Autor:  Joseph Kessel

47021858

 

Severine no veía a nadie. Sólo tenía ojos para los jalones que anunciaban la proximidad del campo: la iglesia con su placita sin misterio…, la oscura orilla del río entre blancos ribazos…, el último chalet de la aldea que abría sus ventanas al campo.
Cuando el pueblo quedó atrás, Severine notó que respiraba mejor. Podía ya tropezar sin que nadie fuese testigo de su caída. Nadie, salvo Pierre. Pero él… Y la joven se embelleció de todo su amor, que percibió en aquel instante acumulado en su pecho como un tierno animal vivo. Sonrió a la nuca curtida y a las bellas espaldas de su marido. Pierre era un hombre nacido bajo el signo de la armonía y de la fuerza. Todo cuanto hacía era recto, justo y sencillo.
—¡Pierre! —llamó Severine.
Pierre se volvió a mirarla. El sol le dio de lleno en el rostro, obligándole a guiñar sus grandes ojos grises.
¡Qué maravilla! —dijo la joven.
El valle nevado se alargaba en curvas cuya suavidad parecía calculada. En lo alto, alrededor de las cimas, igual que blandos y lechosos grumos de algodón, flotaban algunas nubes. Sobre las nevadas pistas se deslizaban los esquiadores con los movimientos suaves, alados e insensibles, de los pájaros. Severine repitió:
—¡Qué maravilla!
—Esto no es nada. Ahora verás —dijo Pierre.
Se aferró fuertemente con las rodillas a los flancos del caballo y lo puso al trote.
«Ya empieza, ya empieza», pensó la joven.
Una especie de angustia feliz la invadió, llenándola de seguridad y de alegría. Sintió que se deslizaba a la perfección. Los esbeltos patines la transportaban por sí mismos. No había más que ceder a sus movimientos. Desaparecía la tensión de sus músculos, y Severine se daba cuenta de que ya podía controlar incluso los matices de su más delicado juego, el dominio del desplazamiento armonioso. Se cruzaron con lentos trineos cargados de troncos. Sobre ellos, sentados de lado y con las piernas colgando, iban hombres robustos, quemados por el sol y por el viento. Severine les sonrió.
—Muy bien, muy bien —gritaba Pierre de cuando en cuando.
Severine creía sentir que aquella alegre y enamorada voz provenía de sí misma. Y más tarde, cuando le escuchó la palabra «cuidado», ¿acaso un reflejo no la había advertido que el placer que sentía iba a ser todavía más fuerte? La noble cadencia del galope martilleaba el camino. Severine sintió que el ritmo se apoderaba de ella. La velocidad afirmaba de tal forma su equilibrio que no sentía ninguna necesidad de moverse, sino de dejarse llevar por la alegría primitiva que emanaba de ella y se fundía con su carne. Nada existía en el mundo excepto las pulsaciones de su cuerpo, ordenadas a la medida de aquella carrera. No se dejaba arrastrar pasivamente. Era ella quien dirigía aquel movimiento impetuoso y lleno de cadencia. Reinaba sobre él, y era, al mismo tiempo, su esclava y su soberana

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