Autor: José Saramago

claraboya

“No se llegó a saber si la niebla perjudicaba, o no, la belleza de la mañana. Isaura dejó morir el diálogo y cerró la ventana despacio. No le disgustaba el zapatero, su aire al mismo tiempo reflexivo y risueño, pero esa mañana no se sentía con ánimo para conversaciones. Tenía un montón de camisas para acabar antes del fin de semana. El sábado debería entregarlas, fuera como fuera. De buena gana acabaría de leer la novela. Sólo le faltaban unas cincuenta páginas y estaba en el capítulo más interesante. Esos amores clandestinos, sustentados a través de mil peripecias y contrariedades, la tenían prendida. Además, la novela estaba bien escrita. Isaura tenía experiencia suficiente de lectora para saber juzgar. Dudó. Demasiado bien sabía que ni siquiera tenía derecho a dudar. Las camisas la esperaban. Oía dentro un sonido de voces: la madre y la tía hablaban. Mucho hablaban aquellas mujeres. ¿Qué tenían que decirse todo el santo día, que no estuviera ya dicho mil veces?
Atravesó la habitación donde dormía con la hermana. La novela se hallaba en la cabecera. Le echó dos miradas, pero siguió adelante. Se detuvo ante el espejo del armario, que la reflejó de la cabeza a los pies. Llevaba puesta una bata de estar por casa que le modelaba el cuerpo plano y flaco, pero flexible y elegante. Con las puntas de los dedos se recorrió las mejillas pálidas donde las primeras arrugas abrían surcos finos, más adivinados que visibles. Suspiró ante la imagen que el espejo le mostraba y huyó de ella.
En la cocina, las dos viejas seguían hablando. Muy parecidas, el pelo blanco, los ojos castaños, los mismos vestidos negros de corte sencillo, hablaban con vocecitas agudas y rápidas, sin pausas y sin modulación:
—Ya te lo he dicho. Hay más tierra que carbón. Es necesario ir a la carbonería y reclamar—decía una.
—Está bien —respondía la otra.
—¿De qué hablan?—preguntó Isaura mientras entraba.
Una de las viejas, la de mirada más viva y de cabeza más erguida, contestó:
—Del carbón, que es una pena. Hay que reclamar.
—Está bien, tía.
La tía Amelia era, por decirlo de alguna manera, la gestora de la casa. Era ella la que cocinaba, hacía las cuentas y dividía las raciones en los platos. Cándida, la madre de Isaura y Adriana, se ocupaba de las tareas domésticas, de las ropas, de los pequeños bordados que ornamentaban profusamente los muebles y de los solitarios con flores de papel que sólo en los días festivos eran sustituidas por flores auténticas. Cándida era la mayor y, tal como Amelia, viuda. Viudas a las que la vejez ya había tranquilizado.
Isaura se sentó ante la máquina de coser. Antes de comenzar el trabajo, miró el río tan ancho, la otra orilla oculta por la niebla. Parecía el océano. Los tejados y las chimeneas estropeaban la ilusión, pero, incluso así, haciendo un esfuerzo para no verlos, el océano surgía en esos pocos kilómetros de agua. Una alta chimenea de fábrica, a la izquierda, embadurnaba el cielo blanco con bocanadas de humo.
A Isaura siempre le gustaban esos momentos en que, antes de curvar la cabeza sobre la máquina, dejaba correr los ojos y el pensamiento. El paisaje era siempre igual, pero sólo lo encontraba monótono en los días de verano, pesadamente azules y luminosos, en que todo es evidente y definitivo. Una mañana de niebla como ésta, de niebla liviana que no acababa de impedir la visión, cubría la ciudad de imprecisiones y de sueños.”

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