Autor: George Bernard Shaw

Mrs. HIGGINS.— ¿Sabes qué harías si me amaras de veras, Henry?
HIGGINS.— ¡Oh, por favor! ¿Qué? Casarme, supongo.
Mrs. HIGGINS.— No. Dejar de removerte y sacar las ma­nos de los bolsillos. (El obedece, con un gesto de desespera­ción, y vuelve a sentarse.) Eso es. Y ahora háblame de esa muchacha.
HIGGINS.— Vendrá a visitarte.
Mrs. HIGGINS.— No recuerdo haberla invitado.
HIGGINS.— No la invitaste. La invité yo. Si la hubieras conocido no la habrías invitado.
Mrs. HIGGINS.— ¡De veras! ¿Por qué?
HIGGINS. —Bien, ocurre que… Es una vulgar florista. La encontré en la calle.
Mrs. HIGGINS.— ¡Y la invitaste a venir a mi casa el día de recibo!
HIGGINS (poniéndose de pie y acercándose a ella para engatusarla).— ¡Oh, no pasará nada! Le he enseñado a hablar correctamente y tiene órdenes estrictas en lo que atañe a su comportamiento. Tiene que atenerse a dos temas: el tiempo y la salud de todos los presentes… Magnífico día y qué tal le va, ¿entiendes? Y no debe hablar de tópicos generales. Eso la mantendrá a salvo.
Mrs. HIGGINS. —¡A salvo! ¡Hablar de nuestra salud, de nuestros órganos, quizá de nuestro cuerpo! ¿Cómo pudiste ser tan tonto, Henry?
HIGGINS (impaciente). — Bueno, pues tiene que hablar de algo. (Se domina y vuelve a sentarse.) Oh, no pasará nada, no te alarmes. Pickering está conmigo en la conspiración. Tenemos una especie de apuesta pendiente acerca de si podré hacerla pasar por duquesa en seis meses. Empecé a trabajar con ella hace unos meses y progresa admirable­mente. Ganaré la apuesta. Tiene un oído muy fino y me ha sido más fácil enseñarle a ella que a mis alumnos de la clase media, porque se ve obligada a aprender un idioma completamente nuevo. Habla inglés casi tan bien como tú francés.
Mrs. HIGGINS.— En todo caso, eso ya es satisfactorio.
HIGGINS.— Sí y no.
Mrs. HIGGINS.— ¿Qué quieres decir?
HIGGINS.— La pronunciación se la he enseñado perfec­tamente bien, ¿sabes? Pero no se puede tener en cuenta solamente cómo pronuncia una joven, sino qué pronuncia. Y ahí es donde.

 

 

Arte: El cuadro fue pintado por Leon Gérôme en 1890, se encuentra en el Metropolitain Museum of Art de Nueva York.

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