Plinio Apuleyo Mendoza recuerda las noches irreales y la fiesta continua que significo la entrega del Premio Nobel, en diciembre de 1982.

Un homenaje a Gabriel García Màrquez, hoy estarìa cumpliendo 90 años

Si vuelvo la mirada a los días que vivimos al lado de García Márquez en Suecia, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, encuentro en primera instancia las postales asociadas a la llegada de quienes viajamos desde París. Veo el ala del avión navegando en el luminoso crepúsculo invernal de las dos de la tarde. No hay nubes. Veo abajo los fiordos de Suecia recortándose como trozos de rompecabezas en un resplandeciente mar de cobalto. Veo la luz, una luz increíble, que toma de sesgo aquel dormido paisaje de aguas, pinos, y abedules, tallándolo minuciosamente con un fastuoso resplandor ocre.

Más tarde, desde la limusina que nos conduce al hotel, veo por primera vez la ciudad, Estocolmo, brillante como un témpano en el aire glacial, mordida aquí y allá por el agua violeta del Báltico, alzando con tranquilidad sus cúpulas en el atardecer. Veo niños vestidos de rojo patinando en un estanque de hielo. Veo el Gran Hotel, su vasta fachada con banderas ondeando en lo alto. Veo pasillos alfombrados de púrpura; una suite amplia como recámara real, sus altas ventanas mirando a la noche nórdica. Veo finas tajadas de salmón ahumado y rodajas de limón en una bandeja, botellas de champaña enfriándose en un cubo de metal, y rosas sobre floreros de porcelana. Veo en la sala a Gabo y a Mercedes. Plácidos, despreocupados, parecen ajenos por completo a aquel ceremonial de coronación que se le avecina

Ahora encuentro de nuevo en el hotel los pasillos alfombrados de rojo. Han transcurrido desde nuestra llegada ocho días fulgurantes; y todo termina hoy. Son las seis de la mañana. Todavía latiéndome en las sienes las cumbias y vallenatos de la última fiesta, busco en aquel laberinto de pasillos y puertas iguales un camino hacia mi cuarto, cuando me encuentro con una sorprendente aparición: cinco muchachas rubias, vestidas con vaporosas túnicas blancas, avanzan hacia mí cantando. En la cabeza llevan coronas doradas con velas encendidas. Caminan lentas y etéreas como en un sueño, y sus voces muy limpias cantando en italiano Santa Lucía evocan el coro de una iglesia.

Me explicarán después que se trata de un ritual repetido todos los años por la misma fecha: el 13 de diciembre, día de santa Lucía, todo Estocolmo es despertado por muchachas como las que he visto. Es también el día en el que los Nobel, agotados por ocho días de ceremonias, cenas y cocteles, regresan a casa.

Apenas abro la puerta de mi cuarto, sé que aquella imagen de las rubias muchachas vestidas de blanco y con velas encendidas en la cabeza, avanzando hacia mí como en un sueño, me hará saber que el baile de Cenicienta ha terminado: la carroza será de nuevo calabaza; los caballos, simples ratones.

En efecto, la fiesta que hemos vivido a lo largo de ocho días se esfumará de la misma manera mágica y repentina como ha surgido. Los vestíbulos se llenarán de maletas, aviones con distintos rumbos se llevarán a los amigos, soplará un viento frío de nuevo sobre los leños fraternales que minutos antes ardían. Así que las cinco muchachas formarán la última postal de Suecia, del mismo modo que el ala del avión en el luminoso crepúsculo será la primera. Pero entre las dos, muchas otras abrirán en el memoria una lujosa baraja.

Testigos de otros tiempos

Las rosas amarillas. Mercedes las toma de un florero, quiebra delicadamente su tallo y se las va poniendo a los amigos de su esposo en la solapa del frac. “A ver, compadre”, me dice colocándome la mía. Conozco la razón secreta de ese ritual. Gabo y Mercedes creen como yo en la ‘pava’. Hemos vivido en Venezuela y sabemos que la ‘pava’, es decir la funesta asociación establecida en aquel país entre la mala suerte y todo lo que contenga un alarde de rebuscamiento, pretensión y mal gusto, existe.

Hay adornos, comportamientos, personajes y prendas que tienen ‘pava’. El frac, por ejemplo. Tal es el motivo de que Gabo haya decidido vestir en la ceremonia del Nobel el liquiliqui, un traje de tradición en Venezuela y en otros tiempos en todo el ámbito del Caribe, pero exótico en la Colombia del altiplano. De algodón, blanco y cerrado hasta el cuello con botones, el liquiliqui tiene un sobrio decoro, una resplandeciente simplicidad ajena al barroquismo pretencioso del frac: es, por lo tanto, una prenda de buen agüero, la ‘anti-pava’.

Son las tres de la tarde pero la noche tiñe ya de negro las ventanas. Y ahora, mientras en torno de nosotros hay una atmósfera de apresurados preparativos, los amigos de Gabo nos hemos ubicado para que se nos tome con él una fotografía, minutos antes de recibir el premio. Mercedes oficia también ese ritual. “Alfonso y Germán, al lado de Gabo”, ha dicho, refiriéndose a Alfonso Fuenmayor y a Germán Vargas, los más antiguos amigos de su marido.

La foto aquella me llegará una semana después a París, en un sobre. La guardo en un estante de mi casa, con esa especie de premonición taciturna que inspiran las cosas destinadas a sobrevivirnos. Para mí, quizá para todos, es la postal por excelencia de Estocolmo.

Mirada desprevenidamente, es la foto de un grupo de hombres y mujeres de diversas edades, vestidos de gala, en torno a García Márquez. En realidad, contiene toda una vida. Por descuido del fotógrafo, que no ha sabido elegir una perspectiva adecuada, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor apenas si se ven, pues están perdidos en el fondo del grupo. Si estuviese vivo, al lado de ellos debería aparecer Álvaro Cepeda: los tres forman parte de los tiempos de La Cueva. Aprisionado por un frac y con una rosa amarilla en la solapa, estaría diciendo palabrotas, como cada vez que estaba asustado. Diría barbariedades que nos habrían hecho reír. Con Álvaro, la foto habría sido más alegre.

Pero Álvaro está muerto. Sus restos reposan cerca de la antigua carretera que va a Puerto Colombia y Sabanilla, en un lugar que yo conozco bien. Tita, la viuda de Álvaro, está en la foto al lado de Gabo. Y a la derecha de ella, dos Álvaros, Álvaro Castaño y Álvaro Mutis, impecables en sus trajes de etiqueta. Ellos, mejor que nadie, podrían evocar los viejos tiempos de Gabo en Bogotá, cuando era reportero de El Espectador. Ellos y Gloria Valencia, la esposa de Álvaro Castaño, llegaron a ver al promisorio novelista en el reportero de manchados trajes oscuros y dedos amarillos de nicotina.

Para que el grupo de Bogotá fuese completo, falta en la foto Gonzalo Mallarino. No ha llegado a tiempo a la suite 208: quizá libra delante de un espejo una solitaria y rigurosa batalla con el corbatín del frac o los botones de la pechera. Es tan estrictamente bogotano que podría pasar por inglés. Si no existiese la atracción de los contrarios, uno podría preguntarse de dónde nació esta vieja amistad suya con Gabo. Estudiantes de derecho de la Universidad Nacional, representaban entonces -1948- dos polos opuestos: el bogotano de apellidos y camisas almidonadas, con la raya del pantalón impecable, y el costeño demacrado y bohemio, náufrago en aquel lúgubre mundo bogotano de cafés de madrugada, de calles de lluvia y cuartos de pensión. Pero ambos tenían una pasión común: la poesía. Se prestaban libros. Los libros que Gabo leía los domingos en los tranvías que daban la vuelta a la ciudad, mientras Gonzalo se sentaba en el estadio de fútbol entre los hinchas del equipo Santa Fe.

Aquel París de pobres

También invisible, al fondo del grupo, de espaldas a la ventana, está Hernán Vieco: su cabeza apenas se adivina detrás de Gloria Valencia de Castaño: Vieco, Tachia Quintana y yo provenimos de otro momento en la vida actual premio Nobel: su llegada a París en el cincuenta y tantos. ¿Tiempos duros? Así lo hemos dicho. En realidad yo no llego a evocarlos sino con impresiones alegres: música de Rafael Escalona y el humo y el rumor de fiestas en pisos siempre muy altos.

El nuestro, de entonces, era un París de pobres, de escaleras con olor a coliflores, de buhardillas, de salchichón y queso, de madrugadas de verano, cuando regresábamos a nuestros respectivos hoteles en la Rue Cujas, con revuelo de palomas en las calles desiertas y en el aire azul del alba una fragancia estival de melones maduros, de flores de castaño.

Vieco habría podido ser para Gabo sólo un amigo simpático y ocasional de entonces; un anfitrión generoso. En aquellas épocas su apartamento de la Rue Guénégaud era para nosotros el único lugar donde podíamos sacudirnos el frío de las calles. Había vino, calor y una guitarra siempre a mano. A medida que avanzaba la noche, la aptitud histriónica de Vieco accedía a notas delirantes. Sabía de memoria trozos de zarzuelas y todos los bambucos polvorientos que hacían suspirar a nuestras tías.

Pero el chisporroteante animador de las fiestas estaba doblado de un personaje más secreto: el paisa que había heredado de su mundo patriarcal un sentido muy profundo y sólido de la amistad. Fue él quien captó la situación apurada del Gabo de aquellos tiempos en toda su dimensión. Una madrugada, cuando al salir de una fiesta caminábamos por una calle del Barrio Latino, escribió sobre la capota de un carro estacionado en la calle un cheque y lo puso en el bolsillo de Gabo sin atender sus protestas. Y así éste pudo pagar un año de hotel que estaba debiendo.

Ahora Vieco se ha ubicado dócilmente detrás de todos. Y como es pequeño, nadie lo ve. El fotógrafo sueco dice unas palabras, que alguien traduce: “Que se junten más”. El grupo se hace más compacto. Jaime Castro (el y yo somos los únicos boyacenses del paseo) se acerca a Vieco y a Gloria Valencia de Castaño para dejarle campo a su derecha a Mauricio Vargas, el hijo de Germán.

Los amigos que le han quedado a Gabo de sus siete años en Barcelona y que han venido a Estocolmo (Carmen Balcells, Magda Oliver, los Feducci), se han visto obligados a colocarse contra las ventanas. Carmen, en particular, merecía en esta foto un lugar de primer plano. Con los años su porte se ha vuelto majestuoso y para los editores, terrorífico. Respira prosperidad y poder. Es el hada madrina de Gabo, la zarina de sus finanzas.

Delante de quienes nos hallamos de pie van colocándose, ahora de rodillas, como en las fotografías de un equipo de fútbol, el periodista español Ramón Chao, Pablo Leyva, Manuel y Marie-Claire de Andreis, Tachia y Charles Rossof, y tres familiares de Gabo: Gonzalo, su hijo menor; Eligio (Yiyo), su hermano, y la mujer de este, Miriam.

Ligera y alegre como un pájaro, Tachia Quintana vive estos días de Estocolmo como si estuviesen tejidos con las hebras de un sueño. Gabo la conoció en 1956. Amiga del poeta español Blas de Otero, Tachia resultó una mujer joven, generosa, entusiasta, dinámica, recién llegada de Bilbao. Aspiraba a abrirse paso en el teatro, y mientras esperaba su oportunidad de subir a las tablas trabajaba haciendo oficios domésticos. El Gabo que ella conoció entonces no era el escritor fuerte y seguro de hoy, sino un hombre ansioso, flaco, acorralado por París, que fumaba mucho y trabajaba de noche, sigilosamente, en una novela.

A lo largo de esta fiesta de Estocolmo solo habrá un momento en el que la alegría de Tachia, su vivacidad de gorrión, se quebrará en lágrimas. Ocurrirá dentro de tres horas, cuando todos los que en ese momento nos agrupamos ante un fotógrafo sueco estaremos sentados en la gran sala de banquetes del Ayuntamiento. Ocupando una larga mesa, reconocible por las flores amarillas en las solapas, seremos un islote de treinta colombianos en un océano de dos mil suecos vestidos de etiqueta.

Hasta la reina bate palmas

Alterando un protocolo tan antiguo como el Nobel, músicos y bailarines de Colombia, representativos de las diversas regiones del país, han ocupado con sus trajes multicolores la gran escalera de mármol que desciende al salón. Se han oído ya los tambores de la cumbia, los tiples del altiplano, el arpa y las maracas llaneras.Y ahora, sobre el golpe de la caja y la guacharaca, los acordeoneros hacen vibrar las notas de un vallenato.

Por casualidad, es el mismo vallenato que Gabo trajo a París, 25, 27 años atrás. El mismo de las madrugadas de entonces, y el humo, el vino, las risas, las voces de las épocas en que estábamos jóvenes, sin saber aún qué hacer de nuestras vidas nos son devueltos por un instante gracias a la historia de la señora de Patillal cuya nieta se fugó con un camionero.

Veo a Tachia que se muerde los labios y agacha la cabeza cubriéndose los ojos con la mano, mientras todo el mundo, incluyendo a la reina de Suecia, bate palmas. Solo Tachia y yo hemos visto pasar el ángel.

Y justo en ese momento estalla el flash del fotógrafo, encandilándonos.

Ahora debemos salir. Ahora hay un revuelo de sedas cuando las mujeres que estaban de rodillas se ponen de pie. El grupo se moviliza. Se abren las puertas de la suite de par en par. Enjambres de fotógrafos y camarógrafos aguardan fuera. Gabo y Mercedes salen seguidos por nosotros.

Chorros de luz nos envuelven y relámpagos de flashes nos estallan en la cara mientras bajamos por la vasta escalera hacia el hirviente vestíbulo del hotel. Suenan aplausos. Resplandecen en nuestras solapas rosas amarillas. En la calle, al otro lado de la puerta de vidrio del hotel, revolotean contra el fondo oscuro de la noche copos de nieve. Hay ramos de flores por todo lado. Figuras vestidas de etiqueta se apartan. La ceremonia de premiación, en otro lugar de la ciudad, empezará en 15 minutos.

A Gabo, que se encuentra a mi lado, se le cierra la cara de pronto. Yo sé, las antenas de mi ascendente Piscis han registrado su tensión repentina. Las flores, los flashes, las figuras de negro, la alfombra roja: quizá desde el remoto desierto donde se hallan enterrados, sus ancestros guajiros le están hablando. Quizá le dicen que las ceremonias de la gloria son iguales a las ceremonias de la muerte. Algo de esto, en todo caso, ha captado, porque mientras avanza entre los resplandores del magnesio y las figuras de etiqueta, lo oigo exclamar en una voz baja donde vibra una nota de repentino, alarmado, condolido asombro.

“¡Mierda, esto es como asistir uno a su propio entierro!”

PLINIO APULEYO MENDOZA
Especial para EL TIEMPO

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