Probablemente la mujer más odiada en su país de adopción, Emma Goldman fue una de las pensadoras y activistas más interesantes de comienzos del siglo XX. Claramente adelantada a su época, sus escritos y conferencias abarcaron una amplia variedad de temas, incluyendo las prisiones, el ateísmo, la libertad de expresión, el militarismo, el capitalismo, el matrimonio, el amor libre, el control de la natalidad y la homosexualidad; desarrollando incluso nuevas maneras de incorporar la política de género en el feminismo y el anarquismo.

 

El día 15 de agosto de 1889 llegué a la ciudad de Nueva York. Todo lo que hasta entonces había sido mi vida quedaba ahora atrás, desechado como un vestido viejo. Ante mí se abría un mundo nuevo, desconocido y aterrador, pero yo poseía juventud, salud y apasionados ideales. Estaba decidida a enfrentarme sin pestañear a lo que me deparara lo nuevo.

Recuerdo muy bien ese día. Era domingo. El tren de la Costa Oeste, el más barato, el único que podía permitirme, me había llevado de Rochester, una población situada en el noroeste del estado de Nueva York, a Weehawken a las ocho de la mañana. Desde allí crucé en ferry a la ciudad de Nueva York. No tenía allí amigos, pero llevaba tres direcciones: una de una tía mía casada, otra de un joven estudiante de medicina al que había conocido en New Haven el año anterior, cuando yo trabajaba allí en una fábrica de corsés, y la dirección de Die Freiheit, el periódico anarquista alemán que publicaba Johann Most.

Mis posesiones consistían en cinco dólares y una pequeña maleta. También había facturado mi máquina de coser, que me ayudaría a ser independiente. Ignorante de la distancia entre la calle Cuarenta y dos y el barrio Bowery, donde vivía mi tía, y no consciente del calor sofocante de un día de agosto en Nueva York, emprendí el camino a pie. ¡Qué confusa e interminable le resulta una gran ciudad a un recién llegado! ¡Qué fría y hostil!

Después de seguir muchas indicaciones correctas e incorrectas y hacer muchas paradas en cruces desconcertantes, tres horas más tarde, llegué a la galería fotográfica de mi tía y mi tío. Cansada y sofocada, en ese primer momento no percibí la indignación contenida

de mis parientes ante mi llegada inesperada. Me rogaron que me pusiera cómoda, me dieron de desayunar y me asaetearon a preguntas. ¿Qué hacía en Nueva York? ¿Había roto definitivamente con mi marido? ¿Tenía dinero? ¿Qué pensaba hacer? Me dijeron que, por supuesto, podría quedarme con ellos. «¿Dónde si no podría ir una mujer joven sola en Nueva York?» Aunque tendría que buscar inmediatamente un trabajo. El negocio no iba bien y la vida estaba muy cara.

Aletargada, yo escuché todo aquello. Después de haber pasado viajando la noche en vela y haber recorrido media ciudad bajo el calor del sol, que aún pegaba fuerte, estaba agotada. Las voces de mis parientes sonaban distantes, como el zumbido de las moscas, y me mareaban. Con mucho esfuerzo me recompuse y les aseguré que no había acudido para imponer mi presencia, que tenía un amigo en Henry Street que me estaba esperando y que él me alojaría. Mi único deseo era salir, escapar de ese escalofriante parloteo. Cogí mi maleta y me fui.

El amigo que había inventado para escapar de la «hospitalidad» de mis parientes era apenas un conocido, un joven anarquista llamado A. Solotaroff, a quien había escuchado una vez dar una charla en New Haven. Emprendí su búsqueda. Después de dar muchas vueltas encontré su casa, pero el inquilino se había marchado. El conserje, al principio muy brusco, advirtió mi desesperación. Me dijo que preguntaría por la dirección que dejó la familia al mudarse. Enseguida regresó con el nombre de la calle, pero sin el número. ¿Que podía hacer yo? ¿Cómo encontrar a Solotaroff en esa enorme ciudad? Decidí detenerme en todos los portales, primero por un lado de la calle, después por el otro lado. Arriba y abajo, seis pisos de escaleras, subí y bajé con el corazón desbocado y los pies agotados. Aquel opresivo día llegaba a su fin. Finalmente, cuando estaba a punto de abandonar la búsqueda, lo encontré en Montgomery Street, en la quinta planta de una casa de vecinos bulliciosa y atestada…..

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