Autor: Sandor Marai

El actor pertenecía al bando enemigo y había que averiguar de una vez por todas qué pretendía de ellos. Los muchachos lo escuchaban con atención y no estaban dispuestos a perdonarle la menor disonancia. Su fino oído, que habría captado al momento cualquier atisbo de artificiosidad o fingimiento, les indicaba que la voz de Amadé era sincera. El actor jamás cometía un error ni dejaba escapar una nota discordante. De no haber sido sincero, habría debido modular su voz en semitonos y cuartos de tonos, una técnica complicada a la que, por falta de oído musical y capacidad pulmonar, no habría podido recurrir durante mucho tiempo. Se proponía llegar a ellos y al parecer sabía cómo franquear la frontera que separaba ambos mundos. Daba a sus jóvenes amigos un trato discreto y respetuoso, sin aires de superioridad. De todas formas, la pandilla no bajaba la guardia; sabían que los adultos no eran sinceros y Amadé pasaba los días entre ellos, durante los ensayos teatrales, en el café, con los ociosos de la ciudad. Su círculo más próximo estaba constituido por el redactor jefe del periódico local, un hombre menudo y elegante que saludaba a todo el mundo con una inclinación solemne; el apuntador del teatro, al que el actor había conocido «en el extranjero», como decía sin precisar más, y que le hacía de secretario, recadero y asesor financiero, y el gordo Havas, el propietario de la casa de empeños.
—Havas tiene dinero —murmuró nerviosamente el actor en respuesta a una pregunta de Abel—. Y no sólo dinero… sino también objetos de valor. Puede que aún no sepáis que conviene mantener siempre buenas relaciones con el usurero. Cada vez que me instalo en una ciudad nueva, lo primero que hago es buscar la amistad del redactor del periódico y el prestamista. Ambos me facilitan lo que necesito y no puedo alcanzar por mis propios medios: la inmortalidad y el pan de cada día. Porque para aspirar a la inmortalidad, lógicamente, primero hay que sobrevivir.
Era un argumento difícil de rebatir.
Los muchachos solían reunirse por las tardes con él en su habitación o en casa de alguno de ellos. Calibraban con la precisión de una balanza cualquier inflexión de su voz y no le hablaron hasta el último momento de su refugio en el Furcsa.
El actor poseía una aptitud de la que los otros adultos carecían: trataba a los jóvenes sin caer en el error de hablarles como si fueran iguales, pero sin hacer que se sintieran inferiores. ¿Era una facultad natural, una habilidad adquirida o simplemente un instinto? Los muchachos lo ignoraban, pero observaban que en sus reuniones se comportaba con absoluta normalidad, conocía las palabras de la jerga estudiantil y las empleaba con toda naturalidad. No construía un puente artificial para llegar a ellos. Cuando se sentaba con la pandilla, parecía un burgués comodón, vestido con su bata y sus pantuflas, en el ambiente distendido de su casa. Paseaba su mirada inquisitiva alrededor, mientras conversaba con ellos con tono despreocupado.
—Es curioso —decía a veces—, sois muy jóvenes, mucho más jóvenes de lo que yo pensaba. A los dieciocho años yo era bastante más maduro. Más tarde empecé a rejuvenecer.
No era el gigante que jugaba con los enanos agachado para no asustarlos con su tamaño, sino más bien un enano monstruoso, con un cuerpo inmenso y una peluca, a quien los adultos usaban para divertirse y que al final del día, agotado y desencantado, volvía con sus semejantes.
En ocasiones los introducía a escondidas en el teatro, en el palco de la segunda planta reservado a los artistas. Los chicos se agazapaban allí emocionados y Amadé actuaba para ellos. Acentuaba su complicidad con miradas y alusiones cuya clave sólo tenía la pandilla, y había gestos que sólo ellos podían comprender. Escondido detrás de las muecas tristes de su personaje, de una máscara, deformaba la realidad, como los muchachos hacían en sus juegos. La interpretación era una necesidad para él, lo mismo que el juego era para la pandilla una ley. Tal vez en el escenario su personalidad encontraba una expresión más genuina que en la vida, del mismo modo que para los miembros de la pandilla el mundo de sus juegos resultaba más auténtico que la propia realidad.”….

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