La tabla de Flandes (fragmento)

Autor: Arturo Pérez Reverte

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“Escuchó la música unos instantes y después dejó vagar su atención por el mercado, cuyo rumor ascendía hasta ella amortiguado por la altura en que se encontraba. Estuvo así hasta apurar el cigarrillo y después bajó por la escalinata, deteniéndose ante el escaparate de las muñecas. Las había vestidas y desnudas, con pintoresco traje de campesinas o complicados vestidos románticos que incluían guantes, sombreros y sombrilla. Algunas representaban niñas y otras mujeres adultas. Las había de rasgos groseros, infantiles, ingenuos, perversos… Los brazos y manos se alzaban a mitad de un imaginario movimiento en diversas posturas, como si los hubiese sorprendido así el soplo frío del tiempo transcurrido desde que las abandonó, o vendió, o murió, su propietaria. Niñas que al final fueron mujeres, pensó Julia, hermosas o desprovistas de atractivo, que después, alguna vez amaron o quizá fueron amadas, habían acariciado esos cuerpos de trapo, cartón y porcelana con manos que ahora se consumían en el polvo de los cementerios. Pero todas aquellas muñecas sobrevivían a sus poseedoras; eran testigos mudos, inmóviles, que guardaban en sus imaginarias retinas viejas escenas domésticas, ya borradas del tiempo y la memoria de los vivos. Desvaídos cuadros esbozados entre brumas de nostalgia, momentos de intimidad familiar, canciones infantiles, amorosos abrazos. Y también lágrimas y desengaños, sueños reducidos a cenizas, decadencia y tristeza. Quizá, incluso, maldad. Había algo sobrecogedor en aquella multitud de ojos de vidrio y porcelana que la miraban sin parpadear, con la hierática sabiduría que sólo el tiempo posee, ojos inmóviles incrustados en pálidos rostros de cera o cartón, junto a vestidos que el tiempo había oscurecido hasta dar un tono apagado y sucio a puntillas y encajes. Y el cabello peinado o en desorden, pelo natural –el pensamiento la hizo estremecerse- que había pertenecido a mujeres vivas.”

Arbol entre dos muros, de Los elementos de la noche

Autor: José Emilio Pacheco

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Sitiado entre dos noches
el día alza su espada de claridad:
mar de luz que se levanta afilándose,
selva que aísla del reloj al minuto.

Mientras avanza el día se devora.
Y cuando toca la frontera en llamas
empieza a calcinarse. De tu nombre
brotan la luna y su radiante armada,
islas que surgen para destruirse.

Es medianoche a la mitad del siglo.
Resuena el huracán, el viento en fuga.
Todo nos interroga y recrimina.
Pero nada responde.
Nada persiste contra el fluir del día.

Al centro de la noche todo acaba
y todo recomienza.
En la savia profunda flota el árbol.
Atrás el tiempo lucha con el cielo.
El fuego se arrodilla a beber rescoldos.
La única luz es la que da el relámpago.
Y tú eres la arboleda
en que el trueno sepulta su rezongo.

Amantes

Autor: Jorge Gaitán Durán

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Somos como son los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman:
el tedio, la sospecha que invencible nos ata
en su red, como en la falta dos dioses adúlteros.
Enamorados como dos locos,
dos astros sanguinarios, dos dinastías
que hambrientas se disputan un reino,
queremos ser justicia, nos acechamos feroces,
nos engañamos, nos inferimos las viles injurias
con que el cielo afrenta a los que se aman.
Sólo para que mil veces nos incendie
el abrazo que en el mundo son los que se aman
mil veces morimos cada día.

 

Arte: III. Amantes (Ilustración: Los amantes en el cielo rojo de Marc Chagall, 1950)

Y si la guerra siguiese (fragmento)

Autor: Hermann Hesse

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“Del mismo modo que los periodistas abusan del idioma cuando califican tal o cual accidente como «trágico» (que para algunos bufones es sinónimo de «deplorable»), es también un abuso del lenguaje decir —como se ha puesto de moda, especialmente entre los que opinan detrás del escritorio— que nuestros pobres soldados, destrozados en el frente de batalla, han muerto «heroicamente». Eso es puro sentimentalismo. Es indiscutible que los soldados que perecieron son dignos de nuestra simpatía y reconocimiento. Muchos de ellos hicieron grandes hazañas y sufrieron intensamente, y al final pagaron con sus vidas. Pero eso no los convierte en héroes. El soldado raso que recibe los ríspidos gritos y órdenes de uno de los oficiales, como un perro, no se transforma en un héroe al recibir el disparo que lo mata. En ese caso, alabaríamos a millones de héroes, lo cual en sí es un absurdo.
El ciudadano obediente y bien portado que cumple con su deber no es un héroe. Solamente un tipo individualista que ha conformado su propio albedrío, su noble y natural ley interior dentro de su destino puede ser un héroe. El destino y la proyección mental (en cuanto a la vida) son palabras que dicen lo mismo, según expresó Novalis, uno de los pensadores más profundos y menos conocidos de Alemania. Pero solamente el héroe tiene el valor de cumplir con su destino.
Si la mayoría de los hombres poseyera este valor y determinación, la tierra sería un lugar diferente. Digamos también nuestros maestros bajo sueldo (los mismos tan inclinados a elogiar a los héroes y a los hombres obstinados de antaño) lo cual sería un trastorno general. Pero en realidad, la vida sería mejor y más agradable si cada hombre independientemente siguiera su propia ley y voluntad. En un mundo semejante, en verdad, algunos de los insultos y ataques irreflexivos que tienen tan ocupados a nuestros jueces hoy en día podrían quedar sin castigo. De vez en cuando, algún asesino saldría libre, ¿pero acaso no sucede así a pesar de nuestras leyes y códigos penales? Pero por otra parte, muchas de las cosas terribles, indescriptibles, cosas de locura de las que somos testigos ahora en nuestro bien ordenado mundo serían desconocidas e imposibles. Tales como la guerra entre las naciones.
En esto, escucho a las autoridades señalar: «Tú predicas la revolución…».
Nuevamente es un error. Una equivocación semejante solamente es posible entre un rebaño de hombres. Yo proclamo el libre albedrío, no la revolución. ¿Cómo podría desear una revolución? La revolución es la guerra; guerra como otra cualquiera, es «la prolongación de una política por otros medios». Pero el hombre que una vez tuvo el valor de ser él mismo, el que ha escuchado la voz de su propio destino, no le importa la política, ya sea monárquica, democrática, revolucionaria o conservadora. Se preocupa de algo distinto. Su obstinación, como el albedrío dado por Dios y que existe profundo y magnífico en cada hoja de árbol, no tiene otro objetivo sino el de su propio desarrollo. «Egoísmo», si se quiere; pero un egoísmo muy diferente de los que codician el dinero o el poder…
El hombre dotado con la obstinación, que yo tengo en mente, no busca el dinero ni el poder. Los desprecia, pero no porque sea un modelo de virtudes o un altruista resignado. ¡Nada de eso! La verdad, simplemente, es que el dinero, el poder y todas las demás posesiones por las cuales el hombre se atormenta y finalmente se resuelve en lucha con sus semejantes, significa muy poco para el hombre porfiado y dueño de sí mismo. Valoriza sólo una cosa, el misterioso poder interior que lo estimula a vivir y lo ayuda a desarrollarse. Este poder no puede ser conservado ni aumentado por medio del dinero ni el poderío, porque estos dos elementos son un invento de la desconfianza. Los que desconfían de la fuerza vital dentro de ellos mismos, o que carecen de ella, buscan la compensación por sustitutos como el dinero. Cuando un hombre tiene confianza en sí mismo, cuando todo lo que pretende en el mundo es seguir su propio destino en libertad y pureza, llega a considerar, a conceptuar todas ésas tan costosas posesiones como meros accesorios, agradables de tener y disfrutar, pero que no son esenciales.”

Canto negro

Autor: Nicolás Guillén

 

Rodez, 5/3/04, 2:56 PM, 8C, 5986x7134 (12+470), 100%, REC_ICP_Away, 1/8 s, R90.8, G78.8, B99.0

¡Yambambó, yambambé!
Repica el congo solongo,
repica el negro bien negro;
congo solongo del Songo
baila yambó sobre un pie.

Mamatomba,
serembe cuserembá.

El negro canta y se ajuma
el negro se ajuma y canta,
el negro canta y se va.

Acuememe serembó.
aé;
yambó,
aé.

Tamba, tamba, tamba, tamba,
tamba del negro que tumba:
tumba del negro, caramba,
caramba, que el negro tumba:
¡yamba, yambó, yambambé!

(Sóngoro cosongo)

 

Arte; “El Gallo Baila Con Mi Bongo_painting by_pintura de_George Rodez

Hay un reguero dulce

Autor: Vicente Gaos

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Hay un reguero dulce y encendido de sol
sobre los álamos dorados,
y a lo lejos, los montes ya nevados
encalman el paisaje atardecido,
si ahora tuviera el corazón dormido,
los ríos de la sangre no encrespados,
y ojos para mirar enamorados
los chopos dónde aún tiembla el sol huido,
si ahora como esa luna ser pudiera que boga virginal,
tan lentamente, tan alma pura en el azul,
si fuera un álamo, una luna, un dios luciente,
más sólo soy un hombre en la ladera,
un hombre sólo apasionadamente.

Ventana sobre la memoria, de Las palabras andantes

Autor: Eduardo Galeano

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“A orillas de otro mar, otro alfarero se retira en sus años tardíos.
Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda la tradición, entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia.
Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoje los pedacitos y los incorpora a su arcilla.
(…)
¿Un refugio? ¿Una barriga? ¿Un abrigo para esconderte cuando te ahoga la lluvia, o te parte el frío, o te voltea el viento? ¿Tenemos un espléndido pasado por delante? Para los navegantes con ganas de viento, la memoria es un puerto de partida.”

Mi voz

Autor: Oscar Wilde

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En este mundo inquieto, moderno, apresurado,
tomamos todo aquello que nuestro corazón deseaba -tú y yo,
y ahora las velas blancas de nuestro barco están arriadas
y agotada la carga del navío.

Por ello, prematuras, empalidecen mis mejillas,
pues el llorar es mi contento huido
y el dolor ha apagado el rosa de mi boca
y la ruina corre las cortinas de mi lecho.

Pero toda esta vida atiborrada ha sido para ti
solamente una lira, un laúd, el encanto sutil
del violoncello, la música del mar
que duerme, mímico eco, en su concha marina.

Versión de E. Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001

Poema para ser leído y cantado

Autor: César Pavese

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Sé que hay una persona
que me busca en su mano, día y noche,
encontrándome, a cada minuto, en su calzado.
¿Ignora que la noche está enterrada
con espuelas detrás de la cocina?

Sé que hay una persona compuesta de mis partes,
a la que integro cuando va mi talle
cabalgando en su exacta piedrecilla.
¿Ignora que a su cofre
no volverá moneda que salió con su retrato?

Sé el día,
pero el sol se me ha escapado;
sé el acto universal que hizo en su cama
con ajeno valor y esa agua tibia, cuya
superficial frecuencia es una mina.
¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,
que hasta sus propios pies así la pisan?

Un gato es el lindero entre ella y yo,
al lado mismo de su tasa de agua.
La veo en las esquinas, se abre y cierra
su veste, antes palmera interrogante…
¿Qué podrá hacer sino cambiar de llanto?

Pero me busca y busca. ¡Es una historia!

1892

Sueño para el invierno 1

Autor: Arthur Rimbaud

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  a ella…
En el invierno viajaremos en un vagón de tren
con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los gestos
en las últimas sombras,
esos monstruos huidizos, multitudes oscuras
de demonios y lobos.
Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño…
un beso muy pequeño como una araña suave
correrá por tu cuello…
Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara
-y tardaremos mucho en hallar esa araña,
por demás indiscreta.