Autora: Alejandra Pizarnik

7 de septiembre. Noche de insomnio. Pensé con tristeza en el lenguaje. ¿Para qué escribo? Respondí con esta escena imaginaria: vivo en el Tíbet, sola, en una choza. Nunca hablo con nadie pues ignoro el idioma de mis vecinos.
¿Por qué no habla un niño recién nacido? Porque sus deseos y temores son demasiado intensos. El silencio, el llanto y el grito son «expresiones» del deseo puro.
Lo terrible de la conversación: nunca se está preparado para dialogar, no existen ensayos previos, de nada valen las experiencias de otros diálogos.
Escribir es mi mayor ingenuidad, es querer contener lo que se desborda… Pero si lo mío es el sueño, es el silencio. Dominio acechado. Entonces, escribir para defenderlo, para merecer mi espacio silencioso.
Cada vez que interviene la razón, que me preocupo por leyes de armonía —heredadas o no—, que escamoteo y sustraigo el caos, la mentira se me vuelve evidente, se aparece como una visión, como si fuera una revelación sobrenatural.
La moral es la gramática del deseo.
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18 de abril. Las palabras no pueden ser vividas como un rostro amado. Esto es correcto pero apenas señala mi desesperación nacida junto al gesto de amor inútil con que se despidió B.
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24 de febrero. Las palabras son cosas y las cosas palabras. Al no poder creer en la realidad de las cosas, las nombro y luego creo en sus nombres: el nombre se vuelve real y la cosa nombrada es la fantasma del nombre. Ahora sé por qué escribo poemas tan inmóviles. Es mi sueño de un materialismo del sueño.
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El desamor, los ojos cerrados, el deseo que se evapora frente a los rostros reales, la sabiduría apócrifa de la que se duerme en la espera. La infancia, una ventana cerrada por la que se columbraba la continuidad de una sola estrella. Los deseos enunciados mediante voces llorosas. Esa noche al borde del mar: la fosforescencia de las aguas, la luna roja en lo oscuro, noche en que aprendí la supremacía del azar. Allí esperaba, allí esperé. ¿Para qué tanta espera? Para llegar al día de hoy, a mi voz que habla para no decir. Y ese lugar de silencio perfecto, entrevisto en los horrores del alcohol. Deseo muerto, compañero traidor. Hablábamos con palabras vivas y he aquí las sombras repentinamente.
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26 de julio. El yo de mi diario no es, necesariamente, la persona ávida por sincerarse que lo está escribiendo.
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27 de julio. 21 h. Sucede lo siguiente: sufro.

 

Texto tomado desde: https://loscuadernosdevieco.blog/, muchas gracias!!

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