al peso. Hishinuma vino a ayudarnos. No olía a parafina ni a ningún otro derivado del petróleo. ¿Cómo podría describirlo? Es difícil de explicar. El olor le provocaba náuseas a Okazawa. A mí también me resultaba muy desagradable. Me recordó una ocasión en la que asistí a una incineración en mi tierra natal. Era muy fuerte, parecido al hedor que desprende una rata muerta. […]

Tenía ganas de vomitar. Apenas me entraba aire en los pulmones. Hishinuma y yo nos desmayamos más o menos en el mismo momento. Nos quejábamos de los mismos síntomas. Su voz aún resuena en mi in-terior: “¡Ay, ay! ¡Duele! ¡Duele mucho!”. También oigo las voces de los que estaban a nuestro alrededor: “¡Aguantad! La ambulancia viene de camino”. Después de eso, ya no recuerdo nada más.

En ningún momento pensé que fuera a morirme. Creo que Takahashi tampoco. Al fin y al cabo, iba a venir una ambulancia para llevarnos al hospital y allí se harían cargo de nosotros. Estaba más preocupado por el trabajo, por lo que tenía que hacer, que por cualquier otra cosa. Me salía espuma por la boca.


“El día después del atentado le pedí el divorcio a mi mujer”

Mitsuteru Izutsu (38). El señor Izutsu importa langostinos para una gran empresa alimentaria con sede en Tokio.

“Resulta extraño, sabe. Cuando estaba de viaje en Sudamérica, unas personas de la embajada japonesa en Colombia me invitaron a un karaoke. Íbamos a volver al día siguiente pero en el último momento les propuse cambiar de lugar. Ese mismo día una bomba hizo saltar el local por los aires. Cuando volví a casa, respiré aliviado: “Al menos Japón es un país seguro”, pensé. Al día siguiente ocurrió el atentado. (Risas.) ¡Qué ironía! No, hablando en serio, en Sudamérica, en el sudeste asiático, la muerte siempre anda cerca. Para ellos es algo cotidiano, no como en Japón.

Le digo honestamente que el día después del atentado le pedí el divorcio a mi mujer. Estábamos mal desde hacía tiempo y durante el viaje le había ido dando vueltas al asunto. Había tomado la decisión de decírselo nada más regresar y, justo en ese momento, me pilló el atentado. A pesar de la gravedad de lo sucedido, ella apenas me hablaba. Llamé a casa para explicarle lo ocurrido, cómo me encontraba, en fin, todos los detalles. Casi no reaccionó. Es posible que no lograse hacerse una idea exacta de lo que había pasado pero en ese momento me di cuenta de que habíamos llegado a un punto de no retorno. O quizás el estado en el que yo me encontraba me hacía verlo así. Sí, es probable que más bien se tratara de eso. Abordé el asunto sin más dilación y le pedí el divorcio. Si no hubiera ocurrido el atentado, no lo habría hecho tan de improviso. Puede incluso que no le hubiera dicho nada”.


“Pensé que no podía faltar a clase”

Yasuke Takeda (15). Takeda acaba de empezar segundo de bachillerato. Acudió a la entrevista con su madre.

“Siempre subo al vagón por la puerta de atrás porque está más cerca de la salida para el transbordo. Pero aquel día no llegué a tiempo y lo hice por la de en medio. Me quedé de pie, distraído. No sé por qué, pero de pronto sentí sofocos y no por respirar mal. “¿Qué me pasa?”, me pregunté. Era una cosa rara, tenía dificultad para respirar pero a la vez podía hacerlo con normalidad. No, no recuerdo que oliese a nada especial. Miré el plano del metro y de repente mi vista se oscureció, aunque en ese momento no hice mucho caso. Mientras me planteaba qué hacer, hubo otro anuncio: “Algunas personas se han desmayado en la parte de delante del andén. Hay un objeto sopechoso a bordo. Diríjanse a la salida, por favor”.

-¿Qué pensaste cuando oíste “objeto sospechoso”? Pensé: “¿Qué será eso?”, aunque en realidad no hice mucho caso. Soy optimista por naturaleza (Risas). Lo primero que pensé fue que no podía faltar a clase a pesar de que la interrupción de la circulación en el metro era una excusa más que justificable. […] Pasé el torniquete y salí a la calle para llamar a casa. Mientras subía la escalera, vi a mucha gente agachada que se tapaba la boca con un pañuelo. Pensé que era a causa del “objeto sospechoso”. Yo también respiraba con dificultad, pero pronto me olvidé porque lo más importante para mí en ese momento era que no iba a ir a clase (Risas.)”


“Siempre fue muy cariñoso. Incluso lo parecía más antes de morir”

Yoshiko Wada (31). Viuda de Ijii Wada. La señora Wada estaba embarazada cuando murió su marido. Su hija, Asuka, nació poco después. Salimos a cenar. Se moría de ganas de ir a trabajar al día siguiente. Se había tomado libre el viernes, pero se acercaba el 1 de abril, la fecha en la que debía finalizar la obra y tenerlo todo preparado, y que ocupaba sus pensamientos. Aquel lunes iban a celebrar algo. Estaba impaciente.

Creo que tuvo una premonición. Después de desayunar me dijo: “Si alguna vez me ocurre algo, ya sabes que tienes que resistir y luchar”. Lo dijo como si nada, me pilló completamente desprevenida. Le pregunté: “¿Por qué dices eso?”. Resulta que en la nueva oficina iban a instaurar un sistema de turnos de trabajo y tendría que dormir fuera de casa dos noches. Algunos días ya no podría volver y quería estar seguro de que era capaz de arreglármelas yo sola. De todos modos, si tenía que pasar dos noches fuera, eso quería decir que tendría tres días libres que podría aprovechar para estar con el bebé. Era una perspectiva maravillosa.

Salió de casa a las 7:30. Me despedí de él, fregué las cosas del desayuno, me entretuve un rato con esto y aquello y me senté a ver un programa matutino. En la tele aparecieron unos subtítulos en los que informaban de un incidente en la estación de Tsukiji. No me preocupé, porque creía recordar que me había dicho que iba a tomar la línea Marunouchi. A las 9:30 me llamaron de la empresa: “Al parecer se ha visto atrapado en todo ese lío”, me dijeron. Al cabo de un rato llamaron de nuevo: “Le han llevado al Hospital de Nakajima. Le daremos todos los detalles para que pueda ponerse en contacto con él directamente”. Llamé de inmediato, pero en el hospital reinaba una confusión total: “Ni siquiera podemos decirle quiénes están aquí ingresados”, me dijeron antes de colgar.

Justo antes de las 10 volvieron a llamar: “Su marido está grave. Venga al hospital lo antes posible”. Estaba a punto de salir de casa cuando sonó de nuevo el teléfono: “Lamento comunicarle que su marido acaba de fallecer”. Creo que fue su jefe el que llamó. No dejaba de repetir: “Mantenga la calma señora Wada, mantenga la calma”.

Aquella hora en el taxi fue una auténtica tortura. El corazón me latía tan fuerte que pensaba que se me iba a salir por la boca. Pensé: “¿Qué hago si el bebé nace ahora?”. Pero también pensé: “No puedo estar segura hasta que vea su cara. No lo creeré hasta que lo vea con mis propios ojos. Es imposible que haya sucedido una cosa así.


“Era como un experimento con seres humanos”

Hajime Masutani (1969). Masutani nació en 1969, en la prefectura de Kanagawa. Su familia era “de lo más normal”, pero él empezó a sentirse extraño y acabó casi sin hablar. No le gustaban los deportes ni la escuela pero sí dibujar. estudió arquitectura. Miembros de algunas nuevas religiones se pusieron en contacto con él. Aum Shinrikyo era la más atractiva y se adhirió. Después del atentado criticó algunas decisiones de Aum y lo encerraron incomunicado. Se sentía en peligro y huyó. Por eso lo expulsó Aum.

“Otra nueva práctica de aprendizaje era colgar a la gente boca abajo. Todo el que violaba los mandamientos era atado por los pies con cadenas y colgado boca abajo. Dicho así no parece muy grave, pero era tortura, ni más ni menos. La sangre le chorreaba a uno piernas abajo y parecía que te las fueran a arrancar. Violar los mandamientos abarcaba desde romper el voto de castidad teniendo relaciones con una chica hasta que sospecharan que éramos espías o teníamos tebeos… El cuarto en el que yo trabajaba entonces estaba justo debajo del dojo de Fuji y oía los gritos de la gente, verdaderos alaridos de dolor, gente gritando: “¡Matadme! ¡Evitadme este sufrimiento…!” Eran gritos casi inhumanos, como los que daría alguien sometido a un dolor atroz. “¡Maestro, maestro, ayúdame! ¡No lo haré más!” Cuando oía esto, se me ponían los pelos de punta. No me explicaba qué sentido tenía aquellos. Pero lo más extraño es que muchas de las personas que fueron tratadas así siguen en Aum. Los torturaron, estuvieron a punto de morir, y pensaron: “Fui capaz de superar las pruebas que me pusieron. ¡Gracias, oh, gurú!”

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