La memoria de los cien años que ha vivido Juan Rulfo entre nosotros (él y sus libros) está encriptada en tres títulos: Pedro Páramo, El gallo de oro y El llano en llamas.

Era un escritor tímido, callado, casi triste. Cuando yo lo conocí personalmente, en una recepción en el Colegio de México, en febrero de 1979, ya lo había leído y me pareció asombroso que aquel hombre no hablara casi nada. Había que arrancarle las palabras con preguntas y repreguntas, por eso sé que para él había un cuarto título que, creo, nunca dio a la luz de las imprentas: Días de floresta, me contestó cuando le pregunté, con una cierta insistencia impúdica, qué libro nuevo estaba escribiendo. Se quitó de la boca el pitillo que se estaba fumando, echó fuera de los pulmones el último humo, se echó un trago de Coca-Cola y después me dijo: “Días de floresta”. Le habían quitado el alcohol, al que había sido algo más que adicto y, según las leyendas literarias, le habían matado la idea de seguir escribiendo. Para esos personajes que me contaron en el Distrito Federal esa maldad, o a mí me lo pareció en principio, el trago de alcohol es lo que alimentaba el motor y los mecanismos de la escritura y la memoria en la cabeza de Rulfo.

Ahora podemos volverlo a leer y volver al asombro: de sus libros no se cae ni una página. Como si su memoria escrita no tuviera ya una edad suficiente para declararla eterna. Como si sobre ella, y sobre nosotros, no hubiera caído el viejazo del tiempo hace rato.

Yo estaba en casa de Taibo I en México. Había cuatro o cinco escritores más o menos “jóvenes”, gallitos que todo el tiempo hablaban y pedían luego la impresión de sus criterios a García Márquez, que ese día también estaba entre nosotros con su habitual silencio despierto. Alguien dijo, y esto creo haberlo contado ya varias veces, que Juan Rulfo no sabía de literatura. García Márquez lo miró con fijeza y luego dijo, en el silencio de la reunión: “No sabrá literatura pero sabe hacerla mejor que todos nosotros”. Él lo sabía bien porque cuando leyó Pedro Páramo llegó a la conclusión de que había tenido en sus manos la suerte de una obra maestra de la literatura universal. Durante una temporada, García Márquez le había dicho a su amigo Álvaro Mutis que nada de lo que estaba escribiendo le salía bien. Unos días después, Mutis llegó a casa de García Márquez y, nada más entrar en su estudio, le dijo: “¡Tome, para que aprenda!”, y le tiró un libro a la cabeza. Era un ejemplar de Pedro Páramo, una asombrosa lección de ficción literaria que contiene la vida entera en muy pocas páginas. De modo que entre Terra Nostra y Pedro Páramo, yo elijo la novela de Juan Rulfo. No le falta ni le sobra una palabra a ese texto mágico que tanta gente ha querido copiar sin que la suerte les haya acompañado en el plagio. Porque lo que no es plagiable no puede plagiarse y, además, como dirían los gitanos, es imposible.

Con el nombre de Pedro Páramo, el protagonista -tal vez- de la novela homónima, tengo yo una pendencia desde hace muchos años. La cuento una vez más. El embajador de España en México había organizado una recepción para algunos escritores que estábamos en la Feria del Libro del Palacio de Minería a principios de los años 80 del siglo pasado. De repente, entre las personas que se iban presentando, surgió una muy afable, joven y bien parecida. “Pedro Páramo”, me dijo impasible el joven cuando se me presentó. Creí que me estaba tomando el pelo y le contesté que si él era Pedro Páramo yo era el coronel Aureliano Buendía. “Encantado, Juancho”, me contestó con una sonrisa Pedro Páramo, entonces joven periodista, corresponsal de la gran revista Cambio16 en México. Siempre que nos vemos, en Asturias, Valencia o Madrid, recordamos con jolgorio la vez que nos conocimos en la embajada de España en México y terminamos hablando del escritor de Pedro Páramo y del mismo protagonista de la ficción.

Y sin embargo, bastante gente se ha atrevido a empezar su novela con las siguientes palabras: “Vine… a conocer…”. He leído dos o tres novelas de escritores españoles conocidos, y bien remunerados por el canon reinante, que comienzan como Pedro Páramo, como reconozco las concomitancias entre El gallo de oro y El coronel no tienen quien la escriba. Leyendo la novela de García Márquez me viene a la cabeza el cuento de Juan Rulfo, y viceversa. Pero nunca me atrevería, no sé si por decoro o vergüenza (o tal vez por las dos cosas y por un poco del talento que me queda y me reconozco), a empezar una novela como más o menos empieza Pedro Páramo.

Ahora se cumple un año del nacimiento del hombre y quiero recordarlo una vez más leyendo algunas páginas de sus obras. El cuento que comienza “Diles que no me maten” está muy bien para empezar.

 

Artículo de: Publicado por el día May 16, 2017

http://elcultural.com/blogs

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