Autor: Tom Wolfe

Ahora estamos en Miami

Tú…
Tú…
Tú… diriges mi existencia… Tú eres mi media naranja… mi Mackie Navaja; aquí, la agudeza consiste en que él quizá dirija uno de la media docena de periódicos más importantes de Estados Unidos, el Miami Herald, pero ella es quien lo dirige a él. Ella… lo dirige… a él. La semana pasada se le olvidó por completo llamar a Hotchkiss, el tutor del labio leporino retocado, al colegio donde estaba interno su hijo Fiver, y Mack, su media naranja, su Mack Navaja, se molestó con toda razón…, pero luego le cantó esa cancioncilla suya con la música de You Light Up My Life. Tú… diriges mi existencia… Tú eres mi media naranja, mi Mack Navaja, y ella, muy a su pesar, sonrió, y la sonrisa le cambió el estado de ánimo, que era el de estoy harta de ti y de tus frívolas manías. ¿Podría dar resultado otra vez…, ahora? ¿Se atrevería a intentarlo de nuevo?

De momento Mack era la que estaba al mando, conduciendo su flamante y adorado Mitsubishi Green Elf, híbrido y absurdamente pequeño, un vehículo chic y refinado desde el punto de vista de la moral de esta época. Merodeando entre las compactas hileras de coches estacionados en doble fila, retrovisor contra retrovisor, por la parte trasera de Balzac’s, el local nocturno que este mes era el más importante del siglo, un poco más allá de Mary Brickell Village, buscaba en vano un sitio para aparcar. Ella iba al volante de su coche. Estaba molesta también ahora -sí, de nuevo con razón- porque esta vez, debido a sus frívolas manías, se les había hecho tarde para llegar a tiempo al Balzac’s, de manera que insistió en conducir su Green Elf hacia ese restaurante de última moda, tan en la onda. Si hubieran ido en su BMW, con él al volante, no habrían llegado en la vida, porque iba muy despacio y era un conductor prudente hasta la exasperación…, y él se preguntó si realmente no había querido decir tímido y poco viril. En cualquier caso, ella asumió el papel masculino, el Elf voló hacia el Balzac’s como alma que lleva el diablo, y aunque habían llegado bien, Mack no estaba contenta.

A diez metros sobre la entrada del restaurante había un enorme disco compacto, de metro y medio de diámetro y cincuenta centímetros de grosor, con un grabado del busto de Honoré de Balzac «inspirado» -como llaman hoy los artistas al robo artístico- en el famoso daguerrotipo de aquel fotógrafo de un solo nombre, Nadar. Se habían desviado los ojos de Balzac para que mirasen directamente a la cara de los clientes, dándole un respingo a las comisuras de los labios para crear una gran sonrisa, pero el «inspirado» era un escultor de talento, con lo que había instalado una luz interior que difundía un resplandor dorado por la enorme losa transparente, cosa que tenía encantado a tout le monde. La iluminación del aparcamiento, sin embargo, era deplorable. En lo alto de los postes, las farolas creaban un tenue crepúsculo eléctrico, dando a las hojas de las palmeras un color amarillento como el pus. «Un color amarillento como el pus»: ahí lo tenía. Ed se sentía mal, abatido, deprimido…, allí sentado con el cinturón puesto en el asiento del pasajero, que tenía que echar del todo hacia atrás para que le cupieran las largas piernas en aquel vehículo tan verdecito y chiquitín, el Green Elf, orgullo de la ecologista Mack. Se sentía como una rosquilla, como la rueda de repuesto de juguete que el Elf llevaba para una emergencia. Mack, una chica corpulenta, acababa de cumplir los cuarenta. Ya era grandota cuando la conoció en Yale dieciocho años atrás…, huesos grandes, hombros anchos, alta, uno setenta siete, en realidad…, delgada, ágil, fuerte, más que atlética…, alegre, rubia, llena de vida… ¡Sensacional! ¡Absolutamente preciosa, esa grandullona suya! En la legión de chicas sensacionales, sin embargo, las grandullonas son las primeras en cruzar esa frontera invisible detrás de la cual lo mejor que pueden esperar es ser «una mujer guapísima» o «muy atractiva, la verdad». Mack, su media naranja, su Mack Navaja, había cruzado esa línea.

Ella emitió un suspiro tan profundo, que acabó expeliendo el aire entre los dientes.
-Lo menos que se podía esperar de un restaurante así es que tuviera servicio de aparcamiento. Ya es bastante caro.
-Cierto -repuso él-. Tienes razón. Joe’s Stone Crab, Azul, Caffe Abbracci…, ¿y cómo se llama ese restaurante del Setai? En todos hay aparcacoches. Tienes toda la razón.
Tu visión del mundo es mi Weltanschauung. ¿Qué te parece si hablamos de restaurantes? Una pausa.
-Espero que sepas que llegamos muy tarde, Ed. Son las ocho y veinte. Con lo que ya llevamos veinte minutos de retraso, todavía no hemos encontrado sitio para aparcar y ahí dentro hay seis personas esperándonos…
-Bueno, no sé qué más… Ya he llamado a Christian…
-… y se supone que el anfitrión eres tú. ¿Te das cuenta de eso? ¿Se te ha ocurrido siquiera pensarlo? -Bueno, he llamado a Christian y le he dicho que pidieran algo de beber. Puedes estar segura de que Christian no pondrá objeciones a eso, y Marietta tampoco. Marietta y sus cócteles. Aparte de ella, no conozco a nadie que pida cócteles.

¿O qué tal una observación de pasada sobre los cócteles o sobre Marietta, o sobre las dos cosas? -De todos modos… no está bien, tener a alguien esperando así. O sea, Ed…, lo digo en serio, de verdad. Es tan frívolo que no lo puedo soportar.

¡Ahora! ¡Ésa era su oportunidad! ¡La grieta en el muro de palabras que estaba esperando! ¡Una brecha! Arriesgado, pero… y afinando, casi sin desentonar, se puso a cantar:
«Tú…
»Tú…
»Tú… diriges mi vida… Tú eres mi media naranja, mi Mackie Navaja…»
-Eso no parece servirme de mucho, ¿verdad? -dijo ella, moviendo la cabeza de un lado a otro.

¡No importa! ¿Qué era eso que asomaba tan pícaramente en sus labios? ¿Una sonrisa, una pequeña y renuente sonrisa? ¡Sí! Estoy harta de ti empezó inmediatamente a disolverse una vez más.

Iban por la mitad del aparcamiento cuando aparecieron dos personas frente a los faros, que avanzaban hacia el Elf en dirección al Balzac’s… Dos chicas, de pelo negro, charlando animadamente, que por lo visto acababan de aparcar el coche. No podían tener más de diecinueve o veinte años. Las chicas y el Elf en marcha se aproximaban rápidamente. Llevaban vaqueros con la cintura peligrosamente cerca del monte de Venus, las perneras cortadas hasta… ahí…, prácticamente hasta los bolsillos traseros, y los bordes deshilachados. Sus jóvenes piernas eran tan largas como las de las modelos, porque además llevaban brillantes tacones de por lo menos quince centímetros. Parecían de vidrio acrílico o algo así. Cuando les daba la luz despedían un translúcido brillo dorado. Tenían los ojos tan maquillados que parecían flotar en cuatro charcos negros.

-Vaya, qué atractivas -murmuró Mack.
Ed no podía quitarles la vista de encima. Eran latinas -y aun siendo incapaz de explicar por qué lo sabía, tampoco ignoraba que latina y latino eran términos españoles que sólo existían en Estados Unidos-, sí, eran unas horteras, de acuerdo, pero la ironía de Mack no cambiaba las cosas. ¿Atractivas? ¡«Atractivas» apenas empezaba a describir las sensaciones que le producían! ¡Esas largas y tiernas piernas de las dos chicas! ¡Esos shorts tan breves y menuditos! Tanto, que podían quitárselos de un tirón. En un momento podrían quedarse con los pequeños y suculentos lomos al aire, dejando al descubierto las pequeñas y perfectas magdalenas de las nalgas… ¡sólo para él! ¡Y eso era evidentemente lo que querían! ¡Sentía cómo esa tumescencia para la que viven los hombres se insinuaba bajo los ajustados calzoncillos blancos!

¡Oh, inefables cochinas!

Cuando Mack las pasó despacio, una de las cochinas señaló al Green Elf, y las dos se echaron a reír. Conque risas, ¿eh? Por lo visto no sabían apreciar lo exclusivo que era el Green… ni lo de moda que estaba, ni lo guay que era el Elf. Ni mucho menos podían imaginarse que el Elf, con todas las opciones y accesorios del Green, como aquél, y sus esotéricos indicadores medioambientales, más el radar ProtexDeer…, imposible que concibieran que aquel pequeño elfo de coche llegara a costar 135.000 dólares. Habría dado cualquier cosa por saber lo que estaban diciendo. Pero allí, dentro del cascarón del Elf, con sus ventanas termoaislantes de cristal Lexan, puertas y paneles de plástico reforzado con vidrio, aire acondicionado reciclable por evaporación de la temperatura ambiente, no llegaba ningún ruido del exterior. ¿Hablaban siquiera en inglés? Movían los labios de la forma en que normalmente se hace cuando se habla inglés, decidió el gran lingüista audiovisionario. Tenían que ser latinas. ¡Oh, inefables y cochinas latinas!

-¡Santo Dios! -exclamó Mack-. ¿De dónde sacan esos tacones que se iluminan así? -¡Un tono de voz corriente y normal! Ya no estaba molesta. ¡Se había roto el maleficio!-. He visto esos extraños palotes de luz cuando pasábamos por Mary Brickell Village -prosiguió ella-. No tenía idea de lo que eran. El barrio entero parecía una feria, todas aquellas llamativas luces al fondo con esas chicas bajitas que van de juerga medio desnudas tambaleándose sobre esos tacones… ¿Crees que es una moda cubana?
-No sé -contestó Ed.

Sólo eso, porque había vuelto la cabeza tanto como podía, para echarles un último vistazo por detrás. ¡Pequeñas y perfectas magdalenas! Ya veía los lubricantes y espiroquetas fluyendo por la entrepierna de sus shorts tan breves y menuditos! ¡Pequeños shorts breves y menuditos! ¡Sexo! ¡Sexo! ¡Sexo! ¡Sexo! ¡Ahí lo tenía, sexo en Miami, subido en dorados tronos de vidrio acrílico!

-Bueno -dijo Mack-, lo único que se me ocurre es que Mary Brickell debe estar escribiendo una carta al director desde la tumba.
-Oye, Mack, me gusta eso. ¿Te he dicho alguna vez que eres muy ingeniosa cuando te da por ahí? -No. Se te habrá olvidado, probablemente.
-¡Pues lo eres! ¡«Escribir una carta al director desde la tumba»! Te lo aseguro. Preferiría con mucho recibir una carta de Mary Brickell desde dos metros bajo tierra antes que las de esos maníacos que me suelen escribir… y van por ahí echando espumarajos por la boca. -Soltó una carcajada artificial-. Tiene mucha gracia, Mack.

Ingenio. ¡Buen tema! Excelente. O bien: oye, vamos a hablar de Mary Brickell, del Mary Brickell Village, cartas al director, zorrillas con tacones fosforescentes, de cualquier puñetera cosa, con tal de que no pongas cara de Estoy harta.

Como adivinándole el pensamiento, Mack torció la boca hacia un lado en una sonrisa dudosa -aunque sonrisa de todos modos, gracias a Dios-, y dijo:
-Pero de verdad, Ed, llegar tan tarde, tenerlos a todos esperando, está realmente ma-a-a-al. Es una grosería, no está nada bien. Es tan frívolo. Es… -hizo una pausa- es… es… de lo más indolente.

¡Ah, ah! Frívolo, ¿eh? ¡Por Dios santo, y además indolente! Por primera vez en aquella lúgubre excursión, a Ed le dieron ganas de reír. Eran dos de las palabras de Mack en su condición de wasp, es decir, blanca, anglosajona y protestante. En todo el condado de Miami-Dade, en el Greater Miami, incluyendo desde luego Miami Beach, sólo los miembros de esa tribu, cada vez más mermada y en peligro de extinción a la que ambos pertenecían, los wasps, utilizaban los términos frívolo e indolente sin tener la menor idea de su exacto significado. Sí, él también era miembro de ese género moribundo, el Blanco, Anglosajón y Protestante, pero era Mack quien verdaderamente abrazaba la fe. No la fe religiosa protestante, huelga decir. Ni en el Este ni en la Costa Oeste de Estados Unidos, nadie que aspirase siquiera a un mínimo refinamiento profesaba ya religión alguna, y desde luego nadie que se hubiera licenciado en Yale, como Mack y él. No, Mack era un ejemplar de esa especie en sentido moral y cultural.

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