“Quise callar. Sin embargo, el tiempo me obligó a reflexionar y me di cuenta de que era imposible. Me gustaría contar lo que sucedió con la cultura burguesa durante los diez años que se iniciaron el día del Anschluss (invasión de Austria por la Alemania nazi), símbolo del fin de la independencia del Estado austríaco”. Y símbolo también del fin de una Europa, de un modo de entender el mundo, que agonizaba desde finales de la Primera Guerra Mundial. Ese día de marzo de 1938 arranca Lo que no quise decir, los capítulos inéditos que, por deseo del propio Sándor Márai, se habían excluido de la tercera parte de Confesiones de un burgués, editada en Toronto en 1971 con el título de ¡Tierra, tierra!.

Lo que no quise decir (Fragmento)

 Sándor Márai

Traducción del húngaro de Mária Szijj y J. M. González Trevejo

Quise callar. Sin embargo, el tiempo me obligó a reflexionar y me di cuenta de que era imposible. Más adelante comprendí que el hecho de guardar silencio ya era en sí una respuesta, tanto como hablar o escribir. Y a veces callar ni siquiera es la respuesta más inofensiva. Nada molesta tanto a la autoridad como los silencios que la niegan.

Me gustaría contar lo que sucedió con la cultura burguesa durante los diez años que se iniciaron el día del Anschluss1 —y la elección de esta fecha no es arbitraria—, símbolo del fin de la independencia del Estado austríaco. Creo que hoy todo el mundo sabe que aquel día se derrumbaron los vestigios que quedaban de la Vieja Europa. Me gustaría contar lo que sucedió a lo largo de esos diez años hasta esa madrugada2 en el puente del Enns —donde terminaba la frontera rusa, conocida entonces como el Telón de Acero—, en la que un soldado soviético entró en el compartimento de nuestro coche cama, nos pidió los pasaportes, hizo un saludo militar y nos despejó el camino hacia el exilio voluntario. En esos diez años no sólo hubo países enteros que se desintegraron y desaparecieron del mapa, tronos y poderosos regímenes políticos aniquilados. En esos diez años desapareció también toda una forma de vida y toda una cultura. Yo había nacido en el seno de esa forma de vida y esa cultura, y cuando advertí que en mi patria se había extinguido ese modo de vida burgués me invadió una calma extraña. Por aquel entonces se habían publicado las memorias de Churchill sobre la guerra, y al final del primer volumen leí esta frase: «Los hechos valen más que los sueños.»3 Acabábamos de despertar de un sueño. Trataré, en la medida de lo posible, de relatar los hechos.

 Recuerdo el día con exactitud. En esa época yo era un escritor y periodista de renombre en Budapest. Un importante diario liberal publicaba mis artículos. Una de mis obras de teatro se estaba representando con éxito rotundo en Hungría y en el extranjero. Salían innumerables ediciones de mis libros tanto en húngaro como en otras lenguas, y había momentos en los que realmente llegué a creerme un escritor consagrado, sin otra preocupación que encauzar mi talento, hacer planes de futuro y ocuparme de mis lecturas, esperando que al final de mis días el país hiciera de mí un poeta laureatus. [Me habían elegido miembro de la Academia de Ciencias de Hungría. Es cierto que nunca me aclararon el porqué, y yo tampoco me explicaba la razón de semejante honor. Probablemente se debía a que tenía cierta reputación, no era un ladrón, nunca me había visto involucrado en ningún escándalo y, a grandes rasgos, cumplía con el perfil que, según los miembros de la Academia, debía tener un trabajador intelectual para encajar en sus filas. Además, provenía de lo que se conoce como una buena familia.]* Si me pongo las gafas y miro de reojo al pasado, ése es el personaje que veo.

No escribo todo lo anterior con la intención de esbozar una personalidad insustancial o poco simpática. Tampoco pienso que un escritor sea un ser humano aparte, más interesante o peculiar que cualquier otro. No obstante, me parece que para poder plasmar con la mayor fidelidad posible la esencia de lo transcurrido en estos diez años, debo recordar la persona que era en ese momento. El escritor y el artista son hombres como los demás —si uno no tiene en cuenta sus ideas delirantes, obsesivas y monomaníacas, fruto de la vanidad tanto del escritor como del artista—, y sin embargo, su sistema nervioso es capaz de percibir con más inmediatez y sensibilidad cualquier mínimo cambio en las relaciones existentes entre los seres y el mundo. Creo que el mundo no sólo es materia y que el espíritu no sólo es una consecuencia química o eléctrica de la materia. Creo que «al principio era el Verbo» y que «el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». También creo que estas palabras del Génesis no las escribieron al azar literatos dotados de una imaginación desbordante. La Humanidad cuenta con libros ancestrales, como los Vedas o la Biblia, que recogen y ponen en palabras toda la información que el hombre podía conocer acerca de sus propios orígenes y los del mundo. Y a veces sucede que con el tiempo la ciencia viene a confirmar lo que contaban los mitos tomando caminos mucho más enrevesados. Insisto, no creo que el escritor, como ser humano, sea más importante o desempeñe un papel más relevante en la sociedad que un ingeniero, un médico o cualquier persona honrada e inteligente que realice un trabajo para el que no se requiera un don específico. No es una cuestión de utilidad ni de importancia. Sin embargo, el escritor y el artista cuentan con una especie de facultad que es básicamente de orden espiritual. El escritor, el artista, tiene intuiciones que —a modo de visión intelectual, es decir, de creación— muestran la realidad; la muestran incluso cuando todavía es una especie de nebulosa en el horizonte humano, algo en desarrollo, en gestación, un principio mítico. Así pues, al tratar de imaginarme lo que pasó aquel día en el mundo, no pretendo otra cosa que registrar las observaciones de una máquina. Y esta máquina, este instrumento, era yo, un escritor, en un país europeo.—–

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