Por Horacio Quiroga

Una vez le preguntaron a Quiroga cómo escribía sus cuentos, a lo que él respondió: «Sospecho que los construyo como aquel que fabricaba los cañones haciendo ante todo un largo agujero que, luego, rodeaba de bronce». Su obra autobiográfica, , esconde la historia de esos agujeros: una larga sucesión de tragedias que Quiroga exorcizó a través de la ficción. El Diario de viaje a París es el único testimonio de la estancia de Quiroga en la capital francesa durante la Exposición Universal de 1900. Sus páginas, que contienen anotaciones literarias y valiosas observaciones sobre la atmósfera de la ciudad, son sin embargo la historia de una decepción. «Créame -escribió Quiroga a un amigo-, yo fui a París sólo por la bicicleta».

PRIMERA LIBRETA
20 de marzo, Salto. [En blanco].

21 de marzo de 1900, 7 a. m. A bordo del Montevideo. Cuesta mucho hacer un viaje, aunque la distancia a que nos alejemos sea corta. El principio de inercia parece retratarse en el cerebro, y se sufre con la traslación de los puntos de mira afectivos. Y cuando nos alejamos por mucho tiempo, lejos, muy lejos, el espíritu siente la sacudida de un presentimiento que nos ahoga. Es pena abandonar la ciudad en que se ha vivido, los amigos, las costumbres, los horizontes, la familia, los cielos; quebrar con todo lo que ha apoyado el índice en nuestros sentimientos buenos, y ha respondido con un canto a nuestros deseos de agradar; acariciar tristemente en nuestra retina la suprema visión de nuestros buenos padres y amigos que nos despiden con pañuelos… pero nada es todo esto; cuando hay una niña1 que queda llorando por nosotros en su cuarto, solita y temerosa de que la oigan.
¡Cuánto te quiero, mi alma! Todo es para ti, mi vida y mi desolación. De nada me he acordado cuando partía. Todos mis amigos estaban a bordo y me rodeaban y me despedían calurosamente. Sólo tú faltabas. Pero estoy seguro de que en ese angustioso momento no dudabas de mí y hallabas las más olvidadas oraciones de niña para angelicar tus lágrimas. Hoy vas a la iglesia. No sé lo que rezarás. Creo, sí, que en este momento, 8 a. m. en que estás en […] misa, a pesar de todo, de todo, pensarás en mí.
He sentido algo nuevo. Estoy a bordo, pronto a partir para un largo viaje; tener un cielo nublado en los ojos, y en el alma el retrato de una niña queridísima que se queda en la ciudad; ponerse en marcha el vapor, y sentir de pronto las tres pitadas del buque, desgarradoras e interminables, como una desmesurada despedida al cielo y la tierra y es cosa que angustia recordarlo, recostado en la borda, inmóvil y mirando fijamente la ciudad por despertarse, con las ojeras de una angustiosa noche de asma2 y en el corazón la irremediable certidumbre de que no la veremos más, ni hoy, ni mañana, ni dentro de un mes, ni quién sabe cuándo, y que no hemos podido despedirnos de ella…
4 p. m. Siento un poco de calma. Parece que las nueve horas transcurridas se han dilatado en mi existencia. Ya no pienso tanto en que he dejado de verla, sino en que la voy a ver. En días como este se vive mucho y hondamente, en lo hondo de los nervios, en el epigástrico desfallecimiento de las emociones continuadas y nostálgicas.
Hubiera querido hablar con ella, sin embargo. La he visto ayer, contra todo […] lo que me esperaba; y si algo quedará por siempre en mi memoria, es el corto minuto en que la miré cuando volvía de noche con su mamá.¡Pobrecita! Sin duda sentía lo que yo, porque no caminaba bien. Llevaba la cabeza inclinada, y cuando al subir la escalera quedó rezagada para volverse y mirarme, despacio lentamente, dolorosamente, sentí enormes deseos de cruzar la calle y correr a arrodillarme. Que sus manos se posaran en mi cabeza y estaba contento. No puede haber hombre malo cuando una mujer le quiere. El amor es la suprema redención. Mucho nos conmueve pensar que es hermosa, buena, inteligente la niña que acaso pueda amarnos; pero cuando decimos sencillamente: me quiere, el alma se torna un niño querido. Ese es el gran atractivo de todas las mujeres, en todos los casos y en todos los hechos. Nos hacemos grandes al recordar que un sencillo y tierno corazoncito guarda y ama la imagen vulgar de cualquiera de nosotros.
Oigo este diálogo en la mesa:
-… es un estilo rarísimo.
-Sí, muchísimo. Todas las obras de Belot son así.
-Esta es muy buena.
-Hay otra, La mujer de fuego. Una gran cosa. ¿No conoce?
-No. ¡Qué buen novelista! Llevo leídas las tres cuartas partes y no conozco todavía, ni presumo siquiera el desenlace. Noto en esta ocasión que en iguales circunstancias
-cuando oigo que hablan de literatura- me crispo como un caballo árabe. Fijo mucho la atención sobre ciclismo, uotro asunto cualquiera que me domine. Pero la sensación primera es más poderosa, más íntima, más hiriente, como la que sentiría una vieja armadura solitaria que oyera de pronto relatar en voz baja una acción de guerra.
¿La vocación?…
22 de marzo. Mala noche. Bastante tranquilidad de espíritu, tal vez atonía, muy probablemente motivada por el acceso patológico.
Observo que el agua detrás de la hélice tiene un notable color de dulce de leche claro – Una hora antes de llegar a Montevideo, nótase perfectamente el límite del agua dulce a la salada. El color rojizo sucio se corta de momento.

23 de marzo, 6-10 p. m. Montevideo. En la plaza Independencia, en compañía de Jaureche, Delgado y Brignole.
¡Y pensar que a esta hora la estaría viendo!…

24 de marzo. Montevideo. Paso por la librería de Ibarra y entro caprichosamente:
-¿Lugones?…
-¡Qué tiene! ¿Cómo?…
-Si tienen libros de él.
-¿De Lugones?
-Sí.
Me observa el dependiente con cierta extrañeza y me dice con una semisonrisa de conmiseración y superioridad:
-¿De uno que escribe cuentos en Caras y Caretas?…
No puedo contener a mi vez una sonrisa y le respondo.
-De él mismo.
-No hay ninguno.

25 de marzo. No sé por qué; pero cada mujer hermosa que pasa al lado mío, cada gracia en la cabeza, cada ternura en los movimientos, me llevan enseguida a una silenciosa comparación y digo en mi interior: Ella es más dulce, más hermosa…
No sé hasta qué punto la visión de una belleza repetida puede operar en nosotros el olvido hacia lo que amamos. Antes bien, el cariño se afirma, tanto más cuanto que la nostalgia -esa suprema pálida- acompaña siempre nuestros movimientos y realidades. Y aun en el caso de que lleguemos a amar a otra, será una metempsicosis bizarra, deponiendo sobre la plasticidad que está delante nuestro, el cariño y ternura que ofreceríamos a la otra.
Acaso la edad, acaso el amor. Pero siento un infinito deseo de caricias, de ternura que sea para mí, de brazos blancos y suaves que me abracen amorosamente. No pienso en nada sin que desee ofrecérselo. Mi felicidad sería tenerla a mi lado, siempre, olvidándome de que estábamos casados. Toda mía, sin leyes. Todo suyo, por la fuerza de nuestros juramentos, y más que todo, por la ternura de nuestros abrazos. En Montevideo: un verdulero que compone botines y un afilador que compone paraguas, y un vendedor de naranjas que compone sillas.

28 de marzo. Acabo de escribirla. Me parece que la he visto y soy casi feliz.

30 de marzo, 6.10 p. m. A bordo del Città di Torino10. Llaman a comer y en ese momento partimos. He sentido antes de embarcarme algo notable, que no es presagio ni abatimiento, ni pérdida; es algo indefinible, vagamente punzante, fuertemente nostálgico, algo así como la impresión que queda en nosotros al despertar de un sueño en el cual hemos soñado una felicidad anhelada, una caricia de rubia, de la cual no podemos darnos cuenta con precisión. Mi madre hacía rato que lloraba en silencio; yo, ocupado en atar el baúl, sentía sobre mí su mirada, su mirada de madre. Sólo me dijo después de un rato de abrazarme llorando: ¡Dios te proteja, mi hijo! Y mis amigos en el muelle, la tarde nublada y lluviosa, todo quedaba, en mi casa, en el muelle, en el cielo.
Me parecía notar en la mirada de los amigos una despedida más que afectuosa, que iba más allá del buque, como si me vieran por última vez. Hasta creí que la gente que llenaba el muelle me miraba fijamente, como a un predestina

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