Para un observador poco atento, la antigua ciudad de Holmul no es más que una serie de colinas empinadas y cubiertas de vegetación en medio de la selva septentrional de Guatemala, cerca de la frontera con México. Aquí, en la cuenca del Petén, la selva es densa y cálida, pero más seca de lo que cabría esperar. Y silenciosa, excepto por el canto de las cigarras y alguna que otra llamada de los monos aulladores.

Pero si inspeccionas estas colinas con detenimiento, puedes advertir que la mayoría están dispuestas en enormes círculos concéntricos.
Y si las observas con más detalle aún, ves que determinadas partes son de piedra tallada, y que algunas presentan túneles excavados en sus laderas. En realidad no son colinas, sino antiguas pirámides abandonadas tras la caída de la civilización maya hace un milenio.
Este lugar fue un próspero asentamiento durante el período Clásico maya (250-900 d.C.), una época en que la escritura y la cultura florecieron en lo que hoy es América Central y el sur de México. Pero también fueron tiempos de agitación política: dos ciudades-estado estaban enzarzadas en una eterna guerra por la supremacía. Durante un breve lapso de tiempo, una de esas ciudades-estado se impuso a la otra y se convirtió en lo más parecido a un imperio dentro de la historia maya. Al mando estaban los gobernantes de la dinastía Kaanul, o Cabeza de Serpiente, cuya existencia nadie conocía hasta hace unas pocas décadas. Gracias a los yacimientos próximos a esta ciudad-estado, incluido el de Holmul, los arqueólogos están recomponiendo la historia de los soberanos Serpiente.

Un material muy preciado

Máscaras procedentes de las tumbas de Calakmul, cuya finalidad era facilitar el tránsito de la élite de la dinastía Serpiente al otro mundo. Estas piezas de jade verde, un material más valioso que el oro para los antiguos mayas, evocan el ciclo agrícola anual y la regeneración.

El yacimiento de Holmul no es tan grande y famoso como el de la cercana Tikal, y pasó desa­percibido para los arqueólogos hasta que en el año 2000 llegó Francisco Estrada-Belli. Este guatemalteco nacido en Italia no iba en busca de nada espectacular –como pueden ser las tablillas con escritura del período Clásico o una tumba ricamente ornamentada–, solo pretendía profundizar en las raíces de la cultura maya. Una de las primeras cosas que halló fue un edificio situado a pocos kilómetros de lo que parecía ser el núcleo central de pirámides de Holmul. En él había restos de un mural en el que se representaban soldados peregrinando hacia algún lugar.

Construcción por capas de las pirámides

Curiosamente, algunas partes del mural estaban destruidas, aparentemente por obra de los propios mayas, como si hubiesen querido borrar la historia narrada en aquella pintura. Para sa­ber el porqué, Estrada-Belli excavó túneles en varias pirámides cercanas. Los antiguos mesoamericanos construían sus pirámides por capas, una sobre otra, como si fueran matrioskas rusas. Cuando añadían una nueva fase a la construcción, preservaban la que quedaba debajo, y eso ha permitido a los investigadores adentrarse en ellas mediante túneles y observar las estructuras previas casi intactas.
En 2013, Estrada-Belli y su equipo entraron en una de las pirámides más grandes siguiendo una antigua escalinata hasta la entrada de una construcción ceremonial. Allí, sobre la entrada a una tumba, descubrieron un friso de ocho me­tros de largo magníficamente conservado.

Los frisos de estuco son piezas frágiles e infrecuentes. En este aparecen tres hombres –uno es un dirigente de Holmul–, saliendo de las bocas de unos extraños monstruos flanqueados por criaturas del inframundo y enlazados por dos serpientes gigantes con plumas. Una representación cargada de simbolismo.

Garra de Fuego

La reconstrucción de la que posiblemente fue la tumba de Garra de Fuego, muerto en 697, incluye cuentas de jade y de concha sobre un sudario y parte de la cerámica enterrada con él en Calakmul.

Al observar el friso, Estrada-Belli se dio cuenta de que había unas inscripciones grabadas en la base: una línea de caracteres –glifos– en la que se enumeraba a los gobernantes de Holmul. Cuando reparó en uno de los glifos de la parte central, supo inmediatamente que estaba ante el descubrimiento más emocionante y significativo de su carrera: una serpiente sonriente.
«Vi el [nombre de los] Kaanul –relata–. De repente nos encontramos inmersos en la parte más emocionante de la historia maya.»

La historia del descubrimiento de los Kaanul, o Serpiente, y su intento de crear un imperio empieza en Tikal, la ciudad de sus enemigos más acérrimos. Tikal, que dominó las tierras bajas mayas durante siglos, también ha dominado la arqueología maya desde la década de 1950. La extensa urbe llegó a tener una población de 60.000 habitantes, y sus elegantes edificios debieron de impresionar a los visitantes del año 750 d.C. tanto como a los turistas actuales.

Juego de pelota

Este relieve de La Corona, Guatemala, muestra al futuro gobernante Serpiente Yuknoom Cheen II jugando a la pelota durante una visita. La fecha, indicada en los jeroglíficos: 11 de febrero de 635.

La ciudad también albergaba cientos de estelas de piedra magníficamente talladas. Gracias a las inscripciones que contienen, los científicos reconstruyeron la historia de Tikal hasta su caída en el siglo IX. Sin embargo, quedaba un extraño vacío, aproximadamente entre los años 560 y 690, un período carente de estelas y en el que apenas se construyó nada. Desconcertados ante esos 130 años de silencio, los arqueólogos denominaron a ese período el hiato de Tikal, todo un misterio dentro de la historia maya.

Ese vacío lo empezaron a llenar en la década de 1960, cuando advirtieron que había un extraño glifo que se repetía en diversos yacimientos del período Clásico: una cabeza de serpiente con sonrisa burlona y rodeada de unas marcas relacionadas con la realeza. En 1973, la arqueóloga Joyce Marcus lo identificó como un glifo emblema: unas palabras que designaban a la ciudad y el título de sus mandatarios, algo así como un escudo de armas. Marcus se preguntó si ese glifo estaría relacionado con el hiato de Tikal. ¿Acaso la ciudad fue conquistada por guerreros desconocidos? En ese caso, ¿de dónde venían, y cómo era posible que los arqueólogos no los conocieran?

Una vasta red de alianzas

En el siglo VII de nuestra era, la dinastía Serpiente gobernaba en la ciudad de Calakmul, situada en el sur del actual México, desde esta pirámide de 55 metros de altura, el edificio más grande de su territorio. Desde aquí tejieron una tupida red de alianzas.

La selva del Petén es tórrida durante la estación seca y prácticamente infranqueable durante la estación húmeda. Está infestada de plantas e insectos venenosos, y también de narcotraficantes armados que pueden ser muy peligrosos. Aun así, Marcus exploró la zona durante meses, visitando ruinas y fotografiando glifos. Adondequiera que fuese, veía referencias a la serpiente sonriente, sobre todo en el área que hay alrededor de la antigua ciudad de Calakmul, situada en lo que hoy es México, cerca de la frontera sur.

Estos lugares satélite mencionaban esta ciudad como su centro, que de algún modo era algo así como un agujero negro –explica Marcus–. Era el núcleo de una red de sitios circundantes, todos ellos equidistantes de Calakmul.»
Cuando llegó a Calakmul, cuyas dos pirámides centrales eran bien visibles desde el aire, se quedó maravillada por su tamaño: en otra época vivieron allí unas 50.000 personas. Había estelas por todas partes, pero la mayoría estaban borradas. La piedra caliza era tan blanda que los siglos de erosión las habían dejado lisas. Solo encontró dos glifos de serpientes en la ciudad.

Emblema de la dinastía Serpiente

El glifo emblema de la dinastía de Serpiente aparece por toda la región maya.

El misterio de las serpientes animó al joven investigador británico Simon Martin a recopilar toda la información que pudo referente a los glifos de serpientes procedentes de Calakmul y de otros yacimientos menores. Aprovechó los datos sobre batallas e intrigas políticas de todo el mundo maya para componer un retrato de los gobernantes Serpiente y su dinastía.
«Lo que sabemos de Tikal procede de la propia Tikal. En cambio en el caso de Calakmul, lo que sabemos de aquella gente proviene de los demás –dice Martin–. Fue como si se materializara a partir de la nada. Poco a poco, el significado de todos estos hallazgos inconexos empezó a apuntar en la misma dirección.»

Escena mitológica

El friso de ocho metros de longitud hallado en la ciudad-estado de Holmul representa una compleja escena mitológica que sugiere fuertes lazos con la dinastía Serpiente. La figura central es el gobernante de Holmul que falleció hacia 590 y fue enterrado en la tumba decorada con este friso. La imagen está compuesta por 130 fotogramas. 

 

Martin y el arqueólogo Nikolai Grube acabaron publicando un libro, Crónica de los reyes y reinas mayas, en el que describen las interrelaciones entre los diferentes reinos mayas. En el centro de aquel mundo, y durante un siglo prodigioso, brillaron los reyes Serpiente. Al igual que Marcus, Martin afirma que el reino de la dinastía Serpiente fue una especie de agujero negro que absorbió a todas las ciudades del entorno y creó lo que quizá pudo ser un imperio maya. Huelga decir que quedan muchas preguntas sin resolver acerca de esta dinastía: cómo vivían, cómo gobernaban, cómo luchaban, e incluso si todos ellos existieron en realidad.

A finales del siglo V, la ciudad-estado de Tikal era una de las más poderosas de la región. Los arqueólogos sospechan que ostentaba esa posición gracias a la ayuda de Teotihuacán, una ciudad mucho más grande situada en lo alto de las montañas que hay 1.000 kilómetros al oeste, cerca de la actual Ciudad de México. Durante siglos estas dos ciudades influenciaron la arquitectura, la pintura, la alfarería, las armas y el ur­­banismo mayas. Pero todo cambió en el siglo VI, cuando Teotihuacán se desentendió de la región maya y abandonó Tikal a su suerte.
Entonces entró en escena la dinastía Serpiente. Nadie sabe con certeza de dónde vinieron; no hay pruebas de su gobierno en Calakmul antes del año 635. Algunos expertos piensan que cientos de años antes del período Clásico iban de un lugar a otro, creando una megaciudad tras otra. Pero no son más que conjeturas. Los primeros glifos de serpientes claramente identificables parecen ser los hallados en Dzibanché, una urbe del sur de México, 125 kilómetros al nordeste de Calakmul.
Independientemente de dónde estuvieran asentados los Señores Cabeza de Serpiente, sabemos que desde principios del siglo VI dos gobernantes sucesivos se dieron cuenta de que Tikal era vulnerable y tuvieron la audacia de pugnar por el control político. El primero, Piedra Mano Jaguar, se pasó años haciendo visitas diplomáticas por las tierras bajas de la región maya.

Tumba de Trono Jaguar, El Perú

Hacia 656 fue enterrado en la ciudad-estado de Waka el soberano Trono Jaguar aliado de la dinastía Serpiente. Su tumba contenía figurillas de cerámica pintada de entre 10 y 23 centímetros de altura con las que se representaba un ritual mítico de ultratumba. El gobernante Serpiente Yuknoom Cheen II (fila superior, izquierda) desempeñaba el papel de rey. Su hija, Lirio Acuático Mano invoca a un ciervo mágico (fila inferior, izquierda) que reza por la resurrección espiritual de los difuntos. Entre los participantes están la viuda del rey y otros cortesanos.

Aquellas visitas tal vez nos parezcan inocentes ahora: para concertar un matrimonio, para participar en un partido de juego de pelota o quizá simplemente para dejarse ver y saludar. Pero así era como se producían a veces las conquistas en el mundo maya: ofreciendo regalos, presentando tus respetos y estableciendo alianzas estratégicas. En este aspecto, parece ser que no había nadie mejor que los Serpiente.
Caracol, aliada sudoriental de Tikal, no tardó en pasarse al bando de los Serpiente, al igual que Waka, una belicosa ciudad situada al oeste. Con paciencia, los gobernantes de la dinastía Serpiente fueron ganándose la lealtad de otras ciudades al norte, al este y al oeste de Tikal, hasta formar una enorme pinza para atenazar al enemigo. Piedra Mano Jaguar y sus aliados por fin estuvieron en condiciones de conquistar Tikal, pero el Señor Serpiente murió antes de que sus maniobras políticas dieran sus frutos. La tarea quedó en manos de su sucesor (que tal vez fuera su hijo), Testigo del Cielo. El joven debía de tener una presencia imponente. De constitución fuerte, en su cráneo se acumulaban las cicatrices, fruto de un sinfín de batallas.
Según las inscripciones de un altar de Caracol, Testigo del Cielo acabó con el reinado de Tikal el 29 de abril de 562. El gobernante había colocado todas sus piezas en el tablero y por fin dio el golpe. Condujo el ejército Serpiente desde Waka hacia el este, mientras que las fuerzas de Caracol, las de la ciudad-estado de Naranjo y tal vez las de Holmul avanzaron hacia el oeste.
Los Serpiente y sus aliados tomaron rápidamente Tikal, la saquearon y probablemente sacrificaron a su rey con un hacha de piedra sobre su propio altar. Es probable que fuera en aquel momento cuando los habitantes de Holmul, en señal de lealtad a los gobernantes Serpiente, destruyeron casi por completo el mural que Estrada-Belli encontraría 14 siglos después, en el que se honra a Tikal y a Teotihuacán. El reina­do de la dinastía Serpiente acababa de empezar.
Los siguientes 30 años de la historia maya son confusos. Gracias a los arqueólogos Enrique Nalda y Sandra Balanzario, sabemos que Testigo del Cielo murió un decenio después de su victoria, cuando tenía poco más de 30 años. En 2004 abrieron una serie de tumbas en una pirámide de Dzibanché, en las que hallaron una aguja de hueso empleada para rituales de sangre junto con máscaras de jade, obsidiana y perlas. En la aguja hay una inscripción que reza: «Esta es la ofrenda de sangre de Testigo del Cielo». De los ocho miembros de la dinastía Serpiente que gobernaron durante el hiato de Tikal, este es uno de los dos cuyos restos se han encontrado.
La siguiente aparición de los Señores Serpiente se produjo mucho más al oeste, en la es­­pectacular ciudad de Palenque. Al contrario que Tikal y Calakmul, ciudades más áridas situadas en las tierras bajas, Palenque era refinada y so­fisticada, con elegantes pirámides revestidas de estuco y un observatorio erigido al pie de las colinas que conducen al golfo de México y al altiplano. No era una ciudad grande –quizá tenía unos 10.000 habitantes–, pero era un centro cultural y la puerta de acceso para el comercio hacia el oeste, un objetivo primordial para una potencia joven y ambiciosa. El pueblo de los Serpiente estaba entonces liderado por un gobernante llamado Serpiente Enrollada que, al igual que sus predecesores, invadía mediante alianzas. La reina de Palenque, Corazón del Sitio del Viento, defendió la ciudad contra el ataque de los Serpiente, pero se rindió el 21 de abril del 599.

El ataque a Palenque

Semejante tendencia expansionista era rara entre los mayas del período Clásico, a quienes se suele describir como belicosos y desorganizados, centrados en sus propios territorios y sin mayores ambiciones. Pero los Serpiente eran distintos.

«El ataque a Palenque formaba parte de un plan mayor –sostiene Guillermo Bernal, epigrafista de la Universidad Nacional Autónoma de México–. No creo que se movieran por razones de índole material, sino ideológicas. Los Kaanul pretendían crear un imperio.»
La idea de la creación de un imperio es controvertida entre los arqueólogos especializados en la cultura maya. Para muchos, el concepto es inverosímil desde el punto de vista cultural y geográfico. Sin embargo, en el caso de la dinastía Serpiente, es difícil no ver un patrón expansionista. Forjaron alianzas con las ciudades más grandes del este, conquistaron las del sur y establecieron relaciones comerciales con pueblos del norte. Palenque era el confín occidental del mundo maya. Pero sin caballos ni ejércitos permanentes, ¿cómo pudieron mantener el poder?

Ejercer el dominio sobre una región tan vasta, quizá tan extensa como Castilla y León, exigía un tipo de organización sin precedentes entre los mayas. También requería una nueva capital, un lugar más próximo a las ciudades del sur, ricas en jade. Dzibanché estaba a 125 kilómetros de Calakmul, una distancia enorme para recorrerla a través de la tupida selva. El traslado a la nueva capital de Calakmul no está documentado, pero en el año 635 los Serpiente erigieron un monumento en el que se declaraban señores de la ciudad tras destronar a la dinastía Murciélago.
En menos de un año, el más grande de los go­­bernantes Serpiente, y quizás el más grande de los reyes mayas, ascendió al trono. Se llamaba Yuknoom Cheen II, también conocido a veces como el Asolador de Ciudades. Testigo del Cielo y Serpiente Enrollada habían sido hábiles conquistadores, pero Yuknoom Cheen era un au­téntico soberano. Al igual que Ciro en Persia o Augusto en Roma, tuvo la astucia de enfrentar unas ciudades con otras –sobornando a unos y amenazando a otros– mientras consolidaba su dominio en las tierras bajas mayas como ningún otro rey maya había logrado antes. Y mantuvo este equilibrio político durante 50 años.

La mejor manera de entender a un señor tal vez sea conociendo a su sirviente. Del mismo modo, la mejor manera para entender un imperio a menudo es observando las ciudades vasallas. Y el vasallo más interesante de los Serpiente quizá sea la pequeña ciudad de Saknikte.
A principios de la década de 1970 los arqueólogos se encontraron con que en el mercado negro circulaban unos paneles de piedra magníficamente tallados en los que aparecían dispersos los glifos de la serpiente sonriente, y bautizaron aquel lugar desconocido en el que los saqueadores habían encontrado las piezas como Sitio Q, que se convirtió en una especie de Santo Grial para algunos arqueólogos como Marcello Canuto. Una tarde de abril de 2005, mientras inspeccionaba un lugar de la selva del Petén llamado La Corona, Canuto se metió en una zanja abierta por saqueadores en una pirámide y vio en la pared una pequeña superficie de piedra labrada. «Era una inscripción», dice. Bajo la tierra y la vegetación estaban los relieves más hermosos que jamás había visto sobre el terreno. «En cuanto acabamos de limpiarlos, dijimos: “Este es el Sitio Q”».

Canuto no ha salido de allí desde entonces. Saknikte, nombre maya del yacimiento, parece que gozaba de un estatus especial durante el reinado de la dinastía Serpiente. Sus príncipes acudían a Calakmul para recibir educación, y tres de ellos se casaron con princesas Serpiente. A diferencia de la belicosa ciudad de Waka, Saknikte no se enzarzó en muchas batallas. Sus reyes tenían nombres agradables como Perro Alegre, Gusano Blanco o Pavo Rojo. Los paneles muestran a aristócratas bebiendo y tocando la flauta.

Por lo que cuentan los relieves hallados por el equipo de Canuto, Yuknoom Cheen visitó la ciudad poco antes de que la capital de los Serpiente se trasladara oficialmente a Calakmul. El elegante retrato muestra a Yuknoom Cheen sentado, con aspecto relajado, mirando hacia un lado mientras el rey de Saknikte lo observa.

Saknikte no era el único lugar en donde los Serpiente estaban tejiendo su red de influencias. El nombre de Yuknoom Cheen aparece por toda la región maya. A su hija, Lirio Acuático Mano, la casó con un príncipe de Waka, y finalmente acabó siendo una poderosa reina guerrera. Colocó nuevos reyes en Cancuén, al sur, y en Moral-Reforma, a casi 160 kilómetros al oeste. En Dos Pilas sometió al hermano del nuevo rey de Tikal y lo convirtió en un fiel vasallo.

Además, estableció una nueva ruta comercial en la zona occidental de su reino, lo que le permitió conectar a diversos aliados. Los científicos han apreciado un fenómeno extraño en estas ciudades vasallas. Parece que ciertos aliados no contaban con sus propios glifos emblema, y que sus reyes, pese a aparecer suntuosamente ataviados, dejaban de emplear títulos reales una vez que se aliaban con la dinastía Serpiente.
Por su parte, los reyes Serpiente de Calakmul adoptaron un título más pomposo: kaloomte. Rey de reyes.
«Pienso que cambiaron la forma de hacer política y que crearon algo bastante nuevo –dice el arqueólogo guatemalteco Tomás Barrientos, codirector de Saknikte–. Personalmente, lo veo como un avance en la historia maya.»

Durante aquellos años los gobernantes Serpiente vigilaban Tikal, su antigua enemiga, que repetidamente trataba de rebelarse y vengarse. En 657, tras reforzar a sus aliados, Yuknoom Cheen y un rey títere de la zona llamado Dios que Golpea el Cielo aplastaron Tikal. Transcurridas dos décadas Tikal volvió a sublevarse, y el rey Serpiente orquestó de nuevo su derrota y, de paso, mató a su rey.
¿Cómo es posible que Tikal todavía fuera capaz de desafiar a una dinastía aparentemente omnipotente? Los expertos dicen que los reyes mayas tenían que ser cuidadosos a la hora de mantener sus alianzas y que a menudo dejaban con vida a los reyes derrotados. Podría ser que las batallas mayas del período Clásico fuesen más bien ceremoniales. O que tal vez los aliados de los reyes vencidos, temiendo por sus vidas, abogaran por la clemencia. O quizá se deba a que los reyes mayas normalmente no tenían ejércitos tan grandes como para arrasar una ciudad.
Cualquiera que fuese la razón, Yuknoom Cheen desplegó una refinada maniobra política: convocó una cumbre de paz con el nuevo rey de Tikal. Entonces aprovechó para presentar a su sucesor (y probable hijo), Garra de Fuego, que en el futuro habría de heredar el reino. Y acabaría perdiéndolo para siempre.

Yuknoom Cheen murió aproximadamente a la avanzada edad de 86 años. La mayoría de los habitantes de Calakmul vivía, con suerte, la mitad de años, pero sus reyes llevaban una vida cómoda; incluso tenían una dentadura excelente, porque solo comían tamales tiernos. La malnutrición afectaba a las clases más pobres, mientras que las élites podían tener sobrepeso e incluso algunos pudieron padecer diabetes.
Hay quien sugiere que Garra de Fuego era uno de estos. Probablemente ya gobernaba mucho antes de morir su padre, pero no estuvo a la al­tura de su predecesor. A pesar de las numerosas y aplastantes derrotas, Tikal volvió a alzarse en 695. Esta vez dirigía la ciudad un joven rey con el ostentoso nombre de Dios que Limpia el Cielo. Garra de Fuego reunió otro ejército Serpiente para enfrentarse al advenedizo de Tikal.

No se sabe qué ocurrió exactamente aquel día de agosto, pero los Serpiente sufrieron una derrota fulminante. Pocos años después, con su reinado haciendo aguas, Garra de Fuego murió y se llevó consigo el sueño de crear un imperio Serpiente. La mayoría de los arqueólogos sostiene que la dinastía Serpiente nunca se recuperó, pero siguió ejerciendo su influencia. En 711 la ciudad de Naranjo, la aliada más fuerte de los Serpiente, todavía le declaró su lealtad.
A mediados del siglo VIII la dinastía había perdido su poder. Una ciudad vecina de Calakmul incluso erigió una estela para celebrar el retorno de los reyes Murciélago, en la que un guerrero pisotea una serpiente. Durante el siglo siguiente, Tikal se dedicó a represaliar a las ciudades-estado que habían apoyado a los soberanos Serpiente: Waka, Caracol, Naranjo y Holmul.
No obstante, Tikal jamás llegaría a lograr el poder alcanzado por los Serpiente, y a mediados del siglo XI los mayas estaban sumidos en el desastre. Ya fuese por la superpoblación, la inestabilidad o las pertinaces sequías, las ciudades mayas del período Clásico cayeron en el caos y acabaron siendo abandonadas.

¿Podrían haber evitado los gobernantes Serpiente aquella caída? ¿Qué habría sucedido si Garra de Fuego hubiera sometido a Tikal en 695?

«Yo creo que el colapso se pudo evitar –afirma David Freidel, el arqueólogo que dirige las excavaciones de Waka–. La incapacidad de unificar la zona central del mundo maya bajo un único poder fue una causa fundamental de la anarquía, del estado de guerra perpetuo y de la vulnerabilidad ante la sequía.»
Quizás algún día sepamos la respuesta. Hace 40 años los miembros de la dinastía Serpiente eran un rumor. Hace 20 años se los consideraba simplemente señores de Calakmul. Hoy sabemos que gobernaron el más extenso y poderoso reino maya que hubo jamás.

Una tarea muy lenta

Así es el trabajo de la arqueología: deses­perantemente lento. Juntando pequeños fragmentos, los expertos intentan recomponer una imagen coherente del pasado. Y a menudo esos expertos disienten entre sí. Ramón Carrasco, un arqueólogo que supervisa el yacimiento de Calakmul, opina que la dinastía Cabeza de Serpiente nunca vivió en Dzibanché y nunca perdió el poder. Ha trabajado con Simon Martin y otros investigadores y ha visto los mismos indicios, pero ha extraído conclusiones diferentes.
Por eso los arqueólogos continúan buscando pruebas. En 1996, Carrasco estaba excavando la estructura más grande de Calakmul, una esbelta pirámide datada de antes del año 300 a.C. Casi en la cima, mientras limpiaba y extraía cuidadosamente unas piedras, descubrió los restos de un cadáver. Y debajo de él, una cámara.
«Levantamos la tapa y pudimos ver lo que ha­bía debajo –cuenta–. Hallamos algunos huesos, ofrendas y el polvo acumulado por el tiempo».

Excavar la tumba llevó nueve meses. Cuando Carrasco por fin entró en ella, supo que acababa de hallar los restos de un rey poderoso. El cadáver estaba envuelto en un delicado chal y recubierto con abalorios. No estaba solo: una mujer joven y un niño habían sido sacrificados y depositados en una cámara cercana.

El cuerpo del rey, explica Carrasco, «estaba cubierto de barro y polvo. Se veían algunos abalorios de jade, pero no se veía la máscara». Entonces sacó un cepillo y empezó a limpiarlo con suavidad. «Lo primero que vi fue un ojo que me observaba desde el pasado».

Aquel ojo formaba parte de una hermosa máscara de jade destinada a honrar al rey en el más allá. Los análisis posteriores revelaron que se trataba de un hombre fornido, tal vez incluso gordo, que presentaba osificación en los ligamentos vertebrales. La tumba estaba elegantemente decorada. Al lado había un tocado de jade, en cuyo centro se había insertado en otro tiempo la garra de un jaguar. Y al lado del tocado, un plato de cerámica con una serpiente sonriente y la inscripción «Plato de Garra de Fuego».

 

Texto tomado de: http://www.nationalgeographic.com.es

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