Autor: Laura Esquivel

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“Azucena había regresado a su casa a pie. Al caminar recobraba la tranquilidad mental. En la esquina de la calle donde vivía vio que Cuquita iba entrando en su edificio. Le extrañó mucho que apenas estuviera llegando, pues había salido de la oficina de Escalafón Astral mucho antes que ella. Al ver que traía cargando una bolsa del mandado encontró una razón justificada. De seguro había ido al mercado antes de volver a casa.
Cuquita, a lo lejos, también vio a Azucena y no le agradó nada. Intentó entrar lo más pronto posible para no toparse con ella, pero se lo impidió el cuerpo seboso de su borracho marido que se encontraba tendido a lo largo de la puerta. Eso no era nada raro. Prácticamente, su esposo era parte de la escenografía del barrio, y a nadie le extrañaba verlo a diario tirado en el piso todo vomitado y mosqueado. Los vecinos ya habían presentado una queja ante Salubridad y Asistencia y se le había advertido a Cuquita que no podía dejar que su esposo utilizara la calle de dormitorio. «¡Pobre Cuquita!», pensó Azucena. No en vano quería cambiar de esposo. Pero bueno, algo gordo tendría que haber hecho en otras vidas para tener ese karma encima. Desde el lugar donde se encontraba, Azucena observó cómo Cuquita trataba de arrastrar a su esposo hacia el interior del edificio, y cómo el esposo se encabronó y empezó a ponerle a Cuquita una golpiza marca diablo.
A Azucena, ese tipo de injusticias la enfurecían. Sin poderlo evitar, se le subía la sangre al cerebro y se convertía en una fuerza desatada de la naturaleza. En menos que canta un gallo llegó al lado de la pareja dispareja, jaló al marido de Cuquita de los pelos, lo lanzó contra la pared y acto seguido le propinó una fenomenal patada en los huevos. Para rematar le dio un gancho al hígado y, ya en el piso, una buena dotación de puntapiés en los que descargó toda la rabia contenida. Azucena quedó agotada, pero con una gran sensación de alivio. Cuquita no sabía si besarle la mano o correr a levantar el contenido de la bolsa del mandado que había caído por las escaleras. Se decidió por darle las gracias brevemente y empezó a recoger sus cosas antes de que alguien las viera. Azucena se aprestó a ayudarla y se sorprendió enormemente al ver que dentro de la bolsa no había ni fruta ni verduras sino una cantidad impresionante de virtualibros.
Unos meses atrás, Cuquita le había pedido su ayuda para la adquisición de los mismos. Su abuelita era ciega y se desesperaba mucho de no poder leer ni ver la televirtual. Acababa de salir al mercado un invento sensacional de películas para ciegos. Eran unos lentes muy sencillos que enviaban impulsos eléctricos al cerebro sin necesidad de pasar por los ojos y hacían que los ciegos «vieran» películas virtualizadas con la misma claridad que las personas que gozaban del sentido de la vista. La abuelita de Cuquita fue la primera en presentar su solicitud para adquirir el aparato y la primera en ser rechazada. No podía gozar de esos placeres pues su ceguera era karmática, ya que cuando había sido militar argentino, durante sus torturas había dejado ciegas a varias personas. Cuquita, al verla llorar día y noche, se había atrevido a pedirle a Azucena una carta de recomendación en la que dijera que ella era la astroanalista de la señora y que certificaba que ya había pagado sus karmas como «gorila», lo cual no era cierto. Azucena, por supuesto, se había negado. Iba contra la ética de su profesión hacer algo así. Pero para su asombro Cuquita se había salido con la suya y los había conseguido. Azucena estaba de lo más intrigada sobre cómo lo había hecho. ¿A quién habría sobornado? Cuquita no le dio tiempo de suponer nada. Llegó a su lado corriendo, le arrebató uno de los virtualibros de las manos y lo guardó rápidamente dentro de la bolsa. Acto seguido, se dirigió a ella en una actitud de lo más retadora.”…

 

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