Autor: Fred Vargas

 

Ya solo quedaban veinte metros, veinte pequeños metros por recorrer para llegar al buzón; resultaba más difícil de lo previsto. Es ridículo, pensó, no existen metros pequeños o metros grandes. Hay metros y punto. Es curioso cómo a las puertas de la muerte, desde esa posición eminente, seguimos pensando en fútiles bobadas, cuando se supone que uno va a enunciar alguna fórmula de importancia, de las que quedarán inscritas con hierro candente en los anales de la sabiduría humana. De las que se divulgarán luego por doquier: «¿Sabe usted cuáles fueron las últimas palabras de Alice Gauthier?»

Aunque no tenía nada memorable que declarar, sí tenía un mensaje decisivo que transmitir, uno que se inscribiría en los anales de la infamia humana, infinitamente más vastos que los de la sabiduría. Miró la carta que temblaba en su mano.

Vamos, dieciséis pequeños metros. Desde el portal de su edificio la vigilaba Noémie, lista para intervenir a la primera vacilación. Noémie lo había intentado todo para impedir que su paciente se aventurara sola por la calle, pero el muy imperioso carácter de Alice Gauthier la había vencido

—Ya. ¿Para que lea usted la dirección por encima de mi hombro?

Noémie se había sentido ofendida, ese no era su estilo.

—Es el estilo de todo el mundo, Noémie. Un amigo mío (un viejo truhán, por lo demás) me decía siempre: «Si quieres guardar un secreto, guárdalo». Yo he guardado uno durante mucho tiempo, pero me estorbaría para subir al cielo. Y eso que, aun así, tampoco es que tenga el cielo ganado, que digamos. Quítese de en medio, Noémie, y déjeme ir.

Date prisa, Alice, o Noémie vendrá corriendo, demonios. Apoyada en su andador, logró desplazarse nueve metros, al menos ocho metros largos. Pasar la farmacia, luego la lavandería, luego el banco y ya habría llegado al pequeño buzón amarillo. Cuando comenzaba a sonreír por la inminencia de su éxito, se le nubló la vista y se soltó, derrumbándose a los pies de una mujer de rojo, que la recibió en sus brazos con un grito. El contenido de su bolso se desparramó por el suelo, la carta se le escapó de la mano.

La farmacéutica acudió, preguntando, palpando, afanándose, mientras la mujer de rojo guardaba dentro del bolso de mano los objetos esparcidos y lo depositaba a su lado. Su efímero papel tocaba a su fin, los servicios de emergencia estaban en camino, ya no le quedaba nada que hacer allí, se levantó y retrocedió. Le habría gustado resultar útil todavía, permanecer un poco más en la escena del accidente, al menos dar su nombre a los bomberos que llegaban en tropel, pero no, la farmacéutica había asumido el mando de las operaciones con la ayuda de una mujer presa del pánico que afirmaba ser su enfermera: gritaba, lloraba un poco, la señora Gauthier se había negado en rotundo a que la acompañara, vivía a tiro de piedra, en el 33 bis, ella no había cometido ninguna negligencia. Estaban cargando a la mujer en una camilla. Vamos, hija, esto ya no es asunto tuyo. …………………..

 

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