Autora: Marguerite Duras

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“Por la mañana ella va hacia la pared. Y sigue durmiendo toda la noche. El no la despierta. No le habla. Ella se marcha cuando se levanta el día. Las sábanas están dobladas. La luz encendida. El duerme, no la oye marchar.
Él se queda en la habitación. El miedo, de pronto, de ser abandonado.
Hay tormenta. El se queda allí, no apaga la araña, permanece en la luz.
La noche de este día ella no está ahí. La hora de su llegada ha pasado. El no duerme. La espera para matarla, así cree, con sus manos, matarla.
Ella llega en plena noche, muy tarde, es casi el alba. Dice que llega tarde debido a la tormenta. Se dirige hacia la pared del mar, siempre a aquel mismo lugar. Cree, sin duda, que él no duerme. Tira la ropa al suelo, como hace de costumbre, siempre con este precipitarse hacia el sueño. Se coloca en las sábanas, se vuelve hacia la pared. De un golpe cae, duerme.
Cuando ella se ha dormido es cuando él le habla. Le dice que la echará antes de que termine el plazo que había sido previsto. Ella no lo oye, se diría; no oye nada.
Él llora.
Él no llora excepto cuando ella está ahí, en este lugar que es sólo suyo y ella ha invadido. El no llora excepto en este caso; en el caso de que ella esté no queriendo él que estuviera, a no ser que él lo ordenara. Muy pronto el llanto se convierte en algo sin razón de ser, al igual que el sueño. Él llora como ella duerme. A veces ella, ella llora durante la noche, sin ruido.
Una vez se ha dormido, oculta entre las sábanas, él ha sentido sin duda deseos de servir a aquella mujer, de ir a ver el interior de la cavidad caliente de sangre, de gozar de ella con un goce irregular, indigno. Pero para hacer esto hubiera sido necesario que ella estuviera muerta, y él había olvidado matarla.
Él le dice que ha mentido respecto a las razones de su retraso. Esta palabra sigue acudiendo a su boca: mentir. La prueba está en que ella duerme. Él puede hablar, desde luego, ella duerme, miente como mienten las demás mujeres, duerme.
El grita: mañana dejará la habitación para siempre. Quiere estar tranquilo. Tiene más cosas que hacer que de policía en su propia casa. Cerrará la puerta y ella no volverá a entrar.
Apagará las lámparas para que crea desierto el lugar. Le dirá: no merece la pena venir, nunca más.
Él cierra los ojos. Intenta oír, ver: la habitación está oscura. No se filtra luz alguna por debajo de la puerta. Ella llama, él no contesta, entonces ella le grita que abra. Ella no sabe su nombre, pide que le abran la puerta. Soy yo, abra. Él puede imaginársela sola por la ciudad o entre las gentes que pasan; lo ha hecho ya, la ha imaginado ya, cuando acude, por ejemplo, y es oscuro. Pero no puede imaginarla delante de la puerta cerrada. Inmediatamente lo sabría, ella. Es así, comprende en seguida que la puerta cerrada es una ficción. Sin duda lo sabría en cuanto viera que ya no hay luz.
Él se equivoca. Vuelve a empezar: No, ella no gritará, se irá sin haber llamado a la puerta. Y para no volver. El gesto de matar, de abandonar para siempre, de irse para siempre, en caso de que se produjera, lo haría ella. Al mirarla dormir, de pronto, él lo sabe: es un ser que no vuelve porque es alguien que cree lo que le dicen. Por lo mismo duerme, lo cree.
Él duerme largo rato. Cuando se despierta, es avanzada la mañana. Pleno sol. Se ve por los recortes de la puerta, se filtra su espuma, de un brillo de acero.
Ella no está ya en la habitación.”….

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