Autora: Muriel Barbery

Muriel Barbery, autora de La elegancia del erizo, regresa con una historia sobre dos niñas que están en contacto con el mundo de los elfos.

LA PEQUEÑA DE LAS ESPAÑAS

La pequeña pasaba la mayor parte de su tiempo libre en las ramas. Cuando no sabían dónde encontrarla, iban a los árboles, primero a la gran haya que dominaba el cobertizo del norte y donde le gustaba soñar observando el movimiento en la granja, luego al viejo tilo del jardín del cura tras el murete de piedras húmedas y, por último, y era lo más habitual en invierno, a los robles de la hondonada oeste del campo contiguo, una parte del terreno plantado con las tres especies más hermosas de la región. La pequeña moraba en los árboles todo el tiempo que podía hurtar a una vida de pueblo hecha de estudio, de comidas y de misas, y a veces invitaba a algunos compañeros de la escuela, que se maravillaban de las explanadas ligeras que había acondicionado y pasaban allí días plenos charlando y riendo.

Una tarde en la que se encontraba en una rama baja del roble del centro, aunque la hondonada se estaba llenando de sombra y sabía que irían a buscarla para que regresara a casa, decidió cruzar el prado e ir a saludar a los carneros del vecino. Se puso en camino rodeada por la niebla naciente. Conocía cada matorral en un perí- metro que iba desde los contrafuertes de la granja de su padre hasta las fronteras de la de Marcelot; podría haber cerrado los ojos y haberse orientado como bajo las estrellas por las ondulaciones de los campos, los juncos del arroyo, las piedras de los caminos y las inclinaciones de las cuestas suaves; en lugar de eso, y por un motivo particular, los abrió de par en par. Alguien andaba en la niebla a apenas unos centímetros de ella, alguien cuya presencia le encogía el corazón de una manera extraña, como si el órgano se replegara sobre sí mismo mostrándole curiosas imágenes: vio un caballo blanco en un sotobosque cobrizo y un camino adoquinado de piedras negras que relucían bajo la espesura.

Hay que decir qué clase de niña era el día de aquel notable acontecimiento. Los seis adultos que vivían en la granja —el padre, la madre, dos tías abuelas y dos primas mayores— la adoraban. Tenía un encanto que no se parecía al de los niños cuyas primeras horas han sido clementes, esa especie de gracia nacida de la mezcla de ignorancia y de felicidad; no, era más bien un halo irisado que uno veía cuando se movía y que los espíritus forjados en los pastos y en los bosques comparaban con las vibraciones de los grandes árboles. Sólo la tita de más edad, en virtud de una inclinación especial por lo que carece de explicación, pensaba para sus adentros que había algo mágico en la pequeña, pero lo que se daba por supuesto era que se movía de una manera inusual en alguien tan joven: llevaba consigo algo de la invisibilidad y del temblor del aire, como las libélulas o los ramos en el viento. Por lo demás, era muy morena y muy viva, un poco flaca pero muy elegante; tenía los ojos como dos obsidianas relumbrantes; la piel mate, tostada; un arrebol circular en lo alto de los pómulos un poco eslavos; los labios muy perfilados y del color de la sangre fresca. Una belleza. ¡Y qué carácter! Siempre corriendo campo a través, echándose sobre la hierba y quedándose a mirar el cielo demasiado grande, cruzando el arroyo descalza, incluso en invierno, por el frescor o el mordisco del frío, y contando a todos con la seriedad de un obispo las grandes y pequeñas cosas de sus días al aire libre. A la vez, traslucía una ligera tristeza, como suele ocurrirles a las almas cuya inteligencia desborda la percepción y que, por los indicios que están en todas partes, incluso en los lugares protegidos, aunque sean muy pobres como donde ella había crecido, ya presienten las tragedias del mundo. Así, fue esta joven rama ardiente y secreta la que sintió junto a ella en la niebla de las cinco de la tarde la presencia de un ser invisible del que sabía, con más certeza de la que el cura predicaba que el buen Dios existía, que era a la vez amistoso y sobrenatural. No tuvo miedo, pues. En lugar de eso, torció en su dirección, manteniendo el rumbo que había decidido antes, el de los carneros. Algo le dio la mano. Era como si hubieran envuelto una enorme mano en una madeja ligera y tibia que formaba una zarpa suave en la que se hundía su propia mano, pero ningún hombre podría haber apretado así con la palma, de la que sentía, a través del ovillo sedoso, los huecos y los bultos de una pata de jabalí gigante. En aquel instante fueron hacia la izquierda, casi en ángulo recto, y ella comprendió que se dirigían hacia el bosquecillo rodeando los carneros y la granja de Marcelot. Allí había un baldío lleno de una bonita hierba tupida y húmeda que subía en una pendiente suave y luego llegaba a la colina por un paso zigzagueante, hasta desembocar en un hermoso bosque de álamos rebosante de fresas y de vincapervincas que formaban un tapiz, un bosque donde, hasta hacía poco, cada familia tenía derecho a cortar madera cuando caían las primeras nevadas. Por desgracia, aquella época ha pasado, pero hoy no hablaremos de ello, por tristeza o por olvido, y porque a esta hora la pequeña corre delante de su destino estrechando con fuerza una pata de jabalí gigante. Era una tarde del otoño más clemente en mucho tiempo. Aún no habían dejado las manzanas y las peras en los zarzos de madera del sótano para que se arrugaran, y durante todo el día llovían insectos ebrios de la gran cosecha de los viñedos. Y además en el aire había una especie de languidez, un suspiro perezoso, una apacible certeza de que las cosas no se acabarían nunca, y aunque los hombres trabajaran como de costumbre, sin descanso y sin queja, gozaban secretamente de aquel interminable otoño que les decía que no se olvidaran de amar.

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