Las abuelas de Carlos Fuentes

Mil bosques en una bellota’ (Duomo Ediciones) recopila las aspiraciones literarias y las preocupaciones de escritores en lengua española, con fragmentos escogidos por ellos mismos. Veintiocho autores entre los que se encuentran, entre otros, Mario Vargas Llosa, Ana María Matute, Eduardo Mendoza, Javier Marías y Rafael Chirbes. Además, incluye la sección En conversación con los difuntos, donde los diversos escritores repasan las influencias más notables en su literatura. En el caso de Carlos Fuentes, fueron sus dos abuelas. Aquí puede leerlo.

En conversación con los difuntos

“Mis difuntos son todos los antepasados que recuerdo (muy pocos) y todos los que no puedo recordar (la inmensidad). Soy quien soy gracias a ellos. Pero cito especialmente a mis abuelas. Cuando tenía cuatro años llegué a Washington D.C., asistí a la escuela pública y mis padres me exigieron que cada verano volviera a México y me quedara con mis abuelas para no olvidar el español. Así que les debo a ellas la lengua. Una era de Veracruz, la otra de Sonora -dos extremos de México y dos personalidades muy distintas. La madre de mi padre era alemana, muy estricta y disciplinada. Su marido quedó paralítico y ella abrió una pensión y cada domingo íbamos a las pirámides, lo cual fue algo esencial en mi formación. Era maravillosa, una personalidad severa, y no hacía chistes ni nada por el estilo. La veneraba tanto como a mi otra abuela, que mantuvo a sus tres hijas cuando su marido murió y se hizo profesora de repostería, de la gran repostería mexicana. Su viejo amigo Álvaro Obregón fue presidente de México -cuando era niño llevaba la leche a casa de ella-, y le pidió un puesto en la Secretaría de Educación que dirigía el gran José Vasconcelos. Y así se volvió inspectora de escuelas. Después consiguió marido para cada una de sus tres hijas, pero era un infierno para los yernos, a los que chinchaba y regañaba. Uno de ellos era general y una vez le dijo: “Sólo ha tenido batallas conmigo, general, y las ha perdido todas”. Y a los otros les decía “¿No los educaron en su casa?”.

Se llevaba muy bien con mi padre, pero era como un pájaro que picoteaba la grandeza de otros hombres. Sin embargo, sus hijas la querían tanto como sus nietos. Era del norte del país, del pueblo minero de Álamos y de Mazatlán, la ciudad del poeta; con miles de recuerdos. Y me hizo leer a Eça de Queirós. Cuando hice la transición de las lecturas infantiles a las de adultos, ella me acompañó y decía que tenía que leer a Eça de Queirós; que era muy importante. Mi otra abuela me daba horrorosos libros para niños, que trataban de muertes y mutilaciones y secuestros. Se titulaban Las tardes en la granja y un anciano que se llamaba Palemón se sentaba con los niños y les contaba aquellas historias horripilantes. Para mí estas fueron dos influencias muy importantes, aparte de muchas otras, pero quería elegir a estas dos. Las abuelas siempre se quedan con uno, después te vas con Faulkner.”

Coda
Su vida lo ha llevado a vivir en muchos países y a tener que comunicarse en muchas lenguas. ¿De qué manera lo ha afectado esto como escritor?

Fue un privilegio haber tenido aquella infancia, viviendo en México, luego en Chile y Argentina. Pero también estaba anclado a un periodo muy nacionalista de la literatura mexicana, y los escritores tenían que ser nacionales. Me acuerdo cuando Alfonso Reyes, nuestro gran polígrafo, fue atacado por estos adláteres nacionalistas acusándolo de que “si habla de Grecia, ¿por qué no habla de México?”. Más tarde se demostró que él también escribía de México, sólo que no lo habían leído. Todo aquello se ha esfumado, ya no es un deber. La generación más joven de escritores mexicanos puede escribir de Alemania o Rusia o sobre lo que se les antoje sin ninguna obligación con la nación mexicana. Pero más allá de eso, hay escritores como Günter Grass, Nadine Gordimer, Juan Goytisolo o Philip Roth, que por casualidad escriben en una lengua u otra, o tienen una nacionalidad u otra, pero no son parte del simplista canon nacionalista. Por fortuna, porque era muy limitador y nocivo. Estoy orgulloso, entonces, de que por mi formación fuese ajeno a ese sentimiento nacionalista. Me lo reprochaban cuando empecé a escribir; se decía “No escribe de México, escribe de brujas y tonterías” y luego escribí una novela muy mexicana, La región más transparente, y se dijo “Sólo escribe sobre México porque no sabe de otra cosa”. Lo que se aprende es que no hay que molestarse por lo que dice la gente, se escribe para uno mismo y para las abuelas dondequiera que estén y no hay que preocuparse de la crítica. Me siento muy independiente en ese sentido, e íntimamente conectado con mis amigos que también son escritores y que lo son más allá de su nacionalidad y, a veces, de su posición política. Aún admiro a Borges como escritor, por ejemplo.

Ha sido muy generoso con las generaciones más jóvenes, dando medios y hasta refugio desde que residía en París hasta hoy.

La literatura no pertenece a nadie. Nosotros pertenecemos a una tradición. Hay una relación directa entre creación y tradición. Creas para conservar la tradición, y la tradición te da las herramientas para crear algo nuevo. Así que eso siempre te pone en línea con autores anteriores y posteriores. Puede parecer egoísta ayudar a tantos escritores jóvenes porque sin ellos ¿dónde estaría yo? Conozco a muchas figuras que, a raíz de su aislamiento, han desaparecido, y realmente tengo una gran admiración por varios escritores jóvenes y les doy una mano si puedo. En París, en 1960, sólo había cuatro autores mexicanos publicados, Mariano Azuela, con Los de abajo, Octavio Paz, con El laberinto de la soledad, Juan Rulfo, con Pedro Páramo, y yo. Hace dos años fui a la Feria del Libro en París, dedicada a México, y había cuarenta y dos autores mexicanos publicados en Francia. Hay unos quinientos escritores interesantes en Latinoamérica en la actualidad, algo extraordinario. ¿Qué pasó? Primero, ganamos las guerras de independencia a España, y por ello tuvimos que cortar con todo lo que parecía español. Tuvimos que imitar a Europa y a Estados Unidos, pues teníamos mucho realismo, mucho naturalismo, muchas Nanás mexicanas por ahí. Luego ocurrieron muchas otras cosas; estaba Borges; creo que Borges fue muy, muy importante al afirmar que se podía escribir sobre lo que se quisiera. Cualquier cosa que viniera a la cabeza, la literatura está abierta. Mucha gente no se da cuenta de que él es descendiente de Machado de Assis.

Y luego estuvieron Carpentier y Lezama Lima y Onetti, que fueron muy importantes, y luego los escritores más jóvenes como Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa y yo. Así el espectro se hizo más amplio y cada generación daba diez o doce escritores nuevos. Además, sentíamos la obligación de decir lo que no se había dicho. Las novelas fueron prohibidas por la corona española durante la Colonia. Luego tuvimos esa literatura de imitación en el siglo XIX. Había muchas cosas por decir que no se habían dicho. Las dijimos. Ahora la generación más joven no tiene esa obligación y escriben sobre lo que está pasando hoy. No se pueden clasificar, no se puede decir “éste es su tema”, “esto es lo que están representando”. Representan la diversidad de la cultura contemporánea latinoamericana.

Pablo Neruda me dijo una vez que todos tenemos una obligación con nuestros pueblos, íbamos por ahí con los mexicanos o chilenos a cuestas y debíamos escribir por ellos porque no tienen otra voz. En la actualidad eso ya no es cierto. Está la prensa, el congreso, los partidos políticos, hay sindicatos, es decir, que ahora si uno habla en público es porque quiere hacerlo y no porque está obligado a ello. Y se respeta a las personas que no lo hacen. Es una organización mucho más moderna y creativa donde no se está obligado por dogmas o lealtades ajenas a la literatura.

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