Hubo un tiempo en Norteamérica, en la época inicial de las primeras colonias, en que blancos y negros gozaban de cierta igualdad jurídica, al menos sobre el papel. 

No es que no existiera la esclavitud sino que aún no había adoptado el carácter de pilar económico de aquellos territorios y, como figura legal, convivía con otra categoría laboral como era la del servant (sirviente, una especie de esclavitud light, temporal y por contrato).

Uno de esos servants que tan frecuentes se hicieron en Virginia fue Anthony Johnson, un negro originario de África, presuntamente nacido hacia el año 1600 y capturado en lo que hoy es Angola por una tribu enemiga que, como era habitual, le vendió a los esclavistas árabes y éstos, a su vez, se lo traspasaron a los traficantes negreros de la Virginia Company.

La Compañía de Virginia era el nombre común utilizado para referirse a las dos empresas (Virginia Company of London y Virginia Company of Plymouth) a las que el rey Jacobo I concedió licencia para fundar asentamientos en la costa este de América del Norte con la condición de que operasen separadas por un mínimo de cien millas.

La de Plymouth se instaló en la Bahía de Cheasepeake, en el actual estado de Maine, y tras crear la colonia de Popham cesó sus actividades. La otra lo hizo más al sur, en lo que hoy es Virginia, levantando una población a la que se puso el apelativo de Jamestown.

Logo de la Virginia Company/Imagen: ClipArt

Johnson llegó allí en 1621 a bordo del barco James. Su auténtico nombre se ignora porque fue registrado en el censo simplemente con el calificativo de a negro (literalmente, en español), aunque luego se le bautizó como Antonio.

En realidad hubo más antonios y no está claro que éste fuera el mismo que después alcanzó fama como Anthony pero es lo que cuenta la tradición. El caso es que fue vendido a un tal Bennet, un hacendado blanco que tenía una plantación de tabaco.

Es interesante recalcar que al africano no lo vendieron como esclavo exactamente sino como servant, lo que implicaba un contrato de trabajo legal y la manumisión al término de éste, normalmente tras un período entre cuatro y siete años, siempre que se comprometiera a quedarse en el lugar. Entretanto, sus condiciones laborales, aunque duras, eran mejores que las de los esclavos, con un trato más relajado y cierto margen de libertad en sus movimientos.

Anthony Johnson/Imagen: Alchetron

La mayoría de los negros de las colonias británicas de aquel período inicial se adscribían a esa modalidad, no a la esclavitud; de hecho, no sólo los negros puesto que también había servants blancos procedentes de otros países (fundamentalmente Escocia e Irlanda, a menudo convictos que redimían su pena por ese sistema).

Salvo los que tenían un compromiso de por vida, que de facto los convertía en auténticos esclavos, al cumplir el contrato los demás obtuvieron la libertad junto con tierras para trabajar. Algunos que prosperaron incluso compraron servants a su vez, como veremos.

El 22 de marzo de 1622, día de Viernes Santo, los indios atacaron Jamestown para vengar la muerte de uno de los suyos a manos de un blanco. La ciudad fue advertida a tiempo y pudo defenderse pero no así la treintena de haciendas que se repartían por los alrededores, con lo cual se produjo una tremenda masacre que acabó con unos cuatrocientos colonos, un tercio de la población.

Una de las plantaciones asaltadas fue la de Bennet, en la que los indios mataron a casi todo el mundo: sólo se salvaron cinco personas de un total de cincuenta y siete pero Antonio fue uno de ellos. Acababa de volver a nacer, como quien dice, y lo refrendó al año siguiente cuando se casó con una africana llamada Mary que fue incorporada a la hacienda.

La masacre de Jamestown en 1622/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ambos fueron liberados hacia 1635 y fue entonces cuando Antonio pasó a adoptar el nombre de Anthony Johnson, más acorde a su nueva situación y al carácter británico de la colonia.

De acuerdo con el headright, una figura jurídica concebida para fomentar el colonizaje mediante la concesión de parcelas a cambio del compromiso de trabajarlas y asumir los costes del traslado, formación y manutención de servants, con la libertad recibieron un lote de tierras que más tarde ampliaron hasta pasar a ser dueños de un centenar de hectáreas en Naswattock (Northampton, virginia), allá por 1651. Johnson aparece en el registro oficial por determinadas transacciones, como la compra de ganado y la contratación de cinco servants, cuatro de ellos blancos y el quinto negro.

No obstante, su vida no resultó fácil -no lo era para nadie en ese tiempo y en ese lugar- y aunque hubo algunas alegrías, como el nacimiento de varios hijos, también se encontraron con adversidades, caso de un incendio que casi destruyó todo lo que tenían en 1652.

Para afrontarlo, solicitaron por vía judicial una exención de impuestos que les fue concedida por la madre y las dos hijas -entonces se tributaba por miembros de la familia, no por las propiedades-, lo que en la práctica igualaba a las Jonhson con las féminas blancas, que también estaban libres de gravámenes. A tenor de las palabras de los jueces, se trataba de una familia trabajadora y estimada en la comunidad.

Ello no impidió que un año después hubiera un nuevo asunto en los tribunales, después de que John Casor, el servant negro, denunciara a Johnson por considerar que su contrato había expirado hacía siete años. El caso, algo confuso, se enmarañó más cuando un vecino llamado Robert Parker se entrometió contratando al demandante.

Johnson se sintió estafado y denunció a Parker exigiendo que se le restituyera a su sirviente. Tras una sentencia adversa y la correspondiente apelación, en la primavera de 1655 la corte de Northampton ignoró el testimonio de dos agricultores blancos que corroboraron la historia de Casor y ordenó que fuera devuelto a Johnson, quedando en propiedad de éste de por vida.

Anuncio dieciochesco de tabaco de Virginia/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fue la primera sentencia de la historia de las Trece Colonias que condenaba a alguien a servidumbre perpetua sin haber cometido ningún crimen. O dicho de otra manera, la primera que convertía en esclavo en la práctica a alguien; John Punch, al que mencionamos al comienzo, le había precedido en 1640 pero como consecuencia de un castigo por su intento de fuga, no por un pleito civil y ahí estaba el matiz.

Los tiempos en que la la ley estaba por encima de la raza empezaban a cambiar ante la evidencia de lo conveniente del esclavismo como base de la economía y la facilidad para ello, ya que la mayoría de los negros eran analfabetos y muchos apenas chapurreaban inglés, por lo que menos aún sabían interpretar sus contratos.

El propio Anthony Johnson constituye un ejemplo perfecto. Pese a que no sabía leer ni escribir, en 1657 un vecino suyo, Edmund Scarborough, presentó ante la justicia una presunta carta suya en la que admitía una deuda con él. Johnson no pleiteó y los jueces decretaron que se le embargaran cuarenta hectáreas para compensar al demandante.

Viendo el panorama, agravado por el creciente racismo en Virginia y rematado con la aprobación en 1665 del Partus sequitur ventrem, que cambiaba el derecho vigente en Inglaterra para otorgar a la vía materna en vez de la paterna la consideración jurídica del hijo (de manera que los niños de esclavas nacían esclavos), los Johnson optaron por trasladarse a Maryland.

La firma de Johnson/Imagen: Somerset County Court en Wikimedia Commons

Allí, en el condado de Somerset, arrendó ciento veinte hectáreas por un período de noventa y nueve años para cultivar tabaco. La plantación se llamó Tories Vineyards y en ella vivieron Anthony y Mary, prosperando económicamente, hasta la muerte de él en 1670; ella le siguió dos años más tarde.

En 1677 uno de sus nietos amplió las propiedades comprando otra finca a la que bautizó como Angola, en homenaje a la tierra originaria de su familia. Ésta dejó de aparecer en la documentación oficial en el segundo cuarto del siglo XVIII y su rastro se perdió, fundido con otros apellidos.

Anthony Johnson está considerado el decano de los africanos que lograron su libertad y pasaron a ser propietarios. Hasta pocos años antes de la Guerra de Secesión había casi cuatro millares de negros dueños de esclavos, lo que en algunos estados como Carolina del Sur equivalía al cuarenta y tres por ciento de los negros libres.

En ese mismo estado, sin ir más lejos, el mayor esclavista de la primera mitad del siglo XIX no era blanco sino un ex-esclavo negro manumitido llamado William Ellison -nombre tomado de su antiguo amo- que alcanzó más riqueza que la mayoría de los colonos blancos.

No todos eran ricos hacendados, por supuesto, sino que también había pequeños empresarios y artesanos, pero en total reunían más de doce mil setecientos esclavos. El negocio es el negocio y no hace distinciones entre razas.

 

 

agradecemos el presente material a: http://www.labrujulaverde.com/

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