Carlos Morla Lynch. En España con Federico García Lorca. Renacimiento

[…] Lo oigo subir por la escalera -pasos lentos, bien aplomados- y detenerse frente a la puerta; pero antes de que toque el timbre, ya le he abierto.

En el umbral, un muchacho joven, de regular estatura, exento de esbeltez sin ser espeso, de cabeza grande, potente, de rostro amplio congelado de estrellas brunas…que son lunares. Ojos sombríos, pero risueños: esa paradoja de alegrías y tristezas reunidas que realiza en sus poemas. Cabellera abundante que no empaña una frente ligeramente abombada como un liso broquel ebúrneo. Ninguna severidad en la mirada ni ceño austero. Por el contrario: un alborozo de chiquillo con una veta de travesura y algo de “muy sano” y de campestre. Pero tiene que ser “esa campiña suya”, campo de Andalucía: granadino, cordobés o sevillano.

No se puede afirmar que es guapo, pero tampoco que no lo es, por cuanto posee una vivacidad que todo lo suple y “un no sé qué” de muy abierto en su fisonomía que reconforta y y tranquiliza de buenas a primeras, que luego seduce y que, por último, conquista definitivamente. Y ninguna de esas actitudes absurda con que los pedantes pretenden acreditar su cultura.

Tras esta primera impresión que de él recibo -y que registro con la rapidez de una instantánea- le tiendo las dos manos:

-Federico -le digo-: ¡amigos! Tú como eres y yo como soy, sin esforzarnos por aparentar más de lo que somos. Tú vienes ya muy cargado de  laureles y, si yo tengo algunas virtudes y “defectos buenos”, ya te enterarás de ellos a su tiempo.

Y Federico, con mis dos manos cogidas a las suyas, se ríe con esa risa mágica de niño permanente y me infunde la sensación de que patea como un poney sujeto. Luego habla. Su voz es baja, ronca; pero no evoca cavernas: más bien grutas a orilla del mar.

-¿Y por qué te ha costado tanto venir? – le pregunto.

-Tenía miedo -responde sencillamente- porque “no sabía”…; vamos que no sabía cómo erais, pero ahora que lo sé y que estoy aquí…aquí me quedo.

Y, con una nueva risotada, se repantinga en una silla del columpio, en la que comienza a balancearse como una carroza de tiovivo. Luego cambia de ubicación diez veces diciendo “cosas” y contando cuentos. Y dan las siete, las ocho, las nueve, sin sentir. A las diez -hora española- cenamos con él. De sobremesa nos dan las doce, oyéndole hablar siempre. Nos tiene atados a su elocuencia, que fluye libre libre de toda fastuosidad, que conmueve al tiempo que que obsesiona por su diversidad y rapidez, su colorido y amenidad; caleidoscopio que, por momentos, adquiere los resplandores rutilantes de los fuegos artificiales. […]

Madrid, marzo de 1929

 

Publicado el

 

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