Autora:  Ángeles Mastretta

Hubo un tiempo en el que me gustó visitar los panteones. En el de Puebla mi hijo aprendió a andar en bicicleta, poco tiempo después de haber ido conmigo y su hermana a cantar un pedazo del Himno Nacional parados en la piedra que cubría la tumba de mi padre, mis abuelos y mi tía Alicia.

No los enseñé a rezar, pero ya que los había llevado hasta ahí me pareció pertinente algún tipo de ceremonia, así que les conté que su abuelo era un patriota y cantamos los primeros cuatro versos del Himno Nacional. Ellos a tientas, yo como si creyera en el más allá. Al final Catalina me preguntó si podía cantar otra cosa. Le dije sí y ella, mientras movía los pies metidos en unos zapatitos rojos, cantó completo Pimpón es un muñeco. Hacía un sol de invierno mexicano. Dejamos sobre la piedra un jarro con flores moradas. Y, un rato, mi corazón. Que entonces siempre se quedaba apretado a la ruina de que mis hijos no hubieran conocido a su abuelo. Traje conmigo, para siempre, el recuerdo insensato de los niños brincando.

Llegando a vivir en la Ciudad de México busqué la Rotonda de los Hombres Ilustres en el centro del Panteón Civil de Dolores. Tejí dentro una historia que he de contar después.

Me gustaban los panteones. En Buenos Aires anduve por el de la Recoleta, haciéndole a Borges un discreto homenaje. Lo llamó de muy joven: el lugar de mi ceniza. Dijo andándolo: Promete o prefigura la deseable/ dignidad de haber muerto.

Luego fui al de la Chacarita. Noventa y cinco hectáreas en el oeste de la ciudad. Ahí están Osvaldo Pugliese, Alfonsina Storni y ¡Gardel! ¿Cómo no iban a gustarme?, si hasta la gente que no se muere acaba en los panteones.

En Puerto Rico entramos al cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis en el Viejo San Juan. Ya tarde, saltando una barda bajita para no perdernos la tumba de Daniel Santos, con quien tantas veces de trasnochar junto al tocadiscos, cantamos Amor perdido. Había yo hablado, en la universidad, de no recuerdo cuál conjetura. Imposible otra memoria que la de aquel misterio tras la muralla y frente al mar. Cerró la noche con un concierto de ranas perdiéndose en el jardín de mi amiga.

En Venecia, presa de una necedad sólo propia de una romántica en el siglo equivocado, fui a dar al panteón de San Michele de Isola en la llamada “Isla de los muertos”. Estremece. Hasta mirarla de lejos, con sus cipreses como soldados, procura escalofríos. Entonces yo pensaba que sólo un personaje de Thomas Mann podía Morir en Venecia. Nosotros, los demás, nos sentimos más vivos que nunca. Y yo bailé todas las noches con las orquestas de la piazza mientras mi sobrino Arturo les preguntaba a sus primos si corrían el peligro de que así me gustaran todos los pueblos de Italia.

Como a los seis meses de escribir en el primer diario que me dio cobijo, un viernes, tras dejar mi artículo en la redacción, fui a conocer el cementerio de San Fernando. Ahí descansan, si alguna vez los dejan los discursos, los restos de Ignacio Zaragoza y Benito Juárez. Los de Miguel Miramón estuvieron ahí unos años hasta que su mujer, Concepción Lombardo, encendida de pena, los llevó a la Catedral de Puebla para alejarlos del enemigo más grande que pudo darle la Historia Patria y sin duda su historia personal.

En Chipilo, un grupo de italianos que llegaron como inmigrantes a fundar un pequeño pueblo lechero hicieron hace poco menos de siglo y medio un cementerio escalonado, como hay otros en el Véneto de donde tuvieron que salir cuando una inundación los dejó en la miseria. No parece creíble, pero ahí puede verse que en Italia, hace no mucho, hubo pobres tan pobres que emigraron a México a buscar el futuro en una loma empedernida. Desde la cima del panteón se miran los volcanes y la tierra sembrada de alfalfa y trigo que sus manos lograron hacer fértiles.

Me gustaban los panteones. Era rara la joven que habitaba mi cuerpo de esos días. Iba a cualquier lugar y antes que las ruinas, los museos o las tiendas, visitaba el panteón y me comía un helado. En Roma, en Mérida, en Cozumel, en Cartagena, en Pátzcuaro, en Madrid conocí al tiempo los cementerios y los helados. En la Piazza Navona los mejores que ha dado el chocolate, en Cozumel el camposanto más alegre del que sabré jamás. Las tumbas son de colores, no de mármol. Hay azules, lilas amarillas, verdes. Andar entre ellas es como ir de verdad por la dichosa santidad de un campo.

Era el calor de abril y un atardecer de 1992 le pedí a don Nassim Joaquín que me llevara a caminarlo. No lo podía creer. Yo había dejado a los niños, con mi mamá, en la playa, para ir al pueblo, a ver el panteón. Ahora soy yo la que no puede creerlo. Pero recuerdo ese rato como un raro delirio. Don Nassim me acercó en su coche a la punta de una pequeña calle y me indicó que la puerta estaría a veinte pasos. “Yo ahí ya no voy”, me dijo, “antes lo visitaba con frecuencia, pero ya no”.

La melancolía es un dolor sin frutos. Y hay quienes la padecen toda la vida, quienes cargan con ella como una maldición que no siempre mueve a la piedad. Mi mejor amiga de la infancia la sufrió como pocos. Ella que estando en sus cabales, cuando tocaba el tema parecía delirar, decía de corazón que su deseo imposible era que la enterraran en el Ochavo, la representación más voraz del barroco poblano, en una esquina de la catedral. Construido como una capilla con ocho muros, encierra, desde mediados del mil seiscientos, toda clase de tesoros religiosos. Cinco rejas, de hierro y madera, una tras otra, cruzando incluso un claustro, cierran ese silencio que amedrenta. Un espanto en el que para su fortuna no la enterrará nadie. Porque ése no es lugar para quienes sobreviven a la infamia. Esta historia la contará mejor alguien mejor, un día mejor. Hoy sólo diré que sus cenizas ha de echarlas al aire su hijo, una tarde lejana, desde la cumbre del Xochitécatl.

Ahora hemos cambiado los panteones por el viento. No sé si para bien, porque no habrá lugar en el que visitarnos. Mejor: sólo la vida existe.

Xochitécatl significa lugar de flores. Es al tiempo una pirámide y un cerro. Hubo ahí un centro ceremonial, se cree que dedicado al culto a la fertilidad y a la lluvias. Le irá bien el lugar a mi amiga.

Yo no sé en dónde me pondrán mis hijos. No voy a pedirles nada. Ya tendrán suficiente con el desamparo. Porque uno no lo cree hasta que lo sabe, la muerte de los mayores es el desamparo.

Ya no visito los cementerios. Supongo que ese merodear es una pasión de jóvenes. Entiendo ahora al hombre, que hace veinticinco años creí viejo, pero que aún era joven. Vivió hasta junio del año pasado, veinte días antes de cumplir cien. Quizás, entre otras cosas, porque dejaba ir a sus muertos, los veía perderse con dolor pero sin aspavientos, sin llorarlos al grado de ir tras ellos cuando aún era tiempo de vivir.

Ya no fui a ninguno de los dos célebres panteones de Viena. Al de los capuchinos, donde entierran a los emperadores, nunca quise ir. Pero el central, en el que están Beethoven, Schubert, Brahms, Strauss y un monumento a Mozart cuyo cuerpo quedó lejos, en una fosa común, sí hubiera querido caminarlo.

He leído que cementerio viene del griego koimetérion. Quiere decir dormitorio, lugar donde los cuerpos duermen. Tal vez por eso muchas veces los anduve de puntas. Ya no voy porque temo despertarlos, porque no quiero que me llamen.

Ya no sé andar en vilo más que para acompañar el sueño de los vivos. El sueño fértil de quienes aún no saben de la nada. El sueño de los niños que aprenderán a andar en bicicleta una tarde de abril, cerca de mí, que no estaré dormida. Lo prometo. No quiero ya saber de los panteones.

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