Autora: Irène Némirovsky

Traducción del francés de José Antonio Soriano Marco

Primera Parte

¿Adónde va?

—Yo qué sé… Se comporta con nosotros como si estuviera entre extraños…

Toda la familia se encontraba en el salón, una estancia de paso con las cuatro puertas permanentemente abiertas; desde allí se podía controlar la vida de toda la casa. Las mujeres contuvieron la respiración para oír los pasos de Jean-Luc. Pero ya estaba lejos.

—Él es libre… —dijo Laurent Daguerne con suavidad.

Había reaccionado justo como esperaba su mujer: seguramente había querido llamar a su hijo, decirle, con la tímida risita que se le escapaba a veces, como si se burlara de su propio corazón: «Ven… Nunca estás aquí…» Pero había ahogado las palabras en sus labios, incluso había reprimido un suspiro apenas perceptible y, dejando que Jean-Luc se fuera sin decir nada, había vuelto a coger el libro. En ese momento parecía casi contento. Era uno de esos hombres que sólo se sienten cómodos en la abstracción, la meditación, las especulaciones de la mente. La lectura le proporcionaba lo que a otros les da el alcohol: el olvido de la vida.

El chalet de los Daguerne estaba en la zona norte de Le Vésinet. Era una tarde de domingo. Los coches pasaban por la carretera nacional. No muy lejos del jardín había un cruce: al girar frente a la verja, los pequeños vehículos producían un chirrido atroz, uno de esos quejidos de los frenos que parecen gritos de angustia. Pero a esa hora empezaban a espaciarse. La casa descansaría hasta el día siguiente en profundo silencio. Estaba lloviendo: las gruesas e impacientes gotas repiqueteaban en el techo.

Laurent Daguerne levantó el libro para captar mejor sobre la página la parca luz de la pequeña araña de tres brazos. El salón era una habitación fría e incómoda, llena de muebles de jardín que se recogían allí cuando llegaba el otoño. Arrimadas a una pared, se veían unas sillas de mimbre desvencijadas por el uso prolongado, así como las bolas descoloridas y los arcos oxidados de un juego de cróquet. La casa estaba rodeada por un jardín sin flores, sin gracia. Viejos y negruzcos abetos, duros y vigorosos, presionaban los cristales con sus ramas; el farol de la escalera de la entrada los iluminaba vagamente, así como a la vasija de yeso, llena de agua de lluvia y hojas podridas, que se alzaba en mitad del césped.

Aquel chalet de ladrillos amarillentos, que tenía el aspecto inhóspito, feo y mezquino, pero también sólido, indestructible, de los edificios de antes de la guerra, había sido construido por el propio Laurent Daguerne en la época de su primer matrimonio. Sin embargo, había perdido a su esposa muy pronto. Ahora vivía con otra mujer en la casa en la que había muerto Louise. Desde hacía unos años, desde que había enfermado y sus ingresos como arquitecto se habían vuelto casi miserables, toda la familia residía allí, tanto en verano como en invierno. En tardes de noviembre como aquélla, París parecía especialmente lejano. Los Daguerne no tenían coche.

Mathilde Daguerne cosía con la cabeza inclinada sobre la labor. Sus estrictas crenchas, que antaño habían sido de un negro de ébano uniforme y azulado, estaban salpicadas de hebras blancas. De vez en cuando se detenía, suspiraba y miraba fijamente el vacío con el ceño fruncido, mientras sus finos y apretados labios se movían formando cifras.

—Doce francos setenta y cinco… —dijo a media voz—. Doce y ocho… Es lo que pensaba… Más de veinte…

Tenía la nariz grande, estrecha y recta, y unos ojos tristes, hundidos en profundas órbitas. El maquillaje y los polvos nunca habían tocado su tez, seca de por sí, como privada de alimento. Aunque no carecían de belleza, sus facciones estaban prematuramente ajadas. En cuanto al cuerpo, era una mujer alta y fuerte, con muy buena figura, cuyas espléndidas formas contrastaban de un modo extraño con el rostro marchito.

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